La importancia de la palabra profética

2 Pedro 1:16-21


person Autor: Arend REMMERS 6

flag Tema: Profecía

(Fuente autorizada: biblecentre.org)


«Porque no os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo con ingeniosas fábulas, sino que fuimos testigos visuales de su majestad. Porque él recibió de parte de Dios Padre honra y gloria, cuando una voz vino a él desde la magnífica gloria: Este es mi amado Hijo, en quien me complazco. Y nosotros oímos esta voz venida del cielo, estando con él en el santo monte. Tenemos más firme la palabra profética, a la cual hacéis bien en estar atentos (como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro) hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones; sabiendo primero esto: Ninguna profecía de la Escritura se puede interpretar por cuenta propia. Porque jamás la profecía fue traída por voluntad del hombre, sino que hombres de Dios hablaron guiados por el Espíritu Santo» (2 Pe. 1:16-21).

En este breve y conocido pasaje hallamos cuatro puntos acerca de la palabra profética:

  1. En primer lugar, nos lleva a considerar el carácter divino de la profecía.
  2. En segundo lugar, hallamos el objeto divino de la profecía.
  3. En tercer lugar, observamos la finalidad de la profecía.
  4. Por último, el pasaje nos muestra cómo comprender rectamente la profecía.

Quizás haya muchos jóvenes creyentes que se estén preguntando: ¿Por qué Dios ha incluido tanta profecía en la Biblia? Pues casi una cuarta parte de las Escrituras está ocupada por la profecía.

En la porción que acabamos de leer, 2 Pedro 1:16-21, encontramos información primordial al respecto; quizá no sea demasiada información, ¡pero sí es una información muy importante! Este pasaje ilumina nuestro entendimiento en cuanto a la importancia de la profecía. Y además creo, queridos amigos, que la profecía es un tema maravilloso.

1 - El carácter de la profecía

Lo primero que expresa Pedro es un enunciado negativo: «Porque no os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo con ingeniosas fábulas…»

Recuerdo haber leído, siendo joven, el comentario de un teólogo racionalista que al opinar acerca de algunas partes proféticas de las Escrituras afirmaba: “¡Todo esto es fantasía!” Ese era su juicio acerca de la profecía: puras fantasías. Pero el apóstol Pedro dice: “No, esto no es fantasía. No hemos estado siguiendo fábulas ingeniosas –pues si la profecía fuera fantasía entonces sí sería una fábula ingeniosa”. Por el contrario, el apóstol afirma: Nosotros «fuimos testigos visuales de su majestad». Pues bien, cuando se trata de informar acerca de ciertos eventos, nada hay más importante que el testimonio de alguien que los haya visto, y tal era el caso de Pedro. Como también fue el caso de los doce apóstoles que de la misma manera habían visto aquello acerca de lo cual podían testificar. En su primera epístola, el apóstol Juan se refiere a los doce apóstoles y a su testimonio: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida…» (1 Juan 1:1). También deben leerse los versículos 2 y 3.

Sabemos muy bien que Satanás trató de eliminar a aquellos importantes testigos. Leemos en el capítulo 12 de los Hechos de los Apóstoles: «Por aquel tiempo extendió Herodes su mano para maltratar a algunos de la iglesia.Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.Al ver que esto agradaba a los judíos, procedió a prender también a Pedro» (v. 1-3). Juan, Jacobo y Pedro eran los tres testigos que el mismo Pedro tenía en mente, pues ellos habían estado juntos en el monte santo, el monte de la transfiguración. Estos tres discípulos eran los testigos que Satanás estaba tratando de eliminar, a fin de que no hubiera más ningún testimonio divino y perfecto que pudiera ser rendido a favor del objeto de la palabra profética, y este es el punto que tenemos ante nosotros. Lo que Pedro indudablemente cita es la transfiguración en el monte, mencionada en los pasajes de Mateo 17, Marcos 9 y Lucas 9.

2 - El objeto de la profecía

Consideremos ahora el capítulo 17 del evangelio según Mateo. Solo para recordar a qué se está refiriendo Pedro, comencemos desde el último versículo del capítulo 16: «En verdad os digo: Hay algunos de los que están aquí, que de ninguna manera probarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino. Después de seis días Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los hizo subir aparte, a una montaña alta; y fue transfigurado delante de ellos; su cara resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Entonces les aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es que estemos aquí! Si tú quieres, haré aquí tres tiendas; una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Aún hablaba él cuando, de pronto, una nube luminosa los cubrió; y una voz que salía de la nube decía: ¡Este es mi amado Hijo, con quien estoy muy complacido! ¡A él oíd! Oyendo esto, los discípulos cayeron sobre sus rostros, y sintieron gran temor. Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, no temáis. Ellos, alzando los ojos, no vieron a nadie sino a Jesús solo» (16:28 al 17:8).

Este breve episodio de la vida del Señor, bien conocido por nosotros, nos brinda en pocas palabras el alcance y el objeto de la profecía. En este pasaje observamos al Señor presentado en gloria, el objeto de toda la profecía. El propósito de Dios para con su amado Hijo, en quien siempre halló su delicia, es, principalmente, que Aquel que había sido despreciado en esta tierra y crucificado por los hombres, sea reconocido por sus criaturas como el Hombre glorificado. Esto resulta contrario a lo que sucedió cuando Él vino hasta aquí por primera vez. Pero cuando el Señor venga por segunda vez –no a arrebatar a sus santos, pues no es el tema que tratamos aquí, sino para aparecer públicamente en la tierra–, toda rodilla se doblará y todos le reconocerán como el Señor de señores y el Rey de reyes, de manera que el Señor será glorificado en la tierra como Hombre y Cabeza de toda la creación. Este es el propósito de Dios al que apunta toda la profecía.

Un objeto verdaderamente maravilloso, que nos muestra un consejo eterno de Dios en el que amamos pensar, y del cual por el momento solo tenemos una insinuación: «la estrella resplandeciente de la mañana». Pero, además, Dios tiene un plan para el mundo en el cual vivimos, el que ahora se caracteriza por su enemistad contra Dios. Este mundo deberá sujetarse a su Hijo amado, pues el Señor en gloria será el centro de la creación. De esta manera Dios pondrá fin a la Historia. El hombre puede tener sus ideas propias con respecto al pasado y al futuro, pero son los pensamientos de Dios los que siempre prevalecerán. Al finalizar la Historia del universo, el Señor será reconocido como el centro de todo lo creado, como el Hombre glorificado.

Cuando el Señor vino a la tierra la primera vez, fue visto de una manera totalmente opuesta a lo que acabamos de decir. Él no vino como Rey, sino que tomó la forma de siervo; no vino a gobernar, sino a obedecer; los hombres no lo aclamaron como el verdadero Rey, pero sí tuvieron la ocasión de utilizar su título de Rey de los judíos para ridiculizarlo, y nada menos que en la cruz. El Señor murió despreciado y rechazado por los hombres, quienes no querían saber nada de Él. De esta manera Dios cumplía su consejo eterno de salvación y bendición para los pecadores perdidos.

Sin embargo, por medio de la palabra profética del Antiguo Testamento, Dios había hablado de los gloriosos días que los discípulos estaban esperando. «Nosotros lo hemos dejado todo» –le decían ellos al Señor– «¿qué tendremos, pues?» (Mat. 19:27). Dios responde a fin de fortalecer por un lado la fe de estos pobres discípulos y por el otro al Señor Jesús como Hombre, y para esto exhibe al Señor mismo como centro en gloria de la creación. Este es el motivo por el cual el Señor les decía a los discípulos: «En verdad os digo: Hay algunos de los que están aquí, que de ninguna manera probarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino» (Mat. 16:28). Pues bien, el capítulo 17 muestra el cumplimiento de esta promesa. Tres de estos discípulos, Santiago, Juan y Pedro no morirían sin ver al Señor en gloria. Lo exhibido en este capítulo puede considerarse como una visión en miniatura del Milenio.

Es justamente a lo que se está refiriendo el apóstol Pedro. Él había estado allí, pues, como testigo. Dios había dado la visión al Señor Jesús y a los tres testigos elegidos en el monte llamado en nuestro capítulo «un monte alto» (no sabemos qué monte era; la tradición cristiana afirma que se trataba del monte Tabor, pero nadie puede confirmarlo). Y, ¿qué fue lo que había sucedido? El Señor había sido transfigurado, sus vestimentas se habían hecho blancas como la luz y su apariencia totalmente cambiada, revestida con gloria celestial. Este era el hecho más importante, la exhibición del Hombre glorificado. Dios mostraba aquí abajo, aun a estos débiles discípulos, al Señor tal como está ahora en el cielo: como un Hombre glorificado.

En segundo lugar, debemos considerar que allí también estaban dos hombres del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, hombres de fe, profetas, líderes del pueblo de Israel. Moisés, tipo del Señor Jesús, nuestro Apóstol (con Aarón, tipo del Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Hebr. 3:1), había conducido a Israel fuera de Egipto. Cuando él murió, Dios mismo le dio sepultura y nadie supo hasta el día de hoy dónde se encuentra su tumba. Elías fue otro profeta. En los días de ruina en Israel, cuando todo estaba en decadencia, él permaneció firme delante del Señor. Este profeta, en cambio, no murió, sino que subió al cielo en un torbellino mientras Eliseo lo observaba y clamaba «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!» (2 Reyes 2:12). De manera que podemos ver en Moisés un tipo de los creyentes que ya han dormido y en Elías de los creyentes que no morirán porque serán arrebatados vivos y transformados para estar en la presencia del Señor. Pero también observamos un tercer grupo, el de los discípulos que estaban presentes allí observando la gloria del Señor sin estar glorificados, y que representan a los creyentes que estarán sobre la tierra.

Pues bien, queridos amigos, esto es exactamente lo que se verá durante el Milenio. El Cristo glorificado no será más invisible, porque habrá venido desde los cielos en gloria. Antes de esto –no es el objeto de estudio ahora–, el Señor tomará para sí a los creyentes, lo cual es el evento más importante que estamos esperando. Pero el apóstol Pedro está hablando de la aparición o revelación del Señor y el consecuente reinado de mil años junto a los creyentes glorificados. No obstante, habrá creyentes vivos en la tierra durante el Milenio, los cuales están representados por los tres discípulos ya mencionados. Por lo tanto, esta «figura en miniatura» del Milenio es el cumplimiento de lo que el Señor les había dicho a sus discípulos: «En verdad os digo: Hay algunos de los que están aquí, que de ninguna manera probarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino» (Mat. 16:28).

Pedro se refiere a este evento en tres términos diferentes. En el versículo 16 él dice:

«Porque no os dimos a conocer el poder (1) y la venida (2) de nuestro Señor Jesucristo con ingeniosas fábulas, sino que fuimos testigos visuales de su majestad». 

y en el versículo 17: «Porque él recibió de parte de Dios Padre honra y gloria (3)…»

Debemos considerar también que los tres evangelios que relatan la transfiguración nos ofrecen diferentes aspectos de la misma. Si leemos Marcos 9, hallaremos que el Señor dice en el versículo 1: «En verdad os digo, que hay algunos de los que están aquí, que no pasarán por la muerte, hasta que hayan visto el reino de Dios venir con poder». En Mateo 16, versículo 28, dice así: «En verdad os digo: Hay algunos de los que están aquí, que de ninguna manera probarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino». Por último, leemos en Lucas 9:31 que Moisés y Elías «apareciendo en gloria». Pedro menciona en su epístola estos tres elementos, el poder, el advenimiento y la gloria del Señor, haciendo una clara referencia a los caracteres presentados en los evangelios sinópticos.

El objeto de la palabra profética es el Señor como Hombre glorificado, como centro de la creación en gobierno y en gloria. No se trata aquí del cielo, ni de la eternidad, ni de la Iglesia. Estos no son, hablando estrictamente, los objetos de la profecía, salvo una excepción: la Iglesia sí es mencionada en el libro del Apocalipsis. Por lo tanto, no podríamos decir que ella no tiene un lugar en la palabra profética, pues no sería justo. Algunas veces, esto ha sido dicho e incluso escrito, pero no es justo en absoluto, porque la Iglesia está vinculada al Hombre glorificado, Cristo, y esto es mencionado muchas veces en la palabra profética, pero sin embargo este no es el objeto de la misma, sino que siempre lo es el Señor Jesús en relación con la creación.

No nos podemos imaginar una escena más hermosa que la del monte de la transfiguración, la cual los discípulos al principio no comprendían. «Hagamos tres tiendas» –decían–, allí donde el Señor era el centro y, por encima de todo, aquello que sería confirmado por una voz que vendría de la magnífica gloria: «Este es mi amado Hijo, en quien me complazco» (2 Pe. 1:17).

Esta es la séptima vez que aparece la expresión «Este es mi amado Hijo» o «Tú eres mi amado Hijo» en el Nuevo Testamento. Aparece tres veces en los evangelios sinópticos, cuando se relata el bautismo del Señor Jesús (Mat. 3:17; Marcos 1:11; Lucas 3:22); tres veces en el relato de la transfiguración (Mat. 17:5; Marcos 9:35; Lucas 9:35), y luego Pedro la menciona en su epístola por séptima vez. ¡Todo esto nos habla de un testimonio divinamente perfecto, maravilloso y amoroso a favor de nuestro Señor! Dios el Padre la pronunció dos veces, al principio y casi al final del ministerio del Señor Jesús en la tierra. Pero también tuvo el cuidado de que quedara escrito siete veces en el Nuevo Testamento.

Esto muestra el maravilloso amor del Padre para con el Hijo, y también el amor del Hijo hacia el Padre, porque el Señor Jesús dice, en Juan 14:31, «amo al Padre». Este amor es eternal, y el Señor lo confirma en el mismo evangelio, capítulo 17:24, al decir: «Padre… me amaste desde antes de la fundación del mundo». Se nos concede que podamos echarle un vistazo a una relación eterna que ha sido revelada en medio del mundo y que también será mostrada en el Milenio, cuando el amado Hijo de Dios será visto como un Hombre glorificado en la tierra, como centro de toda la creación. Él, pues, es el objeto de la profecía.

Alguien puede pensar que nada de esto puede ser hallado en la palabra profética, y en consecuencia preguntarse: “¿Cuántos capítulos hay en los libros proféticos que ni siquiera mencionan el nombre del Señor?” La respuesta es que el Señor en la gloria es el objeto, no el contenido, este es el motivo por el cual no se menciona al Señor en cada versículo. Pero quizá la persona pueda seguir preguntándose: “¿Y qué relación tienen con todo esto los capítulos que hablan acerca de los juicios sobre pueblos y personas?” La razón por la cual todos estos datos aparecen es que están señalando a los eventos preparatorios vinculados al objeto de la profecía. Ya hemos considerado algunos capítulos del libro del Apocalipsis que solo hablan de los juicios que han de caer sobre la tierra y sobre las naciones, eventos preparatorios para el gran momento mencionado en el capítulo 19, cuando el Señor aparecerá en este mundo montando un caballo blanco como Señor de señores y Rey de reyes para reinar durante mil años, acompañado de sus santos celestiales.

En esta luz podemos comprender más fácilmente toda la palabra profética. No debemos considerar a la Bestia, al Anticristo, etc., aisladamente, como si Dios tuviera el propósito final de instruirnos acerca de ellos. El objetivo de la enseñanza siempre será conducirnos al momento acerca del cual Pedro nos relata en nuestros versículos, y del cual Juan y Jacobo podían decir «lo hemos visto» (1 Juan 1:1). Satanás deseaba destruir este testimonio, por este motivo Jacobo fue asesinado por Herodes, sin embargo, pudieron permanecer dos testigos. Pedro fue liberado de prisión de una manera maravillosa, pues Dios no deseaba que este doble testimonio se perdiera. Estos tres hombres, Juan, Pedro y, en su momento, Jacobo, fueron sostenidos por lo que habían visto en el monte. Podemos percibir esto en las siguientes palabras: «Porque no os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo con ingeniosas fábulas».

Observemos a la cristiandad que nos rodea y preguntemos acerca de todo esto. Dirán algunos: “¡No, la profecía no existe!”. Parece que a algunos les resulta necesario presentar a Isaías cortado en tres o cuatro partes para eliminar la idea de profecía, porque en la segunda parte de su libro el profeta menciona a un hombre como el rey Ciro, y parece que ellos también piensan que nadie puede hablar con tanta anticipación de otra persona. “Esto es imposible; la profecía no existe. ¡Son fábulas artificiosas!” –quizá sigan diciendo. Sin embargo, Pedro dice: “No, no hemos seguido fábulas artificiosas, ¡nosotros estábamos allí! Nosotros lo hemos visto y ahora anunciamos esta maravillosa palabra profética”. Es el motivo por el cual este breve pasaje tiene tanto peso.

Y estoy seguro que aquella voz que había sido enviada desde «la magnífica gloria», y que ellos habían oído cuando estaban «con él en el santo monte», los sostuvo durante el resto de sus vidas, en medio de las tribulaciones, en todas las persecuciones que tuvieron que soportar, pues ellos habían contemplado lo que Dios había prometido.

3 - La finalidad de la profecía

Ya hemos considerado el carácter de la profecía en el versículo 16 y el objeto de la misma en los versículos 17 y 18, ahora abordamos lo que concierne a su finalidad. Dios tiene una intención por la cual nos da la palabra profética, leamos el versículo 19: «Tenemos más firme la palabra profética, a la cual hacéis bien en estar atentos (como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro) hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones». Aquí hallamos dos razones por las cuales Dios nos da la palabra profética. La primera es que Dios conoce, desde el principio, todo lo que sucederá hasta el final. En esto no necesitamos ser instruidos, pues todo alcanzará su cumplimiento aun cuando nosotros no fuéramos informados. Por lo tanto, hay algo más aquí, algo que es mucho más personal. Dios nos explica porqué nos ha dado la palabra profética anticipadamente. Él no necesitaba hacer esto. Bastaba con que Él nos dijera: “Esperad la venida del Señor”, ¡y conocer solo esto hubiera sido maravilloso! Pero no, Dios nos ha dado la palabra profética, la cual, como hemos visto, abarca gran parte de las Escrituras. En nuestro pasaje hallamos el porqué de esta decisión de Dios.

La palabra profética es una lámpara que brilla en un lugar oscuro. Y nosotros ciertamente nos encontramos en un lugar oscuro. Todo aquel que aún no se haya convertido, que todavía no haya conocido al Señor Jesús como su Salvador personal, todavía está en tinieblas. La oscuridad implica estar lejos de Dios y no conocerle. Dios es luz en sí mismo (1 Juan 1:5) y se halla en luz inaccesible (1 Tim. 6:16). Pero Él ha alargado su mano al enviarnos a su Hijo para liberarnos de las tinieblas. ¿Se encuentra alguno de mis lectores, hombre o mujer, que no es aún «luz en el Señor»? ¡Pues yo lo animo a ir a Él! Si esta persona se preguntara ¿cómo puedo hacer esto?, pues entonces yo le diría que la respuesta es muy simple. En el evangelio hallamos un relato acerca de un hombre que fue al templo y se detuvo lejos, con la cabeza inclinada, y que golpeando su pecho decía: «¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!» (Lucas 18:9-14). ¡Esto es suficiente, no hace falta hacer otra cosa! Usted no necesita llevar a cabo prácticas religiosas ni alguna otra cosa, sino reconocer que es un pecador y aceptar que el Señor Jesús murió por usted para limpiarlo de sus pecados.

Debemos tener cuidado de no tratar de interpretar las Escrituras mediante los eventos históricos; esto sería el otro extremo. Es la palabra profética la que explica qué es lo que está sucediendo. Por ejemplo, muchos cristianos han tratado de probar que tal o cual persona era el Anticristo, pero Pablo afirmaba simplemente que el Anticristo aún no podía venir. Si no aplicamos rectamente la palabra profética, podemos comenzar a fantasear. En la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, capítulo 2, dice claramente que el Anticristo no podrá venir antes de que los santos sean arrebatados. A pesar de este simple testimonio, creo que no han sido pocos los que han afirmado, incluso en nuestros días, haber visto al Anticristo. Ellos no han sabido utilizar correctamente la palabra profética como una lámpara que brilla en el lugar oscuro.

Podemos citar más ejemplos. Pensemos en el retorno de Israel después de más de dos mil años de no tener independencia como nación. En el país de Israel siempre ha habido judíos, pero como nación ellos han dejado de existir desde hace mucho tiempo. Sin embargo, Dios declaró que ellos retornarían a su país y anunció muchas otras cosas que aún no han alcanzado su cumplimiento. Deberíamos ser muy cuidadosos para no dejarnos arrastrar por una «Israel-manía» totalmente fuera de lugar. Pero sí debemos saber que Dios había anunciado que su pueblo retornaría a su antigua nación incluso antes de que ellos entraran al país por primera vez (Deut. cap. 28 al 30). Dios había dicho que Él mismo introduciría al pueblo en la tierra, y que, debido a la infidelidad de dicho pueblo, los israelitas serían dispersados de Canaán, para ser traídos nuevamente a su tierra hacia el final. Pero, Dios agrega que ellos debían arrepentirse, y esto es lo que nunca han hecho hasta el día de hoy. Acerca de este tema, el profeta Ezequiel habla en el capítulo 37 de su libro, donde menciona la visión de un valle lleno de huesos muertos que se juntan y se cubren de carne y piel, pero que no tienen hálito de vida en ellos. Este estado también está descrito en Isaías 18, donde Dios es visto quieto y mirando desde su morada al pueblo que está viniendo de todas partes del mundo, pero entonces se produce la tribulación.

La palabra profética alumbra en el lugar oscuro, mostrando así su origen divino. Por ejemplo, si usted menciona al pueblo de Israel, recibirá gran cantidad de comentarios, pero casi nunca lo que ha sido dicho por la palabra profética. ¿Por qué en nuestro mundo civilizado hay tanta gente antisemita? La respuesta es: a causa de la Biblia. Los judíos constituyen la prueba viva de la verdad que presenta la Biblia. Cierto militar creyente utilizó esta prueba ante Federico el Grande, rey de Prusia, agnóstico y amigo de Voltaire, el gran engañador. Federico le había desafiado diciéndole lo siguiente: «¡Defiende, si puedes, al cristianismo con una sola palabra! ¿Sabe qué contestó este general nacido de nuevo?: «¡Sí señor: Israel!» La supervivencia y el retorno de Israel como nación es una prueba de la verdad bíblica. Este es el motivo por el cual hay tanto antisemitismo en el mundo entero. Satanás dice: «si puedo destruir a este pueblo (como trató de destruir a Jesús y a sus testigos), puedo probar que lo que dice la Biblia no es verdad» Este es, a mi juicio, la única razón para que haya antisemitismo. Satanás, el oponente de Dios, se opone también a Su pueblo terrenal. Consideremos ahora qué sucede en un círculo que nos resulta más familiar: si nosotros, cristianos, damos un claro testimonio para nuestro Señor, entonces también nos encontraremos con la oposición de Satanás. En cambio, si nos adaptamos al mundo, ¡nuestro testimonio queda arruinado y Satanás satisfecho! Jóvenes, Satanás tiene un plan para nuestros días, eliminar el poder de nuestro testimonio a favor del Señor. Y en dicho plan incluye que en el mundo actual haya musulmanes, budistas, cristianos, incluso que se nombre a Jesús… todo esto no le molesta, siempre y cuando ninguno de nosotros trate de luchar verdaderamente por el Señor Jesús.

Si esto sucede entonces Satanás se levantará contra nosotros. Su gran objetivo en estos tiempos es lograr que nos hagamos mundanos y que nuestro testimonio quede arruinado, de manera que nuestra luz no brille más. Pero, para volver a tomar la lámpara de la palabra profética, con la cual podemos alumbrar alrededor de nosotros, hay otra luz, mucho más gloriosa, la luz del Lucero de la mañana. En esto podemos ver la relación que existe entre la palabra profética y el llamamiento celestial de la Iglesia, y divisar cuál es nuestra verdadera esperanza. Nuestra esperanza, como cristianos, no es primordialmente lo que estamos considerando en este escrito, el cumplimiento de la palabra profética en este mundo. Nuestra esperanza está en los cielos, tal como lo expresan las siguientes palabras: «…hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones».

Este día que ha de amanecer no es el día del Señor, en el que Él aparecerá como el «Sol de justicia… y en sus alas traerá salvación» (Mal. 4), en el que gobernará como el Rey de reyes. Aquí se trata del amanecer de la verdad en nuestros corazones, el amanecer del verdadero cristianismo. El lucero de la mañana es mencionado también en el último capítulo del Apocalipsis: «Yo, Jesús, envié mi ángel para dar testimonio de estas cosas a las iglesias. Yo soy la raíz y la posteridad de David, la estrella resplandeciente de la mañana» (22:16).

El lucero de la mañana aparece antes de que salga el sol. El día es el día del Señor, que comprende un período que va desde su aparición en este mundo hasta el fin del Milenio. Al principio, el Señor aparecerá en gloria como el «Sol de justicia», pero antes de que el día comience, nosotros seremos arrebatados al cielo. Por esto el Señor no es presentado en nuestro pasaje como el Sol (lo cual representa su majestad como Hombre glorificado, comp. Mat. 17:2; Apoc. 1:16), sino como la estrella resplandeciente de la mañana. Para nosotros ahora es de noche, estamos rodeados por las tinieblas del mundo. Sabemos que la palabra profética será completada cuando el Señor aparezca aquí; pero también sabemos que Él vendrá antes como la estrella resplandeciente a fin de quitarnos de este mundo y unirnos con Él para siempre, para llevarnos a la casa del Padre. Notemos, sin embargo, que no solo dice «hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante…», sino que agrega «en vuestros corazones». ¿Qué significan estas últimas palabras? Que la esperanza de la venida del Señor es para nosotros un motivo que nos fortalece y anima.

Si en estos días, en los que hemos asistido a estas conferencias dedicadas al estudio de la palabra profética, todos nosotros hemos sido conducidos a esperar con más fervor al Señor como el Lucero de la mañana, entonces el objetivo de dicha palabra profética para nuestra vida personal y práctica se ha cumplido. Este es el objetivo de la profecía.

4 - La profecía debe ser comprendida rectamente

Finalmente, debemos saber cómo comprender la palabra profética. Por medio de los versículos 20 y 21 de nuestro pasaje recibimos la siguiente instrucción: «…sabiendo primero esto: Ninguna profecía de la Escritura se puede interpretar por cuenta propia». Dicho de manera más simple, esto significa que nosotros nunca podremos explicar un pasaje de la palabra profética, ni de toda la Palabra de Dios, tomando al mismo pasaje como fuente de la explicación, es decir, considerándolo aisladamente del resto de las Escrituras. Las Escrituras siempre se explican por las Escrituras. Esta enseñanza encuadra en el marco de lo que el apóstol Pablo le escribe a Timoteo: «Retén el modelo de las sanas palabras» (2 Tim. 1:13). A veces podemos pensar que seguramente alguien elaboró algún bosquejo acerca de la profecía, pero el problema es dónde lo podemos hallar. Si observamos los comentarios cristianos, encontraremos muchos esbozos o resúmenes acerca de la profecía, pero la mayoría de ellos no están en concordancia con el espíritu de la profecía e incluso suelen contradecirse entre sí. Pero sí disponemos de un «modelo de las sanas palabras», lo cual nos resulta indispensable para aplicarlo también a la profecía. A esto se refiere el versículo 20.

El versículo 21 continúa: «…Porque jamás la profecía fue traída por voluntad del hombre, sino que hombres de Dios hablaron guiados por el Espíritu Santo». Mientras que en el versículo 16 habíamos visto el punto de vista humano: «…no os dimos… ingeniosas fábulas», ahora vemos el lado divino de la palabra profética. Lo que es dicho aquí puede aplicarse a todo el Antiguo Testamento, y a toda la Palabra de Dios. Los cinco libros de Moisés tienen carácter profético, pues Moisés mismo se menciona como profeta en Deuteronomio 18:15: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo…». Con excepción del libro de Rut, los judíos han mencionado siempre a los libros comprendidos entre el de Josué y el de Segundo de Reyes como de “Los antiguos profetas”, mientras que a los comúnmente llamados libros proféticos (Isaías, Jeremías, Ezequiel y los doce profetas menores) ellos siempre los han denominado “Los últimos profetas”. Los Salmos también han sido nombrados como proféticos por el Señor Jesús mismo, como por ejemplo cuando Él dice en Mateo 13:35: «Para que así se cumpliera lo dicho por el profeta, esto es: Abriré en parábolas mi boca…», lo cual es una cita del Salmo 78:2, y al que podríamos agregar muchos otros pasajes. Y casi toda la tipología del Antiguo Testamento, ¿acaso no es, en alguna medida, profecía?

Hemos aprendido que «jamás la profecía fue traída por voluntad del hombre, sino que hombres de Dios hablaron guiados por el Espíritu Santo». Este es uno de los pasajes que se refieren a la inspiración de la Palabra de Dios. Los hombres que escribieron los libros de la Biblia eran santos hombres de Dios, reconocidos por Él mismo como Sus instrumentos. Moisés fue uno de estos hombres de Dios (Sal. 90:1), como así también Elías, quien podía decir: «Jehová Dios… en cuya presencia estoy» (1 Reyes 17:1). Ellos permanecían ante Dios, conscientes del hecho de que Él los observaba constantemente. «Hombres de Dios», tal es el carácter de aquellos que escribieron los libros del Antiguo Testamento, y también los del Nuevo. Pero esto no es todo. Aun cuando los creyentes del Antiguo Testamento no tenían el Espíritu Santo como lo tenemos nosotros, sin embargo, estos santos escritores eran guiados por Él. Ellos escribían en el poder del Espíritu Santo. De manera que no escribían el producto de ideas humanas, sino las cosas que les habían sido dadas por el poder del Espíritu.

No hay muchos pasajes que se refieran a la inspiración. Pero podemos citar 2 Timoteo 3:16, en el cual Pablo no menciona a los escritores sino a los escritos: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar…». En lugar de decir “inspiración divina”, podríamos decir también “alentado por Dios” o “alentado por el Espíritu Santo”, porque «aliento» y «espíritu» es la misma palabra tanto en hebreo como en griego. Pablo está hablando de los resultados de esta inspiración. En la Epístola de Pedro observamos a las personas, a los instrumentos de la inspiración, guiados por el Espíritu; mientras que en 2 Timoteo al resultado de dicha inspiración divina.

Sin entrar en muchos detalles, debemos citar un pasaje más, en el cual Pablo va un paso más allá. En 1 Corintios 2, él habla acerca de lo «que ojo no vio, ni oído oyó, y no subió al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que lo aman. Dios nos las ha revelado por su Espíritu» (v. 9-10), y luego, en el versículo 13: «Y eso es también lo que hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, comunicando cosas espirituales con palabras espirituales». Es cierto que Pablo está hablando de su ministerio oral, sin embargo, él lo ejercía como un instrumento inspirado. Actualmente nadie podría decir o escribir palabras como las de Pablo que hemos leído. Él era un instrumento inspirado por Dios, por quien nosotros hemos recibido nuevas comunicaciones, verdades que nunca antes habían sido conocidas, las cuales «ojo no vio», pero que han sido reveladas para nosotros por Dios, quien utilizó a Pablo como principal instrumento. Pablo (1) recibió estas palabras de Dios mediante su Espíritu (2) a fin de comunicárnoslas a nosotros (3) en palabras enseñadas por el mismo Espíritu. Esto es inspiración verbal. Hay muchos ataques en contra de la inspiración verbal. Pero como hemos visto que, no solo las personas han sido inspiradas (2 Pe. 1) o los escritos como un todo (2 Tim. 3), sino que el Espíritu ha dado las palabras exactas, a fin de que lo espiritual fuera acomodado por lo espiritual.

A fin de tener un simple pero instructivo ejemplo, tomemos la palabra amor. En el uso que se le da en el mundo, esta palabra connota algo que está muy por debajo del amor de Dios. En la época del Nuevo Testamento, cuando el amor de Dios había sido completamente revelado en Cristo, las palabras griegas que indicaban amor habían sido pervertidas de tal manera, y estaban tan por debajo incluso del ideal de creación, que Dios tuvo que tomar una palabra, por decirlo así, de un altillo. Esta palabra es agape, cuyo significado es muy difícil de especificar y que en aquel entonces era poco utilizada. Las palabras que sí se utilizaban en aquel momento eran eros y philia. Eros (erótico) ni siquiera aparece en el Nuevo Testamento. Sin embargo, philia (amistad) sí es utilizada. Pero, la palabra sacada del altillo, vino a ser la palabra importante. Tengo la firme convicción de que Dios utilizó esta palabra, que no había sido corrompida ni ensuciada por el pecado, para llenarla con un significado que hasta ese momento no existía. También podríamos agregar otros ejemplos, como la palabra griega para altar, bomos, que solo aparece una vez, señalando un altar pagano, en Hechos 17:23, mientras que en el resto del Nuevo Testamento es utilizada una palabra muy especial, que en realidad significa el lugar del sacrificio (thusiasterion, de thusia “sacrificio”). Estos pocos ejemplos nos muestran suficientemente el carácter y el significado espiritual de las palabras que Dios utilizó para comunicarnos las cosas espirituales, y al mismo tiempo indican la inspiración verbal de la Palabra de Dios.

Quiera el Señor que nos ocupemos con la palabra profética, también en el libro del Apocalipsis, y que nos sintamos sobrecogidos y con profunda reverencia hacia su Palabra, a fin de que podamos ser fortalecidos en la fe y poder ampliar nuestros conocimientos acerca de tan complejo tema. Pero lo más importante es que no perdamos de vista que el Señor Jesús, el amado Hijo de Dios, ocupa el centro de todos sus caminos. Durante el reinado de mil años, aun cuando haya sido despreciado en este mundo, Él aparecerá nuevamente coronado de honor y gloria como centro de adoración, la cual Él es digno de recibir.


arrow_upward Arriba