Inédito Nuevo

El hombre desde diversos puntos de vista

En las Epístolas del Nuevo Testamento


person Autor: Clarence Esme STUART 4

flag Temas: La doctrina de Pablo El hombre interior (regenerado)


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2015, página 209

0 - Introducción

El hombre fue creado de una manera diferente a todos los seres vivos. «Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Gén. 2:7). Eliú, mensajero de Dios, declara: «Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8); «El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (33:4).

Cuando el hombre muere, su cuerpo, su parte material, vuelve a la tierra. En cambio, su parte inmaterial es indestructible: «El polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio» (Ecl. 12:7).

En las Escrituras, esta parte inmaterial recibe diversos nombres: ya sea «el alma» (Mat. 10:28), ya sea el «espíritu» (Sant. 2:26), o incluso ambos juntos, distinguiéndolos: «Espíritu, alma» (1 Tes 5:23).

En el momento de la resurrección –«resurrección de vida» o «resurrección de condenación» (Juan 5:29)– todos los hombres recibirán un nuevo cuerpo. Y es en esta condición de hombre completo cuando rendirán cuentas a Dios. «Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios» (Rom. 14:10). «Porque es necesario que todos nosotros seamos manifestados ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo. (2 Cor. 5:10). Nuestras vidas enteras, nuestros actos, nuestros motivos serán vistos a la luz perfecta de Dios. Los creyentes podrán comprender la inmensidad de la gracia de Dios que les ha perdonado todo. Y los incrédulos conocerán un juicio inexorable.

El Nuevo Testamento utiliza diferentes adjetivos que pueden caracterizar al hombre: el hombre exterior y el hombre interior, el viejo hombre y el nuevo hombre, el primer hombre y el segundo Hombre, el hombre natural, el hombre carnal y el hombre espiritual. Estas expresiones se sitúan en el plano espiritual y moral. Consideraremos brevemente algunos pasajes que nos las presentan.

1 - El hombre exterior y el hombre interior (Rom. 7:22; 2 Cor. 4:16; Efe. 3:16)

El hombre exterior se refiere al cuerpo, que puede deteriorarse y morir, mientras que el hombre interior se refiere a la parte inmaterial de nuestro ser: nuestro espíritu y nuestra alma. En relación con las grandes pruebas que sufría, Pablo escribe: «Cuando nuestro hombre exterior va decayendo, el hombre interior se va renovando día a día» (2 Cor. 4:16). Nuestro hombre interior es todo lo que se distingue del cuerpo y nunca puede morir. Al escribir a los efesios, el apóstol expresa el deseo: Que Dios os fortalezca «con poder en el hombre interior, por su Espíritu; para que mediante la fe, Cristo habite en vuestros corazones» (3:16-17). En Romanos 7, escribe: «Porque me deleito en la Ley de Dios, según el hombre interior; pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente» (v. 22-23). En estos pasajes, el corazón y el entendimiento forman parte del hombre interior. Los adjetivos «exterior» e «interior» ponen en contraste, por tanto, la parte material y la parte espiritual del hombre, como hijo de Adán.

2 - El viejo hombre y el nuevo hombre (Rom. 6:6; Efe. 4:22-24; Col. 3:9-10)

Estas 2 expresiones designan las 2 naturalezas que se encuentran juntas en una persona nacida de Dios. El «viejo hombre» (Rom. 6:6) es un término que describe la naturaleza pecaminosa que gobierna a los hombres no convertidos, y que todos heredamos de Adán por nuestro nacimiento. Esta naturaleza también se denomina la carne, por ejemplo, en un pasaje como: «Evidentes son las obras de la carne» (Gál. 5:19) o el pecado, por ejemplo: «El pecado que habita en mí» (Rom. 7:20). Pero las palabras «carne» y «pecado» pueden tener significados diferentes.

El «nuevo hombre» es el ser que ha sido creado en nuestro nuevo nacimiento. Las palabras griegas utilizadas en Efesios 4:24 y en Colosenses 3:10 nos dicen que esta naturaleza es para nosotros completamente nueva en su género, y completamente nueva en el tiempo –puesto que antes no la poseíamos. Lo que nos caracterizaba antes de nuestra conversión, un caminar según los principios del viejo hombre, ya no debe caracterizarnos, pues «nuestro viejo hombre ha sido crucificado con él (Cristo)» (Rom. 6:6), es decir, que Dios lo trató así judicialmente en la cruz: «Dios condenó al pecado en la carne» (8:3). Sin embargo, la naturaleza que hemos recibido al nacer de Dios debe manifestarse actuando en nosotros. Nuestra conducta debe caracterizarse por el hecho de que «en cuanto a vuestra conducta anterior, os despojéis del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos; y os renovéis en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, que es creado según Dios en justicia y santidad de la verdad» (Efe. 4:22-24).

Esta naturaleza –nueva porque es totalmente diferente de la antigua, y porque resulta de nuestro nuevo nacimiento– no es un poder. El creyente debe recibir de Dios, día tras día, el poder que necesita para su camino. Es necesaria una renovación: «Habiendo despojado el viejo hombre con sus prácticas, y revestido el nuevo [hombre], el cual se va renovando en conocimiento, según la imagen de aquel que lo creó» (Col. 3:9-10).

El cristiano posee, por tanto, 2 naturalezas absolutamente opuestas entre sí: una totalmente mala, que recibió al nacer, y la otra, que fue creada en su nuevo nacimiento, sin pecado e incapaz de pecar. Es el viejo hombre y el nuevo hombre. En las expresiones de las Epístolas, el propio creyente se identifica a veces más o menos con uno u otro. Cuando el apóstol dice: «Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en [la] carne, lo vivo en [la] fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y sí mismo se dio por mí» (Gál. 2:20), queda muy claro que no es el nuevo hombre quien ha sido crucificado «con Cristo», sino el viejo hombre. Y no es el viejo hombre quien puede decir “vivo en la fe”, sino el nuevo hombre.

A la venida del Señor, recibiremos cuerpos gloriosos, semejantes al cuerpo de Cristo, el hombre resucitado. Ya no se hablará del viejo hombre.

3 - El primer hombre y el segundo Hombre (Rom. 5:12-18; 1 Cor. 15:47-49)

Estos 2 hombres son Adán y el Señor Jesucristo: 2 jefes de linaje. Todo hombre se encuentra por naturaleza en la línea de Adán, y cada creyente se encuentra, como resultado de la obra de la cruz, en la línea de Cristo. Así, uno está «en Adán» o «en Cristo»; «Como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» (1 Cor. 15:22). Nuestro vínculo con Adán se debe a que somos sus descendientes. Nuestro vínculo con Cristo se debe a que hemos nacido del Espíritu, y a que el Espíritu Santo que mora en nosotros es el vínculo por el cual estamos unidos a él.

La condición en la que se encuentra el primer hombre ante Dios, a causa de su acto de desobediencia, caracteriza también a todos los de su descendencia, y los resultados de ese acto les afectan a todos. La condición en la que se encuentra Cristo, como consecuencia de su obediencia hasta la muerte, caracteriza también a todos los que están en su linaje, y los resultados de su obediencia son para todos ellos. Todos los hombres pertenecen por nacimiento a la primera raza; todos los creyentes pertenecen a la segunda raza desde su conversión.

Esto es lo que nos está presentado en Romanos 5:12-18, en la aplicación moral de este gran hecho. Pero esta verdad tiene también un gran alcance en lo que respecta al cuerpo del creyente. 1 Corintios 15, que nos habla de la resurrección de nuestros cuerpos, nos dice: «El primer hombre [fue] de la tierra, terrenal; el segundo hombre [es] del cielo. Como el terrenal, así también los terrenales; y como el celestial, tales también los celestiales. Como llevamos la imagen del terrenal, también llevaremos la imagen del celestial» (v. 47-49). Llevamos en nuestro cuerpo la imagen de aquel que es polvo, es decir, de Adán, que fue hecho del polvo. Llevaremos en nuestro cuerpo, cuando resucitemos, la imagen del Señor Jesús. Él es «el celestial», y nosotros somos «los celestiales».

4 - El hombre natural, el hombre carnal y el hombre espiritual (1 Cor. 2:14-15; 3:1-3; Gál. 6:1)

Estas 3 expresiones denotan diferentes estados en los que puede encontrarse el ser humano. El hombre natural o hombre animal (2:14) es una persona sin vida espiritual, animada únicamente por su alma creada. La expresión hombre carnal se aplica a los corintios a quienes se dirigía el apóstol, a hombres que habían nacido de Dios, pero que no eran guiados por el Espíritu Santo.

En Romanos 7, el apóstol describe la condición de un hombre que «se deleita en la Ley de Dios, según el hombre interior» (v. 22), pero comprueba que no tiene la fuerza para hacer lo que es bueno. Dice: «Soy carnal, vendido al poder del pecado» (v. 14). Dirigiéndose a los corintios, que estaban ricamente dotados de todos los dones espirituales, pero no caminaban en el poder del Espíritu Santo, el apóstol dice: «Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo» (3:1). Aunque vivificados, carecían del poder efectivo del Espíritu, pues no eran guiados por él. El hombre espiritual es aquel en quien se encuentra el Espíritu, y que está fortalecido y guiado por él.

Al hablar de la misión que hay que cumplir con un creyente que «es sorprendido en alguna falta», el apóstol exhorta a los que son «espirituales» a «restaurar a esa persona» (Gál. 6:1). Este estado es necesario para hacer, según el pensamiento de Dios, este delicado servicio, cuidando de uno mismo.