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Inédito Nuevo

El cristiano ejemplar o «Para mí el vivir es Cristo»

Filipenses 1:21


person Autor: Edward DENNETT 64

flag Tema: La piedad individual


1 - La clave de toda la Epístola (capítulo 1)

Estas palabras constituyen la clave de toda la Epístola, y cada capítulo no es más que el desarrollo de este tema. Lo que se revela en esta Epístola es, en efecto, la vida de un cristiano “celestial” que aún está en la tierra; en otras palabras, nos presenta el estado normal del cristiano. Por lo tanto, es de suma importancia que nos midamos a la luz de esta verdad.

1.1 - Cristo, centro de la vida, motivo de todas las acciones y objeto de los afectos

Porque, en efecto, no hay nada más esencial que poder decir: «Para mí el vivir es Cristo». Y hay que recordar que el apóstol escribió estas palabras hablando de sí mismo, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Si se objeta, sin embargo, que Pablo era un apóstol, la respuesta es que no escribe esto de sí mismo como apóstol, sino como simple creyente en el Señor Jesucristo; un creyente que, en ese momento, se encontraba en circunstancias de gran prueba y aflicción, que eran de tal naturaleza que podían deprimirlo y desanimarlo respecto al servicio al que había sido llamado. Pero estaba tan bajo el dominio del Espíritu Santo que triunfó sobre toda su adversidad, perdiendo de vista su propia persona y pensando únicamente en los intereses de Cristo. Así, era un hombre totalmente dedicado, para quien Cristo lo era todo, y que por eso nos está presentado como un ejemplo para todos los creyentes.

1.2 - Un corazón lleno de amor por Cristo

En primer lugar, debemos preguntarnos qué significan las palabras: «Para mí el vivir es Cristo», y luego podremos ver cómo se concreta esto en el caso del apóstol. No hace falta decir que esto solo puede provenir de un cierto estado del corazón, y podemos preguntarnos cuál es ese estado. Es cierto que el corazón del apóstol estaba lleno del amor de Cristo, que ese amor lo impulsaba y que, a su vez, ese amor había suscitado en el apóstol un intenso amor por su Señor y Maestro. Podemos estar seguros de que tal devoción solo puede brotar de un afecto ardiente por Cristo, pues es el desbordamiento de un corazón inundado por el gozo del amor de Cristo.

1.3 - La desaparición del «yo»

Se puede añadir otra cosa. Cuando el apóstol dijo: «Para mí el vivir es Cristo», no quería decir otra cosa que Cristo era el motivo y el objeto de todas sus actividades. En sus propias palabras, él ya no vivía para sí mismo, sino que Cristo vivía en él; la vida que ahora llevaba en su cuerpo, la llevaba en la fe en el Hijo de Dios, que lo había amado y se había entregado por él. Tal es la perfección de la vida cristiana: una vida en la que el yo ha desaparecido por completo y cuyo único objeto es Cristo. Cabe añadir que tal vida es accesible a todo cristiano.

1.4 - Pablo en prisión en Roma

Tras haber expuesto lo que encierran las palabras del apóstol, podemos preguntarnos cómo se ilustró esto en la situación personal del apóstol. En primer lugar, hay que recordar que, en ese momento, se encontraba preso en Roma, con la perspectiva de un posible martirio. Hasta entonces, había sido un hombre rebosante de actividades, y no puede haber mayor prueba para un siervo de Dios que verse privado de la posibilidad de servir. Pero no permanecía inactivo, pues vivía a Cristo, y, como hemos dicho, perdiendo de vista su propio yo, solo consideraba el impacto de su cautiverio para los intereses de Cristo.

1.5 - Su gozo estaba en el avance del Evangelio

Es maravilloso leer lo que dice: «Hermanos, quiero que sepáis que las cosas que me han sucedido, han contribuido al progreso del Evangelio; de modo que se hizo evidente en todo el pretorio, y a todos los demás, que mis cadenas son por Cristo» (1:12-13). Lo que el apóstol quiere decir es que su cautiverio estaba ligado a su condición de siervo de Cristo que, tanto en el palacio de César como en cualquier otro lugar, se había hecho evidente para todos que era prisionero, no por sus propias fechorías, sino simplemente porque estaba comprometido al servicio de Cristo, y sabía claramente que eso se convertiría en un testimonio a favor de Aquel a causa de quien había sido arrestado.

1.6 - Su indiferencia ante las motivaciones de los demás

Es más, nos dice que «la mayoría de los hermanos, confiados en el Señor por mis cadenas, se atreven mucho más a anunciar la Palabra sin temor» (v. 14). Hubo, pues, una mayor actividad en la proclamación del Evangelio. Era cierto, pero se le recordó que muchos predicaban a Cristo también por envidia y por espíritu de contienda, creyendo añadir a sus ataduras una tribulación adicional; mientras que otros, por amor, sabiendo que había sido establecido para la defensa del Evangelio.

Se trataba sin duda de una situación ambigua, y algunos podrían haberse desanimado por ello, pero ¿qué dice aquel que podía afirmar?: «Para mí el vivir es Cristo» (v. 21). «¿Qué, pues? No obstante, de todas maneras, sea por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado, y en esto me alegro, y aún me alegraré» (v. 18).

1.7 - Su total desapego de sí mismo

Abandonando de nuevo toda consideración de sí mismo, se regocijaba ante la idea de que, cualesquiera que fueran los motivos de ciertos predicadores, Cristo era anunciado más abundantemente. Sabía bien que Dios podía utilizar ese testimonio para el cumplimiento de sus propios designios, cualesquiera que fueran las motivaciones de los predicadores. Además, estaba tan desprendido de sí mismo que podía regocijarse por la obra de los demás si se predicaba a Cristo.

1.8 - La perspectiva espiritual de su situación

Continúa diciendo: «Porque sé que esto me resultará para salvación, por vuestra oración y el socorro del Espíritu de Jesucristo, según mi ardiente expectación y esperanza, que en nada seré avergonzado; sino que, con todo denuedo, como siempre, ahora también Cristo será magnificado en mi cuerpo, ya sea que yo viva o que muera. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (v. 19-21). Vivía para Cristo como apóstol, confiaba en Dios, al tiempo que caminaba por la fe y no por la vista. Así estaba en condiciones de decir: « que esto me resultará para salvación», en el sentido de su liberación. Es decir, lo sabía en lo más profundo de su alma, pues el verbo saber remite a un conocimiento consciente.

1.9 - Su confianza en Dios por encima de todas las circunstancias

Así, en lo más profundo de su alma, por el poder del Espíritu, elevado por encima de todas sus circunstancias, estaba interiormente seguro de que Dios cumplía sus propios designios. Podía descansar serenamente, por el conocimiento que se le había comunicado, y en la confianza de que Dios, y no el hombre, decidiría el desenlace de su cautiverio.

1.10 - Los recursos del apóstol Pablo

Sin embargo, existían instrumentos para el cumplimiento del designio de Dios. Estos eran, en primer lugar, las oraciones de los santos, que Pablo siempre se alegraba de unir a las suyas por sus necesidades y dificultades. En segundo lugar, también conocía el socorro del Espíritu de Jesucristo, lo que el mismo Cristo conoció en medio de sus pruebas, sus sufrimientos y sus persecuciones.

Gracias a este apoyo que anticipaba, era capaz de contemplar su eventual destino de mártir sin ningún pesar, e incluso como una ocasión para dar gloria a Cristo. Como él mismo dice: Su único objetivo era que Cristo fuera glorificado en su vida y en su muerte.

«Según mi ardiente expectación y esperanza, que en nada seré avergonzado; sino que, con todo denuedo, como siempre, ahora también Cristo será magnificado en mi cuerpo, ya sea que yo viva o que muera». En otras palabras, si el apóstol era liberado de su cautiverio, se regocijaba ante la idea de poder glorificar a Cristo en su vida cotidiana y en su servicio. Si, por el contrario, fuera condenado a muerte y arrojado a los leones, confiaba en Dios para convertir esa ocasión en un testimonio de Cristo. En otras palabras, consideraba su cuerpo simple y únicamente como un instrumento para manifestar a Cristo, ya fuera “viviendo o muriendo”. Esto explica la razón que da: «Porque para mí el vivir es Cristo; y el morir es ganancia».

1.11 - La ganancia de Pablo

¿Y quién puede estimar la inmensidad de la ganancia para el apóstol? Mírenlo, por ejemplo, encadenado al soldado romano en su cautiverio, y luego imagínenlo ausente del cuerpo y presente junto al Señor, junto a ese Señor que se le había aparecido en el camino de Damasco, que lo había llamado por Su gracia, que lo había elegido para Su servicio, y que ahora vivía para siempre con Él, y comprenderemos un poco la inmensidad de su ganancia. ¿Qué era la muerte para un hombre así? Solo el camino hacia la presencia de Aquel que lo había amado y se había entregado por él. Poco importaba, pues, lo que las autoridades de Roma pudieran hacerle a su prisionero, quien era así capaz de triunfar sobre toda la oposición que el enemigo pudiera oponerle, pues estaba por encima de todo eso; y el secreto era estar capacitado de decir: «Para mí el vivir es Cristo, y morir es ganancia».

1.12 - El apóstol Pablo como ejemplo

¿Qué hay de nosotros mismos? ¿Es nuestro deseo tener el mismo lenguaje que Pablo? ¿Consideramos nuestro cuerpo como un vaso destinado a manifestar a Cristo? Cuando nos levantamos por la mañana, ¿vemos el día que viene como una nueva ocasión para magnificar a Cristo, para engrandecer a Cristo? Se puede repetir que Pablo, en este punto preciso, es un ejemplo para cada creyente, y si solo hay en el corazón el deseo y la resolución de seguir sus pasos, se nos concederá la gracia necesaria, ya sea que nuestro camino discurra en la oscuridad o a la luz del día.

2 - La condición necesaria es tener la mente de Cristo (capítulo 2)

Puede ser útil, en este punto, destacar el vínculo entre los diferentes capítulos de nuestro tema. Ya se ha señalado que vivir para Cristo es el tema de la Epístola. Esto se desarrolla, como hemos visto, en el primer capítulo, en relación con la situación personal de Pablo. En el capítulo 2, nuestra atención se desvía del apóstol para centrarse en Cristo mismo. Esto tiene por objeto mostrar que, sin tener la mente de Cristo, es imposible vivir para Cristo. Encontramos entonces, en una palabra, el poder necesario para vivir para Cristo. El capítulo 3, nos presentará las características de quien vive para Cristo. Esto permitirá al lector seguir con mayor claridad el desarrollo del tema.

En el capítulo 2, podemos destacar, en primer lugar, la forma en que el apóstol introduce esta parte de su tema. Los santos de Filipos habían expresado su afecto por Cristo al satisfacer las necesidades de Pablo.

2.1 - El corazón sensible del apóstol Pablo

Esto le conmovió profundamente y califica este servicio como un «consuelo en Cristo», un «estímulo de amor», una «comunión del Espíritu», un «afecto entrañable», y es sobre esto que basa su llamado (2:1). Reconociendo con gratitud el servicio de ellos, abre su corazón deseando que puedan responder más plenamente al pensamiento de Cristo y así cumplir su gozo.

2.2 - Su exhortación a la unidad y a la humildad

¿Y qué desea para ellos? En primer lugar, que haya una unidad perfecta entre ellos. A continuación, que haya tal humildad que se estimen unos a otros más que a sí mismos. Es decir, que todos estén marcados por el don de sí mismos, para que cuiden unos de los otros.

2.3 - Cristo, el modelo perfecto a seguir

Sin embargo, esto no es más que la introducción a su tema. Reúne todos estos pensamientos que el Espíritu le lleva a expresar, y los incluye todos en la exhortación: «Haya, pues, en vosotros este pensamiento que también hubo en Cristo Jesús» (2:5). La razón de esta exhortación, como ya hemos dicho, es que, de lo contrario, sería imposible vivir para Cristo.

Preguntémonos, pues, ¿cuál es esa disposición de Cristo de la que habla el apóstol? Retomando lo que expresa Pablo, podríamos resumirlo en una frase: “Como Dios, se despojó; como hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz”. El espíritu de Cristo consistía, pues, en descender de las alturas más elevadas hacia las profundidades más bajas. ¡De una altura que no podemos concebir en su exaltación hacia una profundidad igualmente incomprensible, pues implicaba la muerte en la cruz! Será motivo de asombro y adoración durante la eternidad; pero nuestro objetivo aquí no es tanto detenernos en esta infinita humildad de la gracia como destacar su incidencia en el tema que nos ocupa. Lo importante es que debe haber en nosotros ese pensamiento que había en Cristo, si deseamos que él se manifieste en nuestra vida –en nuestro caminar y nuestra conducta en la tierra.

2.4 - La aplicación práctica para el creyente

Examinemos, pues, más concretamente en qué consiste ese pensamiento de Cristo aplicado a nosotros mismos. Se trata simplemente de humillarnos, buscando siempre ocupar el lugar más bajo, en todas las circunstancias, en el pueblo de Dios. Si, pues, alguno de nosotros desea acercarse a Cristo, solo puede hacerlo humillándose.

2.5 - Cristo, el modelo perfecto de la humillación

Esto puede ilustrarse con un episodio de la propia vida del Señor. Cuando en una ocasión los discípulos discutían sobre quién sería el mayor, Él les recordó que estaban gobernados por el espíritu del mundo; luego, tras decirles que no debía ser así entre ellos, les dio Su propio ejemplo diciendo: «Pero yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27). Incluso con sus seres queridos, su intención era humillarse y ocupar el lugar más bajo. Sin embargo, fue en la muerte en la cruz donde alcanzó el lugar más bajo. Así, fue preeminente en la humillación como lo es ahora en la exaltación. Si, sin embargo, tenemos la mente de Cristo y nos humillamos cada vez más, nunca podremos alcanzar el lugar donde él estuvo. Podemos descender hasta la muerte, pero solo él pudo descender hasta la muerte en la cruz. No olviden, pues, queridos lectores, que solo humillándonos podemos vivir para Cristo.

2.6 - Los versículos 9 al 11 de Filipenses 2 forman un paréntesis

Es bastante notable que los versículos 9 al 11 formen un paréntesis, pues el versículo 12 se relaciona en realidad con el versículo 8. Es en este paréntesis donde encontramos la exaltación de Cristo, siendo la exaltación la consecuencia de su humillación. Vemos, en efecto, a Dios, en el gozo de su corazón, intervenir y elevar a Aquel que le había glorificado en su muerte; y sentarlo en una supremacía absoluta a su diestra, el único lugar digno para Aquel que murió en la cruz. Es, en efecto, la ilustración del principio que el Señor mismo había enseñado durante su vida: «El que se humilla, será exaltado» (Lucas 14:11). Esto nos enseña que nuestra futura exaltación corresponderá a nuestra humillación en la tierra.

2.7 - Obedecer sin murmuraciones y servir en dependencia

El apóstol indica a continuación la manera en que debe expresarse el pensamiento de Cristo. Es, en una palabra, mediante la obediencia. Dice: «Por tanto, amados míos, como habéis obedecido siempre, no solo como en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, llevad a cabo vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad» (v. 12-13). Sin detenernos a exponer estas palabras, podemos pasar al significado de la exhortación de los versículos 14-15: «Haced todo sin murmuración ni disputa, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación depravada y perversa, entre los cuales resplandecéis como lumbreras en el mundo». El Señor, ni que decir tiene, nunca murmuró ni discutió (razonó). ¿Y por qué? Porque siempre fue dependiente y obediente. Y nosotros nunca murmuraremos ni discutiremos si tenemos Su espíritu; y recordad que su espíritu es necesario para vivir para Cristo.

2.8 - 2 ejemplos concretos de este espíritu

Podemos ahora llamar brevemente la atención sobre las 2 ilustraciones del espíritu de Cristo que se encuentran en la última parte del capítulo. Lo que caracterizaba al espíritu de Cristo era, por así decirlo, no preocuparse por sus propios asuntos, en la medida en que se despojó de su reputación y se humilló haciéndose obediente hasta la muerte, la misma muerte en la cruz. Estos 2 rasgos se ilustran en Timoteo y Epafrodito.

2.9 - Los ejemplos de Timoteo y Epafrodito

El apóstol dice del primero: «Porque a nadie tengo del mismo ánimo, que tan realmente se interese por lo que os concierne; porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (v. 20-21).

2.10 - Detalles sobre Epafrodito

A propósito de Epafrodito, el apóstol dice que «estuvo enfermo, a punto de morir» (v. 27). Por supuesto, no podía hacer nada al respecto, pues cualquiera de nosotros podría haberse encontrado en la misma situación. Pero luego, Pablo dice de Epafrodito que «por la obra de Cristo estuvo cerca de la muerte» (v. 30).

Es bastante notable que la expresión «cerca de la muerte» sea totalmente diferente de la utilizada en relación con su enfermedad. De hecho, es la misma que se emplea para el Señor cuando se dice que se hizo obediente hasta la muerte. Epafrodito descendió, pues, hacia la muerte, aunque le fuera imposible descender, como lo hizo el Señor, hacia la muerte de la cruz.

Si nos preguntamos por qué se dan aquí estos 2 ejemplos, podemos decir que es para responder a la objeción de que es imposible seguir un camino como el que siguió el Señor mismo. El Espíritu de Dios nos presenta a Cristo en este maravilloso camino de humillación para mostrarnos que no hay otra manera de expresarnos que seguir sus pasos. En otras palabras, como ya hemos dicho, para vivir para Cristo, debemos tener la mente de Cristo, y se nos dan 2 ejemplos de creyentes que, a su manera, han seguido el mismo camino.

3 - El poder de vivir para Cristo (Capítulo 3)

A continuación, encontramos en el capítulo 3 el secreto del poder de vivir para Cristo. En el capítulo 2, Cristo se presenta en la grandeza de su gracia, descendiendo desde las alturas más elevadas de la gloria hasta las profundidades más bajas de la humillación, y el corazón no puede sino conmoverse ante la contemplación de un ejemplo tan maravilloso. En el capítulo 3, en cambio, se ve a Cristo glorificado a la diestra de Dios, Aquel en cuyo rostro se manifiesta toda la gloria de Dios, es decir, en una palabra, como Hombre glorificado.

3.1 - La ruptura de Pablo con su pasado

Pero si se presenta así a Cristo, es en relación con su siervo Pablo en la tierra; y si está en relación con Pablo, lo está también con todos los suyos. Podemos entonces examinar el efecto de esta humillación sobre Pablo para aprender cómo actúa el poder de esta humillación sobre el creyente. Tras los 3 primeros versículos del capítulo 3, el apóstol nos cuenta lo que era como hombre en la carne, y las ventajas de las que había disfrutado por su nacimiento, su educación y su religión. Una de las cosas notables de Pablo es que era un hombre ejemplar en la carne, tanto como un cristiano ejemplar y un siervo ejemplar.

3.2 - La revelación de Cristo y sus consecuencias para Pablo

La cuestión es ahora saber qué pudo apartar a este hombre de la posición que ocupaba antes de su conversión. Vinculado al judaísmo por tantos lazos, y destacado entre sus correligionarios, tanto por su carácter como por su celo, ¿dónde estaba el poder que pudo alejarlo de sus ventajas tan queridas y apreciadas, a las que se aferraba, en efecto, con todo el ardor de sus convicciones? La respuesta se encuentra en la historia de su conversión, que se resume aquí en un solo versículo: «Pero las cosas que para mí eran ganancia, las he considerado como pérdida a causa de Cristo» (v. 7). Esto no significa que considerara esas cosas como una pérdida para ganar a Cristo, sino que la revelación de Cristo en su gloria a su alma le mostró la futilidad de todas las posesiones y relaciones en las que había vivido, lo arrancó de todo eso, para que pudiera poseer como su ganancia a Aquel que se le había revelado en el camino de Damasco.

Y luego añade: «Aún todo lo tengo por pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo» (es decir, para tener a Cristo como mi ganancia).

3.3 - La búsqueda constante de Pablo

Deténganse, queridos lectores, y fíjense en esto. El apóstol dice que “consideró” en el versículo 7, y en el versículo 8, «considero». Cuando dice que consideró, se refiere al momento de su conversión. Luego, cuando dice las «considero», es la valoración de su espíritu en el momento en que escribe la Epístola. El significado reside en el hecho de que habían transcurrido 28 años, más o menos, desde el momento de su conversión, y vemos que el poder que actuaba sobre él cuando el Señor se le apareció por primera vez seguía actuando sobre él durante su cautiverio en Roma. Esto se ve en el hecho de que juzga de la misma manera que al principio las cosas a las que antes estaba ligado.

3.4 - Conocer a Cristo y parecerse a él, el poder de su atracción

En otras palabras, el poder actuaba de manera constante en el alma del apóstol, y la razón era que Cristo era su objeto absorbente.

3.5 - El ejemplo de Leví atraído por la Persona de Jesús (Lucas 5:27)

El efecto de este poder puede ilustrarse con la referencia a Leví (Mateo). Sentado en la oficina de recaudación, y ocupado en sus tareas habituales, el Señor pasó junto a él y le dijo: «¡Sígueme!». Y él lo dejó todo, se levantó y le siguió. ¿Cuál fue el poder que permitió a Leví dejarlo todo y seguir a Cristo? Ciertamente no fue la orden en sí misma, sino la Persona de Cristo, que lo desprendió de todo su entorno y lo atrajo a seguirlo. Mediante esa única orden, Cristo se afianzó en el corazón de Leví y lo impulsó a seguirlo.

3.6 - La necesidad de que los afectos estén comprometidos con Cristo

Mientras los afectos no estén comprometidos, es imposible obedecer su orden. De hecho, hay muchos cristianos que nunca han buscado alcanzar a Cristo mismo, y ahí es donde siempre reside la debilidad. Debemos ir más allá de todo hasta alcanzarlo, es decir, debemos pasar al otro lado donde Él se encuentra mediante la apropiación de su muerte.

Pero para ello, es necesario que Cristo posea nuestros corazones, pues el amor por él mismo es lo único que nos permitirá aceptar la muerte de nuestro yo y la vida aquí, para que él sea nuestra vida. Así ocurre con el apóstol en nuestro capítulo. Cuando el Señor se le apareció en gloria, se reveló a su corazón, o al menos a través de las pruebas que siguieron, y desde entonces, Pablo fue un cautivo consentido a los pies del Señor.

3.7 - El abandono de todas las ventajas del pasado

No solo eso, sino que evaluó todo lo que había sido una ganancia para él a la luz de la gloria de Aquel que se le había revelado. Vio la futilidad de todo lo que tenía antes de conocerlo, de las cosas que consideraba preciosas. La excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, el Señor, relegó todas las cosas a la sombra, y por eso soportó con gozo la pérdida de todas esas cosas, considerándolas como basura para tener solo a Cristo como su ganancia.

3.8 - El glorioso objetivo del apóstol Pablo

Ahora veía que su propia justicia, que había tratado de perfeccionar con tanto celo, era como una ropa manchada, y deseaba ser hallado en Cristo, no teniendo su propia justicia, que es la de la Ley, sino la de Dios que viene por la fe en Cristo (Fil. 3:9). Más aún: su corazón estaba tan dominado por Aquel que, en su gracia, lo había buscado, que todo su deseo era «conocerle a él, y el poder de su resurrección, y la comunión de sus padecimientos, siendo hecho semejante a él en su muerte; si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos» (v. 10-11). Este glorioso objetivo –la resurrección de entre los muertos– llenaba tanto el alma del apóstol, pues entonces sería conformado a la imagen de Aquel que se le había revelado, que estaba dispuesto a atravesar todo y cualquier cosa, incluso una muerte de mártir como la de Esteban, para alcanzarlo.

3.9 - Su deseo de ser conforme a la imagen del Hijo de Dios

Estas consideraciones mostrarán cómo la intensa energía espiritual que se manifiesta en el apóstol en este capítulo se produjo en su corazón, sin la cual, hay que señalarlo bien, no habría podido decir: «Para mí el vivir es Cristo». Como muestra el versículo siguiente, estaba tan absorto en la contemplación de Cristo que toda su alma se volcaba en el intenso deseo de seguir adelante hasta alcanzarlo y parecerse a él. Así dice: «No que ya lo haya alcanzado, o que ya sea perfecto; pero sigo adelante, esperando alcanzar aquello para lo cual también me alcanzó Cristo» (3:12). Es decir, estaba en plena comunión con el objetivo que Cristo tenía en mente en el momento de su conversión. Porque, además del objeto de su llamado al servicio, el designio divino era que este primer pecador se conformara a la imagen del Hijo de Dios. No era solo el objetivo de Dios, sino también el del apóstol.

3.10 - El secreto del crecimiento espiritual

Y ahí reside el secreto de todo crecimiento espiritual, pues mientras no estemos en sintonía con los pensamientos de Dios respecto a nosotros, nunca alcanzaremos la altura de nuestra vocación. El apóstol lo dejó claro en los 2 versículos siguientes: «Hermanos, no considero que lo haya alcanzado; pero una sola cosa hago: olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (3:13-14). Aquí vemos al apóstol, cuya visión está llena de la gloria de la meta, indiferente, si no ciego, a todo lo que le rodea, esforzándose con el poder del Espíritu, corriendo, como un atleta, hacia el fin y el cumplimiento de todas sus esperanzas.

3.11 - Un resumen de lo anterior

Se puede percibir fácilmente el efecto de esto en la vida del apóstol si recordamos algunos detalles. Hemos visto que el Señor lo había despojado de sí mismo y de todas sus ventajas como hombre, y había conquistado tan completamente su corazón que solo deseaba conocerlo más plenamente, poseerlo como el objeto que absorbía sus afectos, y ser como él al final de su carrera. El resultado, por consiguiente, era que cada día se hacía más semejante al Objeto de su corazón; y hay que recordar siempre que solo expresamos a Cristo en la medida en que realmente nos parecemos a él. Pero este hombre, que había renunciado a todo otro objeto que no fuera Cristo, fue rápidamente transformado a su imagen, sin tener otros motivos que los que obtenía de él, ni otro fin que la gloria de Aquel cuyo amor había saboreado y disfrutado. Siendo así, podemos comprender cómo el Espíritu de Dios le llevó a escribir: «Para mí el vivir es Cristo»; y que el poder para ello no provenía de él mismo, sino del Cristo glorificado, quien, en su bendita gracia, había buscado y encontrado a aquel que, hasta entonces, había sido su enemigo y el perseguidor de su pueblo.

3.12 - La ciudadanía y la esperanza del cristiano

El final del capítulo revela la fuente de los afectos del apóstol y el secreto de su dedicación. Dice, tras expresar su tristeza por algunos que eran enemigos de la cruz de Cristo y se aferraban a las cosas terrenales: «Nuestra ciudadanía» (en contraposición a la categoría que acaba de mencionar) «está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo de humillación en la semejanza de su cuerpo glorioso, conforme a la eficacia de su poder, con el que también puede someter todas las cosas a sí mismo» (3:20-21). Aprendemos así que todos sus intereses estaban en los cielos, y que su única expectativa para el futuro era la venida de nuestro bendito Señor. Quien transformará entonces su cuerpo a la imagen del cuerpo glorificado del Señor por el poder de su vida de resurrección. Mientras tanto, avanzaba sin descanso, como ya hemos visto, para alcanzar ese maravilloso objetivo.

El lector no dejará de observar, a partir de lo que se ha destacado, que el poder que actuaba sobre el apóstol en su camino diario descendía de Cristo en su gloria, que actuaba constantemente sobre su alma y producía en él esa maravillosa energía que se manifestaba en su Cristo vivo. Cristo mismo, repetimos, llenaba la visión de su alma; no deseaba ver nada más a causa de la gloria de la luz que había brotado sobre él, y así se dedicaba día tras día, con una mirada única, a responder al pensamiento de Dios tal como estaba declarado en sus designios revelados.

3.13 - Un llamado a ser imitadores de Pablo y a contemplar a Jesucristo

Era un hombre con un único objetivo, una única meta, un único fin, y el fin que tenía en vista era Cristo mismo, pues dice: «Sigo adelante, esperando alcanzar aquello para lo cual también me alcanzó Cristo» (v. 12). Y no olvidemos que el apóstol es también aquí un modelo para todo cristiano, pues él mismo dice: «Sed imitadores míos, hermanos, y fijaos en los que así andan según el modelo que tenéis en nosotros» (v. 17). Por lo tanto, querido lector, nunca estamos en el espíritu de Cristo, a menos que sigamos en este sentido las huellas de Pablo. Porque es evidente que Dios no tiene otro fin para el cristiano que la conformidad total con la imagen de su Hijo amado. Preguntémonos, pues, si ese es también nuestro propósito, si perseguimos ese objetivo. En cuanto a la transformación del cuerpo, será obra del Señor mismo cuando llame a sus santos dormidos fuera de sus tumbas; pero existen medios a nuestro alcance para crecer desde ahora en conformidad moral con él, y es contemplando su gloria (2 Cor. 11:18). Que el Señor se revele así a cada uno de nosotros, en el corazón y en los afectos de su pueblo amado, para que seamos irresistiblemente atraídos hacia esta santa ocupación y estemos constantemente absortos en la contemplación de su gloria.

4 - Las características de la vida del apóstol (capítulo 4)

En el capítulo 4, vemos en primer lugar cuáles son las características de un cristiano que vive de Cristo. Si nos referimos únicamente a las exhortaciones contenidas en los 3 primeros versículos, permanece firme en el Señor, está unido y en comunión práctica con los creyentes de su iglesia local. Luego llegamos a la característica más destacada.

4.1 - El gozo en el Señor en todas las circunstancias

Es «¡Regocijaos en el Señor siempre!», y para darle más fuerza, añade: «De nuevo os lo diré: ¡Regocijaos!» (4:4). Fíjense bien que no se trata de regocijarse en Jesús como Salvador, sino en el Señor, es decir, en Aquel en quien Dios ha investido todo poder y toda autoridad, que el Señor ejerce en nombre de su pueblo. Este gozo será una característica inquebrantable de quien vive para Cristo, y se puede comprender si recordamos las circunstancias por las que atravesaba Pablo.

Aparentemente bajo el poder de un hombre cruel, él sabía, tal como el Señor le había dicho a Pilato, que este no tenía ningún poder si no era el que le había sido dado desde el cielo, y, por tanto, que el desenlace de su cautiverio no dependía de Nerón, sino del Señor a la diestra de Dios. Por eso podía regocijarse en Él con la convicción de que incluso su cautiverio no era más que la expresión de la voluntad de su Señor. ¡Qué bendición es relacionarlo todo con la voluntad del Señor!, y eso nos permitirá regocijarnos constantemente en él.

4.2 - La mansedumbre

La siguiente característica se encuentra en las palabras: «Que vuestra amabilidad sea conocida de todos los hombres», y esto no será difícil si caminamos verdaderamente en el poder del Espíritu, cuando recordamos, como dice el apóstol, que «el Señor está cerca» (4:5). Entendemos por ello que el apóstol no quiere decir que el Señor está cerca de nosotros, como se suele destacar, lo cual es siempre cierto, sino más bien que el Señor volverá pronto. Al vivir en esta espera, no nos sentiremos tentados a insistir en nuestros derechos, y así podremos ser mansos y conciliadores con todos. El Señor mismo nos ha dado el ejemplo, y quien vive en Cristo seguirá sus pasos. ¡Qué maravilloso es que uno de estos rasgos pueda manifestarse en nuestras vidas! De modo que, sin reclamar nunca nada, sin insistir nunca en nuestros derechos, sino dando siempre, no deseemos más que una cosa: que la vida de Jesús, mediante la aplicación a nosotros mismos de la verdad de su muerte, se manifieste en nuestro cuerpo.

4.3 - La paz

Además, el cristiano que se encuentre en este estado será liberado de toda ansiedad, como dice el apóstol: «Por nada os preocupéis». Hay que señalar con cuidado que esto nunca se realizará fuera del estado descrito anteriormente, e incluso entonces, el apóstol indica con cuidado la manera en que somos liberados de la ansiedad. Esto reside en el hábito de presentarnos ante Dios por todo lo que pudiera ser motivo de preocupación, y de confiarle todo lo que pudiera pesar sobre el corazón, en oración y súplica acompañadas de acciones de gracias, dando así a conocer nuestras peticiones a Dios. Cuando esto se hace, el apóstol nos asegura que «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros sentimientos en Cristo Jesús» (v. 7). Si el corazón está así guardado, ¿qué preocupación podría colarse en él? Pues entonces viviría en la luz perpetua del amor de Dios. ¡Qué porción de felicidad para el alma en un mundo de agitación y confusión! Y esto, queridos lectores, puede ser su porción, y lo será si viven en Cristo.

4.4 - La pureza de los pensamientos

El apóstol continúa luego indicando la naturaleza de las cosas que ocuparán la mente de quienes viven en Cristo. ¿Y cuáles son? Son cosas honradas, justas, puras, amables y de buena reputación, y añade: «Si hay alguna otra virtud, si hay alguna otra cosa digna de alabanza, pensad en esto» (v. 8). Esta exhortación abarca muchas cosas, tanto los temas de nuestra conversación como los de nuestra meditación, así como la naturaleza de los libros que leemos. Todo lo que no se ajuste a las cosas mencionadas por el apóstol debe ser rechazado, si queremos que la mente se preserve en el poder del Espíritu, y que la vida de Cristo se manifieste en nuestro caminar y nuestra conducta. Luego, guiado por el Espíritu de Dios, se señala una vez más como ejemplo, lo cual solo le fue posible porque él mismo vivía en Cristo. «Lo que habéis aprendido, y recibido, y oído, y visto en mí, hacedlo», dice. Y luego añade: «El Dios de paz estará con vosotros» (v. 9) –no simplemente la paz de Dios, sino Dios mismo, como Dios de paz, estará con aquellos que caminan siguiendo el ejemplo del apóstol.

4.5 - La fuerza y la suficiencia en Cristo

Los lectores deben descubrir por sí mismos los detalles del final del capítulo, que deben leerse todos en relación con el tema de la Epístola. Sin embargo, podemos llamar la atención sobre 1 o 2 puntos. Por ejemplo, nos dice que había aprendido, no exactamente en cualquier estado en que se encontrara, sino en las circunstancias en que se encontraba, a estar contento o a estar satisfecho; es decir, que al tener a Cristo y encontrar su satisfacción en él, era completamente independiente de todas las circunstancias que le rodeaban. El secreto nos es revelado en el versículo 13: «Todo lo puedo en aquel que me fortalece». Siempre será así: si Cristo gobierna nuestros afectos, nos fortalecerá para cada camino al que nos llame.

4.6 - Desear vivir a un nivel espiritual más elevado

Hay que tener presente, como se ha señalado en repetidas ocasiones, que solo aquellos que son capaces de decir, a su manera: «Para mí el vivir es Cristo», manifestarán estas características benditas. Pero el punto en el que el Señor querría insistir en nuestras almas es si estamos animados por un verdadero compromiso del corazón para alcanzar esas cimas de la vida espiritual. Muchos de nosotros, vivimos a un nivel tan bajo, ¡y ay!, que nos conformamos tanto con ello, que olvidamos que existen regiones más elevadas a las que el Señor nos invita sin cesar a ascender. El pensamiento de la gloria en la que entraremos en su advenimiento basta a muchos de nosotros, mientras olvidamos que nos es posible, desde ahora mismo, vivir constantemente en su presencia y bajo el resplandor de su gracia.

4.7 - Hacer de Cristo nuestro todo en la vida

Pero para disfrutarla, habrá que llevar nuestra cruz en la tierra y renunciar a muchas cosas a las que aspira la naturaleza. Sin embargo, nunca hay que olvidar que Cristo mismo es nuestra única y verdadera bendición, y que nunca vivimos plenamente para Dios mientras Cristo no se haya convertido en todo para nosotros.