Inédito Nuevo

Donde está el trono de Satanás

Apocalipsis 2:13


person Autor: Edward DENNETT 65


1 - El significado de la expresión: «Donde está el trono de Satanás»

A veces nos preguntamos si el Señor utiliza estas palabras como una comprobación, describiendo el lugar donde la Iglesia permanece hasta su regreso, o si implican un reproche a la Iglesia por haber olvidado su vocación y su carácter celestiales, y haberse instalado en el mundo. En primer lugar, hay que explicar el significado de esta expresión para comprender lo que el Señor tiene en mente. Se trata del trono de Satanás más que de su sede. Esto lo designa muy claramente como el dios de este mundo, tal y como dice Pablo en 2 Corintios 4. Antes de la cruz, Satanás nunca había sido descrito así. En previsión de ello, el Señor dijo: «Porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí» (Juan 14:30). Y Satanás ha demostrado su autoridad sobre el mundo levantando contra Cristo a todas las clases humanas, a todos sus representantes, ya sean de la religión, de la política, del pensamiento humano en sus diversos aspectos, o del poder civil. El mundo ha aceptado el poder que le ofrecía Satanás, y esto se expresó con el grito: «¡No a este, sino a Barrabás!» (Juan 18:40). Satanás, por lo tanto, en lo que respecta al hombre, ejerce un dominio indiscutible sobre el mundo, y por eso Juan pudo escribir que el mundo entero yace en la maldad, o más probablemente (pues la palabra puede traducirse en ambos sentidos) en el Malvado. Es, pues, un hecho que la Iglesia se encuentra allí donde está la sede (el trono) de Satanás.

2 - El peligro relacionado con el hecho de «habitar»

Sin embargo, hay otra consideración derivada de la palabra «habitar». Si esta se eligió para indicar un peligro que acechaba a la Iglesia en ese momento, sería al menos una advertencia y un llamamiento a la vigilancia. Que se tratara de una tentación muy particular (aunque la tentación siempre esté presente) en aquella época, esta se desprende claramente del carácter de ese período. Éfeso representa la primera fase de la Iglesia que siguió inmediatamente a los días de los apóstoles. La raíz de todas las abundantes corrupciones que vinieron después apareció allí por primera vez con la pérdida del «primer amor». La era de la persecución siguió en Esmirna, donde el Señor utilizó la hostilidad de Satanás para castigar y purificar a esa Iglesia que Él amaba y por la cual se había entregado; y durante un tiempo hubo un restablecimiento. Constantino, el emperador romano, profesó luego el cristianismo y, en consecuencia, el mundo, que antes había sido ferozmente hostil a la Iglesia, cambió repentinamente de actitud y se volvió aparentemente favorable. Era la época de Pérgamo; y así la Iglesia se vio en mayor peligro que nunca. Satanás cambió entonces de táctica; había sido un adversario perseguidor; de ahora en adelante se convirtió en un enemigo seductor. El peligro principal había venido del exterior: ahora venía del interior; y no podemos sino pensar que el Señor advierte a Pérgamo al hablar de habitar donde está el trono de Satanás.

3 - Ánimo a dar un testimonio fiel (v. 13)

Esto se ve más claramente si se considera el contexto de la expresión. El versículo 13 en su conjunto, aunque contiene una advertencia implícita, es una alabanza; pues, tras la expresión comentada, el Señor dice: «Retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas, mi fiel testigo, fue matado entre vosotros, donde Satanás habita». Se trataba, en efecto, de un gran elogio, pues durante el período de persecución que había atravesado esta iglesia, había dado un testigo que, por la gracia de Dios, había sellado el testimonio con su sangre, y que así había animado a todos a mantener firme la confesión del nombre de Cristo, y a permanecer fieles a la fe, tanto en su corazón como con sus palabras, en medio mismo del poder de Satanás, allí donde él habitaba. No cabe duda de que esto se refiere a un capítulo reciente de su historia, y de que el Señor se lo recuerda para estimular sus almas a una mayor energía y a una fiel dedicación ante sus trampas y peligros particulares (comp. con Hebr 10:32-39). La verdad parece ser, pues, que, si el Señor se refiere al hecho de que la Iglesia habitaba (y habita) donde se encuentra el trono de Satanás, utiliza este hecho para transmitir una advertencia solemne sobre los peligros que ello conlleva.

Lo que sigue justifica, de manera muy marcada, esta interpretación: la revelación de peligrosas corrupciones que se habían infiltrado en el seno de la Asamblea y que allí se toleraban.

4 - Las corrupciones internas de la Iglesia

Vemos así, en los versículos 14 y 15, que el Señor dice solemnemente al ángel de esta asamblea que tenía “algo” que reprocharle, y que lo describe como la doctrina de Balaam y la doctrina de los nicolaítas. El ángel de Éfeso había sido alabado por haber aborrecido los actos de los nicolaítas, estando en esto en comunión con el pensamiento del Señor; pero ahora, la decadencia de la Iglesia había avanzado tan rápidamente que, además de la doctrina de Balaam, se admitía en su seno a quienes se adherían a la abominable enseñanza de la secta de los nicolaítas.

En una palabra, la mundanidad y la inmoralidad sin disimulo, unidas a una pretendida santidad exterior, se habían afianzado entre los santos, y ya no se consideraban con aversión y horror. El Señor aborrecía ese mal, mientras que los responsables de la Iglesia lo toleraban. ¡Solemne divergencia de juicio! ¿Y no es así hoy en día? Preguntémonos, en presencia de Aquel que camina en medio de las Iglesias, cuyos ojos son como una llama de fuego, si, al menos, la mundanidad no se acepta ya como un mal necesario, si no es tan común porque hemos dejado de tener en cuenta el juicio del Señor al respecto.

5 - La intervención del Señor ante el mal

Merece la pena destacar la forma en que el Señor trata el mal. Correspondía al ángel de la iglesia tomar medidas para juzgarlo y eliminarlo; pero, en su defecto, el Señor mismo se encargaría de ello. Por lo tanto, en primer lugar, llama al ángel al arrepentimiento. Se concedería un tiempo de gracia para permitir el auto-juicio; si este no se aprovechaba, el Señor mismo vendría rápidamente y, con la espada de doble filo de la Palabra de su boca, escudriñaría a fondo y expondría el estado de quienes ocupaban una posición destacada en Pérgamo.

Si cerramos los ojos ante lo que entristece al Espíritu de Dios en nosotros mismos o entre el pueblo de Dios, el Señor, por su parte, no lo hace. Él nunca excusa ni atenúa el mal, pues, en su amor eterno por los suyos, no puede permitirles persistir en nada que perturbe la comunión con él mismo. Deberíamos aprender esta lección. Allí donde se encuentra el trono de Satanás, las sutiles influencias del mundo se infiltran, si no estamos atentos, de manera casi imperceptible entre los santos, y los amoldan a la época en la que viven.

6 - Las promesas hechas al vencedor como antídoto

El antídoto eficaz contra el mal se encuentra en las promesas que el Señor hace al vencedor. Tras proclamar: «El que tiene oído, escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias», continúa diciendo: «Al que venciere, le daré a comer del maná escondido; y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo escrito, que nadie conoce sino aquel que lo recibe».

Es mediante tales recompensas celestiales como el Señor busca animar a los santos a resistir y vencer los males que él ha puesto al descubierto. Les ofrece el gozo inefable de regocijarse en Él mismo mientras está oculto en Dios, para que, fortalecidos al alimentarse de su Persona y de sus gloriosas perfecciones, puedan, al comprender lo que es la verdadera vida, ser superiores a todas las atracciones que el mundo puede ofrecer.

7 - El camino para ser preservado y victorioso

Este es el camino de la victoria sobre la codicia de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida. Además, estos vencedores llevarían en su corazón un secreto divino, en el que nadie tiene poder para penetrar: el sentimiento de la aprobación del Señor mismo, que brota de una intimidad, con Él, que crece día a día.

Es, pues, presentándose de esta manera cautivadora como el Señor preserva a su pueblo, que habita donde se encuentra el trono de Satanás, y se gana sus corazones para que disfruten ya de su presencia y de su amor. Quiera Dios que todos aprendamos cada vez más, primero el gozo de estar absortos en la devoción hacia él, y luego a comprender sus propios métodos para tratar de ayudar a las almas.