Las bodas del Cordero

Apocalipsis 19:7-10


person Autor: Friedhelm RUNKEL 3

flag Tema: Las bodas del Cordero

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


Las bodas del Cordero, tal como se nos presentan en este pasaje de Apocalipsis, ofrecen varias similitudes con las bodas que habitualmente conocemos. Se hallan los mismos signos característicos.

Encontramos las indicaciones concernientes a las personas que participan en ellas: primeramente, el esposo, luego la esposa y, por último, los invitados (o «llamados»). El esposo es el Señor Jesús en su carácter de Cordero. La esposa representa al conjunto de los creyentes de la época actual, desde el día de Pentecostés (Hec. 2) hasta la venida del Señor cuando tome a los suyos consigo.

También tiene que ver con una comida y con un traje de bodas. Pero notemos que, en esta escena, la persona principal no es la esposa, como en nuestros casamientos, sino el Esposo. Resalta en primer lugar su gloria y su gozo. Él debe ocupar el centro de esta escena, «para que en todo tenga la preeminencia» (Col. 1:18).

1 - Condiciones previas

Para que una boda pueda ser celebrada, es preciso que el esposo y la esposa sean reunidos. Una condición para que puedan tener lugar las bodas del Cordero es el arrebatamiento de los creyentes, tanto los que hayan de vivir en la tierra cuando el Señor venga a buscarlos como los que serán resucitados en ese momento. Este suceso se encuentra descrito en 1 Tesalonicenses 4:15-17 y en otros pasajes.

Una segunda condición previa para las bodas es la realización de un mismo pensamiento entre el esposo y la esposa. Por eso, los creyentes primero deben comparecer «ante el tribunal de Cristo» (2 Cor. 5:10). Por medio de este, serán llevados a ver su vida tal como el Señor Jesús siempre la vio, y a estar perfectamente de acuerdo con él referente a esto. Este acuerdo en el juicio de nuestras propias vidas es una condición indispensable para la realización de una comunión sin nubes.

En tercer lugar, vemos que el juicio definitivo de la falsa esposa –la cristiandad sin Cristo– tiene lugar antes de las bodas del Cordero. Ese juicio cae sobre el conjunto de los que profesan formar parte de la cristiandad pero que no tienen la vida de Dios. Está descrito en Apocalipsis 18. Luego, en los primeros versículos del capítulo 19, asistimos a la irrupción de alegría que la noticia de ese juicio produce en el cielo: «Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella» (v. 1-2). Antes que la verdadera esposa, la mujer del Cordero, aparezca, es necesario que la falsa esposa, la gran ramera, sea juzgada.

2 - El esposo

El esposo es presentado como el Cordero. El pensamiento del Cordero corre a través de toda la Palabra. Mientras Abraham subía a la montaña de Moriah, dijo: «Dios se proveerá de cordero para el holocausto» (Gén. 22:8). En el momento de la liberación de la esclavitud de Israel en Egipto, el pueblo fue puesto al abrigo de la sangre del cordero (Éx. 12). El profeta Isaías describe al cordero dejándose llevar al matadero (53:7). El Nuevo Testamento también lo pone varias veces delante de nuestros ojos. Cuando el Señor Jesús apareció, Juan el bautista exclamó «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pedro habló de Él «como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pe. 1:19), y el apóstol Juan vio al «Cordero como inmolado» (Apoc. 5:6). En la eternidad, veremos las heridas que el Señor Jesús recibió en la tierra. Aunque los capítulos 6 al 18 del Apocalipsis hablan varias veces de la ira del Cordero y de su juicio, la mención que encontramos en el capítulo 19 dirige nuestros pensamientos a los sufrimientos infinitos que padeció a fin de adquirir para Sí esta «perla preciosa», la Iglesia (Mat. 13:46). Efesios 5:25 dice: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella». Su propia vida –tal es el precio que pagó en la cruz del Calvario para adquirir a la Iglesia, su esposa.

3 - La esposa

La Iglesia, esposa de Cristo

Ya indicamos quiénes son las personas representadas por la esposa. Por el hecho de que las bodas tienen lugar en el cielo, se necesita que la esposa esté en el cielo. Esto muestra claramente que no se trata de la esposa terrestre de Cristo, que es Israel, sino de los santos celestiales.

En el momento del arrebatamiento, todos los creyentes dormidos y resucitados –tanto los que vivieron antes de Pentecostés como los que vivieron después–, y todos los creyentes vivos en ese momento serán arrebatados juntos para encontrar al Señor Jesús, para estar para siempre con él en la gloria (1 Tes. 4:15-17).

En Apocalipsis 19 se ve claramente que los creyentes pertenecen a dos categorías diferentes: está la esposa (v. 7) y también «los que son llamados a la cena de las bodas» (v. 9). Podemos deducir de ello que la esposa representa a los creyentes de la época que comienza en Pentecostés, mientras que los llamados –o invitados– a las bodas representan a los creyentes de la época precedente.

Más de una vez, la relación entre Cristo y su Iglesia es comparada a la que existe entre un hombre y su mujer. Leemos por ejemplo en Efesios 5:31-32: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia». Y en 2 Corintios 11:2, la Iglesia está en una relación particular con Cristo: es desposada con él. El tiempo de ese noviazgo se terminará con las bodas del Cordero.

Durante ese tiempo, el Señor Jesús santifica a su Iglesia en la tierra, según Efesios 5:26. Lo hace purificándola «en el lavamiento del agua por la palabra». Sus cuidados de amor concurren a la gran meta de presentársela a sí mismo «gloriosa». Esta meta alcanzará la perfección en la escena celestial descrita en Apocalipsis 19.

Cristo ve a su esposa sin «mancha ni arruga ni cosa semejante», vale decir, «santa y sin mancha». El momento tan esperado durante mucho tiempo se hace presente. Su esposa está perfectamente de acuerdo con él. ¡Qué gozo será para él, que amó tanto a la Iglesia que se entregó a sí mismo por ella! (Efe. 5:25). Es nuestro privilegio formar parte de esta esposa, amada tiernamente por su esposo celestial.

 

«Su esposa se ha preparado»

Como toda esposa, la esposa celestial aparece el día de las bodas perfectamente preparada (Apoc. 19:7). El primer elemento de esta preparación es la justicia que Dios le concedió. En virtud de esta justicia, podemos mantenernos en la luz de Dios y sentirnos bien.

Los pasajes siguientes nos muestran a la esposa preparada para el día de las bodas: «Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz» (Col. 1:12), «porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebr. 10:14).

Además, ya evocamos el tribunal de Cristo donde todo será puesto en evidencia en la perfecta luz divina. En este sentido, la manifestación ante el tribunal de Cristo será también una preparación para el día de las bodas.

4 - El vestido de la esposa

«A ella se le ha concedido…»

Estas palabras que introducen el versículo 8 nos muestran que, si la esposa habrá de aparecer vestida de lino fino, no será por mérito propio. En Efesios 2:10 leemos a este respecto: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». ¡Qué gracia! Todo lo que pudimos hacer para el Señor en la tierra fue posible porque Dios lo había preparado. Las buenas obras que cumplimos aquí o allí fueron puestas en nuestro camino. Dios es bueno al venir a ayudarnos de esta manera.

 

«Que se vista de lino fino»

El traje de la esposa es de lino fino. Este vestido elegante pero simple contrasta con la vestimenta suntuosa de la falsa esposa, tal como está descrito en el capítulo precedente (Apoc. 18:16). Allí se encuentra también el lino fino –el diablo imita todo–, pero está además la púrpura, la escarlata, el oro, las piedras preciosas y las perlas. Todo ese resplandor terrestre se acaba. «Todas las cosas exquisitas y espléndidas te han faltado, y nunca más las hallarás» (18:14). Tal es el destino de la falsa esposa. Al contrario, el vestido de la verdadera esposa subsistirá como su adorno personal y para el gozo del Señor Jesús.

 

«Limpio y resplandeciente»

El traje de la esposa tiene un resplandor. Como todo en esta escena celestial, este espléndido vestido debe ser en primer lugar para el gozo del Esposo. Ya desde el tiempo en que la Iglesia está en la tierra, el Señor Jesús opera en ella para presentársela gloriosa. Para eso debe purificarla por medio de la Palabra de Dios. El resultado de esta actividad será visible plenamente en el día de las bodas, cuando podrá gozarse de la hermosura y pureza sin mancha de su Iglesia.

 

«Las acciones justas de los santos»

El texto indica que «el lino fino es las acciones justas de los santos» (19:8). Es interesante notar que se habla de las acciones de los creyentes y no de las acciones de la esposa. Esto hace resaltar que se trata de las acciones individuales de cada creyente. Aportan su contribución al traje de bodas, que será visto en el cielo, pero se confecciona en la tierra. ¡Qué consecuencias deberían tener para nuestra vida de cada día!

 

Consecuencias prácticas

El traje de la esposa en el día de las bodas del Cordero se compone de las acciones justas hechas durante nuestra vida de creyentes. Entonces preguntémonos; ¿en qué medida contribuimos a la hermosura de ese traje mediante nuestro comportamiento? Tenemos allí un gran motivo para procurar con ardor serle agradables (2 Cor. 5:9). ¿No vale la pena trabajar más seriamente para este vestido a fin de que el Señor Jesús, nuestro esposo celestial, pueda regocijarse? Por amor a Aquel que tanto sufrió por nosotros, tengamos a pecho llevar una vida que lo honre y lo regocije, y pensemos en el gozo que encontrará en ese vestido glorioso, durante la eternidad. No olvidemos que se confecciona ahora. Alguien dijo: “El traje que vestiremos con gozo en presencia de Cristo en el día de la gloria se teje en medio de penas durante el tiempo de su rechazo”.

Si pudimos considerar algo de la felicidad del Esposo y de la esposa, que Dios nos anime a ver también a la Iglesia bajo este aspecto. Todas nuestras debilidades e insuficiencias entonces se terminarán para siempre. Alentémonos, cada uno personalmente, a hacer todo por el gozo de nuestro Salvador. Consideremos aún más a su Iglesia con Sus ojos. ¡Ella le es muy preciosa!

5 - Los invitados a las bodas

¿A quiénes tenemos que ver bajo el símbolo: «los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero»? A ese respecto tenemos una indicación en Juan 3:29, donde leemos: «El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido». Juan el bautista, creyente de antes de Pentecostés, entonces no forma parte de la esposa. Podemos deducir que esos creyentes constituyen los «amigos del esposo», es decir aquellos que son convidados a la cena de las bodas. Pero, los creyentes de antes de Pentecostés ¿no se sienten perjudicados? ¿Pueden realmente regocijarse? El pasaje citado antes da una respuesta clara: «se gozan grandemente de la voz del esposo». A la vista de la persona del Esposo, todo pensamiento de pesar se borrará. No tendrán ninguna tristeza, compartirán el gozo del Señor Jesús.

Para los que están invitados, la cena de las bodas habla de comunión. En esta comunión con el Esposo serán plenamente felices. Y precisamente, Apocalipsis 19:9 los declara «bienaventurados».

6 - Resumen

El arrebatamiento de los creyentes, su manifestación ante el tribunal de Cristo y el juicio de la falsa esposa son las condiciones previas a las bodas. El esposo es presentado como el Cordero, lo que nos recuerda sus sufrimientos y la obra de la redención que cumplió en la tierra. Durante la eternidad, el Salvador aparecerá delante de nuestros ojos. El pensamiento del traje de la esposa debería estimularnos a consagrar siempre más nuestras vidas al Señor, a fin de que un día traigan unos elementos para la confección de este vestido de lino fino, para el gozo y la gloria de Cristo.

Respecto a las bodas en sí, la Palabra no da ningún detalle. Esto corresponde al carácter del Apocalipsis. Este libro trata esencialmente de la tierra. Dios tuvo a bien no poner delante de los ojos humanos la felicidad inefable que será la del esposo y de la esposa. Tenemos algo semejante en la historia de Isaac y de Rebeca. En Génesis 24:67 leemos: «Isaac… tomó a Rebeca por mujer, y la amó».


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