Cuando Dios se deleita en la intercesión

Intercesión por los transgresores (Isaías 53:12)


person Autor: William C. REID 8

flag Tema: La intercesión


1 - Cristo ejecutado, pero gracias a la intercesión, los culpables están en una ciudad de refugio

La frase final del notable capítulo de Isaías 53 es: «Y orado por los transgresores»; es una profecía del clamor del Señor Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). A causa de estas palabras, la nación de Israel fue considerada como habiendo dado muerte a Cristo por ignorancia, como dijo Pedro en Hechos 3:17: «Ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo hicisteis, como también vuestros gobernantes». Los que se arrepintieron y se volvieron a Dios fueron tratados como los asesinos de antaño, que eran admitidos en la ciudad de refugio que Dios había establecido. Esto es lo que tenemos en la Epístola a los Hebreos: «Tengamos un poderoso consuelo los que hemos huido en busca de refugio, para aferrarnos a la esperanza puesta ante nosotros; la cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que penetra hasta el interior de la cortina, adonde Jesús entró por nosotros» (6:18-20). Tras el rechazo del testimonio del Espíritu Santo, la nación, como tal, recibe un trato diferente. Esteban, al final de su solemne discurso, dice: «Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así hacéis vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? ¡Y mataron a los que previamente anunciaban la venida del Justo, a quien ahora vosotros habéis entregado y matado!» (Hec. 7:51-52). Mientras que la nación culpable encontró su juicio cuando Jerusalén fue arrasada, los que habían huido para refugiarse encontraron una esperanza segura y firme en Cristo resucitado y glorificado a la diestra de Dios.

2 - Las intercesiones de hombres de Dios por los transgresores

2.1 - La intercesión de Abraham por Sodoma

La intercesión de Abraham por Sodoma, registrada en Génesis 18, debió de agradar al corazón de Dios. Qué conmovedoras son las palabras transmitidas por el Espíritu de Dios: «Y se acercó Abraham y dijo: ¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?… El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo? Entonces respondió Jehová: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor a ellos» (v. 23-32). Entonces Abraham intercede, reduciendo el número a 45, 40, 30, 20 y finalmente 10. Dios nunca le desanima. Dios no se complace en la muerte de los impíos, y cuando leemos la intercesión de Abraham a la luz de la intercesión del Señor en la cruz, nos damos cuenta de que Dios debió complacerse mucho en ella. Lot no podía interceder ante Dios como lo hizo Abraham; no sabía lo que era acercarse a Dios; estaba demasiado involucrado en los asuntos de Sodoma como para tener comunión con Dios. No podemos interceder ante Dios en favor de los malhechores a menos que estemos separados de ellos y conozcamos la intimidad de la comunión con Dios.

2.2 - La intercesión de Moisés por el Israel idólatra

La intercesión de Abraham no salvó a Sodoma, pues no había ni 10 justos en la ciudad; pero la intercesión de Moisés por el culpable Israel tuvo resultados diferentes. Mientras Moisés estaba en comunión con Dios en la montaña, aprendiendo Sus pensamientos sobre el tabernáculo, Israel se corrompía en la adoración idólatra al pie de la montaña. Se habían obligado mediante un pacto de sangre a cumplir toda la ley, e inmediatamente después habían quebrantado el primer mandamiento: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éx. 20:3). Dios dijo a Moisés: «Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos… y de ti yo haré una nación grande» (Éx. 32:10). Cuán grande fue la misericordia de Dios que se detuvo a considerar los sentimientos de su siervo en esta gran crisis. Sabía muy bien cuáles serían los pensamientos y deseos de Moisés; sentía las súplicas del corazón de su querido y devoto siervo antes de que fueran pronunciadas, pues dijo: «Déjame…». El pecado de Israel había atraído sobre ellos la justa ira de un Dios santo, pero la intercesión hacía que la misericordia fuera mezclada con el juicio.

¡Qué desprovisto de egoísmo es Moisés! Los propósitos de Dios para su pueblo aún podrían haber sido cumplidos por los hijos de Moisés; sus promesas no habrían caído por tierra; pero Moisés muestra su preocupación desinteresada por aquellos que Jehová le había confiado: no quería convertirse en una gran nación a expensas del pobre y pecador Israel; no era un hombre ambicioso, sino el hombre más manso de toda la tierra, con pensamientos ínfimos sobre sí mismo. Le recuerda a Jehová cómo Él había sacado a Israel de Egipto con gran poder, y no quería que los egipcios dijeran: «Por mal los sacó, para matarlos en los montes» (v. 12). Luego recuerda a Dios el juramento hecho a Abraham, Isaac y Jacob-Israel. ¿No era maravilloso? Un hombre suplicando a Dios para que apartara su feroz ira, y Dios escuchando la intercesión de su criatura, con el resultado de que «Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo» (v. 14).

Cuando Moisés regresó a la presencia de Dios después de ver el pecado y la desnudez del pueblo, dijo: «Este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro» (v. 31). No trata de minimizar la gravedad de la ofensa, sino que suplica a Dios que les perdone. Se da cuenta de que Dios es justo y santo, y que no podría ignorar la enormidad de la transgresión y rebelión de Israel contra Él. Por tanto, Moisés se propone ponerse en medio, y soportar él mismo el peso del juicio divino. Pero, por grande y dedicado que fuera Moisés, nunca podía ser aceptado por Dios como sacrificio por el pecado. Solo uno, el bendito Hijo de Dios, Jesucristo el Justo, pudo presentarse ante Dios como sacrificio por los pecados; y habiendo completado la gloriosa obra de la redención, él es nuestra justicia que permanece en la presencia de Dios. Sin embargo, cuán grande debe haber sido el placer de Dios al oír a Moisés ofreciéndose como sustituto del pecador Israel. Era un débil presagio de los profundos sentimientos del corazón de Cristo, que dijo: «He aquí yo vengo… para hacer tu voluntad, oh Dios… No quisiste sacrificio, ni ofrendas, ni holocaustos, ni sacrificios por el pecado, ni te agradaron (cosas que se ofrecen según la ley)» (Hebr. 10:7-8).

2.3 - La intercesión de Job por sus amigos

Otro caso delicioso de intercesión es el de Job. Satanás había movido a Dios contra este hombre justo, para destruirlo sin causa, y Dios había permitido que Satanás le quitara todos sus hijos y todas sus posesiones; sin embargo, la respuesta a toda esta maldad por parte de este hombre «perfecto y recto» es esta: «Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (Job 1:20-21). Durante el segundo ataque de Satanás, cuando estaba cubierto de llagas y sentado en la ceniza, su mujer le dijo: «Maldice a Dios, y muérete. Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios» (Job 2:9-10).

Tres amigos vinieron a llorar con Job y a consolarlo, pero, por desgracia, no sabían lo que había sucedido cuando Satanás apareció entre los hijos de Dios en presencia de Jehová. No sabían que Dios había dicho: «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?». Le hablaron a Job del gran conocimiento y experiencia de ellos, y concluyeron que Job debía ser realmente un hombre malvado para traer tales juicios sobre su cabeza. Sus falsos razonamientos hicieron que Job dijera muchas cosas y protestara por su integridad. Finalmente, Dios intervino, y Job le confesó: «Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:3, 5-6).

Pero Dios tenía algo que decir a los tres amigos que habían acusado tan falsamente a su siervo juzgado. Dijo a Elifaz: «Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros; porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job. Ahora, pues, tomaos siete becerros y siete carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto a él atenderé» (v. 7-8). Qué gran favor hizo Dios a su siervo al permitirle interceder por quienes tanto le habían maltratado, y aceptando su intercesión en favor de ellos. Para Dios no habría sido un placer castigar a los tres amigos del patriarca, demasiado seguros de ellos, pero cuánto le complació escuchar la oración de Job por ellos. Y qué bueno es para nosotros ver que Dios vincula la intercesión de Job con su vuelta a la prosperidad, pues leemos: «Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos» (Job 42:10). Anteriormente Job había sabido lo que era ofrecer holocaustos por sus hijos, para que no maldijeran a Dios en sus corazones (Job 1:5); ahora era un intercesor ante un Dios a quien había llegado a conocer de una manera nueva, como Alguien que le hablaba y a quien había visto. Sin duda, Dios se había complacido en los sacrificios hechos por sus hijos; pero cuánto mayor era el placer de la intercesión de un corazón que lo conocía como Job lo conocía ahora.

2.4 - La intercesión de Esteban por sus asesinos

En el Nuevo Testamento, donde Esteban refleja tan felizmente los rasgos y la gracia de su Maestro, tenemos otro bello ejemplo de intercesión en el momento de su martirio. Al comienzo de su discurso: «Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron en él la vista, y vieron su rostro como el rostro de un ángel». Qué reprimenda debería haber sido esto para quienes le acusaban falsamente de pronunciar palabras blasfemas contra la ley (Hec. 6:13-15). La ley había sido dada mediante un ministerio de ángeles, como más tarde les recuerda Esteban; y mirar a Esteban era su condena, pues no habían guardado la ley que profesaban administrar. Fue la conciencia de su culpabilidad en este punto particular del que habían acusado a Esteban, lo que les hizo crujir los dientes. No habían guardado la ley, habían dado muerte a los profetas que anunciaban la venida de Cristo, habían traicionado y matado al Justo, y habían rechazado el testimonio del Espíritu Santo. ¡Qué solemne lista de crímenes contra los líderes de la nación favorecida! En lugar de arrepentirse, sus corazones son como traspasados y manifiestan su odio mortal contra el siervo del Señor.

Lleno del Espíritu Santo, Esteban miró entonces fijamente al cielo, recordándonos al Señor mismo, aunque en una escena diferente, donde, en Juan 17, leemos: «Estas cosas dijo Jesús, y alzando los ojos al cielo» (v. 1). En el cielo Esteban vio «la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (7:55). ¡Qué espectáculo para fortalecer al siervo del Señor en los últimos momentos de su vida y testimonio en la tierra! Su testimonio fue breve y sencillo, pero qué riqueza de contenido: «Mirad, veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (v. 56). Era el testimonio del Espíritu a propósito de aquel a quien habían traicionado y matado: Dios le había dado el lugar más alto en el cielo. Gritaron en voz alta para sofocar el testimonio del Espíritu de Dios; se taparon los oídos, pues no deseaban oírlo; y para acallar para siempre lo que Dios decía, se abalanzaron unánimes sobre su testigo, lo expulsaron de la ciudad y lo apedrearon. Como su Maestro, selló su testimonio con su sangre; como dice la Epístola a los Hebreos, ellos no habían resistido «hasta la sangre, combatiendo contra el pecado» (Hebr. 12:4).

Cuando todo terminó para el Señor Jesús en la cruz, dijo: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lucas 23:46) y Esteban, hablando como su Maestro, invocó a Dios, y dijo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (v. 59). Las últimas palabras de Esteban vuelven a reflejar tan bien el espíritu de su Maestro, cuando clama a gran voz: «Señor, no les atribuyas este pecado» (v. 60). ¿No había dicho Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»? (Lucas 23:34) ¡Qué maravillosa intercesión hizo el Señor por sus enemigos! Qué gran gracia le fue concedida a su siervo Esteban para reflejar Su gloria moral en circunstancias similares. El Señor Jesús no solo murió como propiciación por los pecados; también murió como mártir; y de esta última manera sus siervos pueden seguirlo, incluso hasta la muerte. ¡Qué profundo placer deben haber sentido Dios y el Señor en la intercesión de Esteban! No podía decir, como el Señor: «No saben lo que hacen»; pero aun así oró por sus asesinos.

3 - Algunos caracteres de la intercesión en general

3.1 - Ser intercesor porque Dios quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad

Lo que marcó a los siervos del Señor que hemos estado considerando debe marcar también a los santos de nuestros días. No hay duda de que Abraham, Moisés, Job y Esteban eran hombres de Dios excepcionales, pero su privilegio como intercesores está abierto a todos los santos de Dios de hoy. Esto es lo que tenemos en 1 Timoteo 2:1, donde Pablo dice: «Exhorto, pues, ante todo, que se hagan peticiones, oraciones, intercesiones, acciones de gracias, por todos los hombres». Pablo sabía lo que era «bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al pleno conocimiento de la verdad» (1 Tim. 2:3-4). Tan grande era su deseo de la bendición de sus hermanos según la carne que escribió: «He deseado ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, mis parientes según la carne» (Rom. 9:3). Este es el espíritu que se manifestaba en Moisés cuando intercedió diciendo: «Que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito» (Éx. 32:32).

3.2 - Los requisitos morales para ser intercesor

Sin embargo, si hemos de interceder, debemos estar en una condición moral adecuada. No es por eso por lo que el apóstol dice en 1 Timoteo 2:8: «Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando manos santas, sin ira ni hesitación (o: razonamiento)».

Las mujeres pueden orar, pero no «en todo lugar» como los hombres; en público deben aprender «apaciblemente» (1 Tim. 2:11). Lot no podía interceder como Abraham lo hizo por Sodoma; no podía levantar manos santas cuando sus manos habían sido atadas a los pecadores de Sodoma. Aquellos que están inmersos en los asuntos del mundo, o comprometidos en sus placeres, no están en la condición moral apropiada para la intercesión. Abraham había estado en el camino de la separación, y en comunión con Dios; Moisés estaba en la montaña con Dios, y moralmente apartado de la nación culpable; Job era perfecto, recto, temeroso de Dios, y apartado del mal; había pasado por el horno de la aflicción para ser limpiado de toda la escoria de la justicia; Esteban estaba «lleno de fe y del Espíritu Santo» (6:5) y ocupado con el Hijo de Dios en el cielo. Son características que nos permitirán ser verdaderos intercesores ante Dios en favor de los demás.

3.3 - Los responsables religiosos en mala condición moral, que no intercedieron. Contraste con Daniel

¿Dónde estaba Aarón cuando Israel pecó? ¿No era el Sumo Sacerdote ordenado para la obra de intercesión? ¡Ay! Ay, se había dejado involucrar en el pecado del pueblo, por lo que fue reprendido por Moisés. ¿Dónde estaban el Sumo Sacerdote y los jefes de los sacerdotes cuando el Señor Jesús fue apresado? En lugar de pedir a favor del culpable, ¡se encuentran declarándose en contra del inocente! Sucede a menudo que quienes deberían interceder ante Dios, están tan contaminados, e inconscientes de ello, que son totalmente incapaces de suplicar a Dios en favor de los demás. Dios no nos oirá interceder «si nuestro corazón nos condena», es decir, si tenemos mala conciencia; pero «Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos para con Dios» (1 Juan 3:20-21). La oración y súplica de Daniel (cap. 9) está llena de instrucciones para nosotros sobre este tema. Fue inteligente en los pensamientos de Dios a través de su Palabra (Dan. 9:2); tuvo la verdadera actitud de corazón al acercarse a Dios (Dan. 9:3); primero confiesa sus propios pecados y luego dice: «hemos pecado» (Dan. 9:4-15); luego suplica a Dios en favor de Jerusalén.

3.4 - El Señor Jesús según Isaías 53: Su gloria resultante de la intercesión

3.4.1 - La gloria futura del Señor Jesús

Volviendo a nuestro versículo en Isaías 53, Jehová dice del Señor Jesús: «Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos» (v. 12). Ese día está por llegar, es el día de la gloria de Cristo, que esperamos con paciencia. En este maravilloso capítulo, el profeta lo vio «despreciado y rechazado entre los hombres» (v. 3); ahora Jehová le da una porción con los grandes. ¿Quiénes son esos grandes? ¿Son los grandes hombres de este mundo? No, son aquellos que, como su Maestro, han sido «despreciados y rechazados entre los hombres». ¿Y quiénes son los fuertes con los que compartirá el botín? Es a «lo débil» a quien Dios ha elegido «para avergonzar a lo fuerte» (1 Cor. 1:27-28). Qué día será para Cristo cuando «venga para ser glorificado en sus santos y… admirado en todos los que creyeron» (2 Tes. 1:10).

3.4.2 - Las razones de la gloria de Cristo: la cruz y la intercesión

A continuación, tenemos la razón (Is. 53:12) por la que Dios dio a Cristo el lugar supremo en la gloria y los triunfos del día venidero:

  1. En primer lugar, «derramó su vida hasta la muerte».
  2. En segundo lugar, «fue contado con los pecadores».
  3. En tercer lugar, llevó «el pecado de muchos».
  4. Por último, intercedió «por los transgresores».
  • La primera expresión habla del profundo dolor de su corazón;
  • la segunda de la vergüenza de la cruz;
  • la tercera del juicio que él soportó por nuestros pecados;
  • la última de la intercesión por la que Dios pudo tener en cuenta el pecado de Israel como un pecado por ignorancia, y no como un pecado voluntario, para el que no había sacrificio.

¿Es de extrañar que Dios dé una respuesta o contrapartida pública en la cruz? Todo el profundo dolor de su corazón encontrará una respuesta en el supremo gozo de «ese día». La vergüenza de la cruz tiene ya una respuesta en la gloria, pero él será visto públicamente en el día venidero, no con los «transgresores» entre los que los hombres lo contaban, sino con los «muchos hijos» que él llevó a la gloria, «los grandes» y «los fuertes». La multitud, cuyos pecados él ha cargado, estará con él, para compartir su gozo y gloria, todos vestidos con un manto de blancura inmaculada, hechos aptos para ser sus compañeros por su muerte por ellos.

3.4.3 - La intercesión de Cristo por los transgresores. El malhechor en la cruz

Su intercesión por los transgresores corona este maravilloso cuadro. Después de que Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», leemos lo que el malhechor moribundo decía a su compañero: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, que bajo la misma sentencia estás? Para nosotros, a la verdad, es justo; porque estamos recibiendo lo que nuestros hechos merecieron; pero este nada malo hizo», añadiendo: «Acuérdate de mí cuando vengas a tu reino» (Lucas 23:40-42). Su intercesión no tardó en surtir efecto, pues este pobre pecador entró con él en el Paraíso de Dios, y el Señor se acordará ciertamente de él en la gloria de su reino. Pero qué gran placer fue para el Padre cuando su Hijo intercedía por los transgresores, incluidos los que participaban en su crucifixión. Qué gran multitud rodeará a Cristo en el día de su gloria, todos presentes porque él dijo: «Padre, perdónalos». Pero la intercesión de Cristo no ha cesado. En el trono de su Padre, esperando el día en que se sentará en su propio trono, Cristo intercede por sus santos, como leemos: «El que está a la diestra de Dios; el que también intercede por nosotros» (Rom. 8:34).

Extraído de «An Outline of Sound Words», Vol. 31-40