Inédito Nuevo

El efecto del verdadero conocimiento de Dios

Salmo 51


person Autor: John Thomas MAWSON 24

flag Tema: Alejamiento y retorno, caídas y restauración del cristiano


1 - El conocimiento de Dios

1.1 - Lo que piensa el hombre del mundo

Me gustaría mostraros el efecto que produce en un hombre el conocimiento del Dios vivo y verdadero. Hago hincapié en el Dios vivo y verdadero, pues hoy en día es casi necesario preguntar a qué se refiere un hombre cuando habla de Dios. Un escritor popular dijo que el término «Dios» es el más abstracto del idioma inglés; y, tal y como la utilizan algunas personas, sin duda es cierto, pues tienen un Dios fruto de su propia imaginación que no se parece en nada al Dios vivo y verdadero. Voltaire, el ateo francés, burlándose de la fe cristiana, dijo que “el hombre había creado a Dios a su imagen y semejanza”, y para algunas personas eso era más cierto de lo que él pensaba; en el Salmo 50, eso es precisamente lo que Dios reprocha a los malvados. Les dice: «Pensabas que de cierto sería yo como tú» (v. 21). ¡El modernista, por su parte, declara aceptar la revelación del Dios de la Biblia en la medida en que “se armonice con sus pensamientos e ideales”!

1.2 - Diferencias entre el hombre del mundo y aquel que conoce al verdadero Dios

Pero no es difícil distinguir al hombre que tiene un dios falso fruto de su imaginación del que se ha encontrado con el Dios vivo y verdadero. El hombre que se ha forjado su propio dios estará satisfecho de sí mismo y no será consciente de sus profundas necesidades como pecador. En realidad, se glorifica y se adora a sí mismo. Pero el hombre que se ha encontrado ante el Dios vivo y verdadero desarrolla una profunda convicción de su nada y de su pecado; el juicio de sí mismo es un rasgo característico en él. Toma conciencia de su estado de pecado, pues la luz divina que lo escudriña ha resplandecido sobre él.

1.2.1 - Lo que dijeron algunos hombres temerosos de Dios

Al describir esta experiencia, Martín Lutero dijo: “Cuando un hombre como yo toma conciencia de la lacra de su propio corazón, no es miserable, es la miseria misma; no es solo pecador, es él mismo el pecado absoluto”. Y se da cuenta de que se necesita una obra poderosa para que sea salvado y reconciliado con Dios; esto es lo que llevó a Samuel Rutherford a decir: “Cuando contemplo mi propia naturaleza pecadora, mi salvación es para mí el mayor milagro de mi Salvador. Ya sea en el cielo o en la tierra, Él ha hecho algo muy grande con mi salvación”. Alabado sea Dios, él está a la altura de lo que nuestro estado de pecado exige de Él.

1.2.2 - En las Escrituras, el efecto de este conocimiento en los hombres

Las Escrituras nos ofrecen grandes ejemplos del efecto que tiene el conocimiento de Dios en los hombres. En ellas leemos acerca de Daniel, cuya «fuerza se cambió en desfallecimiento» (Dan. 10:8); de Isaías, que exclamaba «¡Ay de mí!» (Is. 6:5); de Simón Pedro y del apóstol Pablo; y, como ejemplo quizás aún más convincente, de Job, que no tenía igual en la tierra: «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?» (Job 1:8). ¡Con qué tenacidad se aferraba a su propia bondad antes de ver a Dios! Llegaba incluso a desafiar a Dios a que presentara el relato de su vida; decía: «Ciertamente yo lo llevaría sobre mi hombro, y me lo ceñiría como una corona. Yo le contaría el número de mis pasos, y como príncipe me presentaría ante él… Aquí terminan las palabras de Job» (Job 31:36-37, 40). Oh, no, Job, no han terminado; no podías decir más por tu cuenta, pero sin duda volverás a hablar –y así lo hizo. Escuchadle, mientras yace postrado en el polvo, arrepentido, abatido y contrito: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:6).

Para todos estos hombres, la conclusión a la que llegaron al enfrentarse a Dios queda claramente expresada; pero cuando David expresó su gran arrepentimiento, analizó su pecado y su naturaleza pecaminosa, teniendo en cuenta sus diversos y terribles aspectos. Nos muestra qué es el verdadero arrepentimiento; las palabras que pronunció, en la angustia de su alma, se han convertido, en mayor o menor medida, en el lenguaje de todos aquellos que han llegado a conocer a Dios desde aquel día.

2 - David reconoce su pecado

Consideremos primero la forma en que describe sus pecados. Utiliza 3 palabras: rebeliones, iniquidad y pecado. Estas palabras no son simples sinónimos que se puedan emplear indistintamente sin perder fuerza, sino que cada una tiene su propio y terrible significado.

2.1 - Qué significa «transgresión»

La transgresión es rebelión, insubordinación. Dios dice: “No harás”, yo digo: “Lo haré”. Dios dice: “Debes”, yo digo: “No quiero”. Con misericordia, él pone su mano sobre mi hombro y dice: “No hagas eso”; yo aparto el hombro y desprecio su misericordia. Eso es la transgresión. Esta extraña actitud se ha repetido en la historia de David, al igual que en la nuestra, pues él dice «mis rebeliones», y no “mi rebelión”.

2.2 - Qué significa «iniquidad»

La iniquidad designa lo que es tortuoso, pervertido, falseado. Dios había trazado para David, y para nosotros, un camino tan recto como su cetro de justicia, pero David, como cada uno de nosotros, prefirió un camino tortuoso. «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6). Todos los hijos de Adán eligen deliberadamente la independencia respecto a Dios y el camino de la muerte, en lugar de la confianza en Dios y el camino de la vida. El profeta, que exclamó «Tú eres aquel hombre» (2 Sam. 12:7) al oído de David, también señala con dedo acusador a cada uno de nosotros.

2.3 - Qué significa «pecado»

El pecado, tal y como lo entendía David, significa fallar. Dios había establecido para los hombres una norma que debían alcanzar, pues todo hombre nacido en este mundo es responsable de glorificar a Dios y de vivir para su alabanza; si Dios es Dios, así debe ser, pues, al ser Dios, no puede exigir menos que el propósito de toda criatura inteligente –ángel u hombre– esté en armonía con su voluntad. David confesó haber fallado en esto; no había alcanzado la norma de Dios. En su propia voluntad ciega y su autosatisfacción, se había negado a tener en cuenta el nivel de exigencia de Dios y se había fijado el suyo propio con la esperanza de que le proporcionara una mayor felicidad. No alcanzó su objetivo y obtuvo miseria en lugar de felicidad: «Se volvió mi verdor en sequedades de verano» (Sal. 32:4). Y todos estábamos en esa misma situación, junto a él. Al igual que David, no hemos alcanzado la meta que nos habíamos fijado, por lo que no solo somos pecadores, sino pecadores miserablemente decepcionados. El pecado es un bumerán que no da en el blanco, pero que vuelve sin falta para golpear el alma de quien lo lanzó.

3 - Cómo puede estar restaurado David

3.1 - David desea estar restaurado

¿Qué podía hacer David cuando se dio cuenta de todo el horror de su situación, cuando la luz de Dios puso de manifiesto su pecado? No podía borrar el pasado, aunque deseaba que así fuera. Al no tener ningún medio para deshacerse de la profunda mancha de su alma, implora a Dios que lo lave por completo de su iniquidad y lo purifique de su pecado. Nada podía apaciguar su conciencia despierta ni dar descanso a su alma turbada, salvo esta triple acción a su favor; pero ¿quién podía hacerlo? Su primer deseo era que se borrara aquella pesada acusación. Esta le presentaba una lista repleta de sus transgresiones, que lo condenaban al unísono. Sentía que su iniquidad había mancillado la propia esencia de su alma y de su persona, y al igual que un lavandero bate y frota una prenda manchada para lavarla, sentía que necesitaba estar purificado; y deseaba oír pronunciar sobre él la palabra que el sacerdote pronunciaba sobre el leproso purificado y sanado, cuando declaraba que estaba purificado de su llaga.

3.2 - Dios: el único socorro

¿A quién podía recurrir? Ni a Natán, el profeta, ni a Sadoc, el sacerdote; y él mismo, aunque poseía el poder real, no podía liberarse de la carga de su pecado; su única esperanza estaba en Dios. Ahí reside el Evangelio: la luz que había puesto al descubierto su pecado le había revelado los pensamientos y el propio corazón de Dios, de modo que, en su miseria, alzó los ojos y clamó a Dios. Es bueno oírle implorar: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades» (Sal. 51:1). La bondad de Dios es su piedad hacia los hombres en la angustia; la grandeza de su misericordia habla de sus sentimientos profundos, de las entrañas de su misericordia. David apela al corazón mismo de Dios; invoca lo que Dios es en su propia naturaleza y, de acuerdo con ello, le suplica que tenga misericordia de él y perdone sus pecados. Haríamos bien en escuchar los lamentos de David y aprender que Dios es más grande, en su gracia, que los pecados más graves, y que Él es la única esperanza del pecador en la angustia.

3.3 - Otros ejemplos de restauración en la Escritura

Tenemos otro testimonio de ello en el Antiguo Testamento. Nabucodonosor, el gran rey, a causa de su orgullo, había sido rebajado al rango de las bestias del campo y había comido hierba como un buey, durante 7 tiempos, hasta que su cabello se hizo largo como las plumas del águila y sus uñas, como las de las aves (Dan. 4:32-33); ¿qué podía hacer cuando descubrió que había caído tan bajo? Huía de los hombres y era objeto de repugnancia incluso para el más humilde de sus súbditos, ¿qué podía hacer? Escuchen su confesión: «Yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo» (v. 34), y no alzó los ojos en vano. Dios no lo despreció, pues pudo añadir: «Bendije al Altísimo». Y piensen en el hijo pródigo: todos lo habían abandonado; su pecado y su locura lo habían reducido a vivir entre los cerdos y a comer su comida; ¿a quién podía recurrir en su extrema necesidad? «Me levantaré, e iré a mi padre» (Lucas 15:18).

¡Quién es un Dios misericordioso como Tú!

¡Y quién tiene una gracia tan rica y gratuita!

3.4 - Doctrinas correspondientes del Nuevo Testamento

Pero ¿tenemos respuestas del Nuevo Testamento a los 3 deseos de David? Sí, gracias a Dios, para el consuelo eterno de nuestras almas y para Su gloria. A esta grave acusación responde la Epístola a los Romanos: «Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (3:24), «estando justificados por su sangre» (5:9); así quedan borradas las transgresiones. La urgente necesidad de estar purificados por completo de toda iniquidad encuentra allí su respuesta: «Y esto erais algunos; pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor. 6:11). Y la declaración que afirma que el pecador que cree es purificado, absuelto y liberado de toda imputación de pecado se encuentra en Romanos 8: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, más aún, el que fue resucitado; el que está a la diestra de Dios; el que también intercede por nosotros» (v. 33-34).

4 - La convicción de pecado

No digo que David conociera la plenitud de esta triple bendición; para saber que conocía siquiera el gozo del perdón, hay que acudir al Salmo 32. En nuestro Salmo aún no había llegado a ese punto, y aún tendremos que seguirle en una angustia más profunda y una confesión más completa. A medida que la luz de Dios lo escudriña, cualquier otra persona implicada se desvanece de sus pensamientos y comprende que es contra Dios contra quien ha pecado, contra Su santa Ley, contra su justicia inexorable, su misericordia, su paciencia y su amor. Además, con sus pecados, confirmaba las solemnes palabras que Dios había pronunciado acerca de los hombres. Es notable que la descripción detallada de los pecadores (judíos y gentiles), que se ofrece en Romanos 3:9-18, se extraiga principalmente de los Salmos del propio David. Él había sido el portavoz de Dios para declarar estas cosas, y es posible que, cuando salían de sus labios, se felicitara por no ser como los demás; pero ahora ve que se había convertido en la encarnación de todos esos males; las semillas estaban ahí, ocultas en lo más profundo de su naturaleza, esperando solo la ocasión para manifestarse.

Esto sumerge a David en la más profunda angustia; y de su alma brota el grito más desgarrador del Antiguo Testamento: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Sal. 51:5). No busca excusar sus pecados, ni culpar a su madre de ellos, sino que dice: “Mi propia naturaleza está corrompida, las fuentes de mi ser están mancilladas”. Ya no se trata de lo que ha hecho, sino de lo que es. Sus ojos están ahora abiertos; ha llegado a la raíz de la calamidad. Este grito desgarrador encuentra su eco en el Nuevo Testamento, en el hombre que era irreprochable en cuanto a la justicia que proviene de la Ley (comp. con Fil. 3:6), cuando dijo: «Porque sé que en mí (es decir, en mi carne) no habita el bien» (Rom. 7:18) y: «¿Quién me libreará de este cuerpo de muerte?» (v. 24). No hay diferencia entre lo peor y lo mejor, entre David y Saulo de Tarso, o entre ustedes y yo.

No les estoy dando una enseñanza detallada sobre el camino de la liberación a la que aspiraba David y por la que oraba Saulo de Tarso. Les muestro la experiencia por la que pasa un hombre que se ha encontrado cara a cara con Dios; siente repugnancia de sí mismo, pero encuentra en Dios su única esperanza; confiesa la verdad sobre sí mismo, pero se aferra a Dios; no tiene a nadie más a quien recurrir en su angustia. Si alguien me dijera que nunca ha vivido una experiencia así, al menos en cierta medida, me preguntaría seriamente si alguna vez ha tenido que ver con Dios.

5 - David descubre que Dios está de su parte

5.1 - David desea recuperar la pureza

A medida que la luz se abre paso en su alma, David descubre que Dios no es indiferente hacia él, que no lo abandona a la miseria y a la desesperación: Dios tiene un propósito para él. Habiendo llegado al límite de sí mismo y habiendo confesado plenamente lo que es, puede decir: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría» (Sal. 51:6). «El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 Sam. 16:7). Y lo que David desea está en plena armonía con lo que Dios desea: quiere adquirir la verdad y la sabiduría –características principales de una naturaleza que no poseía al nacer. Pero para ello, también se entrega a Dios y ora: «Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la nieve» (Sal. 51:7). Esta purificación, con hisopo, es un proceso humillante, pero a medida que lo atraviesa, su confianza en Dios crece. Dios puede llevar a cabo este milagro de purificación, en el que una nueva naturaleza sustituye a la antigua; el gozo y el regocijo brotarán sin duda de la verdad y la sabiduría que resultan de esta renovación y que se encuentran en lo más profundo de su ser. Solo el poder creador de Dios puede lograrlo; por eso implora: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio (puro)» (v. 10). El Nuevo Testamento habla del «corazón puro», y sabemos bien que esto solo puede lograrse mediante el poder regenerador del Espíritu Santo y la obediencia a la verdad.

5.2 - David anhela la santidad y recuperar la alegría de la salvación

Ningún cristiano sensato oraría diciendo: “No me quites el Espíritu Santo” (v. 11) [1], pues sabemos que, en el tiempo de la gracia, todos los que creen en el Evangelio de nuestra salvación están sellados por el Espíritu Santo de Dios para el día de la redención (Efe. 4:30). Pero si retrocedemos, entristecemos al Espíritu, perdemos sin duda el gozo de nuestra salvación y, de hecho, necesitamos orar para que nos sea devuelto. Y si, en nuestra vida, hemos conocido un momento más brillante o una entrega a Cristo mayor que la actual, es que hemos retrocedido. El espíritu recto significa un espíritu firme, un propósito del corazón; «un espíritu de sensatez» es un espíritu de libertad: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de sensatez» (2 Tim. 1:7).

[1] NdT: versión RV; la versión JND (en francés) indica: «No me quites el espíritu de tu santidad».

5.3 - David anticipa su restauración y desea servir

Fíjense ahora en la luz, la libertad y el servicio santo y gozoso que David anticipa como resultado de la obra de Dios, en gracia, hacia él y en él. «Enseñaré a los transgresores tus caminos» (v. 13), «cantará mi lengua tu justicia» (v. 14), «publicará mi boca tu alabanza» (v. 15). Desde la plenitud de su corazón, su boca hablará, y su tema será el Dios de su salvación, y no él mismo; cantará, proclamará y enseñará. No temerá la justicia de Dios, sino que la convertirá en el tema de su cántico; él, que al principio solo esperaba la misericordia de Dios, ¡se regocijará en Su justicia!

Nosotros, que conocemos el Evangelio de Dios, podemos hablar de una manera que a David no le fue dada, pues Dios ha presentado ahora a Jesucristo como propiciatorio por la fe en su sangre, para mostrar su justicia: «Para que él sea justo, justificando al que tiene fe en Jesús» (Rom. 3:24, 26). ¿Estaríamos menos dispuestos a hablar que lo estaba David? ¿Permanecerían en silencio nuestros labios? ¿Nos cansaríamos del Evangelio y perderíamos todo interés por Juan 3:16? ¿Se convierten los pecadores a Dios cuando predicamos? Eso no sucederá si el Espíritu está entristecido en nosotros, si hemos perdido el gozo de nuestra salvación o si no nos regocijamos en la justicia de Dios.

6 - La lección de esta experiencia

David aprendió grandes cosas cuando Dios lo sacó del atolladero por el que había pasado; aprendió que no eran las apariencias y los sacrificios suntuosos, como los que había ofrecido ante el arca en Sion, lo que agradaba a Dios, sino un corazón contrito y humillado –una lección de inmenso valor. También aprendió a dejar de lado sus propios intereses para pensar en los de Dios. Ya no era un simple suplicante a los pies de Dios, implorando misericordia, sino un intercesor en comunión con Dios respecto a los intereses de Dios en la tierra, y podía esperar, con una perspectiva gozosa y serena, el momento en que un pueblo redimido ofreciera a Dios sacrificios de justicia que él pudiera aceptar y de los que pudiera regocijarse. En verdad, dichoso el hombre que ha llegado a conocer al Dios vivo y verdadero, que ha aprendido la lección de su condición de pecado y que puede gloriarse en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.