La niña israelita

2 Reyes 5:1-3


person Autor: Le Messager Évangélique 9

flag Tema: Personas - Antiguo Testamento

(Fuente autorizada: creced.ch)


Cristo el soberano remedio

Habían salido bandas armadas de los sirios, y habían llevado cautiva a una muchacha del país de Israel, la cual servía a la mujer de Naamán. «Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria» (2 Reyes 5:1). ¡Qué contraste vemos entre esta muchacha y su maestro! Se nos presenta al jefe del ejército de Siria como la personificación de lo que es grande para el mundo. En cuanto a este, poseía todo lo que su corazón deseaba, pero este fuerte y valeroso hombre era leproso: La mano de Dios se había apesadumbrado sobre él en juicio.

La niña había sido arrancada de su país y de su parentela, y llevada de la tierra de su Dios y de sus hermanos para ser cautiva en un país lejano. Es difícil imaginar circunstancias más desgraciadas que las de esta muchacha. A pesar de ser esclava, había llevado con ella un secreto a la tierra extranjera, un tesoro que hizo de ella un instrumento de bendición para Naamán y para toda su casa: Llevaba con ella el secreto de Dios, el tesoro de su conocimiento.

El general sirio, por más poderoso que fuera, no podía deshacerse del mal, el cual lo debilitaba de día en día, y todas sus riquezas no lograban aliviarlo. Sin embargo, la muchacha cautiva conocía a Dios y al profeta, por medio del cual actuaba gloriosamente en Israel por aquel tiempo. Un día, ella dijo a su señora: «Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra» (v. 3). La niña conocía al profeta, y sin duda también al Dios de él; y, sin vacilar, creía no solamente que tendría el poder, sino también la voluntad de curar a su maestro. Es muy hermoso ver la fe derramarse de esta manera. Las palabras de la muchacha fueron como el espontáneo suspiro de su corazón, afligido por la desesperada condición de su señor, condición para la cual no había otro remedio que el secreto traído por ella a esta tierra lejana.

«Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria» ¡Qué fe y simpatía había en estas palabras! ¡Qué expresión del pensamiento de Cristo en un corazón cristiano, cercado por el pecado y la miseria! Estos nos rodean de todas partes, y muy a menudo lo percibimos con la más fría insensibilidad. Aun si sucede que nuestros corazones se deshacen, ¡cuán poco tenemos esta fe que pone a Jesús en presencia de todo mal! ¿Están nuestros espíritus y corazones llenos de Él, nuestro profeta, nuestro sacerdote, el objeto deseado del Padre, para que de vez en cuando, al menos, imploremos ante una persona que sufre: «¡Quiera Dios que vaya usted a Jesús y que lo conozca!»? ¿Llevamos con nosotros, cada día de nuestra vida, la conciencia de que poseemos en Jesús el remedio para todos los males? Jesús es el que cura toda enfermedad, el que alivia toda aflicción, la plenitud de la vida y la felicidad eternas. ¡Ojalá que todos los que lean estas líneas puedan conocerlo también! No quiero decir que, como había curado a Naamán, lo libere ahora de sus males corporales, que reduzca las circunstancias temporales en las cuales se encuentra, o que lo ponga en una posición de gozo y de prosperidad terrenales. Nada puedo prometerle de su parte, pero Él le reserva dones mejores.

Cuando Jesús estaba en la tierra, curaba las enfermedades corporales de aquellos que venían a Él; y cuando Juan el Bautista le envió a sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?», respondiendo les dijo: «Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio» (Lucas 7:19, 22). Sin embargo, ¿cuál fue el fin de todo esto? El mundo, que era incitado por estas pruebas de amor, por el amor del Dios que les envió a su Hijo, y por los actos de misericordia del Salvador durante su estadía en la tierra, rechazó al Hijo único de Dios y lo mató, exponiendo así en su mayor medida su profunda, implacable e irremediable maldad. Entonces el mundo fue llevado a juicio.

Semejante estado de cosas puede estremecer, pero el mismo Señor, anticipando el momento de su rechazo final, dijo: «Ahora es el juicio de este mundo» (Juan 12:31). Hasta entonces el mundo había sido puesto a prueba: Ningún medio que hubiese sido capaz de actuar sobre la naturaleza moral del hombre y de levantarla, había sido pasado por alto; pero todo había conducido al rechazo y a la crucifixión del Hijo de Dios. La prueba de que el mundo estaba completamente perdido fue establecida. No había nada más que hacer. La sentencia estaba dictada; debía ser cumplida.

Un camino de salvación queda abierto, es cierto: la sangre derramada por mano de pecadores lleva plena remisión, perfecta justicia, gozo celestial y vida eterna a quien cree el testimonio que Dios dio de su Hijo. Pero en cuanto a «los otros», la sentencia está pronunciada, y son puestos bajo condenación. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Juan 3:36).

Ahora Dios actúa para bendición en medio de este mundo. Su meta no es liberarlo de la miseria bajo la cual gime, sino de atraer pecadores mediante la predicación del Evangelio. Luego, hará de esta tierra un paraíso de gozo, después de haberlo liberado de la corrupción por los juicios que acompañarán la segunda venida de Cristo. Entonces, en el tiempo de la restauración de todas las cosas, la maldición será extirpada, los suspiros y el dolor cesarán, y la alegría se extenderá por todas partes. Pero ahora, el mundo está bajo la sentencia que ha sido pronunciada contra él, esperando el juicio, «cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tes. 1:7-8). La ejecución de la sentencia está todavía demorada, a fin de que, por la predicación del Evangelio, el Espíritu Santo pueda atraer a Jesús el corazón de los pecadores, para que sean liberados del presente siglo malo y de los juicios que esperan al mundo; para que, desde ahora, sean uno en Jesús, en aceptación, en gozo y en esperanza, y para que, cuando Él aparezca, también ellos aparezcan con él en gloria.

Así pues, mientras le esperamos, tenemos la seguridad de su amor, el conocimiento de Él mismo y la participación de su gozo, que nos sostienen en medio de todas las dificultades de la vida presente. Por eso, Pablo tenía la certeza de que ninguna cosa podía separarlo del amor de Dios en Jesucristo. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» Todo lo que pueda asustar al corazón –tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada–, es impotente, y el apóstol pudo exclamar: «Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 8:31-39). El gozo que se expresa en este canto de triunfo, ¿no es infinitamente más precioso que la curación de enfermedades corporales o el mejoramiento en las circunstancias difíciles de esta vida? Los hombres hacen vanos esfuerzos para crearse una existencia según sus deseos. Pero aquel que conoce a Cristo, posee un tesoro que no solo hace que el espíritu se satisfaga de circunstancias en medio de las cuales se encuentra, sino que incluso eleva el alma sobre todas las circunstancias, en la comunión del gozo y de la bendición de Jesucristo, y en la comunión del gozo del Padre en él.

Esta felicidad en «la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús» (Fil. 3:8) se derrama hacia fuera, llamando y persuadiendo a los hombres. Hace decir junto a Pablo ante Agripa: «¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!» (Hec. 26:29).

Quiera Dios que todos los que lean estas líneas le conozcan, y los que ya le conocen, le conozcan más.


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