Escudriñemos las Escrituras, porque ellas dan testimonio de Él


person Autor: Maurice KOECHLIN 22

flag Tema: Ella revela quién es Jesucristo


Juan 5:39: «Escudriñáis las Escrituras, porque pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí».

Qué precioso es, cuando leemos la Palabra, encontrar en toda ella, en persona o en figura, a nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo, el objeto de nuestros deseos, el don inefable del Dios invisible, la expresión perfecta de su amor.

El Nuevo Testamento nos da a conocer las perfecciones divinas de la persona gloriosa del Hijo, que descendiendo del cielo, se humilló hasta nosotros en las profundidades de nuestra terrible condición para sacarnos del abismo en que nos habían sumido nuestros pecados y elevarnos hasta él, en el mismo cielo, morada de Dios, la Casa del Padre. Se presenta a nosotros como el que está en el seno del Padre, el objeto de sus delicias, que ha venido a mostrarnos, en su insondable riqueza, el amor que supera todo conocimiento y en el que nos introduce y nos une a él para la eternidad.

Los Evangelios nos permiten seguir a nuestro Señor Jesús en su camino, en su servicio, entre los pobres, rodeado de multitudes, sanando a sus enfermos, expulsando demonios, atrayendo a las almas, invitándolas a acercarse a él, movido por la compasión, bendiciendo y aliviando a los que sufrían. Lo vemos constantemente acosado y despreciado por los jefes y los dirigentes del pueblo, que pretendían atraparlo en sus palabras y darle muerte. Lo siguen sus discípulos, les habla de sus sufrimientos y de su muerte; nada lo detiene en su camino de obediencia y, llegada la hora, levanta resueltamente el rostro para subir a Jerusalén. Y allí soporta sin abrir la boca, como una oveja muda ante quienes la esquilan, todos los ultrajes, todas las crueldades infames a las que lo someten los hombres, dominados por el poder desatado de Satanás. Se nos aprieta el corazón de emoción cuando leemos los relatos que nos hablan de todos los sufrimientos que Jesús, nuestro Salvador, tuvo que pasar por nosotros: las injurias, el oprobio, los escupitajos, los golpes, las contusiones. Su alma divinamente pura soportó todo esto y mucho más: la ira y el abandono de Dios.

Las Epístolas nos llevan al cielo mismo; nos hablan de nuestras bendiciones celestiales en Cristo Jesús; de nuestra asociación con él y con los suyos como su esposa; de las inmensas riquezas de su gracia; de sus pensamientos hacia nosotros para la eternidad; de lo que espera de nosotros como sus testigos en este mundo; de lo que su corazón está haciendo ahora por nosotros en el cielo a la diestra del Padre, en simpatía y amor, y de la preciosa promesa de su próximo regreso para tenernos siempre con él. ¡Qué revelaciones tan maravillosas!

El Antiguo Testamento también nos habla proféticamente de los sufrimientos de Cristo y de las glorias que le seguirían; nos da a conocer, incluso más profundamente quizás que el Nuevo, estos sufrimientos y los ejercicios de su alma agobiada en simpatía con su pueblo Israel.

Ciertamente, no hay en el Nuevo Testamento un cuadro más conmovedor de la escena de la cruz que el del Salmo 22, que comienza con el grito doloroso pronunciado por el Señor y predicho con tanta antelación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?», grito de suprema e insondable angustia de su alma santa, agobiada por el peso indeciblemente pesado de los pecados acumulados por una raza culpable y rebelde, que la víctima inocente expiaba por nosotros.

Elevado sobre el madero, con la tierra bajo él en una atmósfera de odio y desprecio y, sobre su cabeza coronada de espinas, el cielo sin el menor rayo de luz, cerrado por su Dios que le ocultaba su rostro: así estaba Jesús, nuestro divino Salvador, en la cruz. Los ángeles, sus siervos, lo consideraban y callaban, incapaces de bajar a fortalecerle, como habían hecho en Getsemaní. Había tinieblas por todas partes. Tenía que estar solo, en el abandono total, en el polvo de la muerte, solo, sí, absolutamente solo, sin otro pensamiento que le sostuviera que la obediencia, sin otro motivo que el amor, sin otra meta que la gloria del Padre.

¡Ah, contemplémoslo en su anonadamiento, inmolado en la cruz! ¡Adorémoslo! Postrémonos ante el Cordero de Dios sin falta y sin mancilla. El profeta nos dice que no abrió la boca ante quienes lo sometieron a semejante tortura. Está allí, magullado en alma y cuerpo, tratado como la criatura más vil y despreciable, «soy gusano, y no hombre» (v. 6). Todos los que lo ven se mofan de él y sacuden la cabeza. Los malvados, llenos de furia, le rodean como toros amenazadores. Abren la boca contra él como un león rugiente, con odio diabólico. Los perros, la asamblea de malvados, lo rodean. Todos sus huesos se descoyuntan; su corazón es como cera derretida en sus entrañas. ¡Qué cuadro! Y cuando todo ha terminado y cumplido, y que Dios puede responderle desde entre los cuernos de los búfalos, cuando ha liberado su alma de la espada, ¡qué conmovedor es eso! Su primer pensamiento es proclamar el nombre del Padre a sus hermanos y alabarlo en medio de ellos.

El Antiguo Testamento nos hace remontar al principio de los tiempos para revelarnos la unidad eterna y perfecta de los sentimientos de Dios Padre y del Hijo: el Hijo al lado del Padre, su niño, sus delicias cada día (Prov. 8:30), ofreciéndose voluntariamente a Dios (Sal. 40) para hacer su voluntad y cumplir sus designios eternos, que solo él podía realizar al precio de tantos sufrimientos, y mostrando cómo es Dios en amor para sus elegidos.

Que podamos buscar cada vez más en la Palabra la gloria de Aquel que, siendo Dios, se hizo hombre para poseernos y glorificarnos con él.

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1942, página 67


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