Inédito Nuevo

Las Escrituras


person Autor: Frances George BURKITT 2

flag Tema: Su valor y supremacía


1 - Su importancia decisiva para el mismo Señor

La palabra Escritura (Graphè) aparece unas 50 veces en el Nuevo Testamento, ya sea en singular o en plural. Era una palabra bien conocida entre los judíos para designar los escritos sagrados: no se emplea en la Palabra en relación con los de los hombres. En los Evangelios, la oímos 10 veces de boca del propio Señor. Es evidente que pudo haberla pronunciado muchas más veces. De modo particularmente solemne y enfático, dijo a los judíos: «La Escritura no puede ser aniquilada» (Juan 10:35). En otra ocasión dice: «Escudriñáis las Escrituras» (Juan 5:39). Luego se refiere a los libros de Moisés, añadiendo: «De mí escribió él» (Ibid. v. 46). En este versículo, como en otros, concede tanta importancia a la Palabra escrita como a la que salió de sus labios: tal vez incluso podríamos decir que la primera tuvo prioridad sobre la segunda. Para él, las Escrituras ponen fin a toda controversia y pronuncian un juicio inapelable.

2 - Su autoridad está por encima de todos los razonamientos

En efecto, cuanto más estudiamos la Palabra de Dios, más comprobamos que, durante su ministerio, antes de la cruz o después de su resurrección, nuestro Señor selló las Escrituras de la manera más expresa. Las leyó en la sinagoga (Lucas 4:16-21); a los que trataban de avergonzarle con sus razonamientos, les respondió: «Erráis, no conociendo las Escrituras» (Mat. 22:29). Había resistido victoriosamente a Satanás con estas sencillas palabras: «Escrito está» (Mat. 4:4, 7, 10), citando 3 afirmaciones del libro del Deuteronomio. A lo largo de su vida, se preocupó mucho de que se cumplieran al pie de la letra todos los detalles de las predicciones proféticas sobre él. Después de su resurrección, instruyó a sus discípulos, no solo con su conocimiento divino, sino explicándoles «en todas las Escrituras las cosas lo que a él se refieren» (Lucas 24:27). Luego les recordó las cosas escritas sobre él «en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos», es decir, las 3 divisiones judías del Antiguo Testamento, tal como las tenemos hoy (Lucas 24:44-45).

3 - El valor de las Escrituras del Antiguo Testamento

El apóstol Pablo, que era un judío culto educado a los pies de Gamaliel, utiliza la expresión: «Escrito está» unas 33 veces en referencia a las Escrituras del Antiguo Testamento. Las mismas palabras son repetidas 7 veces en Hechos por varios siervos de Dios. Seguramente estos santos hombres de Dios, que vivieron en una época mucho más cercana que la nuestra a los acontecimientos relatados en la Palabra, y con los que se habían familiarizado desde la infancia, conocían el valor de las Escrituras del Antiguo Testamento mucho mejor que los racionalistas de hoy. Ninguno de ellos las citaba o aludía como de autenticidad dudosa, o como “tal vez” o “parcialmente” verdaderas. Las consideraban la verdadera Palabra de Dios y, también para ellos, el juicio de las Escrituras era definitivo.

4 - Palabras enseñadas por el Espíritu, viniendo de Dios mismo

Pero había otras razones más profundas por las que los apóstoles y los escritores sagrados del pasado concedían tanta importancia a las Escrituras. No las veían solo como documentos venerables que contenían mucho de bueno y verdadero, sino como la Palabra inspirada del Espíritu Santo. Por eso el apóstol Pablo declara que, por el Espíritu, había recibido el conocimiento de las cosas de Dios, «eso es también», dice, «lo que hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, comunicando cosas espirituales con palabras espirituales» (1 Cor. 2:13).

En este pasaje, el apóstol afirma que las palabras con las que se comunicaban las cosas divinas que había recibido por revelación eran «enseñadas por el Espíritu». Lo mismo sucedía con los demás autores inspirados de los libros que componen la Biblia: creían que las comunicaciones de las que eran portadores emanaban de Dios y les habían sido dadas por él.

5 - La perfecta unidad de la Palabra de Dios

Además, este hecho de la inspiración de las Escrituras es lo que explica la maravillosa unidad de pensamiento y propósito que caracteriza el volumen sagrado de un extremo a otro; aunque muchos instrumentos trabajaron en su composición, es la obra de uno solo, la de Dios por medio de su Espíritu.

6 - «Toda la Escritura está inspirada por Dios»

Así, en su Segunda Epístola a Timoteo, la última que escribió por el Espíritu, Pablo dijo: «Toda la Escritura está inspirada por Dios» (2 Tim. 3:16). Esta afirmación forma parte de sus últimas palabras a su amado hijo en la fe y compañero de trabajo, palabras que también van dirigidas a nosotros. Es de suma importancia que recordemos que todo lo que se incluye en este término «Escritura» está «inspirado por Dios». Es por ella que su voz se hace oír directamente a nuestras almas y es plenamente suficiente para hacer al hombre de Dios «apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:17), cualquiera que sea el carácter de los días por los que pasa.

7 - La Palabra de Dios es la expresión de los pensamientos de Dios

Por último, la Segunda Epístola de Pedro nos confirma esta verdad. Dice: «Jamás la profecía fue traída por voluntad del hombre, sino que hombres de Dios hablaron guiados por el Espíritu Santo» (2 Pe. 1:21). No fue la voluntad del hombre la que dirigió a los inspirados: al contrario, Dios eligió instrumentos idóneos para la obra, «hombres de Dios», y lo que escribieron bajo su dirección no fue fruto de sus propios pensamientos o de su sabiduría personal, sino la expresión de los pensamientos de Dios dados por el Espíritu Santo. Del mismo modo, al final de la Epístola, Dios se refiere a los escritos de Pablo como parte de las «Escrituras» (2 Pe. 3:16): Pedro reconoce que forman toda la verdad comunicada por Dios a su pueblo para siempre.

8 - Estudiar siempre la Palabra de Dios con una mente humilde, recta y honesta

Podemos simpatizar sinceramente con quienes tienen dificultades en el estudio recto y honesto de la Palabra, y esforzarnos por ayudarles en la medida de nuestras posibilidades, pero es muy diferente con el espíritu de hostilidad que en nuestros días se está levantando cada vez más contra la autoridad divina de las Escrituras. En cuanto a las dificultades de las mentes sinceras, surgen, en su mayor parte, de la ignorancia del; pensamiento de Dios en un pasaje que parece oscuro, y que a menudo se aclarará, si el alma espera pacientemente en Dios para recibir más luz a través de la enseñanza del Espíritu Santo.

9 - El hombre natural se opone siempre a la revelación divina

La misma Palabra nos dice la verdadera causa de la oposición humana a la revelación divina: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Cor. 2:14). El hombre natural puede ser profano e impío o exteriormente moral y religioso, pero, al no haber «nacido de nuevo» (véase Juan 3:3, 5), no posee la nueva naturaleza ni el Espíritu Santo y, por tanto, no tiene capacidad para discernir y comprender las cosas de Dios. ¿Cómo puede sorprendernos la hostilidad del hombre hacia la Biblia, sabiendo que ella no tiene ninguna consideración por él, y que muestra lo que es en su estado caído, con toda su depravación y su ruina irremediable? Si Aquel que era la Palabra viva tuvo que decir, al final de su camino: «Me odiaron sin motivo» (Juan 15:25), ¿debería sorprendernos que los hombres también odien y traten de desacreditar la Palabra escrita? La luz revela las tinieblas y el mal, la verdad desenmascara la falsedad, y el hombre, en el orgullo de su corazón, no puede soportarlo.

10 - La Escritura convence al alma sincera de que es verdaderamente la Palabra de Dios

Hay otros 2 versículos sorprendentes del libro de los Proverbios en los que haríamos bien en meditar al concluir estas líneas: «Justas son todas las razones de mi boca; no hay en ellas cosa perversa ni torcida. Todas ellas son rectas al que entiende, y razonables a los que han hallado sabiduría» (Prov. 8:8-9). Para el alma que desea hacer la voluntad de Dios y ser enseñada por él, la Escritura no puede dejar de traer la convicción cada vez más profunda de que es en verdad la Palabra de Dios.

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1921, página 92