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La acción y la presencia del Espíritu Santo


person Autor: Jacques-André MONARD 20

flag Tema: Su presencia en el creyente y en la Iglesia


0 - Prólogo

Nuestro objetivo no es considerar de modo completo el tema del Espíritu Santo, sino poner en evidencia lo que concierne a su presencia y su actividad en el creyente y en la Asamblea.

La presencia del Espíritu Santo sobre la tierra es uno de los rasgos característicos del período actual, el de la Iglesia. Vino el día del Pentecostés, así como está relatado en Hechos 2, y se quedará hasta el día en el que el Señor vendrá para llevarse su Iglesia para estar con él en la gloria. El Espíritu de Dios obraba sobre la tierra antes, como le vemos en el Antiguo Testamento. Todavía actuará después del arrebato de los creyentes, así como varias profecías nos lo anuncian. Pero su presencia actual aquí, en los creyentes y en la Asamblea, así como su actividad en nuestro favor, son únicos y constituyen para nosotros una bendición incomparable.

Nuestra intención es considerar sucesivamente lo que nos revelan el Evangelio según Juan, el libro de los Hechos, luego las 5 primeras Epístolas de Pablo. En los Evangelios, solo puede ser cuestión del anuncio de algo futuro. En los Hechos, tenemos el relato de la llegada del Espíritu Santo sobre los creyentes y de su actividad en los primeros tiempos de la Iglesia. En las Epístolas de Pablo, sobre todo en las 5 primeras, encontramos la enseñanza doctrinal correspondiente a lo que vivían los creyentes en los Hechos.

Los 3 primeros Evangelios solo nos dicen muy poca cosa en lo que concierne al gran tema que está ante nosotros. Nos dejan en general en un contexto judío, y los acontecimientos proféticos que son anunciados tienen allí al pueblo terrestre de Dios como centro.

Antes del nacimiento de Jesús – y el de Juan su precursor – vemos a algunos de los que esperaban al Mesías estar de repente llenos del Espíritu Santo y actuar bajo su dirección. Este es el caso de Elisabet (Lucas 1:41), de Zacarías (1:67), de Simeón (2:25-27). Estas acciones momentáneas del Espíritu de Dios son similares a las que encontramos en el Antiguo Testamento.

Juan el bautista, cuando predica el bautismo del arrepentimiento, anuncia que aquel que viene después de él, y que es más grande que él, «bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mat. 3:11; comp. Lucas 3:16). En un sentido muy general, esta declaración puede referirse al bautismo del Espíritu el día del Pentecostés, pero el contexto de estos versículos muestra que el bautismo de fuego anunciado no se refiere a las «lenguas… como de fuego» de Hechos 2, sino a los juicios que vendrán sobre la tierra en un tiempo futuro. Y así, el bautismo del Espíritu unido a este bautismo de fuego directamente se refiere a la efusión del Espíritu prometida a Israel (Ez. 36:24-27; 39:29).

Antes de abordar nuestro tema, echemos todavía una mirada sobre lo que los Evangelios nos revelan lo que se refiere al Espíritu Santo en relación con el Señor Jesús.

Mencionamos 3 puntos esenciales:

1. Hay primero el misterio maravilloso de la encarnación: Jesús concebido por el Espíritu Santo en el seno de una virgen (Mat. 1:18, 20; Lucas 1:35). Es así como «Dios fue manifestado en carne» (1 Tim. 3:16).

2. Cuando el Señor comienza su ministerio público, él mismo viene al Jordán para ser bautizado por Juan. Lo hace para animar a los que se sometían al bautismo del arrepentimiento. Pero Dios se ocupa de distinguir de todos los demás al que no tiene ninguna falta que confesar. Los cielos se abren, el Espíritu desciende sobre él bajo la forma de una paloma, y se oye la voz del Padre: «Este es mi amado Hijo, en quien tengo complacencia» (Mat. 3:17). Es la primera vez que las 3 personas de la deidad están muy claramente reveladas.

Hay un vínculo entre esta escena y el don del Santo Espíritu. El que había enviado a Juan el bautista –Dios mismo– le había dicho: «Sobre quien veas al Espíritu descender y permanecer sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo» (Juan 1:33).

3. En su ministerio, el Señor Jesús es conducido por el Espíritu (Mat. 4:1; Marcos 1:12; Lucas 4:1); está «lleno del Espíritu» y actúa «en el poder del Espíritu» (Lucas 4:1, 14). Los milagros que hace lo son por el poder del Espíritu, de modo que los que los atribuyen al diablo pecan contra el Espíritu Santo (Mat. 12:28-32; Marcos 3:29; Lucas 12:10).

1 - La acción y la presencia del Espíritu Santo en el Evangelio según Juan

1.1 - Una obra preliminar: el nuevo nacimiento

En sus conversaciones con sus discípulos, antes de su muerte, el Señor anuncia con muchos detalles la llegada del Consolador, el Espíritu Santo, y la bendición inmensa que resultará de eso para ellos (cap. 14 al 16). Sin embargo, desde el principio de este Evangelio, aprendemos cuál es la obra esencial que el Espíritu debe operar en un alma antes de poder morar allí. A todos los que recibieron a Jesús, que creyeron en él, «les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios» (1:12). Esta relación maravillosa con Dios emana de un nuevo nacimiento, operado por el Espíritu Santo. Es lo que el Señor Jesús explica a Nicodemo, en el capítulo 3. «A menos que el hombre que nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (v. 5). El agua es aquí una figura de la Palabra de Dios (véase 1 Pe. 1:23). El que es nacido de nuevo «es nacido del Espíritu» (v. 6, 8). Ha recibido una nueva naturaleza, de origen divino. El Señor dice: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (v. 6). Eso es el privilegio de base de todos los que creyeron al Señor Jesús, que le recibieron como su Salvador. Es por la operación del Espíritu en su corazón que son hijos de Dios.

1.2 - La fuerza de la vida nueva

En una de sus predicaciones, el Señor llama a todos los que tienen «sed» a que vengan a él y beban (7:37). Es evidentemente un lenguaje figurativo, como en la conversación particular con la samaritana (4:14). Se trata de la sed del alma, de sus necesidades profundas. El Señor proclama: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de adentro de él fluirán ríos de agua viva» (7:38). Y el autor del Evangelio explica: «Esto lo dijo respecto del Espíritu, que los que creían en él recibirían» (v. 39). El Espíritu iba a ser dado a los creyentes después de la muerte y la resurrección del Señor. Esto no podía efectuarse antes de que Jesús fuese «glorificado», pero el Señor ya anuncia el efecto de esta presencia del Espíritu, en favor del creyente mismo y desbordando sobre los que le rodean –ríos de agua viva.

1.3 - El anuncio de la llegada del Consolador

Desde el capítulo 13 hasta el capítulo 17, el Señor está solo con sus discípulos. En sus conversaciones con ellos, les habla repetidas veces del Espíritu Santo que va a venir después de su partida.

Habla de eso primero como del «Consolador», el que le remplazará cerca de ellos y el que se ocupará de ellos: «Yo rogaré al Padre, y él os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, es decir, el Espíritu de verdad» (14:16-17). En contraste con el mundo que no puede recibirlo, ni verlo, ni conocerlo, los discípulos ya lo conocen. Es el resultado de su conocimiento de Jesús. Y el Espíritu será no solo «con» ellos, pero «en» ellos (v. 17). Encontraremos en otro lugar varias expresiones que describen la misma verdad, en particular: el Espíritu morará en los creyentes, y el cuerpo de ellos será su templo.

El Señor, que había guardado a sus discípulos durante los años de su ministerio, iba a dejarlos. Pero les dice: «No os dejaré huérfanos; yo vengo a vosotros» (v. 18). Iba a venir a ellos en la persona del Espíritu Santo.

Aquellos que han nacido de nuevo tienen la vida de Cristo. Su vida emana de la de Cristo como la vida de los sarmientos emana de la vid. Es lo que el Señor expresa aquí diciendo: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (v. 19). ¿Pero cómo comprender cosas tan profundas y tan elevadas? El Señor dice: «En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros» (v. 20). La unidad del Hijo con el Padre, la unión maravillosa de Cristo con los suyos –expresada por las palabras sencillas «vosotros en mí» y «yo en vosotros», son cosas que la inteligencia natural del hombre no puede comprender. Hace falta la acción del Espíritu en el creyente para comprender algo. Y por su acción repetida en nosotros, nuestra comprensión de la verdad puede progresar.

1.4 - El Espíritu enseñará todas las cosas

Una segunda vez en el capítulo 14, el Señor vuelve sobre los beneficios que resultarán para los discípulos de la presencia del Espíritu Santo en ellos. «El Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho» (v. 26). Los discípulos se habían mostrado muchas veces incapaces de comprender lo que el Señor les decía. Pero una nueva capacidad iba a serles comunicada por el Espíritu que estaría pronto en ellos. El Espíritu les enseñaría «todas las cosas», todo lo que Jesús no había podido decirles porque no estaban en el estado de comprenderle. Además, les recordaría lo que Jesús les había dicho y lo que no habían comprendido.

1.5 - El testimonio del Espíritu y el de los discípulos

Al final del capítulo 15, el Señor anuncia cuál será el efecto de la presencia del Espíritu en cuanto al testimonio que pronto será rendido: «Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré de parte del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará de mí» (v. 26).

El Señor había dicho anteriormente: «Yo rogaré al Padre, y él os dará otro Consolador» (14:16; véase v. 26). Aquí, considerando su obra totalmente terminada y su posición en la gloria, dice: «Yo os enviaré». Él mismo enviará el Espíritu Santo a los suyos. Lo enviará con vistas a un testimonio que debe ser rendido al mundo.

Su propio testimonio se acaba. Él ha «venido» y ha «hablado» a los hombres (v. 22). Entonces debe decir con tristeza: «Ahora las han visto y me han odiado tanto a mí como a mi Padre» (v. 24). Sin embargo, la gracia de Dios todavía va a darles un testimonio suplementario, el del «Espíritu de verdad».

Este testimonio será rendido conjuntamente con el de los apóstoles: «Y vosotros también testificaréis, porque habéis estado conmigo desde el principio» (v. 27). Fueron los testigos oculares de la vida, de la muerte y de la resurrección de Jesús, como también de su elevación en la gloria. Por la acción del Espíritu Santo, podrán rendir el testimonio poderoso que nos trae el principio del libro de los Hechos, con sus resultados maravillosos.

1.6 - La elevación del Señor en la gloria y la venida del Espíritu Santo a la tierra

Estos 2 acontecimientos están íntimamente unidos uno al otro. El Señor dice: «Si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré» (16:7). El Espíritu Santo, por su presencia sobre la tierra, es el testigo de la presencia de Jesús, hombre glorificado, en el cielo. En el capítulo 7, está escrito: «Pues el Espíritu Santo no había sido dado todavía por cuanto Jesús no había sido aún glorificado» (v. 39).

Los discípulos de Jesús estaban unidos a su Maestro en la tierra. Ahora estamos unidos a un Cristo glorificado en el cielo. La diferencia es inmensa. Los cristianos pertenecen al cielo. Es allá dónde está su Salvador, el que es su vida; es allá dónde están todos sus verdaderos bienes y su esperanza. Son «los celestiales» (véase 1 Cor. 15:48). Considerando el cambio que iba a intervenir para ellos, y todo el beneficio que recibirían por la venida del Espíritu Santo, el Señor les dice: «Os conviene que yo me vaya» (16:7).

1.7 - El efecto de la presencia del Espíritu para el mundo

Es de lo que habla el Señor en los versículos siguientes. El Espíritu «convencerá el mundo de pecado, de justicia y de juicio…» (v. 8-11). El verdadero sentido de la palabra «convencer» es: el Espíritu, por su presencia en este mundo, será la demostración del pecado del mundo, de la justicia de Dios que respondió a la iniquidad del mundo exaltando al solo justo, su Hijo, a su derecha, y del juicio inexorable que va a abatirse sobre el mundo.

Para el mundo, no hay una luz de esperanza. Ya está juzgado, como su jefe, el diablo. Almas individualmente pueden ser traídas al Salvador gracias a la actividad del Espíritu, pero el Señor no habla de eso aquí.

1.8 - El Espíritu de verdad conducirá a los creyentes a toda la verdad

Hasta este momento, los discípulos no eran capaces de comprender todo lo que el Señor tenía que comunicarles. Les dice: «Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (16:12). Hacía falta el Espíritu Santo para comprenderlas. Además, la revelación cristiana completa no podía ser hecha antes de que fuesen cumplidos los grandes hechos de la muerte de Cristo, de su resurrección y de su elevación en la gloria. Las consecuencias de estos grandes hechos no podían estar expuestas a los creyentes antes de que fuesen cumplidos. Cuando el Espíritu estuviera allí, todo sería revelado. «Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará al conocimiento de toda la verdad» (v. 13).

En su vida y su ministerio, el Señor había tenido el objetivo constante de glorificar al Padre. El Espíritu Santo, presente con los discípulos y que actuaría en ellos, tendría la función de glorificar a Jesús. «Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo anunciará» (v. 14). Es gracias a su acción en nosotros que podemos crecer en el conocimiento de Cristo –lo que es lo esencial del crecimiento del cristiano.

En lo que dice el Señor, podemos distinguir 2 aspectos de la acción del Espíritu para enseñar y conducir en toda la verdad: hay, por un lado, las comunicaciones del Espíritu a los escritores inspirados del Nuevo Testamento y, por el otro, la acción del Espíritu en los creyentes individualmente para hacerlos capaces de comprender la verdad. En las expresiones «os recordará todo lo que yo os he dicho», «él os guiará al conocimiento de toda la verdad», y «os anunciará las cosas venideras» (14:26; 16:13), podemos ver alusiones a los Evangelios, a las Epístolas y al Apocalipsis, respectivamente. Pero el alcance de las palabras del Señor sobrepasa el anuncio de nuevas comunicaciones a escritores inspirados. Hay esta acción del Espíritu en el corazón del creyente para darle a entender cosas que la inteligencia humana abandonada a su suerte es incapaz de comprender

1.9 - El soplo de Cristo resucitado

Por la tarde del día de la resurrección, Jesús se presentó a sus discípulos reunidos. Les dijo: «Paz a vosotros» y les mostró las manos y el costado (20:20). ¡Gozo inmenso para ellos! Y los encargó de una misión que iba a ser la continuación de su ministerio en la tierra: «Como el Padre me envió a mí, yo también os envío» (v. 21). Luego, «y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (v. 22).

Esta acción simbólica no debe evidentemente ser confundida con la venida del Espíritu Santo a la tierra 50 días más tarde. Debe ser comparada con lo que se había efectuado el día de la creación del hombre. Después de haberlo formado del polvo del suelo, Dios había soplado en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente (Gén. 2:7). Aquí, el segundo hombre, el que es las primicias de la resurrección de los muertos, soplo en ellos y los hizo participar en su vida de resurrección. La vida de ellos emana de la suya –así como lo había dicho: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (14:19).

2 - En los Hechos

El libro de los Hechos nos muestra primero el acontecimiento único de la venida del Espíritu Santo a la tierra el día de Pentecostés, y las primeras manifestaciones del poder de esta persona divina, inaugurando el nuevo período que comenzaba. Luego, este libro nos describe, por medio de ejemplos concretos, la actividad del Espíritu en los creyentes y en la Asamblea.

2.1 - Un último anuncio de la venida del Espíritu Santo

Antes de ser elevado en el cielo, Jesús reúne a sus discípulos a su alrededor y anuncia otra vez que van a ser «bautizados con el Espíritu Santo, dentro de pocos días» (1:5). (Una escena análoga está relatada en Lucas 24:48-49). El Señor les presenta el Espíritu como el poder del testimonio que rendirán para él –testimonio que comenzará en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y finalmente se extenderá hasta lo último de la tierra (1:8).

El Señor dice a los 11: «Seréis mis testigos…». Esto confirma lo que vimos en Juan 15:27. Era particularmente importante que los apóstoles fuesen testigos de la resurrección de Jesús (véase 1:22; 2:32). En la continuación del libro, los vemos audaces y enérgicos en este testimonio, que rinden «así como el Espíritu Santo» (4:33; 5:32).

2.2 - El don del Espíritu Santo, el día de Pentecostés

Una decena de días después de la elevación del Señor a la gloria, la promesa se cumple. Los creyentes estando todos reunidos, el Espíritu viene sobre ellos bajo la forma de lenguas de fuego y los llena (2:3-4). Este bautismo (véase 1:5) es un acontecimiento de una importancia capital. Todos los que creen en el Señor Jesús, desde este día hasta que la Iglesia sea arrebatada de la tierra, están hechos participantes de este bautismo.

Era según el pensamiento de Dios que este acontecimiento maravilloso y único de la venida del Espíritu Santo para quedar con los creyentes y en ellos fuese introducido con gloria. Además de lo que pudo ser percibido por los sentidos –un sonido, un soplo violento e impetuoso, lenguas de fuego– hubo una manifestación inmediata del poder y de la actividad del Espíritu: los discípulos comenzaron a expresarse en otras lenguas, no para exhibir dones extraordinarios, sino para anunciar el Evangelio a los judíos de todas naciones que se encontraban entonces en Jerusalén (2:4-11).

Cuando el Espíritu Santo hubo descendido sobre Jesús, el hombre perfecto, había venido bajo la forma de una paloma –símbolo de la pureza. Cuando desciende sobre los discípulos, es bajo la forma de lenguas de fuego. Este fuego evoca el juicio del mal que inevitablemente está atado a nuestra condición humana, aunque estemos redimidos.

2.3 - La primera predicación de Pedro

En respuesta a la perplejidad de los que habían visto los primeros efectos de la venida del Espíritu Santo sobre los creyentes y su actividad en ellos, el apóstol Pedro habla a la multitud de los judíos presentes. Hizo una predicación fuerte y audaz, en la que los pone delante de su grave pecado por haber rechazado a Jesús. Si lo hicieron morir, Dios lo resucitó y lo exaltó a su derecha. Y fue él quien «habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo», la ha derramado sobre los suyos (2:33).

En apoyo a su mensaje, Pedro cita varios pasajes del Antiguo Testamento. El primero es una profecía de Joel que comienza con las palabras: «En los últimos días, dice Dios, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne» y termina con «todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo» (v. 17-21). Al igual que otros pasajes del Antiguo Testamento que anuncian el don del Espíritu Santo, el de Joel es para los tiempos que aún son futuros para nosotros, y que se unen a «el día grande y espantoso de Jehová» y a la restauración espiritual de Israel (véase Joel 2:28-31). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés fue un cumplimiento parcial de esta profecía, las palabras «sobre toda carne», y «todo aquel que invocare… será salvo», es particularmente apropiado al momento que el Evangelio de la gracia iba a ser predicado a todas las naciones. Sin embargo, la profecía de Joel no contiene todo el alcance de lo que sucedió en el día de Pentecostés, el Espíritu Santo que mora en los creyentes y en la Iglesia es un misterio no revelado antes de la venida de Jesús.

2.4 - Almas añadidas a la Asamblea

La predicación de Pedro, mediante el poder del Espíritu Santo, tiene resultados maravillosos. Muchas almas reciben el mensaje, tienen el corazón afectado de un profundo arrepentimiento, y preguntan: «¿Qué tenemos que hacer?» Pedro les dijo: «¡Arrepentíos, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo!» (v. 37-38).

Esto nos muestra que todos los que vengan a creer en el Señor Jesús, después de la venida del Espíritu Santo, son puestos al beneficio de esta venida. Reciben «el don del Espíritu Santo», como los que lo recibieron al principio.

«Fueron añadidas aquel día como 3.000 almas» (v. 41). «Cada día el Señor añadía a la iglesia los que iban siendo salvos» (v. 47).

2.5 - Las etapas siguientes

Confiando a sus discípulos la misión de predicar el Evangelio, el Señor había señalado las etapas: Jerusalén, Judea, Samaria y toda la tierra (1:8). Recordemos que los samaritanos, descendientes de poblaciones que el rey de Asiria había introducido en la tierra de Israel (véase 2 Reyes 17), tenían cierto conocimiento del verdadero Dios mezclado con la idolatría. Los judíos no tenían trato con ellos y los despreciaban (véase Juan 4:9). En cuanto a los gentiles, estaban más lejos del Dios que se había revelado a Israel, y aún más despreciados por este pueblo. Al principio, la Asamblea cristiana estaba compuesta solo de judíos que habían recibido a Jesús. La transmisión del mensaje del Evangelio fuera de los límites judíos constituía una gran dificultad para los primeros cristianos.

Sin embargo, la persecución que hubo en Jerusalén dispersó a los creyentes aquí y allá, y Dios la ha utilizado para que la Palabra sea predicada en Samaria. Personas numerosas fueron llevadas a la fe (8:1-8). Con una visita de 2 apóstoles, Pedro y Juan, Dios ha provisto para que no haya ni independencia ni rivalidad entre la asamblea en Jerusalén y las formadas en Samaria, y es en esta ocasión que el Espíritu Santo vino sobre los creyentes en esta región (8:17).

La introducción de otras naciones en la esfera cristiana era aún más difícil. Hubo necesidad que Pedro tuviera una visión divina especial para que respondiera positivamente al llamado del centurión romano Cornelio (10:9-21). Su visita a Cesárea suscitó después los amargos reproches de sus hermanos en Judea (11:1-3). También en este caso, Dios quiso que el Espíritu viniera sobre los creyentes de una manera que manifestaba claramente que él quería hacer participar a todas las naciones de la bendición característica del cristianismo (11:15-18).

Además de estas dos etapas, podemos mencionar el caso muy especial de Hechos 19:1-7, donde personas, siendo creyentes, no estaban todavía sobre el verdadero terreno cristiano. Solo conocían a Jesús cómo Juan el Bautista.

lo había predicado, el Mesías que había de venir. Por el ministerio de Pablo, fueron traídos al conocimiento de la verdad cristiana y fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús, y luego recibieron el Espíritu Santo.

2.6 - Lleno del Espíritu Santo

Estas expresiones, que se encuentran varias veces en los Hechos, se refieren al estado práctico del creyente. Se aplican a aquel cuyo comportamiento manifiesta la presencia y la acción del Espíritu Santo que está en él.

En primer lugar, es el estado de los que venían de recibir el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y, dirigidos por él, hablan otros idiomas (2:4). Es el estado de Pedro, en su valiente testimonio cuando debía a comparecer ante los jefes de Israel (4:8). Todavía es el estado de todos los que estaban reunidos para la oración, después de la liberación de Pedro y Juan (4:31).

Para la tarea delicada que debía ser confiada a hermanos, en la dificultad contada en el capítulo 6, era necesario elegir hombres que tenían un «buen testimonio, llenos del Espíritu y de sabiduría» (v. 3). Es lo que habitualmente caracterizaba a estos creyentes, y no solo de vez en cuando. La elección recayó en particular sobre Esteban «hombre lleno de fe y del Espíritu Santo» (v. 5), sobre Felipe y sobre 5 otros hermanos.

El servicio de Esteban se extiende, y lo encontramos un poco después «lleno de gracia y de poder», haciendo entre el pueblo «grandes prodigios y señales», y hablando de tal manera que sus adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba» (v. 8, 10).

Pero su ministerio provocó una violenta oposición de los judíos. Presentado ante el sinedrio (tribunal religioso), Esteban pronuncia el discurso notable reportado en el capítulo 7. Su fiel y enérgico testimonio, que no cuida a los que rechazaron y crucificaron a Jesús, los hace temblar de rabia contra él, y finalmente lo apedrearon. Pero Esteban, «lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente al cielo», donde le fue permitido de ver a Jesús que estaba a la diestra de Dios (7:55). Y en su martirio, está hecho capaz de pronunciar palabras que recuerdan a las del Señor en la cruz. Es el resultado de la obra del Espíritu en él.

Bernabé se hace conocer como «hombre bueno», «lleno del Espíritu Santo y de fe» (11:24).

Este feliz estado no es solo concierne a siervos excepcionales. En Antioquía de Pisidia, vemos a los discípulos, es decir, los que recibieron a Jesús, «llenos de gozo y del Espíritu Santo» (13:52).

Vale la pena señalar que, el hecho de estar lleno del Espíritu Santo, en los pasajes encontrados, está asociado no solo el poder, sino también todas las virtudes cristianas. El Espíritu es el poder de la nueva vida, y lo que produce está de acuerdo con todos los caracteres morales que nos enseña la Palabra de Dios: la sabiduría, la energía, el ánimo, la fe, la abnegación, el gozo…

2.7 - La dirección del Espíritu Santo

Los Hechos nos enseñan también, y repetidas veces, cómo el Espíritu Santo conduce a los creyentes.

Enviado por un ángel al camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza, Felipe ve al eunuco de Etiopía que, en su carro, leía el profeta Isaías. Entonces, «el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro» (8:29). El resto de la historia habla de la conversión del etíope.

Mientras que los mensajeros de Cornelio se encuentran frente a la casa donde está Pedro, y que este medita en la visión que acababa de tener «el Espíritu le dijo: Mira, tres hombres te buscan… ve con ellos sin vacilar» (10:20).

En la asamblea de Antioquía, donde los hermanos servían al Señor y ayunaban, «el Espíritu Santo dijo: Separadme a Bernabé y a Saulo, para la obra a la que los he llamado» (13:2). Este es el punto de partida del primer viaje misionero del apóstol Pablo, acompañado por Bernabé. Así se puede decir que fueron «enviados por el Espíritu Santo» (v. 4).

Durante el segundo viaje, Pablo y sus compañeros están impedidos por «el Espíritu Santo que predicasen la palabra» en cierta comarca, entonces, cuando tratan de ir a otra, «el Espíritu de Jesús no se lo permitió». Y, por último, Pablo tiene una visión nocturna que le traza claramente el camino a seguir (16:6-10).

Durante el tercer viaje, «el Espíritu Santo testifica en cada ciudad», diciendo a Pablo que «cadenas y aflicciones le esperan» (20:23). Y esta dirección toma una forma más urgente en la ciudad de Tiro, los discípulos «le decían a Pablo, por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén» (21:4).

Es quizá difícil de precisar, en todos estos relatos, si se trata de direcciones, tales que podemos conocerlas normalmente, o comunicaciones proféticas de carácter excepcional. De todos modos, el principio es válido para todos nosotros. El Espíritu Santo es el que nos traza el camino, que nos hace comprender cuál es la voluntad del Señor. Encontraremos eso en las Epístolas.

3 - En la Epístola a los Romanos

El gran tema de la Epístola a los Romanos es la relación individual del hombre con Dios. Este libro nos introduce en la salvación que Dios ofrece al hombre pecador por la fe. Él nos revela esta salvación en todos sus aspectos y en toda su plenitud. Hay en primer lugar, hasta la mitad del capítulo 5, la liberación de nuestros pecados: la justificación por la fe en Jesús sin obras. Luego hay la liberación del pecado, de la naturaleza corrupta que es la fuente del pecado.

3.1 - El amor de Dios derramado en nuestros corazones

Al principio del capítulo 5, Pablo resume en algunos grandes rasgos la salvación que poseemos cuando recibimos al Señor Jesús por la fe. Estamos justificados, tenemos paz con Dios, estamos en el favor de Dios y nos glorificamos en la esperanza de su gloria.

El apóstol nos muestra entonces cómo el disfrute de esta salvación maravillosa nos pone por encima de las circunstancias difíciles y dolorosas de la vida. Las tribulaciones –y el apóstol no encontraba pocas– son un tema de glorificarse, si pensamos en sus resultados. Producen la paciencia (¡virtud cristiana de gran precio!), la que permite hacer la experiencia del socorro divino. Esta experiencia consolida la esperanza del creyente. El apóstol añade: «La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (5:5).

Aunque la liberación completa es aún futura, poseemos actualmente un tesoro que es la garantía de lo que recibiremos pronto. Dios puso en nosotros su Espíritu, y este produce en nuestros corazones la conciencia y el disfrute del amor de Dios. Despierta también en nosotros una respuesta a este amor, y lo lleva a desbordar hacia los que nos rodean o por lo menos debería ser así. El amor es el primer fruto del Espíritu (véase Gál. 5:22).

3.2 - La liberación

Desde la mitad del capítulo 5, la Epístola nos presenta la liberación de nuestra naturaleza de pecado, la liberación de nuestra esclavitud del pecado, por el hecho de nuestra identificación con Cristo en su muerte. «Nuestro viejo hombre ha sido crucificado con él», y tenemos a considerarnos «como muertos al pecado» (6:6, 11). Nuestra naturaleza moral heredada de Adán siendo la que es –fundamentalmente mala e incurable– la Ley y las órdenes divinas no pueden llevarla a producir buenos frutos (cap. 7). Por la muerte de Cristo, Dios nos libera de toda sumisión a la Ley. Ha pronunciado sobre esta vieja naturaleza un juicio absoluto y ha puesto en sus redimidos la fuente del poder que faltaba completamente, la del Espíritu Santo. Es lo que presenta de manera muy completa el capítulo 8, sobre el que nos detenemos ahora.

3.3 - La ley del Espíritu de vida

«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me liberó de la ley del pecado y de la muerte» (8:2). La palabra ley utilizada 2 veces en este versículo designa el principio, la acción natural (como cuando se habla de las leyes de la naturaleza). La ley del pecado es esta tendencia inextirpable de nuestra naturaleza pecadora a producir pecados, y por lo tanto la muerte. Pero Dios puso su Espíritu en nosotros. Y este tiene también una acción natural: producir el bien, lo que glorifica a Dios. Todo el poder divino está allí. Por este poder, el creyente es «liberado de la ley del pecado», es decir, de la necesidad de seguir el movimiento de su carácter corrompido. Esta naturaleza estará en él hasta su último soplo, pero un poder infinitamente superior –la ley del Espíritu de vida– es presente en él para mantener al viejo hombre en fracaso y producir el bien.

3.4 - Andar conforme a la carne o conforme al Espíritu

La Ley –aquí la Ley divina otorgada por Moisés– exigía el bien, y el hombre era incapaz de cumplirla. Era «débil por la carne» (v. 3). Pero el resultado de la obra de Cristo es que «la justa exigencia de la ley se cumpliese» en los que no andan «según la carne, sino según el Espíritu» (v. 4).

Ante nosotros, 2 maneras de andar están puestas aquí. Si dejamos el Espíritu actuar en nosotros, que forme nuestros pensamientos y nuestros deseos, y produzca sus benditos frutos: andamos conforme al Espíritu. Pero si dejamos a la carne formar nuestros pensamientos y dirigir nuestra conducta: andamos conforme a la carne.

El estado normal del cristiano es aquel donde anda conforme al Espíritu. Ha comprendido por la fe que Dios «condenó al pecado en la carne» en la cruz de Cristo (v. 3). Ha aceptado la sentencia divina sobre el hombre natural. Sabe que todas sus buenas resoluciones –que solo harían traicionar la confianza en sí– son inútiles y solo conducen a la decepción (7:19-24). En la conciencia de su gran debilidad, se apoya en el poder de Dios, y hace la experiencia de su realidad.

Es importante comprender que la salvación que hemos recibido no destruye la raíz del mal que está en nosotros. Esta raíz está atada a nuestro cuerpo mortal, y mientras estemos en este, el mal se puede producir, si no estamos vigilantes. «El pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede» (v. 7). Esta presencia del pecado en nosotros no es, de ninguna manera, un motivo de condenación para nosotros: «Ahora ninguna condenación para los [que están] en Cristo Jesús» (v. 1). Pero nos lleva a suspirar: «También nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, aguardando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (v. 23). Entonces nuestra salvación será completa.

3.5 - Estar en la carne o en el Espíritu

En varios pasajes, la pequeña palabra «en» sirve para expresar la posición o la condición del hombre ante Dios. Así pues, en el primer versículo del capítulo, los creyentes son vistos estando «en Cristo Jesús». Es su seguridad, como era la seguridad de los miembros de la familia de Noé en el arca, en el diluvio.

El hombre no regenerado está en la carne. «Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (v. 8). Ante Dios, están en su estado natural, un estado de pecadores perdidos heredado de Adán, al que han añadido la culpabilidad y la mancilla que resulta de sus propios pecados. Pero los creyentes están en una otra condición ante Dios. «Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (v. 9). El Espíritu dado a los creyentes en el período de la gracia es un elemento tan característico que están vistos «en el Espíritu».

No se trata allí del estado práctico, ni de la conducta, sino de un privilegio unido a la posición cristiana.

3.6 - ¿Quién posee el Espíritu Santo?

«Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ese no es de él» (v. 9). Pues, los que son «de Cristo» tienen su Espíritu. Ser «de Cristo» o «del Cristo», es pertenecer a Cristo, ser uno de sus recatados (comp. Marcos 9:41; 1 Cor. 15:23; Gál. 3:29; 5:24). El hecho de tener el Espíritu es una marca de la pertenencia a Cristo.

Los discípulos, de los que es se habla en Hechos 19:1-7 eran todavía, en cuanto a su condición de creyentes, discípulos de Juan el Bautista. No estaban en el terreno cristiano. Cuando fueron traídos a él, recibieron el Espíritu Santo.

El Espíritu que está en el creyente es llamado aquí el Espíritu de Cristo. Así, por su Espíritu, Cristo está en el creyente. Por eso el versículo 10 puede utilizar la expresión: «Cristo está en vosotros».

3.7 - El Espíritu y la resurrección

En el versículo 11, el Espíritu de Dios está llamado: «El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos». El hecho de que tal huésped haya morado en el cuerpo del creyente es un motivo para que su cuerpo mortal sea un día vivificado por el poder divino. «El que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales, por medio de su Espíritu que habita en vosotros».

Este versículo pone en evidencia el vínculo entre Cristo y los suyos. Cristo fue resucitado, los suyos lo serán también.

Otros pasajes de las Epístolas subrayan la dignidad que está unida a nuestros cuerpos por el hecho de que el Espíritu Santo mora en ellos, y la necesidad de guardarlos en la santidad (comp. 1 Cor. 6:15-20 y 1 Tes. 4:3-8).

3.8 - Por el Espíritu, hacer morir las obras de la carne, y vivir por el Espíritu

El apóstol atrae después nuestra atención sobre nuestra responsabilidad. Dice: «Si vivís según la carne, moriréis» (v. 13). La muerte es el resultado de una vida conforme a la carne, es decir, en el pecado. Del mismo modo, la vida, la vida eterna, es el resultado de una marcha bajo la conducta del Espíritu Santo. Ser «guiados por el Espíritu de Dios» es la señal distintiva de los que «son hijos de Dios» (v. 14).

«Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (v. 13). El Espíritu, con todo su poder, está en el creyente. La carne también está allí, con todos sus malos deseos, y su enemistad contra Dios. El creyente, ¿se va a considerar deudor ¿de la carne» (v. 12), o va prestar atención «a la carne para satisfacer sus deseos»? (comp. 13:14). Si está en un buen estado, en un estado normal, él se dejará conducir por el Espíritu. En la conciencia de su propia debilidad, se apoyará en el poder divino. Dejará al Espíritu hacer su obra en él. Por eso debemos hacer «morir las obras de la carne».

El libro de los Hechos nos muestra el aspecto práctico de la vida de los creyentes bajo esta conducta del Espíritu. Desconfiemos de lo que puede producir nuestra propia carne, a veces incluso bajo bonitas apariencias, y estemos atentos a esta voz interior que nos muestra el camino en el cual podremos glorificar a Dios.

3.9 - El Espíritu y nuestro espíritu

En algunos pasajes, el Espíritu mismo y el espíritu del creyente caracterizado por su presencia y su poder están a menudo tan íntimamente unidos que es difícil distinguirlos y separarlos uno del otro (comp. notas de la versión Darby, Romanos 1:4 y 8:9). Por el contrario, en otros pasajes, están perfectamente distinguidos.

Es el caso del siguiente versículo: «El Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (v. 16). Nuestro espíritu se apropia las declaraciones de las Escrituras relativas a nuestra salvación por Jesucristo, y las recibe con fe –por ejemplo, el versículo: «A todos cuantos lo recibieron…, les ha dado potestad de ser hijos de Dios» (Jean 1:12). Nos apoyamos en esta declaración, y eso llena nuestros corazones de gozo. Pero, además, el Espíritu que permanece en nosotros pone en nuestros corazones la certeza de nuestra relación con Dios como Padre. Da testimonio a nuestro espíritu, y produce esta expresión de intimidad: «¡Abba, Padre!» (v. 15).

Debido a esta acción del Espíritu en nosotros, está llamado aquí: «El Espíritu de adopción». Por él, nuestros corazones pueden acercarse a Dios en la conciencia que se dirigen a su Padre que los ama.

Esto está en línea con lo que hemos visto en el capítulo 5: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (v. 5).

3.10 - Las primicias del Espíritu

En el versículo 18, el apóstol aborda el tema de los sufrimientos que pertenecen a nuestra condición actual, y del estado de “servidumbre” que caracteriza toda la creación, desde que el pecado entró en el mundo. Un día, la obra de Cristo desplegará sus consecuencias beneficiosas para toda la creación, que «gime a una, y a una sufre dolores de parto hasta ahora» y «la constante espera de la creación aguarda la manifestación de los hijos de Dios» (v. 22, 19).

Poseemos desde ahora la salvación perfecta de nuestras almas y una relación inalterable con Dios. Pero una parte de nuestra salvación es aún futura: esperamos «la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (v. 23). Debido a la debilidad y al pecado que están unidos a este cuerpo, gemimos «también nosotros mismos». Pero ya poseemos las arras de la liberación completa que nos está reservada: «Tenemos las primicias del Espíritu».

3.11 - El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad

Una última mención del Espíritu en este capítulo pone aún ante nosotros su acción en nuestro favor en nuestra vida personal de creyentes.

La debilidad unida a nuestra condición humana, así como las dificultades de las situaciones en las cuales podemos encontrarnos, son tales que no sabemos lo que debemos pedir a Dios como conviene. Pero el mismo Espíritu, –dentro de nosotros, «intercede por nosotros con gemidos inexpresables» (v. 26). Incluso si el deseo de nuestro corazón es confuso, sube hacia Dios, y «el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu» (v. 27).

¡Qué riqueza en lo que nos presenta este capítulo 8, que nos revela la actividad del Espíritu en el creyente que se considera como muerto al pecado! La palabra «Espíritu» lo llena, en contraste con las palabras «yo» y «mí» que caracterizaban los debates del capítulo 7.

3.12 - Fervientes en espíritu

Desde el capítulo 12, la Epístola a los Romanos presenta exhortaciones prácticas basadas en la doctrina que ha sido expuesta anteriormente. Los que fueron los objetos maravillosos de las «compasiones de Dios» tienen a vivir para él con corazones realmente animados (v. 1). Desde el versículo 9, tenemos una serie de breves exhortaciones, entre las cuales encontramos:

«En cuanto a la actividad, no perezosos; fervorosos en Espíritu, sirviendo al Señor» (12:11).

Estamos puestos en guardia aquí contra la pereza espiritual. Dios ha preparado buenas obras en nuestro camino. Cuando las encontremos, no las evitemos.

Pero no basta con ser activo. ¿Este versículo nos interpela en cuanto al espíritu en el cual realizamos las diversas actividades cristianas a las cuales estamos llamados? Es fácil dejarse ganar por la rutina. En nuestro servicio, e incluso en nuestros cánticos y oraciones, podemos faltar de fervor que caracteriza corazones unidos al Señor.

David escribe: «Te alabaré oh Jehová, con todo mi corazón» (Sal. 9:1). Jehová rinde testimonio a su respecto: «David mi siervo, que guardó mis mandamientos y anduvo en pos de mí con todo su corazón» (1 Reyes 14:8). Y está dicho de Ezequías: «En todo cuanto emprendió en el servicio de la casa de Dios… lo hizo de todo corazón, y fue prosperado» (2 Crón. 31:21). ¡He aquí el fervor!

Una nota a este versículo de Romanos 12 llama nuestra atención sobre el hecho de que el sentido es también: «Fervorosos en Espíritu». La acción del que se deja conducir por el Espíritu, del que está «lleno con el Espíritu» necesariamente se caracterizará por el fervor. No de una excitación intempestiva y fugitiva, sino de sano y sobrio fervor que manifiesta un corazón lleno del Señor y animado para él. Así podremos servirlo verdaderamente.

«El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza, por el poder del Espíritu Santo» (15:13).

4 - En la Primera Epístola a los Corintios

La Epístola a los Romanos nos da las bases de nuestra relación con Dios, la Primera Epístola a los Corintios nos enseña el tema de nuestra relación colectiva con él. Nos presenta la doctrina de la Asamblea de Dios, aunque contiene también enseñanzas relativas a nuestra vida individual. Encontramos varias menciones del Santo Espíritu.

4.1 - La comunicación y la comprensión del pensamiento de Dios mediante el Espíritu Santo

Sabiendo a los corintios en peligro de la contaminación por los razonamientos de los hombres, de los filósofos en particular, el apóstol les enseña que hay incompatibilidad entre la sabiduría de los hombres y de la de Dios (cap. 1). Para cada una de estas 2 sabidurías, la otra es una locura. A este respecto, les recuerda los caracteres del servicio que había entre ellos. Este servicio había sido marcado por la debilidad, el temor y el temblor; no había nada del estilo de los oradores y de los razonadores de este mundo, pero con «demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no se basara en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios» (2:4-5).

El apóstol presenta después una comparación: «¿Quién de los hombres conoce las cosas de un hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, nadie conoció las de Dios, sino el Espíritu de Dios» (v. 11). El hombre en su estado natural, sin el socorro del Espíritu de Dios, es incapaz de entrar en los pensamientos de Dios, para él son locura (v. 14). En cambio, el que posee el Espíritu de Dios, más precisamente el que es espiritual, los comprende. Lo que tenemos aquí se inscribe en la enseñanza que el Señor había dado a sus discípulos en Juan 16:12-13.

El apóstol menciona 3 etapas: los pensamientos de Dios estaban revelados por el Espíritu a los apóstoles (v. 10), aquellos los comunicaban con palabras que enseña el Espíritu (v. 13), y los creyentes, los que eran espirituales, podían discernirlos por el Espíritu (v. 14-15).

La expresión «espiritual» se refiere al estado práctico. Un creyente que está conducido por los deseos y los pensamientos de la carne es un creyente «carnal». En cambio, un creyente que se deja conducir por el Espíritu que mora en él es un creyente «espiritual». Este calificativo se aplica de hecho a un creyente habitualmente «lleno» del Espíritu. Al principio del capítulo 3, los corintios deban soportar el reproche de ser aún carnales. En este estado, eran incapaces de soportar un alimento para adulto –espiritualmente hablando– y debían estar alimentados como «niños en Cristo» (v. 1).

4.2 - La morada del Espíritu Santo

Dos pasajes de la Epístola ponen ante nosotros los varios aspectos de esta morada.

En el capítulo 3, cuando habla del «edificio de Dios» que edifica progresivamente, el apóstol dice: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (v. 16). La Asamblea está considerada aquí como siendo el templo en el cual Dios mora por su Espíritu.

En el capítulo 6, el apóstol atrae solemnemente la atención sobre la necesidad de guardar nuestros cuerpos que son miembros de Cristo, en la pureza. «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» (v. 19). En este versículo, cada creyente está considerado de manera individual como siendo el templo del Espíritu Santo. En conclusión «glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (v. 20).

El Espíritu de Dios que mora en nosotros, dijere y forma nuestros pensamientos –cuando estamos en un estado conveniente– mientras que nuestro espíritu está en actividad. No percibimos la voz del Espíritu Santo como distinguiéndose claramente de los pensamientos que engendra nuestro espíritu. Pero nuestra inteligencia espiritual y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios deben conducirnos a discernir si nuestros pensamientos están formados por el Espíritu Santo, o si proceden de nuestro yo.

Algunos pasajes establecen claramente la diferencia entre el Espíritu que mora en nosotros y nuestro espíritu (por ejemplo, Rom. 8:16). Pero otros pasajes nos presentan la unión entre el Espíritu y nuestro espíritu. Es así en este versículo del capítulo 6: «El que se une al Señor, un solo espíritu es con él» (v. 17). Cuando estamos en un bueno estado espiritual, nuestros pensamientos son como los del Espíritu que mora en nosotros.

4.3 - Los dones del Espíritu en la Asamblea

Es el tema de capítulo 12. El apóstol empieza por dar un criterio que permite discernir el origen de los «[asuntos] espirituales». El Espíritu de Dios actúa siempre de manera a glorificar al «Señor Jesús» y a reconocer su autoridad (v. 3). Toda acción que desafíe a Jesús su lugar de Señor viene sin duda de la carne o del diablo.

La continuación del capítulo habla de los varios «dones» espirituales concedidos a los creyentes. «Porque a uno, mediante el Espíritu, le es dada palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu; a otro, fe, por el mismo Espíritu; a otro, dones de curaciones, por el mismo Espíritu; a otro, poderes milagrosos; a otro, profecía…» (v. 8-10). Este pasaje menciona no solamente los dones que son necesarios en toda época para la edificación de los creyentes, sino también los dones milagrosos que han caracterizado el principio de la historia de la Iglesia. Sea como sea, los dones no tienen por objetivo poner al siervo en evidencia, «Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos», es decir para el bien de todo el Cuerpo de Cristo (v. 7).

Estos versículos nos señalan la función de las personas divinas en contacto con estos dones y su ejercicio. Los dones de gracia son los dones del Espíritu (v. 4); todos los servicios cristianos se ejercen bajo la autoridad de Señor (v. 5) y es «el mismo Dios hace todas las cosas en todos» (v. 6). Sin embargo, las personas de la deidad no pueden estar separadas las unas de las otras, y leemos: «Pero todas estas cosas las hace el único y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (v. 11).

4.4 - Un solo Espíritu para ser un solo Cuerpo

La Asamblea misma fue constituida por la venida de Espíritu Santo a la tierra el día de Pentecostés: «Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo» (v. 13). La Asamblea es vista como Cuerpo a la imagen del cuerpo humano: «Así también es Cristo» (v. 12). La armonía del funcionamiento de un cuerpo humano en buena salud nos da una imagen del propósito de Dios en cuanto al funcionamiento de la Asamblea, para su gloria y para el bien de cada miembro en particular.

En su parte práctica, la Epístola a los Romanos menciona así el «solo cuerpo» y sus «muchos miembros» y los dones de gracia que se ejercen, pero sin mencionar explícitamente el Espíritu Santo (Rom. 12:4-8).

4.5 - La acción del Espíritu y de la inteligencia

A los corintios no les faltaba «ningún don» de gracia (1:7), pero les faltaba la sabiduría necesaria para ejercerlos de manera útil. El apóstol se ve obligado a reprenderlos y a exhortarlos en esto. Es lo que encontramos en el capítulo 14.

Entre la exhortación que termina el capítulo 12: «Anhelad los dones más grandes» y la que abre el capítulo 14: «Anhelad los dones espirituales», el apóstol intercala lo que llamamos “el capítulo del amor”. Si el amor no es el motivo del ejercicio de los dones del Espíritu, el que le posee «nada es», y su servicio no tiene valor (13:1-3). «Seguid el amor» es la frase clave del capítulo 14.

Este capítulo compara 2 dones: el de las lenguas –don milagroso concedido al principio del período de la Iglesia– y el don de profecía. «El que profetiza, habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación» (v. 3). En manera general, y en todos los tiempos, el profeta es el que comunica a los hombres un mensaje de parte de Dios. En el Antiguo Testamento, los mensajes proféticos tienen para objeto el futuro, pero este aspecto no es el de este capítulo.

El deseo de poseer dones espirituales es un bueno deseo; el apóstol exhorta los corintios a anhelar los dones espirituales (12:31; 14:1), pero con una condición: «Ya que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para la edificación de la iglesia» (v. 12). Debido a lo que la carne es en nosotros, siempre estamos expuesto a desviar a nuestro provecho lo que Dios nos da para el provecho de la Asamblea, especialmente a hacernos valer nosotros mismos ¡Que el Señor nos ejercite a este respecto!

Por ejemplos concretos, como los sonidos de una flauta, de un harpa o de una trompeta, el apóstol hace comprender que una acción es inútil en la Asamblea si no es inteligible (v. 7-11). Esta es una condición necesaria para que sea una acción de amor. Puede constar de pocas palabras, pero si viene de Dios, instruye y edifica (v. 17-19). «que todo se haga para edificación» (v. 26).

Además, una acción debe ser inteligente (v. 14-15). Esto no quiere decir conforme a las normas de la inteligencia natural y de la sabiduría de este mundo, sino producida por la inteligencia espiritual y marcada de sensatez (2 Tim. 1:7). En el periodo cristiano, los mensajeros de Dios no son instrumentos ignorantes de los pensamientos de Dios, sino entran en primer lugar por sí mismos en la verdad que transmiten. «Los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas» (v. 32). Nadie puede justificar una acción desplazada y pretendiendo que es el Espíritu de Dios quien lo conduce. El obrero conducido por el Espíritu actuará necesariamente de una manera conforme a la enseñanza general de la Palabra, con decencia y orden (v. 40).

El que habla debe hacerlo dejándose conducir por el Espíritu, pero no debe jamás pretender que es realmente así. «Los profetas, que 2 o 3 hablen, y los otros juzguen» (v. 29). Según su medida personal, estos pueden juzgar si lo que se dice está en conformidad con la Palabra, y si aporta edificación, pero no les pertenece juzgar de manera perentoria si la acción es por el Espíritu. Deben examinar todas cosas, no menospreciar las profecías, y guardarse de apagar al Espíritu (1 Tes. 5:19-21). El Espíritu tiene todo el poder de una persona divina, pero se manifiesta en el hombre marcado por la debilidad. Esta es más o menos aparente, pero siempre presente. Este pensamiento debería hacernos humildes en relación con nuestra propia actividad, e indulgentes respecto a la de nuestros hermanos.

Sin embargo, en el estado normal de las cosas, la libre acción del Espíritu mediante sus instrumentos dóciles debería ser resentida incluso por «incrédulos, o poco instruidos» que entran –y resentida de una manera clara– para que estén convencidos que Dios está verdaderamente presente (v. 24-25).

5 - En la Segunda Epístola a los Corintios

5.1 - Unción, sello y arras

El apóstol reúne en una misma frase 3 aspectos del don del Espíritu Santo hecho al creyente: «Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios; que también nos selló, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (1:21-22).

Dios nos ha puesto juntos, y unidos a Cristo mismo, por el Espíritu que nos ha dado. Al principio de su ministerio, «Dios ungió con el Espíritu Santo… a Jesús», como Pedro dice en casa de Cornelio (Hec. 10:38). La misma expresión es utilizada aquí para los creyentes, y la Primera Epístola de Juan llama al Espíritu: «La unción» que vosotros tenéis (2:20), unción por la cual los «niños pequeños» pueden conocer la verdad (2:21, 27).

Además, el Espíritu Santo es un sello. Es la marca divina que Dios ha puesto sobre sus redimidos, la señal que le pertenecen y que los distingue de los hombres de este mundo. Encontraremos esta verdad con más detalles en la Epístola a los Efesios.

Por fin, el Espíritu Santo es las arras, como un maravilloso anticipo de la herencia que nos está reservada, y que recibiremos cuando seamos introducidos en la gloria. Entonces la salvación será completa, incluyendo la transformación de nuestros cuerpos mortales en cuerpos semejantes a lo de Cristo. Pero ya ahora el Espíritu nos capacita para entender las riquezas que son nuestras como resultado de la obra de Cristo, y de disfrutar de ellas.

Encontramos «las arras del Espíritu» un poco más lejos en la Epístola (5:5).

5.2 - El ministerio del Espíritu

La presencia y la acción del Espíritu en los creyentes son características de la dispensación actual que está llamada «el ministerio del Espíritu», en contraste con la dispensación de la Ley que la ha precedido llamada «el ministerio de muerte» (3:7-8). El hombre siendo como es, la antigua dispensación no podía ser otra cosa que «el ministerio de la condenación»; mientras que la nueva es «el ministerio de la justicia» (v. 9). El mismo contraste se presenta por la expresión: «La letra mata, pero el Espíritu da vida» (v. 6).

5.3 - Transformados en la imagen de Cristo

Siempre en contraste con la dispensación de la Ley, caracterizada por un velo sobre el rostro o sobre los corazones (3:13-15), –es decir por un conocimiento muy limitado de la gloria divina– el ministerio del Espíritu está caracterizado por la libertad. «Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (3:17). Podemos mirar «a cara descubierta, mirando como en un espejo la gloria del Señor». El Espíritu Santo toma las cosas de Cristo y nos las comunica, para llenarnos de él ¿Cuál es el resultado? «vamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor» (v. 18). Hemos visto un ejemplo en la persona de Esteban.

Si nuestros ojos estuvieran con más regularidad puestos en Jesús en la gloria, nuestros corazones estarían más atados a nuestra verdadera patria, más desatados del mundo. Y, por la operación del Señor y de su Espíritu, nos sería dado de reflejar más de su gloria.

5.4 - Lo que recomienda el siervo de Dios

Había en Corinto malos obreros que buscaban sacudir la confianza de los creyentes en Pablo, que era su padre espiritual, y por ahí, a desviarlos de la verdad. Eso conduce el apóstol a presentarles los caracteres morales que debe revestir aquel que el Señor emplea a su servicio. Habiendo recibido del Señor la gracia particular de ser fiel, Pablo podía atraer su atención sobre lo que él mismo hacía, en contraste con sus detractores. Lo hace a disgusto, diciéndoles al final de la Epístola: «¿Me he vuelto insensato? Vosotros me habéis obligado» (12:11)

La Epístola contiene varias descripciones impresionantes de las circunstancias difíciles que Pablo conocía en el cumplimiento de su servicio. Y nos muestra de qué manera vivía estas circunstancias. En una de estas descripciones dice: «Antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en aflicciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos duros, en desvelos, en ayunos; con pureza, conocimiento, longanimidad, mansedumbre; en el Espíritu Santo, con amor no fingido, con palabra de verdad, con poder de Dios; con armas de justicia, a derecha y a izquierda» (6:4-7). Una vez más, vemos que la acción de Espíritu Santo en un cristiano va de par con el conjunto de las virtudes cristianas. El Espíritu es el solo poder que le permite de tener una conducta aprobada por Dios y un testimonio a su gloria.

Y las dificultades del camino son a menudo las que destruyen la confianza en sí mismo, obliga a apoyarse totalmente en el Señor y permite al poder del Espíritu de ejercerse (1:8-9; 4:7-11; 12:7-10).

5.5 - La comunión del Espíritu Santo

La Epístola se termina por el deseo: «¡La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros!» (13:14). Este deseo pone ante nosotros a las 3 personas de la Deidad; está en relación con los temas que el apóstol ha debido enseñar a los corintios debido a su estado –divisiones, espíritu de partido, peleas, etc.

Nos recuerda que el Espíritu que está en los creyentes y en la Asamblea establece en vínculo divino que debe mostrarse por una comunión práctica ¡Que Dios nos concede una vida de asamblea armoniosa, a la imagen del cuerpo humano en buena salud!

En este capítulo, que nos relata el descenso del Espíritu Santo a la tierra (Hec. 2), vemos a los creyentes perseverar «en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (v. 42). «Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común» (v. 44). Un poco más lejos: «La multitud de los creyentes era de un corazón y un alma» (4:32).

6 - En la Epístola a los Gálatas

El apóstol Pablo escribió esta carta cuando estaba «perplejo» en cuanto a los creyentes de Galacia. Ellos habían recibido el Evangelio por medio de él, pero sufrían la influencia de doctores judaicos que los perturbaban y los trastornaban (5:10, 12). Estos doctores querían poner los creyentes bajo la Ley, en particular imponiéndoles la circuncisión. Esta tendencia perniciosa se ha manifestado a menudo entre los creyentes judíos, al principio del cristianismo. Decían a los creyentes de las naciones: «A menos que os circuncidéis, según la costumbre de Moisés, no podéis ser salvos» (Hec. 15:1). Lo que estaban en causa, no era sencillamente un rito exterior, sino toda la verdad cristiana. La circuncisión siendo el símbolo de la Ley, exigir a los creyentes que se sometan a ella era colocarlos bajo toda la Ley, y como consecuencia a separarlos de Cristo (5:3-4). Era privarlos de la bendición prometida a Abraham para todas las naciones (3:8-9), y ponerlos bajo la maldición (3:10). Desgraciadamente, los gálatas no habían rechazado enérgicamente estas malas enseñanzas.

El cambio de estos creyentes, que habían comenzado muy bien su carrera cristiana, conduce al apóstol a decirles: «¿Tan insensatos sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?» (3:3). El Espíritu, la carne –2 nociones opuestas sobre las que el apóstol volverá varias veces en la Epístola.

6.1 - La Ley, las obras, la carne – la fe, el Espíritu

La Ley –bajo la que Dios había puesto a su pueblo Israel, desde la época de Moisés hasta la llegada de Cristo (3:19)– exigía obras. Se dirigía al hombre en la carne, poniéndolo a prueba para ver si podría adquirir la justicia por su obediencia a los mandamientos de Dios. El resultado ha sido desastroso, pero elocuente. La Ley no puede ser ni el medio de justificación del pecador, ni la regla de vida del creyente.

Entonces, vino Cristo. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros» (3:13) ¿Cómo llegamos a ser partícipes de esta liberación? Por la fe. Somos salvos «por el oír con fe» –expresión repetida muchas veces en la Epístola, especialmente en el capítulo 3.

La bendición característica de la dispensación actual, en contraste con la de la Ley, es el don del Espíritu Santo. Es lo que surge de las preguntas que el apóstol hace a los gálatas. Les pide: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por el oír con fe?» (v. 2) «El que os suministra el Espíritu, y hace milagros entre vosotros, ¿lo hace por obras de la ley, o por el oír con fe?» (v. 5). La palabra «oír» es utilizada aquí porque la fe viene de lo que oímos por la Palabra de Dios (Rom. 10:17). Es la recepción del testigo que Dios ha aportado.

La bendición prometida a Abraham en favor de todas las naciones se resume aquí por: «A fin de que recibiésemos la promesa del Espíritu mediante la fe» (3:14).

6.2 - El Espíritu nos conduce a gritar: ¡Abba, Padre!

Hay mucha similitud entre los temas de la Epístola a los Gálatas y los de la Epístola a los Romanos. La grande diferencia es que una es el llamado apremiante que el apóstol ansioso hace a los creyentes en peligro de extraviarse, la otra la exposición calma y metódica que el apóstol hace a creyentes en buen estado, a fin de enseñarlos y fortalecerlos en la fe.

En el capítulo 4, encontramos: «Y, por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones, clamando: ¡Abba, Padre!» (v. 6). Esto corresponde a lo que hemos encontrado en Romanos 8:15. Es por el Espíritu que mora en nosotros que tenemos conciencia de nuestra relación filial con Dios, y que nos dirigimos a él con una entera libertad.

6.3 - Por el Espíritu, esperamos

Es también el Espíritu que fortalece nuestra esperanza cristiana, que hace que gocemos ahora de lo que poseeremos pronto plenamente. «Pues nosotros por el Espíritu, en virtud de la fe, aguardamos la esperanza de la justicia» (5:5). «Justificados por la fe» (3:24; Rom. 5:1). Nuestra justicia no es una cosa futura, la poseemos ahora. Pero esperamos lo que Dios ha prometido a los que la poseen, la gloria que pertenece a los que poseen la justicia. Y el Espíritu, fortaleciendo nuestra fe, nos sostiene en esta esperanza.

6.4 - Estar conducidos por el Espíritu

Encontramos aquí esta expresión de Romanos 8:14. En nuestra Epístola, está en relación con la necesidad particular de los que el apóstol escribe, y que estaban en peligro de colocarse bajo la Ley. «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (5:18). Los cristianos no están conducidos por reglas –«no tomes, ni gustes, ni toques» (Col. 2:21)– sino que el Espíritu les hace discernir lo que es agradable a Dios y les da la energía de hacerlo.

6.5 - La carne y el Espíritu

«Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (5:25). Nuestra vida tira su origen de la obra del Espíritu en nosotros. Hemos «nacido del Espíritu» (Juan 3:5-6, 8). Por esta acción del Espíritu en nosotros, con la Palabra de Dios, somos hechos partícipes de la naturaleza divina. Además, estamos unidos a Cristo, viviendo de su vida. Su Espíritu está en nosotros. ¡Qué razones tenemos ahí de andar por el Espíritu! Hace falta que los caracteres de nuestra vida práctica estén en acuerdo con la vida de Dios que está en nosotros.

Pero tenemos un enemigo interior: La carne. La Epístola a los Romanos nos enseña con mucha claridad cuál es el lugar que Dios le ha dado. Aquí el apóstol resume la misma enseñanza en un solo versículo: «Los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con las pasiones y los deseos» (v. 24). Han aceptado, ratificado para sí mismos, el juicio que Dios ha marcado sobre ella (Rom. 6:6).

No obstante, la carne siempre está presente en el creyente, y siempre rápida a manifestarse. «Porque lo que desea la carne es contrario al Espíritu, y lo que desea el Espíritu es contrario a la carne; pues estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que deseáis» (v. 17). El Espíritu que mora en nosotros, si lo dejamos actuar, si no lo obstaculizamos, nos conduce a no practicar las cosas que la carne quisiera. Y así no serán las odiosas «obras de la carne» que caracterizarán nuestra vida práctica (v. 19-21), sino lo que lleva la huella divina: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio» (v. 22-23). Lo que produce el Espíritu en nosotros, nada tiene de espectacular. Son las virtudes cristianas, los caracteres que Cristo, el hombre perfecto, ha manifestados en su vida en la tierra.

Después de esta descripción, el apóstol añade: «Contra tales cosas no hay ley» (v. 23). La Ley nada tiene que objetar, está satisfecha. Pero no es ella que ha traído este resultado, es el Espíritu. Aquí coincidimos con la enseñanza a los Romanos 8:4: «Para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, los que no andamos según la carne, sino según el Espíritu».

Sin embargo, sembrar implica cosechar, no solo en el curso de la naturaleza, sino en nuestras vidas, según el gobierno de Dios. «Porque el que siembra para su carne, de la carne cosechará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna» (6:8). Una conducta según la carne tendrá enojosas consecuencias, y una conducta según el Espíritu traeará bendiciones –cuya coronación será la entrada en la gloria. Lo que es dicho aquí, no contradice en absoluto lo que otros pasajes nos enseñan, a saber, que el que cree en Jesús tiene ahora vida eterna. Pero este versículo presenta la vida eterna como el resultado de nuestra vida de creyentes. Esto atrae nuestra atención sobre el hecho que una vida cristiana normal es una vida en la que somos conducidos por el Espíritu y, por consecuencia, practicamos lo bueno (Juan 5:29).

7 - En la Epístola a los Efesios

7.1 - Habiendo creído en él, fuisteis sellados (1:13)

En esta Epístola, el apóstol se dirige principalmente a los creyentes de entre las naciones, que llama varias veces «vosotros» en contraste con los judíos quienes designa por «nosotros» (véase 2:1-3, 11-13). Los primeros «en otro tiempo» estaban «lejos», «extranjeros a los pactos de la promesa», «sin Dios». Pero ahora «acercados… por la sangre de Cristo» e introducidos en la plenitud de las bendiciones del cristianismo.

Los creyentes judíos que «previamente habían esperado en Cristo», gracias a las promesas del Antiguo Testamento (1:12). En la predicación del Evangelio, gente de las naciones había creído en Jesús y había puesto en él su esperanza. El apóstol les dice aquí: «En quien vosotros también, habiendo oído la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa; quien es las arras de nuestra herencia» (1:13-14). El comienzo del libro de los Hechos nos mostró cómo los creyentes –que eran prácticamente todos judíos– habían recibido el Espíritu Santo al principio. Vemos aquí que los que creen posteriormente son hechos partícipes de esta bendición. «Habían creído en él, fuisteis sellados». Dios pone su sello, su marca de propiedad, sobre los que creen en Jesús. Esto es verdad para todo el período de la Iglesia.

Así como en la Segunda Epístola a los Corintios, el Espíritu también está considerado aquí como las arras de la plena bendición venidera, «las arras de nuestra herencia».

7.2 - Acceso al Padre

El Señor Jesús ha venido; y anunció «la paz» tanto a los que estaban lejos como a los que estaban cerca –tanto a las naciones como a los judíos– y ahora, «por él, los unos y los otros tenemos acceso por un solo Espíritu al Padre» (2:18). Todo esto está en contraste con la antigua situación. Las naciones no conocían al verdadero Dios. Los judíos, aunque teniendo en medio de ellos un tabernáculo o un templo que era la morada de Dios, no tenían libre acceso a él y no lo conocían como Padre. Ahora, el acceso está enteramente abierto hasta Dios revelado como Padre. Cristo hizo la obra necesaria para eso. Y el Espíritu que permanece en nosotros, por el cual tenemos conciencia de nuestra relación con nuestro Padre y de su amor para nosotros, nos da la capacidad y la libertad de acercarnos a Dios.

7.3 - Una morada de Dios por el Espíritu

Había antes en Israel una Casa de Dios, pero las naciones no eran más que «extranjeros» que debían tenerse alejados, y los judíos, si no eran sacerdotes o levitas, no tenían acceso. Pero ahora, dice el apóstol a los efesios, sois «conciudadanos de los santos y de la familia de Dios» (2:19). No se trata ya de una casa material, sino de una Casa espiritual. Los creyentes ellos mismos son las piedras –las «piedras vivas» (1 Pe. 2:5). Y así, «sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (2:22).

En 1 Corintios 3, así como lo vimos, los creyentes constituyen colectivamente «el templo de Dios» y «el Espíritu de Dios mora» en ellos. En este pasaje, los hombres traen su contribución al edificio, y probablemente traen malos materiales que el fuego consumirá. Por el contrario, en Efesios 2, no es cuestión de la debilidad o de las faltas de los obreros. Es la obra divina. Se trata de un «templo santo» y «se ayudan mutuamente». En el versículo 21, está considerado como en crecimiento, y en el 22 como una Morada en la cual Dios está por su Espíritu.

Es necesario distinguir bien 2 aspectos de las cosas. Por una parte, hay lo que es la obra de Dios, y que subsiste a pesar del fracaso del hombre. La Asamblea es la Casa en la cual Dios mora. Es a eso que nuestra fe se vincula, y es lo que debe gobernar nuestro comportamiento. Por otra parte, está lo que depende de nuestra responsabilidad. A este respecto, guardémonos de una cualquiera pretensión. Vimos en 1 Corintios 14 que, solo bajo algunas condiciones, los que entran en la asamblea reunida pueden dar gloria a Dios comprobando que está él verdaderamente allí.

7.4 - Estar fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu

El primer capítulo de la Epístola, desde el versículo 16, contiene una oración del apóstol en favor de los creyentes. El capítulo 3 contiene una segunda, desde el versículo 14. Pide a Dios darles «el ser fortalecidos con poder en el hombre interior, por su Espíritu; para que mediante la fe, Cristo habite en vuestros corazones» (v. 16-17).

Tenemos aquí una descripción de la operación poderosa del Espíritu en el corazón del creyente. No solo el Espíritu mora en él y puede manifestarse en sus actos o en sus palabras, sino que forma el corazón de aquel en el que mora. Y el hecho que el apóstol pide para que sea así, nos muestra que no se trata de una cosa automáticamente realizada para cada creyente. Esta formación depende también de nosotros, de nuestro estado espiritual y moral, y de la manera en que dejamos el Espíritu hacer su obra en nosotros. Se hará en la medida que estamos habitualmente llenos del Espíritu.

Sucede lo mismo con lo que se añade inmediatamente a continuación: «Para que mediante la fe, Cristo habite en vuestros corazones». La morada del Espíritu Santo en un creyente es una cosa verdadera desde el día en que, creyendo, ha estado sellado. Pero este creyente puede estar –o no estar– en un estado práctico caracterizado por la libre acción del Espíritu en él. Si este es el caso, está lleno «del Espíritu». Y es solamente entonces que se puede verdaderamente decir que Cristo mora en su corazón. Esta morada es un estado práctico. Cristo llena el corazón, es el centro de los pensamientos y afectos, y una transformación del ser moral del creyente en la imagen de Cristo se opera, por el poder del Espíritu Santo (véase 2 Cor. 3:18). Cuando es así, Dios puede ver en sus hijos algunos caracteres de su querido Hijo.

7.5 - La unidad del Espíritu

Al principio del capítulo 4, el apóstol dirige exhortaciones a los creyentes por lo que se refiere a su vida colectiva. Les dice en particular: «Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (v. 3). No se trata de guardar la unidad del Cuerpo; esta existe debido al trabajo de Dios, y está al refugio de todo daño. A lo que estamos exhortados aquí, es a guardar una unidad práctica, una unidad de pensamiento resultando del hecho de tener todos, el pensamiento de Cristo. El Espíritu, que forma nuestros pensamientos, él solo puede realizar eso. Esta unidad está guardada «en el vínculo de la paz».

¡Cuán fácilmente nuestros pensamientos personales, nuestra falta de amor y de apoyo para nuestros hermanos y hermanas, nuestra dureza, nuestro orgullo ocultado o aparente, la búsqueda de nuestros intereses personales o nuestra propia gloria, traen divergencias y disensiones entre nosotros! Por eso el apóstol nos exhorta encarecidamente a andar «con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándoos unos a otros en amor» (v. 2). No pasemos ligeramente sobre eso.

7.6 - No contristéis el Espíritu Santo de Dios

El apóstol vuelve aquí a una enseñanza que nos concierne individualmente. «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (4:30). Nos recuerda que el Espíritu Santo en nosotros es el sello de Dios, su marca, para el día de la redención. Nuestra redención fue adquirida por la sangre de Cristo (1:7). El día de la redención, es el día de nuestra liberación final, en la llegada del Señor, cuando nuestros cuerpos serán transformados en la semejanza del suyo (véase Rom. 8:23).

Aprendemos aquí una verdad solemne: que nuestras faltas contristan el Espíritu Santo que está en nosotros. Nosotros mismos estaremos entristecidos, a menos que estemos en un grave estado de extravío, perdiendo toda comunión con el Señor. Si hemos caído, la tristeza es bien necesaria. Y «la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de la cual no hay que arrepentirse» (2 Cor. 7:10).

¿Es necesario recordar que, nuestras faltas, tan humillantes como sean, no llevan el Espíritu Santo a retirarse de nosotros? El pasaje que tenemos ante nosotros, diciéndonos al mismo tiempo que el Espíritu Santo está entristecido por nuestras faltas, nos recuerda que es la marca indeleble que Dios puso sobre nosotros para nuestra liberación final, para este día glorioso donde no habrá más faltas.

7.7 - Estad llenos del Espíritu

Las exhortaciones prácticas generales de los capítulos 4 y 5 se concluyen por esta: «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay desenfreno; sino sed llenos del Espíritu» (5:18). El contraste es sorprendente. Si el vino puede gobernar el comportamiento de un hombre y ponerlo fuera de sí mismo, a su vergüenza, el creyente debe cultivar otra fuente de pensamientos y acciones, de origen divino, y que lleva una huella de sabiduría y de sensatez. Vale la pena observar la relación entre este versículo y los que preceden. La acción del Espíritu Santo va de par con la inteligencia espiritual que lleva el creyente a comprender cuál es la voluntad del Señor.

7.8 - La Palabra de Dios, la espada del Espíritu

El capítulo 6 nos compromete a revestir de la armadura completa de Dios, con el fin de poder estar firmes contra las asechanzas del diablo. Después de habernos indicado cuáles son las partes de esta armadura que sirven para protegernos –coraza, escudo, yelmo– el apóstol nos dice: «Tomad… la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (v. 17). El Espíritu que mora en nosotros nunca nos conduce a utilizar armas carnales, como la violencia, la astucia, la habilidad o el razonamiento. No, «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destruir fortalezas, derribando razonamientos y todo lo que se levanta contra el conocimiento de Dios» (2 Cor. 10:4-5). Evitemos cuidadosamente utilizar las mismas armas que los enemigos de Cristo, y utilicemos esta espada del Espíritu con fe y simplicidad. La Palabra de Dios tiene en ella su propio poder. Citada con discernimiento y oportunamente, producirá sus resultados en los corazones

7.9 - La oración en el Espíritu

El apóstol añade: «Orando en el Espíritu mediante toda oración y petición, en todo momento, y velando para ello con toda perseverancia» (6:18). Ningún pasaje de la Escritura nos compromete a dirigir una oración al Espíritu Santo. Por el contrario, el Espíritu nos ayuda a discernir nuestras necesidades, o las necesidades de los que nos rodean, y a expresarlas en nuestras oraciones a Dios o al Señor Jesús. Si se trata de la oración en asamblea, es necesario que sea «con el espíritu» y «con el entendimiento» (1 Cor. 14:15), para que los que escuchan puedan comprender lo que se dice y añadir su «amén». Si se trata de la oración en el particular, la gracia de Dios viene delante de nuestra más extrema debilidad; el Espíritu nos ayuda, aunque no sepamos pedir como conviene (Rom. 8:26-27).

Judas habla también de la oración en el Espíritu Santo (v. 20), y la Epístola a los Filipenses, de rendir culto en espíritu a Dios (3:3).

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2006, página 193