Un peligro que debe ser evitado


person Autor: Frank Binford HOLE 63

flag Tema: Los peligros de la vida cristiana


(Extraído de la revista «Scripture Truth» Vol. 38, 1953-5, página 193.)

La formación de la Iglesia de Dios está registrada en Hechos 2. El poder que caracterizó sus tempranos días, aunque desde el principio fue en el lugar de rechazo por parte del mundo, está registrado en Hechos 3 y 4. Luego, en Hechos 5 tenemos registrado el primer mal que se manifestó en medio de ella. Este fue el pecado de pretensión; fingir, como si se poseyera, un nivel más elevado de espiritualidad y consagración de los que realmente se tenía.

Muchos estaban vendiendo sus posesiones y consagrando el producto de estas ventas al Señor. Ananías y Safira vendieron las suyas, y presentaron una parte del producto de la venta como si fuera el total. Ananías puso en práctica la mentira. Safira la dijo. Ellos deseaban adquirir una reputación de ser más propensos a lo celestial de lo que eran. La pretensión de una condición espiritual más elevada fue el primer pecado registrado entonces en la historia de la Iglesia. También será el último, tal como nosotros veremos.

Este pecado de pretensión comenzó con individuos, y es un peligro que amenaza a cada cristiano individualmente; esto es hecho muy claro en las Epístolas. Citamos unos pocos pasajes en apoyo de esta afirmación.

«Porque digo, por la gracia que me fue dada, a cada uno de los que están entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense con cordura, según la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno» (Rom. 12:3).

«Si alguien piensa saber algo, no conoce nada todavía como conviene conocerlo» (1 Cor. 8:2).

«Por tanto, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:12).

«Si alguno piensa ser profeta o espiritual…» (1 Cor. 14:37).

«Porque si alguno piensa ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo» (Gál. 6:3).

Aquellos eran días, cuando efectivamente hubo hombres que conocían las cosas de Dios, si es que alguien alguna vez las conoció. Hubo quienes estuvieron firmes, quienes fueron profetas y espirituales, y por consiguiente fueron algo en la manera divina de reconocimiento, pero estos solo eran los que se ocupaban felizmente con Cristo y su servicio, y no se ocupaban pensando en ellos mismos. Los que estuvieron pensando, y haciendo demandas para ellos mismos, basadas en ese pensar, fueron mayormente pretenciosos. Esto lo indica el lenguaje del apóstol. En dos ejemplos, arriba citados, él dice claramente, «no sabe nada», «no siendo nada»; en los otros ejemplos él infiere claramente que los pretenciosos no eran, en absoluto, todo lo que ellos pensaban ser.

Pero la ejemplificación más sorprendente del punto que estamos considerando se halla en los mensajes del Señor a las siete iglesias de Asia, registrados en Apocalipsis 2 y 3. En seis de siete mensajes se alude a este pecado de pretensión.

A Éfeso él habla de «los que se dicen ser apóstoles, y no lo son…» (Apoc. 2:2). Él los caracteriza de «mentirosos».

A Esmirna: «los que se dicen ser judíos y no lo son, sino sinagoga de Satanás» (Apoc.2:9).

A Tiatira: «a esa mujer Jezabel, que se dice profetisa; ella enseña y seduce a mis siervos» (Apoc. 2:20).

A Sardis: «tienes nombre de que vives, y estás muerto» (Apoc. 3:1).

A Filadelfia: «de la sinagoga de Satanás, de los que dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten» (Apoc. 3:9).

A Laodicea: «Porque dices: ¡Soy rico, me he enriquecido, y de nada tengo necesidad! Y no sabes que tú eres el desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apoc. 3:17).

Noten varias cosas en estas escrituras.

Ante todo, los pretenciosos son aquí grupos más bien que individuos. Se trata de «los» que dicen. Jezabel es una mujer representativa de un conjunto de individuos, más que de una mujer individual. A Sardis y Laodicea se les habla de «», pero esto se le dice al «ángel», ¡quien representa la iglesia!, de modo que ello indica virtualmente la iglesia completa, con la excepción de un pequeño remanente.

Luego se menciona aquí: «dices», y no meramente “piensas”. El mal se había intensificado desde la época de las epístolas de Pablo. Había llegado la hora en que estas pretensiones no solo estaban en las mentes de los hombres, sino que eran dichas audazmente para que todos las oyeran.

Además, considerando estos mensajes a las iglesias como proféticos, parece que el mal se profundiza a medida que la historia avanza.

Éfeso tenía problemas con un pequeño grupo de hombres que alegaban tener el título de apóstoles. Probablemente esta era una pretensión para engañar cuando muchos de los verdaderos apóstoles habían sido quitados mediante el martirio, y el canon de la Escritura casi no estaba completo. No obstante, la misma demanda peligrosa ha surgido en nuestros días a favor de hombres que son considerados como “espirituales” y cuyos discursos en reuniones apropiadamente convocadas han de ser, por tanto, aceptados como casi, si no enteramente, con tanta autoridad que la Escritura.

En la época de Esmirna hubo problemas y amarga oposición de una cierta camarilla, quienes reclamaban un lugar análogo al de los judíos. Ellos eran verdaderamente una «sinagoga», pero era de Satanás. Eran religiosos y ritualistas sin la realidad.

Hay un rebajamiento extraño con Tiatira. Jezabel se llamaba a sí misma una profetisa, y ella indica, nosotros creemos, la jerarquía romana, que demanda el derecho exclusivo de interpretación de las Escrituras, y así, de expresar el pensamiento de Dios. Jezabel es tolerada. La pretenciosa está aquí completamente dentro de la iglesia y tiene poder.

Sardis surge fuera de este estado de cosas. El protestantismo, –utilizando la palabra en el sentido más amplio– tiene un exterior mucho más respetable y ha establecido para sí mismo una cierta reputación, o «nombre». Con todo se le declara muerto. Este movimiento suscitado por Dios pronto se vinculó con poderes y políticas terrenales, de modo que su vida misma fue socavada por guerras, así como en contenciones internas. Ya no es la pretensión de un grupo, sino que la iglesia completa está acusada, aunque quedan unas pocas cosas que aún no están muertas.

En Filadelfia obtenemos un pequeño vislumbre del resplandor y de la realidad que caracterizó a la Iglesia en el principio. Una vez más la pretensión es confinada a unos cuantos fuera de su recinto más bien que dentro de él. Los religiosos, que aman demandar un lugar en la tierra, aparecen nuevamente.

En Laodicea alcanzamos el triste apogeo. ¡La iglesia entera está infectada, como en el caso de Sardis, pero allí solo era una afirmación de estar viva mientras que aquí la iglesia afirma, de hecho, ser un dechado de perfección! La afirmación termina, «de nada tengo necesidad» (Apoc. 3:17). ¿Podría la pretensión ir más lejos? ¿Y podía ser la condenación del Señor más severa?

Noten una cosa más. En cada caso el Señor, quien escudriña las iglesias con ojos como llama de fuego, desaprueba las afirmaciones, y eso en el lenguaje más incisivo. En ninguno de los casos hay la más mínima base, de hecho, para lo que ellos reclaman. Muy por el contrario. «Mentirosos» (Apoc. 2:2); «sinagoga de Satanás» (Apoc. 2:9); «estás muerto» (Apoc. 3:1); «desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apoc. 3:17); son algunos de los términos que él utiliza.

Ahora bien, todo esto tiene una voz muy nítida para nosotros. Nosotros vivimos en una época que está tomando más y más el carácter de Laodicea. Y más que esto, ¡es lamentable! muchos de nosotros, que nos hemos propuesto andar en la verdad, y tener nuestra vida eclesiástica de acuerdo con el orden establecido en las epístolas de Pablo, estamos conscientes de qué manera este espíritu de pretensión ha sido exhibido en tales círculos, y de qué forma nosotros mismos podemos haber sido infectados por él.

Examinando a través de los años pasados, hemos oído las afirmaciones de ser “el espiritual”, o de ser “una nueva masa”, o, “los trescientos de Gedeón”. O, de poseer “la nueva luz”, o “la verdad necesitada”, o de estar “llevando el arca del testimonio” o de estar “representando a Dios”.

Es un hecho, gracias sean dadas a Dios, de que existen hoy santos que piensan espiritualmente, que, en su medida, están por Dios, llevando su testimonio y ministrando la necesitada verdad. Él los conoce a todos, y la aprobación secreta de ellos está con él, así como también el reconocimiento público de ellos en el día venidero, como lo muestra Apocalipsis 3:9. Pero cuidémonos de tratar de etiquetarlos, no sea que caigamos así en la necedad de etiquetarnos nosotros. Nunca olvidemos que afirmar ser, o tener, estas cosas, es una prueba cierta de que no somos o no tenemos nada parecido.

¿Qué conviene entonces en la época laodicense?

Solamente lo que se indica en estos versículos (Apoc. 3:14-22). En primer lugar, reconocer al Señor como él se presenta a sí mismo a nosotros aquí. Él es el «Amén»; aquel en quien se halla la consumación y la perfecta respuesta a todos los propósitos de Dios. Él es «el testigo fiel y verdadero», que se presenta como la representación completa y plena de todo lo que Dios es, cuando la Iglesia ha fracasado en su testimonio. Él es «el principio de la creación de Dios», pues en él, resucitado de entre los muertos, Dios ha hecho un nuevo comienzo. Él, y no la Iglesia, es el fundamento de todo. Queda demolida así toda pretensión humana.

En segundo lugar, que aceptemos el castigo del que se habla en el versículo 19, y que con celo en nuestros corazones –lo contrario de la tibieza– nos arrepintamos. Ahora bien, el arrepentimiento opera una salvación tal de las cosas de las que nos arrepentimos mientras este sea permanente, tal como 2 Corintios 7:10 indica.

En tercer lugar, que al oírle a él llamando a la puerta de nuestros corazones, nosotros abramos esa puerta de par en par, para que él pueda entrar. Entonces se establecerá una comunión de la clase más dulce y celestial. Él se acomodará a nuestra mesa para poder conocer nuestras cosas, y nos alzará a su mesa para que nosotros podamos entrar en sus cosas y disfrutarlas.

Si en cualquier medida esta experiencia es nuestra, no solamente hallaremos las cosas de la tierra entenebreciéndose extrañamente, sino que nuestros propios “egos”, en nuestra vanidad natural, desaparecerán, en la luz de su gloria y gracia.

Es evidentemente posible gozar una comunión semejante con nuestro resucitado Señor incluso en los últimos días de la historia de la Iglesia. En la medida que lo hagamos, nosotros nos caracterizaremos por el espíritu arrepentido y por la abstinencia de ese ocuparse de sí mismo que conduce a afirmaciones pretensiosas.


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