Índice general
Sin conciencia de pecado
Autor: The Christian's Friend 15
Temas: El nuevo nacimiento: la fe, el arrepentimiento, la paz con Dios La paz: El Dios de paz, la paz interior del creyente, la paz entre los creyentes
1 - La presencia de Dios requiere una buena conciencia
1.1 - El peso de la culpabilidad
El objetivo de la redención es acercarnos a Dios. Jesús, nuestro redentor, sufrió «[el] justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe. 3:18), pero, aun así, nos sería imposible ser felices si siguiéramos sintiendo que Dios está en contra nuestra. Solo puede haber felicidad si tengo la certeza de que no tengo ningún pecado ante él. La presencia de Dios sería terrible si la conciencia no fuera perfectamente pura; el sentimiento de culpa nos hace infelices cuando cualquier cuestión de pecado está en nuestra contra. Lo vemos en el caso de un siervo con su amo, o de un hijo con su padre: la conciencia es infeliz cuando siente que lleva algo que debe ser juzgado.
1.2 - El creyente está purificado una vez para siempre
Para saborear la felicidad en presencia de Dios, hay que sentir Su favor, saber que estamos llevados de vuelta a él plenamente de modo que él nos vea sin pecado, y estar perfectamente seguros de que el adorador, “una vez purificado, ya no tiene ninguna conciencia de pecados”. El estado normal del creyente es tener una conciencia purificada de una vez por todas, y no tener ya ninguna «conciencia de pecado», lo que le da «plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo» (Hebr. 10:2, 19).
1.3 - El Espíritu da testimonio de ello
Dios nos habla según la valoración que tiene de nuestra posición, y no según la experiencia de nuestro corazón. Hay una diversidad de acciones del Espíritu de Dios al llevarme a Jesús, dándome testimonio del amor de Dios, del que Jesús era la manifestación, de la eficacia de lo que Cristo ha cumplido, y de su acción en mi alma para producir en mí el amor de Dios. Lo que se produce en mi alma es mi experiencia, pero lo que me da paz es su testimonio de la obra de Jesús. El cristiano que duda del amor del Padre por él y que busca la paz en lo que ocurre en su propio corazón, duda de la verdad de Dios.
El Evangelio es la revelación que Dios ha dado de sí mismo; presenta el amor de Dios por nosotros y lo que hay en su corazón. Puedo creer la declaración de lo que hay en el corazón de Dios, pero lo que pienso de mí mismo no es creíble.
2 - El momento de Dios
2.1 - El tiempo oportuno: aquel del fin de la prueba del hombre
El apóstol habla de un tiempo oportuno: «Porque Cristo, cuando aún estábamos sin fuerzas, a su tiempo murió por los impíos» (Rom. 5:6). Casi siempre es cierto que tenemos que pasar por un terrible proceso de quebrantamiento del corazón, para llevarnos a la certeza de que somos pecadores perdidos y arruinados; pero el Evangelio comienza al final de la prueba del corazón del hombre por parte de Dios, y nos llama para que tengamos gozo y paz al experimentar lo que hay en Su corazón. «Dios demuestra su amor hacia nosotros en que, siendo aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:8).
Cuando el hombre estaba abandonado a sí mismo antes del diluvio, sometido a la Ley en Canaán, sometido, de hecho, a todas las pruebas de su naturaleza y sus tendencias hasta la muerte del Señor Jesucristo, era Dios quien lo ponía a prueba.
2.2 - La última prueba: el envío del Hijo amado
Cuando Adán fue expulsado del paraíso después de transgredir el mandamiento de Dios, se podría haber pensado que el juicio habría sido suficiente; pero su primogénito se convirtió en un asesino. Se podría haber supuesto que el diluvio, que barrió a los obreros de iniquidad, habría reprimido, al menos por un tiempo, mediante el terror del juicio, la explosión de los pecados; pero inmediatamente después, vemos que Noé se emborrachó y que Cam deshonró a su padre. El fuego devorador del Sinaí, que hizo temblar incluso a Moisés, parecía suficiente para someter el corazón rebelde y doblegarlo bajo la mano de Dios; pero el becerro de oro fue la terrible prueba de que el corazón del hombre era «engañoso… más que todas las cosas, y perverso» (Jer. 17:9). Y, en Canaán, una parte del mundo, Israel, fue sometido a duras pruebas para educarlo, pero de nada sirvió. Un árbol malo que da frutos malos era la única imagen que Dios podía tomar para representar a Israel (vean Is. 5). El labrador, Dios, podía cavar y echar abono, pero a pesar de todos esos esfuerzos, Israel solo podía producir frutos malos. Finalmente, él dijo: «Enviaré a mi amado hijo, quizá lo respeten» (Lucas 20:13); pero el hombre (Israel) prefirió unirse al mundo y crucificó a Jesús. Mirando a su cruz, Jesús dijo: «Ahora es el juicio de este mundo» (Juan 12:31). El hombre puede desafiar el juicio de Dios, pero llegará el día en que Dios lo resolverá; un día, todos se postrarán ante el nombre de Jesús.
2.3 - El velo rasgado revela el corazón de Dios
En la crucifixión de Jesús, el velo fue rasgado; el Lugar Santísimo se abrió, y lo que Dios era detrás del velo quedó entonces revelado en toda su plenitud. Cuando la gracia me muestra esto, me lleno de confianza. Veo a un Dios santo, que exige santidad, es cierto; pero la paz de Dios reside en saber lo que él es para nosotros, y no lo que nosotros somos para él. Él conoce todo el mal que hay en nuestros corazones. Nada puede ser peor que el rechazo a Jesús, que manifiesta el odio del hombre y el amor de Dios en toda su plenitud. El miserable soldado que, cobardemente, pensó que podía insultar impunemente a Aquel que era humilde y manso, le traspasó el costado con una lanza y, tras ese acto vergonzoso, de él brotaron sangre y agua que podían purificar incluso a un hombre como él. Aquí se reveló el corazón de Dios, y lo que él es para el pecador. Ahí está nuestra salvación.
La muerte y el juicio me enseñan la redención. Dios juzgó el pecado y lo quitó sacrificando a su Hijo amado. El pecado debía ser castigado, Jesús llevó la condenación; ese castigo rasgó el velo y mostró lo que Dios es realmente, manifestando su santidad y quitando el pecado que su santidad juzgaba.
3 - La obra de la conciencia
3.1 - Saber que los pecados son borrados por la eficacia de la sangre
El pecador mancillado y tembloroso necesita la certeza perfecta del amor de Dios y la purificación perfecta de la conciencia. «Por la gracia de Dios, [Cristo] gustase la muerte por todos» (Hebr. 2:9). En Jesús, la muerte es la consecuencia de la gracia. «Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura» (Jueces 14:14). Todo pecado es borrado por Jesús.
La fe se basa siempre en la estima que Dios tiene de la sangre de Jesús, tal como él la ha revelado en su Palabra; la fe no se fundamenta en ninguna experiencia. Aquello en lo que se basa la fe se confunde a menudo con lo que produce. La fe se basa en la estima que Dios tiene de la sangre de Jesús. Cuando el Cordero pascual fue sacrificado, Jehová dijo: «Veré la sangre y pasaré de vosotros» (Éx. 12:13). Si hubiéramos estado en una casa marcada con sangre en el marco de la puerta, ¿habríamos dudado de que él pasaría por encima?
3.2 - La conciencia purificada, conocida por la fe
Para una verdadera comunión, la conciencia debe estar purificada y, en consecuencia, el alma debe estar en paz: no puede haber comunión si el alma no está en paz. «Con una sola ofrenda perfeccionó para siempre a los santificados». Jesús dijo: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad». «Por esta voluntad hemos sido santificados, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo [hecha] una vez por todas» (Hebr. 10:14, 9-10). Era el beneplácito de Dios hacerlo; y la obra está hecha para traer nuestras almas de vuelta a él.
Jesús dijo: «Cumplido está» (Juan 19:30); pero hay que tener conocimiento de ello para que pueda comenzar la obra del alma. Alguien podría estar dispuesto a pagar vuestras deudas, e incluso podría haberlas pagado; pero si ustedes no lo saben, serán tan miserable como antes. No estamos llamados a creer en una promesa que dice que Jesús vendría a morir y resucitar.
La obra de Jesús está hecha –«Se sentó a la diestra de la Majestad» «habiendo hecho la purificación de los pecados» (Hebr. 1:3)–; pero eso no basta, debo saber que la obra está hecha, por eso envió al Espíritu Santo para dar testimonio de que Dios estaba satisfecho. Ya no se acuerda de mis pecados. Conociendo perfectamente su culpa y su cantidad, todos los ha purificados; pues «con una sola ofrenda perfeccionó para siempre a los que son santificados (Hebr. 10:14). Y el Espíritu Santo también nos da testimonio de ello. La fe se basa en esto: «Aquel que ha recibido su testimonio ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz» (Juan 3:33). La fe es siempre una certeza divina. Es sobre esta base que entramos en los lugares santos.
Si alguien me pidiera una prueba del amor de Dios, no podría dar más de lo que Dios ha dado: a su Hijo. Ninguna otra prueba sería tan grande. Pero ¿acaso mi pecado no puede afectarle? No, «la sangre de Jasús… nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7); Dios lo sabe todo, y ha provisto para ello.
4 - El descanso del alma
4.1 - El alma encuentra el descanso en el descanso de Dios
Dios ha encontrado su descanso en Jesús; nuestra paz y nuestro gozo dependen de saber esto. Si se necesitara algo más, no podría ser Su descanso; Dios no busca nada más si está en descanso. Nadie podría haberse ofrecido así. Dios miró desde lo alto de los cielos para ver si alguien tenía inteligencia y buscaba a Dios; todos se habían apartado, no había justo, no, ni siquiera uno. Pero Dios dio testimonio de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mat. 3:17). Dios está satisfecho en Cristo; Dios descansa en su Hijo, no solo en su vida, aunque fuera santa y agradable a Dios, sino en su obra en la cruz. Jesús dijo: «Si el grano de trigo cayendo en tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24). Y eso responde a nuestra necesidad. Cuando muestra su gloria a los ángeles, indica lo que ha sido cumplido por el Hombre. Dios ha sido glorificado en el Hombre, el último Adán, así como había sido deshonrado en el hombre, el primer Adán. Cristo ha revertido todo eso. «Ahora, es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Juan 13:31), y Dios lo reconoce glorificándolo inmediatamente. La justicia no se encuentra en el mundo, pero se encuentran sus frutos; la justicia misma se encuentra únicamente en Cristo.
NdT: Descanso y paz son sinónimos.
4.2 - Dios lo ha dado todo, en Jesús
Dios no da con parquedad. ¡Satanás, al tentar a Eva, insinuó eso con el fruto prohibido! Dios ha dado a su Hijo; descansa en él. El pecador también descansa en él. ¿Qué puede hacer el hombre por mí? Nada. Si acudiera a él para que me librara de la muerte, ¿podría ayudarme? Solo podría darme esas cosas perecederas que no harían más que magnificar el triunfo de la muerte y adornar la tumba; su poder se detiene ahí.
4.3 - Dios ha encontrado su descanso en Jesús
En Jesús, Dios ha encontrado su descanso. Es también el nuestro; lo sabemos gracias al testimonio de la verdad de Dios. ¿Han encontrado el descanso, en el descanso de Dios? Si no lo han encontrado, no digan que Dios no ha encontrado su descanso en Jesús. Si miran en sus propios corazones, nunca lo encontrarán allí; solo está en Jesús. Jesús dijo: «Venid a mí… y yo os daré descanso» (Mat. 11:28). ¡Ojalá todos conocieran el descanso perfecto que hay en él!