Índice general
El profeta Isaías y su libro
Capítulos 52:13 al 53
Autor: Ernst August BREMICKER 24
1 - Introducción
1.1 - El profeta y el libro de Isaías
Al profeta Isaías se le conoce, con razón, como “el evangelista del Antiguo Testamento”. Su libro contiene declaraciones que más bien habríamos esperado encontrar en el Nuevo Testamento, como en el capítulo 43 (v. 1): «No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú». En este libro, Dios se denomina en varias ocasiones «Salvador» y «Redentor». Sin embargo, la profecía de Isaías se refiere claramente, en primer lugar, a Israel y a los pueblos vecinos.
Este libro se puede dividir fácilmente en 3 grandes partes:
- Capítulos 1 al 35: profecías sobre el futuro de Israel y el juicio sobre las naciones.
- Capítulos 36 al 39: detalles históricos, con significado profético, extraídos de la vida del rey Ezequías.
- Capítulos 40 al 66: liberación, redención y restauración del pueblo de Israel por parte del Mesías. Es precisamente la tercera parte del libro la que menciona en varias ocasiones las palabras «redención» y, sobre todo, «redentor». El hecho de que Dios redimirá algún día a su pueblo de Israel no debe separarse de la Persona que lo redimirá. Porque sin «Redentor» no hay redención. Esto nos lleva directamente a un punto central del libro de Isaías. En él llegamos a conocer algo de la gloria redentora del Señor Jesús como en prácticamente ningún otro profeta del Antiguo Testamento. No solo rescatará algún día a su pueblo, Israel, para esta tierra, sino que también nos ha rescatado para el cielo. Pablo escribe al respecto: «… en quien tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia» (Efe. 1:7).
1.2 - Los sufrimientos y las glorias del siervo del Señor
Pedro escribe que los profetas del Antiguo Testamento, por el Espíritu de Cristo, dieron «testimonio de antemano de los padecimientos de Cristo y de las glorias que los seguirían» (1 Pe. 1:11). El Señor Jesús explica en todas las Escrituras del Antiguo Testamento a los 2 discípulos que se dirigían a Emaús «las cosas que a él se refieren». Les dice que Cristo debía sufrir primero y luego entrar en su gloria (Lucas 24:25-27).
El profeta Isaías también forma parte de esas Escrituras del Antiguo Testamento. Habla en varias ocasiones del «siervo de Jehová», de sus sufrimientos, pero también de la gloria que vendría después. Esto se cumplió en la persona de nuestro Señor. Él fue el verdadero Siervo de Dios, que vino a servir y a dar su vida en rescate (Marcos 10:45). Pasó por sufrimientos indecibles para entrar en la gloria.
La tercera parte del profeta Isaías contiene 4 grandes profecías relacionadas con el Siervo de Jehová:
- capítulo 42:1-9: el siervo elegido de Jehová,
- capítulo 49:1-6: el siervo rechazado de Jehová,
- capítulo 50:4-9: el siervo dependiente de Jehová y obediente,
- capítulos 52:13 al 53:12: el siervo que actúa con sabiduría y sufre por parte de Jehová.
Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo hablan en varias ocasiones del Señor Jesús como siervo de Dios. En Éxodo 21 se menciona al siervo hebreo que dice: «Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre» (Éx. 21:5). Esto muestra claramente que el Señor Jesús entregó su vida por amor a su Dios, a su Iglesia y a cada uno de sus redimidos. En el Nuevo Testamento, todo un evangelio –el de Marcos– está dedicado a este tema; y en las Epístolas, Pablo recuerda que el Señor Jesús, quien era sublime y exaltado, tomó, sin embargo, «la forma de siervo» (Fil. 2:7). Esto no significa que el Señor Jesús solo se pareciera exteriormente a un siervo. La palabra griega “forma” muestra claramente en este pasaje que la humillación del Señor Jesús fue tal que se convirtió en siervo en su naturaleza. ¡Y así permanecerá eternamente!
Isaías 53 –que comienza en el versículo 13 del capítulo 52– habla en una profecía conmovedora de este siervo de Jehová, de sus sufrimientos y también de su gloria. En su sentido estricto, este capítulo se refiere a Israel y a las naciones. Sin embargo, en su aplicación, los creyentes de la era de la gracia están claramente incluidos. A este respecto, no olvidemos que la bendición cristiana supera a la bendición de Israel. A diferencia del pueblo terrenal de Dios, nosotros poseemos la vida eterna y una esperanza celestial.
Es bueno que cada uno de nosotros se ocupe mucho de los sufrimientos y de la gloria de nuestro Salvador. Este tema es muy importante para Dios, y habla de ello ampliamente en la Biblia. Por eso, no lo descuidemos. Al igual que les sucedió a los discípulos de Emaús (Lucas 24:32), nuestros corazones deberían empezar a «arder» cuando el Señor nos está presentado como el siervo sufriente. Entonces daremos gracias a nuestro Señor por sus sufrimientos y por su muerte, le alabaremos y le adoraremos. Además, el hecho de ocuparnos de Él influirá en nuestra mente y en nuestro comportamiento.
Cuando consideramos este tema tan elevado, somos conscientes de que nos encontramos en terreno sagrado y de que –en sentido figurado– conviene quitarnos las sandalias de los pies (Éx. 3:5; Josué 5:15). Al igual que los hijos de Israel a orillas del Jordán (Josué 3:4), nos mantenemos a distancia de lo que ocurrió en el Gólgota. Hay muchas cosas que superan nuestro entendimiento.
1.3 - Un diálogo
Observemos que, en este capítulo, el Siervo no dice nada. Son otras personas las que hablan de él y se dirigen a él: en primer lugar, Dios mismo; y luego, el profeta Isaías, que se erige en portavoz del Remanente de Israel. Estos creyentes se refieren retrospectivamente al tiempo en que, como pueblo, rechazaron y crucificaron al Siervo de Dios. No reconocieron a Aquel a quien Dios les había enviado. Son semejantes a los labradores de la viña que mataron al Hijo amado (Marcos 12:6-7). Pero ahora lo reconocen como Aquel que era en realidad. Se arrepienten de lo que le hicieron cuando vino por primera vez a su pueblo. Así se cumple lo que predijo Zacarías: «Derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito» (Zac. 12:10).
Centrémonos en las declaraciones del Remanente, para que nuestro corazón se conmueva por el Siervo de Dios sufriente. Pero, más aún, escuchemos lo que Dios mismo quiere decirnos acerca de su «santo siervo Jesús» (Hec. 4:27). Deberíamos sentirnos profundamente conmovidos al escuchar las declaraciones de Dios sobre Cristo y guardarlas en nuestro corazón.
Si leemos el capítulo ante todo desde esta perspectiva, se divide de la siguiente manera:
- capítulo 52:13-15: Dios habla,
- capítulo 53:1-6: el profeta y el Remanente hablan,
- capítulo 53:7-9: Dios responde,
- capítulo 53:10-11a: el Remanente habla,
- capítulo 53:11b-12: Dios responde.
1.4 - La división del capítulo
Pocos capítulos del Antiguo Testamento contienen tantas declaraciones profundas en un número tan reducido de versículos como el que ahora tenemos ante nosotros. El texto hebreo se basa en una estructura determinada, de modo que se ha hablado de un cántico compuesto por 5 estrofas. Cada estrofa consta de 3 versículos. Para una mejor comprensión, asignaremos a estas 5 estrofas los siguientes títulos:
- capítulo 52:13-15: La humillación y la exaltación del Siervo de Dios,
- capítulo 53:1-3: Los sufrimientos y desprecio del Siervo de Dios,
- capítulo 53:4-6: La concienciación, arrepentimiento y conversión del pueblo,
- capítulo 53:7-9: El perfecto Cordero de Dios,
- capítulo 53:10-12: El fruto del trabajo de su alma.
2 - Estrofa 1
2.1 - La humillación y la exaltación del Siervo de Dios
«He aquí que mi Siervo será prosperado, será engrandecido y exaltado, y será puesto muy en alto. Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres, así asombrará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído» (Is. 52:13-15).
La primera estrofa describe el verdadero carácter del Siervo de Dios, que actúa con sabiduría. Este pasaje abarca un amplio ámbito: desde la grandeza y la majestad del Siervo hasta su profunda humillación y su glorificación.
2.2 - Un siervo sabio
Dios comienza con estas palabras: «He aquí… mi Siervo». Dirige toda nuestra atención hacia el Señor Jesús. El Nuevo Testamento nos invita a fijar «los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe, quien, por el gozo puesto delante de él, soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra de Dios» (Hebr. 12:2). Mantengamos la mirada fija en él, en su vida, su muerte y su gloria.
El Siervo del que aquí se habla no es un siervo cualquiera. Dios lo llama «mi Siervo». Es cierto que los hombres eran los beneficiarios de su servicio, pero el servicio en sí mismo siempre se hace para su Dios. Así, el Señor Jesús no servía como muchos esclavos que simplemente hacían lo que su amo les exigía sin saber por qué (comp. con Lucas 7:8). No, él era el Siervo de Dios, que actuaba siempre con profundo discernimiento.
- Por un lado, conocía los pensamientos y los designios de Dios. Había venido para cumplir el consejo de Dios. Su obediencia se caracterizaba por el amor y el discernimiento. En Isaías 11:2 leemos: «El Espíritu de Jehová reposará sobre él: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová». El Señor Jesús poseía en todo momento pleno conocimiento de la voluntad de Dios y actuaba siempre en plena armonía con dicha voluntad. Él dijo: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió, y acabar su obra» (Juan 4:34).
- Por otro lado, admiramos su sabiduría en sus relaciones con los hombres. Siempre sabía dar a cada uno lo que necesitaba, de modo que quienes le rodeaban se maravillaban de su sabiduría (Marcos 6:2). Pensemos tan solo en la sabiduría con la que habló del nuevo nacimiento al teólogo (escriba) judío Nicodemo (Juan 3), mientras que habló de la adoración al Padre a una mujer pecadora (Juan 4). El sentido común humano habría hecho lo contrario.
2.3 - Exaltado, elevado y colocado en lo más alto
Antes de hablar de la humillación, Dios nos muestra la exaltación de su Siervo. Jesucristo, que fue despreciado y humillado, pronto será exaltado ante todos los hombres. Cuando se manifieste en poder y gloria, todos lo confesarán como Señor (Fil. 2:10-11; Apoc. 19:16). Este parece ser el primer significado de este pasaje.
Sin embargo, esta declaración también puede hacernos pensar en la exaltación que siguió inmediatamente a su humillación. El Señor Jesús también abordó este tema: «Pero, el mayor entre vosotros, será vuestro siervo. El que se exalte será humillado y el que se humille será exaltado» (Mat. 23:11-12). Él mismo cumplió la última parte de este pasaje. Era «en forma de Dios», «él mismo se despojó», tomó «la forma de siervo» y sí mismo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte en la cruz. Entonces Dios lo exaltó (Fil. 2:5-11).
Su exaltación tuvo lugar en 3 fases:
- Será exaltado: la muerte no pudo retenerlo. No vio la corrupción (Sal. 16:10), sino que Dios lo resucitó de entre los muertos. Así fue «exaltado» fuera de la tumba.
- Será elevado: Dios no solo resucitó a su Siervo, sino que también lo elevó al cielo (Hec. 1:11). El Nuevo Testamento nos describe la ascensión del Señor Jesús. Ya no está en la tierra, sino «elevado» al cielo.
- Será colocado muy alto: Dios le ha dado a Cristo el lugar más elevado en el cielo: está sentado a su diestra.
Se emplea la forma pasiva porque se trata del Siervo de Dios. Otros pasajes nos muestran claramente que el Señor Jesús resucitó por su propio poder (Rom. 1:4), que él mismo regresó al cielo (1 Pe. 3:22) y que se ha sentado él mismo a la diestra de Dios (Marcos 16:19). Esto lo hizo él mismo como Hijo de Dios. Pero aquí es Dios quien actúa: Él se ha encargado de que el Señor Jesús fuera exaltado tras su humillación.
La Epístola a los Hebreos dice: «Pero vemos al que por poco tiempo fue hecho inferior a los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y honra por causa del sufrimiento de la muerte; para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos» (Hebr. 2:9). No comparte el lugar a la diestra de Dios con otros. Es el lugar que Dios le concede solo a él. Dios lo distingue solo a él con este honor. Sin embargo, cuando se trata del juicio y del gobierno en el reino, también hay otros sentados en tronos (Mat. 19:28; Apoc. 20:4).
2.4 - El asombro de los hombres
En el versículo 14, Dios se dirige directamente a su Siervo. Nos transportamos en espíritu a la época en que Jesucristo vino a la tierra en humildad y vivió aquí. Al verlo, los hombres no se alegraron, sino que se llenaron de temor. Este temor pudo deberse a diversas razones. Sin duda, como la “luz verdadera”, ponía de manifiesto las tinieblas que había en los corazones de los hombres (Juan 1:9). Les hizo comprender claramente que habían preferido las tinieblas a la luz (Juan 3:19). Su vida perfecta y su ministerio desenmascararon a los hombres. Pero aquí, Dios señala otro aspecto. Los hombres se asustaron porque el aspecto y la forma del Señor Jesús no se ajustaban a sus expectativas. Su venida en profunda pobreza y humillación no encajaba con su propia visión del Mesías. Esperaban a un rey glorioso y victorioso. En cambio, vino como el humilde Siervo y Profeta.
El Nuevo Testamento habla poco del aspecto del Señor Jesús. Vino «en semejanza de carne de pecado» (Rom. 8:3), es decir, como hombre de carne y hueso. Aunque era y es sin pecado, tenía el mismo aspecto exterior que nosotros, en quienes habita el pecado. En su forma exterior, «haciéndose semejante a los hombres» (Fil. 2:7). Por lo tanto, su apariencia no era diferente de la de los demás hombres. Juan el Bautista declaró al pueblo: «en medio de vosotros está uno a quien no conocéis» (Juan 1:26). De ello deducimos que Jesús no se distinguía exteriormente de los demás.
En pleno curso de su ministerio, la gente estimaba que aún no tenía 50 años (Juan 8:57), aunque en realidad era mucho más joven. Al parecer, su vida y su servicio habían dejado huella. Más tarde, fueron los malos tratos los que lo desfiguraron terriblemente. Pero ya durante su vida, la visión constante del pecado y de sus consecuencias le había marcado evidentemente en su aspecto exterior. Cuántas veces suspiró y se turbó interiormente. Por último, los sufrimientos a manos de los hombres dejaron, con mayor razón aún, huellas profundas. Pensamos en los golpes recibidos en el rostro, en la corona de espinas, en la flagelación y en todo lo que le hicieron. Cuando se dirigió al Gólgota, una gran multitud le seguía y «mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él» (Lucas 23:27). Sin duda, ellas también se sintieron aterrorizadas. ¡Cómo debía de estar el Salvador!
2.5 - La gloria tras los sufrimientos
El contraste entre los versículos 14 y 15 no podría ser mayor. Cuando Jesús estaba en la tierra como hombre humillado, la gente se quedaba atónita al verlo. Cuando vuelva como «Rey de reyes» y «Señor de señores», muchas naciones se estremecerán de asombro y los reyes callarán. No solo su pueblo, Israel, lo reconocerá, sino que «muchas naciones» se maravillarán de su gloria y los «reyes» se quedarán mudos de temor.
Ese asombro se convertirá en pavor. No son solo el «pueblo de Israel» quienes crucificaron al Señor Jesús, sino también las naciones (Hec. 4:27). Por eso, los del pueblo de Israel no serán los únicos que se aterrorizarán al ver a Aquel a quien traspasaron (Zac. 12:10; Apoc. 1:7). También los soberanos de las naciones cerrarán la boca al verlo. «Entonces las naciones temerán el nombre de Jehová, y todos los reyes de la tierra tu gloria» (Sal. 102:15). Entonces se cumplirá otra Palabra de Dios a través de Isaías: «Así dice Jehová, el Redentor de Israel, su Santo, al despreciado por los hombres, al aborrecido por las naciones, al siervo de los que dominan: Los reyes lo verán y se levantarán; los príncipes se postrarán, por causa de Jehová, que es fiel, del Santo de Israel, que te elegirá» (Is. 49:7).
Se trata aquí de los hombres de las naciones que, en el juicio de los vivos, no serán condenados, sino que entrarán en el reino (Mat. 25:31-40). Verán lo que no se les había contado y contemplarán lo que no habían oído. La historia de la reina de Saba, que vino a ver a Salomón, es un ejemplo de ello. Salomón evoca al Señor Jesús en su futuro reinado como rey de paz. La reina de Saba representa a las naciones que acudirán a Jerusalén para ver a Cristo y su gloria. Ella dice: «Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; pero yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad; es mayor tu sabiduría y bien, que la fama que yo había oído» (1 Reyes 10:6-7). Tal será la reacción de las naciones cuando vean al verdadero Salomón en su gloria.
Pablo cita este versículo de Isaías 52 en Romanos 15:21; lo aplica a nosotros, que tampoco nos habíamos interesado por Cristo y que, sin embargo, ahora lo conocemos a través del Evangelio. Como hombres de las naciones, no habíamos visto ni oído nada de él. Ahora lo conocemos. Oímos hablar de él. Lo vemos con los ojos de nuestro corazón. ¿Llena también nuestros corazones de asombro y admiración?
3 - Estrofa 2
3.1 - Los sufrimientos y el desprecio hacia el Siervo de Dios
«¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Is. 53:1-3).
La segunda estrofa comienza con una pregunta del profeta. A continuación, encontramos la primera parte de la respuesta dada por el Remanente de Israel. Se trata del Mesías que Dios entregó a su pueblo y que este no ha querido. Ha sido despreciado y abandonado.
3.2 - El mensaje de Dios y el brazo de Jehová
El Remanente recuerda cómo les habló Dios en otro tiempo, cuando el Siervo de Dios vino por primera vez a la tierra. «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?» no significa que los judíos anunciaran algo, sino que se trata del mensaje que recibieron. También se podría decir: “¿Quién creyó la noticia que nos concernía?” Dios habló a su pueblo en Jesús. El Señor Jesús vino a los suyos, pero nadie le escuchó (Juan 1:11). El pueblo de Israel se encontraba en gran parte en la incredulidad y pasó por alto con indiferencia este mensaje divino. Este versículo se cita en Juan 12:38 y se refiere a la incredulidad de los judíos. Planteémonos aquí la pregunta: ¿Qué hacemos hoy con el mensaje de Dios acerca de su Hijo? El contenido del Evangelio de Dios es su Hijo (Rom. 1:1-4). ¡Sin embargo, lo que Dios nos dice sobre él no puede dejarnos indiferentes!
El «brazo de Jehová» evoca la fuerza y el poder de Dios (p. ej., Éx. 15:6; Is. 51:5, 9; 59:16). Sin embargo, no se trata solo de su poder en el juicio. En Isaías 40:10-11 leemos: «He aquí que Jehová el Señor vendrá con poder, y su brazo señoreará… Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas». Aquí vemos el poder de Dios que protege y salva a su pueblo. Así, el brazo de Dios se reveló o se manifestó en el Señor Jesús. Él vino para traer a los hombres la salvación mediante el poder divino. Dios se reveló en la Persona de su Hijo, en su muerte en la cruz y en su resurrección. Pero los hombres –especialmente los judíos– rechazaron esta revelación de Dios y su brazo extendido. No querían a su Siervo Jesús. En lugar de eso, lo crucificaron. Fue una crucifixión «en debilidad» (2 Cor. 13:4). El Señor Jesús había empleado en numerosas ocasiones, e incluso agotado, su fuerza por los demás (Lucas 6:19; Is. 49:4). Sin embargo, no hacía uso alguno del poder para sí mismo, aunque le hubiera sido posible (Mat. 26:53). Podría haber aniquilado a sus enemigos en un instante. Pero no lo hizo.
3.3 - Un Renuevo y una Raíz que brotan de una tierra árida
En el versículo 2, el Remanente reconoce quién era realmente el Mesías. Se presentó ante Dios como un Renuevo y surgió como una Raíz de una tierra árida. Exteriormente, no tenía nada de impresionante, sino que era más bien modesto. Solo un Renuevo, solo una Raíz… pero Dios se fijó en él. Lo que los hombres no discernían, Dios lo veía.
- La tierra árida nos hace pensar en el estado del pueblo de Israel cuando el Mesías vino a él. En la Biblia, la tierra es en repetidas ocasiones una imagen de Israel. Dios buscó en ella fruto, pero no lo encontró (Is. 5:2; Os. 9:16). Era un suelo árido, una «tierra árida y seca donde no hay aguas» (Sal. 63:1). Israel era un pueblo sin fuerza vital para Dios. Fue en un entorno así donde vino el Siervo para producir precisamente allí fruto para Dios.
- Un Renuevo es una ramita o un brote que empieza a crecer y que aún apenas se ve. Isaías 11:1, muestra claramente que este Renuevo no es otro que el Mesías, que nació como niño en la tierra, en el país de los judíos. Los hombres apenas se fijaron en él y no se acordaron de él, pero Dios lo conocía perfectamente. De niño, Jesús creció y, de hombre, sirvió a su Dios. A los ojos de los hombres no era más que un «Renuevo». Pero, como alguien ha señalado: para Dios nunca ha habido una flor humana más hermosa que este Renuevo.
- La Raíz también evoca al Mesías. Isaías 11:10 lo confirma; allí se dice: «La raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos». La raíz también habla de humildad y debilidad, pero al mismo tiempo de la vida que se esconde en ella. Desde fuera solo se veía el brote, pero bajo tierra se encontraba la raíz. En Apocalipsis 22:16 se habla de «la raíz y la posteridad de David». El Señor Jesús es tanto el origen (raíz) como el Hijo (descendencia) de David. Cuando nació, vino a la tierra como Hijo de Dios, aunque en tal humillación que apenas se le prestó atención.
En su Persona se encontró por primera vez en la tierra un hombre que realmente daba fruto para Dios. Todo en su vida era para la gloria y el gozo de Dios. «Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces» (Is. 11:1). Esa raíz, por muy modesta que fuera exteriormente, habla, sin embargo, al mismo tiempo, de la belleza, el frescor y el poder que se manifestaron en su vida para Dios. Dios siempre se ha complacido en él.
3.4 - Ni forma, ni esplendor, ni apariencia había en él
La humildad del Señor Jesús se describe también en la segunda parte del versículo 2. No vino con el esplendor y la gloria de un rey. No nació en la ciudad real de Jerusalén. La mayoría de la gente no prestó atención al heredero del trono de David. No era el rey reinante, sino el Siervo obediente. Nació en Belén, por lo que en Jerusalén su nacimiento pasó desapercibido al principio. Creció en Nazaret, una ciudad de la que se pensaba que no podía salir nada bueno (Juan 1:47). Se le llamaba con desdén «el Nazareno» (la palabra hebrea nétzer –de la que deriva «nazareo»– significa “renuevo” o “brote”). No era ni deseado ni bienvenido. Más bien todo lo contrario. Solo unos pocos vieron en él algo más que al hombre despreciado de Nazaret. Fueron los creyentes quienes, cada uno por su cuenta, discernieron en él la gloria de Dios (Juan 1:14; Sal. 45:2; Cant. 5:10).
3.5 - Despreciado y abandonado
En lugar de ser aceptado y aprobado, el Mesías solo encontró rechazo y desprecio. En el versículo 3, por «hombres» hay que entender, de hecho, especialmente a las figuras de alto rango del pueblo. Lo rechazaron desde el principio. Los teólogos (escribas) (Mat. 9:3; Marcos 3:22), los fariseos (Mat. 9:34; Lucas 5:21), hombres de alto rango de la justicia y del gobierno (Sal. 69:12a) y también de la política, si pensamos en Herodes y, especialmente, en Pilato (Lucas 23:11; Marcos 15:15) formaban parte de ese grupo. La gente lo llamaba «amigo de cobradores de impuestos y de pecadores» y «comilón y bebedor» (Lucas 7:34). No podrían haber expresado su desprecio de forma más contundente. El hecho de que le ocultaran el rostro pone de manifiesto todo el desprecio que le mostraban, pues tal comportamiento se consideraba entonces una grave falta de educación. El Señor Jesús fue tratado con la misma falta de tacto cuando fue invitado a la casa de Simón el fariseo. Faltaban las formas más elementales de cortesía. Sin embargo, Dios se encargó de que se le mostraran por parte de una mujer pecadora (Lucas 7:44-46). Lo mismo ocurrió en la cruz: Dios se encargó de que un malhechor diera testimonio de la inocencia de su Hijo (Lucas 23:41).
Pero no se trataba solo de los personajes de alto rango en Israel. Nosotros «no lo estimamos» incluye al pueblo en su conjunto. En Juan 8, los «judíos» le dicen: «¿No decimos con razón que tú eres samaritano y tienes demonio?» (v. 48). Cuando Pilato está a punto de condenarlo, «todo el pueblo respondiendo, dijo: ¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!» (Mat. 27:25). Por último, cuando fue crucificado, no solo estaban allí los hombres de alto rango, sino también «toda la multitud que se había reunido para presenciar este espectáculo» (Lucas 23:48).
El Señor Jesús no solo fue despreciado, sino que también fue abandonado. Desde el principio fue como un forastero solitario en un desierto. Él mismo se compara con un «pelícano del desierto», con un «búho de las soledades» y con un «gorrión solitario en un tejado» (Sal. 102:6-7); en el Salmo 142:4 dice: «Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida». Esto se aplicaba también a quienes le eran cercanos: «De todos mis enemigos soy objeto de oprobio, y de mis vecinos mucho más, y el horror de mis conocidos; los que me ven fuera huyen de mí. He sido olvidado de su corazón como un muerto; he venido a ser como un vaso quebrado» (Sal. 31:11-12). Y ni siquiera los discípulos lo comprendieron. Durante mucho tiempo estuvieron cerca de él, al menos en apariencia. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de que sus vidas estaban en peligro, huyeron (Mat. 26:56).
3.6 - El hombre de dolores, que sabe lo que es el desfallecimiento
Los dolores y el desfallecimiento caracterizaron la vida del Señor Jesús desde el pesebre hasta la cruz. No fue el hombre de dolores solo en la cruz, ya lo era de antemano. El pecado había traído mucha miseria y angustia al mundo. Estas consecuencias del pecado acompañaron a nuestro Salvador durante toda su vida y le afectaron profundamente. La angustia y la miseria de los hombres estaban constantemente presentes ante sus ojos y él sufría por ello en su alma. Cuántas veces suspiró o se estremeció en su interior (Marcos 8:12; Juan 11:33). Incluso derramó lágrimas (Juan 11:35; comp. con Sal. 42:3; 56:8). Y los hombres hicieron todo lo posible por aumentar ese sufrimiento. La queja de Jerusalén expresa sin duda también lo que el Señor sintió en su camino: «¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor» (Lam. 1:12). Pero, sin lugar a duda, los sufrimientos de la cruz fueron el punto culminante. Nunca ningún hombre ha sufrido como él en el Gólgota. Especialmente en los sufrimientos durante las 3 horas de tinieblas, fue «el hombre de dolores» como ningún otro jamás podría haberlo sido. «Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo» (Lam. 3:1).
Además, el Señor Jesús también supo lo que es el desfallecimiento. Esto significa no solo que él mismo sufrió terriblemente, sino también que conoció todos los dolores y las formas más diversas del sufrimiento humano. Pero esto no se correspondía con las expectativas de los hombres. Preferían no tener nada que ver con la tristeza y el dolor. No querían saber nada de lo que les recordara el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, el Siervo de Dios mostraba precisamente en este aspecto sentimientos especialmente profundos. Por eso no respondía a las expectativas de los hombres. Era diferente. No era una personalidad radiante, una figura brillante con grandes riquezas y vestimentas suntuosas. No era un héroe, sino precisamente lo contrario: un hombre de dolores, que sabía lo que es el desfallecimiento. Eso no encajaba en el esquema de pensamiento de los hombres. por eso preferían no verlo.
4 - Estrofa 3
4.1 - Toma de conciencia, arrepentimiento y conversión del pueblo
«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:4-6).
El Remanente sigue hablando, en retrospectiva, de lo que había hecho con el Siervo de Dios. Esos creyentes pensaban que había sido castigado por Dios. Sin embargo, ahora deben reconocer que la realidad era muy distinta. Dios sí que lo castigó; pero no porque él se lo mereciera, sino porque ellos estaban perdidos y debían ser salvados.
4.2 - Llevó los dolores y las aflicciones de los demás
Pedro escribe que Jesucristo «llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero» (1 Pe. 2:24). Esto tuvo lugar durante las 3 horas de tinieblas –y solo allí. Fue entonces cuando llevó a cabo la expiación. Allí, cargado con nuestros pecados, se sometió al juicio divino. Llevó esa carga por nosotros. A primera vista, se podría pensar que ese es el significado de las palabras del «Remanente» al principio del versículo 4: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores». Pero no es así. Esta afirmación se refiere a la vida del Señor Jesús. En aquel momento, él no era el “portador de los pecados”. Si leemos con atención, el Remanente no habla en primer lugar de los pecados, sino de las debilidades y los dolores. No se trata de los pecados, sino de sus consecuencias, que se manifiestan en la vida de un ser humano cuando sufre o cuando está débil y enfermo. Eso es lo que Jesús «llevó» y lo «llevó» durante su vida. Lo hizo de forma totalmente consciente, sabiendo que era una carga especial para él.
El Nuevo Testamento muestra claramente que esa es la explicación del versículo y que esta primera declaración del «Remanente» en el versículo 4 no se refiere a la cruz, sino a la vida del Señor Jesús. En Mateo 8:16-17 leemos: «Llegada la tarde, le trajeron muchos endemoniados; y echó fuera los demonios con una palabra; y sanó a todos los que tenían algún mal; de modo que se cumpliera lo que dijo el profeta Isaías: Él mismo tomó nuestras debilidades, y cargó con nuestras enfermedades». Esto significa que, en su vida, el Señor Jesús hizo suyas las debilidades y los dolores, las debilidades y las enfermedades de los hombres. Se identificó plenamente con ellas. Llevó en su espíritu toda la miseria generada por el pecado. En varias ocasiones leemos que se «compadeció» al ver a personas enfermas o que sufrían en su angustia (p. ej., Mat. 9:36; 14:14; 15:32; 20:34; Marcos 1:41; Lucas 7:13; 10:33). La curación de los enfermos no solo era una prueba de su poder y su fuerza divinos, sino que daba testimonio a la vez de su amor y de su misericordia. Era «la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor hacia los hombres» (Tito 3:4) lo que se manifestaba en él, y no solo en la cruz. Al ver a las personas afligidas que lloraban, Jesús «se conmovió en su espíritu y se turbó» (Juan 11:33). También en otras ocasiones se sintió profundamente conmovido en lo más profundo de su ser (p. ej., Marcos 7:34; 8:12). Cuando luego sanaba a los enfermos y aliviaba los dolores, eliminaba las consecuencias del pecado. Pero el origen de todo ello no se abordó hasta en la cruz.
Sin embargo, este versículo no significa que el Señor Jesús llevara las enfermedades de todos los creyentes, de modo que un redimido ya no pueda enfermarse. El mero hecho de que en el Nuevo Testamento se mencione en varias ocasiones a creyentes que estaban enfermos (p. ej., Hec. 9:37; Fil. 2:26-27; 1 Tim. 5:23; 2 Tim. 4:20), demuestra claramente que tal interpretación es errónea. No se trata aquí de todos los creyentes ni siquiera de todos los hombres, sino de aquellos que, en su día en la tierra, se encontraron con el Señor Jesús y fueron sanados por él. Lo que nos impresiona mucho es el hecho de que el Señor Jesús, incluso hoy, se compadece plenamente cuando estamos enfermos o sufrimos (Hebr. 4:15-16). Nuestro sufrimiento no le deja indiferente. Como fue tentado en todo como nosotros, salvo en el pecado, está lleno de compasión.
4.3 - Castigado por Dios y afligido
Los creyentes del futuro Remanente se dan cuenta ahora de que entonces habían interpretado la situación de forma totalmente falsa. Habían sacado una conclusión errónea y creído que Cristo, en la cruz, había sido azotado, herido por Dios y afligido por Sus propias faltas. Quizás pensaban en Giezi, que había sido castigado por Dios por su pecado: la enfermedad de Naamán había recaído sobre él después de que mintió a Naamán y al profeta (2 Reyes 5:27). Sin embargo, ahora comprenden que había sido herido por las transgresiones de ellos y molido por las iniquidades de ellos. No fue Su culpa lo que le valió los sufrimientos de la cruz, sino la de ellos. Ellos habían desobedecido los mandamientos de Dios (transgresiones). Ellos no vivían de acuerdo con la voluntad revelada de Dios (por sus iniquidades). Esta descripción es válida, en principio, para todos los hombres, aunque no se encuentren sometidos a la Ley formal de Dios tal y como fue entregada al pueblo de Israel. Ninguno de nosotros ha vivido según los pensamientos y la voluntad de Dios. Todos hemos pecado contra Dios.
Se emplean 5 expresiones para describir lo que ocurrió durante las 3 horas de tinieblas en el Gólgota. El Siervo de Dios fue:
- Azotado: Esto significa que fue sometido al castigo divino. Los pecados debían ser expiados. Él llevó el justo castigo de Dios, que era inevitable.
- Golpeado: El Salvador sufrió bajo el juicio divino. Los golpes de un Dios santo que le alcanzaron fueron amargos y dolorosos para él. «Persiguen al que tú heriste» (Sal. 69:26).
- Afligido: Durante esas horas, la mano de Dios se cernió sobre el Salvador. En el Salmo 88:7, dice proféticamente: «Sobre mí reposa tu ira, y me has afligido con todas tus ondas».
- Herido: La palabra también significa “atravesado”. Jesús fue como una diana para las flechas del carcaj de Dios (comp. con Lam. 3:12-13). Esas flechas le alcanzaban en pleno corazón.
- Maltratado: Volveremos a encontrar esta expresión en el versículo 10. No significa que el Señor Jesús fuera aniquilado, sino que el juicio lo golpeó sin tregua –es decir, con toda su intensidad y sin ningún tipo de atenuación.
Esta confesión del Remanente debe ser también la nuestra –y de forma totalmente personal. Cada uno debe poder poner su propio nombre en ese lugar.
Lo que ocurrió en el Gólgota, ocurrió por mí y por ustedes. Si el Señor Jesús tuvo que sufrir tanto, no fue por su culpa, sino por la mía y las suyas. No fueron Sus pecados los que llevó en la cruz, sino mis pecados y los de ustedes. Ustedes y yo fuimos la causa de la carga que pesaba sobre él. Fue su amor lo que le hizo soportarlo todo en la cruz. Pablo lo expresa de manera muy personal cuando habla del «Hijo de Dios, el cual me amó y él mismo se dio por mí» (Gál. 2:20).
4.4 - Nuestro sustituto: nuestra paz
La palabra “sustitución” no aparece en la Biblia como sustantivo. Sin embargo, encontramos su significado ilustrado con gran claridad. Cuando Abraham ofreció en sacrificio al carnero, leemos expresamente que «lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo» (Gén. 22:13).
Sustitución significa que otro ha muerto por nosotros. Así se dice aquí: «El castigo de nuestra paz fue sobre él». Tal será la confesión de los creyentes de Israel cuando entren en la paz del reino de Dios en la tierra. Reconocerán que el Señor Jesús tuvo que morir por ellos en la cruz para que puedan entrar en el reposo de Dios. Sobre la base de su obra redentora, él será para ellos el «Príncipe de paz» y «Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite» (Is. 9:6-7). En la tierra habrá «abundancia de paz» (Sal. 37:11; 72:7; Jer. 33:6).
Para nosotros, el Señor Jesús es ya ahora el «Silo», es decir, Aquel que “trae el descanso” o “procura la paz”. La expiación tuvo lugar en la cruz del Gólgota (1 Juan 2:2). El Señor Jesús satisfizo las justas exigencias de Dios y, de este modo, sentó las bases para que los hombres puedan tener paz con Dios. Quien, por la fe, recurre para sí mismo a esta expiación hecha por el Señor Jesús en la cruz, y confiesa que el Salvador murió allí «por mí», disfruta desde entonces de la paz con Dios. Apenas hay otro pasaje en el Antiguo Testamento que hable tan claramente de la sustitución como Isaías 53:5. Nosotros merecíamos el justo castigo. Sin embargo, Él lo soportó.
El Señor Jesús ha hecho «la paz mediante la sangre de su cruz» (Col. 1:20). Ese es el fundamento. Esa paz nos ha sido anunciada (Efe. 2:17). Así sabemos lo que ocurrió por nosotros en la cruz. Quien cree en el Salvador sabe que Él es ahora nuestra paz (Efe. 2:14). Felices, decimos con Pablo: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1).
Sin embargo, no olvidemos nunca lo que le costó. El remanente dice: «Por su llaga fuimos nosotros curados»: aquí no se trata de las heridas que nosotros, los hombres, infligimos al Señor Jesús. Sin lugar a duda, la forma en que el Salvador fue maltratado a manos de los pecadores fue espantosa. Las heridas de la flagelación eran visibles a los ojos de todos. ¡Con qué crueldad fue tratado! ¡Qué dolores debieron provocar esos maltratos! Pero eso no es lo que se dice aquí. Se trata de las «heridas», de los golpes divinos en las horas de tinieblas en la cruz. En 1 Pedro 2:24, el apóstol se refiere a este versículo de Isaías 53 cuando dice: «Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero… por cuya herida fuisteis sanados». Los hombres no podían percibir los golpes de Dios. Solo al final oyeron el grito de angustia: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?» (Mat. 27:46).
Sin embargo, los creyentes del futuro Remanente piensan no solo en las transgresiones y las iniquidades que han cometido, sino también en el camino que han seguido. Las transgresiones y las iniquidades remiten a lo que un hombre hace, mientras que el verbo errar describe el estado en el que se encuentra cada hombre por naturaleza. «Nos descarriamos como ovejas», porque habíamos perdido el buen camino por culpa del pecado. «Cada cual se apartó por su camino».
¿No es acaso esta una descripción sorprendente de nosotros mismos, los seres humanos? Cuando Adán y Eva se convirtieron en pecadores, se escondieron (Gén. 3:8). Y Caín se alejó de la presencia de Jehová (Gén. 4:16). Somos egoístas por naturaleza. Pensamos primero en nosotros mismos. Siguiendo nuestra propia voluntad, buscamos el camino que nos agrada. Entonces, inevitablemente, nos descarriamos. Los judíos se descarriaron enormemente cuando crucificaron a su Mesías. Pero, al igual que ellos en aquel entonces, todos los hombres hoy están extraviados. Por naturaleza seguimos nuestro propio camino, un camino que conduce a la perdición.
Una cosa es confesar este camino colectivamente: “Todos hemos estado extraviados”. Otra cosa, aunque absolutamente necesaria, es confesar personalmente: “Cada uno de nosotros se ha desviado por su camino”. Es relativamente sencillo decir: “Todos juntos somos pecadores”. Es mucho más difícil –pero absolutamente necesario– confesar: “Yo soy pecador”. El hijo pródigo se presentó ante su padre con esta confesión: «He pecado contra el cielo y ante ti» (Lucas 15:21; comp. con Sal. 51:4). Una declaración así es indispensable.
Si el Siervo de Dios no hubiera venido del cielo, ninguno de nosotros habría tenido esperanza. Habríamos estado eternamente extraviados y, por tanto, en la perdición. Pero el versículo va más allá, y la tercera estrofa termina con la conmovedora declaración: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». El Salvador sufrió el castigo que debería haber recaído sobre nosotros. Pagó la deuda que nosotros no podíamos pagar. Ahora tenemos esta certeza: dado que Dios es justo y no castiga 2 veces a la persona por el mismo pecado, podemos salir libres (Rom. 3:26). La declaración al final del versículo 6 subraya una vez más lo que significa la sustitución. Otro llevó lo que yo merecía. Se tergiversa la Palabra de Dios cuando se atribuye a este versículo la idea del universalismo (una doctrina falsa), al pretender que todos los hombres serían algún día serán salvos. «El pecado de todos nosotros» no significa en absoluto la iniquidad de todos los hombres, sino que se refiere a los «muchos» del versículo 12, cuyos pecados llevó el Señor Jesús. Dios salva a aquellos que, por la fe y en obediencia a su Palabra, recurren a la obra redentora de su Hijo en la cruz. Es cierto que la propiciación tuvo lugar para todos los hombres (1 Tim. 2:6). Pero solo es eficaz para aquellos que se acogen personalmente a esa obra hecha por ellos mismos (Marcos 10:45). Tal es la doctrina inequívoca de la Biblia.
5 - Estrofa 4
5.1 - El Cordero perfecto de Dios
«Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca» (Is. 53:7-9).
Ahora el Remanente calla y Dios responde: Él tiene su propio juicio sobre lo que se le ha hecho a su Siervo elegido y santo. Él veía los pensamientos y los motivos que impulsaban al Señor Jesús a dejarse tratar y maltratar de esa manera.
Al meditar en la respuesta de Dios, debemos distinguir cuidadosamente entre los sufrimientos que los hombres le infligieron y los sufrimientos expiatorios en las horas de tinieblas. Dios permitió que los hombres hicieran daño sin límites a su Siervo. Sin embargo, puso límites a la actividad pecaminosa. Llegó el momento en que los hombres ya no pudieron hacerle a Cristo lo que querían.
5.2 - El Cordero de Dios fue oprimido
La magnitud de la maldad de los hombres contrasta con la perfección del Cordero de Dios. El contraste no podría ser mayor:
- Se describe a los hombres como “ovejas descarriadas” que siguen su propio camino (v. 6).
- Por su parte, Cristo siguió con obediencia el camino que Dios había previsto (v. 7).
El Señor Jesús es el Cordero que Dios se había «proveído» (Gén. 22:8). Es el Cordero «sin defecto y sin mancha, predestinado antes de la fundación del mundo, pero manifestado al fin de los tiempos a causa de vosotros» (1 Pe. 1:19-20). En la eternidad, antes de los tiempos, Dios había «proveído» este cordero y lo había “conocido de antemano”. Luego, cuando vino a la tierra, Juan el Bautista exclamó: «He aquí el Cordero de Dios» (Juan 1:29, 36).
Dios utiliza aquí la imagen del cordero y de la oveja para representarnos de manera impactante la docilidad y la sumisión del Señor Jesús. Cuando se sacrifica un buey, se defiende con todas sus fuerzas. Cuando se sacrifica una oveja, esta se somete a su destino. El Señor Jesús no vino a hacer su voluntad, sino la voluntad de Aquel que le había enviado (Juan 4:34; 5:30; 6:38). Vino a salvar a los hombres. Sin embargo, no lo hemos querido. No solo lo hemos ignorado y le hemos mostrado hostilidad, sino que lo hemos oprimido y afligido. Nunca ningún hombre ha sido tratado con tanta crueldad e injusticia como él. El desprecio y el odio alcanzaron su punto álgido cuando llegó la hora de los hombres y cuando el poder de las tinieblas se descargó sobre él (Lucas 22:53). Dios permitió entonces que los hombres alzaran la mano contra su Hijo. Lo oprimieron corporalmente, pero también en su alma. El ejemplo de José no es más que una pálida imagen de lo que le hicieron al Salvador, cuando le devolvieron mal por bien y odio por su amor (Gén. 37:18-28; Sal. 109:5).
Los Evangelios relatan cómo nosotros, los hombres, actuamos ante el Cordero de Dios, mientras que los Salmos, principalmente, nos muestran algo de sus sentimientos. El Señor Jesús era hombre y lo sentía todo en toda su plenitud. ¡Qué dolores insoportables debió de sufrir cuando le propinaban bofetadas! Lo azotaban, le colocaban una corona de espinas en la cabeza y le golpeaban la cabeza con una caña. Cuánto debió de sentir los clavos en sus manos y pies, durante las 6 horas en que estuvo clavado en la cruz. Pero eso no fue todo. Nosotros, los hombres, al mismo tiempo le maltratamos terriblemente en su alma. La afrenta y la burla se derramaron sobre él. En el Salmo 69 (v. 20), oímos su lamento: «El escarnio ha quebrantado mi corazón». Compara la afrenta de sus opresores con «como quien hiere mis huesos» (Sal. 42:10). Los hombres incluso aprovecharon su confianza en su Dios para burlarse de él: «Ha confiado en Dios; que lo libere ahora, si lo quiere; porque dijo: Soy Hijo de Dios» (Mat. 27:43). La burla no podría haber sido más virulenta y despectiva.
5.3 - El Cordero de Dios guarda silencio
¿Y el Salvador? La forma en que manifestó el noble carácter del Cordero de Dios nos conmueve profundamente. Permaneció en silencio y no se defendió de lo que nosotros, los hombres, le hicimos (Mat. 26:63; 27:12-14; Marcos 14:60-61; Lucas 23:8-9; Juan 19:9). Pedro escribe refiriéndose a los sufrimientos del Señor Jesús: «Quien, siendo insultado, no respondía con insultos; cuando sufría, no amenazaba, sino que encomendaba su causa a aquel que juzga justamente» (1 Pe. 2:23). Esto fue especialmente así en los juicios a los que tuvo que someterse. Guardó silencio tanto durante el interrogatorio ante Pilato como ante Herodes. No respondió nada a la acusación del Sumo Sacerdote y de los ancianos. Todo eso se lo encomendaba a su Dios. Solo hablaba cuando se trataba de la gloria de Dios. Pero cuando se trataba de defenderse a sí mismo, permanecía en silencio. «Mas yo, como si fuera sordo, no oigo; y soy como mudo que no abre la boca. Soy, pues, como un hombre que no oye, y en cuya boca no hay reprensiones» (Sal. 38:13-14). Por esencia, era «la Palabra». Sin embargo, guardaba silencio.
Cuando más tarde fue clavado en la cruz, le oímos pronunciar 7 veces una breve frase. Esas 7 palabras no eran una defensa de su propia persona. En una ocasión se refirió a los malos tratos que los hombres le habían infligido. Estas palabras deben grabarse profundamente en nuestros corazones: «Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Tal fue la respuesta del Cordero de Dios ante lo que le estaban haciendo. ¡Qué amor resplandece ahí sobre el fondo oscuro de la hostilidad, el odio y la brutalidad!
Aunque, por un lado, él mismo recorrió el camino que conducía al Gólgota (Juan 19:17), también se dejó llevar hasta allí por los hombres. «Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus propios vestidos y lo llevaron para crucificarle» (Mat. 27:31). Marcos nos dice: «Lo llevaron al lugar [llamado] Gólgota, que se traduce: Lugar de la Calavera» (Marcos 15:22). Allí nosotros, los hombres, erigimos su cruz; no temimos clavarlo en ese patíbulo. Pero ni siquiera allí se defendió, sino que lo dejó todo en manos de los demás. Fue «como oveja delante de sus trasquiladores… no abrió su boca». En Hechos 7:52, Esteban reprochó a los judíos haber entregado y dado muerte al Justo. Esto tuvo lugar en el Gólgota, donde fue “abatido”, es decir, dado a muerte por los hombres, y no se defendió.
En Génesis 22 se habla por primera vez en la Biblia de «degollar» (v. 10): «Extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo». Esto también alude simbólicamente al Gólgota, pero no a lo que nosotros, los hombres, le hemos hecho al Señor Jesús. Evoca mucho más el juicio divino que le sobrevino en las horas de tinieblas, cuando Dios juzgó a su Hijo por nuestros pecados. Allí fue el Cordero que Dios había «proveído». Fue «el cordero para el holocausto» (Gén. 22:7-8), en el sentido de que «mediante el Espíritu eterno, se ofreció sin mancha a Dios» (Hebr. 9:14). En la cruz, cumplió todo lo que estaba escrito en las ordenanzas de la Pascua relativas al cordero. Esto nos recuerda también Apocalipsis 5:6, donde se habla de un cordero «como sacrificado» que se ve en medio del trono. Sí, solo este Cordero «es digno» (Apoc. 5:12).
5.4 - El Cordero de Dios es quitado de la angustia y del juicio
Cabe preguntarse: ¿A qué se refiere esta afirmación? Para responder, creemos en primer lugar que el versículo se refiere a lo que los hombres le hicieron. En segundo lugar, observemos que no se dice que sea liberado, sino que ha sido «quitado». Quitar y liberar no tienen el mismo significado. El Salmo 102:24 y Juan 19:15 muestran que la palabra «quitar» (o «retirar») significa propiamente “poner fin”. Por lo tanto, no debe entenderse aquí que el Señor Jesús fuera liberado prematuramente del juicio divino. Durante las 3 horas de tinieblas, no hubo atenuación alguna. El juicio en toda su plenitud le alcanzó y no se le perdonó. Del mismo modo que la carne del cordero pascual no debía comerse ni a medio cocer ni cocida en agua, sino asada al fuego (Éx. 12:9), así también el Salvador fue expuesto al calor pleno del fuego del juicio. La palabra «quitar» significa más bien que Dios se encargó de que, mediante la muerte, fuera sustraído del dominio de los hombres.
«Angustia» se refiere a la opresión y, por «juicio», sin duda debemos entender aquí el ignominioso e injusto proceso judicial, seguido de los malos tratos infligidos por sus enemigos. Dios no permitió que los hombres fueran aún más lejos. Puso fin a ese trato quitando a Cristo mediante la muerte. Marcos 15:44 muestra que Pilato se sorprendió de que Jesús ya estuviera muerto. De hecho, querían romperle las piernas. Pero Dios no lo permitió para que se cumpliera otra profecía del Antiguo Testamento que se refería a él (Juan 19:31-36; Éx. 12:46; Núm. 9:12; Sal. 34:20).
5.5 - La generación del Cordero de Dios
La afirmación: «Su generación, ¿quién la contará?», se deduce inmediatamente de ello. El motivo es el siguiente: «Porque fue cortado de la tierra de los vivientes». Una vez más, el significado no se aprecia a primera vista, por lo que debemos reflexionar detenidamente. Tampoco resulta del todo evidente determinar si esta pregunta la formula Dios o si se trata de una reflexión preocupada del propio profeta.
«Generación» significa, por un lado, descendencia (Gén. 10:1). Por otro lado, esta palabra también puede tener el sentido de contemporáneo. En Génesis 6:9 se habla de las «generaciones» de Noé, refiriéndose a sus contemporáneos. La palabra hebrea traducida como «generación» o «contemporáneo» aparece ahí por primera vez. El contexto nos permite concluir que, en nuestro versículo, la palabra «generación» también tiene el sentido de «contemporáneo». Por «su generación» hay que entender a los contemporáneos judíos e incrédulos que rechazaron, odiaron y condenaron a Jesucristo. Son «los suyos» a quienes vino y que no le recibieron (Juan 1:11). El propio Señor Jesús llamó a este pueblo «una generación mala y adúltera» (Mat. 12:39). No es la «simiente» ni el «fruto» lo que encontraremos en los versículos 10 y 11.
«Contar» también puede traducirse como «tener en cuenta». En otras palabras, aquí se plantea la cuestión de qué será de una generación así que ha dado muerte al Cordero de Dios. ¿Quién se ocupará aún de una generación así? ¿Cuál es el futuro de una generación así? El razonamiento que sigue va en este sentido: «Porque ha sido cortado de la tierra de los vivientes». Tal es el pecado del que se ha hecho culpable esta generación. La «tierra de los vivientes» (Is. 38:10-11) es aquella de la que el Señor Jesús fue «cortado» de ella por las malvadas acciones de sus contemporáneos. En cuanto a su responsabilidad, ellos le dieron muerte.
La pregunta parece quedar sin respuesta. Sin embargo, hay una respuesta. Haber sido quitado significa no solo que habían «apartado» al Mesías y dado a muerte al «Autor de la vida» (Dan. 9:26; Hec. 3:15), sino también que, a partir de entonces, no volverían a verlo durante mucho tiempo. El Señor Jesús ya les había dicho antes: «Os digo que no me veréis en adelante, hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mat. 23:39). Esto solo se cumplirá cuando Cristo venga por segunda vez a la tierra. Debido al rechazo de su Siervo, Dios mismo retiró al Mesías de su pueblo y, con ello, rompió sus relaciones con Israel durante mucho tiempo.
Sin embargo, todo ha terminado. Isaías escribe en otro pasaje: «Si Jehová de los ejércitos no nos hubiese dejado un resto pequeño, como Sodoma fuéramos, y semejantes a Gomorra» (Is. 1:9; Rom. 9:29). Dios se formará de esta nación un Remanente al que volverá a llamar «su pueblo». Ese es precisamente el Remanente que, en Isaías 53, reconoce a su Mesías. Por eso se añade: «Por la rebelión de mi pueblo fue herido». Era una generación malvada que se había hecho culpable del pecado más atroz. Habían pensado que el Siervo había sido azotado por Dios a causa de Sus propias faltas. Pero aquí Dios muestra con toda claridad que, en realidad, no era así. Fue por la transgresión de su pueblo al rechazar y dar muerte al Mesías por lo que Cristo fue azotado por el castigo de Dios. Ellos fueron la causa real del castigo, de los golpes y de las heridas con que Dios lo azotó. Como Dios no quería castigar definitivamente al pueblo, castigó a otro por ellos. Eso es la gracia.
Nos incluimos de buen grado aquí. Israel no fue el único culpable de la muerte del Señor, también lo fueron las naciones (Hec. 4:27). Si hubiéramos vivido en aquella época, también lo habríamos rechazado y dado a muerte. El castigo recayó sobre él también a causa de nuestra transgresión.
5.6 - El sepulcro del Cordero de Dios
Dios sigue demostrando que los hombres no podían hacer lo que querían. Habían dado a su Siervo un lugar entre 2 malhechores, crucificándolos a cada lado de Él, y él en medio. Eso lo había permitido Dios. Pero luego, le habían dado Su sepulcro junto a los malvados, y eso Dios no lo permitió. Él se encargó de que el Señor Jesús estuviera con el rico en su muerte. Es cierto que el Cordero de Dios entregó su vida. Murió –una muerte cruel y atroz. Pero tras su muerte y después de que un soldado romano le perforara el costado, los hombres ya no pudieron hacerle nada más. A partir de entonces, las manos de los enemigos ya no volvieron a tocarlo.
El Nuevo Testamento relata con detalle la sepultura del Señor Jesús. El consejero José de Arimatea acudió, bajó el cuerpo de Jesús de la cruz y lo envolvió en un sudario. Luego lo depositó en un sepulcro nuevo, excavado en la roca. Los 4 Evangelios relatan el acto de fe de este hombre de Dios. Mateo dice que José era un «hombre rico» (Mat. 27:57). Es el «rico» con el que Jesucristo estuvo en su muerte. Marcos lo describe como un «miembro honorable» (Marcos 15:43). Lucas lo llama «hombre bueno y justo» (Lucas 23:50) y Juan, un «discípulo de Jesús» (Juan 19:38). Dios ha erigido un monumento especial a este hombre rico, hablando de él en la Escritura. Pero, más aún, Dios honró así a su Siervo perfecto. En su vida, el Señor Jesús fue un hombre pobre (2 Cor. 8:9). Era tan pobre que ni siquiera tenía una cama donde dormir (Mat. 8:20). En su vida siempre estuvo con los pobres. Pero en su muerte, Dios se encargó de que estuviera con el rico.
5.7 - El Cordero de Dios sin defecto
Al final de la cuarta estrofa, Dios muestra una vez más toda la perfección de su Cordero, un Cordero «sin defecto y sin mancha» (1 Pe. 1:19). Jesucristo no había cometido violencia alguna y no había engaño en su boca. Por eso Dios se encargó de que no fuera “sepultado” en cualquier lugar junto a los criminales, sino que estuviera con el rico en su muerte.
- Cristo no cometió violencia alguna. Esto significa que no cometió ningún pecado. Dios quiere mostrarnos hasta qué punto su Siervo, el Señor Jesús, estaba libre de pecado. En él no hay pecado alguno (1 Juan 3:5). No conoció el pecado (2 Cor. 5:21) y no cometió ningún pecado. En la cruz, el malhechor crucificado junto a él declaró: «Pero este nada malo ha hecho» (Lucas 23:41). Poco después, el centurión declaró: «Ciertamente este hombre era justo» (Lucas 23:47). Jesucristo murió no por un pecado que él hubiera cometido, sino por nuestros pecados.
- No había engaño en su boca. En lo que decía el Señor Jesús, siempre era sincero. Esto es más que no mentir. En sus palabras, el Siervo de Dios era siempre transparente e inequívoco. Nunca hablaba para expresar otra cosa que no fuera lo que realmente quería decir. David oró: «Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti» (Sal. 19:14). El Señor Jesús lo llevó a cabo a la perfección. Era el único hombre que podía decir que era lo que decía (Juan 8:25). Su pensamiento no iba más allá de su palabra (Sal. 17:3).
Pedro cita este versículo en su Primera Epístola. Escribe que Jesucristo no cometió pecado, y que no se halló engaño en su boca (1 Pe. 2:22). La perfección del Señor Jesús se manifiesta en la armonía absoluta entre sus actos y sus palabras. ¡Consideremos también el orden de los términos! Se dice de Moisés que era poderoso «en palabras y en obras» (Hec. 7:22). Del Señor Jesús leemos que era «poderoso en obra y palabra delante de Dios y de todo el pueblo» (Lucas 24:19). Sus acciones se veían confirmadas por sus palabras. Por eso Lucas escribió un relato de lo que Jesús «comenzó a hacer y a enseñar» (Hec. 1:1). Con sus obras sentaba un fundamento que daba peso a sus palabras.
6 - Estrofa 5
6.1 - El fruto del trabajo de su alma
«Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores» (Is. 53:10-12).
La última estrofa es como un majestuoso acorde final. Muestra, en primer lugar, el consejo de Dios que está detrás de todas las cosas. A continuación, habla de las consecuencias infinitas de la obra que el Siervo de Dios llevó a cabo en la cruz. Dios no deja que esta obra quede sin resultados. Primero, el Remanente vuelve a tomar la palabra. Sin embargo, es a Dios a quien le corresponde la última palabra.
6.2 - El consejo de Dios
Podemos considerar desde diferentes ángulos lo que ocurrió en el Gólgota y la obra del Señor Jesús. Por un lado, hemos visto que fue condenado a muerte por los hombres (Hec. 5:30; 7:52). Por otro lado, sabemos que el Señor Jesús se ofreció a sí mismo (Gál. 2:20; Efe. 5:2). Pero hay aún otro aspecto que ahora se nos presenta. La obra de la cruz era necesaria, porque el propósito de Dios debía cumplirse. Cuando se trata de la tierra y de las bendiciones del Milenio, los planes de Dios existen «desde la fundación del mundo» (Mat. 13:35; 25:34). Cuando se trata de Cristo y de la Iglesia, la Biblia habla expresamente de un «propósito eterno» (Efe. 3:11). Antes de la fundación del mundo, ya existía en el corazón de Dios el propósito de unir a los hombres a su Hijo y bendecirlos.
Sin embargo, para que el consejo de Dios –ya sea para la tierra o para el cielo– pudiera cumplirse, la obra de la redención debía tener lugar en la cruz. Por eso el Gólgota es una parte esencial de los planes divinos. Dios sí que permitió al diablo herir en el talón a la Simiente prometida a la mujer, pero nada más (Gén. 3:15). El diablo intentó «devorar» al Mesías, pero no pudo (Apoc. 12:4). Dios está por encima de todo.
El Remanente reconoce ahora este designio de Dios. Los hombres asumen responsabilidad total de la muerte del Siervo de Dios. Esto sigue siendo cierto. Sin embargo, no podían hacer lo que querían, pues el plan de Dios estaba por encima de todo. Pedro dice: «Jesús nazareno… entregado por el determinado designio y presciencia de Dios, vosotros matasteis crucificándolo por mano de hombres inicuos» (Hec. 2:22-23). Más tarde, los cristianos de Jerusalén oraron: «Porque en verdad se juntaron en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para llevar a cabo cuanto tu mano y tu consejo predestinaron que sucediera» (Hec. 4:27-28). Estos pasajes de la Biblia reúnen ambos aspectos: la responsabilidad de los hombres y el consejo de Dios.
El agrado de Dios no consistía en ver sufrir a su Hijo. Pero encontraba su agrado en el cumplimiento de su consejo mediante la obra redentora del Señor Jesús. No era el propósito de Dios –dicho esto con toda reverencia– de «darle muerte». Sin embargo, los sufrimientos y la muerte en la cruz eran el único medio por el que sus planes podían cumplirse. En eso encontró su complacencia y su gozo. Esa es la razón por la que le dio muerte. El sacrificio del Señor Jesús, cómo, por obediencia, se entregó hasta la muerte en la cruz, glorificó plenamente a Dios. Era el cumplimiento de las prescripciones relativas al holocausto que se «dividirá en sus piezas» (Lev. 1:6, 12). De este modo, toda la perfección de su Persona quedó manifiesta.
Recordamos otra imagen del Antiguo Testamento. El incienso santo estaba compuesto por 4 especias que debían molerse muy fino (Éx. 30:36). Al entrar en contacto con el fuego, desprendía un olor agradable en el que Dios encontraba su placer. En sus sufrimientos indecibles en la cruz, el Señor Jesús glorificó a Dios de una manera que no podemos sino admirar.
Solo vislumbramos el alcance de las palabras contenidas en Isaías 53:10; no podemos comprenderlas verdaderamente.
7 - Las 4 consecuencias benditas
El Señor Jesús entregó su alma en sacrificio por el delito. El Remanente lo reconoce y nosotros también nos regocijamos por ello. En Levítico 5, el sacrificio por la transgresión era necesario cuando se cometían pecados. Así, el concepto de la sustitución vuelve a ponerse de manifiesto. El Señor Jesús devolvió lo que no había tomado (Sal. 69:4).
Este último versículo menciona 3 veces el alma del Señor Jesús. Esto pone de manifiesto que no solo sufrió en su cuerpo, sino que toda su personalidad se vio afectada. Fue profundamente herido en su ser interior. Pero ahora nuestra mirada se dirige hacia atrás, hacia una obra consumada. El sacrificio por el delito ha sido ofrecido. Se han comparado estas declaraciones con un expediente judicial que se ha cerrado de una vez por y que nunca más se volverá a abrir. Dios está satisfecho y glorificado en todos los aspectos. El Señor Jesús ya no tendrá nada que ver con el pecado, tal y como se ocupó de él en aquel entonces (Hebr. 9:28). Mediante este único sacrificio se sienta el fundamento para que, algún día, el pecado sea abolido (Hebr. 9:26). Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).
A continuación, se mencionan 4 consecuencias benditas que se derivan de la obra redentora del Señor Jesús:
7.1 - Verá una descendencia
«Descendencia» tiene aquí el sentido de posteridad (Gén. 3:15). Aunque pareciera que el Mesías hubiera sido quitado sin descendencia a mitad de sus días, vemos, sin embargo, al final, que verá una descendencia. Tendrá descendencia: todos aquellos que acepten por fe su sacrificio. En su sentido directo, esta descendencia es el Remanente de Israel (Sal. 22: 30). Las naciones que entrarán en el Reino también formarán parte de su descendencia (Is. 49:6). Por último, pensamos también en nosotros, los redimidos celestiales. Estos 3 grupos se mencionan en Génesis 22:16-18, donde también se habla de las benditas consecuencias del Gólgota. Allí, Dios habla de las «estrellas del cielo» (los santos celestiales), de «la arena que está a la orilla del mar» (el pueblo de Israel) y de las naciones.
7.2 - Prolongará sus días
Según el punto de vista humano, el Señor Jesús murió relativamente joven, a la edad de unos 33 años. Fue quitado a la mitad de sus días. Sin embargo, como Resucitado, vive de eternidad en eternidad. En el Salmo 102 dice que Dios ha acortado sus días. Luego le oímos pedir: «Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días». La respuesta llega inmediatamente: «Por generación de generaciones son tus años» (Sal. 102:23-27). «Vida te demandó, y se la diste; largura de días eternamente y para siempre» (Sal. 21:4). Esto se cumplió en su resurrección. Salió de la muerte para vivir eternamente.
7.3 - El placer de Jehová prospera en su mano
Todo lo que Dios ponga en la mano de su Siervo prosperará para gozo de Dios. Todas las cosas que hay en los cielos y en la tierra serán un día sometidas a su autoridad (Efe. 1:10). Reinará sobre todas las obras de las manos de Dios (Sal. 8:6). Es más: a la luz del Nuevo Testamento, sabemos que el Padre le ha puesto todas las cosas en las manos (comp. con Mat. 11:27; Juann 13:3). El primer hombre lo corrompió todo. El segundo hombre lo lleva todo a la perfección. El Señor Jesús hará todas las cosas para el beneplácito de Dios (Is. 46:10).
7.4 - Verá el fruto del trabajo de su alma
El recuerdo del Gólgota está siempre presente. Allí tuvo lugar el tiempo de su «trabajo». Ahora es el tiempo del «fruto». «Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas» (Sal. 126:5-6). Los nombres de los 2 hijos de José que le nacieron en Egipto son una evocación de esta consecuencia bendita. Manasés significa: “el que hace olvidar”. José se dijo: «Dios me ha hecho olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre». Efraín significa: “doble fertilidad”. José dijo entonces: «Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción» (Gén. 41:50-52). Esto se cumplirá en el Milenio, cuando el Señor Jesús traiga de vuelta a la tierra al Remanente fiel de Israel como su fruto terrenal. Pero también se cumple en el tiempo de la gracia, cuando ve formarse el fruto celestial. El mismo Señor Jesús dijo que el grano de trigo que cae en tierra y muere da mucho fruto (Juan 12:24). Existe una descendencia espiritual de la que somos «como primicias de sus criaturas» (Sant. 1:18). Es este fruto el que verá. Alcanzará su plena medida y no podrá aumentarse más. En esta tierra, su alma ha estado «hastiada de males» (Sal. 88:3); pronto estará saciada de fruto. El poeta lo expresa de manera notable en la estrofa de un himno:
Tú mismo verás lo que tu corazón anhela:
De tu obra en la cruz, el fruto maduro y perfecto
El fruto, Señor Jesús, del trabajo de tu alma,
Y tu amor divino quedará satisfecho.
Himnos y Cánticos en francés, No. 64,4
8 - Una mirada retrospectiva de Dios
Ahora el Remanente calla y Dios vuelve a tomar la palabra. Lo que para Isaías aún era futuro, para nosotros pertenece al pasado. En la segunda mitad del versículo 11, Dios mira a su Siervo justo y habla de su ministerio y de su obra en la cruz.
8.1 - Su ministerio
Dios dice en primer lugar: «Por su conocimiento justificará mi Siervo justo a muchos». Esto no se refiere a la obra de la cruz ni a la justificación. La frase siguiente, que se introduce no con “porque”, sino con «y», lo muestra claramente. Se trata aquí de la justicia práctica, es decir, de una vida en armonía con la naturaleza revelada y la voluntad de Dios. Dios vio la perfección de su Siervo a lo largo de toda su vida en la tierra. En su ministerio clarividente, enseñó a los hombres el camino de la justicia práctica (p. ej., Mat. 5:17-20).
En un tiempo futuro, habrá entre el pueblo de Israel hombres que «enseñan la justicia a la multitud» (Dan. 12:3). Pero el Siervo de Dios es en esto el ejemplo perfecto. La practicó en su vida y en su ministerio.
8.2 - Su obra en la cruz
A continuación, Dios añade: «Llevará las iniquidades de ellos». El hombre natural no está en condiciones de vivir con justicia si, previamente, no se le quitan sus iniquidades (pecados). Por eso era necesario que el Señor llevara las iniquidades de muchos. En sentido estricto, esto se refiere al Remanente creyente de Israel. Pero también se aplica a nosotros. Un día, muchos aprenderán la justicia, pero solo hay Uno que podía cargar con sus iniquidades. El Señor Jesús lo hizo en la cruz.
9 - Una respuesta divina
La primera parte del versículo 12 nos muestra que Dios no deja a su Siervo sin respuesta:
9.1 - Le asigna una parte con a los grandes
El Siervo se ha ganado el derecho a esa parte que Dios le asigna. En cuanto a los «grandes», podemos pensar, en primer lugar, en Israel y en las naciones durante el Milenio. Pero también podemos ampliar el pensamiento y aplicarlo a nosotros mismos. El Señor Jesús también tiene un derecho sobre nosotros. Así, entre los «grandes», podemos ver, en definitiva, a todos aquellos que han aceptado por la fe su obra.
Entre los «grandes», también podemos ver a los reyes que aparecen en el versículo 15 del capítulo 52. Estos se postrarán ante el Señor Jesús y tendrán que reconocer su soberanía.
9.2 - Compartirá el botín con los fuertes
Los «despojos» nos hace pensar en la herencia, es decir, a la creación sobre la que el Señor Jesús reinará algún día como Hijo del hombre (Sal. 8:6). En sentido estricto, los «fuertes» son los representantes del Remanente judío. El Salmo 16:3 los llama los «grandes» en quienes Cristo se complace. Él reinará con ellos sobre la tierra y administrará sus riquezas. Tenemos una imagen de ello en Benjamín, que reparte el botín (Gén. 49:27), y en David cuando regresa a Ziclag y reparte el botín con los ancianos de Judá, sus amigos (1 Sam. 30:26). Pero, además, pensamos en el Señor Jesús cuando compartirá la herencia y el dominio con todos los redimidos que forman parte de la primera resurrección (Apoc. 20:4-6; Dan. 7:18).
10 - Una justificación divina
Por última vez, Dios mira hacia atrás, hacia el Gólgota, y nosotros lo hacemos con Él. En la segunda parte del versículo 12, justifica su recompensa por lo que ocurrió en la cruz. Nunca podremos ocuparnos lo suficiente de la obra que el Señor Jesús llevó a cabo como Siervo de Dios.
10.1 - Entregó su alma a la muerte
Aquí no ocupan un primer plano ni la responsabilidad de los hombres ni el consejo de Dios. El Señor Jesús mismo entregó su alma. No murió de una muerte natural, sino de la horrible muerte en la cruz. El grano de trigo cayó en tierra y murió (Juan 12:24). Entregó su vida (Juan 10:11, 17). La entregó (Mat. 20:28). Tras decir: «¡Cumplido está!», inclinó la cabeza y «entregó el espíritu» (Juan 19:30). Hebreos 2:9 nos dice que “gustó” la muerte. Aprendió a conocer toda la amargura de la muerte. Nuestro pasaje habla de «derramar su vida hasta la muerte». Esto indica un proceso que lleva tiempo. Lo que ocurrió en la cruz no fue cosa de un instante, sino que evoca un doloroso fluir de la vida hacia la muerte.
10.2 - Fue contado entre los transgresores
Tal fue el lugar que nosotros, sus criaturas, le asignamos. Estas palabras las cita el propio Señor Jesús en Lucas 22:37. En el Gólgota, su cruz estaba erigida en el centro. A su derecha y a su izquierda estaban crucificados dos malhechores que habían sido condenados a muerte con toda justicia. Sin embargo, el hombre crucificado en el centro era inocente. Aun así, se le asignó ese lugar para indicar que era el más culpable de todos.
10.3 - Llevó el pecado de muchos
Los hombres le asignaron ese lugar en el centro a propósito, pero durante las 3 horas de tinieblas Dios lo trató como a un transgresor. Se le cargaron nuestros pecados, y él los llevó (1 Pe. 2:24). ¿Podemos imaginarnos la cantidad de pecados que pesó sobre el Cordero de Dios? Si cada uno de nosotros piensa solo en la multitud de sus propios pecados, podemos hacernos una vaga idea de la carga de la que se hizo cargo el Salvador y que pesaba sobre él. Eran los pecados de muchos –y no los pecados de todos los hombres. Cuando se habla de sustitución, la Biblia se esmera en dejar claro que Él llevó los pecados de muchos. La expiación se llevó a cabo por el mundo entero (1 Juan 2:2). El rescate pagado es, en efecto, suficiente para todos los hombres (1 Tim. 2:6). El Señor Jesús satisfizo todas las exigencias de Dios, de modo que cada uno pueda acudir y ser redimido. Pero la obra de la cruz solo cuenta para aquellos «muchos» que realmente acuden a ella y recurren a ella por sí mismos. Él dio su vida en rescate por muchos o en lugar de muchos (Marcos 10:45). Fue ofrecido «para llevar los pecados de muchos» (Hebr. 9:28). Su sangre es la sangre del nuevo pacto, «derramada por muchos, para remisión de pecados» (Mat. 26:28).
10.4 - Intercedió por los transgresores
Dios subraya una vez más que el Señor Jesús no era un malhechor, sino que fue crucificado por los malhechores. Incluso oró por sus enemigos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
11 - Visión general (Conclusión)
Sin duda alguna, Isaías 53 es una piedra preciosa muy especial entre las joyas de las comunicaciones divinas de la Biblia. Este capítulo habla del consejo y de la revelación de Dios: menciona el nacimiento del Salvador, su vida y su ministerio. Muestra sus sufrimientos y su muerte en la cruz, así como su sepultura inmediatamente después. Después, también se aborda la resurrección, la gloria y el reino. En realidad, se trata de un panorama sobrecogedor en el que nunca podremos profundizar lo suficiente.