Índice general
Ser discípulo de Jesús
Autor: Bruce ANSTEY 11
Tema: El amor por Dios y Jesucristo
1 - El Señor hace 2 llamados
«Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os daré descanso» (Mat. 11:28).
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat. 16:24).
Estos versículos son 2 llamamientos de nuestro Señor Jesucristo. Uno consiste en venir para ser salvo, y la otra a venir a él como discípulo. Es interesante relacionar estos 2 versículos porque venir a Cristo y venir tras él, es decir, seguirlo como discípulo, son 2 cosas inseparables; solo se le puede seguir si se ha venido a él, y sería incoherente no seguirlo si se ha venido a él.
Los cristianos están seguros de que algún día su camino terminará en la gloria. Tendrán el gozo de ir al cielo, pero mientras tanto, ¿tienen una vida feliz si no son verdaderos discípulos? Si se contentan con saber que sus pecados están perdonados y que están en el camino hacia la gloria, descuidando seguir al Señor por el sendero por el que él mismo caminó, sufrirán una gran pérdida; no habrán dejado que el Señor haga de su vida algo hermoso, algo que sea para Su gloria y para Su propio gozo.
El primer llamado del Señor se dirige a todos (Mat. 11:28) porque el Señor desea que todos sean salvos. Él desea quitar nuestros pecados y darnos descanso; y podemos tener paz en nuestra conciencia cuando sabemos que todo está en orden entre nuestra alma y Dios. Si aún ustedes no son salvos, el Señor les llama a venir a él y a entrar en relación con él como Salvador y Señor.
El segundo llamado del Señor se dirige a los que están salvados, para que vayan tras él en el camino (Mat. 16:24). No es un llamado a venir a él, sino a seguirlo. Es siguiendo a Cristo en el camino de la fe descrito por la Palabra como se experimenta el gozo de la vida cristiana. Hay un gozo inicial cuando se viene a Cristo para ser salvo, pero para tener un gozo duradero y continuo en nuestra vida, es necesario seguirlo cada día en el camino, como su discípulo.
En su llamado en Mateo 16, el Señor dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí...». Ser discípulo es algo individual. Yo no puedo ser discípulo de Jesús en lugar de otro, y ustedes no pueden serlo en el mío. Ser discípulo es también algo que compromete mi voluntad. Cada uno de nosotros debe reflexionar bien ante el Señor. No se puede hacer a la ligera. Un verdadero discípulo debe “renunciar a sí mismo, tomar su cruz y seguirlo”.
1.2 - 2 tipos de discípulos
Pero ¿qué es un discípulo cristiano? Es alguien que declara seguir las enseñanzas del Señor Jesús.
El Evangelio según Juan indica que 2 tipos de discípulos seguían al Señor durante su ministerio en la tierra. Los que eran sus discípulos (Juan 6:60) y los que eran «verdaderamente sus discípulos» (Juan 8:31). Algunos seguían al Señor, atraídos por sus milagros, por la autoridad con la que hablaba… pero lo abandonaban en cuanto se veían puestos a prueba. Otros lo seguían porque tenían fe: creían que era verdaderamente el Mesías.
En Juan 6, el Señor pone a prueba a todos sus discípulos con palabras muy fuertes. Así se produce una separación radical entre los verdaderos discípulos y los que solo eran “seguidores”. «Por esto muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban más con él. Por tanto, Jesús dijo a los doce: ¿No queréis iros vosotros también? Le respondió Simón Pedro: Señor ¿a quién iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Juan 6:66-69).
1.3 - Todos discípulos
Algunos piensan que ser discípulo es algo reservado a quienes ejercen un ministerio público a tiempo completo, y que los cristianos comunes y corrientes no tienen por qué sentirse implicados. Esto no es justo: todo cristiano debe ser un verdadero discípulo. ¡Es el único camino seguro y feliz para nosotros en este mundo! No podemos eximirnos de seguir el camino del verdadero discípulo. ¿No era acaso la misión de los apóstoles abrir este camino a todas las naciones?
«Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones» (Mat. 28:19).
2 - Lo que caracteriza a un discípulo
Leamos Lucas 14 para ver más de cerca algunas de las características que identifican a un discípulo. El Señor menciona al menos 4, y en el Evangelio según Juan encontramos 3 más. Estas características permiten distinguir entre quien es un verdadero discípulo y quien solo lo es en apariencia.
«Grandes multitudes acompañaban a Jesús, y volviéndose él, les dijo: Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula el gasto, [a ver] si tiene lo suficiente para acabarla? No sea que después de poner el cimiento, no pueda acabarla, y todos los que lo observan comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo terminar. ¿O qué rey, que sale a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y delibera si es capaz de afrontar con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, mientras el otro aún está lejos, envía una embajada y pide [condiciones] de paz. Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. Buena es la sal; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará? No sirve ni para la tierra, ni para el muladar; será echada fuera. Quien tiene oídos para oír, oiga» (Lucas 14:25-35).
En este pasaje, el Señor muestra que el verdadero discípulo no vivirá como le plazca, sino como el Señor quiera.
Observe que, si alguien decide no tener en cuenta estas condiciones, el Señor dice: «no puede ser mi discípulo» (v. 26, 33). No dijo: “no puede ser salvo”, porque aquí no se trata de la salvación de nuestra alma, del perdón de nuestros pecados, sino de nuestra forma de vivir y de ser su discípulo, del hecho de seguir a Jesús.
Una gran multitud le seguía aquel día y escuchaba sus enseñanzas. El Señor mostraba la diferencia entre los verdaderos discípulos y los que le seguían por otras razones. ¡Dejemos que estas enseñanzas pongan a prueba la realidad de nuestro compromiso con él!
2.1 - Un amor supremo y exclusivo por el Señor, que le da el primer lugar en nuestras vidas
La primera gran condición para ser discípulo se encuentra en el versículo 26. «Si alguno viene a mí y no odia a su padre… no puede ser mi discípulo». Debe tener por Cristo un amor y una devoción que lo pongan por encima de todo lo demás.
Dice que debemos «odiar» cualquier relación que se oponga a los derechos que Él tiene sobre nosotros.
Evidentemente, no es posible que el Señor utilice la palabra «odiar» en sentido literal, porque sus otras enseñanzas establecen claramente que no debemos odiar a nuestro prójimo. Se nos exhorta a amarnos «unos a otros» (Juan 13:34). Él utilizó esta palabra aquí para establecer una escala de valores, para mostrar cómo, comparativamente [1], el Señor debe tener prioridad absoluta sobre todo lo demás en nuestras vidas.
[1] Vean Mateo 10:37: «El que ama a padre o a madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o a hija más que a mí, no es digno de mí».
Permítanme preguntarles: ¿Es esto característico de sus vidas? ¿Tienen ustedes un amor por el Señor Jesucristo tal que está por encima de todo lo demás? ¡Hago bien en plantearme estas preguntas primero a mí mismo! Si se preparan para “seguirle”, como verdaderos discípulos, eso es lo que se les pedirá. Él plantea esta pregunta desde el principio a la multitud de aquellos que quieren convertirse en sus discípulos. La cuestión esencial es: ¡Cristo debe ser el primero en todo! (Vean el final de Col. 1:18). Señala una serie de relaciones que nos afectan de cerca –padre, madre, esposa, hijos– y que, en su conjunto, deben ceder el paso a Sus derechos. Luego añade: “¡y también en la vida!”. Se trata de la búsqueda de lo que nos interesa personalmente en la vida. La mayoría tiene un pasatiempo o un centro de interés en su vida, pero el Señor dice que él debe tener prioridad sobre esas cosas también. Ya sean personas o cosas. Odiar nuestra propia vida no significa odiar los pecados cometidos antes de nuestra conversión (aunque sin duda debemos hacerlo), ni tampoco dejar de cuidar nuestro cuerpo y nuestra salud. Debemos odiar nuestra propia vida, en el sentido de que todas las demás cosas que perseguimos y todas las ambiciones que podamos tener deben dejarse de lado para someterse a los derechos de Cristo. Este es el mensaje esencial del Señor cuando dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mat. 16:24). Esto exige renuncia. En cierto modo, aquellos que desean conservar el derecho a perseguir sus intereses personales en la vida no podrán convertirse en buenos discípulos.
En el mundo hay personas que sacrifican su vida para alcanzar un objetivo. Por ejemplo, los atletas que se entrenan para los Juegos Olímpicos dedican su vida al deporte con el fin de conseguir una medalla. Por libre elección, hacen enormes sacrificios para alcanzar ese objetivo. Renuncian a todo lo que podría impedirles alcanzar su meta: distracciones, comida favorita... Deben renunciar a muchas cosas que sus amigos disfrutan, como fiestas o actividades similares, y deben tener cuidado de no dejarse llevar, por miedo a que eso afecte a su rendimiento. Su estilo de vida es sencillo: deben comer, dormir y entrenar para alcanzar la meta que se han fijado. Y, como he dicho, hacen todo esto por elección propia. Su objetivo exige años de sacrificio, lo que ilustra lo que significa “renunciar a sí mismo”, “odiar la propia vida”. Y, sin embargo, lo hacen por una recompensa y una gloria terrenal que pronto desaparecerán.
El Señor no nos impide disfrutar de lo que nos da en la vida. No dice que debamos renunciar a las cosas que Dios nos ha dado en abundancia para que disfrutemos de ellas (1 Tim. 6:17). Pero debido a los derechos que Cristo tiene sobre nosotros, estas cosas que nos interesan deben pasar a un segundo plano.
¿Estamos preparados para ello? ¿Estamos preparados para dar al Señor prioridad sobre todas las personas que conocemos y sobre todos los intereses que tenemos en nuestras vidas?
2.2 - Aceptar de estar identificados con Cristo en su rechazo
El Señor continúa diciendo: «El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:27). La cruz es lo que el mundo le dio al Señor Jesús. Habla de un rechazo definitivo. El Señor no dice que los discípulos deban llevar la cruz que él llevó. No, solo él podía hacerlo, pero si decidimos seguirlo, cada uno de nosotros tendrá una cruz que llevar. En otras palabras, podemos esperar sufrir, por parte del mundo, algo de lo que sufrió el Señor. Si soy uno de sus discípulos, tendré que soportar el rechazo como él. Él dice: «Si el mundo os odia, sabed que me odió antes que a vosotros» (Juan 15:18). Y añade: «Si a mí me han perseguido a mí, también os perseguirán» (v. 20).
Quien decide seguir a Cristo debe comprender esto desde el principio. Seguimos a un Salvador rechazado y debemos aceptar ser rechazados. Es parte del cristianismo normal sufrir el oprobio y el rechazo (Hebr. 13:13; 2 Tim. 2:3). Si alguien piensa que seguir a Cristo es fácil, se equivoca. Si pensamos que podemos mantener nuestras relaciones con las personas del mundo con las que nos relacionamos, en la escuela, en el trabajo, y sentirnos cómodos con ellas (y a todos nos gusta sentirnos cómodos), debemos grabar esto en nuestra vida: Cristo es un Salvador rechazado; y si lo seguimos, ¡no seremos populares! Si somos verdaderos y fieles discípulos del Señor Jesús, nuestras relaciones con estas personas tendrán límites.
El verdadero discípulo del Señor que predica el Evangelio sabe en qué camino se compromete quien viene al Salvador. A veces, el Evangelio se presenta como el rescate de alguien que se encuentra en un edificio en llamas. La persona se alegra entonces de escapar de la Gehena creyendo en el Señor Jesucristo. Si esta liberación es el resultado del arrepentimiento, llevará a reconocer la obra del Salvador y sus derechos. Esas personas no seguirán viviendo como antes. También comprenderán que, al ser salvadas, están en el bando de un Salvador rechazado. Pero a veces, las personas se sorprenden cuando se encuentran con el rechazo. Al acudir a Cristo para recibir la salvación, pensaban que el Señor iba a allanar todo en sus vidas y convertirlas en un jardín de flores. Imaginaban que todo sería fácil y sin problemas a partir de ese momento. Eso no es cierto. Pero si Jesús es nuestro Salvador, también es nuestro guía, nuestro ayudador y nuestro amigo; estará con nosotros en las dificultades del camino. Nunca prometió quitar todas las preocupaciones de la vida, pero quiere que las vivamos con él. Si el camino que sigue a Cristo no es un camino fácil, es un camino feliz, siempre y cuando nos mantengamos cerca de él.
Queridos amigos, decimos que al seguir a Cristo tendremos una «cruz» que llevar, y una cruz nos habla de rechazo. ¿Estamos preparados para ello? El discípulo se encontrará con la hostilidad del mundo. Si conserva cierta popularidad en el mundo, es prueba de que se ha comprometido en algún aspecto de su compromiso como discípulo.
2.3 - Un compromiso de por vida por la causa de Cristo
La siguiente condición para ser discípulo se encuentra en Lucas 14:28-30. Se trata de “edificar una torre” y de la importancia de terminar lo que se ha comenzado. ¡El compromiso es para toda la vida! El constructor debe «calcular el gasto» cuando emprende una tarea de este tipo, para asegurarse de que será capaz de completarla. El Señor utiliza esta imagen para ilustrar el testimonio personal del cristiano en el mundo como discípulo. Todos estamos comprometidos con la construcción de nuestra vida con Cristo. Cuando fuimos salvos, fue como si hubiéramos puesto los cimientos, y cuando caminamos con el Señor, es como si estuviéramos construyendo una torre. Cuando terminemos nuestra carrera en este mundo para ser introducidos en la Casa del Padre, ya sea por la venida del Señor o por la muerte, entonces terminaremos lo que hemos comenzado a construir durante años.
En otras palabras, cuando nos convertimos en discípulos del Señor Jesús, también debemos “calcular el gasto”, evaluar lo que implica ser discípulo y mantener un compromiso de por vida. Sin esto, dejaremos atrás el testimonio de un fracaso, algo negativo relacionado con el nombre del Señor, que llevamos. El Señor no desea que nuestra vida sea un fracaso, como el hombre que dejó su torre sin terminar. Se dice de él que «todos los que lo observan comiencen a burlarse de él». Porque cuando el pueblo de Dios falla, es una ocasión para que el mundo se burle. Se dice: «El nombre de Dios es blasfemado entre los entiles a causa de vosotros» (Rom. 2:24). ¿Quién de nosotros querría dar al mundo una oportunidad para burlarse de Dios?
Si, al calcular el gasto, no llegamos a confiar únicamente en la gracia de Cristo para seguirlo, nuestro compromiso corre el riesgo de perderse por el camino. Todo el mundo tiene sus excusas, por supuesto, pero la cuestión fundamental es que no nos hemos sentado a “calcular el gasto” que exige seguir a un Salvador rechazado. En nuestra conversión, asumimos un compromiso verdadero con Cristo, y eso es algo bueno. Pero cada uno debe sentarse y calcular el costo, reflexionar seriamente sobre seguir al Señor. Sin duda habrá fallos puntuales, pero eso no debe detenerlo. Este compromiso es diferente al del nazareno (Núm. 6), que podía dedicar una parte de su vida al servicio de Dios y luego volver a su antigua vida. Un verdadero discípulo del Señor Jesús está comprometido para toda su vida en la tierra.
Sin embargo, no debemos pensar que es demasiado difícil para nosotros ser discípulos. Solo hay que considerar, por fe, el poder y la gracia de Dios. Él nos da el «poder» para vivir la vida cristiana. No olvidemos que el mismo «poder» que resucitó a Jesús se ejerce sobre «nosotros los que creemos» (Efe. 1:19).
La gracia y el compromiso del discípulo están relacionados. El deseo de ser un verdadero discípulo del Señor Jesucristo surge porque la gracia ha actuado en el corazón del creyente. Él necesita esa misma gracia para perseverar. Su corazón responde al amor que se le ha demostrado por lo que Cristo hizo por él en la cruz. El hecho de que hayamos sido redimidos nos lleva por un camino estrecho, y tal vez incluso a entregar nuestras vidas a la causa de Cristo en este mundo. ¡Eso es el cristianismo normal! No nos cuesta nada convertirnos en cristianos, pero sí cuesta ser verdaderos discípulos. Sin embargo, como he dicho, es el único camino seguro y feliz.
¿Qué sucede si no calculamos realmente el gasto y dejamos la construcción sin terminar? Aquellos que nos han visto tomar el camino cristiano se burlarán de nosotros (quizás a nuestras espaldas), y el nombre de Cristo que fue invocado sobre nosotros será deshonrado. Por lo tanto, debemos pensar bien cuando tomamos el camino cristiano y comprometernos seriamente a perseverar hasta el final.
Muchos comienzan bien, pero no continúan. Y eso es triste. Estoy seguro de que eso entristece al Señor. Pablo le dijo a Timoteo: «Pero tú, persevera en lo que aprendiste y fuiste persuadido, sabiendo de quién lo aprendiste» (2 Tim. 3:14). La vida cristiana es una carrera de resistencia, no un sprint (Hebr. 12:1-3). Debemos apoyarnos en el Señor para que nos sostenga todos los días de nuestra vida, porque separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5).
2.4 - Una estimación justa del poder del enemigo
Veamos ahora otra condición para ser discípulo. El Señor la da en Lucas 14:31-32, con otra imagen. Si queremos ser uno de sus discípulos, debemos ser como un «rey, que sale a la guerra contra otro rey, que es 2 veces más fuerte que él. Este rey debía estar seguro de lo que hacía, debía emprender una batalla razonable. Por lo tanto, debemos tener una estimación justa del poder del enemigo (el diablo) contra el que vamos. Corremos el riesgo de subestimar el poder del enemigo y la sutileza de la carne. Por nosotros mismos, no podemos enfrentarnos al enemigo de igual a igual. Él es más poderoso de lo que creemos. Si, llenos de confianza en nosotros mismos, pensamos que somos capaces de enfrentarlo con nuestras propias fuerzas, seremos derrotados. Pero estemos agradecidos por lo que se nos dice: «Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4).
Si tememos desagradarle, y evaluamos correctamente el poder del enemigo, buscaremos obedecer al Señor y seremos guardados. «Torre de fortaleza es el nombre de Jehová; a ella corre el justo, y está en salvo» (Prov. 18:10, V.M.). Por lo tanto, la sumisión al Señor es muy importante en la vida del discípulo. Si permanecemos cerca de Él, seremos vencedores en nuestra vida cristiana.
Pero me temo que no somos conscientes en absoluto del poder del enemigo. Vean lo que sucede en el versículo 32: el rey no evaluó exactamente el poder del otro rey, ni la dificultad del conflicto en el que se estaba metiendo; cuando se da cuenta, se informa de las «[condiciones] de paz». Pero hacer las paces con nuestro adversario sería comprometernos y aceptar la derrota. ¡Sin duda, eso no es lo que deseamos! Sin embargo, muchos cristianos actúan así. De una forma u otra, han vivido con compromisos y se han vendido al enemigo. ¡Qué situación tan triste!
He oído con demasiada frecuencia la historia de jóvenes cristianos seguros de sí mismos, decididos a vivir como cristianos para la gloria de Dios, pero poco conscientes del poder y la sutileza de Satanás. Querían realmente hacer todo por Cristo. Estos jóvenes fueron a lugares donde los cristianos no deben estar, con el fin de intentar mostrar el amor de Dios. Y no pudieron resistir las influencias de su entorno, fueron vencidos por la codicia y terminaron sus vidas en el compromiso. Sus motivaciones eran sinceras –realmente querían vivir y dar testimonio de Cristo– pero subestimaron el poder del enemigo.
Lo que les sucedió debe ser una advertencia para nosotros; nunca debemos subestimar el poder del diablo, y debemos permanecer cerca del Señor y dependientes de él. Pero ¿cómo podremos resistirle si no estamos fortalecidos por la Palabra y la oración, si no nos ejercitamos en la piedad (1 Tim. 4:6-7)? Dios nos dará la gracia para vencer, pero solo si nos mantenemos cerca del Señor.
El Señor concluye diciendo: «Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:33).
2.5 - Perseverar en la Palabra
Otro aspecto de la vida de discípulo aparece en Juan 8:31: «Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». De hecho, solo un cristiano que persevera en la Palabra y no transige con lo que ella le dice puede ser un verdadero discípulo.
Un verdadero discípulo del Señor Jesús ama la Palabra de Dios. Tiene un apetito insaciable por ella. Se somete a su autoridad y pone en práctica lo que ha aprendido. Es un verdadero gozo para él.
He aquí 7 razones por las que un verdadero discípulo lee la Biblia:
1. Para conocer más a Cristo. «Vosotros escudriñáis las Escrituras, porque pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39). «Entonces él les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia, y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciese estas cosas, y entrara en su gloria? Comenzando desde Moisés y todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras las cosas que a él se refieren… Y les dijo: Estas son mis palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lucas 24:25-27, 44). Cristo es el tema de toda la Escritura, por lo que, cuando leemos la Escritura, tengamos al Señor Jesucristo ante nosotros y nuestra lectura será provechosa.
2. Para recibir luz y dirección en el camino, y estar guardados de los caminos del destructor (Sal. 17:4; 19:7; 119:105, 130; 2 Reyes 6:8-12).
3. Para crecer espiritualmente y conocer mejor la gracia de Dios, por la cual se forma en él el carácter de Cristo (1 Pe. 2:2, 3; 2 Cor. 3:18).
4. Para conocer las bendiciones espirituales que hay en Cristo, sobre las cuales está edificado y establecido en la santísima fe (Hec. 20:32; Rom. 16:25, 26; Judas 20).
5. Para recibir consuelo, fortaleza y gozo en momentos de prueba y sufrimiento (Rom. 15:4; Sal. 1:1-3; 119:28, 49-50).
6. Para purificar el alma de la mancha del pecado, mediante la Palabra; y, si es necesario, para producir arrepentimiento, confesión y recuperación ante el Señor. Las Escrituras purifican el alma y esto tiene consecuencias en nuestra forma de vivir (Sal. 19:7; 119:9; Efe. 5:26).
7. Para conocer los acontecimientos futuros y estar instruidos en el propósito de Dios, que es glorificar a su Hijo en los 2 ámbitos del mundo venidero: en los cielos y en la tierra (Apoc. 1: 1-3; Efe. 1:10).
La Palabra de Dios pone a prueba la realidad de nuestro compromiso como discípulos de Jesús. A menudo fallamos cuando nuestra conducta se somete a la prueba de “caminar en la verdad”. Puede tratarse de cosas muy sencillas relacionadas con la vida colectiva de la Asamblea (la Iglesia) o con la vida cristiana cotidiana.
En la vida de un verdadero discípulo de Cristo no hay concesiones en cuanto a la doctrina. Es triste constatar que muchos cristianos de hoy en día no se sienten concernidos por la doctrina, es decir, por lo que enseña la Biblia. Algunos piensan que Dios no se interesa por lo que creemos, sino solo por nuestra forma de vivir. Piensan que basta con amarnos los unos a los otros y vivir en armonía. Sin embargo, en Hechos 2:42 encontramos que los primeros cristianos «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones». La doctrina es lo primero que se menciona entre las cosas en las que debemos perseverar. Debe ser la base de nuestra comunión. C.H. Brown decía: “Dios presta atención a lo que ustedes creen, porque no pueden tener una vida recta sin creer en lo que es recto»”. La doctrina es importante porque impregna nuestra conducta. Un verdadero discípulo se guía por ella. El que no se basa en la verdad será «zarandeado y llevado por todo viento de doctrina por la astucia de los hombres que con habilidad usan de artimañas para engañar» (Efe. 4:14). Quien se vea zarandeado entre diversas enseñanzas falsas, religiosas o de otro tipo, no podrá cumplir la verdadera misión de un discípulo del Señor Jesús. Escuchemos lo que el apóstol le dice a Timoteo: «Vela por ti mismo y por la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciendo esto no solo te salvarás a ti mismo, sino también a los que te escuchan» (1 Tim. 4:16).
2.6 - Un amor ferviente por nuestros hermanos
Pasemos a Juan 13:34-35. «Un nuevo mandamiento os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, que vosotros también os améis unos a otros. En esto sabrán todos que sois mis discípulos, si os amáis entre vosotros»
A primera vista, este texto nos parece muy hermoso, pero cuando queremos aplicarlo a nuestra vida personal y a nuestra vida en la Iglesia, a veces resulta difícil, ¡especialmente si se trata de un hermano o una hermana con un carácter difícil! Un verdadero discípulo está decidido a amar a su hermano (¡o a su hermana!), sea este agradable o no. Debemos amarnos los unos a los otros, incluso cuando estamos muy lejos de ser agradables –como Dios ama, él que derrama su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5:5). Un verdadero discípulo del Señor Jesús amará a su hermano, aunque este no se comporte bien, lo cual no significa que apruebe su conducta, y tal vez tenga que decírselo. Si esta forma de amar estuviera más extendida en la Iglesia hoy en día, esta no tendría un testimonio tan débil en este mundo.
El amor de aquellos de nosotros que tenemos el privilegio de reunirnos en el nombre del Señor, fuera de los sistemas eclesiásticos establecidos por el hombre (Mat. 18:20), puede tender a reducirse, a limitarse a aquellos con quienes nos relacionamos (Efe. 1:15), aunque no estén de acuerdo con todos.
El Señor dijo: «En esto sabrán todos que sois mis discípulos, si os amáis entre vosotros». Lamentablemente, el mundo apenas ve esto. Muchas de las divisiones que existen hoy en día en la cristiandad son el resultado de que los cristianos no se aman realmente y, por lo tanto, no se llevan bien entre ellos. Algunos, por ejemplo, abandonan una comunidad cristiana por otra porque no se han sentido amados en ella… 3 elementos importantes han impedido que la Iglesia se comporte correctamente: la ignorancia, la insumisión y la indiferencia. La gran ignorancia de los principios de la Palabra y la insumisión a lo poco que se conocía de ella condujeron a una gran indiferencia con respecto a los derechos de Cristo.
Que el Señor nos conceda amar a nuestros hermanos como Cristo nos ama. ¿Cómo podría un discípulo de Jesucristo no estar lleno del amor de Dios, que tanto lo ha amado? «Los has amado, como a mí me has amado», dice el Señor a su Padre (Juan 17:23).
2.7 - Una vida de oración y de comunión que produce frutos para la gloria de Dios
«Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis cuanto queráis, y os será concedido. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto; y así seréis mis discípulos» (Juan 15:7-8).
Los verdaderos discípulos del Señor Jesús viven, por tanto, en comunión con él, y el resultado es fruto en sus vidas. Él dice: «Si permanecéis en mí»: esta expresión habla de comunión. Permanecer en el Señor Jesús es vivir en una cercanía habitual de corazón con él. Luego también dice: «y mis palabras permanezcan en vosotros». Esto nos habla de la inteligencia para comprender el pensamiento de Dios, porque nuestra inteligencia se forma mediante el conocimiento de su Palabra. Si existen estos 2 elementos (la comunión con el Señor y el conocimiento de su Palabra), nuestras oraciones estarán en armonía con su pensamiento, y las cosas que pidamos «nos será concedido».
Nuestra comunión con el Señor necesitará ser mantenida. Para ello, el Padre (el cultivador) ejercerá su disciplina sobre nosotros. El verdadero discípulo lo tendrá en cuenta: velará por no perder esta comunión dejando que el pecado se desarrolle en su vida. Aunque sea un «pequeño» pecado, debemos confesarlo al Señor para que se restablezca la comunión. Jesucristo, nuestro abogado ante el Padre, nos ayudará a “ajustar nuestras cuentas con Dios”. No debemos dejar que los pecados se acumulen en nuestra vida, porque podríamos alejarnos rápidamente de Él. Un verdadero discípulo desea estar siempre en comunión con el Señor, y si algo interrumpe esa comunión, se siente incómodo hasta que recupera una relación feliz con él. Para ello, juzga todo lo que ha contribuido a perturbar su gozo en el Señor, confesándoselo. Si primero «confesamos nuestros pecados», entonces Dios «es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1:9).
Juan 15 menciona 2 resultados de una vida de comunión con el Señor: nuestras peticiones son escuchadas y damos fruto para la gloria del Padre. El fruto consiste en reproducir los rasgos morales de Cristo en nuestras vidas. Sin embargo, solo podemos producir este fruto permaneciendo en él. El mundo rechazó a Cristo, pero Dios quiere que aún podamos ver a su Hijo en los suyos en la tierra. ¡Por lo tanto, sus discípulos buscarán manifestar el carácter de Cristo en sus vidas!
En 2 Corintios 3:2-3, el apóstol Pablo nos dice que el Espíritu de Dios busca escribir a Cristo en nuestros corazones para que sea visible en nuestras vidas. Esta conformidad moral con Él se produce en la medida en que nuestros pensamientos están llenos de Cristo. «Todos nosotros a cara descubierta, mirando como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18). ¡Qué privilegio representar a Cristo en el mundo siendo su «carta... conocida y leída por todos los hombres»!
Resumamos lo que caracteriza a un verdadero discípulo:
- Da al Señor el primer lugar en su vida.
- Acepta ser rechazado.
- Desea seguir a Cristo toda su vida.
- Conoce el poder del enemigo.
- Persevera en la Palabra de Dios sin concesiones.
- Ama fervientemente a sus hermanos y hermanas.
- Tiene una vida de oración y comunión.
Estas características de un discípulo nos muestran que Dios busca hombres y mujeres fieles que no son necesariamente personas elocuentes o dotadas. El Señor dijo: «El que es fiel en lo muy poco, también en lo mucho es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo mucho es injusto» (Lucas 16:10). Pablo dijo: «Se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel» (1 Cor. 4:2). Vean también 2 Timoteo 2:2: «Lo que oíste de mí ante muchos testigos, esto encomienda a hombres fieles, que estén capacitados para enseñar también a otros». En lo que respecta a la vida de discípulo, el Señor no nos pregunta cuáles son nuestras capacidades o incapacidades, ¡sino que quiere nuestra disponibilidad! La gran pregunta es: ¿nos ponemos a disposición del Señor para que haga con nosotros lo que le plazca, lo que le convenga? ¿Queremos ser uno de sus verdaderos discípulos?
3 - Puestos a prueba
Al repasar los 4 Evangelios, encontramos al menos 6 o 7 ocasiones en las que personas se comprometen a seguir al Señor, ya sea por iniciativa propia o por haber sido llamadas directamente por Él. Como he dicho, todos serán puestos a prueba en cuanto a la realidad de su fe. Las circunstancias que rodean cada una de estas ocasiones nos presentan una prueba específica, instructiva para cada uno de nosotros: ¿queremos dar al Señor el primer lugar en nuestra vida o no? Veamos algunas de estas ocasiones en el Evangelio según Lucas.
3.1 - Pedro y Andrés: Prueba, cuando los negocios van bien
Leamos Lucas 5:1-6: «Aconteció que, estando Jesús junto al lago de Genesaret, la muchedumbre se echaba sobre él para oír la palabra de Dios; y vio dos barcas que estaban junto al lago; pero los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Entró en una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la apartase un poco de tierra; y él se sentó, y enseñaba desde la barca a la multitud. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Remad mar adentro y echad vuestras redes para pescar. Simón le respondió: Maestro, después de trabajar toda la noche, nada pescamos; pero porque tú me lo dices, echaré la red. Cuando lo hicieron, pescaron una gran cantidad de peces; y la red se rompía». Luego, en el versículo 10, Jesús le dice a Simón: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Hará de sus discípulos «pescadores de hombres» (Mat. 4:19).
Nuestro empleo, nuestro trabajo, es algo muy importante porque todos debemos ganarnos la vida en este mundo. El Señor puso a prueba a Pedro y Andrés en este ámbito para ver si Sus derechos sobre ellos tendrían prioridad, incluso en este importante aspecto de su vida.
A menudo he pensado que si el Señor hubiera llamado a Pedro cuando habían pescado toda la noche sin pescar nada, probablemente habría estado dispuesto a abandonar su oficio de pescador para seguirlo. Pedro y Andrés habían pasado por un período difícil en la pesca; sus negocios no iban bien, pero eso no fue lo que los motivó a seguir a Jesús. No, fue después de una pesca extraordinaria cuando el Señor llamó a Pedro y Andrés para que fueran sus discípulos.
El Señor les permitió hacer la mayor pesca que jamás habían hecho. ¡Pensemos en el dinero que podrían haber ganado ese día en el mercado con tal captura! Pero justo en ese momento el Señor los llamó para que lo siguieran. ¿Qué iban a hacer Pedro y Andrés? ¿Seguirían pescando para ganar todo el dinero posible, o estaban dispuestos a abandonarlo todo para seguir al Señor? ¡La prueba era decisiva! Y fue una verdadera prueba en el momento en que sus negocios parecían realmente prósperos. Pero se dice: «Arrimando sus barcas a tierra, lo dejaron todo y le siguieron» (v. 11). ¡La gente debió de pensar que estaban locos! ¿Por qué querer abandonar una actividad cuando va bien? Fue la gracia de Dios la que actuó en sus corazones para impulsarlos a dejarlo todo y seguir al Señor.
Esta enseñanza no significa que sea necesario dejar el trabajo para ser un verdadero discípulo del Señor Jesús. Algunos pueden ser llamados a ello, pero la cuestión es si daremos prioridad a los derechos de Cristo sobre nuestras actividades profesionales. ¿Quiero poner al Señor Jesús y sus derechos por encima de mi trabajo y de ganar dinero en este mundo? Seremos puestos a prueba en este punto.
Muchos dan prioridad a su trabajo en su vida y se convierten en prisioneros de él. El enemigo de nuestras almas tratará por todos los medios de apartarnos de nuestro compromiso de seguir al Señor.
Debemos resistir a este enemigo. Nuestro adversario, el diablo, trata de mantenernos tan ocupados que nuestra actividad para el reino de Dios se vea debilitada o incluso anulada. ¿No utiliza el argumento de que, después de todo, debemos trabajar en este mundo para alimentar a nuestra familia? Aunque se nos anima a cuidar de ella (1 Tim. 5:8), ¡Cristo debe ocupar el primer lugar!
3.2 - Leví (Mateo): prueba sobre la posición en este mundo
«Después de esto salió y vio a un cobrador de impuestos llamado Leví, sentado en el banco de los tributos, y le dijo: ¡Sígueme! Dejándolo todo, se levantó y lo siguió» (Lucas 5:27-28). Leví tenía una posición elevada en la sociedad. Era una posición odiada por los judíos, pero le proporcionaba a Leví comodidad material y distinción social. La prueba consistía en saber si abandonaría su lugar en la sociedad para convertirse en discípulo del humilde Jesús. Este puede ser el caso de algunos de nosotros. La fama y la distinción son difíciles de abandonar para aquellos que podrían beneficiarse de ellas. Para ser discípulo del Señor Jesús, a veces habrá que dejarlas de lado.
Tampoco en este caso el Señor enseña que si tenemos una profesión bien remunerada debamos abandonarla necesariamente, sino que si ocupamos un lugar de alto rango en la sociedad –un lugar entre los hombres, por así decirlo– ya sea social, político o en el mundo de los negocios, no debemos permitir que eso prevalezca sobre nuestro compromiso de seguir al Señor.
3.3 - 3 personas piden ser discípulos
3.3.1 - Prueba relacionada con el rechazo
«Andando ellos por el camino, un hombre le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza» (Lucas 9:57-58).
Un hombre promete seguir al Señor como discípulo. Pero el Señor sabe que no ha calculado cuánto le va a costar. Entonces, el Señor le recuerda que el pueblo judío no lo quería, que era rechazado. «Vino a lo suyo y los suyos no lo recibieron» (Juan 1:11). Salvo en algunos lugares, no era recibido en las casas y, por lo tanto, no tenía dónde recostar la cabeza. Es inconcebible, pero cierto. Al final del capítulo 7 de Juan se dice: «Se fueron cada uno a su casa. Pero Jesús se fue al monte de los Olivos» (Juan 7:53-8:1). Es como si el Señor le hubiera dicho a este hombre: “¿Sabes lo que significa sígueme?”.
Seguirlo implica mucho más que renunciar simplemente a las comodidades y ventajas de la vida; significa ser rechazado por el mundo. Probablemente este hombre no era consciente de ello. No había calculado realmente el costo. El resto del relato no nos dice nada más sobre él. ¿Aceptó las dificultades del camino y el rechazo que ello supondría? ¿Quería ser un verdadero discípulo?
Tarde o temprano, nosotros también nos enfrentaremos a la misma prueba. Pero Dios nos dará la gracia y la fuerza para seguir el camino, pase lo que pase. El gozo de seguir a Jesús como discípulo solo la conocen aquellos que se comprometen a ello.
3.3.2 - Prueba relacionada con nuestros lazos familiares
«Dijo a otro: ¡Sígueme! Él respondió: Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú, ve y anuncia el reino de Dios» (Lucas 9:59-60).
He aquí a otro hombre al que el Señor llama a ser discípulo. Pero él pone una condición para seguir al Señor. Dice: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Era una actitud noble hacia su padre, pero le impedía seguir al Señor en ese momento. Fíjense en la palabra «primero», que va en contra de todo lo que representa el compromiso con Cristo. ¿Queremos poner los derechos del Señor en primer lugar? Es perfectamente justo y adecuado mostrar respeto a un padre fallecido o moribundo, pero, a pesar de todo, Cristo no debe tener rival.
La cuestión aquí es que cualquier otra exigencia en nuestras vidas, incluso una exigencia noble, debe estar por detrás de Cristo. Nada debe anteponerse al llamado del Señor a seguirlo.
3.3.3 - Prueba relacionada con nuestro compromiso
«Otro también le dijo: Te seguiré, Señor; pero permíteme primero que me despida de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Ninguno que ha puesto la mano en el arado y mira atrás es apto para el reino de Dios» (Lucas 9:61-62).
Este hombre quería ser discípulo de Jesús, pero también ponía una condición. Primero quería despedirse de sus seres queridos. A primera vista, no había nada de malo en ello, pero los verdaderos discípulos no eran personas que seguían al Señor a regañadientes, con vacilación y guiadas por sus sentimientos.
Alguien dijo: “¡Era solo una cuestión de cortesía!” Sí, pero la cuestión aquí es que incluso las cortesías de la vida son malas si se anteponen a la obediencia inmediata al Señor. Cualquier otro afecto, cualquier infidelidad a otra persona pasa a un segundo plano. Más aún, el hecho de que su familia y sus amigos tuvieran ese control sobre él indicaba que probablemente su corazón no estaba totalmente comprometido. Su compromiso no podía ser duradero. Por eso el Señor le dijo: «Ninguno que ha puesto la mano en el arado y mira atrás es apto para el reino de Dios». La expresión «no es apto para el reino de Dios» no se refiere a la salvación del alma, sino al compromiso con el Señor. No se trata de la entrada en el reino, sino del servicio que se realiza en él.
Nosotros también seremos puestos a prueba de esta manera. Muchos han tropezado por culpa de su familia o sus amigos. La expresión “los lazos de sangre son más fuertes que cualquier otra cosa” es habitual a nuestro alrededor, pero el Señor sin duda pondrá a prueba esto en sus discípulos. Hemos conocido a personas que se han descarriado por actividades familiares que entraban en conflicto con los derechos del Señor, y también a personas que, en medio de dificultades entre los creyentes, han tomado partido por su familia. Las decisiones que tomamos a menudo están influenciadas por lo que piensan nuestras familias, ¡pero los discípulos de Jesús deben ser gobernados solo por él! Que Dios nos dé la gracia de hacer su voluntad y no permitir que nuestras familias y amigos afecten nuestro juicio y nuestro compromiso con el Señor.
3.4 - El rico doctor de la Ley: prueba relacionada con nuestras posesiones
«Un dignatario [del pueblo] le preguntó: Buen Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Por qué me dices bueno? Nadie hay bueno, sino uno [solo]: Dios. Sabes los mandamientos: No cometas adulterio; no mates; no robes; no digas falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre. Él entonces dijo: Todas estas cosas he cumplido desde mi juventud. Cuando Jesús oyó esto, le dijo: Te falta una cosa todavía: Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Lucas 18:18-22; Marcos 10:17-22). Este conductor del pueblo, un hombre rico, fue llamado a seguir al Señor, pero su amor por sus bienes y riquezas lo desvió.
Se acercó al Señor buscando «la vida eterna». Quería vivir en la tierra para siempre con todas sus riquezas, no sabía lo que significa tener la vida eterna, en el sentido de la Biblia: es tener un vínculo indestructible con el Padre y el Hijo (Juan 17:3). El Señor lo puso a prueba en relación con la responsabilidad del hombre hacia su prójimo. Pero fíjense en que el Señor interrumpe su cita antes del último mandamiento: «No defraudes». No lo cita porque, si este hombre pensaba que había cumplido todos los mandamientos, ¡seguramente no había guardado el último! Le faltaba amor por su prójimo: eso es lo que el Señor puso de manifiesto al pedirle que vendiera lo que poseía y lo diera a los pobres. Tenía grandes posesiones, pero en realidad eran sus posesiones las que lo poseían a él. Tenían poder sobre él y no podía ser libre.
Esto no significa que debamos deshacernos de todo lo que tenemos para ser discípulos del Señor Jesús. Pero si damos más importancia a lo que poseemos que al señorío de Cristo, nos desviamos. Debemos utilizarlas para él. Además, nuestras riquezas le pertenecen a él. Siendo Señor de todo, las pone en nuestras manos para que las administremos como sus mayordomos. En este sentido, “dejamos todo” lo que tenemos en sus manos, para administrarlas para él. Todas nuestras posesiones en este mundo deben considerarse así. Un hermano lo expresó perfectamente cuando le pregunté dónde vivía. Me respondió: “El Señor tiene una casa en Kentucky, ¡y ahí es donde yo vivo!”
El reto para nosotros es saber si vamos a conservar lo que tenemos para gestionarlo en nuestro propio interés, o si se lo vamos a entregar para que lo utilice para su gloria. Podéis estar seguros de que seremos puestos a prueba en este aspecto. Nuestras posesiones, muchas de las cuales mejoran nuestro confort: un buen coche, una casa cómoda, aparatos de alta tecnología, etc. –deben utilizarse para él. Si estas cosas se convierten en un objetivo para nuestros corazones y en el centro de nuestras vidas, si las utilizamos para nuestro interés personal, nos veremos realmente obstaculizados en nuestro camino como discípulos del Señor.
4 - Recompensas prometidas al discípulo
«Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido. Jesús, respondiendo, dijo: En verdad os digo, nadie hay que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras, por mi causa y por causa del evangelio, que no reciba 100 veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones y en el siglo venidero vida eterna» (Marcos 10:28-30). Por lo tanto, hay una recompensa presente y una recompensa futura para el discípulo. Hay cosas que recibiremos «ahora en este tiempo», y cosas por las que seremos recompensados «en el siglo venidero».
Estas recompensas nos son prometidas para nuestro ánimo. Es absolutamente evidente: ¡la persona que se convierte en discípulo del Señor Jesús es ganadora! Ganamos ahora y en el mundo venidero. Sin embargo, el beneficio de quien es discípulo de Jesús no tiene nada que ver con lo que busca el hombre del mundo, que lo calcula todo, sobre todo en el plano financiero.
4.1 - La comunión con el Señor, la aprobación de Dios
«Donde yo estoy, allí también estará mi siervo. Si alguno me sirve, a este le honrará mi Padre» (Juan 12:26).
Aquí tenemos 2 recompensas para el presente. La primera consiste en ser compañero del Señor Jesús: «Hemos llegado a ser compañeros de Cristo» (Hebr. 3:14). ¿Quién puede estimar el valor de tal privilegio? Vivir la vida en compañía del Señor Jesús y en comunión con él es el mayor privilegio que podemos tener (Juan 14:21). El tiempo que pasamos en su dulce compañía es mejor que cualquier otra cosa. ¡Es una recompensa maravillosa!
La comunión con el Señor es más que todo lo que el mundo puede ofrecer. Aporta una satisfacción interior y una paz que nada más puede dar. El salmista podía decir: «Porque mejor es un día en tus atrios que mil» (Sal. 84:10), ¡que 1.000 días pasados en cualquier otro lugar!
Yo no cambiaría mi lugar por el de la persona más importante del mundo, si eso me impidiera vivir en compañía del Señor Jesús y en comunión con él.
Al final del versículo 26 de Juan 12, se dice: «le honrará mi Padre». Esa es otra recompensa. El Padre nos gratifica con su aprobación, lo que nos permite no buscar la aprobación del mundo. Vivir en este mundo con el sentimiento del amor del Padre y su aprobación es lo que alegraba al Señor en su vida en la tierra (Juan 11:41), y él desea que nosotros también lo conozcamos y lo experimentemos (Juan 14:23).
Estas 2 primeras recompensas son para el presente. Corresponden a lo que dijo el Señor: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la hallará» (Mat. 16:25). Si tienes comunión con el Señor Jesús y la aprobación del Padre, ¡tienes lo esencial! Pablo se refería a esto cuando exhortaba a «echar mano de la verdadera vida» (1 Tim. 6:19). Algunas personas piensan que la verdadera vida consiste en perseguir lo que ofrece el mundo. Pero vivir de verdad es vivir cada día en comunión con Dios. Una vida de cercanía e intimidad con las personas divinas –el Padre y el Hijo– es un privilegio maravilloso que supera todo lo demás.
4.2 - Un tesoro en los cielos
También están las recompensas futuras. Pensemos en el conductor del pueblo. El Señor le dijo: «Tendrás un tesoro en el cielo» (Lucas 18:22). Al seguir a Cristo, al ser uno de sus discípulos durante el tiempo de su rechazo, acumulamos un tesoro en el cielo (Mat. 6:20-21). ¡Es la mejor inversión que podemos hacer! Si vivimos como verdaderos discípulos de Cristo y le servimos, él nos prepara ese tesoro en el cielo.