Inédito Nuevo

La importancia de tener una mente recta y bien dispuesta

Mantener una buena actitud en nuestras relaciones con los demás


person Autor: Bruce ANSTEY 6

flag Temas: La prenda del cristiano Malos estados interiores


1 - La importancia de tener una mente bien dispuesta

  • «El Señor sea con tu espíritu. La gracia sea con vosotros» (2 Tim. 4:22)
  • «La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu» (Fil. 4:23)
  • «Hermanos, que la gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén» (Gál. 6:18)
  • «La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu» (Film. 25)

Es interesante e instructivo ver que el apóstol Pablo termina 4 de sus Epístolas con estas palabras de advertencia. Tienen que ver con tener una mente bien dispuesta, algo que todos necesitamos de manera crucial. Estas palabras no son repeticiones, porque nada en la Palabra de Dios es redundante. Se dirigen a 4 personas (o grupos de personas) diferentes por 4 motivos distintos. El contexto y las circunstancias en las que Pablo escribe se refieren a 4 ámbitos delicados de la vida a los que debemos prestar especial atención para mantener nuestra mente en orden.

En el Antiguo Testamento, 4 personajes pueden ilustrar cada una de estas situaciones. Necesitamos estas exhortaciones al final de la historia de la Iglesia tanto como la Iglesia las necesitaba al principio de su historia cuando Pablo las dio.

2 - Tener una mente bien dispuesta cuando el testimonio cristiano es desfalleciente (2 Tim. 4:22)

«El Señor sea con tu espíritu. La gracia sea con vosotros». El contexto en el que Pablo dio esta exhortación a Timoteo era el del fracaso del testimonio cristiano en los últimos días. Le anunció una ruina irremediable, y que el mal penetraría en toda la profesión cristiana. Le dio una viva descripción de cada aspecto de la gran confusión que estaba por venir –y no era un cuadro agradable. Habría una completa confusión de la verdad de Dios, y se harían muchas cosas en nombre de Cristo que lo deshonrarían públicamente.

Los cristianos de hoy están tan divididos y divergen tanto en sus opiniones y doctrinas que sería difícil para cualquier observador honesto discernir lo que es realmente el cristianismo. Casi todos los males imaginables están permitidos en el cristianismo actual, hasta el punto de que uno se avergüenza de ser conocido como cristiano. Gandhi, el antiguo Primer Ministro de India, dijo una vez: “¡Si no fuera por los cristianos, me habría convertido en uno!”. Debemos inclinar la cabeza porque todos hemos participado en la corrupción del testimonio cristiano que deshonra al Señor.

Esta Epístola fue escrita para animar a Timoteo a servir en vista de los tiempos difíciles que se avecinaban. Pablo le da muchas instrucciones para guiarle en su servicio. En vista de lo que está por venir, los cristianos deben tener una determinada actitud mental y una determinada manera de comportarse para no añadir más deshonra al nombre del Señor. Si hay un día en que esto es necesario, es hoy. Por eso, antes de terminar su Epístola, Pablo dio a Timoteo esta palabra de advertencia: «El Señor sea con tu espíritu».

En estas circunstancias debemos cuidarnos especialmente de 2 actitudes. Estas son:

2.1 - El desánimo

Es bastante comprensible que Timoteo se haya desanimado cuando pensamos en todas las cosas que Pablo dijo y que estaban sucediendo dentro del testimonio cristiano –y que se iban a desarrollar cada vez más. Llegaría el momento en que los que profesaban el nombre de Cristo «apartarán el oído de la verdad» (2 Tim. 4:4). Tales son los días en que vivimos. Podríamos caer en la tentación de rendirnos y decir: “Es inútil, no tiene remedio. Cuando intento decirle a alguien la verdad, no la quiere”. Probablemente todos hemos tenido esta experiencia. Así que es fácil entender cómo puede haber una tendencia a desanimarse en estos días.

Frente a una situación tan desesperada, podríamos sentirnos tentados a aislarnos en lugar de intentar caminar con el pueblo de Dios. ¿Ha tenido usted alguna vez ese pensamiento? Con todas las circunstancias difíciles y frustrantes que nos rodean, podría venirnos a la mente, pero el aislamiento no es la respuesta. Pablo nunca presenta esa opción a Timoteo. No, el remedio es cultivar una mente bien dispuesta. Si dejamos que las cosas nos afecten hasta el punto de abandonarlo toso, es que ya no estamos viendo las cosas correctamente.

Este tipo de desánimo suele provenir de ocuparse de las cosas negativas: el fracaso y los problemas. Estemos en guardia aquí; ¡los que están acostumbrados a estar ocupados de estas cosas fracasarán ellos mismos! Debemos ocuparnos del Señor Jesucristo y de lo que corresponde a sus intereses en la tierra, y no de la ruina y del fracaso entre el pueblo de Dios. Algunos tienen más dificultad que otros con esto. Parece que siempre quieren hablar de los problemas. Les digo que esta no es una ocupación saludable.

Es cierto que Dios quiere que sintamos en qué estado de cosas evolucionamos, pero no al punto de querer abandonarnos. Debemos orar por la situación actual y reconocer nuestra parte de responsabilidad en la ruina, como hizo Daniel en relación con Israel (Dan. 9). Oremos para que haya oídos que oigan y ojos que vean con claridad, porque Dios sigue actuando hoy. Algunos recibirán la verdad, aunque la mayoría no lo hará. Tengamos cuidado de no desanimarnos, ¡porque el desánimo es contagioso! ¡Podemos desanimar a otros! Pedro es un ejemplo. Estaba desanimado, por haber fracasado, y esto afectó a los demás discípulos. Les dijo: «Me voy a pescar» (Juan 21:3). Era como si dijera: “Vuelvo a mis actividades profesionales porque he fracasado y no creo que el Señor vuelva a utilizarme en su servicio”. Los otros discípulos le respondieron: «Vamos nosotros también contigo». Es realmente triste –Pedro lleva a sus hermanos al desánimo, y 7 se apartan del servicio al que el Señor los había llamado. Lo digo de nuevo, el desánimo es contagioso. Animemos a nuestros hermanos en lugar de desanimarlos.

2.2 - El orgullo

Debemos estar en guardia en cuanto al orgullo. Nos puede suceder sin que nos demos cuenta. Si creemos que somos fieles, podemos tender a menospreciar a aquellos de nuestros hermanos que, tal vez, no muestren el mismo interés por las cosas del Señor que nosotros, y subestimarlos. Tengamos cuidado con esto. Existe el peligro de envanecerse de orgullo y pensar que somos mejores que nuestros hermanos. En este estado, vamos directos a la caída, porque «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu» (Prov. 16:18).

Entendemos por qué Pablo le dijo esto a Timoteo. Muchos se apartaban del apóstol. Pudo decir: «Se apartaron de mí todos los de Asia» (2 Tim. 1:15) y «solo Lucas está conmigo» (2 Tim. 4:11). Muy pocos estaban dispuestos a servir al Señor a la manera del apóstol Pablo, y es comprensible que existiera el peligro de que Timoteo pensara que era mejor que sus hermanos.

Tomar una actitud de superioridad entre el pueblo de Dios es peligroso. Los santos reunidos en el nombre del Señor necesitan tener especial cuidado con esto porque han sido extremadamente privilegiados, habiéndoseles enseñado muchas verdades que se han perdido durante siglos. Podemos entonces tomar una actitud que seguramente desagradará al Señor. Podríamos pensar que somos mejores que nuestros hermanos dispersos por todas las denominaciones cristianas, y que somos los “últimos fieles”. Eso sería muy triste. Es posible tener buena doctrina, buenos principios, e incluso buena conducta externa, ¡pero tener una mala actitud de espíritu! Nuestra actitud puede alejar a otros cristianos de la verdad en lugar de atraerlos.

Démonos cuenta de que cualquier fidelidad en nuestras vidas se debe enteramente a la obra de la gracia de Dios. Debemos servir con la profunda conciencia de que no somos mejores que los demás. No tenemos nada de qué gloriarnos, sino de la pura y soberana gracia de Dios.

2.3 - El profeta Elías

Quiero ilustrar cada una de estas actitudes con un tipo del Antiguo Testamento. Para esta primera actitud, me gustaría considerar el ejemplo del profeta Elías. Él ilustra las 2 actitudes equivocadas de las que he estado hablando. Consideremos 1 Reyes 19:1-10. «Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y de cómo había matado a espada a todos los profetas. Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos. Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios. Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? Él respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y solo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida».

Elías estaba abatido por el desaliento, pero también estaba hinchado de orgullo. Su desánimo provenía del hecho de que los hijos de Israel se estaban apartando de Dios para rendir culto a Baal, que Jezabel había introducido. Había hecho todo lo posible para que se abandonara a Baal, pero fue en vano. Había matado a los profetas de Baal, pero el pueblo seguía con el corazón puesto en Baal. Y ahora esta malvada mujer controlaba el reino y lo perseguía para matarlo. Era una época muy desalentadora para aquel que quería agradar al Señor. Elías no pudo soportarlo más, y su fe le falló. Huyó para salvar su vida. En el capítulo 17, se había estado ante Dios; en el capítulo 18 había estado ante Acab y todo Israel, ¡pero en el capítulo 19, huye ante una mujer!

Elías abandona la tierra de Israel y se recluye, pensando que esa era la solución. Se sienta, desanimado, bajo una retama, pero es hermoso ver al Señor cuidando de él. Se acerca a él con gracia y le sale al encuentro en su desánimo, dándole algo que lo fortalezca para que pueda volver a la tierra de Israel y continuar su servicio como profeta de Jehová. Pero Elías toma el alimento que le había dado el ángel y sigue en la dirección equivocada –se dirigió al monte Sinaí, donde se había dado la Ley. Cuando llega allí, se mete en una cueva y baja los brazos.

Obviamente, bajar los brazos de esta manera no es bueno. Tampoco es una opción para nosotros. La Escritura nos dice que no debemos renunciar a «congregarnos, como acostumbran» (Hebr. 10:25). Elías dejó que este desánimo lo dominara hasta tal punto que se convirtió en su propia voluntad. Tomó la provisión de comida y agua que el Señor le había dado y la usó para alejarse más de su lugar como testigo. El Señor entiende cuando nos desanimamos, y sale a nuestro encuentro para animarnos. Pero si actuamos por voluntad propia, podemos esperar que el Señor nos reprenda. Elías ilustra esta actitud de desánimo.

Cuando el Señor le habla (v. 10), vemos una actitud de orgullo. Dice: «He sentido un vivo celo por Jehová…». Se puede ver en su respuesta que tenía un problema con su ego. Estaba orgulloso de haber sido fiel, y eso no estaba bien. Luego dice: «Los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas». Eso era cierto, pero estaba criticando la infidelidad de sus hermanos condenándolos, y eso tampoco estaba bien. Luego dijo: «Solo yo he quedado» –¡pensaba que era el único fiel! Es triste; no estaba en el estado de ánimo adecuado. El Señor le respondió que no era el único fiel. El Señor tenía en Israel «siete mil» cuyas rodillas no se ante Baal (v. 18). Esto nos muestra que, incluso en los días más oscuros, Dios conserva creyentes con los que podemos caminar.

Luego vemos lo que el Señor piensa de este tipo de actitud. ¡Rechaza a Elías como profeta! Los días de su ministerio público en Israel habían terminado. Jehová le dijo que fuera y ungiera a Eliseo para que tomara su lugar (v. 16). Tenemos que aprender que Dios no puede utilizarnos si tenemos una actitud de superioridad. Tal vez Pablo pensó que esto podría sucederle a Timoteo. Al desarrollar una mala disposición de espíritu, sería apartado de un lugar donde podría ser útil en el testimonio cristiano, por eso le da esta palabra: «El Señor sea con tu espíritu».

Podemos tener una actitud como la de Elías, y Dios puede apartarnos de la asamblea reunida en el nombre del Señor. Es posible que el Señor nos castigue si tenemos una mala disposición de ánimo. La Palabra dice: «Quitaré de en medio de ti a los que se alegran en tu soberbia, y nunca más te ensoberbecerás en mi santo monte. Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová» (Sof. 3:11-12). Hermanos, tengamos un espíritu bien dispuesto en todo momento.

3 - Tener un espíritu bien dispuesto cuando haya tensiones en la asamblea local (Fil. 4:23)

Ahora consideremos lo que Pablo dijo a los filipenses. «La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu». El contexto aquí, es bastante diferente al de 2 Timoteo. La unidad de la asamblea en Filipos estaba amenazada, y necesitaban este comentario del apóstol. Había 2 hermanas en esta asamblea que no se llevaban bien (Fil. 4:2), y Pablo sabía que, si no se trataba este problema, podría causar una división. Usted dirá: “pero eran solo 2 hermanas que no se llevaban bien; ¿cómo podían tener tanta influencia?”. Porque los problemas en la asamblea suelen empezar con algo pequeño. Nos demos cuenta o no, nos influimos unos a otros. La Escritura dice: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo» (Rom. 14:7).

El apóstol Pablo da a los filipenses un remedio para este problema, de modo que puedan reaccionar y tratar con él antes de que haga daño. Dijo: «Por tanto, amados míos, como habéis obedecido siempre, no solo como en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, llevad a cabo vuestra salvación con temor y temblor» (Fil. 2:12). Se trata de una salvación práctica y colectiva de la asamblea, a la que los filipenses debían obrar entre ellos en ausencia del apóstol Pablo.

Muchos cristianos lo han sacado completamente de contexto. No parecen darse cuenta de que hay varios aspectos diferentes de la salvación en las Escrituras. Cuando encuentran las palabras «salvado» o «salvación», imaginan que debe referirse a la salvación de las almas y a la liberación del juicio eterno. Concluyen que el apóstol estaba diciendo a los filipenses que necesitaban manifestar la salvación (recibida por la fe) en sus vidas, para que pudiera verse. Es un bonito pensamiento, pero eso no es lo que quiere decir este versículo. Ese no es el contexto del capítulo.

El tema aquí es la salvación práctica y colectiva de la asamblea contra las intrusiones del enemigo. Satanás quiere causar estragos en la asamblea y destruirla desde dentro perturbando la unidad y creando divisiones. Uno podría preguntarse: “¿Cómo iban a obrar su propia salvación?”. El apóstol les dijo en el capítulo 2 que el remedio era seguir el modelo del Señor Jesús en su humildad y abnegación (v. 5-8). Después de darles el modelo a seguir, Pablo les dice: “Deben obrar en esto entre ustedes”.

No soy tan ingenuo como para pensar que los cristianos reunidos en el nombre del Señor no tienen este tipo de problemas de vez en cuando. No deben pensar que la salvación en este sentido va a venir a través de un hermano que venga a visitar la asamblea. No, Dios no permitirá que la liberación venga a través de un hermano de paso. Él quiere que los que componen la asamblea local trabajen juntos para resolver el problema que tienen entre ellos imitando la actitud humilde del Señor Jesús que se humilló cada vez más (7 veces en este capítulo). Me apresuro a decir, sin embargo, que la asamblea en Filipos se encontraba en un buen estado general, pero existía el peligro de la desunión. El apóstol era reactivo.

Algunas de las dificultades que surgen en las asambleas locales pueden provenir simplemente de palabras incontroladas. Hay una expresión que a veces usan los niños que dice: “Palos y piedras pueden romper mis huesos, pero los insultos nunca me alcanzarán”. ¡Esto es falso! Proverbios 15:1 habla de la «palabra áspera». Los chismes son peligrosos. Debemos tener cuidado, hermanos. Me hablo a mí mismo tanto como a ustedes acerca de esto. Hay un viejo proverbio (no de la Biblia) que dice: “El que te cuenta chismes, chismorreará de ti”. Y he comprobado que esto es cierto.

Un hermano que conozco bien fue a una asamblea donde había problemas y dijo: “Cuando entré en el local, vi “nitro” a un lado y “glicerina” en el otro*, ¡y supe que una bomba podía estallar en cualquier momento en esa asamblea!”. Esto no debería ocurrir. Cuando sucede, hay que llevar «a cabo vuestra salvación con temor y temblor». ¿Temor de qué? Debemos temer la obra del enemigo entre nuestro que busca destruir el gozo y la paz en las asambleas. Hay suficiente carne activa en cada uno de nosotros para demoler una asamblea entera. Si puede, Satanás nos utilizará para hacerlo.

*Nitroglicerina = explosivo

Los 2 grandes enemigos de la unidad son la ambición personal y buscar protagonismo. Ambas no tienen lugar en la asamblea. Necesitamos que «con humildad, cada uno estime al otro como superior a sí mismo». El profeta Ezequiel nos da una imagen de esto. Cita a «Noé, Daniel y Job…». (Ez. 14:14). Puso a Daniel –su contemporáneo– al mismo nivel que estos 2 ilustres patriarcas de la antigüedad. Habló de Daniel en los mismos términos que estos hombres venerados, y esto demuestra que no había celos en el corazón de Ezequiel. Es obvio que amaba y valoraba a Daniel y por eso habla de él en tales términos. Hermanos, esta es la actitud que debemos tener hacia nuestros hermanos en la asamblea.

Si en la asamblea nos encontramos en un callejón sin salida, debemos rebajarnos y ocupar el lugar más bajo. Recuerdo haber oído la historia de un hombre que atravesaba los Andes con su mula muy cargada. El camino era muy estrecho, apenas lo bastante ancho para que pasara un viajero a la vez. El camino estaba excavado en la montaña y al otro lado había un precipicio escarpado. Seguía este camino, pasando de una curva cerrada a la siguiente. En un momento dado, llegó a una curva y, tras ella, vio a otro hombre con su mula, también muy cargado, ¡mirándole! ¿Qué iban a hacer? Los 2 hombres discutieron las posibilidades. Se preguntaron si recordaban cuánto más atrás el camino era lo bastante ancho para que pasaran los 2. Tal vez podrían hacer retroceder a los animales hasta ese punto. Otra idea era descargar a los animales porque sus cargas significaban que no podían cruzarse. Pero mientras los hombres hablaban, a las 2 mulas encontraron la solución. Una de ellas se puso de rodillas y se acercó lo más posible a la pared de la montaña, ¡entonces la otra se adelantó y pasó por encima! Hermanos, cuando hay un impasse en la asamblea, la respuesta para cada uno de nosotros es agacharnos –tomar el lugar más bajo y dejar que nuestros hermanos nos “pasen por encima”.

3.1 - Gedeón

Veamos Jueces 8:1-3, para ilustrar cómo debemos tratar una situación tensa que surge entre hermanos. «Pero los hombres de Efraín le dijeron: ¿Qué es esto que has hecho con nosotros, no llamándonos cuando ibas a la guerra contra Madián? Y le reconvinieron fuertemente. A los cuales él respondió: ¿Qué he hecho yo ahora comparado con vosotros? ¿No es el rebusco de Efraín mejor que la vendimia de Abiezer? Dios ha entregado en vuestras manos a Oreb y a Zeeb, príncipes de Madián; ¿y qué he podido yo hacer comparado con vosotros? Entonces el enojo de ellos contra él se aplacó, luego que él habló esta palabra».

Los efraimitas eran un pueblo orgulloso. De hecho, decían de sí mismos: «Siendo nosotros un pueblo tan grande» (Jos. 17:14). Eran la tribu numéricamente más grande y habían recibido la mayor herencia. También tenían el tabernáculo que residía en una de sus ciudades (Silo) donde todas las demás tribus tenían que venir a adorar. Estas cosas aumentaron su sentido de orgullo. Pensaban que, si había que hacer algo en Israel, ¡lo harían ellos! Cuando Gedeón venció a los madianitas, los efraimitas naturalmente quisieron compartir la gloria. Aquí tenemos una imagen de la ambición personal y la autoestima de la que hablábamos. A veces hay personas así en la congregación, y eso es una verdadera prueba.

¿Cómo manejó Gedeón esta situación? Con «la mansedumbre y la bondad de Cristo» (2 Cor. 10:1). La Biblia nos dice: «La blanda respuesta quita la ira» (Prov. 15:1), y eso es exactamente lo que ocurrió aquí. Gedeón apaciguó a los efraimitas. Esto corresponde a lo que Pablo dijo a los filipenses: «Cada uno estime al otro superior a sí mismo». Gedeón les dijo: «¿Qué he hecho yo ahora comparado con vosotros? ¿No es el rebusco de Efraín mejor que la vendimia de Abiezer? (la ciudad de Gedeón)». Además, se detiene en el hecho de que capturaron a los príncipes de los madianitas, que eran gente importante en su ejército, y les atribuye esta buena obra.

La actitud de Gedeón fue buena, pero no excusa la de los efraimitas. Si no nos juzgamos a nosotros mismos, tarde o temprano nos encontraremos con alguien que se niega a hacerse a un lado y habrá un enfrentamiento violento. Esto es exactamente lo que ocurrió con los efraimitas en el capítulo 12. Conocieron a un hombre (Jefté) que no tenía el mismo carácter que Gedeón, y empezaron a saltar chispas. Entonces el asunto explotó hasta que estalló una guerra entre el pueblo de Dios y murió mucha gente. Me parece que esta fue la primera guerra civil en Israel.

Si comparamos otros pasajes del libro de los Jueces, podemos ver que había varios linajes entre los efraimitas. Jueces 12:15 nos dice que los amalecitas vivían entre los efraimitas. Cuando la tribu de Efraín fue a conquistar su heredad bajo Josué, «más no lo arrojaron» (Jos. 17:13). Así se establecieron entre los amalecitas. Luego leemos en Jueces 5:14 que algunos de ellos tenían su «raíz» en Amalec, ¡porque se habían aliado por casamiento con ellos! Esto era inevitable. Primero habitaron con los amalecitas y luego se casaron con ellos.

Como ustedes lo saben, en las escrituras los amalecitas representan la carne y la operación de Satanás a través de ella. No necesito decirles que vamos a encontrar este tipo de personalidad en la asamblea, y vamos a necesitar mostrar gracia para tratar con estas personas en el marco mental correcto. Si no lo hacemos, podríamos fácilmente romper la unidad de la asamblea local. La gente con personalidades como los efraimitas serán disciplinados cuando Dios lo crea conveniente. Eventualmente conocerán a su Jefté, pero asegúrese de que no sea usted. El Señor no es indiferente a las injusticias cometidas contra los suyos. Nada ocurre en las asambleas sin que él se dé cuenta, y si la situación debe resolverse, sacará las cosas a la luz.

4 - Una buena disposición de espíritu cuando estamos reprendidos por otros (Gál. 6:18)

Ahora considere Gálatas 6:18. «Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén». La misma advertencia se da a los gálatas, pero por una razón totalmente diferente. Los gálatas habían aceptado algunas doctrinas muy malas en relación con la Ley y la gracia, y era necesario corregirlos. El apóstol Pablo les escribe para corregir su error, y antes de terminar su Epístola les da esta palabra necesaria. Conociendo las tendencias de la naturaleza humana, Pablo tenía razón al creer que podrían resentirse por hablarles con tanta firmeza. Así que concluyó con esta palabra de advertencia con gran gracia. Deseaba que recibieran la corrección y que no se sintieran ofendidos por lo que decía.

Hermanos, debemos estar dispuestos a ser corregidos. La tendencia natural (pero carnal) de nuestros corazones es reaccionar de mala manera cuando alguien nos habla del mal que estamos haciendo. Podemos albergar resentimiento. No nos gusta que nos corrijan porque está en juego nuestro orgullo, y más mayores somos, más difícil nos resulta recibir corrección. Queridos jóvenes, esto significa que el momento de aprender la verdad es ahora, cuando sois jóvenes, porque si habéis entendido mal un punto de la doctrina, cuanto más tiempo pase, menos dispuestos estaréis a ser corregidos. No debería ser así. A medida que maduramos en la familia de Dios, deberíamos volvernos más amables, ¡pero normalmente no es así! Yo solía decir: “¡Ya no se puede corregir a nadie que tenga más de 50 años!”. Ahora tengo más de 50 años, y sé lo difícil que es ser corregido. Hace mucho tiempo, un predicador anciano oraba antes de dar su sermón: “Señor, ayúdame a decir las cosas de la manera correcta la primera vez, porque tú sabes lo difícil que es para mí admitir que estoy equivocado”. Hermanos, ¡este anciano predicador no es el único con esta dificultad!

Creo que ustedes saben de qué estoy hablando. Las 2 palabras más difíciles de pronunciar en cualquier idioma, ya sea alemán, chino, ruso, etc., es: «¡Me equivoqué!». Me cuesta decir estas palabras a mi mujer. Si me cuesta decírselas a mi mujer, ¡cuánto más me costaría decírselas a mis hermanos! Que el Señor nos ayude a todos en esto.

4.1 - Rut

La persona del Antiguo Testamento que ilustra muy bien el hecho de tener una buena disposición de espíritu cuando estamos reprendidos es Rut. Consideremos el libro de Rut en el capítulo 2: «Rut, la moabita, añadió: Incluso me dijo que me quedara allí junto a sus criados hasta que terminaran de recogerle toda la cosecha. Hija mía, te conviene seguir con sus criadas –dijo Noemí–, para que no se aprovechen de ti en otro campo. Así que Rut se quedó junto a las criadas de Booz para recoger espigas hasta que terminó la cosecha de la cebada y del trigo. Mientras tanto, vivía con su suegra» (v. 21-23, NVI). Y luego en el capítulo 3: «Y él (Booz) dijo: Jehová te bendiga, hija mía; tu segunda bondad ha sido mayor que la primera, pues no has ido en busca de algún joven, pobre o rico» (v. 10).

En el versículo 8, del capítulo 2, Booz había dicho a Rut que permaneciera junto a las criadas durante la siega. Ella estaba encantada y emocionada de ver su favor hacia ella, y cuando llegó a casa le contó a su suegra lo que había sucedido. Le contó que Booz le había dicho que se quedara al lado de los criados. En su excitación, había entendido mal. Él nunca le había dicho eso. A las chicas a las que les gusta perseguir a los chicos les gusta oír una palabra así, pero Rut se había equivocado. Noemí, que ahora estaba restablecida, discernió que Booz no podía haber dicho eso, y corrigió el malentendido de Rut. Le dijo que se quedara con las chicas, y Rut así lo hizo. Más tarde, lo que Booz notó y apreció de Rut fue que no corrió detrás de los jóvenes. ¿No es maravilloso? Ella recibió la corrección con buen espíritu, y Dios hizo que las cosas funcionaran en su vida para que pudiera cosechar los frutos.

Hermanos, ¿somos capaces de recibir la corrección? Si son capaces, recibirán la bendición.

Siento una secreta admiración por quienes pueden decir que están equivocados, porque sé lo difícil que es hacerlo. A veces Dios nos permite recibir una corrección que pone a prueba nuestro temperamento. A veces pensamos que un hermano no tiene derecho a hacerlo porque él mismo ha fallado en el pasado, pero Dios puede utilizar a esta persona para corregir nuestra mala actitud. No importa de dónde venga, necesitamos gracia para aceptar y beneficiarnos de la corrección.

«En muchas cosas todos tropezamos» (Sant. 3:2), y todos necesitamos corrección en algún momento.

5 - Tener una buena disposición de espíritu hacia los que nos han ofendido (Film. 25)

Consideremos ahora la cuarta ocasión en la que Pablo utiliza esta palabra de advertencia: «La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu» (v. 25). El contexto aquí es diferente de los 3 anteriores: se trata de recibir y perdonar a una persona arrepentida. Se trata de una situación en la que un hombre (Onésimo) que había ofendido a su amo (Filemón) y había huido, se arrepintió y volvió a él. Necesitaba ser perdonado y recibido de buena manera. Onésimo realmente había ofendido a Filemón, y Pablo temía que Filemón careciera del espíritu de perdón hacia él. Así que le dio esa necesaria palabra de advertencia.

Eso es algo que nosotros también necesitamos –un espíritu de perdón hacia todos los que nos han ofendido. Dios trabaja para restaurar y devolver a las personas al lugar que les corresponde en su pueblo, y nosotros necesitamos tener el espíritu adecuado cuando las recibimos. Ha habido ocasiones en que una persona así ha regresado y algunos de los hermanos no han tenido la actitud correcta hacia ellos. Dios no puede aprobar que nos comportemos así. Necesitamos tener el espíritu de gracia del que habla Pablo aquí, y perdonar de todo corazón.

Sobre el tema del perdón fraternal, podemos pensar que tenemos un espíritu de perdón hacia alguien, pero no es así. ¡Nuestros corazones son tan engañosos! «Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jer. 17:9) Podemos decir que todo está resuelto y que hemos perdonado a la persona, pero luego ciertas cosas dejan claro que no es así. El Sr. Clark solía decir que enterramos el hacha de guerra, pero que guardamos una mano en el mango. Algunas personas simplemente no lo dejan. Les resulta extremadamente difícil perdonar a alguien que les ha ofendido. Se les oye decir: “¡Puedo perdonar, pero no puedo olvidar!”. En realidad, están diciendo: “¡No quiero perdonar!”. Ustedes saben que, si este es el caso, podemos caer bajo la disciplina del Señor simplemente por este tipo de actitud.

La Biblia dice que debemos perdonarnos unos a otros «como también Dios os ha perdonado en Cristo» (Efe. 4:32). Y, ¿cómo nos ha perdonado Dios? Hebreos 10:17 nos dice: «De sus pecados e iniquidades no me acordaré más». Él nos perdona y quita nuestros pecados de su pensamiento para siempre. No los retiene contra nosotros. Es triste decirlo, pero con algunos de nosotros, parece que escribimos las cosas que nos han ofendido en nuestro “libro negro”, y esperamos una oportunidad para devolver el golpe. No es así como Dios perdona.

Veamos en Mateo 18:21-35 lo que Dios tiene que decir sobre alguien que no tiene un espíritu de perdón. «Entonces se acercó Pedro, y le dijo: Señor ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano si me ofende?, ¿hasta siete? Jesús le contestó: No te digo hasta siete; sino hasta setenta veces siete. Por tanto, el reino de los cielos es semejante a un rey, que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Y cuando comenzó a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Y no teniendo con qué pagar, su señor mandó venderlo a él, a su mujer e hijos y todo cuanto tenía, para saldar la deuda. Por tanto, el siervo, cayendo postrado ante él, le dijo: ¡Señor, ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo! Entonces el señor de aquel siervo, compadecido de él, le soltó y le perdonó la deuda. Pero al salir este siervo, se encontró con uno de sus compañeros de esclavitud que le debía cien denarios; y agarrándole lo ahogaba, diciendo: ¡Paga lo que me debes! Entonces su compañero de esclavitud, cayendo postrado ante él, le rogaba diciendo: ¡Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré! Pero él no quiso; sino que fue y lo echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo los otros compañeros de esclavitud lo sucedido, se entristecieron mucho y fueron y contaron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándolo su señor, le dijo: ¡Siervo malvado! Te perdoné toda aquella deuda, porque me rogaste; ¿no debías tú también tener compasión de tu compañero de esclavitud, así como yo tuve compasión de ti? Y su señor, encolerizado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que debía. Así también hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano». Se trata de una solemne advertencia para quien no está dispuesto a perdonar a quien le ha ofendido.

Vemos en este pasaje el vínculo entre el perdón gubernamental y el perdón fraternal. Pedro pregunta al Señor cuántas veces debe perdonar a su hermano. Los rabinos enseñaban que una persona debía perdonar 3 veces. Pedro estaba dispuesto a perdonar 7 veces. Pero quería saber qué pensaba el Señor al respecto. El Señor respondió: «hasta setenta veces siete», lo que significa que debemos perdonar a nuestros hermanos sin límite. Esto llevó al Señor a dar una parábola que ilustra el peligro de no tener espíritu de perdón.

Algunos han pensado que esta parábola ilustraba el perdón que se ofrece al recibir el Evangelio, pero esta parábola no trata de eso. No tiene nada que ver con el perdón eterno (judicial). Admiro al evangelista que puede ver el Evangelio en cada página de su Biblia, pero este pasaje no trata de eso. Sería tergiversar el pasaje para ver el Evangelio en él. Digo esto porque ¡el perdón que este hombre recibió ha sido revocado! El hombre lo había recibido, pero luego, por falta de perdón hacia su compañero, lo perdió. Sin duda, ¡el perdón eterno no se nos puede quitar! Si así fuera, estaríamos diciendo que una persona puede salvarse en un momento dado y luego perderse. Dios no salva a las personas y luego, por su mal comportamiento, les quita la salvación. Es más, el señor del esclavo malvado habla de la posibilidad de que el esclavo salga de la cárcel, hasta que pague todo lo que se le debía. Esto podría llevar bastante tiempo, pero la posibilidad de salir un día existe en la parábola. Nadie cree que pueda salir de la perdición eterna. Así que el tema de esta parábola no es el Evangelio de la salvación…

Este pasaje habla del vínculo entre el perdón gubernamental y el perdón fraternal. Estos 2 perdones están vinculados (Marcos 11:25-26). La diferencia entre el perdón eterno y el perdón gubernamental es la siguiente: el perdón eterno (o judicial) es el perdón que una persona recibe por fe y que la libera del juicio eterno en el mundo venidero; el perdón gubernamental es el perdón que una persona recibe y que la libera del juicio gubernamental en este mundo. Uno se refiere al futuro; el otro, al presente.

El perdón gubernamental se refiere a los caminos de Dios con sus hijos (son salvos). Si hemos tenido una mala actitud o nos ha faltado el espíritu de perdón, nuestro Padre puede entregarnos «a los verdugos» para que corrijan nuestra disposición hacia los que nos han ofendido. Él quiere que perdonemos de todo corazón a todos los que nos han ofendido. Podríamos preguntarnos: “¿En qué sentido un cristiano puede ser entregado a los verdugos?”. Significa que Dios hará que ese espíritu de amargura y resentimiento gobierne sobre él hasta que sea atormentado por él. Se trata de un juicio gubernamental que se nos envía para que finalmente cedamos y abramos nuestro corazón para perdonar a quienes nos han ofendido. Cuando una persona es entregada a los verdugos, es atormentada cada vez que oye o ve a la persona a la que no quiere perdonar. Será atormentada hasta que abandone su resentimiento y perdone de verdad a la persona que lo ha ofendido.

Hermanos, necesitamos tener el estado de ánimo adecuado en un caso así. Como cristianos, deberíamos ser capaces de perdonar a los demás mejor que nadie, habiendo recibido nosotros mismos un perdón tan grande de nuestro Dios. Piense en lo misericordioso que él ha sido con nosotros en nuestras vidas por todos los males que hemos hecho. ¿Cuántas veces hemos hecho algo malo, y el Señor no nos ha castigado y hecho pagar por ello? ¿Y no podemos perdonar a nuestro hermano? ¡Es inconcebible que nos resulte difícil perdonar a alguien! Deberíamos ser expertos en perdonar a los demás.

Algunos dirán que no perdonarán hasta que haya arrepentimiento porque eso es lo que enseña Lucas 17:3-4. Utilizarán este versículo para persistir en su resentimiento. Este pasaje dice: «¡Mirad por vosotros! Si tu hermano peca contra ti, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo». Cabe preguntarse cómo deben entenderse estos 2 pasajes. Parecen contradecirse. El pasaje de Lucas 17 dice que hay que perdonar a alguien cuando se arrepiente y el pasaje de Mateo no pone esta condición. Sin embargo, si miramos estos pasajes más de cerca, nos damos cuenta de que Mateo habla de nuestros corazones, mientras que Lucas habla de nuestras bocas. Son las 2 caras de la moneda. Si alguien se porta mal y peca contra nosotros, el Señor nos dice que le perdonemos en nuestro «corazón», tanto si confiesa su pecado como si no. Es importante que hagamos esto para que no desarrollemos un espíritu de amargura. Como resultado de la obra de Dios en el corazón de la persona, esta se arrepiente y confiesa su pecado… entonces podemos expresar verbalmente nuestro perdón. Podemos decirlo así: debemos tener el perdón en reserva en nuestro corazón hacia la persona que nos ha ofendido, inmediatamente después de que nos haya ofendido. Este perdón debe mantenerse en reserva en nuestro corazón, a la espera de ser expresado. Cuando la persona venga y reconozca su agravio, podremos perdonarla formalmente diciéndolo.

5.1 - Ahitofel

El personaje del Antiguo Testamento que ilustra la falta de espíritu de perdón es Ahitofel. Consideremos 2 Samuel 15:12: «Y mientras Absalón ofrecía los sacrificios, llamó a Ahitofel gilonita, consejero de David, de su ciudad de Gilo. En el versículo 31: «Y dieron aviso a David, diciendo: Ahitofel está entre los que conspiraron con Absalón».

Había una conspiración en el reino de David. Su propio hijo (Absalón) se había levantado contra él. David estando en peligro huyó por su vida al desierto para refugiarse. Cuando Absalón y todo Israel se rebelaron contra él, vemos que Ahitofel, el amigo de David (Sal. 41:9; 55:12-14), se unió a su campamento. Qué conmoción y decepción para David. Justo cuando más necesitaba a su amigo, este se volvió contra él. La razón era que Ahitofel tenía un espíritu de resentimiento hacia David que había albergado en lo profundo de su corazón durante mucho tiempo. Si comparamos el capítulo 11:3 y el capítulo 23:34, nos enteramos de que Ahitofel era el abuelo de Betsabé. Y cuando David cometió adulterio con ella y mató a su marido, Ahitofel albergó rencor hacia David. Pensó que no había recibido del Señor toda la disciplina que merecía por su falta (Lev. 18:20, 29; 20:10; Deut. 22:22). No se menciona un espíritu de resentimiento en Ahitofel hasta ese momento. Lo había ocultado bien. Hebreos 12:15 dice: «Cuidando que nadie esté privado de la gracia de Dios; no sea que alguna raíz de amargura, al brotar, os perturbe, y por medio de ella muchos sean contaminados». Todos sabemos lo que es una raíz. Es algo que crece debajo de la tierra, y saldrá de la tierra bastante lejos del árbol. Esto nos muestra que, si no juzgamos todo espíritu de amargura y resentimiento, tarde o temprano volverá a salir. Por eso Ahitofel se puso contra David cuando fue desafiado.

Habiéndolo dejado crecer durante mucho tiempo de manera oculta, cuando ese resentimiento salió a la luz, fue algo malo –muy malo. En el capítulo 16:15-23, Ahitófel aconseja a Absalón que haga pagar a David 10 veces más por su pecado. Le sugiere que se acueste con 10 de las concubinas de David. Tenía una razón creíble para sugerir esto –fortalecer el compromiso del pueblo de seguir su bando y no el de David– pero en realidad quería hacer pagar a David por su adulterio. Esto demuestra que su forma de pensar sobre el pecado de David no era conforme a Dios; si lo hubiera sido, ¡no habría sugerido cometer 10 veces el mismo pecado que David! Esto nos muestra que, si se alberga un espíritu de resentimiento sin ser juzgado, con el tiempo se convertirá en venganza. En el capítulo siguiente (17), ¡se ofrece voluntario para ir al desierto y matar a David! Era una nueva forma de hacer pagar a David por el asesinato del marido de Betsabé. Un espíritu lleno de amargura por un pecado no juzgado llegará a tales extremos.

Hermanos, debemos tener una buena disposición de espíritu en estas situaciones y perdonar con todo nuestro corazón. Que Dios nos dé la gracia de tener un espíritu de perdón hacia todos los que hacen el mal contra nosotros. El Señor Jesús es nuestro ejemplo perfecto. Cuando lo prendieron y lo crucificaron, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

6 - Orar para tener un espíritu recto

Por último, leamos el Salmo 51:10. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». David había fallado de una manera muy grave, y ahora deseaba ser restaurado. Deseaba no solo que sus pecados fueran quitados, sino también que tuviera un espíritu recto. Si sentimos que, en alguna circunstancia, no hemos tenido un espíritu recto hacia alguien, debemos orar para que el Señor nos acuerde cambiar. Es una buena oración para todos nosotros. Entonces seremos como Caleb y Daniel, 2 hombres que tenían un «mayor espíritu» (Dan. 5:12; 6:3; Núm. 14:24).

 


Había pensado que estas cosas necesitaban estar puestas ante nosotros porque vivimos en tiempos difíciles donde encontramos muchas cosas frustrantes que nos prueban, y es fácil desarrollar una disposición de ánimo equivocada que dañará nuestra conducta y testimonio. «La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu».