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La Iglesia


person Autor: André GIBERT 6

flag Tema: Iglesia

(Fuente: ediciones-biblicas.ch)


La versión de la Biblia generalmente usada en esta obra es la Reina-Valera, © 1960, Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Texto utilizado con permiso.

Cuando la claridad de la expresión lo exige, se indica el uso de otra versión:

R.V.A.: Reina-Valera Actualizada

RV 1909: Reina-Valera 1909

Ediciones Bíblicas 1166 Perroy (Suiza)
www.ediciones-biblicas.ch libros@ediciones-biblicas.ch

Edición original en francés:
L'Assemblée du Dieu vivant

9a edición en castellano, 2019
© Ediciones Bíblicas – 1166 Perroy (Suiza)

1 - Introducción

Las páginas que siguen tienen por objeto recordar las enseñanzas de las Sagradas Escrituras acerca del importante asunto de la Iglesia o Asamblea [1] del Dios viviente (1 Timoteo 3:15).

[1] Nota del editor (N. del Ed.): Los dos términos «iglesia» y «asamblea» son equivalentes. En estas páginas serán usados indistintamente. El de «asamblea» tiene la ventaja de que su forma recuerda sin cesar su significación, más frecuentemente perdida de vista con la palabra «iglesia». Por otra parte, tanto uno como otro término pueden prestarse al equívoco, por cuanto son reivindicados por denominaciones religiosas particulares. Este libro no apoya, por supuesto, las prácticas de tales grupos, aunque tengan un nombre bíblico. Su único propósito es presentar lo que dicen las Escrituras respecto de la Iglesia.

El estado actual del mundo cristianizado no es precisamente el mismo que el del tiempo en que el Señor ponía de nuevo en luz, por medio de servidores calificados, muchas verdades olvidadas. Estas verdades han sido difundidas quizá mucho más de lo que ellos pudieron sospechar. Pero el enemigo las ha mezclado artificiosamente con innumerables y perniciosos errores, por lo cual no es siempre fácil separar lo que se halla fundado en la Palabra de Dios de lo que es inaceptable para todo aquel que desee obedecer a la Palabra. No en vano estamos advertidos del peligro de estas «novedades»; estas a menudo tienen tan atractivas apariencias, y nos asaltan por tantos lados, en las conversaciones, las lecturas, las predicaciones, que nunca mostraremos demasiado celo en exhortarnos mutuamente a «guardar el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros» (2 Timoteo 1:14).

Creemos que es necesario considerar una vez más qué es la congregación de los creyentes de acuerdo con la Palabra, ya que los que fueron llamados al privilegio de realizarla han dejado que el enemigo desarrolle en medio de ellos su obra de destrucción y dispersión. Reconozcamos nuestras inconsecuencias, humillándonos por ello y su causa, por nuestra falta de amor y fidelidad. Mas la verdad permanece. Pero es preciso que nos apliquemos a buscarla y nos atengamos a ella con corazones constreñidos por el amor de Cristo.

Por último, ¿cómo no sorprendernos al ver cuán a menudo se insiste únicamente en la «práctica» de una marcha, pero para la cual se olvida asegurar el terreno sobre el que ha de manifestarse? Sin duda alguna, el peligro de limitarnos a una observancia más o menos satisfactoria de costumbres consideradas como ortodoxas porque ellas eran observadas por nuestros antecesores, y de contentarnos, sin reconocerlo, con una especie de código de los hermanos, es más grande de lo que pensamos. Lo importante no es imitar a esos conductores, sino volver a la fuente de la cual bebieron. Lo que debemos imitar es «su fe», considerando «el resultado de su conducta» (Hebreos 13:7). Esta provenía de su fe. En algunas circunstancias se oye decir: «Nuestros antiguos hermanos hubieran obrado de tal manera», o más corrientemente: «Los hermanos hacen esto o aquello». Bien, pero ¿podríamos decir el porqué y justificar por la Palabra –en su Espíritu y no solo en la letra– esas maneras de obrar, las cuales, por más buenas que fuesen, no tendrían otra autoridad que la tradición, la cual nos conduce a la rutina?

2 - Primera parte: Principios de la congregación de los cristianos

Las instrucciones y exhortaciones del Nuevo Testamento raramente consideran al cristiano en un estado aislado, sino como formando parte de un conjunto, el de los «santos» (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2; 14:33; 16:1; Judas 4; etc.). Esta cualidad de «santos» no es el resultado de algún mérito en ellos; son santos por la vocación de Dios, en virtud de la perfecta obra de Cristo. Son llamados «hermanos santos, participantes del llamamiento celestial» (Hebreos 3:1). El alcance de estas enseñanzas es generalmente colectivo. Aun cuando el apóstol Pablo ordena que aquel que invoca el nombre del Señor se retire de la iniquidad, o incluso cuando estimula a Timoteo repitiéndole: «Mas tú… pero tú…», dirige, no obstante, el pensamiento del creyente fiel hacia una compañía con la cual puede y debe servir al Señor; los términos de la orden expresa de 1 Timoteo 6:11: «Huye… sigue…» se hallan de nuevo en 2 Timoteo 2:22, pero acompañados, para un tiempo de ruina más acentuada, de esta preciosa indicación: «… con los que de corazón limpio invocan al Señor».

Así, es de suma importancia saber por qué, dónde, cómo, y con quién debemos reunirnos según Dios.

Pero, respecto a ello, demasiado a menudo se siguen las costumbres de familia, del ambiente o del país donde se vive. El mundo cristianizado se compone de numerosísimos grupos, todos los cuales se califican de cristianos, y algunos de ellos llevan expresamente, y hasta oficialmente, el nombre de Iglesias (o Asambleas), con una denominación peculiar: iglesias católicas diversas y otras iglesias: anglicana, bautista, presbiteriana, metodista, pentecostal, libre, etc. La enumeración de todas las diversas denominaciones sería demasiado larga.

Muchos espíritus sinceros, contristados por esta dispersión, trabajan en estos momentos desde diferentes campos, con el objeto de constituir lo que han dado en llamar la unidad de la Iglesia. Esto consiste, según ellos, en reunir miembros de diferentes «iglesias» para ponerse de acuerdo sobre algunos puntos comunes. Desgraciadamente estos no siempre son los puntos esenciales, es decir, los verdaderos puntos de doctrina. Los promotores más convencidos de este movimiento ecuménico (es decir, universal) ¿podrían, siquiera, ponerse enteramente de acuerdo sobre la definición de lo que es un «cristiano»? ¿Cómo definir, entonces, a esa «Iglesia universal» que tantas liturgias pretende representar? ¿Qué diremos de las divergencias de opinión acerca de la inspiración de las Escrituras, o sobre la divinidad de Jesús, o en lo tocante a la realidad de su resurrección? ¿Tendrían acaso una concepción de Dios aceptable para todos?… Entonces, ¿qué queda?

Ciertamente, queremos gozarnos en todo lo que tiende a unir pacíficamente a los hombres. Reconocemos que, humanamente, es muy estimable proclamar una común adhesión a las enseñanzas de Cristo, con la esperanza de mejorar al mundo, en el supuesto caso de que ello fuese posible. Nos sentimos aun más felices al considerar que muchos de los que se ocupan en esta obra con incontestable buena voluntad, son verdaderos y queridos hijos de Dios. Pero en esta materia no basta la buena voluntad. Lo menos que se puede decir de estos generosos esfuerzos es que, al estar aplicados a elaborar compromisos que permiten conservar profundas convicciones particulares y a edificar una Iglesia que, a la vez, deja subsistir iglesias con disparidad de doctrina, no se sujetan resueltamente a las enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la verdadera unidad cristiana y la congregación de los santos según él.

 

Es necesario que nos atengamos a esa Palabra.

En primer lugar, y esencialmente, comprobaremos que la Palabra nunca considera la existencia de «iglesias» diferentes entre las cuales los creyentes se hallasen separados y que fuese necesario unir. Habla de ellos como formando parte de una sola, única Iglesia, de la cual, sin duda alguna, puede haber numerosas manifestaciones locales; pero cada una de estas iglesias o asambleas locales no es más que una expresión del conjunto de la Iglesia. La Palabra no reconoce de modo alguno otra Iglesia que esta.

Graves confusiones se producen al mezclar sin cesar dos puntos de vista muy diferentes: por una parte, la Iglesia tal como es a los ojos de Dios, y por otra, la forma que los hombres han dado en la tierra a esta Iglesia. De un lado el propósito y el pensamiento de Dios; del otro la responsabilidad del hombre y los resultados de su propia obra. Para saber cómo hemos de conducirnos en el seno de la Iglesia tal como existe en la tierra, es preciso tener primeramente una idea exacta de lo que ella es a los ojos de Dios.

2.1 - La Iglesia según el pensamiento de Dios

2.1.1 - Su precio

Por mucho que sea nuestro recogimiento, este no será tan hondo como debería al considerar lo que la Palabra nos dice acerca del precio que la Iglesia tiene para Cristo y para Dios.

Cristo la llama mi Iglesia (Mateo 16:18), y esto revela ya la presunción de los hombres que quieren construir su propia Iglesia. Ella es la Iglesia de Cristo, él la edifica. Él tiene derechos sobre ella; es suya. El versículo muy conocido de Efesios 5:25 nos define esos derechos, que son los del amor; nos dice a qué precio él la adquirió: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella». El mercader de la parábola vendió todo lo que tenía para comprar la perla de gran precio, pero Cristo pagó un precio mucho mayor: dio su vida por la Iglesia.

No obstante, la Palabra emplea menos el calificativo de Iglesia de Cristo que el de Iglesia de Dios, lo que pone de relieve el sitio que los pensamientos y los afectos divinos le asignan, pues «la cabeza» (o el jefe) de Cristo es Dios (1 Corintios 11:3). Pablo recomendaba a los ancianos de Éfeso que apacentasen «la iglesia de Dios» y seguidamente añade: «que adquirió mediante la sangre del propio (Hijo)» (Hechos 20:28, N.T. interlineal griego-español).

¡Que cada uno de nosotros aprecie en todo su valor dichas expresiones! El concepto substantivo de la Iglesia no ha sido dejado a nuestra propia apreciación, ni es asunto de controversias sin importancia. Consideremos a qué precio la Iglesia es estimada por Cristo y por Dios. ¿Y no pondríamos nosotros todos nuestros cuidados para inquirir lo que ella es, la manera en que debemos conducirnos respecto a ella, el papel y el sitio que la Palabra le asigna aquí abajo, su esperanza y su porvenir? ¿Habrán los hombres de edificarla presuntuosamente a su antojo?

Es grave «menospreciar la iglesia de Dios» (1 Corintios 11:22; Apocalipsis 3:9). Toda ligereza, toda indiferencia hacia ella demostraría que no estamos interesados por lo que Dios ama, por lo que Cristo ama. La sangre del Hijo de Dios, el sacrificio de Cristo, el amor de Cristo, ¿no nos conmueven? ¿O nos contentaríamos, egoístamente, con saber que somos salvos, sin que lo que es caro al corazón de nuestro Salvador tenga valor para nosotros?

2.1.2 - El propósito de Dios a su respecto

No temamos extendernos más sobre este asunto. No podremos tener una idea justa de todo lo que concierne a la Iglesia si no fijamos nuestra atención en lo que la Escritura revela acerca del propósito de Dios respecto a ella, en vista de Su propia gloria.

Desde toda la eternidad, la Iglesia está destinada a participar de la gloria de Cristo, de aquel Hombre que el Hijo de Dios vino a ser, para morir por nosotros, y que habiendo resucitado de entre los muertos, está ahora sentado en el cielo, a la derecha de Dios. En breve, conforme al «misterio de su voluntad», Dios reunirá «todas las cosas en Cristo… las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él…» (Efesios 1:9-10). La Iglesia estará asociada a este Vencedor, el cual le es dado «por cabeza sobre todas las cosas», y para que ella le esté unida como su propio cuerpo, «la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (v. 22-23).

Adán no hubiera estado completo, en un orden fundacional, sin Eva. El glorioso Resucitado tampoco lo estaría sin la Iglesia. Ella es formada para tal destino.

2.1.3 - Su sitio distinto

De ello deriva el sitio distinto que le es asignado aquí abajo a la Iglesia. Así como el creyente no es del mundo porque Cristo no es del mundo (Juan 17:14), ella tampoco. Esta separación se ve claramente efectuada, en la práctica, en los Hechos 2:47, y en el capítulo 5:17 con referencia a Jerusalén; después en los capítulos 18:7 y 19:9 en lo que se refiere a los judíos en general; en cuanto a la separación de los paganos, quedaba hecha por sí misma (Gálatas 1:4; 1 Corintios 12:2, etc.). En 1 Corintios 10:32, hallamos esta separación de manera muy evidente: «No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios». Los judíos eran el pueblo terrenal de Dios, en vías de ser rechazado; los gentiles representaban el resto de los hombres; la «iglesia de Dios» abarca a aquellos que ya no son gentiles ni judíos, sino «uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28).

2.1.4 - Su composición

En efecto, la Iglesia está integrada por los que poseen la nueva vida en Cristo, la vida de Dios, y únicamente por aquellos. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1 Corintios 12:13). Es evidente que el apóstol –unido en este «fuimos»– se refiere a aquellos a los cuales dirige su epístola, es decir, a los «santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1 Corintios 1:2). Pertenecen a Cristo, y él es «Señor de ellos y nuestro». Los ha adquirido para Dios por su sangre, y su Espíritu habita en ellos. Son «de Cristo» (Gálatas 3:29).

Por la misma razón, todos ellos son aceptados por Dios como hijos. Su posición delante de él, es la misma que tiene Cristo; ¿cómo aceptaría Dios a alguien fuera de Cristo?

Todos los creyentes, sin excepción, forman parte de la Iglesia para siempre, y su posición es tan firme como su salvación. Pero cuando los inconversos pretenden pertenecer a la Iglesia cristiana, cuando una «iglesia», llamándose cristiana, admite entre sus miembros o asocia a su vida a inconversos notorios, con seguridad hay en esto una responsabilidad muy grave. No son los ritos, ni los formalismos exteriores –tales como el bautismo– los que salvan, sino la fe individual en Jesucristo. El Espíritu Santo pone su sello sobre esta fe, y la manifiesta.

Hemos dicho que la Iglesia está integrada por todos los creyentes. Así, pues, podemos considerarla en su plenitud como comprendiendo a todos los creyentes, desde el descenso del Espíritu Santo el día de Pentecostés hasta la venida del Señor; tal es el conjunto completo que Cristo se presentará a Sí mismo como la Iglesia gloriosa, sin «mancha ni arruga ni cosa semejante» (Efesios 5:27). Pero, hasta que llegue ese momento, las enseñanzas que da la Palabra conciernen a la Iglesia en su manifestación en la tierra, formada por cristianos que viven aquí abajo, de los cuales Cristo se ocupa (v. 26). La Iglesia así considerada es, evidentemente, el conjunto de los creyentes que viven en la tierra en un momento dado. Todos ellos no podrían conocerse mutuamente, pero Dios sí conoce a sus hijos; y todos, en un mismo grado, forman parte de su Iglesia o Asamblea. La unidad de esta deriva de que todos tienen la misma vida, la de Cristo resucitado.

2.1.5 - Diversos aspectos de esta unidad

El Nuevo Testamento emplea diferentes figuras para presentarnos la Asamblea. Todas ellas expresan –aunque desde diferentes puntos de vista– la unidad de todos los «nacidos de nuevo».

 

1. La Esposa, una con el Esposo, del cual ella procede como Eva de Adán, «hueso de sus huesos y carne de su carne», es objeto de su tierno afecto. Ninguna relación es más intima y más dulce. Un marido y su esposa no son más que una pálida imagen de ella; se es marido y mujer solamente en la tierra; pero para Cristo, la Iglesia será su Esposa eterna en el mundo nuevo, como lo muestran con vigoroso relieve los últimos capítulos del Apocalipsis. Los cuidados actuales de Cristo por la Asamblea son los del Esposo que espera el momento de venir a buscar a su Esposa, con un santo afecto al cual él desea que ella corresponda. «Y el que oye, diga: Ven».

2. Aun más, los maridos son exhortados a amar a sus esposas, porque son «su propia carne», «sus mismos cuerpos», como la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Esta expresión, usada de modo tan conmovedor en Efesios 1:23; 4:12, y en el capítulo 5, es repetida en 1 Corintios 12:12, 27 y también en Romanos 12:5, aunque menos significativamente. Sabemos que esa frase es característica en la enseñanza del apóstol Pablo; este había sido escogido especialmente para proclamar este punto que es de tan grande importancia. En efecto, nada es comparable a la fuerza de la expresión «el cuerpo de Cristo». En ella se deja ver más que una relación, por íntima que sea; es la proclamación de una unidad vital, asegurada por un mismo Espíritu que une Cabeza y Cuerpo. Hay «un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación» (Efesios 4:4). Esto supone la vida: los que forman parte del Cuerpo tienen la vida de Dios, la vida de Jesús en los suyos, y tienen por esperanza el momento en que lo que todavía es mortal en ellos será absorbido por la vida. Ya cuando Cristo glorificado apareció al apóstol, evidenció esta unidad: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hechos 9:5), persiguiendo a los míos. «Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (1 Corintios 12:27). No se habla en la Palabra de miembros «de la iglesia», menos aún, de «una iglesia», sino de miembros «del cuerpo de Cristo». «Grande es este misterio» (Efesios 5:32).

3. El Espíritu mismo –quien asegura y sustenta la unidad vital de Cristo glorificado con su cuerpo todavía en la tierra, en cada uno de sus miembros como en su conjunto– habita, pues, en la tierra. Cada creyente es «templo del Espíritu Santo», el cual está en él y lo tiene de Dios (1 Corintios 6:19). Y la Iglesia entera es «templo de Dios» (1 Corintios 3:16). Ella es «morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2:22). Es la Casa de Dios (1 Timoteo 3:15). Edificada sobre un cimiento sólido –la Roca de la Persona gloriosa confesada por Pedro como el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16-18)– y edificada por él mismo, se halla formada de piedras vivas, comenzando por Pedro, pero con él todos los creyentes (1 Pedro 2:5). Tanto cuando se trata de la Casa de Dios, como cuando se trata del Cuerpo de Cristo, la realidad de la vida divina en los que forman parte de la Iglesia de Dios no puede ser puesta en duda ni olvidada.

Un edificio representa algo estable, y tal es la solidez de la Iglesia que «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Puesto que él es quien la edifica, no hay nada que temer.

Es la Casa de Dios, el templo santo en el Señor. En ella, pues, todo debe corresponder a su carácter divino; en ella el nombre de Dios es conocido, honrado y alabado, y Dios cuida de que la manera de vivir de los que están en esta casa se halle conforme a la santidad de su nombre. Es el lugar del servicio divino, un sacerdocio santo.

4. Esposa, cuerpo, casa, la Iglesia es todo esto desde el momento en que existe. El cristiano, considerado individualmente, ya desde aquí abajo «esta completo» en Cristo, –apto para la gloria– y formado progresivamente durante el curso de su carrera en vista de su manifestación en el día de Cristo. De igual manera la Iglesia, conjunto de los creyentes, es vista ya en Cristo en su perfección, mientras es formada poco a poco para su destino celestial, por la obra del Espíritu Santo en ella, durante el tiempo de la gracia. Cristo purifica a la Iglesia por el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:26); el Cuerpo de Cristo crece, por las gracias espirituales que vienen de su Cabeza. «Bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4:16); en suma, «en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (cap. 2:21). La terminación del edificio será vista en el cielo, pero potencialmente se lo puede considerar ya terminado allí. Así un buen obrero contempla ya anticipadamente con su mente cómo quedará su trabajo una vez realizado, y al mismo tiempo considera todo lo que será necesario para concluirlo.

Cuando la Iglesia ocupe efectivamente su sitio en los lugares celestiales con Cristo, habiendo revestido cada uno de los que la componen un cuerpo semejante a Cristo, aparecerá como su Esposa unida a él, como su Cuerpo, plenitud de Aquel que todo lo llena en todos (Efesios 1:23). Entonces el edificio, habitación de Dios por el Espíritu, viene a constituir la «santa ciudad», la nueva Jerusalén, a la cual se le aplica el título de Esposa, de mujer del Cordero. Así serán manifestadas sus perfecciones eternas, fruto del trabajo y del amor de Cristo, primero a ojos de la tierra milenaria, y luego de los nuevos cielos y de la nueva tierra (Apocalipsis 21:2-6, 9-27).

Entretanto, en medio del mundo actual que ha rechazado y rechaza a Cristo, ella no puede ser más que una extranjera. La nueva creación a la cual pertenece es una anomalía en la antigua. Contrariamente a lo que parece que estiman algunos, la Iglesia no es una parte –la más noble, piensan– de este mundo; ha sido sacada de él, y se halla naturalmente opuesta al mundo, por su carácter celestial, así como lo estuvo Cristo cuando anduvo aquí abajo.

En definitiva, ella no es la Iglesia de los hombres, sino la Iglesia o Asamblea de Dios.

2.1.6 - ¿Por qué la Iglesia está en la tierra?

Nos sentimos llevados a interrogarnos por qué ella ha sido dejada aquí abajo, y qué funciones es llamada a ejercer en la tierra.

Concretamente, puede decirse que la Iglesia o Asamblea ha sido dejada en la tierra para glorificar a Dios al tiempo que glorifica a Cristo. Tal es la vocación individual del cristiano, templo del Espíritu Santo, y tal es la de la Iglesia, habitación de Dios por el Espíritu. Ella está aquí «para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Efesios 3:10); ella anticipa la eternidad. «Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades por los siglos de los siglos. Amén» (v. 20-21).

Las atribuciones de la Asamblea, con el fin de realizar este gran objetivo, son múltiples.

1. En primer lugar, manifestar esta unidad de esencia divina, sin equivalencia en las cosas humanas. La existencia misma de la Iglesia debe por sí mismo manifestar la gracia y la potencia de Dios.

El Señor Jesús tenía en vista semejante testimonio, cuando, en su oración del capítulo 17 de Juan, pedía: «Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (v. 21). Tal es la suma eficacia que el Señor atribuía a la manifestación de esta unidad por los suyos: el mundo creería. Cuando él mismo la manifieste en gloria, el mundo la conocerá (v. 23), y será aun evidenciada a los enemigos. Pero hasta que lleguemos a ser «perfectos en unidad», él nos coloca en medio del mundo, para que este vea la vida nueva en su prueba más evidente –a saber: la unidad de la familia de Dios–, y para que busque el origen de ella y crea. No hay predicación del Evangelio más potente.

Sin embargo, lo que debe ser manifestado no es solamente la unidad de la familia, sino también la unidad del cuerpo; ella se manifiesta cuando los creyentes guardan «la unidad del Espíritu» (Efesios 4:3) en el vínculo de la paz. Tal es el papel que todos deben desempeñar, porque todos han sido llamados por un mismo llamamiento, forman parte del mismo cuerpo, son animados por el mismo Espíritu.

Este testimonio dado en amor (Efesios 4:2) no puede ser manifestado sino en santa separación del mal. Esta santidad práctica es exigida a todo lo que lleva el nombre de Dios: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:16); es figurada, a propósito de la Asamblea, por la «nueva masa, sin levadura» de 1 Corintios 5:7.

2. La Iglesia o Asamblea, testimonio de la potencia y de la gracia de Dios para unirnos en la santidad, es aquí en la tierra la depositaria de la verdad, «la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad» (1 Timoteo 3:15). Se halla establecida como tal. No que ella sea la fuente de la verdad, pues la verdad no procede de la Iglesia: la Palabra de Dios es la verdad, Jesús es la verdad, el Espíritu Santo es la verdad; pero no la Iglesia o Asamblea. Ella la ha recibido, y le corresponde publicarla y mantenerla intacta. Dios mora en la Asamblea que es su casa, pero en ella debe ser vista la verdad; esta debe ser sostenida por ella como por una columna, sin que la deje debilitar, alterar ni olvidar.

3. La Casa de Dios es una casa de oración. Así lo era para el pueblo terrenal, así lo es también para la Asamblea de Dios. Mateo 18:19 lo establece cuando, a los dos o tres fieles congregados en el nombre del Señor, les da la seguridad de ser oídos y asistidos por él, porque él mismo se halla en medio de ellos.

4. La Asamblea, como sacerdocio santo, tiene el servicio de la alabanza. Adora a su Señor como conviene a la Esposa del Rey de gloria (Salmo 45); y él mismo, resucitado, canta en medio de ella las alabanzas del Padre. Por medio de él, ella alaba a Dios el Padre, y le rinde culto: «A él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús». Las relaciones individuales del alma con Dios para celebrarle y darle gracias, por preciosas que sean, se eclipsan al fundirse allí en este servicio colectivo sin precio.

En el centro de este culto colectivo toma lugar predominante el recuerdo de la muerte del Señor. En la Asamblea está levantada la Mesa del Señor, en la cual ella celebra la Cena (1 Corintios 10:1621; 11:20-34) y proclama el valor de Su obra que salva y reúne, mientras recuerda al Señor dando su vida, con un memorial ordenado por él: «Haced esto en memoria de mí…» Aun esto es un testimonio público: la muerte del Señor es anunciada.

5. Cuando la Asamblea se vuelve hacia el pasado para conmemorar el sacrificio único, se dirige también hacia el futuro para esperar el regreso del Señor. A ella le corresponde decir con amor, por el Espíritu que habita en medio de ella y con ella: «Ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22:20).

Tales son algunas de las preciosas funciones para cuyo cumplimiento la Iglesia se encuentra aquí abajo. Sin duda alguna, existen otras. Podríamos considerar el consolador aliento y la preciosa ayuda que las almas pueden encontrar en ella, en una comunión fraternal cuyo manantial se encuentra en el amor del Señor por los suyos. La Iglesia es el refugio para cualquiera que, desengañado de este mundo, busca la paz junto al Salvador; ella reconoce, aprueba y sostiene a los obreros que el Señor envía. Todas las epístolas de Pablo nos indican hasta qué punto este poderoso servidor de Dios, quien no dependía de nadie, contaba con el apoyo espiritual de la Asamblea en todas partes, y cuán agradecido estaba por los cuidados materiales que le dispensaban. ¡Con qué acentos se gozaba del interés que los filipenses tenían por el Evangelio, o reconocía cómo la conducta de los tesalonicenses reforzaba en todo lugar su propia predicación!

2.1.7 - La excelencia de sus prerrogativas

Cuando hablamos de funciones, y de los deberes que dimanan de ellas, deberíamos decir más bien «privilegios». Los santos del Antiguo Testamento no los conocieron, porque, para que fuese manifestado este tesoro, era menester que Cristo hubiese sido ya glorificado. No tuvieron participación, ni en el «solo cuerpo», ni en el «solo Espíritu», ni en la «sola esperanza del llamamiento» (Efesios 4:4, N.T. interlineal griego-español). Mas ahora, «bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efesios 1:3).

La Iglesia ha sido fundada a fin de que –gozando de dichas bendiciones celestiales– manifieste aquí abajo el reflejo de ellas y esparza el perfume que exhalan esas bendiciones, en un testimonio colectivo que honre a su Jefe, conocido y amado por ella, autor de la salvación y único centro de reunión de todos.

2.1.8 - Recursos y medios

Para ejercer realmente tales prerrogativas y dar este testimonio, la Iglesia aquí abajo –así como el creyente, que no está abandonado a sí mismo– se halla provista de todos los recursos que le da la gracia de Dios.

Estos recursos son infinitos e inagotables. Son «la multiforme gracia de Dios» (1 Pedro 4:10). Reconocer efectivamente la autoridad del Señor, dejar que obre libremente el Espíritu Santo, cuya misión es glorificar a Jesús exaltado, obedecer a la Palabra, es lo que debe sernos suficiente en todo tiempo.

Cristo glorificado «da» en gracia todo lo necesario (Efesios 4:7), todos los ministerios indispensables para formar y sustentar a la Iglesia (v. 8-16); el Espíritu reparte en ella con sabiduría los diversos dones, operaciones y ministerios (1 Corintios 12). Así será durante toda la historia de la Iglesia. Cristo manifestará, para gloria suya, cuán fiel habrá sido, ocupándose de Aquella a la que tanto amó.

Frente a la acción divina se despliegan, desgraciadamente, todas las ofensivas de Satanás y del mundo, su instrumento favorito para dispersar, destruir y corromper. Es para el cristiano una lucha constante. La Asamblea dispone, para preservarse, de un arma particular: la autoridad que le es conferida por la presencia del Señor en medio de ella.

Es lo que encontramos ya en Mateo 18:17-20 con el propósito de asegurar el orden y la paz entre los hermanos, los hijos de Dios. La presencia del Señor en medio de los suyos se halla afirmada en dicho texto, al referirse a la oración de dos o tres; pero esta misma oración se relaciona con el poder de «atar» y «desatar» en materia de relaciones fraternales. El objeto es, evidentemente, que los hermanos habiten «juntos en armonía» (Salmo 133:1), lo que es «bueno y delicioso», un manantial de bendición y un testimonio rendido a la unidad de la familia de Dios.

La autoridad de la Asamblea es presentada, de manera más amplia y más solemne, en 1 Corintios 5. Se trata de quitar la vieja levadura, la levadura del pecado, para ser una nueva masa. Es decir que la Asamblea, obligada a purificarse del mal, debe ejercer la disciplina que puede llegar hasta la exclusión del malo, del «perverso». Pero, al igual que en Mateo 18, la autoridad dada a la Asamblea está ligada de la manera más privativa a la presencia del Señor (v. 4) y a la potencia de su nombre. Ella es ejercida de parte del Señor y en el nombre del Señor, nunca al estilo de un tribunal humano, sino en vista del bien de todos, y particularmente del que haya faltado o caído (2 Corintios 2:5-9).

2.1.9 - Su responsabilidad

La grandeza de tales privilegios, la realidad de esos recursos, que exceden a los que tenían los testigos de la fe que vivieron en las dispensaciones anteriores, hacen pesar sobre la Iglesia una responsabilidad más grande que ninguna otra.

Ella no ha respondido a lo que le había sido pedido. No ha sabido emplear esos recursos. Ha demostrado una vez más que el hombre no es capaz de guardar intacto lo que Dios le confía. El depósito que la Iglesia tenía era más precioso que ningún otro, y lo ha dejado caer de sus manos. Se trataba del nombre de Cristo glorificado. Y sin duda así ocurrió para que, al final, toda gloria sea dada a Dios, quien, a pesar de nuestra infidelidad, cumplirá sus designios por medio de Cristo, el único en el cual habrá sido hallado la «buena voluntad (de Dios) para con los hombres» (Lucas 2:14). Mas, en tanto que la historia de la Iglesia en la tierra no haya terminado, cualquiera que lleva en su corazón los verdaderos intereses de Cristo debe buscar dónde está, para sí mismo, el camino de la fidelidad.

2.2 - Lo que los hombres han hecho de la Iglesia

2.2.1 - Los comienzos

La formación de la Iglesia empezó el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo, descendiendo sobre la tierra, llenó de sí mismo a los apóstoles. Pedro fue el primero que recibió la potencia para anunciar el Evangelio que proclama la resurrección y la gloria de Jesús. Pero la Iglesia no aparece en su esencia sino hasta después de las revelaciones dadas a Pablo, a medida que la buena nueva era esparcida entre los gentiles y que los discípulos eran puestos aparte, porque los judíos «desecharon los designios de Dios respecto de sí mismo» (Lucas 7:30). El misterio de un solo cuerpo que abarcaba tanto a los que estaban lejos como a los que estaban cerca –gentiles y judíos–, teniendo todos acceso al Padre por un solo Espíritu, no había sido revelado en el Antiguo Testamento. Algunas alusiones proféticas, algunos tipos o figuras, mudos hasta Cristo, escondían en la misma Escritura el secreto cuya revelación estaba reservada al apóstol Pablo.

Nuestro propósito no es imitar a otros y exponer nuevamente la historia de la Iglesia en la tierra. Lo que de ella nos dice la Palabra es suficiente para introducir y hacernos prever su desarrollo. El libro de los Hechos y las epístolas, tanto las de Pablo como las de Pedro, Santiago, Juan y Judas, no solamente anuncian su decadencia, sino que la presentan ya como ampliamente iniciada.

Todos los caracteres de los males que seguidamente fueron desarrollándose, y que deploramos hoy, se hicieron visibles desde entonces. En los primeros días, la Asamblea en Jerusalén reflejó el pensamiento de Cristo: los que habían creído manifestaban la unidad del Espíritu y perseveraban juntos en la doctrina y la comunión de los apóstoles, el partimiento del pan y las oraciones. El amor en el Espíritu obraba poderosamente entre ellos, hacía que tuvieran todas las cosas en común (Hechos 2:44); eran «de un corazón y un alma» (cap. 4:32). Pero esos felices comienzos pronto fueron turbados. La avaricia y la mentira, las negligencias con respecto a las viudas y las murmuraciones que siguieron, sin duda alguna fueron reprimidas, pues el Espíritu Santo obraba con potencia. Pero lo fueron solamente por un tiempo, como lo demuestra la epístola de Santiago. Después, la dificultad que los creyentes judíos tenían para admitir a los gentiles en un pie de igualdad estuvo a punto de suscitar un cisma. Falsos hermanos se infiltraron en las asambleas (epístolas a los Gálatas, de Judas y de Juan). Los falsos maestros, judaizantes, gnósticos o racionalistas hicieron sus estragos. Hubo cristianos que se apartaron de la cruz para seguir sus propios intereses (epístolas a los Filipenses y a Timoteo). Pablo, prisionero, fue abandonado por casi todos. Este apóstol anunció los tiempos difíciles de los últimos días, los cuales ya se manifestaban. Juan declaró que el espíritu del Anticristo ya se hallaba presente, lo que indicaba que era la última hora.

2.2.2 - Desde los apóstoles hasta nuestros días

Desde entonces, en los casi veinte siglos transcurridos, desgraciadamente, se ha comprobado de todas las formas posibles que el hombre corrompe todo lo que Dios le confía.

Cierto es que Dios, en medio de este estado de flaqueza, ha mantenido testigos fieles, unos después de otros, ha permitido felices restauraciones, en todas partes ha magnificado su gracia y ha manifestado su fidelidad. Él sigue obrando, la Palabra se halla intacta y continúa esparciéndose, el Evangelio es anunciado y hay almas que se convierten.

Pero los hijos de Dios fueron dispersados por los lobos rapaces que ciertos pastores negligentes o sobornables dejaron entrar. De entre esos mismos pastores se levantaron hombres con doctrinas perversas, arrastrando discípulos tras sí. La autoridad del Maestro ha sido hollada, y se ha renegado de él. «Teniendo comezón de oír», no solamente han desconocido la voz del buen pastor, sino que además «se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias» (2 Timoteo 4:3).

La apariencia de la cristiandad puede, hoy más que nunca en ciertos puntos, crear una ilusión, pero la «casa grande» (es decir la cristiandad profesante) ha dejado que el mundo entre ampliamente, y ha permitido que se instale en ella como dueño. Los materiales aportados por los hombres (véase 1 Corintios 3:12-15) en todas partes han sido mezclados a las «piedras vivas», y los corruptores del templo de Dios se han multiplicado grandemente. A numerosas personas que no manifiestan ningún destello de vida se las llama «cristianos». Creyentes e incrédulos asociados se hallan organizados de acuerdo con los principios de congregaciones humanas. La cizaña se ha mezclado cada vez más íntimamente con el trigo.

Todo esto fue anunciado anticipadamente, por lo cual no debe sorprendernos. Las siete cartas del Apocalipsis (cap. 2-3) nos trazan un cuadro profético al cual, desgraciadamente, la realidad corresponde con mucha fidelidad. Pero, ¿hemos de resignarnos a ello? ¡No lo quiera Dios! Hasta el final, el Señor quiere llamar y despertar a «vencedores». Y eso porque él es victorioso y se guardará testigos fieles hasta el fin. La acción del hombre habría arruinado la obra de Dios desde hace mucho tiempo, de manera total e irremediable, si no hubiera sido precisamente Su obra.

2.2.3 - Cristiandad e Iglesia

Cualquiera que sea la confusión actual, una certidumbre nos conforta: Dios tiene en la tierra, hoy como antiguamente, gran número de hijos Suyos, redimidos de Cristo; hoy como antes constituyen todos juntos lo que es y sigue siendo la Iglesia o Asamblea de Dios. Hay un Cuerpo de Cristo en la tierra, el conjunto de aquellos que, habiendo nacido de nuevo, le están unidos vitalmente por el Espíritu Santo.

Nada ha cambiado, ni en la manera en que se llega a ser un hijo de Dios, pues: «a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12), ni en la manera con que Cristo «sustenta y cuida» a la Asamblea, que es su cuerpo. No permitamos que se oscurezca el pensamiento de que, exactamente como en tiempos de los apóstoles, la Iglesia o Asamblea de Dios sigue siendo formada por todos los verdaderos creyentes, llámense católicos, protestantes, o estén en cualquier otra denominación. Son más numerosos que los que podamos conocer y aun de lo que pensemos; para Cristo y delante de Dios, su unidad es tan real como lo fue siempre. No los separemos en nuestros corazones, ni empleemos el nombre de Iglesia sin evocar a todos los redimidos de Cristo.

Pero, ¿dónde contemplar aquí abajo esta Iglesia o Asamblea de Dios? Es evidente que si buscamos una expresión completa de ella, no la encontraremos; no existe desde hace mucho tiempo. Muy pronto, ya desde el principio, no fue posible hacer el censo de los que realmente formaban parte de la Iglesia de Dios. Es precisamente lo que Pablo dice en 2 Timoteo 2:19: «Conoce el Señor a los que son suyos». Por una parte, millones de personas han recibido el bautismo sin haber manifestado nunca la vida, y por otra, los verdaderos creyentes se hallan diseminados en numerosas y diversas denominaciones.

La pretensión de llamarse cristianos no falta, ni la de ser la Iglesia o una iglesia cristiana, aunque en ella se considere como cristianos a personas no convertidas. Tal hecho constituye la más odiosa profanación para Dios. No se debe tomar su nombre en vano. Si declaramos formar la Iglesia de Cristo o pertenecerle, Dios atribuye a esta profesión, sin remisión posible, toda la responsabilidad que ello significa. Al mundo que se llama cristiano, a sus organizaciones que se llaman iglesias cristianas, el Señor les dice: «Yo te consideraré como mi Iglesia, pero veamos lo que esto implica. Conozco tus obras, ¿qué es lo que las ha inspirado? ¿Dónde está la fe, el amor, la esperanza? ¿Qué has hecho de mi Palabra? ¿Qué has hecho de mi nombre al cual apelas? ¿Qué has hecho de mi gracia? ¿Qué has hecho de mi memorial? ¿Qué es lo que has buscado aquí abajo?».

Su paciencia todavía espera. ¿Cómo no conmoverse al mirar con qué longanimidad habla a Sardis y a Laodicea?: «Yo te aconsejo… yo reprendo y castigo a todos los que amo…» (Apocalipsis 3:1819). Él continúa considerando a esta cristiandad tal como pretende ser, es decir, como la portadora de la profesión cristiana, sin que ella se dé cuenta de lo solemne que es esto. Mas él es el Testigo fiel y verdadero. Pronto va a vomitarla de su boca. Se ha ocupado de ella durante su historia, castigándola, reprendiéndola, ensalzando lo que era bueno, animando a los fieles, denunciando lo que no podía aprobar. El gobierno divino no ha cesado nunca: «es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios» (1 Pedro 4:17). Pero este juicio pronto será completo y definitivo. El Señor dejará de llamar «iglesia» a aquella que lo abandonó y lo puso fuera. Cuando haya tomado consigo a los suyos, cuando el Esposo haya arrebatado a la Esposa al cielo donde se celebrarán las bodas, en la tierra solo quedará por considerar a la «gran ramera», usurpadora de este hermoso nombre de Esposa. Hasta entonces él soporta cosas horrendas; pero, puesto que hasta esta misma gracia habrá sido menospreciada, ella atraerá sobre sí un juicio más severo. En la parábola de los talentos, el dueño no discute el título de siervo al siervo malo, pero aplica a este todo el rigor del trato debido al «siervo inútil».

Así pues, por una parte, la verdadera Iglesia o Asamblea de Dios, obra de sus manos, ya no es discernible; por otra, la Iglesia profesante, obra de los hombres, no ha sido todavía desposeída de su título.

No nos dejemos turbar por esta aparente contradicción. Siempre, y todavía hoy, las dos caras del «sello» mencionado en 2 Timoteo 2:19 nos confirman y nos enseñan lo referente a ambos puntos. En cuanto al primer aspecto tenemos: «Conoce el Señor a los que son suyos»; la fe confía a Dios el cuidado de Su obra. En cuanto al segundo, hallamos: «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo»; la fe obedece y se aparta del mal. Sí, «el fundamento de Dios está firme».

Ahora bien, ¿hemos de apartarnos para quedarnos solos? No, ciertamente. «El que se aparta busca su propio deseo» (Proverbios 18:1, R.V.A.). Si debemos apartarnos, es para unirnos con los que invocan al Señor con corazón puro, es decir, sin aliarnos con lo que deshonra su Nombre.

Todo aquel que ama al Señor hallará un camino preparado por él para encontrar a otros creyentes animados del mismo deseo. Esto también es la obra de Dios. En todo tiempo, Dios sabe reservarse un residuo; Elías lo experimentó cuando se creía solo (1 Reyes 19:10-18). A los que forman parte de este remanente les pide –al tiempo que les da los medios para hacerlo– que gocen juntos de los privilegios, que asuman juntos las preciosas funciones que son propias de la Iglesia de Dios. La gran promesa permanece, a pesar de toda la infidelidad de los hombres: allí donde dos o tres se hallan reunidos en su nombre, el Señor está en medio de ellos (Mateo 18:20). Una asamblea puede reducirse literalmente a este pequeño número; estará lejos de abarcar a la totalidad de la Iglesia en la tierra, pero será una expresión de ella, aprobada por Aquel que siempre está con «un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová» (Sofonías 3:12).

Era necesario establecer con claridad estas consideraciones generales antes de examinar de más cerca el presente estado de cosas.

2.3 - ¿Qué hacer en el presente estado de cosas?

2.3.1 - Diferentes categorías de agrupaciones cristianas

Las agrupaciones de la cristiandad actual pueden considerarse divididas en tres categorías.

Las dos primeras comprenden todo lo que se denomina oficialmente «iglesias». Estas son sociedades organizadas, con leyes y reglamentos, cada una con su clero, diferenciado de los feligreses. Estas sociedades son efectivamente de dos clases.

2.3.1.1 - Iglesias de afirmación católica

La iglesia romana afirma ser «la Iglesia», la única, y monopoliza el título de católica, es decir universal. Pero, en diversos grados, reivindican el mismo título las grandes iglesias orientales que no reconocen al papa romano. Los que no pertenecen a ellas son considerados como herejes; a lo sumo admiten que, si son de buena fe, participan del alma de la Iglesia, pero se les niega el formar parte de su cuerpo. Estas iglesias de afirmación católica pretenden formar, ellas solas, toda la Iglesia cristiana, y que los que se extraviaron deben volver a ellas. En efecto, afirman –y esto es un punto de capital importancia– que es necesario que cada uno recurra a ellas para alcanzar la salvación; dicen que la administración de sus sacramentos dispensa la gracia divina, y que para esto se necesita un clero investido de un poder sobrenatural, el cual viene transmitido desde los apóstoles por ordenación eclesiástica. No se trata aquí de exponer sus doctrinas, menos aún de suscitar controversias. No nos costaría mucho probar que esta unidad tan altaneramente afirmada encubre en realidad una multitud de interpretaciones y de formas. Pero, ante todo, destaquemos que la enseñanza de la Escritura no considera de ningún modo a la Iglesia como una organización que asegura la salvación, sino como un organismo formado por personas salvas, lo que es en absoluto diferente.

2.3.1.2 - Iglesias parciales

Las otras iglesias son organizaciones religiosas que se han separado de las precedentes, principalmente desde la Reforma, para constituir iglesias independientes, expresamente parciales y distintas dentro de la cristiandad. Sean o no nacionales, nada cambia con referencia a sus fundamentos. La mayor parte de ellas reconocen lo que se llama «la Iglesia invisible», edificada por Cristo, y de la cual solo Dios conoce a todos los miembros. Pero se consideran ellas mismas como sociedades necesarias, constituidas de la mejor manera, según las épocas y los países, para agrupar el mayor número posible de adeptos, enseñarlos y conducirlos a celebrar oficios religiosos. La base de su unión corresponde a una determinada confesión de fe particular. Los fieles son inscritos en registros al efecto. Puede decirse que estas iglesias evidencian el estado de división. Cada una hace vida aparte, aunque reconoce que hay verdaderos cristianos fuera de ella. Cualquiera que sea la conducta individual de sus sacerdotes, de sus pastores o de los fieles, conducta a menudo íntegra, su principio eclesiástico, o de «sistema», niega de hecho la unidad de todos los cristianos.

Las dos categorías que hemos considerado, una pretendiendo asumir la unidad, otra rompiéndola, mezclan en sus filas a verdaderos cristianos con simples profesantes. El bautismo tiene el valor de introducción en la cristiandad, y la «primera comunión» introduce, efectivamente, en una iglesia determinada.

2.3.1.3 - Fuera del campamento (o del campo religioso), Hebreos 13:13

La tercera categoría se halla constituida por los agrupamientos, mucho menos numerosos, de cristianos salidos de las dos primeras para reunirse de acuerdo con las enseñanzas de la Palabra, sin clero ni reglamentos particulares, pero sí en el nombre del Señor Jesús. Es probable que hayan existido en todo tiempo; pero cuando –hace ya más de un siglo y medio– el Espíritu de Dios despertó la Iglesia a la esperanza de la próxima venida del Esposo, numerosas almas fueron llevadas a formularse la pregunta: ¿dónde se halla la Iglesia en la presente confusión?, y han sido conducidas a salir hacia Cristo fuera de todo campo eclesiástico.[2]

[2] Este despertamiento se debió en parte a una publicación titulada: «La venida del Mesías en gloria y majestad», cuyo autor, Lacunza, era un sacerdote católico de América del Sur. Dios se sirvió de ella para despertar a creyentes de varios países y exhortarlos a esperar la venida del Señor, preciosa verdad que se había olvidado. Entonces, Dios despertó en muchas almas la profunda necesidad de «escudriñar las Escrituras» (Juan 5:39); los llevó a separarse de todas las iglesias profesantes y les enseñó los verdaderos principios de la Iglesia o Asamblea de Dios y de la reunión de los creyentes.

Desgraciadamente, también entre estas últimas agrupaciones el enemigo ha estado activo, ha logrado sembrar tanta confusión y producir tantas divisiones que, al cabo de cinco generaciones, inclinamos la cabeza con el corazón oprimido. Muchas almas sinceras se preguntan: ¿Qué hacer? ¿Dónde está el camino?

A pesar de todo esto, tengamos la seguridad de que siempre existe un camino, el que ojo no vio, ni ha concebido el corazón del hombre, pero que Dios prepara para aquellos que Le aman.

2.3.2 - El retorno de la cristiandad a su estado primitivo: una quimera

¿Qué hacer? No se trata de reedificar la Iglesia tal como la vemos en los primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles. Ello es imposible. En toda la Escritura se comprueba que Dios no restaura integralmente lo que el hombre ha arruinado. Da algo mejor para sustituir el estado de cosas que ha sido dejado de lado, después de haber soportado la infidelidad con suma paciencia.

Todavía soporta Dios a la cristiandad; hemos de andar con los recursos y bajo las direcciones que él nos proporciona, y no debemos soñar con una restauración que iría en contra de la enseñanza misma de los apóstoles, como ha sido recordado más arriba. Además, nos faltarían los elementos esenciales de ese entonces: los apóstoles y las señales que acompañaban su predicación. Los apóstoles, puesto el fundamento, cumplieron su obra; no han sido reemplazados, y nunca fue el pensamiento de Dios hacerlo. Son hechos pasados que no han de volver. A la Iglesia le corresponde permanecer fiel. Cuando afirmamos que nos reunimos como los primeros cristianos, esto no es, pues, enteramente justo.

2.3.3 - Lo que permanece

Lo que tienen que hacer los creyentes de hoy es obedecer a la Palabra tal como hicieron los primeros cristianos, aquella Palabra que los apóstoles, ya desaparecidos desde hace mucho tiempo, dejaron transmitida fielmente según la inspiración divina que habían recibido. El fundamento puesto por ellos es inmutable, por lo tanto, debemos afirmarnos sobre él, a saber: Cristo mismo, el Cristo de los evangelios y de las epístolas, y no sobre un fundamento hecho de pensamientos humanos, de doctrinas teológicas o de sistemas filosóficos. «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1 Corintios 3:11).

Dios no ha cesado de obrar. Cristo sigue edificando, y la casa espiritual de 1 Pedro 2:5 continúa edificándose en su perfección. Y al mismo tiempo, la casa visible sobre la tierra es confiada a la responsabilidad del hombre (1 Corintios 3:12). Querámoslo o no, como cristianos, cada uno de nosotros «edifica encima». Tengamos pues mucho cuidado con nuestra manera de edificar. ¿Con qué materiales, con qué direcciones, con qué fuerzas lo hacemos? ¿Qué parte de nuestra obra soportará la prueba del fuego?

¿Nos desanimaremos ante lo que nos es pedido? Acordémonos de que siempre tenemos a nuestra disposición los tres grandes recursos permanentes:

  • la Persona de Jesús, centro de reunión,
  • la Palabra de Dios,
  • el Espíritu Santo, Espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7).

A menudo se ha recordado que el profeta Hageo fue a animar a

los fieles para que reedificasen la casa de Jehová –no ciertamente idéntica a la de Salomón, pero con el altar en el mismo sitio– diciéndoles: «esfuérzate… porque yo estoy con vosotros… el pacto (o la Palabra)… mi Espíritu estará en medio de vosotros» (Hageo 2:4-5). ¡Cuánto más experimentan esto los cristianos que quieren obedecer! Esas divinas presencias están aquí como en el primer día, y no faltarán jamás mientras la Iglesia esté en la tierra. «Cobrad ánimo… y trabajad».

2.3.4 - Características permanentes de una asamblea

En lo que concierne a la congregación de los creyentes, se nos prescribe no dejarla, «y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Hebreos 10:25).

No podemos pretender rehacer la Iglesia, ni ser la Iglesia. Pero hemos de estar firmemente convencidos de aquello que en todo tiempo el Señor ha pedido a la Iglesia, es decir, las funciones que hemos mencionado anteriormente, y los privilegios que él le confiere. Aunque ella no ha cumplido fielmente la misión que le fue confiada, no ha sido relevada de esta misión: glorificar a Cristo, dar testimonio de la unidad que Cristo ha hecho y esperar al Señor.

Para que una reunión de dos o tres en el nombre del Señor exprese bien los caracteres de la Asamblea de Dios, es preciso que cada uno esté individualmente convencido de lo que el Señor pide a este efecto. Si ella no expresa esos caracteres, ¿para qué reunirse? Pero si los expresa, entonces esta Iglesia o Asamblea de Dios que ha venido a ser invisible en su conjunto, por culpa del hombre, será hecha visible allí donde esos dos o tres estén reunidos. Lo importante no es el número de personas reunidas, sino el carácter de su reunión. No es cuestión de número, sino de espíritu.

¿Por cuáles caracteres una agrupación de creyentes puede y debe ser reconocida como asamblea de Dios? Creemos poder resumir de la manera siguiente los que son indispensables:

– debe estar integrada por creyentes (2 Corintios 6:14-18);

– reunirse en el nombre del Señor Jesús (Mateo 18:20);

– reconocer la sola autoridad del Señor (Apocalipsis 1);

– no admitir otra dirección que la del Espíritu Santo (1 Corintios 12:13);

– estar sometido a la enseñanza de la Palabra, plenamente recibida;

– no tolerar conscientemente que el nombre del Señor sea aso

ciado al mal (1 Corintios 5:4-8; 2 Timoteo 2:19).

Dichos caracteres serán mantenidos solamente si los corazones están llenos del amor «nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (1 Timoteo 1:5). De nada serviría que tales caracteres fueran solo una apariencia exterior.

2.3.5 - Una toma de posición que deriva de tales caracteres

Esos caracteres implican tomar una posición que a menudo es mal comprendida y mal juzgada, aun por los otros cristianos. Ella no tiene valor si no es dictada por la obediencia, en humildad, y en un profundo amor por la Iglesia entera.

Esta posición se encuentra, necesariamente, fuera de las dos primeras categorías eclesiásticas que hemos considerado, puesto que una pretende injustamente monopolizar la Iglesia y otra la fracciona deliberadamente. Ahora bien, se trata a la vez de expresar la unidad de la Iglesia entera y de separarse de lo que, a pesar de todo, todavía comprende a miembros del Cuerpo de Cristo.

Como el principio de tal reunión es el de la unidad del Cuerpo –el único conforme a la Palabra– la expresión de esta unidad es dada en la Mesa del Señor, según 1 Corintios 10:16-17. En ella se participa de un solo pan, porque todos los creyentes son un solo pan, un solo cuerpo. Que todos estén presentes o no, a aquellos que se hallan reunidos no se les quita nada del privilegio que tienen de pensar en todos. La Mesa del Señor no pertenece a los que la rodean realmente, sino que está levantada para todos, si verdaderamente ha sido levantada por el Señor. En caso contrario, sería la Mesa de una secta o de una confesión particular, lo cual negaría la unidad del Cuerpo. Todos deberían estar allí, y los que están reunidos deberían sentir dolorosamente que los lugares de los que no se encuentran allí estén vacíos. Cuando hablamos de un convertido que «pide su lugar», la expresión es muy justa, mientras que no tendría fundamento escriturario decir que pertenecemos a tal o cual asamblea, porque daría a entender que se trata de un grupo independiente de las demás asambleas locales. No ponemos en duda que numerosos creyentes gocen de la Cena como memorial de la muerte del Señor en cualquier confesión que sea celebrada. Sin embargo, la «mesa del Señor» no puede ser levantada sobre otra base que la de la unidad del Cuerpo de Cristo, del cual todos los hijos de Dios son miembros igualmente.

De ello se desprende que las congregaciones formadas en diversos lugares, donde la Mesa del Señor es levantada sobre este principio, son solidarias, porque se hallan colocadas en la misma «comunión» del cuerpo y de la sangre de Cristo (1 Corintios 10:16). Cada una de ellas es la expresión de la iglesia o asamblea local, incluida ella misma en la gran unidad de la Iglesia universal. El apóstol se dirigía a la iglesia en Corinto, o en Éfeso, como si hubiese hablado a la Iglesia o Asamblea de Dios entera.

La Asamblea tiene el deber de preservar la Mesa del Señor de toda impureza. Para ello, ha recibido la autoridad del Señor, la cual ejerce porque él está presente.

Entonces, tal vez se diga: ¿Ustedes pretenden ser una congregación de individuos perfectos en la práctica? No, por cierto. Mas, de acuerdo con la enseñanza de 1 Corintios 11:28-34, los que se acercan a la Mesa del Señor tienen el deber de juzgarse a sí mismos, y la Asamblea tiene la responsabilidad de quitar «la vieja levadura» cuando, habiendo alguien descuidado este juicio individual, se manifiesta un estado de pecado que subsiste a pesar de las advertencias y de la disciplina fraternal. No se trata de ejercer un derecho cualquiera para juzgar (¡qué triste sería!), sino de dar al Señor lo que le es debido, celosos del honor de su nombre y del bien de su Asamblea.

Por otra parte, el mismo principio de la unidad del Cuerpo implica que lo que la asamblea hace en una localidad sea reconocido en todas las demás localidades. Impide que se reconozcan las reuniones de creyentes en las cuales esta disciplina no es observada, o en las cuales un mal moral o doctrinal es tolerado conscientemente. Aquí está el origen de las «divisiones» que se produjeron entre aquellos que inicialmente se habían congregado fuera de los sistemas religiosos. «Un poco de levadura leuda toda la masa» (1 Corintios 5:6). Sin duda alguna, fácilmente manifestamos la impaciencia, y difícilmente nos soportamos unos a otros; sin cesar corremos el riesgo de reemplazar el pensamiento del Señor por nuestros puntos de vista personales, y de dejar obrar a nuestra propia voluntad; con todo, él no puede tolerar que su Nombre –unido a su Mesa– sea asociado con el mal.

2.4 - Para resumir

1. Si no queremos ser una secta, jamás debemos perder de vista la «unidad del Cuerpo» de Cristo, proclamada en la Mesa del Señor. Al mismo tiempo, sintiendo con dolor el estado actual de la cristiandad –a la cual pertenecemos, no lo olvidemos nunca– debemos aprovechar con reconocimiento de las prerrogativas que hasta el fin quedan unidas a la Iglesia según Dios.

2. Si no queremos ser culpados «del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Corintios 11:27), tenemos que velar ejerciendo el enjuiciamiento individual y colectivo, para que la comunión con él y entre nosotros sea mantenida verdaderamente. Eso es guardar la «unidad del Espíritu».

¿Quién está capacitado para estas cosas? El secreto está en corazones consagrados a los intereses del Señor y que aman a los que son de él; está en la humildad de espíritu y la fidelidad bajo todos los aspectos.

El testimonio que el Señor suscitó en los últimos días también está declinando. Él habrá sido el único Testigo fiel y verdadero. No pretendamos ser aquella asamblea de Filadelfia, de la cual el Señor testifica: «Has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre» (Apocalipsis 3:8). Aunque tengamos «poca fuerza», pidamos que nos sea concedido el estado de espíritu y de corazón de aquella a quien el Señor puede hablar de esa manera.

3 - Segunda parte: Congregarse conforme a la voluntad de Dios

Reunirse de manera diferente a la que nos enseña la Palabra de Dios no puede ser más que una forma religiosa. No digamos que un alma sincera, aunque mal esclarecida, no encontrará nada en tal reunión, y que Dios no puede agradarse de ella (Hechos 10:35). Pero permanecerá ajena al testimonio dado a la unidad del Cuerpo de Cristo, e ignorará la bendición que «allí envía» el Señor, así como la enviaba sobre Sion para el pueblo terrenal (Salmo 133). Ignorará lo significa el rocío que desciende de Hermón y el óleo precioso que desciende de la cabeza del verdadero Aarón. No conocerá, pues, la libre acción del Espíritu Santo que une a los hermanos que habitan «juntos en armonía» a Cristo resucitado.

Pero, reunirse fuera de las múltiples organizaciones humanas de la cristiandad, ¿no será aumentar la fragmentación de esta? Es lo que se reprocha continuamente a aquellos que, por obediencia al Señor, estimaron que era su obligación salir hacia él «fuera del campamento», es decir, del campo religioso, para reunirse únicamente alrededor de él.

No nos es posible impedir esta acusación. Pero hemos de tener cuidado con no merecerla, y para ello debemos desterrar de nuestros corazones todo espíritu sectario. El Señor nos llama, no a ser una fracción de la Iglesia con la pretensión de obrar mejor que las otras, sino a andar por los caminos en los cuales debería andar la Iglesia entera, y como si, en su conjunto, toda ella estuviese congregada alrededor de Cristo.

3.1 - La cuestión del hombre

Empecemos estableciendo un punto que muy a menudo es considerado a la ligera: debemos repudiar todo nombre distintivo mediante el cual daríamos aprobación a una división más de la Iglesia. Si otros cristianos se llaman católicos, protestantes, calvinistas, luteranos, metodistas, bautistas, etc., podemos decir que, en todo caso, se muestran lógicos, pues llevan el nombre de su iglesia. Pero nosotros no conocemos otra iglesia que la sola Iglesia o Asamblea de Dios. No podemos llevar un nombre que no puedan llevar todos los hijos de Dios. Que el mundo, religioso o no, nos llame hermanos cerrados o exclusivos, o por cualquier otro nombre, es cosa suya; los apodos no han faltado nunca en la historia del pueblo de Dios. Pero reconocer cualquier nombre distintivo sería negar el principio de la unidad que es el de la reunión cristiana. Cuando el apóstol reprochaba a los corintios porque uno decía que era de Pablo, otro de Apolos, otro de Cefas, otro de Cristo, los reconvenía diciendo: «¿está dividido Cristo?» (1 Corintios 1:12-13).

El Nuevo Testamento habla de cristianos (Hechos 11:26; 26:28; 1 Pedro 4:16). Este nombre aun les era dado por los de fuera, quizá por escarnio. ¡Ojalá nuestro testimonio sea tal que con toda naturalidad nos llamen por este nombre, el de aquellos que siguen a Cristo!

Repetidas veces, en los Hechos de los Apóstoles, se habla de discípulos. Seamos fieles discípulos de la Palabra; que se nos pueda decir: «Habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados» (Romanos 6:17), la «doctrina de Cristo» (2 Juan 9).

Las epístolas hablan de santos. Apenas nos atreveríamos a emplear este nombre que el apóstol inspirado aplica a los cristianos de Corinto y de las otras asambleas locales: las «iglesias de los santos» (1 Corintios 14:33; Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2; 2 Corintios 1:1; Efesios 1:1; Filipenses 1:1, etc.) Ocurre que algunos llegan a abusar de este término sin comprenderlo bien; en particular, cuando es empleado ante el mundo, puede llevar a la confusión, y aun dar pretexto al «escándalo». Recordemos cómo obró nuestro Maestro en Mateo 17:27. Sin embargo, tales son, por gracia, todos los rescatados de Cristo: santos por llamamiento de Dios y en virtud de la obra de Cristo; por eso, somos exhortados a vivir «como conviene a santos» (Efesios 5:3).

Pero, a lo largo de la historia referida en los Hechos de los Apóstoles, y sin cesar en las epístolas, el nombre que se repite es el de hermanos. Cristo no se avergüenza de llamar así a los que él santifica: son «hermanos santos, participantes del llamamiento celestial» (Hebreos 2:11; 3:1). Este nombre de hermanos conviene en la familia de Dios, su empleo debe ser corriente entre los hijos de Dios. No tenemos que buscar otro nombre, aun menos reivindicar su uso exclusivo. Usándolo no olvidaremos el gran número de los que, al igual que nosotros, son hijos de Dios, pero que nos son desconocidos por hallarse dispersos dentro del mundo cristianizado. Experimentaremos, pues, en nuestros corazones el doloroso pero necesario sentimiento de la familia actualmente incompleta. No somos «los hermanos», sino simplemente hermanos que la gracia congrega en una época en que los hijos de Dios se hallan dispersos.

3.2 - La obra del servicio

3.2.1 - El clero y el ministerio oficial

Lo que más llama la atención en las congregaciones de creyentes constituidas fuera de las diversas organizaciones eclesiásticas es, sin duda alguna, la ausencia de todo «clero». Esto asombra y hasta turba frecuentemente a las almas sinceras que están acostumbradas a sus formas religiosas, pues, ¿no habla el Nuevo Testamento de obispos, ancianos, servidores y pastores, evangelistas, doctores, como también de apóstoles y profetas?

Esto está fuera de duda. Pero, antes de seguir adelante, notemos que en ninguna parte del Nuevo Testamento vemos que estos hombres, o cierta categoría de ellos, formen un cuerpo distinto del resto de los fieles para ejercer funciones sacerdotales, celebrar el culto, o para que solo ellos lleven a cabo ciertas ceremonias. Al contrario, todos los cristianos son considerados por igual como sacerdotes. El apóstol Pedro no hace ninguna distinción entre ellos cuando escribe: «Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pedro 2:5). Aun la idea de que haya un clero es extraña a las enseñanzas cristianas.

Tampoco la Escritura presenta o prevé para el cristianismo una sucesión de sacerdotes o de ministros garantizada por cualquier consagración u ordenación, cosa que las diferentes «iglesias» se atribuyen, aunque muchas de ellas –particularmente las iglesias disidentes– rechacen la idea de un clero al estilo católico. Si se trata de los apóstoles, está claro que el Señor es quien los constituyó, y que después, ellos no establecieron a ningún otro apóstol. No fueron los once quienes escogieron al que «tomó el oficio» de Judas (Hechos 1:24). En cuanto a Pablo, siempre insiste sobre el hecho de que recibió su apostolado de Dios y no de los hombres, y no nombró a ningún sucesor. El principio es el mismo para todos los ministerios o servicios. En vano se buscará otra cosa en el Nuevo Testamento.

Vemos en él que, antes de que la Palabra quedara completa, y hallándose en formación la Iglesia, los apóstoles juzgaron bueno que en la asamblea de Jerusalén se designaran y –mediante la intervención de ellos– se establecieran algunos servidores (Hechos 6:1-6). Luego, también ellos mismos constituyeron ancianos en las asambleas de los gentiles (Hechos 14:23), a imagen de lo que siempre había existido en Israel (véase Hechos 11:30; Santiago 5:14-16). El apóstol Pablo, usando su autoridad apostólica, dio facultad a Tito para hacer lo mismo en Creta (Tito 1:5), y quizás, aunque no expresamente, a Timoteo en Éfeso (1 Timoteo 3). Asimismo leemos en Hechos 13:1-4 que los profetas y maestros de la iglesia en Antioquía impusieron las manos a Pablo y a Bernabé, mas no para confiarles ellos mismos un servicio, puesto que era el Espíritu Santo el que los llamaba; de modo que, con la imposición, lo único que hacían era testificar su comunión y su plena aprobación. Notemos también que Timoteo, objeto de profecías particulares (1 Timoteo 1:18), recibió un don de gracia «con la imposición de las manos del presbiterio» (cap. 4:14) y «por la imposición» de las manos del apóstol Pablo (2 Timoteo 1:6); los ancianos reconocieron lo que solo el apóstol era competente para conferir, y que confirió únicamente por mandamiento formal del Espíritu Santo, expresado por profecía. Tales hechos son incontestables; sería en vano intentar sacar de esto una regla o indicación permanente en favor de una investidura oficial. Los apóstoles no han tenido sucesores; la Palabra silencia toda indicación sobre una eventual transmisión de la autoridad apostólica, tampoco habla del nombramiento de hombres revestidos de un cargo oficial. Hoy en día, nadie puede aludir o prevalerse de una autoridad dada por Dios para tal objeto.

Al contrario, la Palabra insiste sobre la acción del Espíritu Santo para distribuir dones y servicios (Hechos 13:2; 1 Corintios 12). Ocurre que precisamente esta acción no se reconoce en el mundo cristiano. ¿Cómo se la dejaría libre y soberana, cuando en la mayor parte de los casos ni siquiera es admitida la presencia del Espíritu Santo como persona aquí abajo? Por ello, necesariamente, las reglas de una organización humana pretenden sustituirlo, por lo cual se hace precisa una investidura para ejercer una función en la Iglesia. Aun cuando se declare que únicamente se consagra a tales funciones a hombres llamados por Dios, tal consagración es el ejercicio de una autoridad oficial y exclusiva, de la cual no hallamos ningún indicio en la Palabra de Dios. En ella, en cambio, no faltan indicaciones precisas acerca del orden y la edificación en la Asamblea: «Todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere». No le incumbe a la asamblea «repartirlas», ni menos aún a un clero nombrado por ella.

Tenemos mucha necesidad de ser guardados, no solamente de las formas, sino también de ese espíritu clerical, el cual, suprimiendo el ejercicio colectivo, hace que exclusivamente algunos se encarguen de la marcha de la asamblea. Seremos preservados de ello creyendo simplemente en la presencia del Espíritu Santo en la Asamblea. Él obra en ella por medio de los «dones espirituales».

3.2.2 - Los dones espirituales

La Iglesia o Asamblea no podría, en efecto, vivir sin el ejercicio de lo que la Palabra llama los «dones espirituales» (o de gracia). El «don» es una facultad, o una capacidad, que Dios da a una persona determinada para obrar con respecto a los hombres [3]. Cristo no deja que la Iglesia carezca de ellos. Ha dado, da y dará para este fin, por el Espíritu Santo, todo lo que sea necesario y suficiente, mientras ella esté en la tierra, para alimentarla, administrarla y edificarla.

[3] La Escritura identifica a menudo el «don» con aquel que lo posee (Efesios 4:8, 11).

Existen varias clases de dones. Los diversos pasajes de la Escritura que los mencionan dan diferentes enumeraciones de ellos, cada una con una intención particular, sin que ninguna sea limitativa.

Hay, para la Iglesia entera, dones para «perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4:11-12). Él mismo, glorificado como Cabeza de este Cuerpo, «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros». Aquí se trata esencialmente del «ministerio de la Palabra», y así debe entenderse cuando se emplea correctamente el término «ministerio». El de los apóstoles continúa, pues sus enseñanzas, habiendo tomado lugar en los escritos inspirados, completan la Palabra de Dios. A través de los tiempos, los profetas aplican la Palabra a las necesidades que Dios les hace discernir en la Iglesia, con la respuesta que él quiere dar a tal efecto; ellos, por así decirlo, ponen a las almas en contacto con Dios. Los evangelistas trabajan en el mundo para sacar de él a aquellos a quienes Dios conduce a la Asamblea. Los pastores se esmeran en dar el alimento espiritual conveniente, y vigilan sobre el rebaño, al que el mundo y Satanás amenazan sin cesar. Los maestros exponen sana y claramente la verdad.

El capítulo 12 de la primera epístola a los Corintios, el cual insiste principalmente sobre la soberanía del Espíritu Santo en la distribución de los dones, nos dice que «a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas». Si los dones que constituían «señales» para los incrédulos –milagros, lenguas–, tan apreciados por los corintios, ya no se manifiestan entre nosotros, los otros subsisten. Aquí no es cuestión de evangelistas porque este capítulo trata acerca de las «manifestaciones espirituales» en el seno de una asamblea local, en su vida propia, dirigida por el Espíritu.

En Romanos 12, no solamente encontramos el ministerio de la Palabra, sino el conjunto de los «servicios» cristianos, los cuales nos son todos presentados como «dones espirituales» (o de gracia). Van desde la profecía, don que es privativo de algunos solamente, hasta el ejercicio de la misericordia que, sin duda alguna, ninguno de los fieles, hermano o hermana, está dispensado de ejercer. Cada uno ha recibido; cada uno es exhortado a dar. Pero al mismo tiempo, cada uno está limitado a «la medida de fe que Dios repartió a cada uno» (v. 3), para no excederla, de manera que el cuerpo entero funcione armoniosamente.

En 1 Pedro 4:10-11, la diversidad de los dones de «la multiforme gracia de Dios» se reparte, dice el apóstol, entre «cada uno» de vosotros, llamados a ser «buenos administradores» de ellos. De manera que «si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da». El amor ferviente, al que todos los fieles son llamados, hace que usen, unos para con otros los dones de gracia, de los cuales cada uno, hermano o hermana, ha recibido alguno.

Estas enseñanzas de la Palabra no deben ser para nosotros simples consideraciones teóricas. Su alcance práctico es extremo.

Hay una gran diversidad de dones. Tenemos la tendencia a llamar por este nombre solamente a los que ofrecen algún relieve, particularmente al ministerio de la Palabra, y aun a apreciarlos en la medida en que se ejercen de manera más brillante o cautivadora. Ante los ojos de Dios no existen tales distinciones. Al contrario, los dones que más llaman la atención corresponden a aquello que, siendo lo menos importante y lo menos precioso en sí mismo, ha tenido que recibir exteriormente más honra (1 Corintios 12:2324). El que ministra la Palabra no es sino un canal o conducto por el cual nos es dado el alimento espiritual, en tanto que aquel que ejerce la misericordia es, en sí mismo, un centro de amor. El más humilde servicio dentro de la asamblea a menudo tiene mucho más valor que cualquier otro que llama más la atención.

Estos «dones espirituales» (o de gracia) para la «obra del ministerio» en todos sus grados otorgan a los que son investidos de ellos, no una autoridad oficial, sino una responsabilidad. «Servidor» es lo que ha sido Cristo. ¿Habrá alguien que pretenda ser más que su Maestro? «¿Qué tienes que no hayas recibido?» nos dice la Palabra (1 Corintios 4:7). Aun «el que preside» (Romanos 12:8) no es un jefe, en el sentido que dan los hombres a esta palabra; es igual que sus hermanos, si bien está colocado en un sitio de responsabilidad particular. El que ha recibido un don propicio para llamar la atención, especialmente el de presentar la Palabra, corre el peligro de erigirse en jefe y apartar las almas de Cristo, atrayéndolas, conscientemente o no, a sí mismo. Inversamente, para los otros no es menor el peligro de apoyarse pasivamente en algunos que Dios ha dado, y de adormecerse en la rutina, dando lugar así, sin darse cuenta quizás, al nacimiento y la existencia de un clero.

Cada uno tiene algún don «espiritual» o de gracia. Cada uno debe saber lo que ha recibido del Señor y obedecerle, en dependencia del Espíritu Santo. Para que el cuerpo crezca y funcione, es necesario que cada miembro cumpla su función; ni que sea más ni que sea menos, como nos lo enseña 1 Corintios 12. Somos miembros unos de otros, y si se nos dice: «Procurad, pues, los dones mejores» (v. 31), no es para que busquemos nuestra satisfacción personal, sino para el bien común. Pero, delante de nosotros se halla abierto «un camino aun más excelente», el del capítulo 13, el del amor.

Debe alegrarnos el pensamiento de que el Señor es quien da en vista de las necesidades de la Asamblea, a la cual ama. Él no dejará de proveerla de los dones necesarios. Pero ¿cómo son ejercidos estos, y cómo es recibido tal ministerio? En el actual estado de cosas, muchos dones se pierden, porque son inutilizados, aunque existan. Es este aspecto del empleo de los dones el que nos presenta Romanos 12. Obremos según lo que nos ha sido dado. Si no lo hacemos, ¡qué pérdida para todos! El actual estado de la Iglesia pone de manifiesto, no la ausencia de dones, sino su no empleo o su mal uso. Timoteo es exhortado a que «avive el don de Dios» que está en él, y Arquipo a cumplir el ministerio que ha recibido del Señor (Colosenses 4:17). El Señor puede decirnos a todos: «¿Qué han hecho de lo que les he dado?».

Lejos esté de nosotros el pensamiento de que todos los dones actualmente suscitados por Dios se encuentran exclusivamente entre los hermanos con los cuales nos reunimos; ni tengamos tampoco la pretensión de conocerlos a todos. Que no haya entre nosotros otra acción que la del Espíritu Santo, ejerciéndose por los «dones», y que cada uno obre en su dependencia, según haya recibido del Señor mismo.

3.2.3 - Los cargos

El Nuevo Testamento habla repetidas veces de hermanos llamados a ocuparse de la iglesia o asamblea local como «ancianos» u «obispos» (vigilantes, supervisores, sobreveedores), y como servidores o «diáconos» (Hechos 11:30; 14:23; 20:17, 28; Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3; Tito 1; 1 Pedro 5:1; Santiago 5:14, y también Hebreos 13:17). Estos cargos, como se los llama, no son, en manera alguna, incompatibles con el ejercicio de un don de presentación de la Palabra, como lo prueban los casos de Esteban y Felipe; pero ellos no están forzosamente ligados al don. El orden debe ser mantenido en la asamblea, los desordenados deben ser advertidos, las almas cuidadas y alentadas. Es necesario también que hombres y mujeres [4] devotos se ocupen de las cosas materiales, cada una de las cuales, aun la más insignificante, tiene su importancia; los servidores instituidos en el capítulo 6 de los Hechos se ocupaban de los pobres y servían a las mesas. Que creyentes fieles aspiren a tal servicio, es «desear buena obra» (1 Timoteo 3:1).

[4] Febe servía a la iglesia en Cencrea.

Las cualidades requeridas para uno y otro cargo son enumeradas por el apóstol Pablo en 1 Timoteo 3, y en la epístola a Tito (cap. 1:7). Ellas exigen que sean cristianos firmes, experimentados y piadosos. Por carecer de aquellas cualidades, sentimos tan penosamente en la vida de las asambleas locales de nuestros días la falta de sobreveedores y servidores. Allí donde ellos existen, sepamos reconocerlos y tenerlos en honra (1 Tesalonicenses 5:12).

Mas repitamos que la Palabra no da ninguna directiva en cuanto a una investidura oficial y reglamentada para estos cargos. «El Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia» dice Pablo a los ancianos de Éfeso. Históricamente, los ancianos (presbuteroi: presbíteros) o sobreveedores (episkopoi: obispos) y los servidores (diakonoi: diáconos) poco a poco se pusieron aparte de los fieles para formar el clero. Se consideraron ellos mismos y fueron considerados, en las iglesias católicas, como los únicos investidos de «dones» y encargados de todo ministerio, enseñanza, culto, servicio divino. Finalmente se reclutaron a sí mismos, para formar un cuerpo especial, que se arroga el derecho de ser el único calificado para admitir nuevos obispos o sacerdotes, según un poder que, dicen, recibieron de los apóstoles y se ha transmitido sin interrupción. Basta leer el Nuevo Testamento para darse cuenta de que ninguna de estas tres pretensiones se justifica en la Escritura, y que ellas se oponen a la soberanía del Espíritu Santo en la Iglesia. En la mayor parte de las denominaciones protestantes, los «ancianos» no constituyen, propiamente hablando, un clero de este género; a pesar de ello, forman una categoría oficial y son elegidos por el conjunto de los fieles, lo que tampoco es conforme a la Escritura. Si, cuando designaron a los siete diáconos en Hechos 6:1-6, el conjunto de los discípulos los «elige» y los presenta a los apóstoles, estos los establecen según su irremplazable autoridad. De hecho, no existe hoy en la tierra ninguna autoridad competente para establecer ancianos o ministros (diáconos, servidores).

Sería también funesto pretender que no tienen ya razón de existir, y sería dudar del amor del Señor para con su Iglesia pensar que haya retirado lo que es indispensable para la bendición de las asambleas locales. Los cargos son tan necesarios como los dones. Tal como lo requiere el ejercicio del ministerio por los «dones», la administración de estos «cargos» exige –además de las cualidades morales que la Palabra define en 1 Timoteo 3:8-13 y en Hechos 6:3, y que se resumen en la piedad– sabiduría, amor a los santos y amor al Señor de una manera muy particular. Es el cumplimiento de un santo deber, en obediencia, nunca la posesión de un sitio eminente o de dominación (1 Pedro 5:1-4).

3.2.4 - La libertad y la dependencia

Séanos aun permitido insistir sobre este punto. La ausencia de clero y de ministerio oficial no significa, de ninguna manera, una especie de democracia religiosa donde cada uno tiene todos los derechos. Nadie tiene derechos sobre sus hermanos, pero cada uno tiene deberes que el Señor le asigna. Se trata de dejar que el Espíritu Santo actúe libremente a fin de que cada componente del organismo funcione para el bien del conjunto y según la voluntad de Dios. Los «sistemas» religiosos no pueden concebir ninguna reunión de creyentes sin directores designados, un orden establecido, una liturgia, porque no comprenden la presencia efectiva del Espíritu Santo en la Iglesia. Los hombres, aun los mejor intencionados, ¿acaso son más sabios y más poderosos que el Espíritu Santo?

Guardémonos, pues, bajo el pretexto de que estamos libres de dominación humana, de obrar en independencia respecto a Aquel que toma de lo que es de Cristo para comunicárnoslo (Juan 16:14; 14:26), y pone los corazones y las conciencias en la presencia de Cristo. Sin él, la Iglesia no podría existir. Cuando es contristado o apagado, ella pierde su carácter. Como se ha repetido muchas veces, ¿será la Iglesia el único lugar donde la carne puede manifestarse sin ser reprimida?

Para ejercerse un «don», no tiene que esperar a ser autorizado por la Iglesia; esta debe reconocer su ejercicio, discerniendo si es de Dios, por la manera en que contribuye a la edificación (véase 1 Corintios 14:29; 1 Tesalonicenses 5:19-21; 1 Juan 2:20; 4:1). Un evangelista puede ser necesario aquí; uno o dos pastores allá; en otro lugar un maestro; Dios los suscitará según las necesidades que solo él conoce. Y el don es enteramente libre frente a los hombres.

Desgraciadamente, la carne siempre tiene tendencia a usar de la libertad para hacerse valer. Puede haber hombres que pretendan ejercer un don sin poseerlo, otros que ejerzan fuera de tiempo el que poseen, u obren en una mayor medida de la que han recibido. ¿Quién dirá el perjuicio que nuestras constantes faltas a este respecto infligen a la Iglesia de Dios? Estamos ocupados de nosotros mismos más que de Cristo y de los suyos. Unas veces rehusamos hacer valer el don que hemos recibido, y de esa manera muchos hermanos que podrían haber edificado la asamblea nunca han despegado los labios en ella; otras veces –limitándonos solamente al ejercicio del ministerio de la Palabra– una profusión de discursos fuera de propósito reemplaza la verdadera palabra adecuada para edificar. Lo señalamos con mucha tristeza, pues las cosas suceden a veces como si la característica de las reuniones sin presidente oficial fuese que todo el mundo tiene libre derecho de obrar. No hay nada que sea más contrario a la Palabra ni que denote un desconocimiento más completo de la Iglesia, de los derechos de Cristo y del lugar que le corresponde al Espíritu Santo. Por lo tanto, así como no haríamos un mensajero de un incapacitado, ni un vigía de un ciego, es indispensable, por lo menos, tener el conocimiento del santo Libro, la capacidad de comunicarlo a otros, el sobrio buen sentido. Estas cosas son, por decirlo así, las que dan evidencias del don. Luego, aquel que ha recibido un don no puede ejercerlo útilmente sin poner diligencia, sentir amor por Cristo y la Iglesia, y la dependencia necesaria. Pero ni la facilidad de palabra, ni la instrucción o la ciencia humana son las que confieren un don; aun cuando alguien pudiera expresarse claramente, incluso con elocuencia, no significa por ello que esté calificado por el Señor. No obstante, todo creyente que ha recibido tales facultades debe preguntarse por qué las ha recibido, y si hace bien en emplearlas para el mundo y no para el Señor. Las facultades del hombre no tienen ninguna parte con la verdad de Dios, pero el Espíritu Santo puede servirse de ellas y emplearlas en aquellos que llama, lo que es muy diferente. Si los que suelen tener tendencia a adelantarse han de tener cuidado con no «aportillar el vallado» al cual el Dios de medida ha limitado su don (Eclesiastés 10:8), es bueno también exhortar a los «débiles» a no retroceder cuando se sienten llamados por el Señor a un servicio. Entréguense estos a ese servicio con «mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús» (1 Timoteo 3:13), la cual viene de Dios, y de la que el libro de los Hechos habla repetidas veces. Busquen, pues, la comunión con los santos, y no las aprobaciones halagadoras, a veces sospechosas y siempre temibles; busquen la «sana crítica», siempre reconocible porque es inspirada por la obediencia a la Palabra y por el amor.[5]

[5] Entre los escritos que hablan del «ministerio» en la Iglesia, citemos la conclusión del prefacio del folleto: «Sobre el culto y el ministerio por el Espíritu» de W. T.: «Lo que precisamos es paciencia, fe en el Dios vivo, amor hacia Cristo, verdadera sumisión al Espíritu, un diligente estudio de la Palabra y una sincera sumisión mutua en el temor del Señor».

3.2.5 - El ministerio de las mujeres

En el Nuevo Testamento, se lo tiene por un ministerio preciosísimo en su lugar, sea para la enseñanza en la familia –en pláticas privadas, como vemos a Priscila al lado de Aquila para enseñar a Apolos (Hechos 18:26), o a las cuatro hijas de Felipe profetizando (Hechos 21:9)–, sea en todos los «servicios» –como el de Febe, «diaconisa de la iglesia en Cencrea» (Romanos 16:1)–, en los cuales la mujer es irremplazable: hospitalidad, cuidados a los enfermos, etc. En cuanto al servicio público de la Palabra en la asamblea, la enseñanza bíblica es tan formal que basta transcribirla: «Es indecoroso que una mujer hable en la congregación… vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar… no permito a la mujer enseñar… sino estar en silencio» (1 Corintios 14:34-35; 1 Timoteo 2:11-14). No es cuestión de capacidad, de conocimiento, ni de devoción, sino simplemente de honrar al Señor en la Asamblea respetando el orden deseado por Dios.

***
Así, la igualdad de todos los hijos de Dios como sacerdotes no significa uniformidad. Este sacerdocio «universal» está relacionado con la adoración. En cuanto al ministerio, no puede ser universal ni intercambiable. Hay diversidad de dones, pero un solo Espíritu.

3.3 - Las reuniones

Una misma y preciosa exhortación domina por entero la vida práctica de la asamblea: «Todas vuestras cosas sean hechas con amor» (1 Corintios 16:14). Este amor, inseparable de la verdad (2 Juan 3), ciñe su «vínculo», el de la «perfección» (Colosenses 3:14), alrededor de los creyentes, particularmente en las ocasiones en que la iglesia se halla reunida. En efecto, se recomienda que se haga «todo para edificación», y el amor es el que edifica (1 Corintios 14:26; 8:1). Por otra parte, puesto que Dios no es un Dios de desorden, sino de paz, es necesario que se haga «todo decentemente y con orden» (1 Corintios 14:40).

La iglesia se reúne en el nombre del Señor. Él es la fuente de la bendición. Si él no está en medio de ella, ¿para qué reunirnos? Pero si nos reunimos en su nombre, fiel a su promesa, él estará presente.

Somos exhortados a no dejar «de congregarnos» (Hebreos 10:25). No es una ley impuesta, sino la reiteración de una condición indispensable para la vida del Cuerpo. Abandonar esta reunión «como algunos tienen por costumbre», es privarse a sí mismo y privar a los otros, con los cuales somos solidarios, de lo que tanto importa para el crecimiento mutuo.

Pero, aun cuando estemos reunidos, tengamos mucho cuidado para no frustrar la bendición que el Señor quiere darnos, privándole a él mismo de aquello que le es debido. El apóstol deploraba lo que los corintios hacían cuando se reunían: «No os congregáis para lo mejor, sino para lo peor» (1 Corintios 11:17). Es triste pensar que podemos reunirnos en perjuicio nuestro, hasta llegar a ser «juzgados» (v. 31), porque «las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista» (Eclesiastés 10:1).

Como entre los corintios, la primera causa de tal pérdida se halla en las «divisiones» (1 Corintios 11:18-19): los disentimientos tolerados y mantenidos, las envidias, los rencores más o menos declarados, ¡cuántas cosas estorban la acción del Espíritu Santo en la reunión de los creyentes, e impiden la libertad ante el Señor! Acordémonos de la exhortación, siempre actual, de Jesús en Mateo 5:23-24, y reconciliémonos con nuestro hermano antes de acercarnos al altar y de encontrarnos allí con él. Otra causa de grave daño en la reunión es el desconocimiento de la dignidad del Señor. Él se halla presente allí, y por eso es siempre una tierra santa, donde debemos quitar los zapatos de nuestros pies. Por cuanto los corintios celebraban «indignamente» la cena, muchos entre ellos estaban enfermos, y algunos dormían. Finalmente, otra causa de perjuicio es la falta de discernimiento respecto a las «manifestaciones espirituales» en la asamblea (1 Corintios 12 - 14), manifestaciones diversas, como lo son las mismas reuniones.

3.3.1 - Reuniones convocadas y reuniones de asamblea

La asamblea puede reunirse por iniciativa de uno o de varios hermanos, a los que el Señor llama para dispensar a aquella una enseñanza, por medio de una predicación, de estudios o de pláticas (Hechos 11:26). Estos hermanos también pueden darle de parte del Señor un mensaje de advertencia, de consuelo, u otra comunicación (Hechos 15:30), o dar cuenta de la obra del Señor, como lo vemos en Hechos 14:26-27 cuando Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía «desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido» y reunieron a la iglesia para relatarle «cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos». Semejante comunión en el servicio es preciosa, y demasiado poco frecuente.

Parece que a veces no se comprende bien el carácter de dichas reuniones convocadas, y se duda en decir que son «en el nombre del Señor», o efectuadas alrededor de él. De esta manera, limitamos, por rutina o por puntos de vista particulares y estrechos, las ocasiones en que la Iglesia puede hallarse reunida en el nombre de Jesús y contar con su presencia. Sin duda alguna, el siervo de Dios que convoca una reunión, o la deja convocar bajo su responsabilidad, lo hace para ejercer en ella el ministerio que le es confiado. Es de desear que él considere siempre esta responsabilidad delante del Señor, y sienta que dicha convocación es verdaderamente de parte de él. Eso destaca la seriedad del servicio de todo hermano que visita las asambleas locales. Mas permanece el principio de que es el Señor quien obra por medio de los «dones» que se emplean de esta manera, bajo la dirección del Espíritu Santo.

En una reunión de este género, la asamblea se muestra agradecida a Aquel que quiere edificarla por medio de tal siervo. La Asamblea se atiene a él. Cada uno debe desear en su corazón –pidiendo anticipadamente y en silencio mientras dure la reunión– que nada que no venga de él sea dado. El que habla no es más que un conducto, y se intercede para que siga unido a la fuente, a fin de darnos agua pura. Se dará lugar a un examen constante –gracias a la «unción del Santo» que todo creyente posee– para que todo lo que se diga sea conforme a la Palabra, y que la iglesia, «columna y baluarte de la verdad», reciba con gozo el «alimento sólido», sin correr el riesgo de acoger y aprobar una enseñanza adulterada (véase Hechos 17:11; 1 Tesalonicenses 5:19-21; 2 Juan 9-10).

Está claro que se trata aquí de la obra de edificación en la asamblea. Es evidente que no se puede llamar reunión de asamblea a una reunión de evangelización celebrada entre la gente del mundo, en donde está el terreno normal del evangelista. Sin duda la palabra de evangelización puede presentarse en toda reunión, aun en una reunión de «asamblea», sobre todo en nuestra época en que, como en la de Timoteo, hay que predicar «a tiempo y fuera de tiempo» y hacer la obra de un evangelista, aun poseyendo otros dones u otras funciones. Pero la asamblea no se reúne con el propósito especial de evangelizar. Cuando Cornelio le dijo a Pedro: «Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado» (Hechos 10:33), ciertamente el Espíritu Santo obraba con potencia. Sin embargo, no podía tratarse todavía de asamblea, puesto que, excepto Pedro y los hermanos que lo acompañaban, los oyentes no habían recibido todavía el Espíritu Santo.

A diferencia de las reuniones así convocadas por ministros de la Palabra, el Nuevo Testamento nos habla explícitamente de «reuniones de asamblea» normales, regulares, en las cuales se manifiesta de manera habitual la vida de una asamblea local. En ellas se desarrolla una actividad colectiva, desde el principio hasta el fin. Todos los integrantes de dicha asamblea son llamados, no simplemente a asistir, sino también a participar en tales reuniones. «Cuando os juntáis en uno» (RV 1909), «cuando os reunís como iglesia», o también: si «toda la iglesia se reúne en un solo lugar», dice el apóstol a los corintios (1 Corintios 11:18-20; 14:23-26). No se trata del ejercicio particular de un «don», aunque los dones tengan allí su sitio.

Son las reuniones fundamentales de la asamblea. Esta viene en busca de la presencia del Señor para ejercer con plenitud las funciones colectivas que le son conferidas. Ella lo mira solo a él, con fe, sin saber de antemano a quién conducirá a la acción el Espíritu Santo. No tenemos que esperar a que surjan impulsos repentinos e incoherentes, lo cual solamente manifestaría una actividad insensata de la carne (1 Corintios 14:23). Al contrario, las reuniones serán caracterizadas por un desenvolvimiento apacible y equilibrado, sin esfuerzo aparente, tal como funciona un cuerpo en buena salud, impulsado desde su interior por la potencia invisible de un solo espíritu.

3.3.2 - La Iglesia dirigiéndose a Dios

En el ejercicio de esas funciones colectivas, entre las preciosas prerrogativas de la Asamblea de Dios que hemos considerado precedentemente, la oración colectiva y la adoración colectiva representan las actividades por las cuales la asamblea se dirige a Dios, le habla a Dios.

Para hablarle a Dios, es decir, cuando le pedimos (servicio de oración), o cuando le ofrecemos (servicio de adoración), todos los hermanos se hallan en una misma jerarquía. Tienen un mismo título, el de sacerdotes, y su sacerdocio se halla unido, tanto para la intercesión como para la adoración, al de Cristo glorificado. Cada uno puede orar, indicar un himno para que todos canten, dar gracias en nombre de todos, con tal que se haga en la dependencia del Espíritu que obra en la asamblea. Aquel que abre la boca viene a ser, pues, la boca de la asamblea.

Las oraciones y acciones de gracias de la asamblea ciertamente tienen su lugar en todas las reuniones. No obstante, el orden que conviene a la casa de Dios implica que ciertas reuniones sean más especialmente consagradas, unas a la oración, otras a la adoración.

3.3.2.1 - La oración

Es la oración en común o colectiva la que, en Mateo 18, se halla asociada a la promesa de la presencia de Jesús, y esto le da su valor. Por eso es inconcebible que una asamblea local no tenga reuniones de oración, lo mismo que un creyente no ore individualmente. Sería negarse a venir a la fuente. Y nunca repetiremos bastante cuán desastroso es que las reuniones de oración no sean más frecuentadas, hasta el punto que, en muchas asambleas, la mayoría de los hermanos y hermanas parecen desinteresarse de ellas, dejando la práctica a solo algunos.

Desgraciadamente, también es muy cierto lo que ocurre a veces: aquellos que toman parte en estas reuniones llegan a falsear el carácter de ellas a riesgo de que las almas sean alejadas, en vez de ser atraídas. Perdemos más de lo que podamos calcular cuando reducimos la oración colectiva a vagas repeticiones, donde abundan fórmulas usadas hasta la insipidez, o cuando nos complacemos en incluir en la oración exposiciones de doctrina, recordándole a Dios las verdades de la Palabra, como si pretendiésemos enseñárselas. Discursos interminables y pesados, aunque sean sinceros, impiden que los hermanos más jóvenes o los que son tímidos oren, ya sea porque no les dejan tiempo, o porque esta abundancia, de la cual se juzgan incapaces, los desanima. Oremos más largamente en nuestra intimidad, y más sucintamente en la asamblea. Mucho se ha dicho sobre este asunto, pero parece que lo olvidamos fácilmente, cayendo de nuevo en este hábito cada vez que nos arrodillamos en la asamblea. ¡Qué refrigerio experimenta nuestra alma cuando se expresan precisa, breve, pero fervientemente las necesidades verdaderas, sentidas en realidad por todos los corazones!

Ciertamente, la reunión de oración no se improvisa. Supone corazones preparados, motivos de súplicas considerados de antemano, concertados en tanto que sea posible. Digamos más aún: ella supone una vida habitualmente apegada al Señor, amor para con él y los suyos, y aquel discernimiento que solo se adquiere por un «ejercicio» continuo (Hebreos 5:14). Además, implica que los hermanos anden de acuerdo (Mateo 18:19); y, precisamente, ¿no debería ser la ocasión de poner en regla todo cuanto falte a este respecto?

Por encima de todo, se requiere la libre acción del Espíritu Santo. «Orando en el Espíritu Santo» dice Judas (v. 20); véase también Efesios 6:18. El Espíritu no solo nos ayuda en nuestra flaqueza, sino que nos enseña a pedir lo que conviene, y da la osadía para hacerlo en el nombre del Señor Jesús.

La indiferencia respecto a las reuniones de oración, y su deformación son, pues, una de las señales más reveladores del declive. Reuniones de oración pobres o artificialmente hinchadas de largas oraciones, ¿no dan pruebas de una falta de vida espiritual? Pero de nada serviría detenernos a lamentar lo que no anda bien. Más vale que nos exhortemos mutuamente para hallar el remedio, tan sencillo como eficaz: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). ¿Quién de nosotros no puede dar gracias a Dios por haber hallado, en momentos difíciles, el más poderoso aliento en una reunión de oración –humilde y quizá menospreciable a ojos de los hombres, y marcada por toda nuestra debilidad ante los ojos de Dios– en la cual su gracia nos ha hecho gozar su paz? (Filipenses 4:7). Él es fiel.

3.3.2.2 - El culto

Si la casa de Dios es una «casa de oración», también es una casa de «sacrificios espirituales» (1 Pedro 2:5). Adorar es, indiscutiblemente, la más alta función de la Iglesia. Es el culto en el propio sentido de la palabra. Así como todos los hijos de Dios son sacerdotes para interceder, lo son también para ofrecer el incienso y presentar el holocausto, como adoradores en Espíritu y en verdad, a los cuales el Padre ha buscado (Juan 4:23). La alabanza es ofrecida a Dios por Jesucristo, el cual purifica el pecado, la iniquidad de nuestras santas ofrendas (Éxodo 28:38). Sus temas son los maravillosos motivos de adoración que el Espíritu Santo propone a los creyentes: el amor de Dios, la Persona de Cristo en su divinidad y su humanidad, sus sufrimientos, sus glorias infinitas… Dios es el objeto de este culto, Jesucristo la substancia, y el Espíritu Santo la potencia.

Cada uno de nosotros es llamado a bendecir «a Jehová en todo tiempo» como el salmista (Salmo 34:1). Pero existe una alabanza colectiva, cuyo centro y promotor es Cristo (Hebreos 2:12). Él mismo toma sitio «en medio de la congregación» para cantar las alabanzas de «su Dios», cuyo nombre «anuncia a sus hermanos». La Asamblea es el lugar del «sacerdocio santo»; la solemnidad de estos «sacrificios de alabanza» iguala al apacible gozo que proporcionan. No hay otro sitio donde se pueda ofrecerlos con mayor fervor y realidad.

Respecto al momento en el cual la asamblea debe reunirse para el culto, no tenemos un mandamiento formal, como tampoco para otras reuniones. Pero en el Nuevo Testamento, el hecho de guardar el día del Señor se impone a todo espíritu cuyo entendimiento ha sido renovado, y a toda conciencia sensible a lo que el Señor espera. Este día, el primero de la semana, es el de la resurrección, en la tarde del cual el Señor se apareció en medio de los suyos reunidos. Versículos como Hechos 20:7, 1 Corintios 16:2, indican que los cristianos del tiempo del apóstol Pablo guardaban este día para reunirse y en particular para partir el pan. Todo concurre para darnos un concepto del domingo que nada tiene que ver con el sábado judaico, excepto que, a semejanza de este, el día del Señor debe ser respetado (Isaías 58:13)

El culto inteligente se desarrolla en la libertad del Espíritu. Allí, más que en ninguna otra parte, toda acción de la carne desentona, sea esta por querer organizarlo previamente, por superponer una conducción humana o por dar rienda suelta a impulsos desordenados. El Espíritu produce una corriente perceptible por todo fiel, manifestada por himnos, cánticos, acciones de gracias y lecturas de la Palabra; todo ello dado en una viva armonía, y de un nivel más o menos elevado según el estado espiritual del conjunto de los fieles reunidos. Es un concierto de múltiples notas, las cuales concurren a una expresión de unidad, bajo su invisible, pero siempre presente Director.

Nadie debería permanecer inerte en el culto. Cada uno debe tener algo que traer, a no ser que su corazón tan solo haya estado ocupado con las cosas del mundo. Entonces la pobreza de su «canasta» (véase Deuteronomio 26:1-11) lo llevará a juzgarse de manera saludable. En un verdadero culto, los silencios no son intervalos vacíos, en los cuales uno se impacienta, sino que el ambiente se halla lleno de una callada adoración, así como la casa se llenó del olor del perfume que María derramó sobre los pies del Señor, sin pronunciar palabra. Los silencios no constituyen pausas destinadas a tomar aliento entre manifestaciones verbales; son más bien estas las que lo rompen, para expresar lo que el Espíritu viene a formar en los corazones, para gloria de Dios el Padre y de Dios el Hijo. Si la Palabra es presentada, es para estimular la alabanza y darle a esta la orientación del Espíritu. Poner de lado toda rutina y confianza en el hombre significará mucha ganancia. «En espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne», dice el apóstol (Filipenses 3:3). No es aquí el lugar donde los dones, aun los más calificados para el ministerio de la Palabra, deban emplearse, salvo que lo hagan para «servir» como «levitas» y ayudar a la asamblea en la adoración. Es la asamblea quien habla por tal o cual de sus miembros; este destruiría la corriente del Espíritu si expresara otra cosa que lo que ella siente, aun si se tratara de altas verdades. Dejar sobre algunos o –mucho peor– sobre uno solo la temeraria carga de «conducir» el culto, o pretender conducirlo, es ciertamente privar a la asamblea de su bendición. Además, nadie está «consagrado» para dar gracias en la distribución de la Cena, aunque es natural que este servicio incumba más particularmente a un hermano de edad, pero sin que ello establezca válidamente una costumbre o una regla.

Un culto puede llevarse a cabo sin la celebración de la Cena. Pero no se puede concebir la Cena sin culto. Ella va acompañada de alabanzas y acciones de gracias, y se celebra en la adoración. Se puede situar en el punto culminante del culto; pero sería aún más normal que ella por sí misma provocase la elevación, y que el culto continuase, con un nuevo fervor e impregnado de la más alta solemnidad. En efecto, al culto se le relacionan todos los resultados de la muerte de Cristo, y esto da lugar para el gozo del Pentecostés y aun el de la fiesta de los Tabernáculos. Pero la Cena habla de la muerte de Cristo, lo cual corresponde a la Pascua; y nada hay más solemne. Reunidos el primer día de la semana para «partir el pan», como antaño los santos de Troas (Hechos 20:7), conmemoramos en la Mesa del Señor la más alta manifestación del amor divino. Si lo sintiésemos más, temeríamos pronunciar demasiadas palabras, y las acciones de gracias serían más breves. Es la Cena, en sí misma, la que habla.

Allí, en efecto, se halla el memorial de la muerte de Cristo, y empleamos el lenguaje inigualable e irremplazable de los propios símbolos instituidos por él. Por ellos, no solamente nos recuerda su muerte, sino que él mismo se rememora a nosotros como aquel que ha muerto; nosotros, hacemos «esto en memoria» de él.

He aquí el testimonio más potente dado a Cristo en este mundo por los que no pertenecen más a este, y que esperan solo a su Señor: «La muerte del Señor anunciáis hasta que él venga». Por lo tanto, nunca celebraremos esta cena con demasiada dignidad. De ahí que tenemos la exhortación: «Pruébese cada uno a sí mismo» (1 Corintios 11:28), juzgándose a sí mismo, y no solamente sus actos. La asamblea se asegurará, para reunirse alrededor del Señor, en su Mesa, de una plena libertad en el Espíritu.

Es la Mesa del Señor. No la nuestra. Es lamentable que todos los suyos no se unan para responder a su invitación. Ninguno de los que le pertenecen tiene una excusa valedera para permanecer lejos de dicha Mesa. Si algo, en la vida de un creyente, lo retrae de ella, ¿puede soportar que este «algo» le arrebate el más puro gozo, y podrá negarse a rechazarlo para obedecer a su Salvador? «Pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa»; el apóstol no dice: «que se abstenga».

Allí, al mismo tiempo se goza de la comunión, en la expresión del «solo cuerpo»: «muchos somos un cuerpo», según 1 Corintios 10:15-17. Pensamos en todos los hijos de Dios, lavados en esta sangre, miembros de este cuerpo. Presentes o ausentes, conocidos o desconocidos, los vemos unificados en él. Pero el hecho de que podemos estar reunidos solamente según la unidad del cuerpo, nos obliga a guardar la unidad del Espíritu. ¡Cuán mezquinas nos parecen, a la luz de ello, tantas discusiones que descuidamos juzgar, y que turban la comunión! Por otra parte, el sentimiento de la Santa presencia, ¿no constreñirá a la asamblea a purificarse de la «vieja levadura», llegando hasta «quitar al perverso» de en medio de ella, una vez agotados todos los recursos para hacerlo volver a la buena posición? Esta purificación práctica, tanto individual como colectiva, es indispensable para el ejercicio del «sacerdocio santo». Ahí tenemos la fuente de bronce, donde Aarón y sus hijos se lavaban «cuando entraban en el tabernáculo de reunión, y cuando se acercaban al altar» (Éxodo 40:31-32).

3.3.3 - Las reuniones de edificación

Cuando la asamblea se halla reunida para la edificación, el Señor es quien da. Obra por medio de los «dones» calificados para ello. Estos son llamados a ser, no la boca de la asamblea, con igual privilegio que los demás, para hablar a Dios, sino la de Dios para hablar a la asamblea (1 Pedro 4:11). Esta acción puede ejercerse en todas las reuniones. Tanto en las de oración como en las de culto, el Espíritu se sirve de la Palabra para despertar los corazones, estimular las conciencias, o elevar las almas al nivel deseado, y para ello suscitará a alguien que ejerza el servicio de «profeta».

Sin embargo, esta acción está destinada a caracterizar de modo especial las reuniones que solemos llamar «reuniones de edificación», tal como las presenta 1 Corintios 14. De todos modos, es bueno notar que, según la propia enseñanza de este capítulo, las oraciones, los himnos, las acciones de gracias, intervienen en tales reuniones y concurren a la edificación con idéntico privilegio que la actividad de los «dones». Por lo demás, habría ciertamente un peligro en querer sistematizar demasiado las diferentes clases de reuniones; ello sería pretender limitar la acción del Espíritu.

El hecho es que conocemos muy poco estas reuniones en las que la asamblea espera, contando con el Señor para recibir de él; lo cual es, a la vez, origen y consecuencia de una gran flaqueza espiritual.

A veces tales reuniones no existen en absoluto. Hay asambleas que, fuera del culto, no celebran otras reuniones sino las que se convocan con motivo de hallarse de paso algún hermano. Tales asambleas se privan de alimento hasta desfallecer por inanición. ¿Qué diríamos de un cuerpo que no se nutriera?

En otros casos, en la vida de la asamblea local, esas reuniones han sido reemplazadas, de hecho, por algo muy diferente, a saber, por una reunión de la cual se encarga tal o cual hermano. Se cuenta con uno de ellos. Así es como, en formas más o menos marcadas, en la mayoría de los casos se presenta la reunión llamada de «edificación». Tales reuniones se clasificarían más bien en la categoría de reuniones convocadas, con la diferencia que lo son de manera habitual y fija. Ellas pueden ser muy útiles. Sin embargo, la asamblea no solo corre el riesgo de ser alimentada de manera demasiado uniforme –lo que acaba por ser insuficiente, aun si la enseñanza es de calidad– sino también el de caer en una peligrosa apatía, y ser llevada sin darse cuenta a contar más con un hombre que con el Señor. En una palabra, incurre en el peligro de dar principio a un clero. Dicha asamblea no funciona como un cuerpo, y un cuerpo que no funciona se atrofia. La actividad de los hermanos calificados no sería empequeñecida si se ejerciese en reuniones en que se dejara plena libertad al Espíritu; muy al contrario, ella sería ciertamente más fructífera, sin correr el riesgo de ahogar los otros medios de edificación.

Hayan o no dones señalados, basta que nos reunamos contando con el Señor, y él nos colmará. Dará lo necesario para consolar, exhortar, «edificar». Los dones ya reconocidos se emplearán oportunamente, sin que uno se vea obligado a hablar cuando no tiene nada que decir. El Señor suscitará, según su voluntad, tales «profetas» que hablarán de parte suya de manera inteligible y substanciosa para la edificación. Dos o tres pueden ser llamados a hablar en una misma reunión (1 Corintios 14:26-29). ¡Qué bendición cuando varios hermanos presentan, uno tras otro, aspectos diferentes de un mismo asunto! Se ha dicho muchas veces que, al igual que los cinco panes de cebada que saciaron a una multitud, cinco palabras tienen a menudo más efecto que ciertos discursos largos. Y ¡cuántos dones se hallan inutilizados, rezagados, ya sea por una falsa humildad de los que los poseen, o por la desbordante actividad de otros hermanos dotados!

Evidentemente, el obstáculo es que la libertad del Espíritu dé ocasión a que se exteriorice la carne, y que todo suceda como si cada uno tuviese derecho de hablar. Desgraciadamente, es lo que ocurre algunas veces. Este asunto lo hemos abordado anteriormente, al hablar del ministerio. En la asamblea, si alguien se complace en lo que dice, no aporta ningún provecho a sus oyentes; diserta fuera de tiempo y lugar. Cada uno debe discernir si verdaderamente recibe del Señor, por el Espíritu, lo que presenta, o si son sus propios pensamientos los que pone por delante; pues «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (1 Corintios 14:32). Pero la sensibilidad espiritual de la asamblea siempre debe estar alerta. Si se halla en un estado normal, ella le advertirá a aquel que habla sin edificar, y si este se obstina, le impondrá el silencio, para el bien de la asamblea. La libertad cristiana no significa que debamos abstenernos de la crítica sana y oportuna; es necesaria cuando no hay edificación en lo que alguno presenta habitualmente. Sin duda, hemos de tener consideración, las cosas deben decirse con amor fraternal y suavidad, después de haber orado mucho por lo que es causa de sufrimiento para el rebaño, y que el Señor puede disipar sin que nos veamos obligados a intervenir. Pero todo debe hacerse para el bien común, para la gloria de Dios. Demasiado a menudo las críticas son expresadas desconsideradamente, fuera, en las familias, sin caridad ni discernimiento, y eso es una fuente de perturbación.

Basta subrayar una vez más que, tanto en esas reuniones como en las de culto, el silencio no siempre está acompañado por la inactividad, y que el Espíritu Santo puede obrar poderosamente durante los silencios. Pero, cuando nos oprimen por hallarse manifiestamente vacíos, ello debe despertar nuestras conciencias y hacernos clamar al Señor para que nos abra su Palabra.

Lo esencial es sentir la presencia del Señor. Él es quien reúne. Poco importa que se hable o no, si las almas se sienten reunidas con él. No habrá ni precipitación ni retraso. No se sentirá la necesidad de una intervención humana para organizar de antemano cualquier cosa, o para mantener un orden cualquiera. Es muy de notar que la enseñanza de 1 Corintios 14 nos ha sido dada porque había en Corinto mucho desorden, por abuso de los dones de gracia que eran utilizados, no para la edificación de la asamblea, sino para satisfacción de sus poseedores; y no hay en este capítulo una sola palabra acerca de una organización destinada a prevenir este desorden, ni sobre la necesidad de un presidente visible. Todo es dejado a la autoridad del Espíritu, de quien todos deben depender. Los corintios, saliendo del paganismo donde las manifestaciones espirituales eran exuberantes, anhelaban dones brillantes; el Dios de orden y de paz les prescribe solamente: «Hágase todo para edificación». Obraban como niños: «Sed… maduros en el modo de pensar», les dice (1 Corintios 14:26, 20). El entendimiento renovado tiene que acompañar toda manifestación espiritual. En este punto insiste el apóstol.

Y nosotros también que tan a menudo usamos con puerilidad los preciosos recursos asegurados a la Iglesia o Asamblea de Dios, seamos «maduros».

Dios nos dé, cada vez que nos reunimos, vigor para retener por la fe los dos grandes privilegios que forman la base de la reunión de los creyentes, congregados en conformidad a él: la presencia personal del Señor Jesús, y la operación del Espíritu Santo en la Asamblea. Todos los detalles prácticos de las reuniones, los que no es cuestión de enfocar en estas páginas, se encuentran solucionados de antemano, si esos dos hechos son determinantes para nosotros.[6]

[6] Por ejemplo, la puntualidad: ¿querríamos hacer esperar al Señor? O la manera de vestirse: ¿estamos reunidos para los hombres o para el Señor? O la disposición del local: ¿hospedaríamos al Señor menos decentemente que a nosotros mismos?, o al contrario, ¿admite su presencia una decoración o un lujo que solo dan satisfacción a la carne? Y de esta manera para todos los detalles.

3.4 - La conducta de la Asamblea

3.4.1 - Siguiendo la verdad en amor

La vida de la asamblea no queda limitada a las reuniones, aunque sea en estas, y por encima de todo en la Mesa del Señor, donde ella se manifiesta. En realidad, su funcionamiento comprende enteramente la vida cristiana de todos los creyentes. Nos demos cuenta o no, todos los detalles de la vida espiritual de cada uno de ellos repercuten sobre el conjunto del Cuerpo, e inversamente. La extrema dispersión de los hijos de Dios en la hora presente y la confusión general entre el mundo y la cristiandad se vuelven más penosas y humillantes por este solo pensamiento. Ha llegado a ser casi imposible, desde hace mucho tiempo, llevar a la realidad esta solidaridad vital con todos, sino tan solo en pensamiento, por la oración y cuando, al participar en la Cena del Señor, proclamamos que somos «un cuerpo». Ciertamente nos sentimos felices de gozar del amor cristiano con todos aquellos que encontramos e identificamos como auténticos cristianos. Aun así, desgraciadamente, la práctica de las relaciones fraternales, por bendita y regocijante que sea, está limitada por la imposibilidad de seguir el mismo camino que otros, cuando este camino se aparta de la verdad. Sin embargo, podemos andar con ellos hasta donde sea posible seguir juntos en la misma senda (comparar Filipenses 3:16 con Amós 3:3).

Si sintiésemos más en nuestros corazones los intereses de Cristo en la Asamblea, y si la solicitud por «todas las iglesias» nos preocupase como asediaba todos los días al apóstol Pablo (2 Corintios 11:28), tendríamos más a menudo en los labios las afligidas exclamaciones del profeta: «¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo! Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles» (Lamentaciones 4:1). Pero, al mismo tiempo experimentaríamos un más ardiente agradecimiento a Dios, por cuya misericordia «no hemos sido consumidos» (Lamentaciones 3:22), y para con Aquel que ha dotado al débil testimonio de Filadelfia de las más firmes promesas (Apocalipsis 3). No cesemos de pedirle la gracia de figurar en las filas de tales testigos.

Aquellos a quienes la gracia de Dios ha querido reunir como testimonio del permanente valor que tiene el nombre de Jesús para congregar, han de velar para que los derechos del Señor sean mantenidos en esta esfera, como debería ser en toda la Iglesia. Podríamos decir que deben conducirse como si fuesen la Iglesia entera.

Esto requiere la actividad continua del amor en la verdad. ¡Qué testimonio se daría, y cuán fortalecidas se sentirían las almas sinceras, si todas las relaciones entre nosotros llevasen el sello de esta doble influencia! «Seguid la paz con todos, y la santidad… Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios» (Hebreos 12:14-15). ¡Cuántas veces la Palabra nos invita a exhortarnos mutuamente, a soportarnos, a ayudarnos y a consolarnos unos a otros! Toda la enseñanza práctica del Nuevo Testamento está, en estas exhortaciones, estrechamente ligada a la doctrina que nos es dada para que «todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13). Y, precisamente con referencia a la asamblea, hallamos las exhortaciones prácticas de las epístolas a los Efesios y a los Colosenses, las cuales, más que otras, abarcan la vida entera de los creyentes aquí abajo. Esta vida jamás es considerada solamente bajo el aspecto individual. De aquí la suma importancia de todo lo que el Señor ha puesto «en el cuerpo» para la edificación, a fin de que «siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo; de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4:15-16). Cada uno de los miembros –lo somos todos, individualmente– ¿asume esa «actividad propia» como debe? ¿Dejamos acaso que cada coyuntura funcione libremente para que dichos miembros estén concertados y unidos, y así pueda ser suministrada a todo el cuerpo, de parte del Señor, la substancia nutritiva?

3.4.2 - La asamblea ejerciendo la autoridad en nombre del Señor
3.4.2.1 - La esfera de administración de la asamblea

La asamblea tiene el derecho de velar sobre las relaciones entre los individuos. Mateo 18 nos la indica como siendo la más alta instancia en la tierra a la cual pueda recurrir un hermano ofendido por otro. Ella no podría desinteresarse de la buena armonía entre miembros del Cuerpo de Cristo. En la epístola a los Filipenses leemos que el apóstol deseaba oír que ellos estuvieran «firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes» (cap. 1:27); y también que para él habría significado un «gozo completo» verlos mantener un mismo sentimiento, un mismo parecer y un mismo amor (cap. 2:2). Asimismo, se sirve de la carta dirigida a toda la asamblea para suplicar a Evodia y a Síntique que sean de un mismo sentir en el Señor (cap. 4:2).

Más aún, la asamblea debe saber de la vida práctica de cada uno de los que participan en el testimonio colectivo. Ella constituye el ámbito en el cual sus miembros han de crecer y fructificar, en paz, en el gozo de la comunión fraternal. Pero esta es muy frágil, y es necesario trabajar sin cesar para restablecerla. Confianza fraternal y vigilancia mutua en amor, con la dirección del Señor y la sumisión a su Palabra, van en haz inseparable. Sin duda alguna, la asamblea no tiene acción propia en la introducción de alguien en el Cuerpo de Cristo, contrariamente a lo que pretenden ciertas denominaciones. Uno viene a ser miembro de ese Cuerpo por el nuevo nacimiento, obra de Dios por su Espíritu y su Palabra.

Tampoco es la iglesia, o en el nombre de una iglesia, que se administra el bautismo. Los que están habilitados para hacerlo son los siervos del Señor. Entre otros preciosos significados [7], el bautismo simboliza la introducción a la profesión cristiana, la casa grande.

[7] N. del Ed.: El bautismo habla del perdón o el lavamiento de nuestros pecados, de nuestra muerte al pecado, de la muerte y la resurrección del creyente con Cristo y de nuestra introducción en una posición completamente nueva como hijos de Dios en Cristo (Hechos 2:38; Romanos 6:3-5; Gálatas 3:26-28; Colosenses 2:10-12, etc.).

Pero la asamblea tiene el privilegio de reconocer y recibir a aquellos que «Cristo… recibió, para gloria de Dios» (Romanos 15:7). Los acoge a la Mesa del Señor, donde se expresa, no nos cansemos de repetirlo, la unidad del Cuerpo.

No obstante, como ya hemos visto, y es menester reiterarlo, tiene la responsabilidad de preservar la santidad de esta Mesa, y la pureza de la Casa de Dios; esto, tanto para la gloria del Señor como para el bien espiritual de los suyos. Hay, pues, un orden que mantener, y este cuidado le corresponde a la Asamblea. Ella tiene que tomar decisiones, según el principio enunciado por el Señor Jesús: «De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo» (Mateo 18:18).

Esta labor espiritual incumbe a la asamblea local entera o, en el estado presente de cosas, al grupo de testigos del Señor que responde a las normas de una asamblea de Dios. Aquellos que «el Espíritu Santo… ha puesto por obispos» (Hechos 20:28), es decir, supervisores, sobreveedores, y de manera más general todos los que tienen puesto su corazón en los intereses de Cristo en la asamblea, sin duda alguna se ocuparán de esta gestión con una diligencia especial. Según el orden invariable establecido en la Escritura, los hermanos tienen una función de administración que las hermanas no han de reivindicar; pero las decisiones solo pueden ser adoptadas en nombre de la asamblea entera, hermanos y hermanas, pudiendo estas, en caso de necesidad, hacer conocer su pensamiento privadamente. No se trata, en todo esto, de cuestiones de procedimiento, o de fórmulas: el hecho capital es que la conciencia de la asamblea esté continuamente ejercitada delante del Señor, para que todo sea hecho según él, para él, en su nombre, y en plena libertad del Espíritu.

3.4.2.2 - La admisión a la Mesa del Señor

La solicitud por la gloria del Señor debe presidir en la admisión de alguien a la Mesa del Señor. Se reconoce a una persona como hijo de Dios por lo que demuestran, no solamente sus palabras –«si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos» (Romanos 10:9)–, sino también por su conducta. De ningún modo se exigirá una perfección quimérica, sino una marcha separada del mal, en el juicio de sí mismo, lo que, en la práctica, se traduce en una manifiesta conducta honorable y la ausencia de todo vínculo con doctrinas que deshonren a la persona de Cristo (2 Juan 9-10). No es una cuestión de conocimientos más o menos profundos, ni se trata de sujetarlo a un examen. No obstante, la asamblea debe tener la certidumbre de que el recién venido es sano en la fe y que conforma su vida a esta fe. Es obvio decir que, a medida que las falsas doctrinas se multiplicaron en la cristiandad, fue necesaria mayor vigilancia para admitir a alguien a la Mesa del Señor. Que aquellos que piensan rebajar a sus hermanos calificándolos de «estrechos» tengan a bien considerar que, a la mayoría de estos les produce profunda congoja tener que obrar así. Pero lo hacen con la absoluta convicción de defender los derechos de su Señor, razón por la que mantienen la muralla y no abren demasiado prematura o ligeramente la puerta. No obstante ello, desgraciadamente, ¡no han sido vigiladas suficientemente!

3.4.2.3 - La disciplina

La «disciplina» de la asamblea para con «los que están dentro», como dice el apóstol, también es indispensable (1 Corintios 5:12). Consiste en aconsejar, advertir, reprender si es necesario, antes de llegar a la triste obligación de «juzgar». Un creyente que no practica el indispensable juicio de sí mismo y que se aparta poco a poco del camino, corre hacia una grave caída que manchará, no solamente su propio testimonio, sino el de la asamblea. Ese es el momento en que el amor fraternal debe abrirse camino para hacerle volver, cubriendo una «multitud de pecados» (Santiago 5:19-20; 1 Pedro 4:8; Gálatas 6:1; 2 Tesalonicenses 3:14-15, etc.) Un espíritu humilde, entristecido por las faltas ajenas, que practique aquel lavamiento de pies que Jesús nos enseñó, a menudo dará mejores resultados que severas amonestaciones. ¡Quiera Dios multiplicar a los pastores y a los sobreveedores que tengan, a la vez, la sabiduría y la energía para ejercer una disciplina familiar, intransigente respecto a la falta, pero tierna y misericordiosa para con el débil! La asamblea, y no solamente tal o cual hermano individualmente, tiene el deber de ocuparse de los que andan «desordenadamente» (2 Tesalonicenses 3:6). Mas no puede hacerlo sanamente si no siente duelo por ello (1 Corintios 5:2) y no se humilla, tomando como propio el pecado de uno de los suyos, en vez de erigirse en actitud justiciera. Y si la disciplina no tiene efecto alguno, si el carácter de «perverso» se manifiesta, entonces, abandonando el ejercicio de la disciplina que le incumbe, la asamblea debe poner fuera –donde «Dios juzgará» (v. 13)– a aquel que no se ha dejado restaurar. Al apartarlo de su seno –como lo indica este mismo versículo: «Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros»–, ella se purifica, con humillación y dolor. Con relación a aquel del cual se separa, obra en vista de su restauración; en cuanto a ella misma, se juzga delante del Señor[8]. «Hemos cometido pecados, nos hemos corrompido en extremo», decía Nehemías (cap. 9:33).

[8] N. del Ed.: Recomendamos la lectura del folleto «La disciplina en la asamblea», No 5 de la serie «La Iglesia del Dios viviente» de R. K. Campbell.

3.4.2.4 - El valor universal de las decisiones de asamblea

Las decisiones de asamblea, tomadas bajo la mirada del Señor, son selladas con su autoridad, de suerte que lo que es hecho en una asamblea local tiene validez para la Iglesia o Asamblea entera, o sea para todas las asambleas locales. De ahí viene, entre otras cosas, el uso de cartas de recomendación, por las cuales una asamblea local se asegura de que un recién llegado, desconocido por ella, se halla efectivamente en comunión en otra asamblea. Asimismo, un cristiano en comunión tiene la seguridad de ser recibido dondequiera que se presente (Romanos 16:1; 2 Corintios 3:1).

3.4.3 - Las divisiones

Nada hay más sencillo, en verdad, que el principio del funcionamiento de una asamblea fundada sobre la unidad del Cuerpo de Cristo. Su aplicación, en cambio, ha llegado a ser de las más delicadas en la actual confusión eclesiástica.

Aquí se plantea un asunto que, naturalmente, no deja de lacerar a toda alma que ama al Señor, a saber: el de la multiplicidad de las Mesas levantadas aun fuera de las organizaciones de la cristiandad. «Un enemigo ha hecho esto», elaborando –además de estas «denominaciones religiosas», las cuales son productos evidentes de la actividad humana– las más sutiles y engañosas falsificaciones del trabajo de Dios. ¿Dónde hallar la Mesa del Señor? ¿Dónde podremos estar seguros de reunirnos con toda buena conciencia, en obediencia a la Palabra?

Primeramente, no debe sorprendernos el hecho de que el enemigo se haya ensañado contra el testimonio suscitado por Dios en estos tiempos del fin, y que, aprovechando nuestra falta de vigilancia, haya logrado dividir a aquellos que habían salido «fuera del campamento», o sea del campo religioso. Todos tenemos nuestra parte de culpabilidad en este humillante estado de cosas. Hemos de reconocerlo, en lugar de alegar, con orgullo y desaliento a la vez: «Han dejado tu pacto, han derribado tus altares… y solo yo he quedado…» (1 Reyes 19:10).

Luego, pidámosle al Señor el discernimiento y el celo necesarios para buscar los «siete mil» que él se ha reservado (v. 18) –pues «conoce… a los que son suyos»–, apartándonos de la iniquidad, ya que no puede haber comunión entre las tinieblas y la luz. Una vez más, estemos seguros de que «el fundamento de Dios está firme», y que siempre lleva el mismo doble sello de 2 Timoteo 2:19.

El ojo espiritual discernirá si una Mesa puede o no ser considerada como la del Señor, examinando los principios que se observan en ella, e informándose de qué manera ha sido levantada. Es un deber de cada uno tener un concepto claro sobre este punto, como también es el deber de toda asamblea saber qué conducta ha de seguir con los que se presentan para partir el pan.

Supongamos que en una misma localidad existan dos mesas, independientes una de otra. Reconocer a ambas igualmente como la Mesa del Señor sería negarse deliberadamente a guardar la unidad del Espíritu; lo mismo sería negar la unidad del Cuerpo. Es, pues, indispensable informarse con exactitud. Semejante dualidad puede ser la consecuencia de falsas doctrinas de las cuales los creyentes fieles tuvieron que purificarse. Al contrario, puede tratarse de un cisma sin más razón que disentimientos particulares tocante a casos de disciplina. Personas recién llegadas, tal vez hayan levantado su propia «mesa», sin tener en cuenta la que ya existía. No es posible mantenerse neutral o indiferente a este respecto. Unas veces sería demostrar una culpable indiferencia para con la santidad del nombre del Señor, otras veces, asociarse a una acción sectaria.

Por otra parte, la Mesa del Señor no puede existir en un lugar y permanecer independiente de las que han sido levantadas en otras localidades sobre el mismo fundamento. Por ejemplo, no se puede recibir a uno que ha sido excluido en otro lugar, ni rehusarse a admitir a otro que es recibido allí. Hacerlo sería negar la unidad del Cuerpo.

Una Mesa en la que los principios mundanos, la autoridad o los reglamentos de los hombres se asocian expresamente a la acción del Espíritu Santo, o una Mesa en donde se tolera con pleno conocimiento de causa el mal no juzgado, no puede ser la Mesa del Señor.

¿Significa esto que la infalibilidad sea condición necesaria para la congregación de los creyentes? Claro que no. ¿Podríamos siquiera hablar de reunirnos si fuese así? Puede haber, y lamentablemente hay desfallecimientos, flaquezas, faltas, los que serán perdonados cuando hayan sido juzgados y confesados por la asamblea misma. Negarse a reconocer una asamblea porque ha faltado en la práctica es contrario al espíritu de las enseñanzas de la Palabra. Si estas faltas no son juzgadas, podrán ser causa de que el Señor intervenga, ora purificando la asamblea por medio de dolorosas pruebas, ora quitando su «candelero de su lugar» (Apocalipsis 2:5). A veces corremos el serio riesgo de sustituirlo en el papel de Aquel que «anda en medio de los siete candeleros de oro» (v. 1).

Si una decisión de asamblea no parece justificada (lo que puede ocurrir), o si, por el contrario, una asamblea no ha tomado una decisión que pareciera justificada, no hay que olvidar que «todo lo que» vosotros (es decir la asamblea) «atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo». Por eso, es aflictivo ver criticar tan a menudo –y no sin ligereza o presunción– una decisión o una falta de decisión de asamblea. Pero la autoridad de Cristo es intangible; su amor no cambia. Si algo parece no haber sido hecho según Su voluntad, nuestras miradas deben dirigirse hacia él para que intervenga. Hay que someterse a él con la absoluta confianza de que mantendrá la gloria de su Nombre. Él mismo sabrá mostrar a hermanos de otras asambleas, o aun a estas mismas, la necesidad de enviar eventualmente «representantes» para que hagan las amonestaciones que impone la situación. Pero estas han de hacerse de su parte, lo que será evidenciado por la manera en que sean presentadas: en el amor verdadero, con la preocupación de mantener o de restablecer una comunión cuya pérdida sería sentida como una profunda aflicción. La caridad, que obra pacientemente, aguardará a que el Señor ponga en claridad lo que hay que juzgar, conduciendo a la asamblea a juzgarlo.

El caso es muy diferente cuando una asamblea, conscientemente, y no como consecuencia de un extravío ocasional, acepta tolerar el mal –moral o doctrinal, y el segundo es el más nefasto–, dejando a cada uno bajo su propia responsabilidad sin considerar la suya como comprometida, o no considerándose en manera alguna comprometida por la acción de otra asamblea. En tales casos, la noción misma de la unidad del Cuerpo es destruida, los derechos del Señor son despreciados y, como lo hemos dicho antes, tal asamblea ya no podría ser reconocida como una asamblea de Dios.

4 - Conclusión

No sin tristeza llegamos a hablar de las divisiones, asunto que consume de dolor nuestros corazones, mientras que el ocuparnos de la Iglesia o Asamblea de Dios solo debería producir en nuestro ánimo sentimientos de amor, dulzura, y gozo. Es necesario luchar por las verdades que le conciernen, a pesar de que anhelaríamos encontrar en ella un refugio inviolable de paz en medio de este mundo febril. Mas el corazón se siente consolado y confortado al considerar que, tal como el sol por encima de las más espesas neblinas, el propósito divino para con la Iglesia permanece inmutable y glorioso. El amor que excede a todo conocimiento inspira las sendas de Cristo hacia ella. Él la sustenta y la cuida; pronto la tomará junto a él. Comprendamos y meditemos esas realidades vivificantes: Cristo en la gloria; el Espíritu Santo en la tierra; la Iglesia en su unidad, la bienaventurada esperanza. Pues no nos movemos en un medio de verdades frías ni de reglas impasibles –como inanimados engranajes destinados a poner en movimiento, estérilmente, una materia inerte– sino que nos hallamos colocados en plena vida, y es la vida divina. La fuente de esta vida está solo en Cristo, la Cabeza glorificada del Cuerpo, el cual está todavía en la tierra, pero también destinado a la gloria del cielo. Si estuviésemos más ocupados con él, si fuéramos más conscientes de la inmensidad de las bendiciones espirituales de las cuales somos objeto «en él», nos encontraríamos reunidos sin esfuerzo, porque estaríamos ligados todos a él, cual esas partículas de limalla que, atraídas por un mismo impulso, son proyectadas hacia el polo de un imán.

Pronto, dormidos en él o vivos todavía en la tierra, todos los santos responderán sin reserva a esta potente atracción, y Cristo se presentará su Iglesia, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, en su hermosura, en su unidad. ¡Que esta esperanza nos constituya en vencedores!

¡Alerta, alerta; Esposa, despierta,
Espera a tu amado Esposo y Señor!
Él vendrá pronto; no durmamos ¡alerta!
Luzcan bien las lámparas de nuestro amor.

¡Oh Señor glorioso, nuestro Deseado!
Haz que la Esposa esté atenta a tu voz
Y, purificada de todo pecado,
Vaya a recibirte gozosa y veloz.

«A Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas edades, por los siglos de los siglos. Amén» (Efesios 3:20-21).


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