El Señor Está Cerca

Viernes
10
Febrero

Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río… y servían a dioses extraños. Y yo tomé a vuestro padre Abraham… y lo traje por toda la tierra de Canaán, y aumenté su descendencia, y le di a Isaac..

(Josué 24:2-3)

El llamamiento divino (1) — Pronunciado por el Dios de gloria

El poderoso llamamiento del “Dios de gloria” (Hch. 7:2-3) hizo de Abraham un hombre dispuesto a obedecer a Dios, dejando atrás a su familia, sus amigos y a su país. Antes de que todo esto sucediera, Abram y su familia habían servido a “dioses extraños”, pero el Dios de gloria lo atrajo con cuerdas de amor (Os. 11:4), liberándolo de la esclavitud de la idolatría y lo puso en el camino correcto de la fe. Después de una larga parada en Harán, Abram llegó a la tierra prometida, Canaán. Allí fue confrontado a peores idólatras que los que había dejado atrás, pero Dios sostuvo su fe.

Después de algunos fracasos al ir a Egipto, Abram («padre enaltecido») renovó su confianza en Dios, quien cambió su nombre en Abraham («padre de una multitud»), ¡aunque él y Sara aún no tenían descendencia! Tanto antes como después de este cambio de nombre, Abraham tuvo que enfrentarse a varias artimañas del enemigo, pues se había convertido en un adorador del Dios vivo y verdadero (cf. 1 Ts. 1:9). Superó estos obstáculos, continuó sirviendo al Dios de gloria, y siguió progresando. En su amor a Dios, edificó cuatro altares: ¡No es de extrañar entonces que la Escritura lo llame “amigo de Dios” en tres ocasiones! Abraham aprendió a dar a Dios el primer lugar en su vida, y esto lo llevó a salir victorioso cuando tuvo que enfrentar desafíos inmensos, pues confiaba en el Dios que lo había llamado.

Su esposa Sara, a pesar de su falta de fe inicialmente (Gn. 18:12), también puso su confianza en el Dios Todopoderoso (He. 11:11). El milagro de la concepción y el nacimiento de Isaac demostró en quien habían creído. En un camino de fe similar, el apóstol Pablo escribió casi al final de su vida: “Yo sé a quién he creído” (2 Ti. 1:12).

¡Sigamos estos ejemplos!

Alfred E. Bouter

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