El Señor Está Cerca

Martes
10
Enero

Escudriñad las Escrituras … ellas son las que dan testimonio de mí.

(Juan 5:39)

Los caracteres de los cuatro evangelios

Cuanto más estudiamos los cuatro evangelios, más claramente vemos el diseño particular del Espíritu Santo en cada uno de ellos, y la forma perfecta en la que ha desarrollado ese diseño incluso en los detalles más ínfimos. Cristo es el gran tema de cada uno de los evangelios, pero ninguno nos lo presenta de la misma manera.

En Mateo lo vemos como el Mesías, Hijo de Abraham, Hijo de David; un judío; heredero de las promesas hechas a los padres; heredero del trono de David; consumador de las profecías. El Espíritu Santo reúne escenas y circunstancias que sucedieron con meses de diferencia para presentar su tema en perfecta conformidad con el propósito de este evangelio.

En Marcos lo vemos como el Siervo; el obrero perfecto; el ministro divino; el predicador y maestro diligente, quien dedicó sus días al trabajo y sus noches a la oración. Por el Espíritu Santo, Marcos menciona lo que el Salvador hizo y cómo lo hizo. Relata en orden histórico los hechos del maravilloso ministerio de nuestro Señor. No hay necesidad de establecer el linaje de Aquel que vino a servir, por lo cual no hay genealogía en este evangelio.

Lucas nos presenta al Hombre Cristo Jesús. Traza su linaje, no simplemente hasta David y Abraham, sino hasta Adán y Dios. Se nos muestra todo lo que es exquisitamente humano en nuestro Señor, y vemos los hechos agrupados en un orden moral.

El evangelio de según Juan tiene un carácter propio y exclusivo, ya que, desde los primeros versículos, el Espíritu Santo revela a nuestros ojos la persona del Hijo de Dios; el Verbo; la Vida eterna, el Dios verdadero. Vemos al Hijo –lo que él era en sí mismo desde toda la eternidad; lo que era, aunque rechazado por Israel y el mundo; lo que era para todo pecador perdido que se cruzaba en su bendito camino. Juan nos presenta la revelación más gloriosa de la persona del Hijo, pero continuamente nos lo muestra a solas con el pecador. ¡Qué dulzura y consuelo para nuestros corazones!

C. H. Mackintosh

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