El Señor Está Cerca

Sábado
27
Agosto

El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo.

(Marcos 15:38)

Dentro del velo (1)

Cuando Jesús murió en la cruz, leemos que «el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo». De esta forma, Dios mostró que ahora, gracias al sacrificio de Cristo, Él puede declarar abiertamente que toda barrera ha sido removida por completo para nuestra entrada en su presencia. Así, el camino nuevo y vivo se nos abrió «a través del velo, esto es, de su carne» (He. 10:20). Es por eso que ahora podemos acercarnos por la fe, y entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, donde está nuestro Gran Sumo Sacerdote. El camino nuevo y vivo está siempre abierto, y nuestro lugar está dentro del Lugar Santísimo. Allí el creyente es siempre bienvenido. «Acércate con confianza». «Acerquémonos», dice el apóstol inspirado.

¡Qué gracia! ¡Qué precioso privilegio ser capaces de acercarnos en todo momento! ¡Qué cercanía! ¡Qué bendición ser puestos delante de Dios en un terreno verdadero de adoración como adoradores purificados! La preciosa sangre de Cristo es, sin duda alguna, nuestro único e infalible título para estar allí, y allí Él vive permanentemente como nuestra justicia; pues hemos sido hechos la justicia de Dios en Él. ¡Qué paz y descanso nos da la obra consumada de Cristo, incluso en el Lugar Santísimo! ¡Qué atracción sienten nuestras almas por la perfección y las actividades de nuestro Gran Sumo Sacerdote, y por la sangre derramada!

Estas verdades son ciertamente mucho más superiores que la doctrina evangélica moderna, la cual insiste en la necesidad de que estemos «siempre a los pies de la cruz». Ciertamente que es una bendición (una gran bendición) el poder mirar hacia atrás y recordar todo el amor de Jesús en la cruz, así como sus dolores. Pero el alma cuyos pensamientos no se elevan más allá de Jesús en la cruz, aunque segura por la eternidad, no conoce la libertad con la que Cristo nos ha hecho libres, ni lo que significa ser librado del presente siglo malo, ni lo que implica ser librados del yo.

H. H. Snell

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