El Señor Está Cerca

Martes
12
Abril

Junto a los ríos de Babilonia, Allí nos sentábamos, y aun llorába­mos, acordándonos de Sion. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas.

(Salmo 137:1-2)

La perspectiva de la fe

Si alguna vez hubo un tiempo en que la debilidad del testimonio habría podido tener un buen pretexto, fue, incuestionablemente, durante la cautividad de Babilonia. Todo el edificio del judaísmo había sido derribado; el poder real había pasado de manos del suce­sor de David a manos de Nabucodonosor; la gloria se había retirado de Israel; en resumidas cuentas, todo parecía haberse marchitado y desaparecido para siempre. Nada les quedaba a los hijos de Judá en su exilio, excepto colgar sus arpas sobre los sauces y sentarse junto a los ríos de Babilonia, para derramar sus lágrimas por la gloria traspasada, el brillo empañado y su grandeza perdida.

Tal podría ser el lenguaje de la ciega incredulidad; pero –¡ben­dito sea Dios!–, cuando todo parece haber llegado al estado más miserable, la fe se eleva para obtener un triunfo glorioso. No busca ningún apoyo en los hombres ni en las circunstancias exteriores: todos sus recursos están en Dios. Por eso la fe jamás brilla con un resplandor tan vivo como cuando todo es tinieblas a su alrededor. Cuando el horizonte se halla cargado de las más oscuras nubes, la fe se calienta al sol de la gracia y la fidelidad divinas.

Este fue el juicio de Pablo cuando, en vista de la avasalladora corriente de apostasía y corrupción que estaba por llegar, exhorta a Timoteo en estos términos: «Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste» (2 Tim. 1:13). Fue el juicio de Pedro cuando, pre­viendo la disolución de todas las cosas, anima a los creyentes a pro­curar «con diligencia ser hallados por Él sin mancha e irreprensibles, en paz» (2 Pe. 3:14). Y fue el juicio de Judas cuando, en presencia de la más abominable impiedad, anima a un amado remanente a edifi­carse sobre su «santísima fe» (Judas 20). En una palabra, era el juicio del Espíritu Santo, y por esta razón, era el de la fe.

C. H. Mackintosh

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