El Señor Está Cerca

Jueves
27
Enero

Nosotros... gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.

(Romanos 8:23)

La certeza de nuestra esperanza

Cristo fue «declarado Hijo de Dios con poder… por la resurrección de entre los muertos» (Rom. 1:4). De forma similar, nosotros hemos sido declarado hijos de Dios, y estamos a la espera de que Cristo nos resucite corporalmente. Jamás debemos confundir este gemir, con el gemir del alma por su salvación, la cual, si somos hijos de Dios, ya poseemos. Este gemir se relaciona con la redención del cuerpo, nuestra esperanza, pues Cristo nos ha sido hecho por «Dios sabidu­ría, justificación, santificación y redención» (1 Cor. 1:30). La redención aparece al final, pues en sí misma involucra todo, y no solo al alma.

Cuando las personas hablan de esperanza, siempre lo hacen con algo de incertidumbre. Por ejemplo, si alguien pregunta: «¿Esperas obtener esto o aquello?» La respuesta es: «Espero que sí», pero tal respuesta implica incertidumbre de su realización. Este jamás será el caso cuando se trata de nuestra esperanza, pues no hay incerti­dumbre en ella, pues Dios es quien lo prometió. El pleno resultado es salvación; ahora mismo tengo solamente las arras. Debo esperar pacientemente por ella. Abraham no tenía un lugar donde apoyar su pie, aunque Dios le había dado toda la tierra: él «esperaba la ciu­dad que tiene fundamentos» (He. 11:10). Cuando la esperanza se ha asentado en el corazón, uno puede enfrentar tranquilamente el diario vivir, esperando la venida del Señor. El Espíritu Santo ha puesto nues­tros corazones en esta esperanza, y la esperamos anhelantemente.

Y si gemimos, el Espíritu Santo también gime, incluso la creación misma gime a una. Gemir por la redención del cuerpo es según Dios, y es algo tan divino como la misma esperanza, aunque en un aspecto diferente. Y así como el Hijo se hizo Hombre, también tuvo estos sentimientos, tal como en mi caso con el Espíritu Santo morando en mí. Estos gemidos son preciosos, pues en ellos está la intercesión del Espíritu Santo, y «el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu» (v. 26-27), y hallará al Espíritu Santo morando en mí.

W. Kelly

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