El Señor Está Cerca

Viernes
21
Enero

Hermanos santos, participantes del llamamiento celestial

(Hebreos 3:1)

El llamamiento celestial del creyente (1)

Como creyentes en el Señor Jesús, no solo somos salvos del juicio, sino también somos llamados al cielo: «participantes del llamamiento celestial». El autor de la epístola no nos exhorta a participar del llamamiento celestial; él dice que somos participantes. El creyente es un hombre celestial, tanto como es un hombre salvo. Pero tenemos que decir, con vergüenza, que nuestra conducta no es siempre «celestial», así como no siempre nos comportamos como «salvos».

Reconocemos alegremente que nuestra salvación no es por obras, sino que «por gracia sois salvos por medio de la fe» (Efe. 2:8-9). De forma similar participamos del llamamiento celestial, no por nuestras obras, sino por Su gracia. Así que leemos que Dios «nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús» (2 Ti.m 1:9). Nuestro andar y nuestros caminos no podrán asegurar nuestra salvación, ni tampoco nos harán personas celestiales; sin embargo, el hecho de que somos salvos, y participantes del llamamiento celestial, debería afectar nuestro andar y nuestros caminos.

El pensamiento común, incluso en la cristiandad evangélica, es que el evangelio nos libra de nuestra culpa, y que luego nos establece en la tierra como hombres y mujeres mejorados, mejores ciudadanos y que finalmente somos llevados al cielo cuando morimos. Pero parece haber poca apreciación de esta gran verdad: el cristianismo nos saca completamente del mundo, nos da un lugar nuevo en el cielo, y, por lo tanto, nos convierte en extranjeros y peregrinos en la tierra.

En primer lugar, la gracia de Dios suple nuestras necesidades como pecadores, y nos libra de nuestra culpabilidad y el juicio que merecen nuestros pecados; en segundo lugar, la misma gracia nos pone bajo un nuevo poder, el cual nos cuida y nos mantiene a la espera de la venida de Aquel que nos salvó; en tercer lugar, nos da un nuevo lugar en el cielo, de manera que, mientras estamos en esta tierra, somos participantes del llamamiento celestial.

Hamilton Smith

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