El Señor Está Cerca

Lunes
10
Enero

Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu.

(Isaías 57:15)

Un espíritu quebrantado

¡Qué oportunas palabras! Un espíritu contrito y quebrantado cons­tituye una de las necesidades más urgentes. La mayor parte de nuestros problemas se deben a la falta de esto. Son verdaderamente admirables los progresos que hacemos día a día en la vida familiar, en la asamblea, en el mundo, en toda nuestra vida práctica, cuando el yo es subyugado y mortificado. Miles de cosas que, sin este ejercicio, subyugarían nuestros pobres corazones, son estimadas como nada cuando nuestras almas se hallan en un estado verdaderamente con­trito. Podemos entonces soportar reproches e insultos; pasar por alto menosprecios y afrentas; pisotear nuestros caprichos, predilecciones y prejuicios, y también ser más dóciles con los demás; estar dispues­tos a toda buena obra, manifestar una agradable anchura de corazón en todas nuestras relaciones y ser menos rígidos en nuestro trato con los demás de modo de adornar la doctrina de Dios nuestro Salvador.

Pero, ¡ay, cuán a menudo ocurre lo contrario con nosotros! Mani­festamos un temperamento reacio, inflexible; bregamos en favor de nuestros derechos; defendemos nuestros propios intereses; solo nos enfocamos en nosotros, y defendemos y luchamos por nuestras pro­pias ideas. Todo esto demuestra claramente que nuestro yo no es ponderado ni juzgado de forma habitual en la presencia de Dios.

Sin embargo, lo repetimos con énfasis: Dios quiere vasos rotos. Nos ama demasiado como para dejarnos en nuestra dureza y tozudez; y por eso estima conveniente hacernos pasar a través de todo tipo de ejercicios a fin de traernos a un estado de alma en que pueda utilizar­nos para su gloria. Es necesario que la voluntad sea quebrantada, que la confianza propia, la autosatisfacción y la importancia personal sean arrancadas de cuajo. Dios se valdrá de las escenas y circunstancias que debemos atravesar, así como de las personas con que nos rela­cionamos en la vida diaria, a fin de disciplinar nuestro corazón y que­brantar nuestra voluntad. Y, además, el mismo tratará directamente con nosotros a fin de lograr estos formidables resultados prácticos.

C. H. Mackintosh

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