Pero todo esto de nada me sirve cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado a la puerta del rey.
A pesar de toda la dignidad, riqueza y esplendor de Amán, su miserable corazón se sentía herido por un pequeño asunto. Ocupaba el lugar más cercano al trono y se le había confiado el anillo del rey, pero no le servía de nada por el simple hecho de que Mardoqueo no se inclinaba ante él. ¡Qué hombre tan miserable! La posición más elevada, la mayor riqueza, la influencia más extensa, y los testimonios más halagadores de parte del mismísimo Rey no le importaban, por el simple motivo de que un pobre judío se negaba a inclinarse ante él. ¡Así es el corazón del hombre! ¡Así es el hombre! ¡Así es el mundo!
De hecho, Amán dio testimonio de que “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” (Pr. 16:18). Justo en el momento que parecía estar a punto de alcanzar la cumbre más alta de su ambición, una justa providencia lo llevó a estar obligado a servir a Mardoqueo y, finalmente, la misma horca que ordenó preparar para su víctima fue utilizada para su propia ejecución. Sin duda que el dedo del Todopoderoso es visto claramente en cada capítulo de este libro. La belleza de Vasti, el orgullo del rey en esta, su indecente mandato, la indignación y el rechazo de la reina, y el consejo de los consejeros del rey, todo esto el despliegue de los propósitos de Jehová. De entre todas las bellas y jóvenes doncellas reunidas en el palacio real en Susa, solo una estaba destinada a cautivar el corazón del rey: Ester, hija de una familia judía desconocida. Además, también había cierto judío llamado Mardoqueo, el cual había descubierto la conspiración contra la vida del rey. Y en aquella noche de desvelo, el rey pidió que se le leyera exclusivamente “el libro de las memorias y crónicas”. El libro de Ester nos muestra la providencia de Dios, el orgullo del hombre y el poder de la fe; también nos presenta un cuadro asombroso de los hechos de Jehová en favor de su pueblo Israel.
C. H. Mackintosh