El Señor Está Cerca

Lunes
8
Febrero

¡Cuán bienaventurado es el hombre cuyo poder está en ti, en cuyo corazón están los caminos a Sión! Pasando por el valle de Baca lo convierten en manantial … Van de poder en poder.

(Salmos 84:5-7 LBLA)

Cómo debemos alimentarnos del Cordero

El valle de Baca es un lugar de dolor y humillación, pero también de bendición. Para Pablo este valle fue el “aguijón en la carne”—algo que lo hacía despreciable en su servicio a los gálatas (Gá. 4:14). Era algo verdaderamente humillante, y tres veces oró para que le fuese quitado. Pero cuando oyó al Señor decirle: “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9), dejó de pedir tal cosa. Más bien prefirió gloriarse en sus debili­dades para que el poder de Dios pudiese manifestarse. Así que para Pablo el valle de Baca fue un lugar de bendición, un manantial; se convirtió en un lugar de una inefable intimidad y cercanía a Dios.

Para algunos, este valle puede ser la pérdida de algo muy querido para nuestros corazones; o algo que doblegue nuestra voluntad— algo que nos humillará. Pero es un lugar de bendición. Lo que nos causa dolor nos otorga mayor consuelo que aquello que nos es agra­dable. El consuelo y la bendición provienen de lo que nos ha entriste­cido, humillado y vaciado de nosotros mismos. Esta es la forma que Dios utiliza para mostrarnos quien es Él, y de esta manera, mientras atravesamos el Valle de Baca, Él lo convierte en un manantial.

En 1 Tesalonicenses 5:18 leemos: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. ¿Cómo puede ser esto? ¿Pablo dio gracias por el aguijón, es decir, por lo mismo que pensaba que impediría su servicio? ¡No mientras aún estaba enfocado en el aguijón en si mismo! Cuando su vista se posó sobre Aquel cuyo corazón y manos estaban detrás de aquel aguijón, entonces pudo agradecer. Existen muchas cosas que no nos dan, en sí mismas, un motivo por el que dar gracias—la separación de un vínculo muy querido para nuestro corazón, o aquello que rompe en pedazos lo que amamos. Debemos ver el amor que ordenó que esto fuese así y la mano que lo produjo. Solo entonces podremos dar gracias.

W. Reid

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