Inédito Nuevo

El señorío de Cristo


person Autor: Wm. C. Reid 1

flag Temas: Su actual actividad celestial El Cuerpo de Cristo


El tema del señorío se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Poco antes del fallecimiento de David, este se dirigió a una gran congregación de príncipes, capitanes y otros notables de su reino, hablándoles de su preparación para la construcción de la Casa de Dios. Volviéndose a bendecir a Jehová, dice: «¡Tuya, oh Jehová, es la grandeza, y el poder, y la gloria, y la victoria, y la majestad… tú te ensalzas como cabeza sobre todas las cosas! La riqueza también y la honra de ti proceden, y tú lo gobiernas todo; y en tu mano está el poder y la fortaleza… nosotros te tributamos alabanzas, y celebramos tu Nombre glorioso» (1 Crón. 29:11-13, VM). Este notable himno de alabanza describe lo que el Espíritu de Dios relaciona con la posición de Cabeza: grandeza, gloria, majestad, riqueza, fortaleza, poder y victoria. Estas cosas pertenecen a Dios como Cabeza sobre todas las cosas, y nos presentan lo que Dios es, supremamente e infinitamente por encima de todo lo que ha creado; pero estas mismas cosas describen muy benditamente lo que pertenece a Jesucristo en la posición de Señor que Dios le ha dado, como la Cabeza.

En Israel había «jefes [cabezas] del pueblo», que ocupaban puestos de confianza y autoridad bajo Moisés, el rey en Jesurún (Deut. 33:5, 21). El rey de Israel, según las palabras de Samuel, era jefe o «cabeza de las tribus de Israel» (1 Sam. 15:17, VM); y en el día venidero «los hijos de Judá y de Israel… nombrarán un solo jefe» (Oseas 1:11). David, en su cántico de liberación a Jehová, dice: «Me has librado de las contiendas del pueblo; me has hecho cabeza de las naciones» (Sal. 18:43). El señorío de Cristo en la era milenaria abarcará tanto a Israel como a las naciones, pues entonces se mostrará como Cabeza sobre todas las cosas.

1 - Dos cabezas: Adán y Cristo

Los escritos del apóstol Pablo nos presentan el señorío de Cristo en el Nuevo Testamento. Aunque no se utiliza la palabra cabeza, en el quinto capítulo de Romanos hay un contraste muy llamativo entre Adán y Cristo; Adán, cabeza de una raza derivada de él después de su caída; Cristo –de quien Adán era una figura– cabeza de una raza que hereda ricas y duraderas bendiciones a través de su obra en la cruz. Por la caída de Adán, comenzó el reino del pecado y de la muerte, y todos los nacidos de él son constituidos pecadores, recibiendo, a causa del pecado, el juicio, la condenación y la muerte. En bendito contraste, los que están bajo el señorío de Cristo son constituidos justos, teniendo justificación de vida, recibiendo el don gratuito de la justicia por medio de la gracia, y tienen la perspectiva de reinar en vida con Cristo en el día venidero. La economía de la gracia, que pertenece al presente período de tiempo, ha llegado a través de nuestro Señor Jesucristo; y pronto, en su venida, entraremos en la plena bendición de la vida eterna. (Pablo normalmente ve la vida eterna como algo futuro; es la bendita esperanza de Tito 1:2; 2:13; 3:7).

Aunque nació de Adán, el creyente, en el Señor Jesucristo, ya no es visto por Dios como si estuviera en Adán; hemos sido transferidos de Adán a Cristo. Debido a que estamos bajo el señorío de Cristo, ya no estamos bajo condenación, tal como se registra en Romanos 8:1: «No hay, pues, ahora ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús».

2 - Cabeza de todo hombre

Pablo deseaba que los santos de Corinto supieran «que la cabeza de todo hombre es Cristo; la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios» (1 Cor. 11:3). Adán no solo era cabeza sobre la creación inferior, sino que, en él, el hombre fue establecido por Dios como jefe de la mujer. Esta relación divina no debe confundirse con la de Efesios 5:23, donde el marido es considerado por Dios como jefe de la mujer. En todos los círculos en los que se encuentran juntos hombres y mujeres, la orden de Dios es que el hombre esté a la cabeza. Habiendo sido Cristo establecido por Dios como Cabeza de todo hombre, es la obligación de todo hombre reconocerlo en este lugar de autoridad, y será responsable ante Dios si se niega o descuida hacerlo. Cuando Cristo resucitó de entre los muertos, Dios lo hizo Señor y Cabeza. Sabemos por Filipenses 2 que toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Los hombres ignoran hoy en día, incluso en la cristiandad, el gran lugar que Dios ha dado a su Cristo; no saben que todas las cosas están en su mano, y que todo aquello de lo que participan para mantenerse en vida en este mundo proviene de aquel que está sentado en el trono de Dios. El apóstol Pablo reconoció que todo venía de Dios por medio de Cristo, diciendo a los santos de Filipos: «Mi Dios colmará toda necesidad vuestra, conforme a sus riquezas en gloria, en Cristo Jesús» (Fil. 4:19). Puesto que Cristo es el Señor de todo hombre, todo hombre saldrá de la tumba por el poder de Cristo, como leemos en 1 Corintios 15:21-22. En este pasaje encontramos a Dios presentado como Cabeza de Cristo. Habiéndose hecho Hombre, Cristo ha tomado para siempre el lugar de sujeción a Dios (véase 1 Cor. 15:28), aunque siempre teniendo su propio lugar esencial en la Divinidad. El lugar de Dios como Cabeza en esta Escritura es de lo que habló David cuando se dirigió a él como Cabeza sobre todo.

3 - Cabeza del Cuerpo, la Iglesia

Hay tres menciones de Cristo como Cabeza del Cuerpo, y todas ellas hablan de su relación actual con la Iglesia. Para empezar, veamos Colosenses 1, donde la grandeza de Cristo, la Cabeza del Cuerpo, está expuesta por el Espíritu de Dios. Tal vez sea bueno observar que los santos en Colosas estaban en peligro de las sutiles influencias de la filosofía, y el apóstol no solo los advierte, sino que les muestra que al tener una Cabeza tan gloriosa no necesitaban nada de los maestros de este mundo. Qué grande es Jesús, el Hijo del amor del Padre, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados. Toda la eficacia de la gran obra de la redención, realizada en la cruz, permanece en él en la presencia del Padre. Él es la imagen del Dios invisible; aquel en quien Dios, que habita en luz inaccesible, se da a conocer y se presenta ante los hombres. Al entrar en la creación, ocupa el lugar de primogénito en relación con ella, y esto porque es el creador. (La posición de primogénito se relaciona con la preeminencia de lugar, no necesariamente con el nacimiento, como podemos ver en ambas menciones en este pasaje de la Escritura). Todas las cosas creadas no solo vinieron de él como su fuente, sino que él fue el verdadero agente en la creación, y aquel para cuyo placer y gloria fueron traídas a la existencia. Eterno, en su existencia; supremo, en su gloria; él es antes de todo; y todo el universo se mantiene unido a través de su sabiduría, poder y autoridad. Tal es la grandeza personal de aquel que es la Cabeza del Cuerpo. Con tal Cabeza, ¿por qué los santos de Dios, sus miembros, deberían buscar algo fuera de Cristo? La filosofía nunca podría asegurar a los hombres el perdón de los pecados: esto solo se encuentra en Cristo; entonces, ¿por qué deberíamos buscar algo de los hombres cuando todo lo de Dios se encuentra en aquel que es la imagen del Dios invisible, y nuestra Cabeza, a la que estamos unidos? Además, él es el principio de todo lo que procede de Dios, ya sea en la antigua o en la nueva creación; y al salir de la muerte para entrar en el mundo de la resurrección, ocupa el lugar principal –el que le corresponde por derecho–, el lugar de primogénito de entre los muertos. Cuando estuvo en la tierra, toda la plenitud de la Deidad se complació en habitar en él, con el fin de reconciliar a todo el universo con Dios. Cuán trascendentalmente grande es la Cabeza del Cuerpo en su excelencia personal, y en cada posición que ocupa.

Una segunda mención de este tema en Colosenses 2:19, pone de manifiesto la suficiencia de la Cabeza del Cuerpo. El versículo 16 de este mismo capítulo indica que los santos colosenses estaban en peligro de ser enredados por los elementos del judaísmo, y el apóstol les recuerda que las cosas de la ley no eran más que sombras de la esencia que ahora tienen en Cristo. ¿Por qué, entonces, iban a seguir las sombras?, cuando la sustancia, el Cuerpo, de todo lo espiritual, les pertenecía en su Cabeza celestial. Había otro peligro: la introducción de ángeles entre los santos y Dios. No tenían necesidad de intermediarios, pues Dios estaba inmediatamente disponible para ellos en el Hijo de su amor, su imagen, y la Cabeza de ellos. No había nada que los santos de Dios pudieran adquirir ni del judaísmo ni de los ángeles; todo para ellos habitaba ricamente en Cristo, su Cabeza viviente; y estaban unidos a Cristo y entre sí como miembros de su Cuerpo. Lo que necesitaban era el crecimiento que da Dios, y esto solo estaba en Cristo; y Dios había formado el Cuerpo en relación con la Cabeza de tal manera que a través de las uniones y los lazos provistos por él se daba el ministerio de este crecimiento divino. Las coyunturas y los lazos no son vistos como «dones», sino como partes funcionando en el Cuerpo para ministrar y unir. Ellos ministran lo que viene de la Cabeza; uniendo a los santos a través de la gracia celestial de Cristo. Por desgracia, la iglesia profesa se alimenta en gran medida de los recursos de este mundo, y sus líderes se preocupan poco por el crecimiento en Dios. Los discursos sobre las cosas de este mundo, la exhibición del aprendizaje humano y la sabiduría natural; el gobierno por la tradición y los principios del mundo; y el evidente descuido de la Palabra de Dios, manifiestan con demasiada claridad que el principio de “asirse de la cabeza” es prácticamente desconocido. Cristo como persona viva, que cuida de su Iglesia, y que es indispensable para ella, es poco comprendido en donde se profesa su nombre. ¿Nos damos cuenta de que el Cuerpo de Cristo, la Iglesia de la que somos miembros por su Espíritu, depende totalmente de la Cabeza en el cielo para el crecimiento que da Dios? ¿Buscamos el crecimiento de Dios o algún otro tipo de crecimiento de alguna otra fuente? Dios quiere que recurramos constantemente a sus recursos infalibles, que ha puesto a nuestra disposición en nuestra Cabeza viviente de arriba.

Cristo, como Cabeza del Cuerpo, también nos es presentado en Efesios 4. En esta Escritura se le ve como habiendo subido a lo alto, después de haber descendido a las partes bajas de la tierra. Saliendo de la muerte, llevó cautiva a la cautividad; manifestando al mundo espiritual invisible el gran triunfo obtenido mediante su muerte y resurrección. Habiendo sondeado las profundidades más bajas, y habiendo ascendido por encima de todos los cielos, llenará todo el universo con su fama y gloria en el día venidero. Desde el lugar de exaltación que ahora ocupa, ha dado gracia a todos sus santos, y ha otorgado dones a los hombres. Estos dones se dan para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, y se mantendrán hasta que la Iglesia llegue a la plena madurez. Dios desea que crezcamos por medio de la verdad ministrada, para no permanecer como cristianos inmaduros, y expuestos a todas las variadas influencias de las enseñanzas humanas por las que los hombres malvados seducen a las almas inestables. Debemos sostener la verdad en el amor, y por medio de ella crecer hacia Cristo en todos los hermosos rasgos que son suyos. Esto nos lleva a la unión viva de la Cabeza y el Cuerpo de Cristo. Todo el Cuerpo, que abarca a cada creyente en la tierra habitado por el Espíritu Santo, está vitalmente unido a Cristo la Cabeza, y está unido entre sí, siendo los miembros no solo miembros de Cristo, sino miembros unos de otros. Los ligamentos de apoyo y coyunturas también conectan los miembros entre sí, y cada parte que funciona, según su medida, trabaja para el Cuerpo hacia su auto edificación en amor. Pero todo lo que suministra al Cuerpo para procurar su auto edificación proviene de la Cabeza a la que el Cuerpo está unido. ¡Cuán dependientes somos de nuestra Cabeza celestial! Ya sea que consideremos el don de gracia dado a cada uno, los dones dados a los hombres, o lo que llega al Cuerpo a través de los ligamentos de apoyo y coyunturas; todo viene de Cristo en lo alto, nuestra exaltada Cabeza.

Digan lo que digan los hombres, la Iglesia no tiene más Cabeza que Cristo. La Cabeza del Cuerpo está en el cielo, y no hay cabeza terrenal. Pedro era el apóstol de la circuncisión, y Pablo el apóstol de los gentiles; ambos tenían dones sobresalientes dados por Cristo y administraciones peculiares, pero ninguno de ellos afirmó ser la cabeza terrenal de la Iglesia, ni se le atribuye a ninguno de ellos en las Sagradas Escrituras. La dirección de la Iglesia se confiere solo a la Cabeza, y su expresión para nosotros se encuentra en la Palabra, que es suficiente para todas nuestras necesidades. Para llevar a cabo la voluntad de Dios, los recursos divinos de la gracia celestial en la Cabeza están disponibles para nosotros. Cristo ha sido hecho todo para nosotros y por nosotros; la sabiduría, la autoridad y la fuerza necesarias para llevar a cabo cualquier cosa en la Asamblea hoy en día residen en él, y nos corresponde a nosotros recurrir a Cristo, y de esta manera demostrar cuán real es su señorío para la Iglesia.

4 - La Cabeza de la Iglesia

Otro aspecto del señorío de Cristo sobre la Iglesia se enseña en Efesios 5. El señorío del esposo hacia la esposa se compara en esta Escritura con el señorío de Cristo hacia la Iglesia. Nos remontamos a la relación establecida por Dios en el Jardín del Edén entre Adán y Eva: Eva se derivó de Adán, luego se unió a él y se puso bajo su señorío en sujeción. Lo mismo ocurre con la Iglesia: derivada de Cristo, que entró en el sueño profundo de la muerte para que pudiera ser suya; en la voluntad y el consejo de Dios está unida a él, e incluso ahora está sometida a él. Todo lo derivamos de Cristo: la vida, los recursos, la dirección, el alimento y el afecto. Ninguna esposa que sea fiel a su marido buscaría algo que le desagrade, o usaría los recursos que él ha proporcionado para gratificarse en cosas deshonrosas para él. Todos los recursos infinitos de Cristo están disponibles para nosotros, para que podamos llevar a cabo su voluntad, y hacer lo que es de su agrado. La Iglesia ha quedado en el mundo para representar a su amado ausente, para manifestar sus rasgos en el testimonio, para ocuparse de sus asuntos, para serle fiel durante el tiempo de su ausencia en el mundo, y nada más que los suministros de gracia que permanecen en él pueden capacitarnos para llevar a cabo su voluntad. Cristo se ha comprometido a alimentar a su Iglesia, y esto la hace totalmente independiente del mundo y sus recursos. Pero Cristo también ama a la Iglesia, y su amor se ha demostrado al máximo en su muerte en la cruz. Ese amor no estará satisfecho hasta que Cristo tenga a la Iglesia consigo, para presentársela a sí mismo como una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido. Mientras tanto, él cuida de la Iglesia, santificándola y limpiándola con el lavamiento del agua por la Palabra; este ministerio purificador continúa durante toda la estadía terrenal de la Iglesia, hasta que la Cabeza celestial tenga a su esposa toda gloriosa ante él, santa y sin mancha.

5 - La Cabeza de todo principado y autoridad

Este aspecto del señorío de Cristo se encuentra en Colosenses 2:10, donde también nos enteramos de los peligros que acechaban a los santos en Colosas. El apóstol había estado hablando del misterio de Dios, en el que estaban escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento, y este gran misterio se centraba en Cristo. ¿Por qué, pues, los santos de Dios iban a recurrir a la filosofía y al judaísmo? En ellos no había tesoros de sabiduría y conocimiento; todos estos maravillosos tesoros solo podían conocerse en comunión con Cristo, en tanto estuvieran ocupados con él. Toda la plenitud de la Deidad habitaba en Cristo corporalmente, y ellos estaban completos en él según esta plenitud divina. Si estaban completos en Cristo, lo tenían todo en él; sin él no tenían nada. Sus recursos divinos habitaban en aquel que es la Cabeza de todo principado y autoridad en el vasto universo; tal es la grandeza del lugar que Cristo ocupa. Él controla, dirige y suministra a todos los grandes seres espirituales que creó, y que llevan a cabo los mandatos de Dios en el amplio reino de la creación. ¿No hay entonces suficiente en Cristo para que llevemos a cabo la voluntad de Dios en la Iglesia? ¿Necesitamos la ayuda o el consejo del mundo? ¿Requerimos algo de los recursos humanos cuando tenemos un Cristo así? ¿Podían los santos de Colosas recibir algo de los ángeles que no fuera ya suyo en aquel que era la Cabeza de todos los seres angélicos? En efecto, no podían recibir nada de los ángeles o de los hombres para cumplir la voluntad del Señor; todo debía venir de Cristo en el cielo.

6 - Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia

El primer capítulo de la Epístola a los Efesios despliega el propósito de Dios, y según este propósito Dios reunirá a todo el universo alrededor de Cristo, el Hombre de sus consejos, en la administración de la plenitud de los tiempos. Todas las cosas en los cielos y en la tierra han de ser encabezadas en Cristo, según el misterio de la voluntad de Dios. Este es un gran secreto en el que Dios ha introducido a sus santos, y del que los grandes hombres del mundo son completamente excluidos. Tanto los hombres de Estado, así como los líderes religiosos están desconcertados por las condiciones del mundo, y no saben a dónde conduce todo; todos sus planes y esfuerzos para arreglar el mundo han resultado infructuosos. Pero Dios no está desconcertado: tiene a su Hombre a su derecha, que pondrá todo en orden en este mundo; todo el mal será juzgado y suprimido, y todas las cosas serán puestas bajo su señorío. No solo todo en la tierra será sometido a Cristo, sino también las cosas en los cielos; cada esfera de autoridad en el vasto universo de Dios, y todos los recursos de la creación, estarán a su disposición, y ordenados según su sabiduría y voluntad para la gloria y el placer de Dios. Esto es lo que Dios se propuso hacer antes de que el mundo fuera hecho, y nada puede impedir su cumplimiento; sí, todas las cosas del presente período de tiempo están ordenadas en el gobierno de Dios para servir al consejo de su voluntad.

Ninguno de los príncipes de este mundo sabía nada del propósito de Dios en Cristo, de lo contrario no lo habrían crucificado. Sin embargo, es en la muerte donde se encuentra el Hombre del propósito de Dios en este capítulo; y Dios interviene en un despliegue de la excelsa grandeza de su poder, para dar efecto a lo que estaba en su propósito antes de las edades del tiempo. Un inmenso poder se ha manifestado en los tratos de Dios con la antigua creación; el poder que sacó a la tierra del caos y las tinieblas de que se habla en el segundo versículo del Génesis, y la ordenó para la habitación del hombre. El juicio del viejo mundo, el derrocamiento de Faraón y su ejército, la destrucción de las ciudades de la llanura, la derrota del ejército de Senaquerib y muchos otros incidentes del Antiguo Testamento muestran el poder de Dios en relación con la vieja creación; pero en la resurrección de Cristo de entre los muertos hubo un despliegue de poder divino como nunca antes se había visto. Las potestades de las tinieblas habrían querido mantener a Cristo en la muerte, donde los esfuerzos de Satanás, con los hombres como instrumentos, lo habían llevado, según lo permitido por Dios; pero no había poder en el universo para resistir este extraordinario despliegue de la sobrecogedora grandeza del poder de Dios, que obró en Cristo, al sacarlo del dominio de la muerte, y ponerlo a su propia diestra en los cielos. En este lugar de exaltación, Cristo está por encima de toda inteligencia creada en el universo, y su fama trasciende la de todo nombre de hombre o ángel que se haya conocido o se conozca. Según el pensamiento de Dios, prefigurado en Adán, y de acuerdo con lo que había sido proclamado antes en el octavo Salmo, todas las cosas son puestas bajo los pies de Cristo, cuya gloria está por encima de los cielos. Además, de acuerdo con el propósito de Dios, desplegado en los primeros versículos de este capítulo, Dios ha dado a Cristo ser la Cabeza sobre todas las cosas. No hay nada en toda la creación que no esté bajo Cristo, y si esto cumple los consejos de Dios respecto al Hombre, es también la respuesta adecuada a todo lo que Cristo pasó en la cruz para dar efecto a todo lo que estaba en la voluntad de Dios para la bendición de los hombres.

Cristo es ciertamente digno de la gloria suprema con la que Dios lo ha consagrado, donde todos los grandes seres del universo están alineados bajo su rango, y donde cada esfera de autoridad en los cielos y en la tierra está bajo su dirección; pero ¿quién podría haber concebido que él tendría una compañía para compartir este lugar de honor y gloria? Sin embargo, así es; y sus compañeros no son los grandes seres que acabamos de mencionar, sino aquellos que una vez fueron pecadores, lejos de Dios. El grandioso poder manifestado en la resurrección de Cristo, es el poder que lleva a los compañeros de Cristo desde el lugar del pecado y la muerte a su propia vida, y a los lugares celestiales para acompañarlo. La Iglesia, por la que Cristo sí mismo se entregó en amor, es su Cuerpo y su Esposa, y compartirá para siempre su gloria allí donde él es la Cabeza sobre todo a la Iglesia. No es su señorío de la Iglesia lo que se enseña aquí, sino su señorío sobre todo con la Iglesia a su lado.

Con una Cabeza tan gloriosa en el cielo para mantenernos constantemente durante nuestra estancia en este mundo, y que nos llevará pronto a él, para estar con él para siempre, ¿no deberíamos vivir con la conciencia de que estamos aquí para él, para hacer su voluntad, para darle placer, para disfrutar y responder a su amor, y para manifestar sus rasgos en el testimonio al mundo del que fue arrojado?


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