Unidad


person Autor: John Thomas MAWSON 7

flag Tema: La unidad del Cuerpo de Cristo


Discutir sobre cuestiones vanas generalmente da lugar a la formación de partidos y sectas; el ministerio de Cristo une a los santos, ya que vincula sus corazones y hace que irradien un objeto común. Mientras la Iglesia esté en la tierra, surgirán preguntas, ya que el diablo no cesará en sus esfuerzos por dispersar el único rebaño, pero si estas preguntas se traen a la luz de la Palabra de Dios, que puede dilucidarlas todas, y si el punto de vista desde el cual se les aborda está dirigido a cómo afectan a la gloria y al corazón de Cristo en su dependencia, y no a la tradición, los precedentes o la voluntad propia, una respuesta justa les será dada y las malas intenciones del diablo serán frustradas. Sin embargo, la labor de los siervos de Cristo no es ocupar a los santos con preguntas, sino predicar la verdad sobre Cristo a todo oído dispuesto para escuchar sus palabras. Así fue en un principio, y no ha cambiado a lo largo de los siglos.

Al mismo tiempo que estamos agradecidos a Dios por toda la verdad que nos ha sido revelada en el último siglo, no estemos demasiado ocupados del pasado reciente, y no imaginemos que la norma divina solo nos ha sido dada en los últimos tiempos, sino que volvamos a la revelación de la verdad tal como fue dada por el Espíritu Santo en el principio, en todo su poder y gloria. Podemos estar seguros de que cada avivamiento que ha tenido lugar en el último siglo ha sido el resultado de que los siervos del Señor se han puesto bajo el poder de esa revelación.

Tomemos este pasaje triunfal de Efesios 4:8-13: «Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y esto de que subió, ¿qué quiere decir, sino que también descendió a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió muy por encima de todos los cielos, para llenarlo todo. Y él constituyó a unos apóstoles; a otros profetas; a otros evangelistas; y a otros pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, de varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo».

Observe bien estas expresiones «a fin de perfeccionar a los santos», «para la obra del ministerio», «para la edificación del cuerpo de Cristo». ¿No vale la pena trabajar por estas cosas? Sin duda, es la mayor obra que se está haciendo bajo el cielo y en el universo hoy en día. Ningún imperio en la tierra, por grande que sea su poder o justa su causa, está llevando a cabo una campaña tan gloriosa –si se puede adoptar el lenguaje militar– como esta, cuyo gran líder es nuestro victorioso Señor en el cielo, y cuyo poder es el Espíritu Santo de Dios en la tierra. ¿Permanecerá el diablo pasivo ante estas cosas? Ciertamente no. En el pasado, ha intentado obstaculizarlos mediante la persecución, pero estos ataques frontales solo han servido para hacer avanzar la verdad –“la sangre de los mártires fue la semilla de la Iglesia”– y la tribulación solo ha hecho que los santos aprecien más la bendita unidad en la que Dios los ha colocado. La persecución pública ha cesado, pero no pensemos que el enemigo ha sido expulsado del campo de batalla. Eso sería estar ciego ante su diabólica estrategia. En estos últimos días en los que se ha dado una gran luz, ha conseguido llenar las mentes de los siervos de Cristo con cuestiones vanas, de modo que en lugar de proseguir juntos y sin obstáculos la obra de Cristo indicada en este pasaje, a menudo pierden mucho tiempo en discusiones a veces apasionadas –es triste decirlo– que tienen como resultado alejar los corazones unos de otros y dividir aún más el rebaño de Dios.

Discutir sobre asuntos vanos, ya sea por escrito, en público, en privado con los santos, o por carta, no tendrá como resultado «perfeccionar de los santos», no es la «obra del ministerio», ni la «edificación del cuerpo de Cristo». Los santos se perfeccionan a medida que la verdad sobre Cristo se forma en sus almas, y así llegan a «la unidad de la fe… a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». Pero las preguntas vanas provocan la carne, estimulan las disputas e impiden el crecimiento de los santos, por lo que no tienden a la perfección –son niños pequeños, como atestiguan los corintios (1 Cor. 2:3). Esto es obra del diablo.

Los santos bien podrían aprender una lección del Imperio británico en esta época (principio del siglo 20). Cuando surgió la imperiosa necesidad de defender su honor e integridad, se abandonaron rápidamente las cuestiones vanas y las personas más opuestas se unieron pronto. Acaso los que aman al Señor ¿no tienen una causa común? O, para decirlo de una manera que debería tocar nuestros corazones: ¿no tienen los que él ha amado y por los que se ha entregado, una causa común? Hace poco se nos dijo: “Para producir la unidad práctica entre los santos, nada sería más eficaz que un estallido de persecución”. No lo discutimos, pues somos ciertamente egoístas; podría excitar nuestra simpatía por las penas de los demás, y estaríamos encantados de recibir por las nuestras. Además, estando en la prueba, el hecho de ir al Señor nos acercaría a los demás y nos elevaría. Pero, ¿no hay algo más elevado que eso? ¿Qué pasa con la gloria de nuestro Señor y la verdad? En estos últimos días, el enemigo ha atacado nuestra santísima fe como nunca antes en la historia de la Iglesia; no solo el aspecto externo del cristianismo, sino su misma ciudadela: la verdad sobre la persona misma de Cristo y su obra expiatoria. Su amor por nosotros y su propia gloria, que es ciertamente mejor que la vida, ¿no deberían, a causa de estos ataques del enemigo, hacer que permanezcamos «firmes en un mismo espíritu, con una sola alma, luchando juntos por la fe del evangelio» (Fil. 1:27)?

Para ilustrar esto, ¿quién podría imaginar que, en las trincheras bajo el fuego enemigo, los soldados se olviden de luchar y discutan entre sí, o pierdan su tiempo debatiendo cuestiones vanas, o se nieguen a ayudarse mutuamente en sus necesidades, o no den las palabras de aliento o las buenas noticias que serían su suerte común? Y si los santos fueran conscientes de la gravedad de la batalla que están llamados a librar, de lo mucho que está en juego y de la necesidad que tienen unos de otros en esa batalla, seguramente habría una solidaridad en sus filas que sería para gloria del Señor; apreciarían mucho esa unidad que es divina y no puede ser disuelta.

Cada parte de la revelación de Dios de nuestra santísima fe tiene en vista la unidad de los santos. Tomemos algunos pasajes conocidos de las Escrituras.

(a) «Pongo mi vida por las ovejas. Otras ovejas tengo que no son de este redil; a estas también tengo que traer, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Juan 10:15-16). El Señor dio su vida, descendiendo a las tinieblas del juicio y la muerte, para que sus santos fueran uno. Su muerte ¿sería ella vana? Es imposible. Los santos son un solo rebaño.

(b) «La gloria que me has dado, yo les he dado; para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad; para que el mundo sepa que tú me enviaste, y que los has amado, como a mí me has amado» (Juan 17:22-23). La gloria de hijos se les ha dado para que sean uno –se les ha dado en una nueva vida y un nuevo título que son inalienables. Son llevados a una relación inteligente con el Padre y el Hijo, de una manera indescriptible: el Hijo de Dios en ellos y el Padre en Él, de modo que la unidad esté en el poder de ese amor eterno e indisoluble en el que habitan el Padre y el Hijo, de modo que, así como no se puede pensar en una división entre el Padre y el Hijo, así ellos deben ser indivisibles.

(c) «Porque todos nosotros fuimos bautizados en un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu» (1 Cor. 12:13). El Espíritu Santo también fue dado a los santos para que fueran uno. Vino sobre ellos para bautizarlos en un solo Cuerpo, y todos bebieron de un solo Espíritu. Así, ya no son individuos débiles y aislados que luchan contra la tormenta, el viento y la marea para alcanzar la gloria, sino que forman un solo Cuerpo por el poder del Espíritu Santo. Estando en este Cuerpo, podría decirse que están en el Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo está en ellos, de modo que como no se puede dividir al Espíritu Santo, pues es uno, tampoco se puede dividir el Cuerpo que él ha formado.

(d) Por eso dijo: «Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres… hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe… practicando la verdad con amor, vayamos creciendo en todo hasta él, que es la cabeza, Cristo; de quien todo el cuerpo, bien coordinado y unido mediante todo ligamento de apoyo, según la actividad de cada miembro, lleva a cabo el crecimiento del cuerpo para su edificación en amor» (Efe. 4:8-16). Y Cristo en la gloria es la Cabeza de su Cuerpo en la tierra, y cada uno de sus miembros ha sido formado en él, de modo que cada uno, en virtud de la vida y la gracia que posee en él, contribuye a la edificación del único Cuerpo en amor.

Estas son grandes verdades. Los que profesan conocerlas, ¿las violarán prácticamente por un espíritu sectario, o por ocultarlas a los que no las conocen, o solo imperfectamente? ¿O impedirán el trabajo efectivo de este organismo divino planteando cuestiones vanas y divisiones innecesarias entre los santos? No. Si estas verdades son conocidas, deben ser obedecidas y propagadas dondequiera que se encuentre un oído atento. Y si quienes las conocen hacen lo contrario, pronto perderán la alegría y el poder que ellas procuran.

Poned los versículos anteriores en contraste con los siguientes:

  • «El lobo arrebata y dispersa las ovejas» (Juan 10:12).
  • «Porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois realmente carnales y os comportáis como hombres?» (1 Cor. 3:3).
  • «Evidentes son las obras de la carne, que son: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, peleas, celos, iras, rivalidades, divisiones, sectas, envidias, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas…». En qué terrible compañía se coloca aquí al sectario, y fíjese en la declaración del Espíritu Santo: «Como os lo he dicho antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios» (Gál. 5:19-22).

Dispersar y dividir a los santos es claramente una obra carnal y malvada. ¡Que nos horrorice la idea de participar en ella!

Pero volviendo a lo que decíamos al principio, la práctica de esta unidad solo puede mantenerse si Cristo está ante el alma.

Porque Cristo es todo en todo, “Todo pensamiento en el cielo es uno” como dice el himno.

Según Juan 16:13-15, el ministerio en el poder del Espíritu Santo perfeccionará a los santos y ninguna otra cosa lo hará. Las preguntas vanas distraen, las doctrinas, ajenas a la sana enseñanza, endurecen, pero a través del ministerio de Cristo, la obra del Espíritu Santo sigue adelante y el Cuerpo de Cristo es edificado. Que este sea nuestro gran objetivo ahora y en el futuro.


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