Inédito Nuevo

Un buen alimento espiritual


person Autor: Alexandre LECLERC 2

flag Tema: El alimento del creyente


«Nada abominable comerás… Y todo animal de pezuñas, que tiene hendidura de dos uñas, y que rumiare entre los animales, ese podréis comer» (Deuteronomio 14:3, 6).

Las leyes de Israel relativas a los alimentos tienen interesantes aplicaciones morales para nosotros hoy. Para nuestra alimentación, sabemos que «todo lo que Dios ha creado es bueno, y no hay nada que desechar, si se recibe con acciones de gracias; porque es santificado mediante la palabra de Dios y la oración» (1 Tim. 4:4-5). Pero moralmente, podemos aprender aquí lo que es apropiado o inapropiado para nuestro régimen espiritual –lo que alimenta el corazón y el espíritu.

Nada abominable debe ocupar nuestra mente, sino todo lo que es verdadero, honorable, justo, puro, digno de ser amado, de buena reputación –lo que es digno de alabanza (véase Fil. 4:8).

Los hijos de Israel solo podían comer animales que rumiaban, y tenían los pies completamente divididos en dos uñas.

La rumia de los animales nos recuerda la meditación. Debemos alimentar nuestra alma con lo que nos haga «buscar las cosas de arriba», donde está Cristo (Col. 3:1-2). También nos recuerda que debemos estudiar y meditar las Escrituras.

La uña dividida nos recuerda la separación en nuestra conducta. Debemos alimentarnos de cosas que no estén mezcladas con las formas de ver del mundo. Esto nos permitirá discernir con claridad cómo desea Dios que actuemos, y así caminar tras las huellas de Cristo (véase Rom. 12:2; 1 Pe. 2:21).

Siempre nos convertimos en lo que nuestra mente se alimenta. Si no nos alimentamos con comida de calidad, no debe sorprendernos encontrar muchas dificultades en nuestro sendero. Pero la solución también es muy sencilla: solo tenemos que alimentarnos de estas cosas buenas. Cualquier otra cosa es abominable para Dios, porque es mala para nuestro corazón en nuestra relación con Cristo.

Un buen alimento espiritual nos hará meditar en la persona de Cristo y andar «como él anduvo» (1 Juan 2:6).

 

«De todo lo que está en el agua, de estos podréis comer: todo lo que tiene aleta y escama. Mas todo lo que no tiene aleta y escama, no comeréis; inmundo será» (Deuteronomio 14:9-10).

Las leyes de Israel sobre el pescado que podían comer también tienen una importante lección moral para nosotros.

Podían comer cualquier pecado que tuviera aletas y escamas. Las aletas se utilizan para avanzar y proporcionar estabilidad. Son muy útiles para nadar contra la corriente y para mantenerse estable en las turbulencias. Hay una exhortación en esta imagen a alimentarnos de lo que nos hará crecer en la fe y en la sana doctrina, para que «ya no seamos niños pequeños, zarandeados y llevados por todo viento de doctrina» (Efe. 4:14); este alimento nos fortalecerá y nos hará orar «con fe, sin ninguna duda; porque el que duda es como la ola del mar, llevada por el viento y zarandeada» (Sant. 1:6). Deberíamos estar caracterizados por nuestra perseverancia para avanzar y por la estabilidad, la firmeza de nuestra fe.

Las escamas nos hacen pensar en la protección de lo que nos rodea. El Señor Jesús dijo: «Yo no estoy en el mundo, pero ellos [los que creen en mí] están en el mundo» (Juan 17:11). Y sabemos que «el mundo entero yace en el maligno» (1 Juan 5:19). Por eso, el alimento que damos a nuestras almas debería hacernos más fuertes en la fe, para que pueda decirse de nosotros estas palabras del apóstol Juan: «Os escribí, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribí, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno» (1 Juan 2:14). Habiendo tomado «el escudo de la fe», podremos «apagar todos los dardos encendidos del maligno» (Efe. 6:16).

Alimentémonos de lo que da crecimiento, firmeza y fuerza en la fe. Todo lo demás nos debilita y deberíamos considerarlo como impuro.

Un buen alimento espiritual fortalecerá nuestra fe en el Señor Jesús.

 

«Toda ave limpia podréis comer» (Deuteronomio 14:11).

No había reglas generales para las aves como las que encontramos para los animales terrestres y los peces, pero podemos extraer algunas aplicaciones morales considerando cuáles podían comer los israelitas y cuáles no.

Podían comer todas las aves puras. Esto nos hace pensar en lo que es celestial y puro por naturaleza. Podemos entenderlo fácilmente: «Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3:2). La pregunta que se plantea aquí es: ¿cómo podemos diferenciar un ave puro de un ave que no lo es?

La lista de los que los israelitas no podían comer menciona a las aves de rapiña, a las omnívoras, a las que corren por la tierra, a las carroñeras o a las bestias que se arrastran, o a lo que no es un ave y sin embargo vuela.

En primer lugar, cualquier ave que se alimenta de carne –ya sea de forma agresiva como rapaz, o con una dieta mixta, o tomando lo que ya está muerto– es impura. El hecho de que el animal vuele no lo convierte en puro. Un verdadero creyente que tiene una porción celestial, puede volverse impuro alimentándose de cosas malas, y el que es fiel debe separarse de ellas.

En segundo lugar, cualquier ave que tenga alas, pero no puede volar es un engaño. Tiene el carácter de lo que es celestial, pero es claramente terrenal. Puede parecerse a la sabiduría celestial, pero «Esta no es la sabiduría que desciende de arriba, sino terrenal, natural, diabólica» (Sant. 3:15).

En tercer lugar, cualquier animal que vuele, pero que no sea un ave –un murciélago o un reptil volador– nos recuerda las artimañas del diablo.

Es necesario el discernimiento y el examen cuidadoso de lo que pretende ser celestial. Hoy en día proliferan las falsas doctrinas que parecen ser bíblicas, pero que solo son el resultado del esfuerzo de los hombres por exponer sus propios pensamientos. A primera vista parecen correctas, pero cuando se comparan con las Escrituras, se revela su verdadero carácter. Debemos rechazar todo lo que no esté de acuerdo con lo que nos enseña la Palabra de Dios.

Un buen alimento espiritual nos hará conscientes de nuestra vocación celestial y nos hará atender a lo que está arriba.


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