1 - El hombre ¿tiene que convertirse?


person Autor: Hendrik Leendert HEIJKOOP 21

library_books Serie: Andar con Jesucristo

flag Tema: El Evangelio de la Salvación


Querido amigo:

El tema abordado por ti merece una seria meditación, por eso quiero ocuparme de él en seguida.

Tú escribes que, a menudo, en conversaciones personales y también en las reuniones cristianas te dicen que tienes que convertirte; pero tú no sientes tal necesidad. Te entregas completamente a tus ocupaciones, tienes un buen hogar y los mejores amigos, conservas la esperanza de recibir pronto un buen empleo y luego disfrutar del mundo. Tus circunstancias te satisfacen y, hablando francamente, las constantes exhortaciones a convertirte te resultan bastante superfluas y fastidiosas.

Lo comprendo muy bien. Hay gente que constantemente se mete en las cosas de otras personas y todo el día da buenos consejos o te dice que todo lo que haces, lo haces mal. Tener que escuchar siempre algo así no es nada agradable, sobre todo porque en el fondo sabes que tienen razón.

Sin embargo, esto es de vital importancia: ¿Tienen razón, o no la tienen? ¿Tienes que convertirte, o no es tan necesario? Si se tratara de una pequeñez, no habría ninguna consecuencia grave que sufrir si más tarde se demostrara que eras tú quien estaba equivocado. Para la próxima vez ya estarías al tanto. Pero, en cuanto a la conversión, se trata de dónde habrás de pasar la eternidad. Eso es tan importante que deberías preocuparte en aclarar el asunto. ¿Has pensado alguna vez en la eternidad? Concuerdo contigo en que jamás la concebiremos en toda su magnitud hasta que hayamos llegado allí, pero sí vale la pena pensar una vez en ella, para que por lo menos tengamos una pequeña impresión de lo que es, ¿no te parece?

Cierta vez leí una leyenda acerca de un joven muy inteligente al que un rey quiso probar. Este le preguntó: «¿Cuánto dura la eternidad?» El joven contestó: “Oh rey, en una tierra lejana hay una montaña muy alta, cuya cumbre está por encima de las nubes. Esta montaña es de dura roca. Cada cien años un pajarito va a afilarse el pico en esa roca. Cuando este procedimiento haya gastado tanto la montaña que ya no se pueda ver, habrá pasado un segundo de la eternidad”.

Esta respuesta da una idea de lo infinita que es la eternidad. Pero ni siquiera es exacta, porque en la eternidad no hay segundos. Allí mil años son como un día, y un día como mil años (2 Pe. 3:8). La eternidad no tiene fin, y por eso tampoco existe forma de medirla. Sin embargo, esta historia nos permite divisar algo de la relación que hay entre la vida terrenal y la eternidad que le sigue. ¿Qué son 10, 50, 80 o aun 100 años, en comparación con la eternidad? Por lo tanto, es muy importante saber dónde y cómo la pasaremos.

Esto me hace recordar otro cuento antiguo. En la Edad Media la mayoría de los príncipes solían tener un bufón. Estos generalmente eran personas que tenían un defecto físico, usaban ropas raras y tenían el deber de divertir a sus señores por medio de su jocosidad o de sus comentarios estúpidos. Eran los payasos de la época.

Hubo pues un príncipe que dio a su bufón un gorro (con borlas y campanillas atadas) y un cetro, como signo de su dignidad, con la condición de que se comprometiera a dar estas cosas a aquel que lo superara en tonterías. No mucho tiempo después el príncipe cayó gravemente enfermo. El bufón lo visitó y le preguntó si se iba a restablecer pronto. El príncipe respondió que los médicos habían dicho que no había esperanza de curación y que dentro de poco moriría.

– Entonces, dijo el bufón, me imagino que su señoría habrá efectuado preparativos para el gran viaje, de modo que todo esté dispuesto para su recepción.

– No, dijo el príncipe; y eso es precisamente lo espantoso: no sé cómo me recibirán.

– ¿Acaso no sabía que algún día tendría que hacer este viaje?

– Lo sabía, pero nunca me preocupé por ello. Había tantas otras cosas que arreglar…

– Pero, dijo el bufón, cuando usted solía ir de viaje, adelante siempre cabalgaba un heraldo que se ocupaba de tener comida y bebida preparadas para su llegada. Cuando salía durante semanas o hasta meses, todo quedaba arreglado con mucho tiempo de antelación. Días antes del viaje, diversos criados se ponían en camino a fin de tener todo listo para su llegada. Y para este gran viaje hacia aquel lugar donde ha de permanecer para siempre, ¿no se ha preparado? Pues tenga, aquí mismo le devuelvo el gorro de bufón y el cetro, porque jamás he sido yo un tan gran bufón.

¿No tenía razón el bufón? Primero, fuiste a la escuela durante años, ahora trabajas todo el día y estudias de noche para obtener un buen empleo. De esa manera te estás esforzando mucho para poder ganar un buen sueldo, posiblemente durante unos cuarenta años y con el fin de disfrutar unos diez o, con una vejez excepcional, veinte años de tu pensión o de los ahorros. ¿Qué dirías de unos padres que no mandasen a sus hijos al colegio y que tampoco les hiciesen aprender algún oficio por tener la siguiente opinión: Hay que dejarlos que jueguen todo lo que quieran, porque los niños ni siquiera piensan en el futuro; cuando tengan edad para cuidarse ellos mismos, entonces verán cómo se las arreglan?

Si tanto te esfuerzas y sacrificas durante muchos años para gozar de una existencia que no dura más de ochenta o noventa años, resulta absolutamente irresponsable no pensar en la eternidad y evitar hacerte la pregunta: ¿Dónde pasaré la eternidad? Además, no sabes en absoluto si el buen cargo al que aspiras efectivamente ha de ser para ti, si caerás enfermo o incluso si tendrás que morir antes de llegar a ese momento. Pero, que la eternidad te espera, esto sí es absolutamente seguro. «Está reservado a los hombres morir una sola vez» (Hebr. 9:27). Nadie ha dudado nunca de esta sentencia bíblica, ni siquiera los más grandes escarnecedores y empedernidos ateos. Es una verdad que no pueden desmentir, pues la gente se mofaría de ellos, porque ¿quién no ha visto la muerte de cerca alguna vez?

Pero, ¿cómo prosigue este versículo de Hebreos 9? «Y después de esto el juicio». Es, pues, una irresponsable necedad no preocuparse por nada y dejar, con toda tranquilidad, que todo se le caiga a uno encima. Sin duda alguna, un día percibirás por ti mismo dónde deberás pasar la eternidad. Pero durante toda la eternidad, ya no se podrá modificar nada. «En el lugar que el árbol cayere, allí quedará» (Ecl. 11:3).

Ahora dirás: –Claro, pero no tengo tanta prisa. De todas formas, tengo mucho que hacer. Y tampoco quieres ocuparte en tus ratos de ocio de cosas tan lóbregas como la muerte. Juzgas que bien podrás hacerlo cuando tengas más edad, cuando hayas disfrutado de tu vida y encuentres más tiempo para reflexionar sobre la muerte. Pero, ¿acaso sabes si aún te quedan cincuenta años de vida? ¿O treinta? ¿O solamente diez? ¿O tan solo doce meses, o apenas doce horas?

Estoy pensando en un comerciante holandés que desde la puerta de su tienda escuchaba a un predicador callejero. Terminada la plática, el comerciante entró en su trastienda, se sentó en una silla y de repente se quedó muerto. Supongamos que todavía vivas mucho tiempo, ¿querrás, mientras tengas fuerzas y salud, hacer lo que quieras y dejar de lado a Dios? Y si así quieres obrar (y sigues viviendo), ¿esperas que Dios te aceptará en un futuro? Por supuesto que Dios «quiere que todos los hombres sean salvos» (1 Tim. 2:4). Él clama a todos los hombres: «Reconciliaos con Dios» (2 Cor. 5:20). Tanto al malhechor en la cruz como a miles más que aun en su lecho de muerte se convirtieron al Señor, él los aceptó. Yo mismo conocí a una mujer que se convirtió a los 85 años de edad.

En Job 33:14 está escrito: «En una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende». Después de que Faraón se negase varias veces a escuchar, Dios le endureció el corazón, de manera que a continuación ya no pudo convertirse.

Igualmente, después del arrebatamiento de la Iglesia, a todos los que hayan oído el Evangelio, pero no lo hayan creído, Dios les mandará «una energía de error… para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad» (2 Tes. 2:11-12). Dios también puede hacer lo mismo contigo si vuelves una y otra vez a rechazar su invitación a convertirte. «Pues bien, Dios dejó pasar aquellos tiempos de ignorancia, pero ahora ordena a los hombres que todos, en todas partes, se arrepientan; por cuanto fijó un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por un Hombre que él ha designado, dando prueba ante todos al resucitarlo de entre los muertos» (Hec. 17:30-31).

¿No deberías, pues, tomar a pecho esta cuestión e ir a Dios ahora mismo, confesando tus pecados y rogándole que te acepte?

«Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros: ¡os rogamos por Cristo, reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:20-21).

«Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Hebr. 4:7).

Con afectuosos saludos.


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