Piedra viva, piedras vivas


person Autor: Philippe FUZIER 1 (Marzo 2022)

flag Tema: La Iglesia o la Asamblea


«El Señor… piedra viva… elegida y preciosa a los ojos de Dios… vosotros también, como piedras vivas…» (1 Pe. 2:4-5).

1 - Las piedras en la Palabra de Dios

¿Qué es más común que una piedra? Cuando caminamos por la montaña o por los senderos, no las prestamos mucha atención, salvo para evitar tropezar con algunas y caernos. Sin embargo, la Palabra de Dios habla de muchas de ellas, y no solo de las piedras preciosas. Nuestro Dios utiliza las cosas de la naturaleza (1 Cor. 11:14) para enseñarnos lecciones importantes sobre la propia Persona de Su Hijo y también sobre nosotros.

Jacob, huyendo de la venganza de su hermano Esaú, pasó la noche en un velador (Gén. 28:10-11); poco después, hizo rodar para Raquel la gran piedra que se había colocado sobre la boca de los pozos para protegerlos (Gén. 29:10). También se colocaban grandes piedras delante de la abertura de las tumbas de piedra (Juan 11:38; Marcos 16:3). La estela que atestiguaba el acuerdo entre Jacob y Labán estaba hecha de piedras (Gén. 31:45-48). Los altares al Señor eran altares de piedras (Éx. 20:25; Deut. 27:5-6); el altar construido por el profeta Elías estaba hecho de doce piedras que atestiguaban la unidad de su pueblo a los ojos de Dios, a pesar de la ruina y la división de los dos reinos, Israel y Judá (1 Reyes 18:31-32). La Ley fue escrita «con el dedo de Dios» en tablas de piedra (Éx. 31:18; 34:1; Deut. 27:8). Cuando Israel entra en la tierra de Canaán cruzando el Jordán, se sacan doce piedras del río y se colocan en Gilgal, y se colocan otras doce piedras en el Jordán que las cubrirán (Josué 4). Como recordatorio de que el Señor ha ayudado a su pueblo, Samuel levanta una piedra «entre Mizpa y la peña», y la llama «la piedra del socorro» (Eben-ezer) (1 Sam. 7:12). Elías será fortalecido con comida cocida sobre piedras calientes (1 Reyes 19:6). Para mostrar a los judíos cuán humillados estarían bajo el gobierno del rey babilonio, el Señor pidió a Jeremías que escondiera grandes piedras en un horno (Jer. 43:8-13). Las piedras también se utilizaban, por supuesto, para construir casas (Lev. 14:40, 42, 45), etc.

1.1 - «La Piedra» y «las piedras»

El propio Señor Jesús es llamado repetidamente «la piedra», con diversos calificativos; un discípulo fue llamado Pedro por el Señor – «una piedra»- y los creyentes son llamados «piedras vivas». Esto nos lleva a considerar algunos pasajes de la Escritura en los que se menciona la piedra, o las piedras, en relación con el Señor Jesús o los redimidos.

Jesús es «una piedra», o «la piedra», aparte y gloriosa. Él es:

  • La piedra viva,
  • la primera piedra,
  • la piedra principal del ángulo, o piedra angular,
  • la cabeza de la esquina.

Pero también es «piedra de tropiezo» para los que Le rechazan, los «desobedientes» o incrédulos, que no quieren creer en la verdad de la Palabra de Dios (1 Pe. 2:8 – véase también Rom. 9:32-33).

El plural «piedras» se refiere a los creyentes que están asociados con Cristo en la vida y en la gloria (1 Pe. 2:5; Zac. 9:16).

2 - La piedra

2.1 - Las características de la piedra

Las Escrituras nos presentan siete características de Jesucristo como «la Piedra». Hay un contraste total entre la estimación de los hombres y la de Dios en cuanto a esta «Piedra», que está:

¡Qué valor tiene esta «piedra» para Dios! Ella es elegida, escogida, preciosa para él. Su Hijo único es desde la eternidad «su delicia» (Prov. 8:30). Es el Hijo del amor del Padre (Col 1:13). «El Padre ama al Hijo» (Juan 3:35; 5:20), y esto desde antes de la fundación del mundo (Juan 17:24b). Cuando vino a la tierra para glorificar a Aquel que le había enviado y para cumplir su voluntad y la obra que le había encomendado, Dios mismo dio testimonio de su amor por él, diciendo: «Este es mi amado Hijo, en quien tengo complacencia» (Mat. 3:17; 17:5). Jesús dio a su Padre un motivo nuevo y adicional para amarle cuando dio «su vida» (Juan 10:17), ofreciéndose a Dios en holocausto perfecto, en completa dedicación y obediencia, «olor grato» a Dios (Gén. 8:21; Éx. 29:18; Lev. 1:9, 13, 17). Plenamente glorificado por su Hijo, Dios lo resucitó, lo elevó en el cielo a su diestra y lo coronó de gloria y honor.

¡Qué valor tenemos para Dios! Nosotros, antes piedras “muertas”, pero ahora “vivas” y “preciosas” a sus ojos. Nos amó tanto que dio a su Hijo único por nosotros (Juan 3:16) y lo abandonó en la cruz (Sal. 22:1); «no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros» (Rom. 8:32).

¡Qué valioso es Cristo para nuestros corazones! Él es quien nos ama y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre (Apoc. 1:5); él es nuestro Salvador, nuestro Redentor, el Justo que sufrió para llevarnos a Dios (1 Pe. 3:18); él es quien sí mismo se ofreció como sacrificio para expiar nuestros pecados, quien murió para darnos la vida. Para los creyentes, él es esa piedra de gran precio (1 Pe. 2:7), maravillosa ante sus ojos al contemplar su adorable Persona (Sal. 118:23), esa piedra de un valor inestimable; él es la «piedra» viva por la que tienen vida y todas las bendiciones presentes y eternas de las que él es garante.

2.2 - Jesucristo, piedra de fundamento

El Señor proclama por medio del profeta Isaías: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable» (Is. 28:16). El profeta presenta esta «piedra» bajo dos aspectos: piedra de fundamento y piedra angular. Esta «piedra» tiene tres características importantes: es «probada» por Dios, «preciosa» para los santos y un «fundamento estable» en sí misma.

Este fundamento está «bien fundado» porque es una piedra «probada» que ha soportado la «prueba» del Dios santo; su valor ha sido demostrado y ha sido plenamente aprobada. Por el espíritu profético, el Señor Jesús, que estaba bajo el ojo escrutador de Dios durante su vida en la tierra, pudo decir: «Me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste» (Sal. 17:3). Era perfecto e irreprochable en toda su Persona, sus pensamientos, palabras y obras. Desde el cielo, Dios dio testimonio dos veces del placer que encontraba en su Hijo amado (Mat. 3:17; 17:5). Con tal «piedra» Dios pone un fundamento inconmovible y eterno. El apóstol Pedro, utilizando el versículo de Isaías 28, utiliza la palabra «elegidos» en lugar de «probados» (1 Pe. 2:4). Esta piedra es, pues, seleccionada por Dios y «colocada», establecida por su favor (v. 6). Cristo es el elegido de Dios (Lucas 23:35), el rey que él ha ungido «sobre Sion» (Sal. 2:6); y al mismo tiempo, como «elegido», es esa piedra que ha sido designada por Dios como la única que puede cumplir todos sus requisitos como piedra de fundamento, capaz de soportar y sostener para siempre ese edificio que se ha levantado sobre ella y que es «la casa de Dios, la Iglesia del Dios vivo» (1 Tim. 3:15).

La piedra de fundamento es «preciosa» porque es la Persona misma del Hijo único de Dios; y así se convierte en preciosa para aquellos cuyo corazón puede decir: «El Hijo de Dios… me amó y… sí mismo se dio a por mí» (Gál. 2:20). Él es Aquel por quien han recibido la salvación, el perdón, la paz, la vida. Por él han conocido el amor del Padre por ellos, por su sacrificio han conocido su amor por ellos. La persona de su Salvador y Señor, el objeto de su fe y esperanza, tiene un gran precio para sus redimidos.

Dios reveló a Pedro que Jesús era «el Hijo de Dios vivo» (Mat. 16:17). A su vez, el Señor revela a su discípulo que esta «roca», la revelación de la gloria de su Persona y de su vida de resurrección, será el fundamento del edificio que él mismo construirá, su Asamblea, que solo le pertenece a él: Yo «edificaré mi asamblea» (v. 18). Y el Señor le recuerda el nombre que le dio en su primer encuentro (Juan 1:42-43), el nombre que lo designa como una de las «piedras vivas» que formarán parte de este maravilloso edificio (Mat. 16:16-18). Todos los que creen en el Señor Jesús, que fue «entregado a causa de nuestras ofensas y fue resucitado para nuestra justificación» (Rom. 4:25), son piedras vivas en la casa espiritual.

2.3 - Jesús, la piedra principal del ángulo

2.3.1 - La maestra piedra angular colocada por el Señor

Ya encontramos una mención a la «piedra angular» en el libro de Job, cuando el Señor responde a Job y describe cómo creó el mundo. Él mismo fundó la tierra y puso sus cimientos –un cimiento inamovible (Sal. 104:5; Job 38:4)– y «puso su piedra angular» (Job 38:6), por la cual la tierra está firmemente establecida, como lo estará su santuario: «Edificó su santuario a manera de eminencia, como la tierra que cimentó para siempre» (Sal. 78:69). Así, Dios puso los cimientos de la primera creación, pero él mismo «pondrá» la «piedra probada, angular, preciosa» en Sion, el monte de la gracia (Is. 28:16; 1 Pe. 2:6). «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. De parte de Jehová es esto» (Sal. 118:22-23). Al final de la gran tribulación venidera (Mat. 24:21-22), los hijos de Israel pondrán su confianza en este fundamento seguro, el Señor Jesús, que los liberará del asirio (véase Is. 31:4-5).

El profeta Zacarías presenta la venida del Mesías al final de este tiempo de prueba y sufrimiento para el remanente fiel de su pueblo. Él “visitará” al remanente de Judá y lo utilizará para el juicio de varias naciones (Zac. 10:3b). Él es la piedra angular, el fundamento seguro para su pueblo, en marcado contraste con el «refugio en la mentira» (Is. 28:15) que los hombres han construido: “El que creyere no se apresure (con temor)” (28:16). Cristo Jesús está entonces presentado como procedente de Judá: «de él (Judá) saldrá la piedra angular» (Zac. 10:4), por la que esta tribu tendrá preeminencia en el reino milenario. Los Evangelios lo confirman por su genealogía (Mat. 1:3-16; Lucas 3:23-34), al igual que el autor de la Epístola a los Hebreos, que nos muestra a nuestro sumo Sacerdote en el cielo: «Es evidente que nuestro Señor ha surgido de Judá» (Hebr. 7:14).

2.3.2 - La piedra principal del ángulo en la que está la estabilidad

En su Primera Epístola, el apóstol Pedro compara la Persona del Señor Jesús con una «piedra viva», y los santos también son comparados con «piedras vivas», elementos constituyentes de una casa espiritual (véase 1 Pe. 2:4-5). Luego cita tres pasajes del Antiguo Testamento que nos presentan esta piedra «escogida, preciosa» (v. 6-8):

  • «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra… angular» (Is. 28:16).
  • «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. De parte de Jehová es esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos» (Sal. 118:22-23).
  • «Piedra para tropezar… tropezadero para caer» (Is. 8:14) –esta tercera cita es una advertencia a los incrédulos.

Con las dos primeras citas, el apóstol coloca la «piedra angular» ante los ojos de quienes creen «en ella»; presenta a la Persona de Jesús como esa piedra esencial que desempeña un papel fundamental en la estabilidad de la Casa de Dios. El término «preciosa» subraya su importancia para la construcción de la Casa. Un creyente ha escrito: “El Señor Jesús no es solo el fundamento sobre el que se construye su Asamblea, sino que es también la piedra angular puesta por Dios mismo, que da a todo el edificio su valor, su medida y su dirección” (A. Remmers). Así como la piedra angular mantiene y sostiene juntas dos paredes de un edificio, así Cristo une a judíos y gentiles (no judíos) para ser una morada de Dios a través de su Espíritu.

2.3.3 - La piedra que salva

Anteriormente, cuando Pedro tuvo que responder ante los principales sacerdotes y los dirigentes del pueblo por la curación milagrosa de un tullido de nacimiento (véase Hec. 3:1-8), citó el Salmo 118 (Hec. 4:11). Afirmó con fuerza y audacia que esta curación se había realizado en nombre de Jesucristo, el despreciado nazareno a quien habían dado muerte, pero a quien Dios había resucitado (v. 10). Jesús de Nazaret fue para su pueblo Israel como una piedra sin brillo, sin atractivo y sin apariencia (Is. 53:2b), pero la «piedra» que despreciaron y rechazaron, fue glorificada por Dios a cuyos ojos es preciosa, y se convirtió en la «piedra… cabeza del ángulo». Solo en él y por la fe en su nombre está la salvación (v. 11-12).

2.3.4 - La piedra que rompe y aplasta

El Señor Jesús, antes que su apóstol, había citado el Salmo 118 al hablar a los dirigentes del pueblo y a los fariseos (Mat. 21:42). Les dice que, puesto que le rechazaron a él, la piedra viva, el reino de Dios será dado a los gentiles, y ellos serían rotos o aplastados por esta piedra que no reconocieron y no quisieron (v. 43-44). Obsérvese que los tres Evangelios sinópticos recogen la cita del Señor Jesús de los versículos 22 y 23 del Salmo 118 (Mat. 21:42-44; Marcos 12:10-12; Lucas 20:17-19). Hemos visto que Pedro, a su vez, lo cita, pero añade una palabra solemne de Isaías (1 Pe. 2:8; Is. 8:14).

¡Qué glorioso recordatorio del lugar de honor y gloria que Aquel que fue despreciado y rechazado por los suyos recibió de parte de Dios! Pero ¡qué solemne advertencia sigue para los judíos, repetida así varias veces (véase de nuevo Rom. 9:32b-33)! Con esta escritura, el Señor recuerda a los constructores (especialmente a los líderes del pueblo) cuáles serán las graves consecuencias de su rechazo. La piedra quebrantará a quien caiga sobre ella –este “quebrantamiento” tendrá lugar en el año 70 d.C., cuando la ciudad de Jerusalén fue destruida por los romanos; pero también aplastará a aquel sobre quien ella caiga –esto sucederá en un tiempo venidero, cuando la «piedra cortada, no con mano» destruya al Imperio romano reconstituido y a sus asociados, los judíos apóstatas y el anticristo que estará a su cabeza (Dan. 2:34-35, 44b-45).

2.4 - Jesús, la piedra del pináculo

Cuando Jesús vino como Siervo en medio de su pueblo, no tuvieron por él ninguna estima; lo despreciaron y lo abandonaron (Is. 53:3). Pero él, que era la piedra rechazada, se convirtió en la “piedra del pináculo”, exaltada y glorificada por Dios. Considerando lo que Dios ha hecho, resucitando a Cristo de entre los muertos y haciéndolo sentar a la diestra de la Majestad «por encima de todos los cielos» (Efe. 4:10), decimos con el autor del Salmo 118: «Nos gozaremos y legraremos en él» (v. 24).

Cristo es la piedra del pináculo, la más alta del edificio; la corona de gloria, aquella de quien se dirá «con aclamaciones: Gracia, gracia a ella» (Zac. 4:7), pues sobre ella se manifestará y descansará todo el favor de Dios. Ella es la corona gloriosa de este edificio que es la Casa de Dios, la Asamblea.

La piedra de fundamento fue colocada en las tinieblas y la muerte de Jesús en la cruz, pero la piedra del pináculo manifiesta la gloria de Cristo resucitado y victorioso. La piedra de fundamento evoca «los padecimientos de Cristo», pero la piedra del pináculo presenta «las glorias que los seguirían» (1 Pe. 1:11).

2.5 - Las tres glorias de la piedra

Obsérvese que Zacarías, que profetizó en la época de la reconstrucción de la Casa de Dios en Jerusalén (Esd. 5:1-2; Zac. 1:1), nos presenta en su profecía los tres aspectos gloriosos de la verdadera «piedra», Cristo:

  • «Aquella piedra… esta única piedra» (3:9): esta es la piedra de fundamento del futuro templo del reino milenario, en la que todo se concentra y todo descansa de manera inconmovible;
  • La «primera piedra» (la del pináculo) (4:7): Será aclamada por un pueblo que reconocerá a Cristo como su Mesías; todos los obstáculos para la restauración final del pueblo serán eliminados (véase Is. 40:4) y Cristo reinará sobre todos;
  • La «piedra angular» (10:4): es sobre aquel que viene de la tribu de Judá (Hebr. 7:14) que los propósitos de Dios están establecidos. Solo de él vendrá la gloria del Judá restaurado.

La profecía de Zacarías se dirige a Judá, devuelta a su tierra y a Jerusalén después del cautiverio, pero, para el pueblo actual de Dios en la tierra, Cristo, la «piedra viva», tiene estas características diferentes en relación con la Casa de Dios, la Asamblea.

3 - Las piedras

3.1 - Piedras vivas

Cuando invita a los creyentes a acercarse al Señor Jesús «para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo» (1 Pe 2:5), el apóstol Pedro emplea estas notables palabras: «Vosotros también, como piedras vivas…». Esta expresión de la Palabra de Dios parece contradictoria: ¿qué hay más inerte, muerto, que una piedra; cómo puede ser cualificada de viva? Sin embargo, los creyentes son llamados «piedras vivas»: ¡Están capacitados para presentar a Dios el fruto bendito de labios que confiesan el nombre de Jesucristo! (Hebr. 13:15; Is. 38:19). Estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, pero, en virtud de la obra de Cristo en la cruz, la vida nos ha sido dada, hemos sido vivificados (Efe. 2:5); estábamos muertos, pero ahora hechos vivos, «vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom. 6:11).

Cristo «estuvo muerto» pero resucitó por la gloria del Padre (Rom. 6:4), ahora está eternamente vivo –«ya no muere» (Rom. 6:9). Ha dado la vida a los que, estando muertos moralmente en sus pecados, han creído en él. Él es su vida (Col. 3:4), y por medio de él tienen vida para el presente y para la eternidad. Ahora han pasado de ser «piedras muertas», sin relación alguna con Dios y alejadas de él (Efe. 2:12b-13), a ser «piedras vivas», estrechamente vinculadas a la piedra viva, y edificadas sobre la preciosa piedra de fundamento que Dios ha elegido. En efecto, la Asamblea de Dios es ese edificio que está construido sobre el fundamento seguro de la Persona de Cristo. Él es la primera piedra del edificio, aquella sobre la que descansa todo y, cada vez que un alma está salvada, es añadida a este maravilloso edificio espiritual que se eleva para gloria de Dios.

La obra que Cristo ha hecho es perfecta; la base ha sido puesta, inamovible, y el Espíritu Santo que él ha enviado a la tierra encuentra, da forma y añade las piedras del edificio a la piedra de fundamento; todas juntas constituyen una «morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:22). Este edificio, según el consejo de Dios, está «bien coordinado» en Cristo (Efe. 2:21), cada piedra en su lugar, unida a las demás piedras.

Una piedra es, de hecho, un trozo de roca. Cada creyente, piedra viva, es como un trozo de la Roca (griego: petra), que es Cristo. Todos juntos, los creyentes están íntimamente asociados con él, hacen «parte» de él, viven en Su propia vida de resurrección. Sobre Cristo, la Roca indestructible, se edifica una «casa espiritual» (1 Pe. 2:5), cada piedra de la cual es una persona redimida en la obra de la cruz. Cada una de ellas es parte integrante de la Casa de Dios, habiendo sido edificada por el ministerio de los apóstoles y profetas sobre el único fundamento divino puesto por Dios. Nosotros somos «el templo del Dios vivo», dirá el apóstol Pablo a los creyentes de Corinto (2 Cor. 6:16; véase 1 Cor 3:16). También afirmará: «Porque nadie puede poner otra base diferente de la que ya está puesta, la cual es Jesucristo», la «piedra angular» (1 Cor. 3:11; Efe. 2:20). Así, las «piedras vivas» que componen esta Casa de Dios solo existen a través de la «piedra viva» sobre la que se edifica la Asamblea de los “llamados fuera” del mundo.

3.2 - Piedras vivas y un sacerdocio santo – 1 Pedro 2

En el primer párrafo del capítulo 2 de su Primera Epístola, el apóstol Pedro expone el hecho de que los que han creído en Jesús son ahora «piedras vivas» que se vuelven activas en la alabanza (v. 5) y el testimonio (v. 9). Han experimentado la bondad del Señor, se acercan a él como a una «piedra viva» que les ha dado la vida y ha hecho de ellos una casa espiritual, así como un sacerdocio que tiene dos aspectos:

  • El primero –santo– está relacionado con el cielo y las Personas divinas;
  • el segundo –regio– está en relación con la tierra y los hombres.

El privilegio y la responsabilidad de aquellos a quienes Cristo ha hecho sacerdotes para Dios (Apoc. 1:6; 5:10) es poder «ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo» (1 Pe. 2:5; Hebr. 13:15). El «sacerdocio santo» está relacionado con la Casa de Dios. Las «piedras vivas» son aquellos sacerdotes que juntos ofrecen sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo, a quien siguen en la alabanza (Hebr. 2:12). Es como si de un solo corazón, llenos de la Persona a la que se acercan sin temor y libremente, surgiera la alabanza. De la abundancia de este corazón se abre con gozo la boca para expresar gratitud y adoración a Aquel que les dio la vida muriendo por ellos, Aquel que es la piedra angular viva principal del ángulo en quien está la salvación (Hec. 4:11), Aquel por quien viven y sobre quien ahora están edificados para gloria de Dios. «Mis labios se alegrarán cuando cante a ti, y mi alma, la cual redimiste» (Sal. 71:23).

Los que han sido hechos un reino además de sacerdotes (Apoc. 1:6; 5:10 –comp. Éx 19:6) están llamados a ejercer un «sacerdocio real» ante el mundo, para proclamarle las virtudes de Aquel que llama a las “piedras muertas” de las tinieblas a la “luz admirable” de su presencia y las convierte en «piedras vivas» para su gloria.

3.3 - Piedras de la cantera del mundo (1 Reyes 6)

En la construcción del templo de Salomón, tipo del edificio celestial de hoy, tenemos un hermoso cuadro de la obra de Dios al vivificar a los que estaban muertos y darles vida. Para construir la Casa de Dios, Salomón trajo «Piedras costosas, piedras grandes, piedras de diez codos y piedras de ocho codos», es decir, de unos 5 y 4 metros (1 Reyes 7:10). Leemos: «Y cuando se edificó la casa, la fabricaron de piedras que traían ya acabadas, de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro» (1 Reyes 6:7).

Parece que estas piedras enormes y pesadas se prepararon en las profundidades de las grandes canteras que había bajo la ciudad de Jerusalén (Ch. Stanley, M. É. 1866). Se cortaban y se les daba forma y luego, cuando estaban listas, se sacaban de la cantera, se transportaban para colocarlas en su lugar y formar la casa. Se colocaban sobre las «piedras costosas» del fundamento, que nos hablan de Cristo, el único fundamento (1 Cor. 3:11) y, una vez en su lugar, ellas mismas se convertían en «piedras costosas» (1 Reyes 7:10-11). Todo esto, sin ruido, pues todo el trabajo de las piedras se hacía en la cantera y no en el emplazamiento del templo.

El corazón del hombre incrédulo es como una piedra, como el de Nabal (véase 1 Samuel 25:37), cuyo nombre significa «loco». Dice la Palabra de Dios: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios» (Sal. 14:1; 53:1); su corazón está cerrado y muerto en cuanto a Dios. Pero, a través del Evangelio predicado en todo el mundo (Marcos 16:15) y a través de la obra de su Espíritu, Dios prepara piedras en la cantera del mundo. Cualquier persona que, oyendo el Evangelio por medio de la Palabra de Dios, lo recibe y lo acepta en su corazón (1 Tes. 2:13) se convierte en creyente y pasa «de muerte a vida» (Juan 5:24). Su corazón de piedra es reemplazado por un «corazón de carne» (como Dios hará con las diez tribus en un tiempo futuro –Ez. 11:19; 36:26). Este corazón está hecho vivo para Dios y abierto para recibir en sí mismo el amor de Dios que el Espíritu Santo derrama en él cuando uno ha creído (Rom. 5:5).

El que ha creído en la obra de Cristo, que sí mismo se entregó por los pecados, es retirado (la palabra griega utilizada aquí es fuerte: arrancado) del mundo, del «presente siglo malo» (Gál. 1:4). Una obra espiritual ha sido realizada en él secretamente, sin el conocimiento de los hombres de este mundo. La «piedra» ha pasado «de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios» (Hec. 26:18); ha sido sacada –liberada– de la oscura cantera del mundo y depositada sobre Cristo, la piedra viva del fundamento que le comunica la vida y hace de ella una piedra viva. El Señor Jesús dijo: «Nadie puede venir a mí si el Padre… no le trae» (Juan 6:44). Es por la gracia soberana de Dios que un alma muerta en nuestros «en pecados» (Efe. 2:5) es atraída a Cristo para obtener la vida eterna.

Todas estas piedras, vivificadas con la vida de Jesucristo, forman la Casa de Dios en la tierra, la Asamblea. Así, añadidas una a una al edificio por el Señor (Hec. 2:47), encajadas y ligadas entre sí, constituyen este edificio divino que se levanta sin que el mundo se dé cuenta, hasta el día en que la última piedra sea colocada en su lugar y el edificio esté terminado. Ahora es la «morada de Dios en el Espíritu» y será en la gloria venidera «un templo santo en el Señor» (Efe. 2:21-22).

El hombre puede ser comparado a una piedra, un material mineral totalmente inerte, pasivo en la obra que se hace para ella: preparada, transportada fuera de la cantera, puesta sobre el fundamento. Esta obra de vivificación corresponde exclusivamente a las Personas divinas: «El Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere»; «el Espíritu es el que da vida» (Juan 5:21; 6:63; véase también Efe. 2:5; Col. 2:13). El hombre no entra en la obra de redención realizada por Cristo para su salvación. Todo ha sido hecho para él por el Salvador, en la gran obra de la cruz. El que oye el Evangelio nada tiene que hacer, sino aceptar la gracia de Dios y creer. «Porque por gracia sois salvos mediante la fe; y esto no procede de vosotros, es el don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe; porque somos hechura suya» (Efe. 2:8-10). Nadie puede obtener la vida pensando que puede hacer las «obras de Dios». La salvación de un alma, es la obra de Dios en gracia por el pecador, Cristo recibido por la fe en el corazón: «Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel a quien él envió» (Juan 6:29).

Por último, observamos que las paredes de piedra de la casa estaban cubiertas con tablones de cedro –«todo era cedro; ninguna piedra se veía» (1 Reyes 6:18); luego, todo el interior de la casa estaba recubierto de oro (1 Reyes 6:22). Así que las piedras estaban completamente ocultas. En la Casa de Dios no se ve a ningún pecador. El creyente está ahora «escondido» en Cristo (Col. 3:3), revestido de la justicia de Dios.

Como una piedra en una cantera, el pecador estuvo una vez muerto (evocado por las calabazas silvestres que había en los tablones de cedro –1 Reyes 6:18; véase 2 Reyes 4:39-40). Pero ahora, habiendo creído, ha resucitado (las flores entreabiertas –1 Reyes 6:18), está bien establecido en la Casa de Dios, y crece «como el cedro en el Líbano» (Sal. 92:12-13). El cedro habla aquí de grandeza, nobleza, majestad y duración. Dios nos ha tomado en nuestra miseria para elevarnos y sentarnos en compañía de los nobles de su pueblo (Sal. 113:7-8). Por el valor de su sangre, Cristo nos ha hecho reyes que reinarán con él (Apoc. 1:6; 5:10; 2 Tim. 2:12). David podía decir: «En la casa de Jehová moraré por largos días» (Sal. 23:6), pero los creyentes pueden decir con fe: «Estaremos siempre con el Señor», eternamente con él en la Casa del Padre (1 Tes. 4:17; Juan 14:3).

3.4 - Piedras preciosas

El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, les dice que lo que contribuye positivamente a la construcción del edificio de Dios «sobre esta base… la cual es Jesucristo» es el oro, la plata y las piedras preciosas (1 Cor. 3:11-12). Son piedras preciosas a los ojos de Dios, que ha hecho de las piedras «muertas» y sin valor, piedras «vivas» y valiosas. Como Cristo es esta piedra «preciosa a los ojos de Dios», los redimidos, que están en Cristo y a quienes Dios ve en él, se han convertido en preciosos para Aquel que los amó –«Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé» (Is. 43:4).

Una piedra, que al principio es simplemente arena, arcilla o carbón, oculta en la tierra, es objeto de una transformación –que lleva tiempo y que el hombre no ve– para convertirse en una piedra de magnífica belleza y gran precio. Lo que le da valor a una piedra preciosa, es el trabajo realizado en ella por el lapidario y la luz que la hace brillar.

Dios, «a causa de su gran amor con que nos amó» (Efe. 2:4), ha hecho de nosotros piedras que viven de la vida misma de Cristo resucitado. Por la obra del Espíritu Santo, Dios modela estas piedras vivas y preciosas, que tienen el privilegio de reflejar las diversas glorias de Cristo. Se ha escrito: “De un material en sí insignificante, de las oscuras profundidades de la tierra, surge, por una transformación interior en secreto y por una plasmación exterior, una joya” (A. Remmers). Si los santos permanecen a la luz de Dios, si la luz de Cristo brilla sobre ellos (Efe. 5:14), si se dejan cortar y modelar por el divino «lapidario» (Éx. 28:11), entonces reflejarán sus magníficas y variadas glorias. Con gratitud y adoración, consideramos que nosotros, que estamos formados «de barro» (Job 33:6), hemos sido objeto de la pura gracia de Dios, que nos ha transformado en joyas preciosas, reflejo de las glorias de Cristo para gloria de Dios.

Hay muchas piedras preciosas mencionadas en las Escrituras. A menudo se presentan en listas que nos cuentan diversos aspectos de las glorias de Dios y del Señor Jesús.

Desde el principio del Génesis, vemos que en la tierra de Havila había oro, bdelio y piedras de ónice (Gén. 2:12). Estas piedras preciosas se encontrarán en las hombreras del efod y en el pectoral del sumo sacerdote (Éx. 28:9, 20; 39:6, 13). Pero la sabiduría –Cristo mismo– tiene un precio incomparable, que el «ónice precioso» no puede igualar (Job 28:16).

En el libro del profeta Ezequiel, tenemos una lista de nueve piedras preciosas, así como otros elementos, todos ellos preparados por Dios, que nos hablan de la gloria de Dios en la creación (véase Ez. 28:13). También aquí encontramos la piedra de ónice. La gloria de Dios en poder y sabiduría se discierne en la primera creación, los cielos y la tierra que salieron magníficamente de sus manos (véase Sal. 19:1-6).

Para el magnífico templo, «la casa no para hombre, sino para Jehová Dios», la Casa de Dios que Salomón iba a construir, el rey David había preparado «piedras de ónice, piedras preciosas, piedras negras, piedras de diversos colores, y toda clase de piedras preciosas, y piedras de mármol en abundancia» (1 Crón. 29:1-2). Y Salomón vistió la casa con estas piedras preciosas, «para ornamento» (2 Crón. 3:6). Ciertamente, «en su templo todo proclama su gloria» (Sal. 29:9).

3.4.1 - Las piedras del efod – Éxodo 28

En las vestiduras del sumo sacerdote, «para honra y hermosura» (Éx. 28:2), se podían ver brillar muchas piedras preciosas. En primer lugar, estaban las dos piedras de ónice (o berilo) del efod, que se fijaban sobre los hombros del sumo sacerdote. En cada una de estas piedras estaban grabados seis de los nombres de las tribus de Israel. Estaban firmemente engarzadas en engastes de oro, que nos hablan de la justicia divina con la que estamos revestidos por Dios en virtud de la obra de Cristo (Éx. 28:20; comp. 2 Cor. 5:21).

Eran «piedras memoriales»; los nombres de los hijos de Israel grabados en ellas eran llevados «delante de Jehová» (v. 12). Así se les recordaba continuamente ante Dios. Este pueblo amado por su Dios estaba representado ante él por el sumo sacerdote que llevaba el efod (1 Sam. 2:28), sobre cuyos hombros brillaban estas piedras preciosas. Estas piedras preciosas indican hoy al pueblo celestial de Dios que “la asamblea comprada con sangre nunca será olvidada por Dios” (P.F. Kiene). Son un tipo de nuestro gran Sumo Sacerdote en el cielo, par «ahora comparecer ante Dios por nosotros» (Hebr. 9:24). Somos colocados en la presencia de Dios, en el resplandor de las glorias de Cristo y según la justicia de Dios. ¡Qué seguridad para los santos saberse en total seguridad y constantemente llevados sobre los poderosos hombros de su Sumo Sacerdote!

3.4.2 - Las piedras del pectoral – Éxodo 28

Luego estaban las doce piedras del pectoral que llevaba el sumo sacerdote sujetas al efod para que no se moviera de su pecho. Cada una de ellas llevaba el nombre de una tribu de Israel, «como grabaduras de sello» (v. 21). «Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo» (Cant. 8:6), pide la amada a su amado. Ella desea tener un lugar en su afecto, en su amor que lo ha llevado hasta la muerte (v. 6b, 7a) –así ella reclama la protección de su poderoso brazo. Conocemos su amor y su poder, nosotros que estamos permanentemente sobre el corazón y los hombros de nuestro gran Sumo Sacerdote, el Señor Jesús.

Las piedras estaban firmemente sujetas al pectoral, engarzadas en monturas de oro, al igual que las dos piedras de las hombreras del efod. No podían ser arrancados del pectoral, y así hoy los santos no pueden ser «arrancados» de la mano de su Señor, ni de la mano de su Padre (Juan 10:28-29). Estamos bien asegurados, pues «quién nos separará del amor de Cristo» y «del amor de Dios, que está en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom. 8:35, 39).

Cada una de las piedras del pectoral del sumo sacerdote refleja una de las variadas glorias de Cristo. En ellas son visibles estas glorias, cada una de las cuales brilla con un resplandor y un color diferentes. ¿Se reflejan las glorias de Cristo en cada uno de nosotros? ¿Se glorifica siempre a Cristo en los suyos? (Juan 17:10). Podemos orar, como lo hacía el apóstol Pablo, para que «el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (2 Tes. 1:12).

3.4.3 - Las piedras preciosas de la Jerusalén celestial – Apocalipsis 21

Al final del libro del Apocalipsis, se describe la ciudad santa, la Jerusalén celestial y divina, en su belleza y gloria (Apoc. 21:18-23). La piedra de jaspe, opaca pero multicolor, aparece muchas veces. Así vemos brillar la gloria de Dios y de Cristo en la Asamblea. La luminaria de la ciudad, o la fuente de su luz, Cristo mismo, es semejante a una piedra «muy preciosa» de jaspe cristalino; su muralla está construida de una piedra de jaspe, y el primero de sus doce fundamentos –todos ellos «adornados con toda clase de piedras preciosas» (v. 19)– es una piedra de jaspe (Apoc. 21:11, 18-19).

Esta piedra preciosa es la imagen de la gloria de Dios (Apoc. 4:3), que es impenetrable, pero que será la porción (el carácter) de la ciudad santa; estará iluminada (v. 23) y adornada con esta gloria –también representada por el oro puro (v. 18). Esta gloria se verá en ella cuando descienda del cielo, «teniendo la gloria de Dios» (Apoc. 21:11). La piedra de jaspe también nos habla del Hijo, cuya Persona es inescrutable (Mat. 11:27), pero que reveló y dio a conocer plenamente al Dios invisible (1 Tim. 6:16; Juan 1:18; 17:26).

Cada uno de los cimientos del muro es una piedra preciosa y lleva el nombre de uno de los doce apóstoles. Esto nos recuerda de nuevo que hemos sido «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Efe. 2:20). ¡Cuánto estas piedras preciosas que reflejarán la gloria de Dios y del Señor Jesús harán bella a esta maravillosa Asamblea que Dios ha redimido al precio de la sangre de su amado Hijo, y que Cristo ha amado al punto de entregarse sí mismo por ella! (Hec. 20:28; Efe. 5:25). A nuestro Dios y Padre sea la «gloria en la Iglesia en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén» (Efe. 3:21).

Jesús, fundamento seguro de su amada asamblea,
Es la piedra viva actualmente rechazada,
Preciosa a tu corazón, a nuestros ojos maravillosa,
¡A él sea gloria y honor en la casa de Dios!

(H. y C., himnario francés, n° 238, estrofa 2).