Eliseo en Jericó

2 Reyes 2:18-22


person Autor: A. Edersheim 1

flag Tema: Personas - Antiguo Testamento


«Los hombres de la ciudad dijeron á Eliseo: He aquí el asiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra enferma» 2 Reyes 2:18-19

Al principio de su servicio como profeta, Eliseo se estableció, al menos por un tiempo, en Jericó. Aparentemente, se quedó allí esperando que Jehová le señalara una obra en particular. De la misma manera, después de habernos comprometido de todo corazón a servir al Señor, debemos seguir esperando en él, con un espíritu de humildad y dependencia, hasta que nos muestre cómo podemos ser de utilidad.

El tiempo que pasó en Jericó no fue inútil para Eliseo: durante este período de retiro, su presencia y su carácter de profeta fueron reconocidos por sus conciudadanos. Vinieron a él para buscar la ayuda de Dios para su apremiante necesidad, una necesidad que ningún medio humano podía satisfacer. Para nosotros también, es de suma importancia ser conscientes de nuestras necesidades y buscar la ayuda de Dios.

La más extensa y santa influencia que un cristiano puede ejercer es a veces la menos aparente. Es la influencia que no se ve, sino que sentimos; es aquella de una vida diferente a la de las personas del mundo que nos rodean. Para ser diferente del mundo, no es necesario ser extravagante. Esta es una lección que los hijos de Dios deben aprender. Poseemos la luz. Que sus rayos puedan hacer brillar la gloriosa persona de Cristo, las preciosas verdades de su evangelio, y no la rigidez de nuestra actitud. Tratemos de atraer los hombres a Cristo mostrando la belleza de la santidad, en lugar de desalentarlos con las manifestaciones de un carácter exigente y severo, a menudo llamando erróneamente a esto una expresión de principios, cuando solo es una expresión de dureza y falta de caridad. Vivir en la luz de Cristo nos distingue; es una fuerza que atrae, la rigidez repele.

A. Edersheim

Afirmemos que somos hijos de Dios y que caminamos en obediencia a su Palabra, a través del amor y de nuestra conducta, y no mediante palabras.

Maurice Kœchlin

 

«Los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: He aquí el asiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra enferma» 2 Reyes 2:19

En los días de Eliseo, el manantial sobre la ciudad de Jericó no era puro; sus aguas salobres solo traían esterilidad y desolación. Los habitantes sabían bien por qué eran pobres: atribuían la causa de su escasez a estas aguas contaminadas. Es cierto que la fertilidad de un país depende de la buena calidad de sus aguas. De la misma manera, la felicidad de una familia o de un individuo depende de la fuente de su vida espiritual. Si no hay un cristianismo real y práctico, encontramos que las competencias, los conocimientos y el progreso tan alabado, nos dejan en un estado de esterilidad similar al de Jericó antes de que su fuente sea purificada. Hay una abundancia de capacidad para lo bello y lo bueno, pero el agua es mala y la tierra estéril.

El carácter de un país depende en gran medida de su condición religiosa. Bajo la influencia de las verdades de la Palabra de Dios, el carácter de un hombre cambia y es llevado a un estado correcto en relación con sus conciudadanos. Pero para esto, la religión no es suficiente, aunque se practique con celo. Jericó tenía un manantial, y sin embargo el país era estéril, no porque no hubiera agua, sino porque las aguas estaban contaminadas. Los hombres son tan superficiales que se contentan con beber de cualquier manantial espiritual, sin preocuparse por su valor y su pureza. A menudo les parece que lo importante en la religión es el celo y no la verdad. Para ilustrar esto, podría decirse que parece de poca importancia saber adónde conduce un camino, siempre que se pueda conducir rápido y lejos en él. Pero si insistimos solo en el celo religioso, nos seduciremos a nosotros mismos y llevaremos a los demás en la dirección equivocada.

A. Edersheim

Vivir para Dios internamente es la única forma posible de vivir para él externamente. Temo una gran actividad sin una gran comunión con él, pero estoy seguro de que el corazón que está con Cristo vivirá para él.

J.N. Darby

 

«Los hombres de la ciudad dijeron á Eliseo… las aguas son malas, y la tierra enferma. Entonces él dijo: Traedme una botija nueva, y poned en ella sal. Y se la trajeron. Y saliendo él a los manaderos de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas» 2 Reyes 2:19-21

No es la fuente en sí misma, sino el carácter de su agua lo que es de vital importancia. Lo que necesitamos no es solo agua, sino agua buena. Ir a escuchar una enseñanza llena de errores, porque estamos en buena compañía, o porque nos gusta la forma en que se lleva a cabo el servicio, es jugar peligrosamente con la verdad. Incluso un verdadero hijo de Dios no puede progresar donde el agua de la vida está más o menos contaminada. Dañará su estado espiritual como una atmósfera tóxica dañaría su salud física.

Obsérvese el cuidado con el que Eliseo dejó claro que su papel en la realización de este milagro era bastante secundario e incidental. Era solo el papel de un siervo, nada más:

1. Al pedir una jarra (botija nueva) y sal, demostró que el efecto no se produciría por su palabra, sino por otros medios;

2. En sí mismos, estos medios eran obviamente bastante inadecuados para lograr el fin deseado, para que todo el honor del milagro fuera para Dios.

De estas dos observaciones podemos sacar una aplicación para la predicación del evangelio. El efecto espiritual que deseamos ver no se debe a la obra del hombre, y es aún menos mágico. Nuestra predicación está destinada, por así decirlo, a sanear las aguas; pero este medio en sí mismo es totalmente incapaz de producir vida espiritual. Requiere el trabajo del Señor.

A. Edersheim

Escuchen todos una buena noticia:
¡Fue para salvar que Jesucristo murió!
El que cree en el Hijo tiene vida eterna:
Nuestra salvación es, del Dios fuerte, un don.

¡Ah! Recibid esta dulce palabra
Que el Espíritu Santo dirige a vuestro corazón.
Solo Jesús es quien sana y consuela:
Acudid todos a este divino Salvador.

(Himnos y Cánticos en francés, No. 153, 1, 3)
H. Lutteroth – A. Ladrierre

 

«Y saliendo él (Eliseo) a los manaderos de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad» 2 Reyes 2:21

Eliseo fue al lugar donde salían «las aguas» para arrojar sal allí; fue a la fuente de las aguas. Este acto del profeta nos da una importante instrucción. Los meros esfuerzos por ser más serios o más religiosos no son suficientes. Las aguas están envenenadas en su misma fuente. «La fuente salada tampoco puede dar agua dulce» (Sant. 3:12). Podar una planta o cuidarla no cambiará su naturaleza. Hace falta que haya un nuevo comienzo. No es solo en un punto u otro que faltamos o estamos equivocados. «Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente» (Is. 1:5).

En primer lugar, la «sal» del evangelio de la pura gracia de Dios en Jesucristo debe ser llevada al corazón, como siendo la fuente de las aguas de la vida. Debemos creer, cada uno por sí mismo, que Cristo murió por nosotros, tales como somos, pecadores culpables. Debemos recibir esta «sal» como fuente de vida, y volvernos a Dios como el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Debemos aceptar personalmente el ofrecimiento de la gracia y recibir a Cristo como el don infinito del Padre. Es esto, la sal en el nuevo recipiente que limpiará las aguas. Dios «dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).

Cristo murió para reconciliarnos con el Padre. Él cumplió la obra de nuestra salvación y, en él, Dios no nos imputa nuestras faltas (2 Cor. 5:19). La salvación está lista para nosotros, la recibamos o no. Simplemente tenemos que hacerla nuestra con feliz confianza.

A. Edersheim

De la cruz fluye la gracia
Como un río constantemente.
Oh, venid, venid una multitud;
Un indulto completo le espera.

Sí, para todos la gracia abunda,
A todos los cielos están abiertos;
Jesús el Salvador del mundo,
Por los pecadores se ha ofrecido.

(Traducción libre de un cántico)

 

«Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad. Y fueron sanas las aguas hasta hoy, conforme á la palabra que habló Eliseo» 2 Reyes 2:21-22

La sal arrojada en el lugar donde salían las aguas de Jericó las sanó de inmediato, de manera definitiva, e hicieron fértiles una tierra que hasta entonces había sido estéril. Cuando la «sal» del evangelio es recibido en el corazón, produce un cambio profundo y duradero en la vida del nuevo creyente. Es un grave error temer que ser salvado por la «gracia» de Dios, «no por obras» (Efe. 2:8-9), pueda llevar a un relajamiento del modo de vida. Nada puede crear más miedo y repugnancia al pecado que la conciencia del sufrimiento que Cristo tuvo que soportar para que nuestros pecados fueran borrados.

Cuando la fuente ha sido purificada, ya no trae «ni muerte ni esterilidad». El resultado, como vemos, es doble: ni «muerte» en nuestras faltas y pecados (véase Efe. 2:1), ni «esterilidad», sino vida y fruto en abundancia, para la gloria de nuestro Padre celestial (véase Juan 15:5, 8). Un corazón nuevo conduce a una vida nueva. Cristo en nuestro corazón, es también Cristo en nuestra vida. Y Cristo como nuestra vida significa que nuestra forma de vida tendrá a Cristo como modelo. «Murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí mismos, sino para el que por ellos murió y fue resucitado» (2 Cor. 5:15). Este cambio es definitivo. Se basa en la presencia de Cristo que nunca será retirado. Porque nada puede «separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom. 8:39). Jesús dijo: «Nadie las arrebatará de mi mano» (Juan 10:28).

Aquellos por los que Cristo murió vivirán con él eternamente. ¡Qué bendita y preciosa verdad, que consuela a las almas inquietas! Pero, cuando tratamos con otras personas, no olvidemos nunca que lo que es absolutamente necesario, es que la fuente de las aguas sea purificada. Oremos y trabajemos con este fin.

A. Edersheim

Oh Salvador, siempre fiel,
En ti permaneceremos
Hasta la vida eterna:
Tú vives Jesús, nosotros viviremos.

(Salmodia morava)
Himnos y Cánticos en francés No. 30, 4


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