El cordero pascual

Éxodo 12


person Autor: Edward DENNETT 16

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


En el capítulo 11 del Éxodo se mencionan dos puntos. En primer lugar, el juicio de los primogénitos anuncia la distinción establecida «entre los egipcios y los israelitas» (11:4-7). El cordero pascual concilia estas dos cosas. Pues Dios pone de manifiesto la cuestión del pecado, y entonces indudablemente se presenta con carácter de Juez.

A partir de ese momento, tanto los egipcios como los israelitas son puestos bajo el juicio de Dios, ya que unos y otros son pecadores a Sus ojos. Es cierto que Su deseo es el de liberar a Israel fuera de Egipto, y también es cierto que, en el ejercicio de sus derechos soberanos, puede hacer una diferencia. No obstante, Dios no deja jamás de ser Dios y todos sus hechos son la expresión de lo que él es en tal o cual de sus aspectos. Si libera a Israel, pueblo tan culpable como los egipcios, al destruir a estos últimos, solo lo hará en armonía con su propia naturaleza. En otras palabras, su justicia debe ser puesta de manifiesto tanto en la salvación de los unos como en la destrucción de los otros.

Es de suma importancia comprender que la misma gracia no puede reinar sino por la justicia (Rom. 5:21). Es el problema resuelto de este capítulo de Éxodo: cómo Dios en justicia podía liberar a Israel, cuando destruía a los primogénitos de Egipto. Para ambos se presenta como juez; y vemos que esta diferencia se funda no en alguna superioridad moral de Israel frente a Egipto, sino únicamente en la sangre del cordero pascual.

La gracia que estableció pacto con Abraham, Isaac y Jacob es también la gracia que provee el cordero; pero la sangre de ese cordero, figura del Cordero de Dios, Cristo nuestra pascua (1 Cor. 5:7), respondió a todas las exigencias de Dios para con los israelitas a causa de sus pecados. Por lo tanto, permaneciendo justo, podía ponerlos a salvo mientras que el destructor traía la muerte a todos los hogares egipcios. En virtud de la sangre del cordero, la misericordia y la verdad pudieron encontrarse, y la justicia y la paz besarse (véase Salmo 85:10). Lo veremos claramente en el transcurso del estudio de este capítulo.

1 - El juicio de los primogénitos

Versículos 1-2: Mientras el pecador permanezca en sus pecados, el tiempo no cuenta a los ojos de Dios. Para Él, no hemos comenzado a vivir antes de estar al amparo de la sangre de Cristo. Se pueden haber vivido treinta, cuarenta o cincuenta años, pero si no hemos nacido de nuevo, esto es solo tiempo perdido; perdido en la medida en que a Dios se refiere. Sin embargo, ¡qué consecuencias terribles para la eternidad si persistimos en esa condición! Cada día de ese período de alejamiento de Dios ha añadido a nuestra culpa, al número de nuestros pecados, inscritos en el libro que será abierto en el juicio del gran trono blanco, si hubiéremos de pasar inconversos a la eternidad.

¡Qué condenación se pronuncia sobre los esfuerzos y actividades del mundo, sobre las esperanzas y ambiciones de los hombres! Se nos habla de calidad de vida, de gloriosas hazañas, y se procura insuflar en nuestra juventud el deseo de imitar a aquellos cuyos nombres están inscritos en la historia. Pero cuando Dios habla, desecha la ilusión con una sola palabra, diciendo que tales hombres aún no han comenzado a vivir. Por muy grande que pueda parecer una vida a los ojos de los hombres, el que no tiene la vida de Dios está muerto a Sus ojos; su auténtica vida no ha comenzado. Así ocurría con los israelitas. Hasta ese momento, habían sido siervos de Faraón, esclavos de Satanás; todavía no habían comenzado a servir a Dios, de manera que el mes de su redención debía ser para ellos el primer mes del año. Ahí comenzó la historia de su verdadera vida.

Versículos 3-20: En medio del juicio, Dios se acuerda de la misericordia. Castiga a los egipcios y no puede librar a los israelitas sin ser inconsecuente con sus propios atributos, al menos que sus exigencias para con ellos no sean plena y perfectamente satisfechas. De este modo, obrando en el ejercicio de sus derechos soberanos, según las riquezas de su gracia, Dios se provee del Cordero del cual la sangre será la base sobre la cual podrá salvar en justicia a su pueblo del juicio, y hacerle salir de la casa de su esclavitud.

Tengamos en cuenta que, cuando se trata de nuestra salvación, así como para la redención de Israel, no se refiere a lo que somos, sino a lo que Dios es. Todo se funda sobre la base inmutable de su propio carácter, y así, tan pronto como la expiación se ha cumplido, como lo veremos a continuación del capítulo, todo lo que Dios es, constituye la garantía de nuestra seguridad.

2 - Un cordero

Varios puntos en este pasaje exigen un comentario distinto y especial. Ante todo el cordero. Como ya se ha mencionado, todo el valor de ese cordero pascual reside en el hecho de que es una figura de Cristo. El apóstol Pablo dice: «Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta» (1 Cor. 5:7-8). Somos pues revestidos de autoridad divina al ver al Cordero de Dios bajo esa notable figura, razón por la cual cada detalle de este capítulo presenta gran interés.

El décimo día del mes, era necesario tomar un cordero –macho de un año y sin defecto– y guardarlo hasta el día catorce de ese mes. Generalmente se dice que el décimo día correspondía al apartamiento del Cordero en los planes de gracia de Dios, y el decimocuarto día, al sacrificio efectivo en el tiempo. No obstante, se ha sugerido también otra cosa, la que presentamos y sometemos al juicio del lector. Según esta última, el décimo día correspondería a la entrada de Cristo en su ministerio público, cuando Juan el Bautista lo designa de una manera muy sorprendente como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Desde entonces, si el ministerio del Señor se extendió sobre un período de tres años, compuesto de dos años completos y de períodos de otros dos, ello daría, según la forma de contar de los judíos, cuatro años, y el momento de la muerte del Señor, pues, correspondería al día catorce. Se puede preguntar ¿por qué se escoge el número diez para poner aparte al cordero? Tal vez porque ése es el número de la responsabilidad para con Dios. Entonces, eso nos enseña que, antes que nuestro Señor fuese públicamente reconocido como el Cordero de Dios, ya había respondido a todas las exigencias de Dios, y así había sido puesto de manifiesto como siendo sin defecto, propio de lo que él mismo era, el sacrificio por el pecado. Era el Cordero de Dios, y el hecho de que el cordero era provisto por Dios es rico en bendición y consolación.

El hombre jamás hubiera podido saber qué sacrificio sería aceptable. Los israelitas habrían permanecido en la esclavitud hasta el día de hoy si hubiesen confiado en sí mismos para hallar un medio de satisfacer las exigencias de Dios en cuanto a sus pecados. Entonces Dios, en su gracia y misericordia, se proveyó de un cordero del cual su sangre sería suficiente para quitar el pecado del mundo. No puede haber ninguna otra forma de purificación del pecado, ninguna otra manera de estar al abrigo del justo juicio de Dios: la sangre de Cristo, que Dios mismo proveyó, es el único medio.

El cordero debía ser inmolado el día catorce del mes. «Lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes» (Éx. 12:6). Todos debían identificarse con el cordero inmolado. Debía ser muerto para toda la congregación. De hecho, cada casa tenía su cordero, porque cada familia, aparte, debía ponerse bajo su protección; y, por otro lado, «la congregación del pueblo» era considerada como un todo. Esas dos unidades –la de la congregación y la de la casa– subsistieron siempre bajo la época judía. La de la familia dominaba la época de los patriarcas, pero subsistió cuando Dios llamó para sí un pueblo fuera de Egipto y cuando estableció la unidad del conjunto. Ambas se unen en la ordenanza de la pascua: las familias por separado y el pueblo en conjunto.

3 - Al abrigo de la sangre

A continuación, encontramos la necesidad de la aspersión de la sangre. El solo hecho de haber inmolado el cordero no habría asegurado la protección de ninguna casa. Si el pueblo se hubiese fundado en el hecho de que el cordero había sido muerto, el destructor no hubiera hallado ningún obstáculo para entrar en las casas. No habría habido ni un solo hogar entre todas las tribus que no hubiera tenido su muerto, tal como en los hogares de los egipcios. No era la muerte del cordero sino la aspersión de la sangre lo que les afirmaba su seguridad (v. 7, 13 y 23).

¡Que el lector preste atención! ¿No hay cierto peligro, para estar al abrigo, de apoyarse en el hecho de que Cristo murió, sin preocuparse por saber si está personalmente ante Dios bajo la eficacia y el valor bendito de esa muerte? No es el solo hecho de la muerte de Cristo, sino la fe en Él lo que salva un alma (no hablamos de niños pequeños). Es completamente cierto que Cristo hizo propiciación por el pecado, una propiciación que glorificó a Dios en todos los atributos de su carácter, y sobre la base de la cual puede en justicia y gloria otorgar completa y eterna salvación a cada uno de los pecadores que se acerquen a él, por la fe. Pues Dios ha presentado a Cristo «como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Rom. 3:25-26). Sin embargo, debe haber una identificación personal por la fe con la sangre derramada; si no, en cuanto a tal persona, el derramamiento de la sangre hubiese sido hecho en vano.

Consideremos cómo los israelitas se colocaban bajo la protección y el valor de esa sangre. Era simple y únicamente mediante la obediencia de la fe. Se les dijo que tomasen sangre del cordero y la pusiesen «en los dos postes y en el dintel de las casas»; «tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana» (v. 7, 22). Así, ninguna otra cosa tenían que hacer sino creerobedecer. No tenían que discutir el método que se les había propuesto, ni si era o no razonable, tampoco su probable valor. Todo dependía de su obediencia a la palabra de Dios.

Del mismo modo, hoy en día Dios no pide nada del pecador sino la fe: fe en el testimonio de Dios sobre la condición y culpabilidad del hombre, un estado que lo expone al juicio, y fe en el recurso preparado por la muerte de Cristo. Si un israelita, por cualquier pretexto que fuere, hubiere despreciado el mandamiento divino, no habría escapado de los golpes del destructor. Igualmente hoy, si un pecador, por cualquier motivo, rehusare inclinarse ante la Palabra de Dios, tocante a su propio estado y también en cuanto a Cristo, nada podrá alejar de él la sentencia del juicio eterno. Pero tan pronto como el israelita, simplemente obediente, rociaba con sangre su casa, estaba bajo una inviolable seguridad durante esa noche de terror y de muerte. También, tan pronto como un pecador recibe a Cristo, queda al abrigo para toda la eternidad, porque se halla bajo la protección del valor infinito de la sangre preciosa de Cristo.

4 - La seguridad del pueblo

Para subrayar aún más esta verdad, notemos que la seguridad del pueblo no dependía en absoluto de su propio estado moral, ni de sus pensamientos, de sus sentimientos o experiencias. La única cuestión era: ¿Había sido puesta la sangre sobre la puerta tal como había sido prescrito? Si así lo era, los israelitas estaban seguros; de no serlo, quedaban expuestos al juicio que se abatía sobre todo el país de Egipto. Es posible que estuvieran temerosos y abrumados, que pasasen toda la noche haciéndose preguntas. Sin embargo, si la sangre estaba sobre sus casas, efectivamente estaban fuera del alcance de los golpes del destructor. Solo el valor de la sangre les garantizaba esa protección. Es más, si los israelitas hubiesen sido el mejor pueblo del mundo, hablando a la manera de los hombres, sin la aspersión de la sangre, hubieran perecido de la misma manera que los idólatras egipcios. Repitámoslo, el fundamento de su seguridad se apoyaba únicamente en la sangre del cordero pascual.

Hoy en día, ocurre lo mismo. Pronto, juicios que sobrepasarán con mucho a los de Egipto caerán sobre este mundo. Serán solo los precursores del último juicio ante el gran trono blanco, cuyo final seguro será la muerte segunda (Apoc. 20:11-15). Nadie podrá escapar de esos juicios, a menos que esté al abrigo de la sangre de Cristo. No se asombre el lector si le preguntamos con seriedad e insistencia: ¿Se encuentra usted al abrigo de la sangre de Cristo? No descanse hasta que haya solucionado esta cuestión, hasta que tenga la seguridad, fundada en la inmutable Palabra de Dios, de que se encuentra al abrigo tal como lo estaban los israelitas en sus casas rociadas de sangre durante aquella terrible noche.

5 - El valor de nuestros sentimientos

Observemos además que la sangre con la cual se hizo la aspersión era para Dios. Como alguien lo subrayó, «no está escrito: «veréis», sino «veré» (Éx. 12:13). Ocurre con frecuencia que el alma de una persona despertada no se apoya en su propia justicia, sino en la manera en que ella ve la sangre. No está ahí el fundamento de la paz, por precioso que este pueda parecer para el corazón profundamente impresionado. La verdadera paz se funda en el hecho de que Dios ve la sangre. Él no puede dejar de estimarla según su pleno y perfecto valor para quitar el pecado. Dios es el que aborrece el pecado y fue ofendido por él; es él quien conoce el valor de la sangre para quitar el pecado. Pero alguien podría preguntarse: ¿No sería necesario que al menos creyera en su valor? Tener fe en su valor implica ver que Dios la contempla como quitando el pecado; la estimación que usted haga de este valor solo es la medida de sus sentimientos, mientras que la fe mira los pensamientos de Dios». Las personas ansiosas se escatimarían muchos días de perplejidad y angustias si se acordaran de ello.

Lo único que se puede hacer es aceptar el propio testimonio de Dios en cuanto al valor de la sangre. «Veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto». Todo lo que Dios es se opone al pecado; y, por consiguiente, todo lo que Él es se halla satisfecho por la sangre de Cristo. Si no, aún debería castigar el pecado. Asimismo, el hecho de que Dios declare que salvará al culpable al ver la sangre, es un claro testimonio de que la sangre ha expiado perfectamente el pecado. Si Dios está satisfecho por la sangre de Cristo, el pecador ¿no lo puede estar también? Recordemos que la indignidad del pecador no puede ser un impedimento para la eficacia de la sangre. Si así lo fuere, entonces la sangre no sería suficiente. En el momento en que Dios ve la sangre, toda su naturaleza moral es satisfecha. Obra con la misma justicia al perdonar a aquellos que son puestos bajo la protección y el valor de la sangre, que cuando tiene que matar a los egipcios.

Sin embargo, quizá se haga la pregunta de otro modo: ¿De qué manera podemos estar ahora bajo la protección de la sangre de Cristo? Los israelitas estaban al amparo de la sangre del cordero pascual por la fe. Recibieron el mensaje, creyeron su contenido e hicieron aspersión de la sangre según las ordenanzas enviadas; de esta manera quedaron a salvo del juicio. Ahora es más sencillo. La Buena Nueva de la redención por la sangre de Cristo es proclamada, el mensaje es aceptado, y tan pronto como es recibido, Dios ve a esa alma bajo toda la eficacia y el valor de la sangre. De tal manera que el que cree en el Señor Jesucristo es librado de la ira venidera. La paz con Dios se funda pues solo en la sangre de Cristo. Porque «la sangre de la Pascua nos habla del juicio moral de Dios y de la completa satisfacción de todo lo que es en su Ser. Dios, tal como es en su justicia, en su santidad y en su verdad, no podía moralmente tocar a aquellos que estaban protegidos por esa sangre. Su amor hacia su pueblo halló esa manera de satisfacer las exigencias de su justicia contra el pecado; y a la vista de esa sangre que respondía a todas las perfecciones de su Ser, pasó por alto a los hijos de Israel, según su justicia y verdad». Repitámoslo: La paz con Dios se funda solo en la sangre de Cristo.

6 - ¿Cómo comer la Pascua?

Sin embargo, queda otro aspecto que considerar. El cordero pascual, cuya sangre había sido puesta sobre las moradas de los israelitas, debía comerse en condiciones especiales, con aquello que lo acompañaba y en una actitud prescrita. Cada uno de esos puntos tiene su interés e instrucción. «Aquella noche comerán la carne asada al fuego». No debía comerse «cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus pies y sus entrañas» (Éx. 12:8-9). El fuego es una figura de la santidad de Dios aplicada al juicio; de manera que el cordero de que se alimentaban los israelitas hablaba en figura de Otro que, pasando por el fuego del juicio, lo atravesaría en lugar de ellos. El hecho de que fuera «asado al fuego», nos habla de Cristo «quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pe. 2:24) y fue hecho pecado por nosotros, cuando fue expuesto a la acción completa, inexorable y penetrante del fuego, imagen del juicio de Dios contra el pecado. Si Dios podía salvar a los israelitas, era solo porque otro llevó sobre Él la deuda que justamente ellos debían. ¡Qué gran amor manifestó Dios, entregando a su Hijo a semejante muerte! El Espíritu de Dios podía decir con mucha razón: «No escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom. 8:32); lo envió para recibir el juicio que el pecador merecía.

Con qué agradecimiento debían nutrirse los hijos de Israel de ese cordero asado al fuego. Si sus ojos hubieran estado abiertos, sin duda habrían dicho: «La sangre de esta víctima nos pone a salvo del terrible juicio que cae sobre los egipcios; la carne que comemos ha pasado por el fuego al cual hubiéramos tenido que ser expuestos». Este pensamiento por ellos expresado habría hecho subir en sus corazones el reconocimiento y la alabanza hacia Aquel que, en su gracia, proveyó de tal medio de salvación y de seguridad.

Dos cosas debían comerse con el cordero: panes sin levadura y hierbas amargas. La levadura es una figura del mal, y los panes sin levadura nos hablan, por una parte, de la ausencia del mal y, por otra, de pureza y santidad. El apóstol Pablo menciona los «panes sin levadura, de sinceridad y de verdad» (1 Cor. 5:8). Esto lo veremos más detalladamente cuando tratemos la fiesta de los panes sin levadura en relación con la pascua (Éx. 12:14-20). Por el momento, basta hacer resaltar el carácter. Las «hierbas amargas» representan el resultado producido por el hecho de entrar en los sufrimientos de Cristo por nosotros, es decir, el arrepentimiento y el juicio de uno mismo en la presencia de Dios. Los panes sin levadura y las hierbas amargas nos describen el único estado de alma por el cual podemos verdaderamente nutrirnos del cordero asado al fuego. Es maravilloso considerar cómo Aquel que llevó el justo juicio de Dios contra el pecado de los israelitas viene a ser el alimento de su pueblo.

Notemos también que ninguna cosa debía quedar hasta la mañana. Lo que quedare debía ser quemado en el fuego (v. 10). Más tarde, esa misma enseñanza fue dada para la mayor parte de los sacrificios que debían ser comidos (véase Lev. 7:15). Era sin duda una advertencia contra el peligro de comerlo como si se tratara de un alimento común. Solo podía ser comido en asociación con el juicio del cual era figura. La «carne» de Cristo (en figura) no puede ser comida sino en relación con su muerte. De igual manera en cuanto a la noche de la pascua: en la mañana, cuando el juicio ya había pasado, los israelitas habrían podido olvidar el valor del cordero asado al fuego; pero el mandamiento de quemar aquello que sobraba, les recordaría su carácter, preservándolos de utilizarlo como si fuera un alimento común. Solo en la mesa pascual podían nutrirse de una manera apropiada del cordero pascual.

7 - Listos para partir

Su actitud debía estar en armonía con la posición en la cual habían sido introducidos. «Lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová» (Éx. 12:11). Todo ello nos habla del carácter que debían manifestar como consecuencia de su redención; pues iban a salir de Egipto para siempre a fin de atravesar el desierto como peregrinos y dirigirse hacia la tierra prometida. «Ceñidos vuestros lomos»: Estaban preparados para el servicio, apartados del país que los retuvo cautivos durante tantos años, a fin de que nada los detuviese o los retuviese cuando la señal de salida para el viaje fuese dada. «Vuestro calzado en vuestros pies»: Estaban preparados, calzados para la marcha. «Vuestro bordón en vuestra mano»: Esto es la muestra de su carácter de peregrinos, pues dejaban aquello que habían sido sus casas para venir a ser extranjeros en el desierto. Por fin, debían comer la pascua apresuradamente, porque no sabían el momento en que sería dado el mandamiento, y por eso debían estar preparados.

Velar y estar preparados: ¡es la verdadera imagen de la actitud del creyente en este mundo! ¡Ojalá que todos nosotros podamos responder mejor a esto!

Muchas veces somos exhortados a tener ceñidos nuestros lomos. Tener calzados nuestros pies del Evangelio de la paz (Efe. 6:15), es indispensable para estar vestidos de toda la armadura de Dios. Guardar el verdadero carácter de peregrinos, con la conciencia de que el reposo para nosotros no se encuentra allí, es una de las primeras lecciones de nuestra vida cristiana. Esperar a Cristo se une a la esperanza de su regreso. La cuestión es saber si esos rasgos hoy en día caracterizan al creyente como debieran. Lo que nos falta es una realización más profunda del carácter de la escena que atravesamos: una escena juzgada, porque Dios la juzgó en la muerte de Cristo. Él dice: «Ahora es el juicio de este mundo» (Juan 12:31). Si estuviéramos completamente convencidos de esto en nuestra alma, no procuraríamos permanecer en este mundo, sino que, como verdaderos peregrinos, con nuestros lomos ceñidos y nuestras lámparas encendidas, seríamos semejantes a hombres que aguardan a su Señor (Lucas 12:35-36).

8 - La fiesta de los panes sin levadura

La fiesta de los panes sin levadura es mencionada en relación con la pascua (Éx. 12:14-20). No fue celebrada en el país de Egipto, pues la noche misma en que Dios hirió a los primogénitos, los hijos de Israel comenzaron su viaje. Sin embargo, la unión es conservada para recalcar el verdadero significado típico de esta fiesta. Ocurre lo mismo en 1 Corintios 5:7-8: «Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad». La levadura, como ya se ha dicho, es una figura del mal, que se extiende y que comunica sus propiedades en la masa en la cual opera. «Un poco de levadura leuda toda la masa» (1 Cor. 5:6). Comer panes sin levadura significa, pues, la separación del mal, la santidad práctica. Notemos también que la fiesta debía durar siete días, es decir un período de tiempo completo. En consecuencia, esta santidad incumbe a todos aquellos que están al amparo de la sangre del Cordero pascual, durante todo el período de su vida en la tierra. Esto es lo que expresa la fiesta de los panes sin levadura unida con la pascua.

Una vez salvos por la gracia de Dios, en virtud de la aspersión de la sangre de Cristo, nuestros perversos corazones podrían decir: «Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde» (Rom. 6:1). «No», responde el Espíritu de Dios; «desde el momento en que están bajo la influencia de la muerte de Cristo, tienen la responsabilidad de separarse del mal». Así, Dios busca en nosotros, en nuestra marcha y en nuestro comportamiento, una respuesta a lo que Él es y a lo que hizo por nosotros. Para poner esto en evidencia, había ordenado a los israelitas que guardasen esa fiesta «por costumbre perpetua». Primero, es cierto, para recordarles que ese mismo día Dios hizo salir sus ejércitos del país de Egipto, y luego, para enseñarles la obligación de tener una marcha de acuerdo con su nueva posición. Y ¿no es de gran necesidad traer a la memoria esa obligación a la mente de los creyentes del tiempo actual? Lo importante para poner en todas las conciencias hoy en día es la responsabilidad de guardar esa fiesta de los panes sin levadura. La relajación en la marcha, las malas compañías y la mundanalidad minan por todas partes el testimonio de los hijos de Dios. «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:16-17). ¡Que esta oración del Señor halle una respuesta más evidente en una separación y una consagración crecientes de parte de los suyos!

En los versículos 21-28 de Éxodo 12, vemos cómo Moisés reúne a todos los ancianos de Israel, para darles las ordenanzas que acabamos de considerar. Al oír este mensaje, «el pueblo se inclinó y adoró. Y los hijos de Israel fueron e hicieron puntualmente así» (v. 27-28). Un interesante detalle es añadido. Está previsto que los hijos sean instruidos en cuanto al significado de la pascua (v. 26-27). Así el relato de la gracia y del poder de Dios en redención, cuando hirió a los egipcios, debía ser transmitido de generación en generación.

De esta manera, Dios, en su gracia, una vez que separó a su pueblo y aseguró el hecho de ponerles al amparo del juicio por la aspersión de la sangre, heriría a Egipto tal como lo había declarado.

Versículos 29-36: El golpe amenazador desde hacía tanto tiempo, pero aplazado con mucha paciencia y misericordia, por fin se cumplió, y de una manera inexorable, en todo el país; pues «Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales». Todos los corazones fueron trastornados por ese terrible golpe que cubrió de luto a todos los hogares del país; «y hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese un muerto». El endurecido corazón de Faraón fue alcanzado, y se inclinó entonces ante el manifiesto juicio de Dios. «Se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios… e hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y les dijo» que se marchasen. Ahora, él no les imponía ninguna condición, sino que les concedió todo lo que habían pedido, rogando hasta una bendición de parte de ellos. Los egipcios fueron más lejos que Faraón: «apremiaban al pueblo, dándose prisa a echarlos de la tierra; porque decían: «Todos somos muertos». De manera que dieron a los israelitas todo lo que éstos deseaban; y, según la palabra de Dios, los hijos de Israel «despojaron a los egipcios».

9 - Una gran multitud de toda clase de gente

Versículos 37-42: Así, Dios redimió a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y los hijos de Israel partieron para la primera etapa de su viaje, de Ramesés a Sucot, cerca de seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños. Desgraciadamente, no estaban solos. Subieron acompañados de una «gran multitud de toda clase de gentes». En todos los tiempos, esto fue una plaga para los hijos de Dios, una fuente de debilidad, de errores y, a veces, hasta de abierta apostasía. El apóstol Pablo advierte a los creyentes de su época contra ese especial peligro (1 Cor. 10); el apóstol Pedro (2 Pe. 2:1-3), y Judas en su epístola (v. 4), también lo hacen.

Hoy en día, la Iglesia padece ese mismo mal. En cierto aspecto, ella incluye también a esa «gran multitud de toda clase de gentes». Por eso, son importantes las palabras del apóstol a Timoteo: «El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra» (2 Tim. 2:19-21).

Los israelitas salieron apresuradamente, porque fueron echados fuera de Egipto y no pudieron detenerse ni hacer provisiones. Tenían que confiar por completo en Dios quien los había separado de los egipcios y puesto bajo la protección de la sangre del cordero. Entonces, iba a conducirlos y a alimentarlos en el camino. No debían llevar levadura consigo.

Dios esperaba ese momento desde hacía siglos (véase Gén. 15:13-14); y ese mismo día, que había determinado por anticipado, su pueblo salió de Egipto. Los israelitas aún no habían atravesado el mar Rojo; pero con la seguridad de que «todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto» (Éx. 12:41), el Espíritu de Dios anticipó su entera y perfecta liberación. La sangre que los protegía era la base de su completa redención. No constituye ninguna sorpresa el hecho de que fuese añadido que la noche de su éxodo debía ser una «noche de guardar para Jehová» como estatuto perpetuo. Notemos bien, tenía que ser guardada para Jehová, a fin de recordar continuamente, en la mente de todos, la fuente de esa gracia y de ese poder liberador que los hizo salir de Egipto.

Lo mismo ocurre hoy en día, aunque de una manera diferente. «El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan» y dio gracias, estableciendo para los suyos el precioso memorial de su muerte; para que todas las veces que comamos el pan y bebamos la copa anunciemos la muerte del Señor hasta que él venga (1 Cor. 11:23-26). Es su deseo que nos acordemos de Él a lo largo de nuestro peregrinaje, y que nos acordemos de Él en esa terrible noche cuando fue entregado, cuando, al ser nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros.

10 - ¿Quién podía comer la pascua?

El capítulo 12 termina con «la ordenanza de la pascua» que subraya principalmente dos instrucciones. La primera se refiere a las personas que podían participar: «Ningún extraño comerá de ella. Mas todo siervo humano comprado por dinero comerá de ella, después que lo hubieres circuncidado. El extranjero y el jornalero no comerán de ella». Pero «toda la congregación de Israel lo hará. Mas si algún extranjero morare contigo, y quisiere celebrar la pascua para Jehová, séale circuncidado todo varón, y entonces la celebrará, y será como uno de vuestra nación; pero ningún incircunciso comerá de ella». (v. 43-45, 47-48).

Entonces, había tres clases de personas que podían celebrar la pascua: 1) los israelitas, 2) sus siervos comprados por dinero, y 3) el extranjero que morare con ellos. No obstante, para cada una de ellas la condición era la misma: la circuncisión. Nadie podía sentarse a la mesa de la pascua, a menos que hubiese sido circuncidado. Solo de esta manera podían ser introducidos en conformidad con la alianza que Dios había hecho con Abraham (véase Gén. 17:9-14), y sobre la base en que actuaba en este momento, haciéndolos salir de Egipto y tomándolos para sí como pueblo.

La circuncisión es una figura de la muerte para la carne. Su significado se refiere directamente a la muerte de Cristo. El apóstol Pablo escribe a los Colosenses: «Cristo... en él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos» (Col. 2:11-12).

Entonces, a menos que todas esas distintas clases no hayan sido llevadas sobre el terreno de la alianza, no podían disfrutar el privilegio de esa bendita fiesta entre todas, una fiesta que sacaba todo su significado de la sangre derramada del cordero pascual. Es sumamente interesante notar la especial disposición prevista para dos de esas clases. Los israelitas, como tales, tenían derecho a la pascua si estaban circuncidados. No obstante, al lado de ellos se encontraban otras dos clases. Un jornalero no podía celebrar la fiesta, pero un siervo comprado por dinero sí podía si estaba circuncidado. Es necesario recordar que esta fiesta tenía esencialmente un carácter familiar: un siervo comprado por dinero era, por decirlo así, incorporado a la familia, venía a ser parte integrante de la casa y, por eso, podía participar de la fiesta, mientras que un jornalero carecía de tal posición y, por consecuencia, quedaba excluido. «Mas si algún extranjero morare contigo»; aquí podemos ver una promesa de gracia para los gentiles, cuando «la pared intermedia de separación» sería derribada (Efe. 2:14), y el Evangelio proclamado al mundo entero.

En fin, hay una disposición en cuanto al cordero. La pascua «se comerá en una casa; y no llevarás de aquella carne fuera de ella, ni quebraréis hueso suyo» (Éx. 12:46). El significado de la figura, ya como la unidad de la familia, o de Israel si consideramos a todo el pueblo, se habría perdido si esa orden hubiera sido menospreciada. La sangre estaba sobre la casa, y el cordero pascual no era sino para aquellos que se encontraban al abrigo de la sangre. Por eso, su carne no debía ser llevada fuera de la casa. La sangre de la aspersión era indispensable para que uno pudiera nutrirse del cordero asado al fuego. Y ningún hueso debía ser quebrado, porque era una imagen de Cristo. Por eso, el apóstol Juan dijo: «Estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo» (Juan 19:36). Resulta claro, pues, que, en el cordero pascual, el Espíritu tenía a Cristo a la vista. Cuando leemos este relato, es precioso para nosotros tener comunión con Sus propios pensamientos, y no discernir nada sino a Cristo. ¡Quiera el Señor abrir nuestros ojos cada día más, de tal manera que solo Él llene nuestra alma mientras leemos su Palabra!


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