Índice general
Inefable, inexpresable
Autor: Arend REMMERS 17
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2010, página 178
0 - Introducción
¿Qué cristiano no ha oído alguna vez, o se ha planteado él mismo, preguntas como estas: ¿Cómo será el cielo, la Casa del Padre? ¿Qué veremos? ¿Qué nos espera allí? La respuesta es sencilla e infinitamente elevada: «Estaremos siempre con el Señor» y «seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Tes. 4:17; 1 Juan 3:2). Centro de los designios de Dios y de nuestra adoración eterna, el Señor Jesús en su gloria lo superará todo y llenará nuestra vista.
La Sagrada Escritura no nos revela muchas cosas sobre el futuro de los hijos de Dios. En Apocalipsis 21, que nos habla del estado eterno, leemos: «Dios… enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no existirá la muerte ni duelo, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (v. 4). La mención de lo que ya no habrá más, supera ya lo que podemos imaginar. Todo lo que entró en el mundo como consecuencia del pecado habrá desaparecido. Las lágrimas que Dios mismo enjugará de los ojos de los suyos evidentemente no habrán sido derramadas en la gloria, donde ya no habrá motivo alguno de tristeza. Pero Dios borrará el recuerdo de los sufrimientos que se han conocido en la tierra. Del mismo modo, la muerte, el duelo, los gritos y las penas ya no existirán para los suyos. Todo eso habrá pasado definitivamente.
Ahora bien, Dios nos da a conocer plenamente por qué nos dice tan pocas cosas acerca de la gloria futura. Nuestra debilidad humana ya es un obstáculo para comprender estas cosas, y con mayor razón para expresarlas adecuadamente. Tras hablar de los designios de Dios, el apóstol Pablo exclama: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Rom. 11:33). Ha anunciado las «riquezas» de Cristo, pero al mismo tiempo debe decir que son «inescrutables» (Efe. 3:8).
En la traducción del Nuevo Testamento de J.N. Darby, encontramos 2 veces la palabra «inexpresable» y 2 veces la palabra «inefable». Cada uno de los 4 pasajes nos presenta algo divino que podemos conocer hasta cierto punto. Al mismo tiempo, nos recuerdan los límites que caracterizan nuestra condición actual. Estas palabras «inexpresable» e «inefable» traducen 4 expresiones diferentes del griego original.
1 - El don inexpresable de Dios
«¡Gracias a Dios por su don inefable!» (2 Cor. 9:15).
Los capítulos 8 y 9, de la Segunda Epístola a los Corintios, tratan sobre el privilegio cristiano de la generosidad. Tras desarrollarlo, Pablo nos recuerda la fuente de todo y estalla en alabanza a la gloria de Dios, a causa de «su don inefable». Tal y como dice el apóstol en otro lugar, Dios «no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros», y nos dará «también con él, libremente, todas las cosas» (Rom. 8:32). ¡Qué amor y qué gracia se despliegan aquí ante nuestros ojos! Recordemos también esta palabra tan conocida y poderosa del Señor Jesús: «Porque Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16). ¡En verdad, es un don inefable!
En este pasaje de 2 Corintios, el don no se especifica. Lo mismo ocurre en Juan 4, cuando el Señor le dice a la mujer samaritana, junto al pozo de Sicar: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber» (v. 10). Allí, el Hijo de Dios no habla solo de sí mismo. Presenta a Dios como el gran dador que quiere ofrecer a los hombres perdidos a su Hijo único, la vida eterna y el Espíritu Santo (comp. con 1 Juan 3:24; 5:11). Todas las bendiciones de Dios se derivan del mayor de todos sus dones, el de su Hijo. ¿Quién puede comprender y describir la grandeza de este don de Dios? Pasaremos la eternidad dándole gracias por ello y adorando al Hijo, su «don inefable». El término griego utilizado aquí para «inefable» también podría traducirse como “indescriptible”. Si bien toda la grandeza y la gloria de este don de Dios no pueden describirse, podemos, sin embargo, adorar a Dios como nuestro Padre y como el gran dador.
2 - Un gozo inefable
«A quien amáis sin haberle visto; en quien aun sin verle, creéis, y os alegráis con gozo inefable y glorioso» (1 Pe. 1:8).
La palabra «inefable» significa: que no se puede expresar con palabras, indecible, inexpresable. La palabra griega utilizada aquí deriva del verbo “divulgar”. Pedro la utiliza para caracterizar el gozo del cristiano que cree en un Señor invisible.
Todo aquello en lo que creemos es invisible. No «fijando nuestros ojos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Cor. 4:18). «La fe es la certidumbre de las cosas esperadas, la convicción de las realidades que aún no se ven» (Hebr. 11:1). El Señor Jesús mismo también es ahora invisible para el ojo natural. A diferencia de los creyentes que fueron sus contemporáneos durante su vida en la tierra, y de aquellos que serán testigos de su gloria futura en su aparición y durante el Milenio, nosotros no vemos al Señor Jesús con nuestros ojos.
Y, sin embargo, podemos contemplarlo en su gloria, con los ojos de nuestro corazón iluminados por el Espíritu de Dios: «Vemos… a Jesús, coronado de gloria y honra» (Hebr. 2:9; comp. con Efe. 1:18). Al contemplar así a nuestro Señor por la fe, podemos, como escribe Pedro, regocijarnos con un «gozo inefable», que no puede expresarse con palabras humanas. Quizás sea incluso demasiado sublime para nuestro futuro lenguaje celestial. En la escena de Apocalipsis 5, ante el trono de Dios, se reúnen alrededor del Cordero 24 ancianos, que son una figura de los creyentes glorificados. Los vemos adorar en silencio, sin decir palabra: «Y los ancianos se postraron y adoraron» (v. 14).
Por el poder del Espíritu Santo que mora en nosotros, podemos disfrutar de la comunión con nuestro Señor Jesucristo y contemplar su gloria. Pero esta gloria es tan infinitamente elevada que a menudo no somos capaces de expresar con palabras nuestro gozo al respecto. ¿No hemos experimentado ya en la reunión de culto que, al contemplar la gloria de Cristo, estamos ante él en adoración silenciosa y no encontramos palabras que puedan expresar nuestro gozo interior? Es un «gozo glorioso», es decir, un gozo caracterizado por la gloria de nuestro Señor y lleno de ella. Y esa es precisamente la razón por la que también es «inefable». Supera la capacidad de expresión humana. ¡Que Dios nos conceda conocerla más y experimentarla más a menudo!
3 - Palabras inefables
«Conozco a un hombre… fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no le es permitido al hombre expresar» (2 Cor. 12:2-4).
Pablo tuvo el inmenso privilegio de ser arrebatado «hasta el tercer cielo», o «al paraíso». El tercer cielo, del que el «Lugar Santísimo» del tabernáculo es el tipo, evoca la elevación del trono de Dios. El paraíso, por su parte, evoca la gloria de la presencia de Cristo que ahora se encuentra allí (comp. con Lucas 23:43; Apoc. 2:7).
En ese lugar, Pablo escuchó «palabras inefables que no le es permitido al hombre expresar». Menciona lo que escuchó, pero nada de lo que vio. Liberado de la carne, pudo oír palabras tan elevadas y santas que el hombre en la carne, incluso el creyente, no es capaz de expresarlas, ni está autorizado a hacerlo. La palabra griega utilizada aquí significa “inexpresable, indecible”. Lo que se oyó, o bien no puede expresarse, o bien no puede pronunciarse debido a su elevación y santidad.
Para el creyente que vive en la tierra, que aún tiene la carne en sí, estas palabras celestiales son demasiado santas y no pueden repetirse. Demasiado grande es el peligro, para el espíritu humano, de que las glorias allí descritas sean menospreciadas o arrastradas por el fango.
Sin embargo, esta experiencia única de Pablo fue algo maravilloso para él. Le dio la fuerza y la perseverancia necesarias para cumplir el servicio, a menudo difícil, que su amado Señor le había confiado. En las mayores dificultades que encontraba en el camino que conducía a la meta celestial, podía recordar: “He estado allá arriba”. Así podemos comprender con qué espíritu escribe a los filipenses: «Pero una cosa hago: olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Fil. 3:13-14). Nosotros también podemos regocijarnos por lo que Pablo nos enseña y esperar con gozo el momento en que comprendamos perfectamente estas realidades inefables, cuando conozcamos como hemos sido conocidos por Dios (1 Cor. 13:12).
4 - Gemidos inexpresables
«El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inexpresables» (Rom. 8:26).
El capítulo 8 de la Epístola a los Romanos, más que ningún otro, nos habla del Espíritu Santo y de su actividad en los creyentes. En él encontramos, en particular, su morada en ellos (v. 9, 11), su testimonio en ellos (v. 16), el pensamiento del Espíritu (v. 6), su poder (v. 13), su dirección en nuestra vida (v. 14), especialmente para la realización de nuestra relación con el Padre (v. 15).
Una de las actividades del Espíritu Santo descritas en este capítulo es la de Consolador –alguien que defiende la causa de una persona, le echa una mano y le ayuda–, aunque este título de Consolador, propio del Evangelio según Juan, no aparezca aquí (comp. con Juan 14:16). Leemos en el versículo 26: «De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues no sabemos orar como se debe; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inexpresables».
¡Qué maravillosa gracia que Dios haya enviado al Espíritu Santo a sus hijos, como huésped celestial para morar en ellos! ¡Y qué gracia que, entre sus diversas actividades, se ocupe también de nuestra debilidad humana e incluso se identifique en cierto modo con ella!
¿No hemos experimentado, en ciertas situaciones, que ya no sabemos qué debemos pedir ni cómo debemos hacerlo –«como se debe»? Somos humanos, a menudo débiles, ansiosos y perplejos; nos cansamos fácilmente y, desanimados, corremos el peligro abandonar todo. Recordemos que tenemos en Cristo a un Sumo Sacerdote compasivo que se encuentra a la diestra de Dios; él puede «compadecerse de nuestras debilidades», porque ha sido «tentado en todo como nosotros, conforme a nuestra semejanza, excepto en el pecado» (Hebr. 4:15). Y recordemos también que poseemos, en el Espíritu Santo, un «otro consolador» que mora en nosotros.
Ante las dificultades, las debilidades y las enfermedades que podemos encontrar en nuestro camino, a menudo no sabemos cómo actuar, ni qué, ni cómo, debemos pedir. No vemos ni solución ni remedio. Y es aún más difícil cuando no podemos discernir los pensamientos y los designios de Dios en tales situaciones. Nos sentimos impotentes, desamparados y no vemos ninguna salida. Entonces solo nos quedan los suspiros, la expresión de nuestra extrema debilidad.
¡Qué bendito consuelo es entonces saber que el Espíritu Santo que habita en nosotros se hace cargo de toda nuestra debilidad e intercede por nosotros ante nuestro Dios y Padre! Lo que no podemos expresar con palabras, el Espíritu Santo se lo presenta a Dios sin decir palabra. La palabra griega utilizada aquí para «inefable» significa originalmente “no pronunciado” y bien podría traducirse como “sin decir palabra”. El Espíritu no solo escudriña las cosas profundas de Dios (1 Cor. 2:10), sino también las cosas profundas de nuestros corazones y todo lo que en ellos ocurre. Se identifica con nosotros. Dios conoce el corazón de sus hijos, y también sabe «cuál es la intención del Espíritu», pues «de acuerdo con Dios intercede por los santos» (Rom. 8:27). Así, de nuestros suspiros mudos, débiles, expresados en la angustia, nacen, por la acción del Espíritu Santo que mora en nosotros, «gemidos inexpresables», perfectos, que Dios comprende. De nuestra debilidad nace una obra divina, digna de Aquel a quien pertenecemos y junto a quien pronto estaremos.
Entonces ya no habrá más debilidad ni suspiros. Todo lo que ahora es aún «inexpresable» debido a nuestras limitaciones será entonces conocido, comprendido y saboreado en perfección por todos los redimidos –lejos de la aflicción, el sufrimiento y el dolor– en la presencia de nuestro Señor. Sin embargo, la gloria del Hijo, que nadie, salvo el Padre, conoce verdaderamente, seguirá siendo, para nosotros como criaturas, ciertamente eternamente «inexpresable».