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Dependencia, obediencia y voluntad de Dios


person Autor: Sin mención del autor

flag Tema: La obediencia


Tanto en las cosas materiales como en las espirituales, es necesario aprender una sola cosa a la vez. Así como es necesario que un niño aprenda a caminar antes de correr, sucede lo mismo en las cosas de Dios. Las primeras lecciones nos preparan para las que siguen; sin ellas no sería posible adelantar y vivir una vida ordenada. Sería extraño ver correr a un niño que haya olvidado como caminar; es lo mismo en las cosas de Dios. Si los creyentes procuramos correr antes de haber aprendido a caminar, el resultado es que caemos.

Una de las primeras lecciones que aprende el creyente después de haber recibido el perdón de sus pecados, es la dependencia. Aquí abajo es donde vive y debe crecer espiritualmente, pero no puede de­pender de nada de lo que hay alrededor; depende del cielo. Aunque no es difícil esta lección, es necesario que la aprenda bien, pues la necesitará toda la vida. El creyente más avanzado es el que más siente que no puede depender de lo que hay alrededor, ni tampoco de sí mismo, y por lo tanto acude a los recursos que tiene en el cielo. ¡Qué diferente es esto a lo presentado en las doctrinas ajenas a la verdad, en las que se nos dice que el hombre tiene algo de bueno en sí y debe cultivarlo! El tal no depende del cielo: es independiente.

¡Cuántas veces, cuando un creyente adelantado cae des­pués de haber caminado muchos años con Dios, la causa es que ha descuidado esta lección tan importante de la dependencia! Confió en lo que había aprendido y en la confianza que otros tenían en él, dejo de mirar al cielo, y miró a sí mismo y a lo que le rodeaba. Esta fue la falta de nuestros primeros padres, Adán y Eva. En lugar de creer que lo que Dios dijo era lo mejor y depender de él, escucharon la voz de un extraño, y entró la independencia. De aquí parten las dos sen­das, una en independencia, resultando en pecado y en su paga o sala­rio: la muerte; la otra en dependencia, creciendo en el conocimiento de Dios y la vida eterna. No hay cosa más intolerable para el hom­bre natural, así como también para el creyente carnal, que tener que depender de Dios. Todos los deseos de este hombre, sus pensamientos, toda la inclinación de su ser son hacia él y en sí mismo, mientras que los deseos, pensamientos e inclinaciones del creyente espiritual van dirigidas y están en el cielo.

El hombre independiente dice: “Yo necesito cosas prácticas, no teorías ni doctrinas”. A esto contestamos que no hay cosa más práctica en la vida del creyente que la dependencia. Es como el respirar. Él pone esto “por obra” todo el tiempo, forma parte de su vida.

Pero el ser dependiente no termina en esperar el cielo. El Señor nunca falta a los que en él esperan, y el resultado es que reciben respuesta del cielo. No es posible vivir con una persona sin conocer sus gustos. De la misma forma, no es posible vivir en comunión con el Señor Jesús, sin aprender pronto lo que a él le agrada; de aquí viene la práctica. La obediencia consiste no solo en hacer sino en hacer lo ordenado. Tampoco requiere el Señor de nosotros la obediencia sin habernos hecho conocer sus deseos. Por ejemplo, no es desobediencia el hecho de que un niño juegue en la calle, pero si lo hace después de que se le ha prohibi­do, entonces es desobediencia. Así que, para obedecer, es necesario haber recibido un mandato. No sería extraño ver que un creyente recién convertido no hiciera todo lo que hace uno más avanzado. Por ejemplo, el Señor dice: «Haced esto en memoria de mí» (1 Cor. 11:24-25), pero no diríamos que un creyente recién convertido desobedece este mandato si no lo hace inmediatamente después de haber recibido el perdón de sus pecados, aunque sin duda no tardará en hacerlo si continúa en dependencia, pues pronto verá que así el Señor lo ha expresado en su Palabra. De este modo, el hombre dependiente aprende lo que le agrada al Señor, y lo “pone por obra”; en otras palabras, es obediente.

Cuando el creyente continúa en dependencia y obediencia, experimenta cuán dulce es, y desea aprender y obedecer cada día más. Experimenta que: «Mi yugo es suave, y ligera mi carga» (Mat. 11:30), le agrada obedecer y se complace en hacerlo siempre más; luego, desea solamente hacer la voluntad del Señor. Son deseos producidos por el mismo Señor, y sin duda es lo que él quiere de todos nosotros. Pero vamos a ver que para ello Dios nos pide una voluntad quebrantada. Si lo realizáramos, ello llenaría de gozo y dulzura cada uno de nuestros pasos, cada minuto del día. ¡Cuán hermoso sería estar solamente a las órdenes de tal Maestro! Recuerdo haber oído decir a un creyente que caminó muchos años con el Señor, y que ahora está con él: “Es dulce hacer la voluntad de Dios; es verdad, lo sé, porque lo he probado”, pero continuó diciendo: “Es dulce tener mi voluntad quebrantada”. Cuando la voluntad de Dios nos conduce «junto a aguas de reposo», no es muy difícil decir que es dulce, pero ¿podemos decirlo también, aunque «ande en valle de sombra de muerte» y añadir «no temeré»? ¿Sabemos realizar que es dulce el camino cuando nos conduce por lo que es muerte a nuestra voluntad? Hubo Uno que declaró: «Sí, Padre, porque así te agradó» (Mat. 11:26). Esto es algo totalmente distinto a la resignación. El creyente no acepta una cosa debido a que no hay otro remedio. Recuerdo un hermano que decía cuando perdió su esposa: “Hay que resignarse”. No creo que de­bamos decir esto. Lo piensa y dice el incrédulo, pero el creyente dice: «Sí, Padre, porque así te agradó».

Así que, si tengo un jefe, debo servirle «como a Cristo; no sirváis solamente cuando os miran, como para agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios». (Efe. 6:5-6). Y si tengo uno que está a mis órdenes, la Palabra me dice: «Dejad las amenazas; sabiendo que el Amo de ellos y el vuestro está en los cielos» (Efe. 6:9). Y a los hijos, la Palabra les dice: «Hijos, obedeced en el Señor a vues­tros padres» (Efe. 6:1). Vemos pues como la voluntad de Dios entra en nuestra vida diaria, en las cosas más corrientes de cada día. Si durante el domingo me he gozado mucho en la presencia de Dios, deberé gozarme también el lunes cuando vaya a cumplir mi trabajo y obligaciones. No iré como antes, tan solo para ganarme el pan, sino para hacer la voluntad de Dios, para servir a Cristo, ya en un trabajo de oficina, ya en los negocios, ya manejando una herramienta, la pala o la aguja, o cuidando de los niños, o preparando las comidas. Todo lo puedo hacer por el Señor, y experimento cuán dulce es realizarlo. ¡Cuán agradable ha de ser para Dios cuando ve en esta tierra, aquí o allí, a un creyente que obra de esta manera! Él puede decir en­tonces: “Veo en él algo de lo que hubo en mi amado Hijo cuando estaba sobre la tierra”.

Así vemos, hermanos, y no lo olvidemos, que la verdadera vida cristiana no consiste tan solo en asistir y seguir las reuniones, sino que con­siste en vivir o realizar esta vida en nuestras ocupaciones diarias.

Pero, para hacer la voluntad de Dios, es necesario conocerla. No puedo hacer lo que desea mi jefe si no conozco sus deseos. Por eso dice el apóstol a los colosenses que ora sin cesar por ellos, pidiendo a Dios que «seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría e inteligencia espiritual» (Col. 1:9), demostrando que la voluntad de Dios no es solo que aceptemos lo que él permite que nos acon­tezca, sino que él nos instruye en su Palabra en cuanto a sus deseos.

Por hermoso que sea, comprendemos fácilmente que esto no se puede realizar fuera de la dependencia y de la obediencia. Cualquier otro esfuerzo sería vano; sería procurar alcanzar la felicidad que hay en el camino de la obediencia mediante la independencia. Pero, lo mismo que la independencia en el huerto de Edén fue seguida por la desobediencia, alejando la criatura de su Creador, todo esfuerzo en inde­pendencia, me aparta del Señor y no puede acercarme a él. Recuerdo que una vez me enfrié en cuanto a las cosas del Señor (aunque no me había mundanizado) sin que ninguno haya notado la diferencia, pero yo sabía que no gozaba de la proximidad del Señor y de su comunión como antes. Deseoso de tenerla nuevamente, me dije: “¿Qué haré?” Si leo la Palabra, no encuentro interés en ella; si me pongo a orar, lo hago con pocos deseos. Permanecer en ese estado no me era de ningún provecho. Entonces pensé: “Voy a volver”; determiné humillarme y juzgarme, y decirle al Señor que no deseaba seguir sin él. Leía un poco la Palabra, y no pasaron muchos días sin que renaciera en mí el interés, el gozo y la comunión, «y me buscaréis y me hallaréis… Y seré hallado por vosotros, dice Jehová» (Jer. 29:13-14). Si por nuestra parte hay humillación y disposición, él no nos faltará. Pero, una vez hallado de nuevo recuperada la comunión, hay que cuidarla, mantenerla, pues muy pronto podemos caer en la independencia y aún en la desobediencia. Aprendamos y guardemos con celo tan preciosas enseñanzas.

Recordemos también, hermanos, que nuestras reuniones están influenciadas, no solo por la luz que tenemos (cosa muy necesaria) sino también por el estado de alma de cada uno. Bien puedo pasar por un hermano o una hermana de mucho conocimiento, pero si no estoy caminando en dependencia, tarde o temprano la independencia se manifestará, y si se manifiesta en las cosas de Dios, es muy grave. La independencia en las cosas de Dios es llamada lepra en el Antiguo Testamento; ¡sí! Es la voluntad del hombre obrando en las cosas de Dios. Ya es un pecado del hombre el hacer su voluntad, en independencia de Dios; pero el hacerla en las cosas divinas es pretender introducir nuevamente lo que es horrible sobremanera, pues su amado Hijo tuvo que dar su vida para quitar el pecado de su presencia para siempre.

Revista «Vida cristiana», año 1960, N° 47


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