El Señor Está Cerca

Día del Señor
4
Junio

Uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha… Y tocando su oreja, le sanó.

(Lucas 22:50-51)

La gracia del Señor ante sus adversarios

Lucas, el médico amado, nos relata esta conmovedora escena en el huerto de Getsemaní. La cruz, con toda su angustia y vergüenza, era inminente para el Salvador. Acababa de levantarse de su agónica oración cuando un grupo de hombres armados se acercó para arrestarlo. El beso del traidor señaló al que buscaban. Sin embargo, el Señor no corría ningún peligro, a menos que decidiera entregarse a la maldad de sus enemigos. Al oír su voz, sus agresores cayeron al suelo (Jn. 18:6), y nada le habría resultado más fácil que marcharse. Pero habiendo venido de lo alto para ofrecerse como sacrificio expiatorio, él se sometió humildemente a aquellos hombres que vinieron a llevárselo.

Los que lo rodeaban no pensaban de la misma forma. Pedro, con su ardor habitual, sacó su espada y le cortó la oreja derecha a Malco, un siervo del sumo sacerdote. ¡Qué poco se parecen estos discípulos del Señor, incluso los más nobles, a su Maestro! Pero pongamos atención a la gracia del Salvador. Reprendió a Pedro por su celo mal dirigido e inmediatamente curó la oreja del siervo con sus manos. Lucas es quien nos relata esta extraordinaria manifestación de la gracia sanadora, y Juan nos menciona los nombres de las personas implicadas. En efecto, la gracia de nuestro Señor Jesucristo no tiene límites. No solo durante los días de su ministerio, sino también cuando las nubes se oscurecían a su alrededor, estaba disponible para aliviar la miseria y las necesidades de los hombres.

¡Un abierto opositor fue sanado y bendecido! ¿Alguna vez la naturaleza humana ha mostrado algo parecido? Sin embargo, el hecho de que el Salvador lo hiciera está en el espíritu mismo del evangelio. El apóstol Pablo escribió: “Vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:21, 22).

W. W. Fereday

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