Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Esta epístola acerca nuestros corazones a Cristo tal como lo vemos ahora, exaltado a la diestra de Dios. Él comenzó y consumó la obra de la redención, algo que nadie más podía hacer. Ahora está sentado a la diestra de Dios. Si se tratara de cualquier otro sacerdote, jamás hubiera podido sentarse, pues su trabajo nunca terminaba. Pero Cristo glorificó a Dios en la tierra, finalizó la obra, ascendió a lo alto, y se sentó. Como Hombre, Él fue invitado por Dios a subir y sentarse, y el versículo de hoy enfatiza la grandeza personal del Señor Jesús en el hecho de que Él se ha sentado.
También implica que su obra fue completada y aceptada por Dios. Su camino sobre la tierra, antes de subir allá arriba, estuvo marcado por el sufrimiento y la vergüenza. Él soportó todo eso, incluso los sufrimientos insondables de la cruz: no solo la vergüenza y los sufrimientos físicos, sino, sobre todo, los sufrimientos de ser desamparado por su Dios, a quien había honrado siempre. Cristo puso su rostro como un pedernal, enfocándose por completo en la obra que necesitaba completar, menospreciando el oprobio, no dejándose distraer por él. Dios, que es justo y santo, halló plena satisfacción cuando Cristo clamó aquella única palabra: “tetelestai”, consumado es, o completamente pagado.
El velo dentro del lugar santo se rasgó, milagrosamente, de arriba abajo, demostrando la satisfacción de Dios en aquella obra cumplida. Así Dios ha aceptado que muchos hijos sean llevados a la gloria (He. 2:10). Estos ahora pueden mirar a Cristo en lo alto, apartando sus ojos de todo lo demás (pecados, sufrimientos, persecución), mirando a Aquel que consumó la obra para la gloria de Dios. Sabemos que el lugar que Él ocupa también es nuestro, y que su gozo es nuestro gozo. Miramos a lo alto y confiamos en Él, pues es nuestro Líder hasta el día de su regreso.
Alfred E. Bouter