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A los padres de mis nietos


person Autor: G. Christopher WILLIS 2

flag Temas: Familia Personas

(Fuente: creced.ch)


1 - Adán

Busquemos en la historia de Adán la causa de la caída de su hijo primogénito. «Seréis como Dios», había dicho el tentador a Eva (Gén. 3:5), y el marido, como la mujer, sucumbieron a esas perspectivas seductoras. ¿Cuál fue el origen de esta caída? La desobediencia, la negativa de escuchar la clara palabra de Dios, el rechazo deliberado de esta palabra que conocían bien y que habían comprendido perfectamente. En lo que concierne a nosotros, estemos seguros de que nuestra desobediencia a esta Palabra, por más fácil que pareciera el camino, solo nos traerá penas, y no solamente a nosotros mismos. Puede que semejante despreocupación cause la pérdida de nuestros hijos. Agregaré que la desobediencia sigue siendo el origen del naufragio de tantas familias cristianas. Por eso, solo puedo suplicarles a ustedes que aman a su Maestro y a sus hijos, que permanezcan en absoluta sumisión a la Palabra de Dios. Así seguirán un camino seguro.

Busquemos ahora la razón de la desobediencia de nuestros primeros padres. La atribuyo a la duda emitida por la serpiente: «¿Conque Dios os ha dicho?» Vivimos en una época en que se expresan toda clase de críticas, por lo que tenemos una gran necesidad de que el Señor nos guarde con una confianza inquebrantable en Él, en su Palabra, para que nada jamás nos desvíe de nuestra fe.

La Escritura nos recomienda huir de ciertas cosas: «Huye también de las pasiones juveniles» (2 Tim. 2:22). «Huid de la idolatría» (1 Cor. 10:14). «Huid de la fornicación» (1 Cor. 6:18). «Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas» (1 Tim. 6:11). Pero, que yo sepa, no se nos recomienda huir del diablo; al contrario, es él quien huirá si nosotros le resistimos. «Resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Sant. 4:7). Si permanecemos «firmes en la fe» (1 Pe. 5:8-9) y en las Escrituras, él no podrá quebrantar nuestra confianza; no obstante, permanece como autor de la mínima duda emitida sobre la santa Palabra de Dios.

La serpiente supo poner delante de Eva un señuelo particularmente atractivo: «Seréis como Dios». Le ofrecía un lugar más elevado que el que Dios le había asignado. ¿No vemos hoy un esfuerzo parecido en contra de los padres, que les toca directamente a ellos o a sus hijos? Muchos cristianos no escapan de esta astucia del enemigo y se dejan comprometer con las exigencias de la vida moderna. Nuestros antepasados se contentaban con tener un apartamento simple, nosotros queremos una casa hermosa; ellos se desplazaban a pie, nosotros viajamos en coche; se contentaban con alfombras viejas, nosotros necesitamos objetos de valor. Ustedes me dirán que los tiempos han cambiado; ciertamente; pero en otro tiempo «había gigantes en la tierra» (véase Gén. 6:4) en cuanto a las cosas de Dios; actualmente solo somos enanos en ese dominio. En nuestros días, cada uno quiere «mantener su rango social», y somos incapaces de ser diferentes de los demás. Sin embargo Dios, en su gracia, hizo una diferencia reservando a cada uno de nosotros un lugar bien definido. Adán y Eva, queriendo ocupar una posición más elevada que aquella que Dios les había atribuido primitivamente, provocaron, por su actitud, la pérdida de Caín y la muerte de Abel.

Encontramos en el Nuevo Testamento la explicación del sanguinario acto cometido por Caín. «¿Por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas» (1 Juan 3:12). Caín estaba celoso de su hermano. «¿Quién podrá sostenerse delante de la envidia?» (Prov. 27:4). Veamos en la Biblia lo que Dios quiere decirnos sobre este tema. «Donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa» (Sant. 3:16). Entonces tenemos que «desechar… toda malicia» (1 Pe. 2:1), porque el celo hizo caer a más de un hijo de Dios.

Cuando Eva tomó el fruto prohibido, pensó poco en el fruto terriblemente amargo que preparaba para sí misma, y que, de un solo golpe, la privó de sus dos hijos. Tengamos cuidado con no comprometernos ligeramente sobre una pendiente que, más tarde, nos traerá años de penas y angustias para nosotros y para nuestros hijos.

Otra alusión nos permite pensar que no todo andaba bien en la familia de Adán. Según Génesis 4:1, Eva escogió ella misma el nombre de su hijo. Hoy en día, nuestras costumbres permanecen iguales, pero temo que no sea según la Palabra de Dios. Un detalle, dirán ustedes. Acordémoslo: Eva primero incitó a Adán al camino de la desobediencia. Luego, aparentemente aquí, todavía era ella quien gobernaba la casa. Pero en el capítulo siguiente, con el nacimiento de Set, la situación cambió: «Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set» (Gén. 5:3). Adán y Eva comprendieron la lección, y Adán ocupó el lugar que le correspondía.

¿Cuál era este lugar? ¿Y el de Eva? A esta última pregunta, 1 Pedro 3:4-6 nos da la respuesta: «Un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor». Por otra parte, se recomienda a las mujeres jóvenes, a las madres jóvenes, «gobernar su casa» (1 Tim. 5:14). La palabra griega utilizada aquí es interesante; es el único pasaje donde la encontramos, y, para traducirla literalmente, habría que decir «ser la ama de casa». El término que corresponde se encuentra doce veces (todas en los tres primeros Evangelios) y se traduce por «maestro de casa» con un pensamiento que atañe al padre. Una magnífica paráfrasis del versículo de la epístola a Timoteo se ha hecho así: «Ellas gobiernan su casa con una soberanía parecida a la de una reina, sin de ningún modo poner de lado la soberanía real del amo de casa». Ambos, pues, como rey y reina dirigen juntos el pequeño dominio que Dios confió a sus cuidados.

Volviendo a nuestro tema, creemos distinguir algo de esta unidad de pensamiento y acción en el nacimiento de Set. Si Génesis 4:25 parece contradecir el capítulo 5:3, de hecho, se complementan. Es probable que la unidad conyugal haya faltado durante largos años en esta primera familia. Eva «gobernaba la casa» pero descuidaba la advertencia de 1 Pedro 3. Sin embargo, la lección llevó sus frutos, y Set es el primero de esta larga descendencia de la posteridad de la mujer, de quien el punto culminante se encuentra en esta gloriosa Posteridad que hirió la cabeza de la serpiente (véase Gén. 3:15).

Ya que hablamos de esta dulce armonía existente entre el padre y la madre, mencionemos las alusiones que contiene el libro de los Proverbios: referente a los catorce pasajes que nombran a la madre, doce citan juntos al padre y la madre.

2 - Lamec (Gén. 4:18-24)

Lamec, séptimo desde Adán en la línea de Caín, es el primer hombre cuya poligamia es recordada en la Biblia. Esa costumbre tiene, pues, su origen en un descendiente de Caín, y no en uno de Set.

A veces se dice de algunos padres: «Pueden estar orgullosos de sus hijos». Ése fue el caso de Lamec y de sus dos mujeres, Ada y Zila. Criaron sus hijos para hacer de ellos hombres útiles y trabajadores y, con su hermana Naama («amable»), formaron un encantador cuadro de familia terrestre. Los dos hijos de Ada, Jabal y Jubal, fueron respectivamente los antepasados de los que «habitan en tiendas y crían ganados», y de los que «tocan arpa y flauta»; mientras que Tubal-caín (su nombre significa «serás ofrecido a Caín»), quizás en recuerdo de su ascendiente, fue el padre de los que trabajan el metal, industria que se desarrolla y crece en nuestros días. Sí, viendo las grandes capacidades y los éxitos de sus hijos, Lamec podía considerarse orgulloso y feliz, humanamente hablando.

Pero las apariencias engañan. Como su antepasado de quien quiso perpetuar la memoria por el nombre de su hijo, Lamec era un asesino, y el temor de la venganza pesaba penosamente sobre él y minaba la paz y el gozo que hubieran podido ser su parte. ¿Y qué sucedió con su familia, con esos primeros precursores que se ocuparon de la agricultura, la música y la industria metalúrgica? Hace mucho tiempo, dejaron la escena de este mundo para el cual habían sido destinados y en el cual habían triunfado. Nada permite suponer que hayan abandonado el camino ancho que siempre conduce a la perdición de los que lo siguen, como ocurrió en otro tiempo con su antepasado Caín.

Queriendo suscitar el éxito social de sus hijos, numerosos padres cristianos los incitan a seguir un camino ancho. No obstante, cuán preferible es caminar como desconocidos y desapercibidos aquí abajo, teniendo su nombre inscrito en los cielos, antes que brillar, sin Cristo, en medio de las personalidades de este mundo.

3 - Enoc (Gén. 5:21-22)

Mientras que Lamec es séptimo desde Adán en la línea de Caín, Enoc lo es desde Adán en la línea de Set (Judas 14). ¿Por qué en una epístola tan corta como la de Judas el Espíritu Santo se toma la molestia de precisar el número de las generaciones desde Adán hasta Enoc? A pesar de ser breve, el comentario de la vida de Enoc trae consuelo a los padres cristianos de hoy. En Génesis 5:21-22 leemos: «Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén. Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas». Notemos que no dice que Enoc caminó con Dios durante los sesenta y cinco años que precedieron al nacimiento de Matusalén. ¿Podemos deducir de esto que este niñito ejerció influencia en Enoc?

A veces se nota el egoísmo de los jóvenes cristianos, casados o no. El «yo» y los intereses personales ocupan un gran lugar en sus pensamientos. «¿Qué me gustaría? ¡No tengo ganas de hacer esto!» Demasiado a menudo oímos estas expresiones que fueron también las nuestras. Pero a medida que nacen hijos, somos sometidos a otra escuela: el bebé está agitado y no quiere dormir, mamá lo ha cuidado todo el día; entonces, llegada la noche, el padre toma el relevo, tomando al niño en sus brazos después del cansancio de un trabajo cotidiano agobiador. ¡Felices los padres que, en esos momentos, saben remitirse al Señor mientras intentan hacer dormir a su hijo! Esas vigilias representarán para ellos momentos de comunión estrecha con su mejor y más querido Amigo. La casa silenciosa, dormida, se volverá un lugar calmo y propicio para el recogimiento ante el Señor. Si sucede que su hijo desciende hasta el borde del río frío y oscuro (es decir la muerte), este pequeño ser se volverá para usted más precioso que usted mismo, y usted aprenderá una de las lecciones más grandes que esta vida puede enseñarnos: la de clamar con toda sinceridad: «Hágase tu voluntad» (Mat. 6:10).

Podríamos escribir un libro sobre las benditas experiencias que hacemos con nuestros hijos, que solo los padres pueden conocer. Cierto, son también los únicos que pueden comprender realmente el sentido de la historia de Enoc, como si ella hubiese sido escrita especialmente para nosotros los padres. Tomando este ejemplo, consideremos que nuestros hijos representan una fuerza que nos empuja a caminar con Dios. En esta preciosa compañía sacaremos fuerzas y consuelo para el camino.

El niñito, que suscitó la fidelidad de su padre Enoc, debió de observarlo en su marcha día tras día, y escucharlo pronunciar esas profecías solemnes del juicio venidero que Judas nos trasmitió siglos más tarde. Su nombre, Matusalén, significa «a su muerte será enviado». Seguramente tuvo esperanzas y ambiciones muy diferentes de las que prevalecían entre sus primos, los hijos de Lamec.

Durante trescientos años, Matusalén fue testigo de la conducta consecuente de su padre, hasta que este último «desapareció, porque le llevó Dios» (Gén. 5:24); Dios lo llevó sin que viera la muerte, como nos lo enseña Hebreos 11:5. Luego, Matusalén vio nacer a su hijo Lamec que vivió 777 años (muy distinto del hombre del último libro de la Biblia cuyo número es el 666; Apoc. 13:18), y murió, pero su padre sobrevivió aún cinco años después de él. Durante seiscientos años observó a su nieto Noé («consuelo») construyendo el arca para salvar a su familia; escuchó el anuncio solemne del juicio que caería sobre la tierra, pero que sería ejecutado solo después de su muerte. Los novecientos sesenta y nueve años de este hombre, que alcanzó la edad más avanzada jamás conocida, son como una voz poderosa, que clama a los oídos de aquellos que quieren oír. Les hablan de la longanimidad y de la paciencia de Dios, diciéndoles que el juicio es «su extraña obra... su extraña operación» (Is. 28:21); pero proclama con igual precisión la certidumbre del juicio venidero.

¡Qué contraste entre las casas de esos dos patriarcas! Los dos pertenecen a la séptima generación desde Adán; uno respirando el aire de la tierra, el otro la atmósfera del cielo; uno culpable de homicidio, mientras que el otro no vio la muerte.

Nosotros que somos padres, no podemos sino desear una vida parecida a la de Enoc, cuyo ejemplo debemos poner ante nuestros hijos. Únicamente un modelo semejante podrá alejarlos del mundo con más seguridad.

4 - Lot (Gén. 13 y 14; 18 al 20)

La historia de Lot es triste pero muy instructiva. En el momento de la contienda entre los pastores de Abraham y los de Lot, Abraham propuso separarse para no mostrar al amorreo que vivía en el país el triste espectáculo de una disputa entre hijos de Dios. Con un espíritu de conciliación, el mayor de los dos, Abraham, invitó a su sobrino a elegir la región donde le gustaría vivir. Con egoísmo, Lot optó por las llanuras irrigadas de Sodoma. ¡Cuántas veces ponemos a nuestras familias en contacto con el mal, considerando únicamente ilusorios provechos materiales!

Para Lot, la pobreza hubiese sido más provechosa que la riqueza de las fértiles praderas de Sodoma. Conocemos la historia: Lot miró primeramente la llanura de riego, luego puso sus tiendas hasta Sodoma, después habitó en la ciudad, y por último lo encontramos «sentado a la puerta» (Gén. 13:10-13; 19:1). Por cierto, el «justo Lot… afligía cada día su alma justa» cuando vivía en este lugar innoble (2 Pe. 2:8). Quizás se dejó persuadir por su mujer y su familia para ir a vivir a Sodoma, a pesar de las cosas que lo preocupaban diariamente; quizás consideraba las ventajas humanas que sacarían sus hijos en un lugar tan favorecido. Sea lo que fuere, sus hijas iban a casarse con hombres de Sodoma y se establecieron allí. No olvidemos la causa primera de esas desdichadas uniones: la rápida y egoísta elección de Lot, quien tendría que haber esperado la decisión de su tío, como lo exigía la cortesía.

Pero para mí, la parte más triste de este relato se encuentra en Génesis 19:14: «Salió Lot y habló a sus yernos, los que habían de tomar sus hijas, y les dijo: Levantaos, salid de este lugar; porque Jehová va a destruir esta ciudad. Mas pareció a sus yernos como que se burlaba». Leamos ese pasaje atentamente; si comprendo bien, a causa de una amarga experiencia personal, Lot, a pesar de su alma afligida, tenía la costumbre de bromear; tal vez era espiritual, pero siempre estaba listo para reír, sino sus yernos no hubieran tomado como una burla la advertencia desesperada de su suegro. Consideremos bien los hechos: la costumbre de bromear le costó a Lot la vida de sus yernos; perecieron en el momento de la destrucción de la ciudad a causa de lo que podría ser estimado como una «broma inocente». El pasaje de Eclesiastés 10:1 lo ilustra bien: «Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable». Muy diferentes son los ungüentos del Cantar de los Cantares 1:3 y el perfume agradable que llena la casa donde estaba sentado el Señor y sus discípulos (Juan 12:3); sería muy triste si este olor hubiese sido destruido por algunas «moscas muertas».

No nos asombremos si el Nuevo Testamento exhorta seriamente a aquellos que ejercitan una autoridad en la iglesia a ser sobrios y serios (1 Tim. 3:2, 8, 11, V.M.; Tito 1:8; 2:2), y nos pone en guardia contra toda palabra deshonesta o necedad que no conviene (Efesios 5:4). ¡Cuántos remordimientos nos asaltarían si algunos de nuestros parientes cercanos pasaran la eternidad en el lago de fuego a causa de una broma!

Desgraciadamente la historia de Lot no se termina aquí. Aún nos deja una solemne advertencia: Echando una mirada hacia atrás, su mujer mostró donde había dejado su corazón; «se volvió estatua de sal» (Gén. 19:26). Habiendo escapado de Sodoma, sus propias hijas embriagaron a su padre durante dos noches sucesivas (lo que ciertamente no era inhabitual en él) y, para eterna vergüenza de él y de ellas, fueron entonces las madres de los moabitas y de los amonitas: dos de entre los más encarnizados pueblos enemigos de Israel.

Tal es el fruto que llevó un hombre «justo» al fin de su camino, a causa de la mirada de deseo que había dirigido sobre las llanuras bien regadas de este mundo.

5 - Amram y Jocabed (Éx. 2:1-10 ; 6:20)

Hablemos ahora de los padres de Moisés, Amram y Jocabed. El capítulo 2 de Éxodo nos relata una historia encantadora; probablemente la mujer fue la promotora del asunto, y esto no debe asombrarnos, ya que Jocabed era la tía de Amram (Éx. 6:20). Sin embargo, nada nos dice que Amram no ocupara el lugar preeminente al cual tenía derecho. Hebreos 11:23 precisa: «Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey». Aquellos de entre nosotros que vivieron en un país gobernado por un enemigo apreciarán el coraje de esta pareja. Los esposos no se asustaron de las órdenes reales, sino que sometieron a prueba su fe «mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego» (1 Pe. 1:7). Dios respondió ampliamente a esta fe, puesto que cada uno de sus tres hijos llegó a ser un siervo o una sierva de Dios.

Los padres que hoy en día toman posición valientemente al lado del Señor en lo que concierne a sus hijos, contando únicamente con él, sin temor de los hombres, obtendrán un gran aliento considerando este ejemplo, pues Dios recompensará su fe como lo hizo con Amram y Jocabed.

Jocabed nos enseña aún otra cosa. Faraón había mandado: «Echad al río a todo hijo que nazca» (Éx. 1:22). Jocabed obedeció puesto que entregó a su hijo al río, pero lo escondió en una arquilla calafateada con asfalto, de modo que ninguna gota de agua podía infiltrarse. La fe de esta mujer fue ricamente recompensada: la hija del rey lo llevó a su casa, y la hermana del niño fue a buscar una nodriza quien no era otra que su propia madre. ¡Con cuánto gozo tomó el bebé de los brazos de la princesa quien le dijo: «Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré»! (2:9).

Los padres cristianos, si tienen el privilegio de recibir un hijo que Dios les confía, deben darse cuenta del hecho de que se halla bajo la sentencia de muerte. Pueden poner al recién nacido en las aguas de la muerte, reconociendo que allí es su parte. Pero hay Otro que atravesó esas aguas en primer lugar. Les devuelve el niño diciendo: «Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré». El niño no pertenece más a sus padres; lo pusieron en las manos de Uno más poderoso que ellos, lo recibió, y luego lo devuelve para que sea criado para Él, según sus enseñanzas y sus consejos. Esto no disminuye la importancia de una fe personal indispensable para ser salvo, pero tenemos el privilegio de poder contar con Dios; y sabemos con qué riquezas nos recompensará si este hijo es sinceramente educado para él.

6 - Caleb

¡Qué ejemplos refrescantes ofrecen Caleb y su hija Acsa! Caleb fue enviado con Josué y otros diez hombres para reconocer la tierra prometida. Los diez presentaron un informe desfavorable del país, mientras que Josué y Caleb, por el contrario, empujaron a Israel a avanzar y a tomar posesión de Canaán inmediatamente: «Más podremos nosotros que ellos», dijeron los dos hombres (Núm. 13:30). Israel rehusó escucharlos y debió volver al desierto por cuarenta años más, y lo mismo sucedió con Caleb a pesar de que su corazón haya quedado en Canaán. Durante esos cuarenta años, cada vez que el campamento era levantado sobre esas inmensas y salvajes extensiones de arena, frente a las coloradas y desnudas montañas que erguían sus picos hacia el cielo, imagino a la pequeña Acsa sentándose con sus hermanos (1 Cró. 4:15) junto a su padre, ella sobre las rodillas y con sus brazos alrededor del cuello de ese hombre fuerte, escuchando las historias cautivantes que podía contarles, historias auténticas de gigantes que había visto con sus propios ojos, viviendo en ciudades rodeadas de murallas altas. Caleb mencionaba también los productos que la tierra les proveía, un racimo de uva que debió ser transportado sobre una vara por dos hombres; y para terminar, seguramente debía de decir a los niños que un día su pueblo, con la ayuda de Dios, sería capaz de vencer a esos gigantes, y el país pertenecería a Israel. La historia preferida de Acsa era quizás la de Hebrón. Abraham, después de separarse de su sobrino Lot quien fue a habitar en las llanuras de Sodoma, levantó su tienda en Hebrón y edificó un altar. Compró allí un campo y la cueva de Macpela para sepultar a Sara (Gén. 23), donde él mismo fue también enterrado por Isaac e Ismael. Isaac y Rebeca reposaron en ese lugar al igual que Lea, y más tarde fue depositado el cuerpo de Jacob traído de Egipto. Quizás también les habló de José, el hijo amado de Jacob, terminando su relato con estas palabras: «Hebrón, el lugar más querido de nuestros corazones de todo Canaán, es nuestra herencia y nos pertenece». Y les recordaba las palabras de Moisés: «Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro... para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios» (Deut. 11:24; Josué 14:9). Los ojos de Acsa se iluminaban al escuchar esos maravillosos relatos que le enseñaban a amar el país de la promesa, sus colinas y sus valles, sus frutos y sus pastos. Durante nuestra infancia aprendemos a amar las cosas de Dios.

¡Qué poco sabemos apreciar el valor de esas veladas con nuestros hijos sobre las rodillas o a nuestros pies, o aun cuando están en la cama y piden: «Cuéntanos una historia»! Más tarde, daríamos todos los bienes que poseemos para volver a esos instantes benditos. Jóvenes padres, es ahora el momento de enseñar a sus hijos a amar la patria celestial hacia la cual avanzamos. Cuando los corazones son jóvenes, los afectos permanecen ardientes y entusiastas. Aun después de un día fatigante de trabajo, no pierdan la oportunidad de enseñarles, pues vale más que todo el oro del mundo.

Caleb no tenía únicamente a su hija delante de él; su sobrino Otoniel, aún joven, fue profundamente tocado por las palabras de su tío. Aprendió a amar a su joven prima Acsa, al mismo tiempo que los campos de Canaán. Después de entrar en la tierra prometida, su tío le dijo: «Al que atacare a Quiriat-sefer, y la tomare, yo le daré mi hija Acsa por mujer. Y la tomó Otoniel, hijo de Cenaz hermano de Caleb; y él le dio su hija Acsa por mujer» (Jos. 15:16-17).

Otoniel y Acsa debían ser animados por un mismo espíritu en lo que concernía al país de Canaán, pues la joven empujó a su marido a pedir tierras a su padre. No necesitó insistir, pues Caleb amaba a su hija y sentía mucho gozo al ver que ella tenía el mismo amor que él por el país de Canaán. Debió de regocijarse viéndola bajar de su asno y venir hacia él. Sabía que deseaba algo, y le preguntó: «¿Qué tienes? Y ella respondió: Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. Él entonces le dio las fuentes de arriba, y las de abajo» (Jos. 15:18-19). ¿Piensan que Caleb se ofendió ante el atrevimiento de este pedido? Le hubiera podido responder: «Ya te he dado tierra del Neguev, ¿no es suficiente? ¿por qué te he de dar más?» No; Acsa era una hija según su corazón, deseaba fuentes de Canaán y le dio el doble de lo que pedía. El Señor actúa de la misma manera con nosotros: «Y aun también te he dado las cosas que no pediste» (1 Reyes 3:13).

El corazón del anciano tío debió de regocijarse al ver en su sobrino un hombre digno de su hija amada, pero no es todo. A medida que pasaron los años, Israel se alejó cada vez más de Dios, la ira divina se acrecentó contra el pueblo, y los israelitas fueron entregados en manos de sus enemigos. Pero cuando el pueblo clamó a Jehová, Dios les dio un salvador, el primer juez, en la persona de Otoniel, hijo de Cenaz, hermano de Caleb (Jue. 3:9). Me gusta pensar que Otoniel y Acsa estaban preparados para esta noble tarea por las historias que el anciano Caleb les había relatado sobre el país que no habían visto pero que amaban.

¡Señor, ayúdanos a ganar el corazón de nuestros hijos!

Dios dijo de Caleb: «Mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y decidió ir en pos de mí, yo le meteré en la tierra donde entró, y su descendencia la tendrá en posesión» (Núm. 14:24). Y Caleb dijo de sí mismo: «Yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios» (Josué 14:8). El nombre de Caleb significa «perro»; un buen perro sigue a su amo en todo lugar y muestra una gran fidelidad hacia él. El espíritu de Caleb influenció seguramente a su hija, pero la piedad no se hereda, y es muy triste ver a Nabal, hombre duro y malo, en la descendencia de Caleb (1 Sam. 25:3).

7 - Ana (1 Sam. 1)

La historia de Ana y Elcana es encantadora. La fe de esta joven madre es particularmente alentadora para los padres. Apenada por las molestias irritantes de su enemiga que le reprochaba su esterilidad, Ana no comía más, lloraba y se hundía en la desesperación. ¿Qué hacer? «Oró a Jehová» (v. 10). ¿No es lo único que pueden hacer los padres cristianos, y de lo que muchas veces se vuelven negligentes? Los hijos nos disgustan, los amigos nos molestan con sus críticas, nuestra familia nos da consejos con las mejores intenciones pero que denotan una incomprensión total, entonces dejamos aflorar la ira. Hagamos como Ana, hablemos de esto al Señor. Ella fue puesta a prueba, encontrando oposición y crítica de parte de Elí de quien esperaba ayuda y simpatía. Pero este día de oración produjo una profunda impresión en ella y en el anciano sacerdote; Elí pudo entonces darle esta bendición: «Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho» (v. 17). ¡Qué consuelo para ese corazón herido! Algunos años más tarde, llena de agradecimiento después del nacimiento de Samuel, Ana utilizó casi los mismos términos.

Señalemos lo que sucedió luego: Ella «no estuvo más triste», su actitud no reflejaba ninguna tristeza más: tal es el efecto producido por la oración. Cuando descargamos nuestras penas y preocupaciones en el Señor, él las carga sobre sí mismo, y nuestras contrariedades dan lugar a una paz que sobrepasa todo conocimiento. «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7). Esta paz incomparable llenó el alma de Ana y la transformó. Pensamos también en el Señor, de quien se dice: «Entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra» (Lucas 9:29). Por cierto, en este último pasaje, el pensamiento es totalmente diferente, y las circunstancias presentan un carácter muy particular, sin embargo, en cierto sentido, se produce también en nosotros: si oramos con fervor, nuestro estado de ánimo cambia.

Algunos años más tarde, cuando el niño Samuel fue destetado, su madre lo llevó al anciano Elí, aquel que había tenido palabras de aliento, y le dijo: «Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí» (1 Sam. 1:27). Muchos padres y madres pueden decir lo mismo: «Por este niño oré». Muchas veces estamos de rodillas por nuestros niños. Que no se desalienten los padres; el Señor escucha todas sus oraciones, oren con perseverancia, pues él dice: «Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho».

Podemos sacar otra enseñanza de este capítulo. Ana abandonó todos sus derechos sobre su hijo, lo prestó a Jehová para «todos los días de su vida» (v. 11). Que Dios nos ayude, a nosotros que somos padres, a considerar a nuestros hijos como el depósito más sagrado confiado por él. Algunos de entre nosotros somos vigilantes de los bienes del Señor, pero, ¡qué responsabilidad aún más pesada les es confiada a aquellos que se ocupan de esas almas preciosas, inmortales, a fin de criarlas y prepararlas para el Señor y su servicio! Esos hijos que Dios nos ha dado deben serle devueltos para «todos los días de sus vidas». Si nos damos cuenta a quién pertenecen, no solo comprenderemos mejor nuestra responsabilidad, sino también conoceremos mejor a Aquel que siempre está dispuesto a darnos con una gracia infinita, la paciencia y la sabiduría necesarias para llevar a cabo esa educación. Notemos todavía que Ana y su marido mataron un becerro, y «trajeron el niño a Elí» (v. 25). No podremos dar nuestros hijos a Dios sino a través de la muerte, reconociendo que son pecadores perdidos, pero que Otro murió por ellos.

Acordémonos también que el Señor acepta nuestro préstamo y que, desde ese momento, nuestros hijos le pertenecen enteramente. Ana no fue a buscar a su hijo algunos meses después para traerlo a casa, ni siquiera por poco tiempo; el asunto que había tratado con Dios era definitivo, y Él lo había aceptado. Somos muy propensos a creer que los hijos prestados a Dios son siempre nuestra posesión y, abandonándolos quizás al mundo, los criamos para su propio provecho o para el nuestro, y no para Aquel a quien pertenecen.

8 - Elí (1 Sam. 3)

Hablando de los hijos de Elí, Dios dice: «Sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado» (1 Sam. 3:13). La maldad de Ofni y Finees es muy conocida para que entremos en detalles acerca de sus pecados y del juicio que alcanzó a esos dos hombres. Dios mismo nos los presenta en pocas palabras bajo su verdadero carácter, luego agrega la causa de ese mal: Su padre no los había estorbado. A la edad de noventa y ocho años, intentó amonestarlos, pero era demasiado tarde: «Ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir» (2:25). A nosotros, padres, ningún pasaje de la Escritura nos habla con tanta seriedad. Quizás algunas palizas propinadas en la infancia no solamente habrían evitado una muerte prematura, sino también habrían salvado a esas almas de la perdición. Actualmente, en ciertos lugares, los castigos corporales no están más de moda, pero la Escritura es categórica en cuanto a este tema: «No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara, no morirá» (Prov. 23:13). «El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige» (13:24). «La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él» (22:15). «La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre». «Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma» (29:15, 17). «Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo» (19:18). Notemos todavía, al pasar, la recomendación de comenzar esta educación desde los primeros años de la infancia: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (22:6).

Observemos el contraste entre el hijo de Ana y los de Elí. Sin ninguna duda, la abnegada y valiente madre de Samuel empleó el corto y precioso tiempo que se le concedió a fin de criar cuidadosamente a su hijo (1 Sam. 1:22-28); ella «lo había estorbado». Elí, en su avanzada edad, quizás hubiera reconocido sus errores. Cuando Dios, en su gracia infinita, confió una joven vida a los cuidados de ese padre desfalleciente, la educación que le dispensó fue muy diferente de la que dio a sus propios hijos.

La teoría moderna que consiste en dejar a los hijos desarrollarse según su propio temperamento no trae sino penas y tristezas. Prestemos atención a lo que dice la Palabra de Dios en cuanto a ese tema tan importante.

9 - Josías (2 Cr. 34 y 35)

Josías tenía tan solo ocho años cuando sucedió a su padre, y alrededor de los quince o dieciséis años «comenzó a buscar al Dios de David su padre» (2 Cró. 34:3). El Espíritu de Dios se complace en extenderse sobre este relato: notemos al pasar el lugar reservado a Josafat, Ezequías y Josías en los libros históricos, y comprenderemos el gozo que Dios experimenta cuando encuentra a un hombre que lo busca con sinceridad.

Otro tema de gozo que podemos señalar tiene lugar cuando el sacerdote Hilcías, al purificar y reparar la casa de Dios, encuentra el libro de la ley que estuvo perdido e ignorado durante tan numerosos años. Josías mismo no conocía su existencia y nunca lo había visto. Este hecho demuestra la ruina de Judá. «Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales sobre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas; para que sean vuestros días, y los días de vuestros hijos, tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la tierra» (Deut. 11:18-21).

Pero en el tiempo de Josías, como en la época de su padre, ese libro había sido dejado de lado a tal punto que nadie, rey o sacerdote, sabía de su existencia. Entonces, no nos extrañemos al ver el alejamiento del pueblo. Todo aquel que abandona la Biblia se introduce en un mal camino. Retengamos la lección que podemos sacar de esos pasajes: pidamos al Señor su ayuda a fin de familiarizar a nuestros hijos con la Biblia, que aprendan a amarla, a conservarla, no en el polvo y en la ruina como lo había hecho el pueblo de Jerusalén, sino en sus corazones.

Padres, deben enseñar a sus hijos y conducirlos en el conocimiento de ese libro bendito. Hilcías dio el libro a Safán, el escriba, quien lo llevó al rey Josías y se lo leyó en alta voz. Por no haber conocido nunca esas palabras de Dios, el rey rasgó sus vestidos y se puso a llorar. Luego, envió a algunos de los suyos, es decir a Hilcías y Safán, a la profetisa Hulda. No sabemos si esta última poseía el libro de la ley, pero envió un solemne mensaje a Josías: «Jehová Dios de Israel ha dicho así: Decid al varón que os ha enviado a mí, que así ha dicho Jehová: He aquí yo traigo mal sobre este lugar, y sobre los moradores de él, todas las maldiciones que están escritas en el libro que leyeron delante del rey de Judá; por cuanto me han dejado, y han ofrecido sacrificios a dioses ajenos, provocándome a ira con todas las obras de sus manos; por tanto, se derramará mi ira sobre este lugar, y no se apagará. Mas al rey de Judá, que os ha enviado a consultar a Jehová, así le diréis: Jehová el Dios de Israel ha dicho así: Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante de Dios al oír sus palabras sobre este lugar y sobre sus moradores, y te humillaste delante de mí, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová. He aquí que yo te recogeré con tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán todo el mal que yo traigo sobre este lugar y sobre los moradores de él» (2 Cró. 34:23-28).

Un rey como Josías podía sin duda demorar el terrible juicio, pero este sobrevendría de todas maneras. Es verdad que el arrepentimiento momentáneo del pueblo de Nínive dejó un plazo sobre la ciudad, no obstante, el juicio debía ser ejecutado (Jon. 3; Nah. 3:7). ¡Cuánto mejor hubiera sido para Israel que Ezequías se inclinara ante la voluntad divina! Si lo hubiera hecho, Manasés no habría nacido. Y fue ese hijo quien causó la ruina de su pueblo (léase 2 Reyes 20 - 21). No teniendo en cuenta las advertencias divinas, Josías quiso combatir a Necao, rey de Egipto. Este acto de desobediencia y de propia voluntad ocasionó su muerte. Desapareció prematuramente teniendo solo treinta y nueve años, edad en la que Ezequías debió de haber muerto. «No atendió a las palabras de Necao, que eran de boca de Dios; y vino a darle batalla en el campo de Meguido. Y los flecheros tiraron contra el rey Josías. Entonces dijo el rey a sus siervos: Quitadme de aquí, porque estoy gravemente herido» (2 Cró. 35:22-23). Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías, y Jeremías escribió Lamentaciones sobre él.

Podían llorar y lamentarse mucho pues, con la muerte de Josías, la historia de Judá llegaba a su fin: después de ese rey piadoso, los hijos y nietos que le sucedieron, fueron todos más miserables los unos que los otros.

Y otra vez surge la pregunta: ¿por qué un rey tan piadoso tuvo hijos tan malos? Probablemente encontremos una respuesta en ese carácter obstinado de Josías que lo empujó a la desobediencia. Obró según su propia voluntad en detrimento de su vida. Tales debilidades se manifestaron todavía al final de su carrera en este mundo. Desconfiemos de la propia voluntad; algunas veces su forma es muy sutil. A veces, aun cuando su actitud es irreprochable a los ojos de los hombres, no obstante, el hijo de Dios sigue sus propios pensamientos. Uno está a gusto en el camino de su propia elección. ¿Quién de entre nosotros puede defenderse declarándose inocente? Con humillación reconocemos que allí está el origen de la mayoría de nuestras caídas; no es fácil decir: «Sea hecha tu voluntad».

Pero la Escritura nos da también otra explicación de esta deplorable situación. Muchas veces, la causa de una falta es difícil de discernir cuando se trata de un pecado cometido por un creyente. Profetizando durante el reinado de Josías, el profeta Sofonías tenía algo especial que decir en cuanto a los jóvenes príncipes y los hijos de reyes (aquellos que, poco después iban a ser reyes): «Castigaré a los príncipes, y a los hijos del rey, y a todos los que visten vestido extranjero» (Sof. 1:8).

Hoy en día, la juventud está muy tentada a llevar vestimentas modernas u originales. Recordamos a los jóvenes, a sus padres, que los «vestidos extranjeros» fueron una de las causas de la decadencia y de la ruina en Judá. Ciento cincuenta años antes, Isaías había advertido solemnemente a los israelitas del juicio que iba a venir «porque están llenos de costumbres traídas del oriente» (Isaías 2:6). Este pasaje se hace aún más explícito si leemos Ezequiel 23:14 a 17, la evocación de la atracción ejercida sobre Judá por las pinturas caldeas: «Cuando vio a hombres pintados en la pared, imágenes de caldeos pintadas de color, ceñidos por sus lomos con talabartes, y tiaras de colores en sus cabezas, teniendo todos ellos apariencia de capitanes, a la manera de los hombres de Babilonia, de Caldea, tierra de su nacimiento, se enamoró de ellos a primera vista, y les envió mensajeros a la tierra de los caldeos. Así, pues, se llegaron a ella los hombres de Babilonia…».

Al principio de la historia de Israel, después de haber entrado en Canaán, un manto proveniente de Babilonia provocó turbación (Jos. 7:21). Es extraño ver otra vez que, en la época del reinado de Josías, algunos vestidos traídos de Babilonia acarrearon un triste desenlace. En las Escrituras, Babilonia es la imagen del mundo. Esta ciudad se sitúa en el lugar mismo donde estaba Babel, que significa «confusión». Si mezclamos los asuntos del mundo y los de Dios, resultará solamente confusión. Al principio de su historia, Israel poseía una energía espiritual que alejaba el mal, pero ¡ay!, en los días de Josías, y hasta en su propia familia, no existía más tal energía. Los hijos del rey llevaban vestidos extranjeros abiertamente (en tiempos de Josué el vestido estaba escondido; Jos. 7:21), mostrando así a quién pertenecían sus corazones. La vestimenta de nuestros hijos puede representar igualmente un testimonio en cuanto a la sinceridad de sus corazones, y los jóvenes muestran así su pertenencia: al cielo hacia el cual caminamos, o al mundo, caracterizado por su estilo y sus modas. El mundo había entrado en el palacio del rey de Judá y el juicio debía ser ejecutado. «La amistad del mundo es enemistad contra Dios. Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Sant. 4:4). Aquellos a quienes se dirigen estas palabras son llamados «almas adúlteras», ¿no son suficientemente fuertes estas palabras para que prestemos atención a ellas?

No quiero retrasarme sobre las desgracias de los hijos de Josías. Con ellos se termina la historia de Israel y de Judá.

10 - La familia de Nazaret

Nos llama la atención ver el pequeño número de familias mencionadas en el Nuevo Testamento; sin embargo, la que nos ocupa es única, pues no hubo jamás otro niño semejante a Aquel que nació en un pesebre en Belén porque no había lugar para él en el mesón.

Quisiéramos detenernos un poco en esta casa de Nazaret, pero la sabiduría de Dios tendió un velo sobre los años de la niñez del Señor. Entrevemos a Jesús a la edad de doce años, cuando dice a su madre y a José: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2:49). Los «negocios» de su Padre, tal era la atmósfera en la cual vivió; no obstante, el Señor de gloria volvió con sus padres a la humilde casa «y estaba sujeto a ellos».

Jesús fue «criado» en Nazaret (Lucas 4:16), en la casa del carpintero. El Espíritu utiliza casi el mismo vocablo griego cuando se trata de nuestros hijos (trepho y ektrepho) en Efesios 6:4: «criadlos en disciplina y amonestación del Señor». Consideremos un momento la educación de este niño sin par: nunca desobediente, irritado, mohíno, grosero, obstinado ni mentiroso. Tenía cuatro hermanos: Jacobo, José, Judas y Simón, y también hermanas (Marcos 6:3). En este último versículo es llamado «el carpintero», de lo que podemos deducir que trabajó con su padre en su taller. Quizás José estaba muerto en esa época, pues se habla de Jesús como del «hijo de María», y no se hace ninguna alusión a José.

Al principio de su ministerio, sus hermanos no creían en él, y sin duda, en la bella historia de Génesis 37, los celos de esos hombres tan diferentes de José, su hermano menor, constituían una imagen de la actitud de los hermanos incrédulos del Señor. Sin duda la vida del niño Jesús no siempre fue fácil; más tarde, su hermano más próximo a él en edad, Jacobo, fue uno de sus siervos más fieles. Jacobo no fue el único de los cuatro en seguir al Señor, pues 1 Corintios 9:5 nombra «los hermanos del Señor» al mismo tiempo que a Cefas. Esto nos lleva a creer que todos los miembros de la familia de Nazaret se convirtieron en fieles discípulos del Señor Jesucristo.

La epístola de Santiago fue escrita probablemente por el hermano de Jesús. El autor se nombra a sí mismo: «siervo de Dios y del Señor Jesucristo». Une a Dios y al Señor Jesucristo, probando su fe completa en la divinidad de Cristo; lo confiesa de todo su corazón como Señor, y se reconoce como su siervo. Un siervo es comprado por una suma de dinero y Jacobo o Santiago, el hermano del Señor, se declara abiertamente como tal desde las primeras palabras de su carta.

¿Podríamos suponer, sin adelantarnos demasiado, que esos años de niñez influyeron en Santiago atrayéndolo a Aquel que era su hermano y Señor? A la luz de 1 Pedro 3:1 podemos pensarlo. Se dice hablando de los maridos incrédulos: «que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas». El término «conducta» se repite muchas veces en las epístolas de Pedro, y Santiago emplea la misma palabra (3:13). ¿Pensaba en la conducta, en la manera de vivir de Aquel a quien había podido observar durante su niñez, su juventud y hasta su edad adulta? La madre de Jesús guardaba todas esas palabras en su corazón y Santiago debió de haber hecho lo mismo.

10.1 - Hijos únicos

En el evangelio según Lucas, podemos considerar un grupo especial de familias. Esta expresión «Hijo unigénito», que emplea el apóstol Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, es muy bien conocida. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16); «gloria como del unigénito del Padre» (Juan 1:14); «el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre» (Juan 1:18). Juan emplea ese término cinco veces con respecto al Señor, una de las cuales lo hace en su primera epístola (véase también Juan 3:18; 1 Juan 4:9). Pero Lucas, quien compuso sus escritos antes que Juan, utiliza esa misma palabra para tres familias, como si hubiera querido darnos a conocer el profundo significado del término antes que el Espíritu nos hable del Hijo unigénito del Padre.

10.1.1 - La viuda de Naín

Lucas era médico, y se interesaba naturalmente en todos los detalles de las enfermedades y de los sufrimientos que se presentaban. En el capítulo 7:11-15 de su evangelio, nos relata el encuentro del Señor con un cortejo fúnebre que salía de la ciudad de Naín. El muerto era un joven, hijo único de una madre viuda. Cuando Jesús la vio, tuvo compasión de ella y le dijo: «No llores». «Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.» ¡Qué simpatía, qué comprensión, qué gracia de parte del Señor! ¡Qué bien conocía el corazón de esta madre y compartía su pena! No comprometió al joven a que lo siguiera, sino que lo dio a su madre para que fuese su sostén y su consuelo. «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebr. 13:8). No cambia, y hoy encontramos su simpatía y su amor como en otro tiempo a la puerta de Naín.

10.1.2 - Jairo

En Lucas 8:41-56, leemos el encantador relato de Jairo, principal de la sinagoga, cuya hija única de unos doce años de edad, se estaba muriendo. Jairo fue a suplicar al Señor que vaya a su casa para sanarla, pero en el camino, Jesús fue retrasado, y antes de alcanzar la morada del principal de la sinagoga, un mensajero llegó y anunció la muerte de la niña. «Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme. Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta. Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate» (Marcos 5:41 recuerda los términos que empleó el Señor: «Talita cumi»). «Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer. Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido».

Otra vez se manifestó la tierna y conmovedora simpatía del Señor, y recordemos nuevamente que él es el mismo hoy. ¿Ha sufrido usted la pérdida de un hijo? No está perdido, el Señor lo devolverá, por cierto, que no como devolvió la hija a Jairo, sino de una manera mejor. Después de la muerte de sus siete hijos y sus tres hijas, y de la pérdida de todos sus bienes, Job recuperó el doble de lo que poseía antes, pero tuvo la misma cantidad de hijos que antes de la prueba, pues los primeros no estaban perdidos, solamente habían precedido a su padre. ¡Qué consuelo saber que el Señor se ocupa de todos nuestros hijos! Él los rescató con su sangre, los ama tiernamente y quiere tenerlos a su lado para siempre.

10.1.3 - El hijo endemoniado

En Lucas 9:38, encontramos la historia de un padre que, trastornado, trajo a su hijo poseído por un espíritu inmundo a los discípulos del Señor; pero éstos no habían podido echarlo. En su angustia, el padre clamó al Señor: «Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que tengo». El Espíritu no utilizó por casualidad el término «único» en este relato y en los dos precedentes: probablemente desea preparar nuestros corazones para discernir mejor lo que representaba para Dios el don de su Hijo único, ofrecido por usted y por mí. Sepamos comprender esta enseñanza, aunque sea en parte, pues no la entenderemos nunca por completo. Los tres casos presentados anteriormente dan una idea de lo que costó al Padre el rescate de miserables pecadores perdidos como nosotros. Aquí, en su angustia, este hombre tenía falta de fe, pero Jesús reprendió al espíritu inmundo el cual salió, y devolvió al muchacho a su padre.

Notemos que, en las tres situaciones expuestas, el Señor devolvió los hijos a sus padres sin obligarlos a que lo siguiesen.

Jesús sabe, comprende y toma cuidado de nosotros mejor que nadie. Él representa mucho más que el ser más querido y cercano de nosotros. Si nuestros hijos nos ocasionan preocupaciones, acordémonos siempre que la simpatía del Señor es tan real hoy como lo era cuando estaba en esta tierra. Tanto en la enfermedad como en la salud, en la vida como en la muerte, lo mejor que podemos hacer es poner a nuestros hijos en las manos del Señor.

11 - Timoteo (2 Tim. 1:5)

Hablemos, para terminar, de la más encantadora familia del Nuevo Testamento: la abuela Loida, la madre Eunice y el joven Timoteo. El apóstol Pablo da testimonio de la fe sincera de la madre y de la abuela (2 Tim. 1:5); luego, en el capitulo 3:15, agrega: «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús».

¡Qué herencia para un hijo, el conocer las Santas Escrituras! Si dejamos algo a nuestros hijos en cuanto a las riquezas terrestres, instruyámoslos desde la niñez en el conocimiento de la Palabra de Dios; así, les habremos dado un tesoro más grande y precioso que todos los bienes de este mundo. La abuela Loida y la madre Eunice tenían ambas una fe viviente. Podemos estar seguros de que instruyeron a Timoteo desde niño en «las Sagradas Escrituras»; en efecto, su padre era griego.

¿Qué resultado podemos evidenciar? Leamos las dos epístolas a Timoteo. Nada puede comparárseles en toda la literatura de este mundo. Tímido por naturaleza, pronto a derramar lágrimas, muy joven todavía, Timoteo era sin embargo aquel en quien el apóstol podía apoyarse más que en ningún otro. ¿Por qué? Porque las Escrituras llenaban su corazón y tenía una fe sincera.

Todos podemos seguir este ejemplo; abuelos, padres, busquemos imitar a Loida y a Eunice con todas nuestras fuerzas y con la sabiduría que viene de lo alto. Contemos con Aquel que puede transformar el hombre interior, lo que la Biblia llama: «nacer de nuevo»; y la fe sincera y el conocimiento de la Palabra llevarán y guardarán a nuestros jóvenes en el camino que deben recorrer.


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