Restauración de la gracia


person Autor: Walter Thomas Prideaux WOLSTON 1

flag Tema: Certeza y gozo

(Fuente: bibletruthpublishers.com)


0 - Prefacio

Muchos verdaderos cristianos se han visto frecuentemente perturbados debido a la errónea enseñanza acerca del tema del que trata esta obra. Temen que pueden volverse atrás y por ello perder su salvación. Esto ha hundido a muchas almas en la desesperación, cuando debieran haber recordado que el mismo Señor garantizó su eterna seguridad. La seguridad de ellos se halla en Sus manos, y en las manos de su Padre, de las que nadie –ni hombre ni diablo– puede jamás arrebatar a ninguno de sus redimidos. Él y el Padre, uno son (Juan 10:17-30).

Sin embargo, sí es posible para almas verdaderamente salvas volverse frías en sus afectos hacia Cristo y dejar su primer amor (Apoc. 2:4). Este es el inicio de la decadencia, y otros pasos pronto siguen hasta que el creyente pierde el gozo de su salvación y anda por un camino en el que deshonra a su Señor, y finalmente atrae dolor y perjuicio a su propia vida, en conformidad con el gobierno de Dios hacia sus hijos.

Pero hay restauración para las almas en este caso; el Señor está siempre dispuesto a restaurar al santo que fracasa. El mismo Pedro en su fracaso nunca perdió su salvación, aunque fracasó de la manera más triste; pero cuando fue restaurado, el Señor encomendó sus preciosos corderos y ovejas a su cuidado para el pastoreo y apacentamiento de ellos.

Esta obra que sale en nueva edición está llena del ministerio consolador, alentador e instructivo que recomendamos a los cristianos. Los seis capítulos que aquí presentamos son las notas de seis predicaciones del bien conocido siervo de Dios, W.T.P. Wolston, M.D. Quiera el Señor utilizar estas palabras aquí transcritas para la bendición de los Suyos.

Paul Wilson

1 - Apartamiento del corazón (Jeremías 2, 3, 4)

En el capítulo 14 de Proverbios leemos, «De sus propios caminos se hartará el reincidente de corazón» (Prov. 14:14, V.M.). Tengo mucho en mi corazón, y creo que es de parte del Señor, el tema de la recaída en pecado, que se trata en varios pasajes del Nuevo Testamento. Y me parece que, por lo que a nosotros respecta, no tenemos que mirar muy atrás para hallar tal cosa en nuestra propia historia.

Los pasajes a que se hace mención en el encabezamiento de este capítulo dan un hermoso desarrollo de la profunda angustia que es para el Señor que su pueblo no esté cercano a Él. Y esto es siempre cierto como principio. ¡Ah, amados, nada puede satisfacer el corazón de Jesús como tenernos a ti y a mí cerca de él! Y nada puede satisfacer nuestros corazones sino el estar cerca de él, porque «de sus propios caminos se hartará el reincidente de corazón». No habla del reincidente en pecado exteriormente, sino del reincidente de corazón.

Bien sabio es Dios al decir: «Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón; porque de él mana la vida» (Prov. 4:23). Otra vez, un hombre es tal «cual es su pensamiento en su corazón». (Prov. 23:7). No es lo que yo haga, ni lo que diga con mis labios: es lo que realmente soy, es lo que mi corazón es, es aquello en lo que tengo puestos mis afectos. Creo que nos hallamos en un día en que la inteligencia va muy por delante del corazón. No estaré hablando de forma desconsiderada si digo que el secreto de la ausencia de mucho poder espiritual es el orgullo del corazón. Por ello, quisiera decir esto en la presencia de Dios, cuidémonos de recaer en pecado en nuestro corazón. Dios ha de tener realidad en nosotros.

Ahora examinemos estos tres interesantísimos capítulos en Jeremías. Nos muestran como, en épocas pasadas, Dios tenía un pueblo al que amaba con un amor muy profundo –un amor que estaba expresando de forma continua. Muestran también la forma hermosa en la que él trata de ganarse otra vez a su pueblo, después que ellos se habían apartado de él. Nada podría ser más conmovedor. ¡Considerad el profundo afecto de Dios hacia su pueblo! En aquel pueblo mismo, además, podemos ver la ilustración de lo que son nuestros propios corazones; y la única manera, cuando nos hemos apartado de Dios, de volver de nuevo a él.

Ahora bien, es cosa bien cierta que la forma en que Dios trata con un descarriado no es la forma en que nosotros lo haríamos. La forma de Dios es hermosa y perfecta. Tuvo lugar un gran avivamiento externo en los días del rey Josías (2 Cr. 34-35). Pero Dios miraba a lo íntimo, y vio que solamente era fingido. Judá «no se volvió a mí de todo corazón, sino fingidamente, dice Jehová». (Jer. 3:10, V.M.). El avivamiento no fue genuino. Y es por ello que Jeremías fue designado para proclamarles esta palabra a ellos.

«Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Anda y clama a los oídos de Jerusalén, diciendo: Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada. Santo era Israel a Jehová, primicias de sus nuevos frutos. Todos los que le devoraban eran culpables; mal venía sobre ellos, dice Jehová» (Jer. 2:1-3). Ochocientos cincuenta años habían transcurrido desde que aquel pueblo, en obediencia a Dios, había vuelto las espaldas a Egipto y a sus ollas de carne, y había salido en pos del Señor. Era entonces santo a Jehová. Era un pueblo separado para el Señor, como nos lo dice el tercer versículo. Me place ver el afecto del alma, y la energía y el fervor que marcan a un recién convertido. ¿Pero qué, tú, viejo, frío, crítico cristiano, piensas que tu corazón está tan lozano ahora como lo estaba el primer mes después de recibir la salvación? ¡Oh!, dirás tú, ¡ahora sé mucho más! Pero, ¿es el sencillo amor a Jesús, el deleite en Jesús, la santidad práctica, y el deseo de ser cualquier cosa y todo por Jesús, lo mismo que era entonces? Puedes haber olvidado aquel estremecimiento primero de afecto, pero Dios no lo ha olvidado. Él dice: no he olvidado su primer amor. «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí». ¿Adónde? A un desierto. Cuando cruzaron el Mar Rojo se hallaron en un desierto. ¿Y qué había en el desierto? Solamente dos cosas. ¿Y qué eran? Dios y el reseco y árido terreno, y nada más. No había una brizna de hierba, no había agua, ni nada que comer. Solamente tenían a Dios y la árida tierra.

Creo que el segundo capítulo de Jeremías es muy similar al segundo capítulo de Apocalipsis. El Señor dice allí a la iglesia en Éfeso, «Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor» (Apoc. 2:4). No dice, «perdido tu primer amor». No creo que este sea el pensamiento bíblico. Se trata de haber «dejado tu primer amor». Algo se ha interpuesto, dice el bendito amante en Apocalipsis 2, que me ha eclipsado a mí, y a todo tu afecto por mí, y el interés por mí se ha desvanecido, y ahora puedes pasarte sin mí, mientras que hubo un tiempo en que no. ¡Ah, amados hermanos y hermanas! ¿Dónde se hallan nuestras almas en cuanto a Cristo? Bien, si la conciencia remuerde y el corazón es sensible ante algo de decadencia, es algo muy importante que lo sepamos.

El gran pecado de Israel era que el apagamiento existía, pero que ellos no lo sabían. Dios ya se había dirigido a ellos años antes mediante otro profeta, Oseas, diciendo, «Efraín se ha mezclado con los demás pueblos; Efraín fue torta no volteada. Devoraron extraños su fuerza, y él no lo supo; y aun canas le han cubierto, y él no lo supo» (Os. 7:8-9). Cuando un hombre ve pelo gris en su cabeza, se hace consciente de la edad de la vejez, en este sentido, se está aproximando. Israel, esto es, las diez tribus (que en los profetas reciben el nombre de Efraín), había ya declinado atrozmente, pero no lo sabía.

Dejad que os implore a vosotros, especialmente a mis jóvenes oyentes, que os guardéis de enfriaros. El primer movimiento hacia ello es que algo se interpone para obstaculizar el goce del amor de Cristo, y vuestro corazón pierde su dulce consciencia de su amor y de su gracia. Os olvidáis de él, aunque él no se olvida de vosotros. Creo que Pablo nos expone el mismo pensamiento al decir: «Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo» (2 Cor. 11:2-3). Era una gran preocupación para el amado apóstol en aquel tiempo, el que nada se interpusiera para hacer a Cristo menos precioso a los ojos de ellos. También a los tesalonicenses dice: «Porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor» (1 Tes. 3:8). Si os apartáis, dice Pablo, moriré de dolor.

¿Han caído estas líneas en manos de alguien que se ha enfriado? ¿Te oigo decir a ti, me he alejado del Señor? Bueno es que lo sepas y lo reconozcas. No siempre lo sabemos. El Señor lo sabe, y siempre busca de volvernos a él. Para conseguirlo, ¿acaso regaña? No. Puede que tenga que reprender y disciplinar. Pero lo que efectúa la restauración es su Palabra. El Señor viene a decir: No olvido vuestra devoción; puede que la hayáis olvidado, pero para mí fue algo dulce, dice el Señor, por lo que nunca he olvidado la hora cuando vinisteis a mí, y yo era todo para vosotros. Mediante unas palabras semejantes a las anteriores él buscaba recuperar a Israel y, amado amigo, ¡el Señor sigue igual en la actualidad! ¡Él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos!

Cuando Israel salió de Egipto tenía una profunda consciencia del cuidado y de la protección que Dios les daba. «Así dijo Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad, y se hicieron vanos? Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre?» (Jer. 2:5-6). ¡Qué alegato más conmovedor presenta el Señor ante el pueblo! ¿Acaso él había cambiado desde aquel entonces? ¡No, no había cambio por su parte! Ellos habían perdido su presencia, y se habían vuelto insensibles a la pérdida. «Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto?» Todos juntamente habían olvidado la gracia del Señor, y la bondad del Señor.

Ahora viene la acusación que les hace Dios. «Y os introduje en tierra de abundancia, para que comieseis su fruto y su bien; pero entrasteis y contaminasteis mi tierra, e hicisteis abominable mi heredad» (Jer. 2:7). Él los había sacado de Egipto, y los había introducido en Canaán pero, por una u otra causa, ellos habían perdido todo contacto con Dios y habían caído en una grosera idolatría. «Los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová? Y los que tenían la ley no me conocieron; y los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal, y anduvieron tras lo que no aprovecha» (Jer. 2:8). Tal era el decaído estado de Israel. Los sacerdotes, los pastores, los profetas y el pueblo, todos ellos habían olvidado por igual al Señor. Tenemos aquí lo que se podría llamar un claro apartamiento de corazón. Y ¡cuántos creyentes no se hallan en la actualidad en este estado!

Si el gozo del amor de Cristo se ha desvanecido, mi querido amigo, estás en un estado de alma muy mísero. Tus asuntos se hallan en un estado muy triste. Sí, pero detente, pues el Señor desea que estés en buen estado, así como verás que él buscó devolver a Israel a una correcta condición.

Ahora él dice: «Por tanto, contenderé aun con vosotros, dijo Jehová, y con los hijos de vuestros hijos pleitearé. Porque pasad a las costas de Quitim y mirad; y enviad a Cedar, y considerad cuidadosamente, y ved si se ha hecho cosa semejante a esta. ¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque ellos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha. Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos; desolaos en gran manera, dijo Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: Me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua» (Jer. 2:9-13). Este es su alegato y su acusación. ¿Acaso han hecho jamás las naciones –los paganos– lo que mi pueblo ha hecho? Mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha. Hallaréis siempre a través de las Escrituras que lo que aprovecha es el punto importante. Si te has apartado de Dios, ¿ha sido acaso para tu provecho?

Las cosas del tiempo y de los sentidos, los negocios, los deberes, e incluso los cuidados de la vida, son cosas que tenemos que afrontar. Pero, si eclipsan a Cristo, ¿son entonces de provecho? Pregúntale a tu propio corazón. Te dirá un rotundo ¡No! Tenemos en la Biblia una palabra memorable: «Él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos» (Sal. 106:15). ¿Deseas el mundo? Lo tendrás. Dios nunca exige devoción. Los dos que iban a Emaús tuvieron que persuadir a Cristo a que se quedara con ellos. Cristo nunca impondrá su compañía. Ellos le obligaron a entrar, y «Entró, pues, a quedarse con ellos» (ver Lucas 24:13-32). Cierto, es el amor de Cristo que primeramente nos constriñe, pero, él desea que nosotros lo apreciemos.

Amigo mío, no hay alimento para el alma, ni paz, ni reposo aparte de Cristo. Puede que te hayas apañado en el mundo; puede que hayas conseguido las cosas que buscabas en él. Pero, ¿Cuál ha sido el precio que has pagado por todo ello? ¿Qué del Señor, del amor del Señor, la compañía y la comunión del Señor, el sentir en tu alma de que estás en esta escena por él? Si has perdido esto, no hay provecho alguno. ¿No es algo extraordinario que Dios llame a los cielos a que contemplen asombrados a un pueblo alejado de él? (Jer. 2:12). «Me dejaron a mí, fuente de aguas vivas». ¡Ah, qué título tan maravilloso, «fuente de aguas vivas»! ¡Qué maravilloso estar relacionados con la fuente de aguas vivas! ¡Cómo se presenta Dios ante nosotros con toda la lozanía de su gracia, y la energía viva de Su amor! «Y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua» (Jer. 2:13). ¡Cisternas rotas! No importa que sean grandes o pequeñas. El punto crucial es que, si mi cisterna no es Cristo, es una cisterna rota. ¡Ay, cuántos santos están en la actualidad tratando de beber de cisternas rotas! Una cisterna rota no puede retener el agua. Nada que no sea Cristo podrá satisfacer mi sed.

Esta acusación va seguida de una conmovedora pregunta. «¿Es Israel siervo? ¿es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa?» (Jer. 2:14). ¿Cómo puede esto ser así? «De Egipto llamé a mi hijo», fue la palabra de Dios en el pasado lejano (Éx. 4:23; Os. 11:1). Había sido esclavo, y Dios le había dado la libertad. «¿Por qué ha venido a ser presa?» Es que acaso siendo uno libre, y con el conocimiento del amor de Dios, ¿haya de volver a la esclavitud?

Así sucedió en el caso de Israel, y las angustias y los dolores vinieron sobre ellos en juicio de retribución. Todo fue consecuencia de sus propios actos. Que Dios nos guarde de apartarnos. Sea quien fuere que seas, vive decididamente para Cristo, te lo ruego, y no permitas que nada aparte tu corazón de Él.

Leed cuidadosamente este segundo capítulo. Seguidlo para vosotros mismos, y fijaos cómo Dios busca llegar a la conciencia y también al corazón. «¿No te acarreó esto el haber dejado a Jehová tu Dios, cuando te conducía por el camino?» (Jer. 2:17). Todo lo que les sobrevino fue el fruto de sus propias acciones. «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Gál. 6:7-8). No podemos sembrar un puñado de semillas sin obtener la consiguiente cosecha que produce aquella semilla. Si vienen dolores y pruebas, ¿de qué se trata? Se trata del fruto de alguna semilla que hemos plantado hace muchos, muchos años, cuando nos hallábamos alejados del Señor. Si he vuelto ahora a él, puedo preguntarme cuál sea la cosecha que esté cosechando, pero no debo olvidar que yo he sembrado la semilla.

«¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo? ¿Y qué tienes tú en el camino de Asiria, para que bebas agua del Éufrates?» (Jer. 2:18). Después de su redención, ni Egipto ni Asiria tuvieron nada que ver con Israel hasta que se apartó de Dios. Pero sus corazones, alejados de Dios, anhelaron malas compañías, y recibieron su correspondiente recompensa. Es con toda verdad que Dios dice «Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos» (Jer. 2:19). Rebelión, esta palabra implica una dejación activa de andar con Dios para seguir los propios caminos. También encontramos una palabra derivada, rebelde, en el capítulo 3 versículos 6, 8, 11, 12, 14 y 22. Es la palabra característica de la primera parte de Jeremías. En hebreo significa literalmente volverse atrás o apartarse. Pero entonces presupone la recuperación, y que el corazón volverá a Dios, debido a que esto es lo que desea el Señor. Él anhela tenernos cerca de sí mismo. ¿Y no anhelan lo mismo nuestros corazones? Pero, si me hallo alejado de él, no puedo atribuirle a él la culpa. ¿Es acaso culpa suya? Ah, no; lo conozco demasiado bien para poder decir tal cosa.

Si ha habido un alejamiento de corazón del Señor, «mi temor no está en ti», viene a decir el versículo 19. Esta es la verdad acerca de tal corazón. Creo que este es el primer paso al volverse atrás; el sentido del temor del Señor se extingue, por la causa que sea, en el alma y entonces empieza el enfriamiento.

Pero no le sirve de nada al que así se aparta el intentar corregir las cosas externamente. Este es el siguiente punto que se trata. Lavamientos externos no servirán para nada. Es lo interno, el corazón, lo que tiene que corregirse. «Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor» (Jer. 2:22). Entonces él prosigue para mostrarles que eran como la «asna montés» (v. 24), y como «el ladrón cuando es descubierto» (v. 26), «avergonzados» debido a que habían caído en una clara idolatría (v. 27). ¡Qué bien sabe el Señor cómo son nuestros corazones! Si alguna vez nos hallamos tan alejados del Señor, y nos encontramos en medio de angustias y dolores, ¿qué deberíamos hacer? El Señor nos dice que «en el tiempo de su calamidad dicen: Levántate, y líbranos» (Jer. 2:27). Bien pudiera él replicar, «¿Y dónde están tus dioses que hiciste para ti? Levántense ellos, a ver si te podrán librar en el tiempo de tu aflicción» (Jer. 2:28). Esto es, que aquello con lo que ha estado ocupado tu corazón te libere. Y tal cosa no podrá ser.

Nada podría ser más conmovedor que la siguiente pregunta que hace Dios aquí: «¿He sido yo un desierto para Israel?» (Jer. 2:31). ¿He sido estéril? ¿Hubo esterilidad en mi tierra? ¿Hay esterilidad en las cosas celestiales? ¿No es una expresión notable la que Dios utiliza para su pueblo? Pero así es. Si el corazón pierde el sentimiento de la gracia, pierde su deleite en Cristo, y «nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano» (Núm. 21:5), es el seguro resultado que sigue a ello.

Entonces él añade, «¿Se olvida la virgen de su atavío, o la desposada de sus galas? Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por innumerables días» (Jer. 2:32). ¿Qué había hecho él cada día? Había estado cuidando de ellos continuamente. Sí, bendito sea su nombre, había estado pensando continuamente en ellos. Quizás le hayamos olvidado, pero él nunca nos ha olvidado. Estamos inscritos en las palmas de sus manos, y lo que tiene él en mente es volver a traer a sí a los que se han apartado del camino.

En el capítulo 3 el Señor adopta una figura diferente, y asemeja el pecado de su pueblo a la fornicación. Aun cuando el pecado de ellos había llegado a tal profundidad, leemos, «Mas ¡vuélvete a mí! Dice Jehová» (Jer. 3:1). Tan profundo era el deseo de él de conseguir la restauración de su pueblo.

A continuación de esto se contrasta la acción de Israel y de Judá. «Me dijo Jehová en días del rey Josías: ¿Has visto lo que ha hecho la rebelde Israel? Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí fornica. Y dije: Después de hacer todo esto, se volverá a mí; pero no se volvió, y lo vio su hermana la rebelde Judá. Ella vio que por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio; pero no tuvo temor la rebelde Judá viendo a su hermana, sino que también fue ella y fornicó. Y sucedió que por juzgar ella cosa liviana su fornicación, la tierra fue contaminada, y adulteró con la piedra y con el leño. Con todo esto, su hermana, la rebelde Judá, no se volvió a mí de todo corazón, sino fingidamente, dice Jehová» (Jer. 3:6-10). Dios preferiría tener realidad, aunque las almas se hallaran distanciadas, que irrealidad y una pretendida cercanía cuando no estamos cerca. Hubo una abierta rebelión, un abierto alejamiento, por parte de las diez tribus. Pero, ¿qué es lo que hizo Judá? «No tuvo temor la rebelde Judá» (Jer. 3:8). «Judá no se volvió a mí de todo corazón, sino fingidamente, dice Jehová» (Jer. 3:10). Aprendemos una gran lección aquí, queridos hermanos. El Señor no querrá nada en nosotros que no sea real. Como ya hemos visto, en los días del rey Josías hubo un avivamiento. Uno pensaría que se habían vuelto realmente al Señor, pero se trataba simplemente del afecto y de la influencia de Josías. Era solamente una ficción. Que el Señor nos ayude a apartarnos de ficciones como la que nos presenta aquí.

Observemos ahora cuán maravillosamente se dedica ahora a obrar con estas rebeldes diez tribus, para volvérselas a atraer. «Y me dijo Jehová: ha resultado justa la rebelde Israel en comparación con la desleal Judá. Ve y clama estas palabras hacia el norte, y di: vuélvete, oh rebelde Israel, dice Jehová; no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice Jehová, no guardaré para siempre el enojo. Reconoce, pues, tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado, y fornicaste con los extraños debajo de todo árbol frondoso, y no oíste mi voz, dice Jehová. Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo; y os tomaré uno de cada ciudad, y dos de cada familia, y os introduciré en Sion; y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia» (Jer. 3:11-15). ¡Descarriado! Después él los llama, y les exhorta a que se vuelvan a él. Igualmente te llama a ti a que vuelvas a él. Puede que preguntes, ¿cómo puedo volver? Dices, creo que Dios ha hablado a mi alma mediante su Palabra, estoy bebiendo de cisternas rotas, ¿cómo puedo volver? Escucha. «Reconoce, pues, tu maldad» (Jer. 3:13). Hay tan solamente una manera de volver, y ¿cuál es esta? La confesión. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). ¡Cuán conmovedora y tierna es la llamada! «Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo» (Jer. 3:14). Por parte de Dios no había ningún quebrantamiento de relación. Ved, también, cómo él alienta el corazón en el versículo 15. Es realmente algo maravilloso, amados, la forma en que el Señor busca recuperar y ligar al alma consigo mismo.

Desde el versículo 16 hasta el 20, se nos muestra cómo Dios, en el futuro, recuperará y restaurará a Israel. El versículo 21 muestra el estado moral que precede a la restauración: el llanto y la oración. Entonces viene otro amoroso llamamiento. «Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones». ¿Quién podría resistirse a tal llamamiento?’ Muchas veces dice una pobre alma, ¿Cómo puedo volver, y por qué cosas tendré que pasar para volver? Mirad este versículo, «Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones», y señalad el resultado del llamamiento, «He aquí, nosotros venimos a ti, porque tú eres Jehová nuestro Dios» (Jer. 3:22). He aquí nosotros venimos. Está hecho. El alma que escucha el llamamiento dice, «Venimos a ti; tú eres Jehová nuestro Dios».

Si no tiene lugar esta bendita respuesta al llamamiento, ¿sabes lo que seguirá? Las cosas empeorarán. Si no oímos la voz que nos llama una y otra vez, llegaremos al sexto versículo del capítulo 5. Creo que Dios nos describe de una manera gráfica, en este libro, lo que tiene necesariamente que seguir si no se detiene el alejamiento de Dios en rebelión. «Sus rebeliones se han multiplicado, se han aumentado sus deslealtades» (Jer. 5:6). ¡Qué trágico!

Y ciertamente, no todo acaba ahí, porque el pecado sin juzgar lleva a males aún más graves. Pasemos al capítulo octavo, en el que el Señor pregunta, «¿Por qué es este pueblo de Jerusalén rebelde con rebeldía perpetua? Abrazaron el engaño, y no han querido volverse» (Jer. 8:5). Si no oímos su voz y no volvemos a él, entraremos en esta terrible condición de rebelión perpetua. Mejor nos será escuchar la palabra fiel que nos dice: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo… para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado» (Hebr. 3:12-13).

Hay tan solo una forma de liberación de este terrible camino descendente del rebelde. Es mediante el honesto reconocimiento del estado en el que se ha caído, y mediante la sencilla espera en Dios para conseguir la liberación. Se proclama así: «Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Jehová, actúa por amor de tu nombre; porque nuestras rebeliones se han multiplicado, contra ti hemos pecado» (Jer. 14:7). No creo que el alma esté realmente restaurada aquí, pero hay lo que se podría llamar el ejercicio que puede llevar a la restauración.

Ahora te pediré que leas el capítulo final de Oseas, porque creo que allí Dios nos da, con otras palabras, el camino por el que el alma retorna al Señor: «Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has caído» (Os. 14:1). Y aquí volvemos a tener el llamado de Dios, «Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios» (Os. 14:2). Esta es la respuesta del alma que retorna, su forma de hablar, consciente de su gracia. «No nos librará el asirio; no montaremos en caballos, ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: Dioses nuestros; porque en ti el huérfano alcanzará misericordia» (Os. 14:3). Las dos cosas que siempre llevan al alma de vuelta a Dios son el sentido de su gracia y de su misericordia. Y ahora, ¿cuál es la respuesta de Dios? «Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos» (Os. 14:4). ¿Y qué puede haber que sea más bendito que esto? ¿Qué otra cosa podría alentar más a un rebelde que vuelve? Es la victoria del amor sobre la carencia de amor.

Después siguen los efectos de la recuperación y de la restauración. «Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano…. Volverán y se sentarán bajo su sombra; serán vivificados como trigo, y florecerán como la vid… Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos? Yo lo oiré, y miraré; yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado tu fruto» (Os. 14:5-8). No supongas, querido amigo que, si ha existido distancia y apartamiento del Señor, ya está todo acabado contigo, y que no puedes ser restaurado. Oh, no, sino que hay guardados para ti días más brillantes y mejores, si vuelves. Creo que Dios nos retorna a algo mucho mejor que lo que hemos perdido por apartarnos. Llegamos a una comunión más profunda y plena con el Señor. Creo que su gracia nos lleva al disfrute de un lugar mucho más profundo, pleno y más bendito en sus afectos que jamás conociéramos antes. «Serán vivificados como trigo, y florecerán como la vid; su olor será como de vino del Líbano» (Os. 14:7). Lo anterior son maravillosas imágenes de lo brillante y de lo refrescante de un alma restaurada. Cuando está restaurada, el alma dice, como Efraín, «¿Qué más tendré ya con los ídolos?» A esto replica Dios, «Yo lo oiré, y miraré». Entonces Efraín replica, «Yo seré a él como la haya verde». Un haya es una de las cosas más hermosas que se pueden ver. Es verde durante todo el año. Es el alma en el sentido de que se halla en el pleno favor de Dios, y el amor de Dios es valorado por encima de todo.

Pero Dios dice: «de mí será hallado tu fruto». Veis que en el versículo 8 tenemos un diálogo. Hay arrepentimiento y una consciencia de bendición, todo ello proviniendo de Dios (v. 9).

Bien puede Oseas concluir su libro con estas palabras: «¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos» (Os. 14:9). Que Dios nos dé a cada uno de nosotros que prestemos oído a su palabra, y que nos demos cuenta de cuán entrañables son sus caminos, particularmente con los rebeldes. Amigo mío, si tú eres uno de ellos, sé tan duro como quieras contigo mismo, pero recuerda que el corazón de Dios está lleno del amor más tierno hacia ti, y que solamente busca que seas restaurado ante él.

Ven, de todo bien la fuente,
Ven, eterno Salvador,
Ven, ayúdame a cantarte
Dignos cantos de loor.

Tú, Señor, por mí moriste;
Quiero yo por Ti vivir:
Solo Tú eres mi esperanza,
Solo Tú mi porvenir.

(Triste estaba y extraviado,
Cuando Cristo me buscó;
De la muerte por salvarme
Él su sangre derramó.

En su muerte de cariño
Vida, paz, perdón hallé;
Y por Él la vida eterna en el cielo gozaré.)

De tu gracia, ¡oh bien Amado!,
Cada día soy deudor;
Más y más a Ti me atraes
Por los lazos de tu amor.

Ven, de todo bien la fuente,
Fuente de mi salvación:
Doy a Ti mis alabanzas,
Doy a Ti mi corazón.

Himno desconocido

2 - Apartándose del camino (Lucas 22:31-62)

Vemos ejemplos de rebelión y de apartamiento tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento. Ahora bien, es evidente que no hay ninguno que se haya apartado y que sea feliz. Lo que el Señor quiere por encima de todo para nuestros corazones es que seamos profundamente felices. Si no eres feliz, no estás en buen estado. En alguna parte hay algo que no anda bien, y cuanto antes sea ello rectificado, tanto mejor. Sabes que cuando algo anda mal, cuanto antes sea rectificado, tanto mejor, para evitar su empeoramiento progresivo. Va empeorando más y más si no se rectifica, y de ahí la importancia que tiene para un alma apartada aprender el camino de la restauración.

No conozco a ningún corazón que no diga, cuando oye acerca del enfriamiento, ¡Que Dios me guarde de tal cosa! Es bastante fácil apartarse mucho del camino sin saberlo. El enfriamiento del corazón no viene repentina­mente. Sucedió gradualmente en la historia de Sansón (ver Jue. 13-16). Era un hombre maravilloso, en cierto sentido no tuvo su igual en el Antiguo Testamento. Pero considerad su historia. Era nazareo, una persona separada para Dios. No había acción de fuerza que Él no pudiera ejecutar fácilmente. ¿Y cuál era el secreto de ello? Él estaba sostenido por Dios, y en tanto que se mantuviera separado para Dios, era guardado por Dios. Pero pronto se apartaron sus afectos de Jehová; una mujer atrajo su mirada, y vino a ser suya. Con el tiempo, ella le traicionó. ¿Cuál fue el primer paso en su caída? Conocéis la historia. Perdió su separación. Dejó de ser una persona separada. Lo que el diablo desea por encima de todas las cosas es conseguir que te codees con el mundo. Te dice que no debes separarte demasiado. Sí, esto es precisamente lo que el diablo dice. Me lo dice a mí, y es lo que te dice a ti. Se lo dijo también a Pedro. Pero creo que lo que una anciana escocesa dijo acerca de Pedro era cierto. Dijo ella, ¡no era su sitio estar entre los lacayos! Se estaba calentando al lado del fuego de los enemigos de Jesús. Lo mismo queda ilustrado en la historia de Sansón. En el momento en que tú y yo dejamos de estar separados del mundo y de sus caminos, entramos en decadencia del alma. No tenemos que engañarnos. Es una cosa que nos toca tan de cierto como que el sol está en el cielo.

Esta mujer que Sansón tomó intentó sacarle el secreto de su fortaleza. Lloró durante siete días. Al final, él le contó que el secreto de su fuerza estaba relacionado con su cabello. Era nazareo. «Y aconteció que, presionándole ella cada día con sus palabras e importunándole, su alma fue reducida a mortal angustia. Le descubrió, pues, todo su corazón, y le dijo: Nunca a mi cabeza llegó navaja; porque soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si fuere rapado, mi fuerza se apartará de mí, y me debilitaré y seré como todos los hombres. Viendo Dalila que él le había descubierto todo su corazón, envió a llamar a los principales de los filisteos, diciendo: Venid esta vez, porque él me ha descubierto todo su corazón. Y los principales de los filisteos vinieron a ella, trayendo en su mano el dinero. Y ella hizo que él se durmiese sobre sus rodillas, y llamó a un hombre, quien le rapó las siete guedejas de su cabeza; y ella comenzó a afligirlo, pues su fuerza se apartó de él. Y le dijo: ¡Sansón, los filisteos sobre ti! Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: Esta vez saldré como las otras y me escaparé. Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él. Mas los filisteos le echaron mano, y le sacaron los ojos, y le llevaron a Gaza; y le ataron con cadenas para que moliese en la cárcel» (Jueces 16:16-21).

Los filisteos enviaron dinero a Dalila y, ¿qué fue lo que sucedió a continuación? Abajo cayó el cabello de Sansón. Lo primero que perdió fue su separación. Y lo siguiente que perdió fue su fuerza. Y después perdió su libertad. Aquella vez fue realmente capturado. ¿Acaso no le habían atado antes? Sí, le habían atado con cuerdas nuevas, pero para él fueron como telas de araña. Había perdido su separación, y ahora que había perdido su fuerza perdió su libertad, después perdió sus ojos, y al final perdió la vida.

Pierde tu separación, y tu fuerza, tu libertad, tu vista, y tu vida, todo ello, sigue a continuación. Sansón es la terrible figura de un hombre que cayó desde lo más alto hasta lo más bajo. Aquí tenemos la imagen de un cristiano que se ha introducido en el mundo, y que ha quedado totalmente inutilizado para el servicio de Cristo. ¡Ah, hermanos! ¡Que Dios nos guarde! La historia de Sansón es una historia muy solemne.

Pero voy ahora a Pedro. Creo que es hermoso ver la forma en que fue restaurado. Ahora bien, el capítulo veintidós de Lucas, que se debe leer, nos da el momento en que cayó exteriormente. Hay cuatro puntos salientes que deseo poner ante vosotros de la historia de Pedro; su conversión, consagración, caída, y restauración. ¿Has estudiado alguna vez la vida de Pedro? Quisiera aconsejarte que lo hicieras. Ve entresacando la vida de Pedro, y júntala. Yo mismo he escrito un libro acerca de su vida, y me sentí muy feliz escribiéndolo. Pero no te pido que leas mi libro, sino que leas el Libro de Dios. Es maravilloso ver el lugar que aquel amado hombre obtuvo. Era un hombre con un gran corazón. Sé que tropezó, pero ¡llegó a andar sobre el agua! ¡Oh!, me dirás, ¡pero se hundió! Cierto que sí, pero anduvo antes de hundirse. Ahora señala esto, el punto central no es que se hundiera, sino que anduvo. Fue su afecto hacia Cristo lo que le hizo salir de la barca al agua, pero incluso nuestro afecto por Cristo no nos pone a salvo a no ser que mantengamos nuestra mirada sobre Cristo, lo que es de mayor importancia.

Tenemos la conversión de Pedro registrada en el primer capítulo de Juan, cuando conoció a Jesús. El Señor le cambió el nombre. «Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)» (Juan 1:42). Fue entonces convertido, pero no consagrado a Cristo. Tú también estás convertido, y puedes decir, soy creyente, y sé que soy salvo. Sí, pero, ¿te has lanzado verdaderamente a seguir a Cristo? Si no, eres mucho como el Pedro entre el primer capítulo de Juan y el quinto capítulo de Lucas. Allí el Señor quería un púlpito, y tomó para ello la barca de Pedro. El Señor era el mejor predicador que jamás haya habido, y un predicador de lo más práctico también, porque «abriendo su boca les enseñaba» (Mateo 5:2), y el pueblo le escuchaba. El punto central es, si te estás dirigiendo al pueblo, asegúrate de que te oyen. Él se dirigía a la gente en la orilla, y hablando como hablaba desde la barca, podían tanto verle como oírle.

En aquella ocasión les contó la encantadora historia del sembrador y de la semilla. La verdad entró directamente en el corazón de Pedro aquel día. Ah, tiene que haber sido una escena maravillosa. Ved a Simón sentado en el bote, y escuchando aquel maravilloso ministerio. Pertenece a Cristo, pero hasta este punto jamás lo ha seguido. Y ahora, cuando el sermón ha finalizado, el Señor, que no quiere jamás ser deudor de los hombres, le viene a decir, voy a pagarte por el uso del bote, Pedro. Sus palabras fueron, «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red» (Lucas 5:4-5). «Y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían». Jamás en su vida Pedro había conseguido una pesca como ésta, y cuando la vio, «cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador».

¿Qué es lo que le hizo sacar a relucir la cuestión de su pecado? Al serle revelada a su alma la gloria de la Persona de su Maestro, que Él era Dios además de ser Hombre, me parece que quedó totalmente avergonzado de cuál había sido su forma de actuar en cuanto a Él. Pedro aprendió aquel día su lección. La luz de Dios cayó sobre su alma y, aunque dice: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador», en el momento en que llegan a tierra le vuelve la espalda a todo, y se pone a seguir a Jesús. Ahora se consagra a él, y empieza a seguir al Señor. He conocido a muchos hombres volverse al Señor cuando todas las cosas terrenas habían fallado –muy posiblemente el banco había quebrado, y todo se había perdido. En tales circunstancias un alma dirá a menudo, «creo que ahora me consagraré a Él». Pero fue cuando el día estaba en su mayor resplandor, y cuando su negocio iba viento en popa, que Pedro dejó todo, y empezó a seguir al Señor. Cristo llenó su corazón, y la gloria de Su Persona eclipsó todo lo de acá abajo, por lo que lo dejó todo, y siguió a Jesús. Ahora bien, ¿Ha habido jamás un momento en tu corazón o en el mío como éste? ¿Hay algo en la historia de tu alma o de la mía tan hermoso como esto? Esta es para nosotros la verdadera cuestión.

Es muy interesante ver como Pedro sale a la palestra en todas partes en los Evangelios, precisamente por el afecto de su alma hacia el Señor –un afecto unido a la energía que tan a menudo le llevaba por un camino errado, debido a su confianza en sí mismo.

Pero ahora llega el fin. En el capítulo que se debiera leer ahora –Lucas 22– el Señor ha sido traicionado, y Él sabe que va a morir. De manera que cuando Él hubo reunido a los discípulos en el aposento alto, y les hubo dado la expresión de Su amor en el partimiento del pan, les dijo que uno de ellos le iba a traicionar. Pedro no sabía quién era, y le pidió a Juan que preguntara quién era. Y Juan, recostado en el seno de Jesús, le hizo la pregunta. Sabéis, amigos, es algo muy grande estar cerca de Cristo. No se está nunca lo suficientemente cerca de Cristo. No hay nada que Él quiera más que estemos cerca de Él. No había una sola nube entre Juan y Jesús, y Juan le hizo la pregunta, «Señor, ¿quién es?»

Después de terminar la cena, dijo… el Señor: ¡Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo! Obsérvese que se trata de trigo. Es posible que digas, he tenido mi buena parte de zarandeo. Bien, hay una cosa que está clara, si no hubieras sido trigo, no hubieras sido zarandeado. Si hubieras sido meramente paja, el diablo te hubiera dejado en paz. Nunca se preocupa por sus propios súbditos, siempre los deja en paz. Es a los santos a los que siempre ataca. El pecado en el pecador es cosa mala, pero en un santo es diez veces peor, por cuanto pecamos en contra de Cristo y de la luz. Por ellos, el pecado es infinitamente peor en mi vida, como santo, que lo que era cuando era un pecador perdido. Sin embargo, no caigas en la desesperanza si Satanás te zarandea. La confianza en sí mismo fue el secreto de la caída de Pedro, y por lo general es la causa de todas nuestras caídas; y es algo muy grande, amados, cuando se rompe en nosotros el resorte de la confianza propia. Dios permite que esto suceda así.

¿Y qué es lo que dice a continuación? «Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Esto es hermoso. Deberíamos también orar por los siervos de Dios. Orad por aquellos que se hallan en el frente de la batalla. El diablo está siempre listo para hacerles tropezar. Antes de que Pedro fuera tentado, Jesús ya había orado. «He orado por ti». ¡Palabras maravillosas! La intercesión del Señor por nosotros es algo maravilloso, y bien es que alienten a nuestros corazones, pero, por otra parte, tenemos que estar dispuestos, y también en oración.

En aquella oración, comúnmente llamada «La oración del Señor» –en, realidad la oración de los discípulos– aparecen las palabras, «no nos metas en tentación». Creo que a menudo debiéramos orar esto. Cuando nuestro Señor afrontaba dificultades, siempre oraba. Le hallarás en oración en siete ocasiones distintas en el Evangelio de Lucas. Síguelas, y considera sus circunstancias. En nuestro capítulo aparece en oración (v. 41). Había llegado la hora de su dolor y de su rechazo, y como Mesías iba a ser cortado. Por ello pudo decir, «mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas» (v. 53). Más necesidad, por ello, de aferrarse tenazmente a Dios. Estaba orando por sí mismo, pero primero dijo a su débil seguidor, «he orado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos». La fe es muy susceptible de fallar, e, indudablemente, cuando Pedro despertó, y descubrió lo que había hecho, quedó quebrantado. Pero el amor había rogado por él, y fue preservado de un remordimiento y suicidio como el de Judas. El Señor en lo alto está allí continuamente intercediendo por nosotros. Él murió para purificarnos y vive para purificarnos. Él no dice que no seremos tentados, pero lo que sí dice es –«Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Cor. 10:12-13).

Algunas veces se oye esta pregunta –«Si voy a tal lugar, o a tal escena, ¿no seré preservado? Sé que no debiera ir, pero si voy, ¿me guardará Dios?» Si vas en contra de las advertencias de la Palabra de Dios y de tu propia conciencia, ciertamente que caerás. «¿Acaso no me guardará el Señor?» No, en absoluto. ¿O acaso creéis que Dios va a guardar a alguien que esté en un camino de desobediencia? Si Pedro hubiera solo hecho caso de la palabra del Señor, hubiera escapado a su caída.

Ahora consideremos la respuesta de Pedro, y su caída. ¿No hubiera sido de esperar encontrar a Pedro temblando? Miremos el versículo treinta y tres. «Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte». ¡Qué respuesta! Amados, ¡este hombre cayó! Su caída no tuvo lugar en el momento en que realmente negó al Señor. Aquí es donde cayó. Está ocupado en sus propios afectos. Es indudable que amaba al Señor, pero en lugar de estar simplemente ocupado con Cristo, y aferrado a Cristo con este sentimiento, Señor si tú no me guardas, yo caeré, estaba lleno de confianza propia. El Señor le advierte, y a nosotros a través de él. «Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces» (Lucas 22:34).

Pero la historia sigue. Sigamos al Señor al monte de los Olivos. Vamos al huerto, y allí está orando el bendito Señor. Dice a sus discípulos, «Orad que no entréis en tentación» (Lucas 22:40), y otra vez, «Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro» (Mateo 26:36). Cuando llega, los halla durmiendo. ¿Cuánto oro yo? ¿Cuánto oras tú? La oración es el secreto del éxito del alma. «Velad y orad» (Mc. 14:38), les dice también. Y aquí, en lugar de orar estaban durmiendo. Tan solo se ve lo que es la debilidad de la carne. Ellos ven su tristeza, y con todo ello pueden dormir. ¡Qué corazones tenemos! Podemos dormir en la presencia de su gloria (ver Lucas 9:32), y podemos dormir, también, en la presencia de su tristeza. «El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mc. 14:38), es el entrañable comentario que hace el Señor acerca de ello.

La tentación había ahora venido al llegar la multitud, conducida por Judas. «Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó» (Lucas 22:47-51).

Le habían dicho, «Señor, ¿heriremos a espada?», y sin esperar su respuesta, uno de ellos hirió al siervo del sumo sacerdote. Fue Pedro quien lo hizo, y fue aquella acción misma la que le descubrió. «Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? Él negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez; y en seguida cantó el gallo» (Juan 18:25-27). Cuando entró en el vestíbulo del sumo sacerdote, el pariente del herido reconoció al hombre que había usado la espada. Es posible que Pedro creyera que con esta acción mostraba una gran devoción, y que estaba haciendo algo bueno. Ah, queridos hermanos, lo que necesitamos es recibir la palabra del Señor. Consideremos la respuesta de Jesús aquí: «Basta ya, dejad. Y tocando su oreja, le sanó» (Lucas 22:51).

Lo siguiente que hicieron fue tomarle y atarle. ¿Sabéis lo último que hizo el Señor antes que le ataran? Curó aquella oreja. Bendito Señor, el último movimiento de Su mano fue para curar la oreja sangrante que Su pobre siervo había cortado. Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos (Lucas 22:54).

Pobre Pedro, cuando hubiera debido desconfiar de sí mismo, estaba lleno de confianza propia; cuando hubiera debido estar orando, había estado durmiendo; cuando hubiera debido estar quieto, estaba utilizando una espada no demandada; cuando hubiera debido mantenerse separado, estaba sentado al fuego con los del mundo; cuando hubiera debido estar cerca de Cristo, le estaba siguiendo de lejos; y, como consecuencia lógica, cuando hubiera debido dar testimonio de su Señor, le negó. ¡Pobre Pedro! ¡Y qué parecido a nosotros!

¿Y dónde estaba Juan todo este rato? Otro pasaje nos dice que Juan entró con Jesús. Al principio, «todos los discípulos, dejándole, huyeron» (Mateo 26:56). Él se quedó solo. Al cabo de un tiempo, Juan reunió todo el valor que pudo, y volvió. Pedro le seguía de lejos. Ah, hermanos, ¿estamos acaso siguiendo al Señor de lejos? Si es así, no seremos preservados. ¿Y qué acerca de Juan? Nadie le desafió. No. Él estaba muy cerca de Cristo. El hombre que sigue de lejos está arriesgado a ser descubierto y a que lo hagan caer.

«Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos» (Lucas 22:55). Después de ello negó al Señor tres veces, tal como Él le había advertido, y a pesar de las enérgicas protestas de Pedro. Y cuando Él lo hubo hecho las tres veces, Vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente (Lucas 22:61-62).

Creo que cuando Pedro descubrió que su Señor había sido crucificado, tiene que haber sido un momento terrible en su vida. ¿Qué es lo que pudo sostener el corazón de este hombre? Creo que la oración de Cristo y la mirada de Cristo le sostuvieron. Si él no hubiera poseído la palabra «He orado por ti», ni la mirada, creo que hubiera salido, y seguido a Judas. Judas fue, y se ahorcó. El remordimiento nos pone en manos de Satanás, pero el arrepentimiento lleva a un verdadero quebrantamiento delante de Dios. Nunca habrá recuperación sin arrepentimiento. Pedro tenía el sentimiento de que el Señor le amaba. Sabía que el Señor le amaba. Judas nunca supo esto. Si hubiera conocido el amor de Cristo, no se hubiera ahorcado.

Alguno pudiera decir: «Esto es muy parecido a mi vida y a mi historia. Hace años yo era un cristiano lleno de felicidad, pero de una forma u otra me aparté del Señor, me deslicé al mundo, perdí mi gozo y mi paz, y he declinado tanto en mi alma, que todo mi camino ha sido para deshonra de Cristo». Amigo mío, ve, y llora a solas; llora amargamente, y tus lágrimas serán secadas algún día. Oh, si tan solamente llegas a tener la consciencia en tu alma de que Él te ha amado, y que Él te sigue amando, todo saldrá bien entonces. La palabra de Dios a Israel, «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud», es igualmente cierta para ti. Aunque habían transcurrido ochocientos cincuenta años de rebelión y apostasía, Dios no había olvidado el momento en que ellos le habían amado a Él, y en que Él era todo para ellos (Jer. 2:2). Ellos lo habían olvidado hacía ya mucho tiempo, pero Él nunca lo había olvidado. ¿Hay aquí acaso algún corazón apartado? Querido amigo, no sigas así, sino retorna al Señor. No pierdas otra hora. Pedro tuvo que esperar tres días para ser restaurado. Era lo que el Señor le había dicho, y la mirada que el Señor le lanzó, lo que obró en su corazón. Recordó que había orado por Él, y la última mirada que le lanzó fue una mirada de tal amor y perdón, de tal gracia infinita, que rompió su corazón.

Veréis que Pedro tuvo una restauración privada, y otra pública. La restauración privada nos es relatada en el capítulo 24 de Lucas, versículo 34, y la restauración pública tiene lugar en el capítulo 21 de Juan. La evidencia de su restauración es manifiesta en el capítulo 2 de los Hechos. El Señor le habla a solas. Lo que se dijo en esta reunión nadie lo sabe. El Espíritu de Dios ha arrojado un manto sobre ello. ¿Os diré por qué? No te haría ningún bien saber cómo Dios había tratado conmigo cuando mi alma se había apartado de Él, ni me haría a mí ningún bien saber cómo había tratado contigo. No, en absoluto, porque la forma en que trata contigo no sería la apropiada para mí. Por ello, se cubre esta escena con un velo. Pero sabemos esto, que fue maravillosamente restaurado por el Señor. ¿Cómo lo sabemos? Juan 21 nos da la respuesta. Sus hermanos fueron más lentos que Pedro en esta ocasión en llegar al Señor. No esperó hasta que el bote llegara a la orilla; en su apresuramiento se lanzó al mar para acercarse al Señor. Dice, Quedaos con el pescado, que yo me voy con el bendito Señor. Por esta acción sé que Pedro estaba restaurado.

Pero después, naturalmente, el Señor lo restauró públicamente. Creo, queridos amigos, que nunca hallaréis a ningún santo haciendo ningún bien hasta que quede completamente libre de confianza propia, y quebrantado delante del Señor. Es entonces en esta condición que el Señor puede utilizarle. Vemos a Pedro restaurado a la comunión y a la compañía de los apóstoles en Juan 21, y después le vemos en Hechos 2 predicando la Palabra, y poderosamente utilizado por el Señor. He dicho muchas veces que creo que cuando Satanás vio a Pedro predicando en el segundo capítulo de los Hechos, deseó haberlo dejado tranquilo en el palacio del sumo sacerdote. ¿Por qué? Porque el quebrantamiento de Pedro fue su edificación, y en la primera mitad del libro de los Hechos de los Apóstoles oímos mucho más acerca de Pedro que de cualquier otro siervo. Repito, su quebrantamiento fue su edificación. Fue recogido y restaurado. Ah, sí, no hay nada como la gracia. La gracia nos salvó como pecadores, y la gracia nos guarda como santos. Y cuando lleguemos a la gloria, ¿Qué diremos? Que ha sido todo de gracia a todo lo largo del camino. Y por ello, cuanto más hondo en nuestras almas tengamos la consciencia de la gracia del Señor, tanto más nuestros corazones se regocijarán en Él.

3 - Confesión y purificación (Números 19)

Es muy interesante ver, especialmente en las Escrituras, cómo Dios provee para cualquier cosa que pudiera introducirse para interferir en la comunión de Su pueblo con Él mismo. Él ama tenernos en Su presencia, y ama tenernos felizmente, a fin de que podamos tener comunión con Él. Y si hay algo que se interpone, que nos coloque fuera de comunión, es de bendición ver cómo el Señor actúa para eliminar la dificultad.

Voy a relacionar este capítulo con el que tuvimos últimamente ante nosotros, tratando de la caída de Pedro. Veremos ahora como el Señor lo restaura. Pero invoco este pasaje porque nos da una imagen de aquello que afronta todo tipo de interrupción de comunión, producida por cosas que no sean un fallo o pecado grave.

Génesis es el libro de la creación. Éxodo es el libro de la redención. Levítico es el libro del acercamiento a Dios. Y después Números nos presenta al pueblo pasando a través del desierto, donde podrían ser contaminados, y donde el enemigo estaba siempre al acecho.

Nuestro capítulo muestra cómo un alma que ha quedado contaminada en cualquier sentido es restaurada. El pecado es siempre la operación de la voluntad de la criatura. Si la voluntad ha obrado, el pecado ha entrado en actividad, la comunión con Dios queda interrumpida, y a partir de entonces se interpone una distancia. Se tenía que tomar una vaca alazana, que no tuviera tacha alguna, y sobre la que jamás se hubiera puesto yugo. De inmediato vemos que se trata de un tipo de Cristo. El yugo del pecado nunca estuvo sobre Cristo. En cambio, nosotros sí que lo hemos tenido sobre nosotros, el yugo del pecado.

La perfección del sacrificio es lo primero que hallamos aquí: «Y la daréis a Eleazar el sacerdote, y él la sacará fuera del campamento, y la hará degollar en su presencia» (Núm. 19:3). La vaca alazana es el tipo de Cristo, quien es también el sacerdote, y por ello no es él quien degolla. Sin embargo, la muerte entra en la escena. La única manera en que puedo volver a Dios, si me he apartado de Él, es mediante la aplicación a mi alma, en el poder del Espíritu Santo, de la maravillosa verdad de la muerte del Señor Jesucristo. La vaca es degollada, y después el sacerdote rocía la sangre delante del tabernáculo de la congregación siete veces (Núm. 19:4). Aquí se nos recuerda el gran pensamiento de la expiación. Ante todo vemos que, si se trata de una cuestión de que mis pecados han de ser quitados, o del acceso a Dios, es siempre mediante la sangre. Y después aquí, donde tenemos la base de la restauración de un santo que se ha apartado del Señor, la cosa notable con la que volvemos a encontrarnos es la sangre.

Pero aquí, se tiene que observar, la sangre no es para ti. Nunca puede haber una nueva aplicación de la sangre de Cristo. La sangre aquí no es rociada sobre la persona contaminada, sino siete veces sobre el tabernáculo de la congregación. Esto es, tiene que estar bajo la mirada de Dios. Él siempre recuerda el valor de la muerte expiatoria de Su amado Hijo.

Ahora bien, cuando tú y yo hemos tomado nuestro propio camino, y la conciencia ha quedado contaminada, ¿cuál es el camino de vuelta? Oh, dirás tú, volveré como un pobre pecador, y seré de nuevo lavado por la sangre de Cristo. Pero nunca podrás volver de esta manera, porque no es este el camino de Dios, y no comprender esto ha mantenido a muchos hijos errantes un gran tiempo lejos de la gracia restauradora. ¿Cómo debemos volver? Tendrás que volver como un santo, como un hijo díscolo que ha estado haciendo su propia voluntad, y tendrás que volver de la manera que Dios indica. «Y Eleazar el sacerdote tomará de la sangre con su dedo, y rociará hacia la parte delantera del tabernáculo de reunión con la sangre de ella siete veces; y hará quemar la vaca ante sus ojos; su cuero y su carne y su sangre, con su estiércol, hará quemar» (Núm. 19:4-5). No es una manera placentera, lo admito, pero sigue siendo el camino de Dios.

Nótese el ritual aquí, porque está lleno de instrucción. Se consumía todo el animal. Todo va al fuego del juicio. El sacerdote debía tomar madera de cedro, e hisopo, y escarlata, y echar todo ello en medio del fuego en el que ardía la vaca. Aquí tenemos a la víctima degollada, y después consumida hasta sus cenizas. Es una imagen notable de lo que sufrió el Señor Jesucristo estando en la cruz, donde fue hecho pecado. Él que no conoció nunca pecado, fue hecho pecado por nosotros. La vaca alazana quemada hasta no quedar más que cenizas es una notable figura de lo que el primer hombre mereció, y lo que recibió la Persona de Cristo cuando fue a la cruz: Todo allí fue consumido en muerte. ¡Todo lo que yo soy desaparece de delante de Dios en muerte! Con la vaca desaparece también el cedro, que es la figura en las Escrituras de todo aquello que es elevado, y noble, y majestuoso.

Y el hisopo, ¿qué es? Una pequeña mata. Es el otro extremo del reino vegetal, es insignificante. Salomón «disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared» (1 Reyes 4:33). No niego que haya algo noble en el hombre y, naturalmente, todos admitiremos que hay algo ruin en el hombre. Todos tenemos buenos ojos para comprobar esto. ¿Puedes ver una mota en mi ojo? Sí, pero, ¿no ves la viga en el tuyo? Todos podemos ver las faltas en los demás. Es algo muy fácil. ¿Qué es lo que aprendemos aquí? Sea que se trate de algo grande y majestuoso, o que sea innoble e inútil, todo tiene que irse, a las llamas que consumen la vaca.

El hisopo tiene un gran lugar en las Escrituras. Un trozo de hisopo fue sumergido en sangre, y puesto sobre el dintel y sobre los dos postes de las puertas en el día de la pascua (Éx. 12:22). El hisopo se tiraba al agua corriente cuando el leproso era limpiado (Lev. 14:4-6). Aquí, el hisopo era quemado. En la agonía de su alma, David dice, «Purifícame con hisopo, y seré limpio» (Sal. 51:7). Y también: «Empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca» (Juan 19:29) en el momento de la agonía de muerte de nuestro bendito Salvador. Tiene un maravilloso significado en las Escrituras, relacionado con la pequeñez del hombre, en tanto que la escarlata indica la gloria del hombre.

Así que, tanto si pienso que el hombre es innoble como si pienso que es grande, o en todo lo que el hombre pueda gloriarse, gracias a Dios, todo ello se va. Hay tan sólo un hombre que vale para Dios, y este es el Hombre que está en la gloria de Dios. El primer hombre, con todas sus glorias, y con toda su insignificancia, es eliminado por el juicio. No niego que haya cualidades en el hombre que sean hermosas por sí mismas, pero estas no sirven ante Dios. El primer hombre es totalmente puesto a un lado.

Este es un gran punto a comprender de una manera inteligente, y a decir con Pablo, «Y yo sé que en mí, eso es, en mi carne, no mora el bien» (Rom. 7:18), y entonces, enseñados por la gracia, aprender, «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gál. 2:20). Si miro atrás hacia la cruz, veo al hombre que pecó ido allí. Es una inmensa ganancia ver que todo se va con las llamas de la vaca.

Lo que sigue a continuación es, que el sacerdote tiene que lavarse sus vestidos, así como el que quemó la vaca (v. 7, 8). Y después, «Un hombre limpio recogerá las cenizas de la vaca y las pondrá fuera del campamento en lugar limpio, y las guardará la congregación de los hijos de Israel para el agua de purificación; es una expiación» (Núm. 19:9). Las cenizas de la vaca ciertamente traen a la memoria, de una manera sencilla pero eficaz, todo lo que ha tenido lugar. Son todo lo que queda de aquella maravillosa víctima. Nada queda sino las cenizas. Todo lo demás ha sido consumido en el fuego del juicio. Con estas cenizas, como figura, el Espíritu de Dios trae a la memoria del alma, en ciertas circunstancias, lo que costó a Cristo purificarnos, y aparte de lo cual no sabremos, después de pecar, en qué consiste realmente la purificación.

No se puede tocar nada relacionado con el primer hombre sin contaminarse, y por ello es que leemos: «El que tocare cadáver de cualquier persona será inmundo siete días» (Núm. 19:11). Bien, uno podría decir, en el curso ordinario de mis deberes diarios entro en contacto con muchas cosas que me pueden contaminar. Esto es precisamente lo que se supone aquí. «Al tercer día se purificará con aquella agua, y al séptimo día será limpio; y si al tercer día no se purificare, no será limpio al séptimo día» (Núm. 19:12). Pero Dios no se toma el pecado a la ligera. El hombre inmundo tenía que purificarse el tercer día, y en el séptimo, y ser así limpiado. La doble purificación muestra que la restauración no tiene lugar en un momento. Si mi alma se ha apartado del Señor, no vuelve a Él en un instante. Dios me da tiempo para que considere cuál ha sido mi necedad.

«Todo aquel que tocare cadáver de cualquier persona, y no se purificare, el tabernáculo de Jehová contaminó, y aquella persona será cortada de Israel; por cuanto el agua de la purificación no fue rociada sobre él, inmundo será, y su inmundicia será sobre él» (Núm. 19:13). Si entro en el mal, y no lo juzgo y no me libro de él, estoy haciendo daño a otras personas. Un hombre negligente entonces contaminaba «el tabernáculo de Jehová», y si yo persisto en lo que es malo, estoy por todo ello contaminando a mis hermanos. Soy uno de los de la congregación, ¿veis? Debiéramos por ello ser muy cuidadosos en nuestro andar por causa de los otros. Pero el versículo 13 va más allá: «Aquella persona será cortada de Israel; por cuanto el agua de la purificación no fue rociada sobre él». El tal moría. Para nosotros no es la muerte, pero el santo impuro está fuera de comunión. No consigue el gozo que viene a la congregación. Está afuera moralmente y en la práctica. ¿Por qué? Porque tenía una manera de purificarse, y no la utilizó. Fue negligente.

«Esta es la ley para cuando alguno muera en la tienda: cualquiera que entre en la tienda, y todo el que esté en ella, será inmundo siete días. Y toda vasija abierta, cuya tapa no esté bien ajustada, será inmunda; y cualquiera que tocare algún muerto a espada sobre la faz del campo, o algún cadáver, o hueso humano, o sepulcro, siete días será inmundo» (Núm. 19:14-16). El contacto con el mal en cualquiera de sus formas nos afecta, y perturba la comunión. Es una gran cosa mantener la cubierta sobre la vasija. ¿Qué es lo que se significa aquí? Tiene que haber reserva. Si vas y caminas, y hablas con los descuidados, y con los impíos, pronto te encontrarás fuera de comunión. Dios nos quiere manteniendo la cubierta sobre la vasija. Este mundo tiene una atmósfera sucia, y si la vasija no se cubre se contamina. Queremos que Cristo cubra nuestros ojos, y llene nuestros corazones cada hora del día (v. 16). No puedes ir en ayuda de alguien que haya caído en pecado sin descender algo tú mismo. Al tener que oír acerca del mal, incluso en plan de juicio, nos afecta, así como aquel que tocaba un hueso humano, o una tumba, quedaba impuro por siete días.

«Y para el inmundo tomarán de la ceniza de la vaca quemada de la expiación, y echarán sobre ella agua corriente en un recipiente; y un hombre limpio tomará hisopo, y lo mojará en el agua, y rociará sobre la tienda, sobre todos los muebles, sobre las personas que allí estuvieren, y sobre aquel que hubiere tocado el hueso, o el asesinado, o el muerto, o el sepulcro. Y el limpio rociará sobre el inmundo al tercero y al séptimo día; y cuando lo haya purificado al día séptimo, él lavará luego sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será limpio a la noche. Y el que fuere inmundo, y no se purificare, la tal persona será cortada de entre la congregación, por cuanto contaminó el tabernáculo de Jehová; no fue rociada sobre él el agua de la purificación; es inmundo» (Núm. 19:17-20). Obsérvese que una persona limpia tenía que rociar a la inmunda el tercer día y el séptimo día. ¿Cuál es el significado de esto? Cada uno de estos rociados expone una etapa diferente en el proceso de la restauración del alma. Al tercer día se me pone en claro que he estado tomando mis placeres en las cosas que le costaron a Cristo las agonías, y los indescriptibles sufrimientos de la cruz. Esto irá acompañado de una confesión honesta y plena de pecado a Dios. Entonces viene al alma un sentido muy profundo de dolor por el pecado, sea cual este haya sido. El alma queda llena de horror al decir, he estado pecando contra la gracia; pero, juntamente con esto, viene un sentimiento de profunda amargura, porque, después de todo, este pecado no me será imputado, porque Cristo ha sufrido ya por él. Yo he estado complaciéndome en todo lo que le costó a Él las agonías de la cruz. Él ha tomado el pecado, y sobrellevado todas sus consecuencias. Y el alma pasa a través de un ejercicio muy, muy profundo –cuanto más profundo mejor.

No es el primer día después de haber pecado que todo esto se aprende. No, Dios me da tres días para contemplar cual ha sido en mi alma el efecto de tomar mi propio camino. Las cenizas son la muerte de Cristo, y el agua corriente es la energía del Espíritu Santo de Dios trayendo a mi alma aquello por lo que Cristo ha pasado. Dice Él, Cristo ha muerto por ti, y Él ha llevado por ti el juicio de Dios, y este mismo pecado en el que tú hallaste placer, hizo surgir de Su alma aquel clamor agonizante: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Y entra en mi alma el profundo sentimiento de cuán miserable yo soy, porque he estado hallando placer en lo que le costó dolor a Él.

Entonces viene el séptimo día, y ahora tengo en mi alma el sentimiento de gracia abundando sobre el pecado. ¿Me ha perdonado el Señor? ¡Sí! Y hay entonces el sentimiento inmediato de gozo al pensar que estoy perfectamente purificado por la obra que ha llevado a cabo Jesús en mi favor, y que la gracia que me hallo como pecador me ha hallado también como santo. El rociamiento ha tenido lugar en el tercer día y en el séptimo, y el alma es declarada limpia, y está conscientemente purificada.

Entonces tiene asimismo un cambio de carácter práctico en el alma. No solo puedo decir que estoy perfectamente limpio, sino que mi pecado no ha alterado Su corazón. ¡Él sigue amándome! ¡Su muerte sigue siendo eficaz para limpiarme! Es terrible perder el goce de su amor, y el consuelo que el Espíritu Santo da. Pagamos un terrible precio por nuestros propios placeres. Pero, ¡ah, el gozo de la restauración! ¿Quién no lo codicia? El sentimiento de horror de pecar contra la gracia parece constituir la primera parte de la purificación en el tercer día. En el séptimo día tiene lugar la perfecta restauración, al quedar la mente totalmente purificada de toda mancha de pecado mediante la abundante gracia sobre el pecado. En primer lugar tengo sentimiento de dolor, de que he pecado contra la gracia, y después tengo el sentimiento de que estoy perdonado debido a que Su gracia no ha cambiado (Rom. 6).

Es algo grande para el alma llegar a comprender esto si he hecho daño a Su amor, Su amor está ahí para ser dañado. Pero entonces pierdo el goce de este amor en mi alma, hasta que llega el día en que me juzgo a mí mismo, y me arrepiento. Esto es indudablemente lo que Pedro hizo. Creo que veo a Pedro en su tercer día en Marcos 16:7, donde un siervo, que ha fallado como tal (Hec. 13:13; 15:37-39), registra él solo las palabras enviadas a Pedro, y de nuevo en Lucas 24, donde el Señor se reúne con él solo. Le hallamos en su séptimo día, en Juan 21:15-19, reposando totalmente en el amor de su Señor, y gozando de Su confianza.

Notemos que el hombre purificado lava sus vestidos. ¿Qué significa esto? Que cambia totalmente su manera de actuar, y que se libra de aquello que le constituía una dificultad. Recibe de una manera práctica el lavamiento de la Palabra.

Vayamos ahora a las Escrituras del Nuevo Testamento para relacionarlas con este tipo. «Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros» (1 Juan 1:6-10). Comprende, joven cristiano, que aunque estés convertido, y aunque la sangre de Cristo haya limpiado todo tu pecado, que la verdad se mantiene en pie de que el pecado sigue estando en ti. La carne está en nosotros. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos». Si fuera a decir, no tengo pecados, esto pudiera ser verdad. Pero si digo, no tengo pecado, me engaño a mí mismo. Esto es lo que el perfeccionista ha sido inducido a creer. No se trata de otra cosa que de un verdadero engaño.

Por otra parte, ¿tengo que quedar siempre con la carga del sentimiento de lo que son mis pecados? Dios responde así: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Así es como somos prácticamente purificados, ves, pero siempre por la confesión a Dios, no al hombre, como apenas será necesario decir. Si hay algo que es una carga para tu alma, tienes que ir y confesarlo. Nunca quedarás bien sino hasta que lo hayas confesado todo. Dirás, «Dios ya lo sabe todo». Esto es totalmente cierto, pero nunca quedarás en buen estado hasta que se lo hayas confesado todo a Él. Entonces es cuando viene el sentimiento de lo que la gracia es, pero nunca estarás en buen estado hasta que se lo hayas contado todo al Señor.

Sé que muchos persisten durante años, en un estado mísero y deprimido, y, ¡ah!, qué ausencia hay entonces de gozo y de testimonio. Aquella alma no está bien con Dios. Amigo mío, deja que te implore, no vayas a dormir hasta que hayas vaciado lo que tienes en tu pecho ante Dios. Si has de ser feliz y fructífero, no debe haber reservas entre tú y Él. No ha habido reservas de parte de Él; que no las haya, pues, de tu parte.

Leemos ahora: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis». ¿Suponemos acaso que un cristiano debiera persistir en el pecado? No. Pero, «si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). ¡Hermosas palabras! El abogado es Jesús; Él me restaura al Padre. Si he pecado y me he apartado, no puedo volver a Dios como pecador. Tengo que volver al Padre como un hijo, un hijo díscolo, ciertamente, pero un hijo. Es algo bendito ver que, antes de que Pedro cayera, Cristo, el Abogado para con el Padre, había orado por él. Ah, amados, ¡cómo nos ama! Deja que esta verdad se asiente profundamente en tu alma, y todo estará bien contigo.

«Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:2). Ahí es donde realmente tenemos las cenizas de la vaca alazana. Si peco, Él orará por mí, y entonces el Espíritu de Dios me lo hará sentir. Es Él, el otro Consolador, quien, en amor fiel a mi alma, ha interpuesto la nube. Cuando veas qué es lo que ha interpuesto la nube, lo juzgarás y lo confesarás. Y cuando lo confieses, Él lo perdona. Y entonces podrás decir, bendito Señor, ¡cuánto me amas! El efecto es, siempre, que entras más cerca de Él de lo que nunca has estado. Tal es Su gracia.

Naturalmente, si he hecho lo malo a mi hermano o a mi prójimo, tengo que ir y reconocerlo. Nunca quedaré en buen estado hasta que haya ajustado las cosas a este nivel. No solamente debo corregirme ante Dios, sino también con mi prójimo, si he pecado contra Él, debido a que Dios nos quiere purificar de toda injusticia. Ahora tengamos esto en cuenta, si he pecado contra mi hermano o mi hermana, las instrucciones de nuestro Señor a este respecto están bien claras (ver Lev. 5; 6; Mateo 18). Lo que cuenta es que Cristo siempre desea que hagamos lo que es recto. Sé en mi corazón que nunca progresaré espiritualmente, a no ser que sea honesto y transparente delante de Dios por una parte, y delante de mis hermanos por la otra. Qué espléndido es el testimonio de Pablo. ¡Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres! (Hec. 24:16).

Pasaremos ahora un momento a la restauración de Pedro. Creo que en Lucas 24 tenemos su tercer día. Encuentro que en el tercer día, el día de la resurrección, el Señor alcanza a los dos discípulos que se iban a Emaús, y que fue con ellos. Es muy interesante ver la forma en que el Señor se da a conocer a los Suyos en resurrección. El primer corazón que encontró, y llenó, fue el de María, y después sus compañeras. El de María era un corazón que se deleitaba en Él profundamente, y que lo encontraba a faltar de una manera indescriptible. El siguiente corazón que fue a buscar fue el de uno que se había apartado de Él –el de Pedro. Los dos que iban a Emaús parecen ser los siguientes. Dijeron después, «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?» (Lucas 24:32). Nunca habían oído tal discurso en sus vidas, como el que les dio durante aquel camino de 13 kilómetros. ¿Acaso nuestros corazones no arden, y casi estallan, cuando un querido siervo del Señor, en el poder del Espíritu Santo, nos abre las Escrituras ante nosotros? Pero imaginemos oír al Señor, que «les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27). No es de asombrarse que sus corazones ardieran dentro de ellos.

Cuando «llegaron a la aldea donde iban… él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde» (Lucas 24:28-29). Él no nos impone Su compañía. Pero cuando llegaron a la casa de ellos, y el Señor hizo ademán de continuar, le dijeron, «Quédate con nosotros». Le obligaron a quedarse. Ejercieron sobre Él la presión que siempre ejerce el amor. Habían gozado tanto de Su ministerio que no podrían ahora pasarse sin ello. No sabían ellos que fuera Él, pero habían descubierto que Él sabía más acerca de Aquel a quien ellos amaban que cualquier otro que hubieran conocido antes, por lo que le obligaron a que se quedara. Bien, Él entró, partió el pan, y así se hizo conocer de ellos. Ellos sabían ahora quién era Él, y Él desapareció de la vista de ellos.

«Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón» (Lucas 24:33-34). Se vuelven en el acto a Jerusalén. Tan solo hacía un momento era demasiado tarde para ir más lejos; ahora, llenos de gozo, no les era demasiado tarde para ellos ir todo el camino de vuelta a Jerusalén. Habían recorrido 13 kilómetros de camino, y no les importó en absoluto volver a andar los 13 kilómetros de vuelta, para llevar las nuevas de su encuentro con Jesús, y para compartir las noticias. Cuando llegaron allí, se encontraron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos. No era una asamblea apostólica, sino la de los discípulos en general. «Ha resucitado el Señor verdaderamente», decían, «y ha aparecido a Simón». Notemos esto, era el tercer día, y no tengo yo ninguna duda que Pedro había empezado a probar el valor de las cenizas y del agua corriente en aquella singular entrevista. Aquí creo que solamente tenemos su restauración en privado. Ignoramos lo que el Señor dijo a Pedro, pero lo que sabemos es esto, que Pedro fue restaurado.

Había tenido un encuentro con Jesús y había oído palabras del Señor. Dios ha arrojado un velo sobre la escena. No tengo ningún tipo de duda que fue el Señor quien buscó a Pedro. Hallamos en el versículo 12 de este mismo capítulo que Pedro se había ido, «maravillándose de lo que había sucedido». Os garantizo, que antes que el día llegara a su fin, se maravilló mucho más, al ver como su Señor le había buscado, y que todo estaba perdonado, y que había sido restaurado al afecto del Señor. A pesar de todo su pecado, nada había en el corazón de su bendito Señor sino un profundo amor por él.

Cuando pasamos a leer cuidadosamente las epístolas de Pedro hallamos que escasamente encontramos allí un versículo en el que él no aluda, de una forma u otra, abierta o tácitamente, al hecho de su caída. Por ejemplo: «Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas» (1 Pe. 2:25). ¿Acaso no había sido él una oveja descarriada? Lo había sido, amados, pero Jesús, el Pastor y Obispo de su alma, le había restaurado.

Me referiré en otra ocasión a lo que llamo yo la restauración pública de Pedro, y veremos la manera en la que el Señor restablece a Su querido siervo, y le encarga entrañablemente una comisión. Se trata de la pauta de la forma en la que Él restaura a los corazones que puedan haberse desviado de Él. Pero a no ser que haya habido un encuentro personal con Él, no se consigue nada. Puedes oír tanto como quieras acerca de la gracia del Señor y del amor del Señor, pero no habrá en tu alma una verdadera restauración hasta que tú y Él os encontréis a solas, y lo resolváis juntos. Que el Señor haga verdaderamente Su amor más y más precioso a todas nuestras almas por causa de Su nombre.

¡Oh guárdanos siempre en tu amor,
Cordero fiel de Dios!,
Junto a tu seno herido ayer,
Y escuchando en paz tu voz.

Tan solo así podremos seguridad tener
Del enemigo fuerte, su red y mal hacer,
Y la concupiscencia en nos–
«La carne enferma» está–

Tu gracia solo es la que aún
Socorrer, limpiar podrá.
Solo escondiéndonos en Ti
Hay plena protección;

En Ti debemos solo estar:
Tú eres nuestra salvación.
Tu brazo la victoria consigue al derrotar
Al enemigo odioso, su fuerza aniquilar.

Tu fiel amor es el sostén
Al débil corazón,
Sea en cualquiera pena o mal,
En la prueba o tentación.

Muy pronto en gozo eternal
Contigo en clara luz,
Tu santo rostro al contemplar,
Te loaremos, ¡oh Jesús!

Tu gloria y hermosura, tu incomparable amor,
Sin fin serán el tema de santos en fulgor.
¡Oh guárdanos siempre en tu amor,
Cordero fiel de Dios!,
Junto a tu seno herido ayer,
Y escuchando en paz tu voz.

Himno desconocido

4 - Ministerio de restauración (Juan 21:1-25)

Consideramos en el último capítulo de Juan la ocasión en la que el Señor se encontró con Pedro después de haber resucitado de entre los muertos. El registro es muy sencillo. Y lo que tenemos para conocer se halla solamente en Lucas 24. Cuando los dos discípulos de Emaús llegaron al aposento en el que estaban reunidos los apóstoles y otros discípulos del Señor, se encontraron con esta certeza y confirmación de aquello que sus propias almas habían testificado y probado: «Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón». No se nos dice dónde la entrevista tuvo lugar, ni cuándo, cómo, ni en qué circunstancias. Dios ha querido arrojar un velo sobre esta notable escena, cuando un Maestro, de gracia inimitable, restaura el corazón de un siervo que le ha fallado –un siervo que, en un momento de debilidad, había entristecido a este Maestro, y herido Su amor como solamente el amor puede ser herido; pero podemos quedar totalmente seguros de que el corazón de Pedro fue totalmente restaurado al Señor.

Es evidente que unos pocos días habían transcurrido entre la escena registrada en Lucas 24 y las escenas descritas en Juan 21, porque dice en este capítulo, «Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos» (Juan 21:14). Se dice que es la tercera vez, pero, históricamente, es indudablemente la séptima vez. Fue visto cinco veces aj. En el día de la resurrección, el primer día de la semana. Primero por María Magdalena (Mc. 16:9; Juan 10:1-18), después por Sus amigos galileos (Mateo 28:1-10), después por Pedro (Lucas 24:34), y después por la compañía que se hallaba en el aposento en Jerusalén, «los once… y… los que estaban con ellos» (Lucas 24:33; Juan 20:19), lo cual naturalmente pone a la compañía en un plan más amplio que el de la categoría meramente apostólica. Eran muchos los discípulos reunidos con los apóstoles en esta memorable ocasión cuando Tomás no estaba con ellos. Esta fue la quinta ocasión. Al siguiente primer día de la semana, el Señor les volvió a aparecer, y Tomás estaba entonces con ellos (Juan 20:26-29). Y ahora hemos llegado históricamente a la séptima ocasión.

En la primera de las tres apariciones registradas en Juan 20-21, tenemos lo que está especialmente relacionado con la Iglesia. Puertas cerradas, una compañía dentro, y el Señor en medio. En palabras claras, tenemos aquí la comisión a la asamblea que esté en esta escena, como Él, para Él.

A la siguiente semana, cuando Tomás estaba con ellos, el Señor les volvió a aparecer. Aquí tenemos realmente la prefiguración de la bendición a los judíos. Tomás no iba a creer hasta que viera al Señor. Los judíos no creerán en Él hasta que Él sea visto viniendo en gloria en el día que ha de venir. Después la tercera escena (21:1-11) nos da figuradamente la entrada de los gentiles. Es una figura de la escena milenaria. Así, en estas tres escenas tenemos a la Iglesia de Dios, a los judíos, y a los gentiles.

Esta séptima aparición viene a ser la hermosa ocasión en que el Señor restaura públicamente a Pedro. Cristo no solamente restaura de una manera privada el corazón que se le ha alejado, sino que si aquel siervo ha estado ocupando una función en Su servicio, lo restaura públicamente.

Ahora recordaréis que antes que el Señor fuera visto por la compañía de los discípulos, el ángel les había enviado estas palabras mediante las mujeres, «He aquí va delante de vosotros a Galilea, allí le veréis. He aquí, os lo he dicho» (Mateo 28:7). Apresurándose a llevar su mensaje, las mujeres se encontraron con el mismo Señor, que les dice: «No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán» (Mateo 28:10). Sus discípulos debían dejar Jerusalén, el lugar de la religión constituida, y debían descender a Galilea, un lugar despreciado, fuera de Judea.

Y ahora, en obediencia al mandato del Señor, se encuentran en Galilea, y se encuentran también en viejas escenas históricas, con las viejas barcas y las viejas redes (ver Mc. 1:16-20; Lucas 5:1-11). ¿Y qué están haciendo allí? Están esperando la venida de su Señor, y en tanto que están esperando Su venida, ved lo que hacen. Amigos, nada hay que nos pruebe tanto como la espera. La más grande prueba de nuestro estado es el tiempo. Nada hay que nos pruebe tanto como el tiempo. Ahora, ¿qué estaban haciendo estos hombres? ¿Esperaban? ¡No! ¡Pescaban! Y Simón era el inductor. Pensaron llenar el tiempo con algo. ¡Voy a pescar!, les dice Simón. ¡Vamos nosotros también contigo!, dicen los otros. Es asombroso notar cómo un santo puede conducir a otros. Es importante ver en las Escrituras cómo se describe esta influencia inconsciente. Todos nos afectamos mutuamente, sea para bien o para mal. No es necesario hablar. Os diré algo mucho más poderoso que vuestras palabras. Es vuestra vida. El espíritu de un hombre es mucho más importante que sus comunicaciones.

¡Voy a pescar! Fueron las palabras que llevaron a los siete a la orilla al mar, pero ¡aquella noche no pescaron nada! (Juan 21:3). En Marcos 1:17, 18, el Señor había dicho, ¡Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres! Y dejando luego sus redes, le siguieron. Entonces le dieron la espalda a sus barcas y redes; lo habían dejado todo para seguir a Jesús. Ahora, al llegar la mañana, el Señor se presentó en la playa (v. 4), pero no lo reconocieron. ¿Por qué? Queridos amigos, se debe a que algo de distancia de Cristo, algo de la influencia de nuestra propia voluntad, debilitará tanto la vista, que no conoceremos al Señor, ni aun cuando se nos aproxime. Estaban solamente a unos doscientos codos de Jesús. Se hallaban a menos de cien metros de la orilla, y a pesar de ello no reconocieron quién fuera. Creo que es esta la razón por la que el Señor nos dice la distancia que había. Ah, queridos amigos, si hemos de ser útiles al Señor, precisaré estar más cerca de Él que esto. ¡Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos! (Sal. 32:8), esta es la forma en la que Dios conduce. No podríais ver en qué dirección lanzo mi mirada si os halláis al otro extremo del auditorio. Lo podríais ver si os hallareis cerca de mí. ¡Sobre ti fijaré mis ojos!, es la forma más entrañable que tiene el Señor de decir, mantente cerca de mí. Sin embargo, Juan lo conoce por Su voz.

Entonces Jesús les dijo: «Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: ¡No!» (Juan 21:5). Todo lo que le dieron fue un frío ¡No! ¡Ah, la respuesta ruda y fría que a veces sale de los labios de un santo! Si, hermanos, nos volvemos rudos con Cristo. ¡Oh!, me dirás, ¡no sabía que era el Señor! No hay excusa para ello. Ni siquiera dijeron, ¡No, Señor! Esta falta de cortesía no le afectó a Él, y añadió, «Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces» (Juan 21:6).

De inmediato se le abren los ojos a Juan, y dice, «¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar» (Juan 21:7). Se fue hacia la orilla tan rápido como pudo. Quería estar cerca del Señor. Ya una vez al ser llamado (ver Mateo 14:28-32), había salido del agua para encontrarse con el Señor. Esta vez no espera a que se le invite. Parece decir, «Sé que desea tenerme cerca de Él». Y en un minuto llega al Señor. Si no hubiera tenido una conciencia limpia, además de estar con sus afectos bien centrados, se hubiera mantenido algo aparte. Esta acción muestra aquí que todo estaba bien. Todo había sido perdonado, y el Señor había hablado paz a su perturbado corazón. Y ahora, cuando se dio cuenta del hecho de que era el Señor, dice, me acercaré a Él.

«Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan» (Juan 21:8, 9). No tengo duda que el fuego de carbón habló a la conciencia de Pedro, porque tuvo que haber traído a su memoria el fuego de carbón en el vestíbulo del sumo sacerdote, cuando negó al Señor. Estaba entonces calentándose al calor del mundo, y naturalmente se quemó los dedos. Y, amados, si tú y yo venimos a mantener relaciones cordiales con el mundo, tiene que venir dolor y tristeza.

Y ahora el Señor les invita a traer el pescado que habían atrapado, de manera que «subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió» (Juan 21:11). No dudo, puedo decir de pasada, que se trata aquí de una maravillosa ilustración figurativa de lo que será en el día milenario. En Lucas 5 la red se rompió. Aquí no se rompe. Es la perfección de todo lo que Cristo introducirá en el día que ha de venir.

Y ahora, cuando hubieron traído el pescado a tierra, la siguiente palabra es: «Venid, comed». El Señor había preparado lo que era necesario para el cuerpo, de cierto una figura de lo que da para el alma. Él tiene el necesario alimento, y nos ministra precisamente aquello que necesitamos. Y considerad la amante invitación, «Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres?, sabiendo que era el Señor» (Juan 21:12). Ahora, ¿Por qué creéis que el Espíritu de Dios inspiró estas palabras? Porque creo que cada uno de ellos estaba anhelando la certeza de que realmente se trataba del Señor de ellos. No puedo apartarme de Cristo sin venir por ello un efecto indescriptible a mi alma. Las cosas se vuelven neblinosas para el alma, y se pierde la clara visión espiritual.

«Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado» (Juan 21:13). Él es el anfitrión de la fiesta. Con Su propia gracia peculiar les da que coman. Da una total confianza a Sus invitados. Cuando antes dio otra fiesta, a fin de que no se quedara ninguno sin su parte, hizo que Sus invitados se sentaran por grupos de cincuenta sobre la verde hierba (Mc. 6:39, 40), y el registro es que «había mucha hierba en aquel lugar» (Juan 6:10). La manera en que Cristo encuentra a las almas es siempre perfecta en ternura y cuidadosa consideración. Nada hay que falte en ello.

Cuando hubieron comido, el Señor trató con Pedro. No lo iba a hacer cuando tenía frío y estaba hambriento. Primero te alimentará y te dará calor, si te tiene que corregir después. «Venid, comed,» les dice. Se hallaban ahora cerca de un fuego caliente, pero habían estado afuera en el frío toda la noche, e indudablemente estaban hambrientos y pasmados de frio. La cura para el hambre y el frío es comida y calor. Esta es la naturaleza del ministerio divino –el ministerio de amor. Por ello leemos, «Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia» (Ef. 5:29). Somos alimentados por la comida, animados por el calor. Ambas cosas se ven en el Mar de Galilea.

Ahora bien, si me he apartado del Señor, es cuando Él me ha devuelto a Su lado, y cuando he conocido el efecto restaurador de Su ministerio que quebranta el corazón por Su gracia, es entonces que me puede hacer todas las preguntas que quiera, y el corazón responde. Y ahora sale a relucir todo lo necesario en el caso de Pedro.

«Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas más que estos?! Hacía tiempo que Pedro había dicho atrevidamente: ¡Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré! (Mateo 26:33). Su respuesta es ahora: ¡Sí, Señor; tú sabes que te amo! Esto era totalmente cierto, y el Señor lo aceptó. El fruto de Su bendita gracia estaba perfectamente claro a Su mirada, y Él le dijo: «Apacienta mis corderos».

Luego, por segunda vez, le dice, ¡Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas?! Observaréis que en cada caso la pregunta es diferente, y que asimismo es diferente la comisión. La primera pregunta es, ¡¿me amas más que estos?! La siguiente es, ¿Me amas? Otra vez Pedro le contesta, ¡Sí, Señor; tú sabes que te amo! El Señor le dice entonces: ¡Pastorea mis ovejas! Él iba a irse, y pone al cuidado de Pedro a aquellos que le eran más queridos. Ello muestra la confianza de Cristo en este hombre ahora quebrantado. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: ¡Apacienta mis ovejas! (Juan 21:17).

Obsérvese aquí el cambio que hace el Señor en Su pregunta, al cambiar la palabra que expresa amor. En las dos primeras preguntas dice Él: (αγαπὰς με). Pedro, en cada ocasión, contesta, (φιλῶ σε). La palabra que el Señor utiliza para ¡amor! Es amor divino, que nunca falla; Pedro utiliza la palabra que expresa amor fraterno y que a menudo falla, como en su propio caso hacia el Señor. En la tercera ocasión el Señor desciende a la palabra de Pedro, y dice, (φειλείς με), esto es, ¿Me tienes adhesión? ¡Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me tienes adhesión?! Y ahora, por así decirlo, abre de par en par las puertas de su corazón. Viene a decir: Al mirar atrás, y contemplar lo que ha sido mi camino, otros puede que duden, pero ¡tú lo sabes todo; tú sabes que te amo! Él, por así decirlo, abre de par en par las puertas de su corazón, para que Cristo pueda mirar en lo más recóndito de su corazón. Reconoce que se precisaba de penetración divina para descubrir que él, que se había jactado de más amor que cualquier otro hacia Cristo, le tuviera algún amor.

Los otros apóstoles hubieran podido pensar que se trataba de un hipócrita. Pero no lo era. La confianza en sí mismo fue la causa de su fallo, y el Señor llega a la raíz. No habla de su falta, sino de aquello que la produjo, y no dejó en paz su conciencia hasta que Pedro hubo juzgado la misma raíz. La confianza propia de Simón Pedro quedó completamente quebrantada, pero a fin de llegar a ello Dios le dejó caer de tal manera que jamás lo olvidaría.

Difícilmente se encuentra un versículo en cualquiera de sus dos epístolas en los que no haya alguna alusión a su caída, en tanto que ¡guardados por el poder de Dios mediante la fe! (1 Pe. 1:5) parece ser su lema desde entonces. Pasad a través de estas epístolas, y encontraréis en casi cada versículo como una alusión a este triste episodio en su historia. Su confianza en sí mismo quedó totalmente quebrantada y, en lugar de ella, surgió una sencilla confianza en Cristo, una confianza que el Señor vio, y en la que se complació. Cuando Pedro dice, ¡Tú lo sabes todo!, entonces es que Jesús le contesta: ¡apacienta mis ovejas! Le dice, me voy a ir, Pedro, pero voy a poner en tus manos lo que me es más querido. Aquí el Señor evidencia Su profundo afecto y confianza hacia Pedro, al decirle ¡Apacienta mis corderos! ¡pastorea mis ovejas! ¡apacienta mis ovejas! Fue totalmente restaurado al Señor, en todos los sentidos de la palabra, y creo que también entrañablemente restaurado a la confianza de sus hermanos. No tengo ninguna duda que el día en que Pedro negó al Señor, y huyó, que surgió un sentimiento en el resto de los corazones de los discípulos, de que había arrojado deshonra sobre el resto de la compañía. Me temo que en ocasiones estamos no poco heridos ante el tropiezo de un hermano, debido a que nosotros quedamos en evidencia. Pero, ¿acaso nos viene el sentimiento de que es el Señor quien queda deshonrado? Que sintiéramos esto sería más importante. Pero el Señor restaura aquí plenamente a Pedro, y es entonces comisionado a tomar cuidado de aquellos que son tan queridos al corazón de Cristo, durante Su ausencia.

Y ahora hay todavía una gracia más profunda de parte del Señor a Su querido siervo. Pedro había tenido una oportunidad maravillosa de testificar por Cristo, pero la había perdido. Había salvado su vida a costa de negar a Aquel a quien verdaderamente amaba. Y ahora podría sufrir un aguzado dolor al haber perdido aquella oportunidad en una gran crisis. El Señor parece decirle, tuviste tu oportunidad antes, Pedro, pero la perdiste; voy a darte otra oportunidad para que testifiques de mí, y más aún que esto, no te desviarás. «De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme» (Juan 21:18-19). Le iba a dar una oportunidad de ser otra vez un testigo para Él, y esta vez Su gracia lo sostendría. Lo que había fallado al intentarlo en su propia voluntad, iba aún a hacerlo por la voluntad de Dios. Había dicho él que estaba dispuesto a morir por su Señor en su propia energía. En un día venidero moriría por su Señor, energizado y sostenido por Dios para ello.

Amados, no hay nada como la gracia de Cristo. Fortaleced vuestros corazones en la infalible gracia de Cristo. Ciertamente, «buena cosa es afirmar el corazón con la gracia» (Hebr. 13:9). Bien podía Pablo decirle a su hijo en la fe: «Esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús» (2 Ti. 2:1). Nada hay que sea tan bendecido como la gracia de Cristo. Y aunque podamos haber pecado a menudo contra esta gracia, demos gracias a Dios que Su gracia sigue estando ahí.

Es importante señalar que estas palabras del Señor a Pedro fueron pronunciadas en presencia de sus hermanos. Fue restaurado públicamente. Sea lo que fuere que hubieran pensado acerca de él, quedaba claro que el Señor le tenía un gran aprecio y confianza. Somos lentos –demasiado lentos– en confiar en un santo que ha caído. No así con Cristo. Si un siervo cae, decimos, no puedo ya más fiarme de él. Un viejo proverbio de este mundo dice, «Nunca te fíes de un caballo con las rodillas rotas», y a menudo los santos actúan según este dicho con respecto a un hermano que ha fallado. ¿Por qué? Porque tenemos muy poco conocimiento, en nuestras almas, de lo que es la gracia. En cambio, Dios no puede confiar en nosotros hasta que no estemos quebrantados.

Si estudiáis la historia de Pedro, veréis que el quebrantamiento de este hombre fue su edificación. Dios tiene que llevar a muchos santos al mismísimo albañal, a fin de destruir las fuentes de confianza propia que se hallan allí, porque Él quiere realidad en nosotros, y siempre expone lo que está corrompido, más tarde o más temprano. Después los eleva, y los lleva adelante, y hace de ellos vasos de Su gracia como nunca lo fueron antes.

Esta atractiva escena concluye cuando el Señor le dice a Pedro: ¡Sígueme! (v. 22). ¡Preciosas palabras de aliento lleno de gracia! ¡Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había recostado al lado de Él, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: Señor, ¿y qué de éste? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú (Juan 21:20-22). Juan estaba haciendo lo que a Pedro se le ordenaba. Este último, curioso en cuanto al futuro de su compañero, le pregunta, ¡Señor, ¿y qué de éste?! ¡Qué prontos estamos a descuidar nuestra propia misión, para preocuparnos de la de otros! Del servicio de ellos y de sus caminos. Mejor sería dejar en paz a tu hermano, vino a ser la respuesta del Señor. ¡Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú. Sígueme tú, y deja en paz a tu hermano, dice Cristo. Creo que este es un gran principio. Esta es la última palabra que le dice a este amado discípulo en los Evangelios.

Que el Señor nos ayude a cada uno de nosotros a conseguir el sentido de la inmensidad de la gracia de Cristo. Y si hay un hermano que haya caído, que nos dé gracia para ayudarle. Y si luego el Señor le recoge y restaura su alma, Él puede hacer de este un vaso muy útil. Uno no puede por menos que quedarse asombrado de cuán notablemente Pedro sobresale en los Hechos de los Apóstoles. Como siervo fue verdaderamente sostenido por la gracia. La terrible y amarga caída que sufrió fue el medio de hacerle seguir de una manera tranquila y sencilla al Señor. Que el Señor nos dé a conocer lo que es mantenernos cercanos a Él, debido a que si le seguimos, estamos a buen seguro.

Y dejadme, para concluir, que os cite a vosotros los cristianos jóvenes unas pocas palabras de este amado y restaurado siervo: «Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación» (1 Pe. 1:13-17).

El día que yo caigo es siempre el día que dejo de temer la caída. En tanto que estoy temiendo nunca caeré. Que el Señor nos guarde a cada uno de nosotros, con temor en nuestros corazones, y siguiéndole en sencillez, por causa de Su nombre.

Jesús, tu amor por mí es ilimitado,
¡Cuán dulce, libre y pleno en devoción!
Mi ser entero queda extasiado;
Pensando en Ti, ya me arde el corazón.

Mas, Salvador, lamento cuán instable
Me siento dentro de mi débil ser;
Como infantil capricho tan variable
Mi pobre mente vaga por doquier.

Mas es tu amor, cual Tú, siempre invariable,
Y me hace a Ti volver, ¡oh fiel Señor!,
Regocijándome en la paz estable
Que tengo bajo el manto de tu amor.

Si, por tener afectos más constantes,
Vivir pudiera mi alma en gratitud,
Mirar tus glorias, aun las más brillantes,
Podría mi ojo ungido de virtud.

Tus perfecciones célicas ya en calma
Conocería así yo aún mejor,
Y adorándote con gozo mi alma,
Creciendo iría yo en tu dulce amor.

Bueno es tener seguridad constante,
Si cruzan nubes entre mí y el fulgor
Del sol… fundidas luego, eterno Amante,
Como antes, brillas en tu resplandor.

A mi alma guarda junto a tu seno,
Y si Te huyese, infiel, mi buen Pastor,
Hazme oír tu llamamiento tierno,
Volviendo presto a Ti, mi Protector;

Mejor será, entonces, apreciado
Tu gran favor en mi alma y en redor;
Probado así, coronarás, mi Amado,
Mis esperanzas en tu hogar de amor.

Himno desconocido

5 - Ministerio de prevención (Juan 13)

Hay dos puntos en este capítulo, queridos amigos, de los que quiero hablar esta tarde, en relación con otros pasajes de las Escrituras –que es de la mayor importancia para nuestras almas que tengamos claro, porque creo que no hay dos verdades que nosotros, como hijos de Dios, conozcamos menos que las que se nos enseña con el lebrillo y el costado de Jesús. El lebrillo es la expresión del ministerio que pone el corazón en reposo con el Señor Jesús, y después, como fruto de esto el alma toma su lugar, como Juan aquí, y pone su cabeza en el costado de Jesús.

Ahora me pregunto, y os pregunto a vosotros: ¿Conocemos algo en la historia de nuestras almas como hijos de Dios que se corresponda con esto –una cercanía a Cristo expresada por tener la cabeza recostada sobre Su costado? No será jamás una cosa conocida en la práctica a no ser que lo que lo precede sea conocido y comprendido –la perfección del amor del Señor por ti, y todo lo otro fuera de la vista. Tu amor hacia Él nunca llevará a ello. Es solamente al aprender lo que Él es para nosotros que se puede llegar en cierta medida a esta condición.

Hemos ya contemplado el ministerio de restauración del Señor. Lo que el capítulo trece de Juan desarrolla ante nosotros es en realidad de una naturaleza preventiva. Si realmente me doy cuenta de cuán cerca me quiere tener, y guardar, el Señor, no me apartaré mucho, y el apartamiento de Él será algo desconocido.

Este capítulo se abre con el amor de Jesús –Como había amado a los suyos. Estas dos pequeñas palabras son de gran bendición. No aparecen a menudo, pero nada hay que sea tan profundamente dulce como la cultivación del pensamiento de que soy Suyo propio, de que soy de valor para Él; que tiene algo Suyo propio en un mundo en el que no tuvo un lugar para Él, algo aquí abajo que Él ama.

A fin de comprender mejor este ministerio de Cristo, se puede dividir en tres partes –pasado, presente, y futuro. Lo tenemos así presentado de una manera muy clara en Efesios 5:25-27: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella (esto ya es pasado), para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento de agua por la Palabra (esta es Su actividad presente), a fin de presentársela a sí mismo una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante (esta es la futura)».

Hay tres pasajes en las Escrituras del Antiguo Testamento que se relacionan entre sí de una manera maravillosa con este ministerio de Cristo. Es maravilloso pensar que Él vino a hacerse siervo. «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir». Vino aquí a servir; como dijo a los discípulos, «Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27).

Ahora veamos la forma en la que nos sirve. Vayamos por un momento al Salmo 40. Allí leemos, «Sacrificio y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo… El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:6-8). ¿Qué entendéis por el «abrir de los oídos»? Es perfectamente sencillo. Supongamos que voy allí y cavo un pozo, no hay pozo hasta que lo haya cavado. Igualmente, Él no tuvo oídos hasta que fueron «abiertos» –Nunca antes había tenido que dar oído. Él había creado, ordenado, gobernado, legislado, pero nunca dado oído para obedecer.

Hay una hermosa interpretación de esta figura oriental, en Hebreos 10, que aclara bastante bien el sentido: «Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo» (Hebr. 10:5). Al citar el autor el final del versículo, me atrevo a decir que habréis observado que no lo cita como está escrito en el salmo. A algunos les ha perturbado este hecho, y los incrédulos no han ido muy lentos en tomarlo y decir, «Mirad, ni tan siquiera podéis citar correctamente las Escrituras». Pero no hay error aquí. Sencillamente, esta cita está tomada de la versión griega, y no de la hebrea de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento.

Unos doscientos años antes del nacimiento del Señor Jesús, las Escrituras del Antiguo Testamento fueron traducidas al griego (igualmente como después a tantos otros idiomas), y cuando los traductores llegaron al Salmo 40, es evidente que se detuvieron para ver qué era lo que se significaba por «abrir los oídos» y Dios, por Su Espíritu, les dio a ver que Aquel del que allí se hablaba, nunca había tenido oídos, nunca había tenido todavía un cuerpo, pero que tenía que asumir uno –esto es, ser encarnado– y lo tradujeron dinámicamente y pusieron, «mas me preparaste cuerpo». Cuando estaba escribiendo a los hebreos, Dios, por Su Espíritu, llevó al autor a citar del griego, y no del hebreo, a fin de que pudiéramos nosotros entender que Él tenía ahora un cuerpo, y que era un oyente. ¿Cuál es el valor del oído? No ve, ni actúa, ni piensa, sino que solamente recibe comunicaciones del exterior. «He aquí que vengo», le dice a Dios, «Me preparaste cuerpo», y en aquel cuerpo, el Hijo eterno del Padre vino a hacer lo que nadie había hecho jamás –dar oído a la voluntad de Dios, y a hacerla.

Tomemos otro pasaje de las Escrituras, Isaías 50, un paso más en la historia de su Siervo perfecto. Él era una Persona Divina, Aquel que tenía todo poder en Su mano, sí, «quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder», y a quien aquí se le oye decir, «Visto de oscuridad los cielos, y hago como cilicio su cubierta» (Is. 50:3). Ahí vemos su deidad expuesta, en tanto que el siguiente versículo lo presenta como un Hombre dependiente. «Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios» (Is. 50:4). Es lo mismo, uno que oye. Nadie sino Jehová despertó jamás a Jesús, excepto los discípulos en una ocasión, rudamente, cuando no debieron haberlo hecho (véase Mc. 4:38).

La bien conocida voz del Padre le despertaba, y Él recibía Sus diarias instrucciones. Tenemos Su vida aquí en Isaías, en tanto que el Salmo 40 nos da Su nacimiento. Recibía comunicaciones tempranas de Dios de cuál sería su camino, y cuando lo conoció todo, tuvo un sentimiento pleno y perfecto de la perfección absoluta de los caminos de Dios con Él, y Él no se volvió atrás. Los versículos que siguen a continuación revelan Su sometimiento perfecto, y Sus recursos en un camino de pruebas indescriptibles. Jehová, el Señor, me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias ni de esputos. Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto, no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado. Cercano está de mí el que me salva; ¿Quién contenderá conmigo? Juntémonos. ¿Quién es el adversario de mi causa? Acérquese a mí. He aquí que Jehová el Señor me ayudará; ¿quién hay que me condene? ¡He aquí que todos ellos se envejecerán como ropa de vestir, serán comidos por la polilla! (Is. 50:5-9).

Si la historia de nuestras almas fuera relatada de una manera honesta, la mitad, o más, las tres cuartas partes de las angustias, ejercicios, dificultades, y problemas que sufrimos son la anticipación de dolores que nunca caen sobre nosotros. El Señor Jesús vio todo Su camino ante Sí, y lo tomó decididamente. ¡Cuán a menudo hemos sido rebeldes, y hemos dado la espalda a lo que hemos visto asomarse al horizonte! Es algo tan distinto de lo que hallamos aquí. Otra vez, cuando hemos tratado de servirle, ¡cuántas veces nos hemos quedado humillados debido a que no podíamos! Quizás nos hemos acercado a personas, y tratado de ayudarlas, tanto si son santos como pecadores, y vimos después que no podíamos. ¿Por qué? Sencillamente, porque no estábamos lo suficientemente cerca del Señor. ¿Por qué Jesús siempre podía ayudar a las almas? Porque estaba siempre cerca del Padre, las palabras que Él hablaba venían del Padre. En toda la historia de Cristo, lo que le marcó fue una dependencia perfecta, absoluta. Tenía siempre la ¡palabra en sazón! La palabra adecuada para cada alma que hallaba, y Dios era siempre glorificado, debido a que la palabra necesaria se decía siempre.

La perfecta dependencia, y la espera en Dios para Su guía, se ven de una manera notable en la conmovedora escena en Juan 11, cuando las dos hermanas, Marta y María, envían recado a Jesús pidiéndole que vaya a ver al hermano de ellas, que se está muriendo, sintiéndose seguras de que las palabras ¡Señor, he aquí el que amas está enfermo!, le harían venir en el acto. Suponiendo que un mensajero fuera a venir a tu casa, cuando llegues a tu casa esta noche, para decirte que uno a quien tú quieres mucho está enfermo, ¿qué es lo que harías? Tomarías el primer medio de transporte que pudieras, a fin de ir allí. Naturalmente que lo harías. Pero el Señor no hizo esto. El amor siempre hace lo más y mejor que puede en favor de su objeto. Nosotros no lo hacemos así a menudo. Admito libremente que a menudo no conocemos lo suficiente de la mente del Señor para actuar de la mejor manera. Cuando el Señor ¡se quedó dos días más en el lugar donde estaba! (Juan 11:6), ¿qué pensaron los discípulos? Estarían, evidentemente, sorprendidos de la manera en que actuaba. Habían creído que estaba muy unido a aquella familia de Betania, pero sus acciones podían sugerir que no parecía estarlo. No entendieron lo que dijo, y comprendieron mal lo que hizo, y creyeron que era algo muy extraño que no fuera en el acto. ¿Y qué pensaron las hermanas? ¡En el momento en que sepa lo enfermo que está Lázaro, de cierto que vendrá! Esperaron y esperaron, pero Él no venía. ¿No hemos nosotros esperado y esperado, para recibir respuesta a un mensaje que le hemos enviado? ¿Qué es lo que cada una de ellas le dijo, cuando al final llegó? «¡Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto!» Si tan sólo tus pies hubieran sido más rápidos, si no te hubieras retrasado tanto, esto no hubiera sucedido. Así es como habla la ciega incredulidad.

Los discípulos no lo entendieron cuando al final fue. Luego, después de esto, dijo a los discípulos: ¡Vamos a Judea otra vez! Le dijeron los discípulos: Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en Él. Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; ¡mas voy para despertarle! (Juan 11:7-11). ¿Qué es lo que significan los versículos 9, 10? Aplícalos a Cristo, y también a nuestro camino. Él veía la luz, y caminaba en ella. Supongamos que hubiera ido dos días antes, hubiera estado andando en la noche, porque no tenía instrucciones para ir. ¡Y esto le hubiera sido imposible! Cuando fue, tenía instrucciones para ello, andaba en la luz, y nunca tropezó. Esto es lo que yo anhelo para mi propio corazón, y para todos los santos, esta proximidad al Señor a fin de que podamos estar caminando tan próximos a Él que, si tengo que ir a un cierto lugar, pudiéramos poner nuestra mano en la Suya, a fin de que no fuéramos a la calle equivocada. Siempre hay el lugar correcto, y el erróneo, en todo viaje. No olvidemos esto.

¿Qué es lo que se consiguió mediante la permanencia de Cristo en el mismo lugar por aquellos dos días? Marta supo que su hermano resucitaría. Estas sencillas palabras es lo que obtenemos, y que han alentado a tantos corazones ante una tumba abierta: ¡Jesús lloró! La gloria de Dios fue revelada, y se manifestó el poder de Cristo sobre la muerte. Él fue el siervo perfecto, y jamás se movió sin tener para ello la palabra necesaria. ¿De qué sirve que un siervo esté apresurándose todo el día por la casa? El deber de un siervo es esperar a que toque la campanilla, y entonces ir a saber qué es lo que su señor desea, y llevarlo a cabo. Así fue siempre con el Señor Jesús. Él fue el siervo perfecto.

Pasemos ahora a Éxodo 21:2-6. No tengo duda ninguna de que lo que tenemos aquí es la muerte de Cristo, pero tenemos también lo que le señaló de manera bendita a lo largo de todo Su camino aquí abajo, un sometimiento completo, absoluto. Él amaba a Su Señor, Jehová; amaba a Su esposa aquellos con los que tenía una relación corporativa, relacionados con Él; y amaba a Sus hijos, y no quería salir libre. Cristo amó a la Iglesia. Es algo de gran bendición conocer esto, debido a que conforma el alma, y une afectivamente el corazón al Señor. El afecto correspondiente es de una gran importancia. Se puede ser un clérigo de primera (y no tengo objeciones a que se sea un clérigo de primera), pero sin este afecto, por muy buen clérigo que se sea, se será un cristiano muy defectuoso. Se puede ser tan brillante como un gran bloque de hielo, e igual de frágil. ¿Comprendéis?

En la actualidad se da un gran valor a la inteligencia, pero os diré lo que pienso, que es que todos somos extraordinariamente ignorantes. Todos tenemos la tendencia a creer que sabemos mucho más de lo que en realidad sabemos. Y algo más, también, todos le damos crédito a los otros de saber mucho más que lo que nosotros sabemos. Y después, cuando vienen sobre nosotros problemas, o cuestiones de doctrinas, nos sorprendemos de ver lo fácilmente que quedan afectados los santos. ¿Qué es lo que mantendrá al alma? ¿La inteligencia? ¡No!, ¡el afecto! ¡Su amor hacia ti! Aparte de esto, la profesión de fe en Cristo es de lo más pobre. Estás en la mayor de las pobrezas si tu corazón no está en el goce de Su amor.

El siervo hebreo amaba a su señor, figura del afecto de Cristo hacia Dios; su esposa, ilustrativa de la iglesia, y sus hijos, y no quería separarse de ellos. El horadar del oído indicaba esto, y constituye la figura de la muerte de Cristo. Así en relación con el oído, el servicio del amor, el Salmo 40 me da Su nacimiento, Isaías 50, Su vida, Éxodo 21, Su muerte.

Lleva este pensamiento a tu alma, que el Señor no quiere que tú y Él os separéis, y ello no solamente en la eternidad, sino ya ahora; por lo que va a sacar toda partícula del polvo de la tierra, y cada grano de deshecho moral, que pudiera separar tu alma de Él, y ponerte así tan cerca de Él que no serías feliz si estuvieras tan solo a la distancia del grosor de un cabello. Esta es la escena de Juan 13. Una persona me dijo el otro día, ¡Doctor, ¿cuál es su posición?! ¡Cristo!, le contesté. ¡¿Nada más?! ¡Nada más, y nada menos ¡aquí es donde comienzo, prosigo, y nunca termino!

El cristianismo comienza con un nuevo hombre en un nuevo lugar ¡en la gloria¡ El primer hombre en inocencia, ni en culpa, o pecados, o nada de este tipo, este hombre está desvanecido, y ahora estoy ¡en Cristo!, en un nuevo estado, nunca conocido antes, afuera de cualquier cosa en la que hubiera estado antes. ¿Estás en una verdadera libertad del alma? A menudo las personas dicen, ¡Oh, estoy en una gran angustia acerca de mí mismo, estoy sumamente frustrado conmigo mismo! Ahí estás –todo es yo. ¿A qué se debe que el hombre descrito en Romanos 7 sea tan miserable? Debido a que habla cuarenta veces acerca de sí mismo, y ni una acerca de Cristo. ¿No se había bien merecido toda la miseria en la que se hallaba? Creo que sí. Mira a Cristo; mira a lo que Él es para Dios. ¿Dónde está el cristiano? Allí, en Cristo, delante de Dios, con cada uno de sus harapos y vestigios de aquel viejo yo totalmente idos. Ahora, no lo dejes si lo tienes. Y no te sientas contento sin tenerlo si careces de ello, hasta que lo tengas. Si no tienes esta realidad traída a tu alma por el Espíritu Santo, no has empezado a ser un cristiano.

El hombre tiene ahora un maravilloso lugar de favor en Cristo delante de Dios, en Él que es nuestra vida, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestro todo. No había una unión real con Cristo hasta que Él hubo muerto, y resucitó; hasta que Él resucitara no se podría hablar de nuestra posición. Si se estudia el Evangelio de Juan con este pensamiento, se verá que en los capítulos 1-12 Él habla de ¡mi Padre!, en 13-19, ¡el Padre!, y en el 20, de ¡vuestro Padre! Se trata del Evangelio del Padre desde el principio hasta el final. En el capítulo 20 la verdad íntegra sale a la luz, al decir Él, ¡Mi Padre y vuestro Padre, mi Dios, y vuestro Dios! Nos relaciona de una manera indisoluble con Él mismo en el lugar que Él ha tomado.

Igual que en Génesis 2:7, Dios sopló sobre el hombre y este vino a ser alma viviente, así en Juan 20:22, el Señor sopló sobre Sus discípulos Su propia vida y naturaleza, como uno que había vuelto a la vida de entre los muertos. «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Juan 14:19).

¿Y cómo viene un alma a estar en Cristo? Evidentemente, por el Espíritu Santo. La vida es la base de ello. Él está ahí por el Espíritu Santo, pero está en Cristo mediante la vida, así como mediante el Espíritu Santo. Estoy ahí delante de Dios «en Cristo», quien es mi vida, y el Espíritu Santo viene, y mora en mí, para hacer que todo en mi alma sea bueno y cierto, porque el «Espíritu es la verdad» (1 Juan 5:6), así como se afirma también que «el Espíritu es vida» (Rom. 8:10).

Lo primero que el ministerio de Cristo hace por mí es, no solamente barrer, raíz y rama, todo lo que yo era, sino que además me sitúa en el lugar que le pertenece a Él (el lugar de Cristo delante de Dios es nuestro lugar) y a continuación obra para traer mi corazón a un goce inteligente de esta posición. Juan 13 desarrolla lo que el amor hace por su objeto.

Es sumamente interesante, en relación con la cena del Señor, ver que en Mateo (26:17) los discípulos vienen al Señor para saber dónde han de preparar la cena pascual, pero que no se nos dice quién lo hizo. Marcos (14:13) nos dice que fueron dos discípulos. Lucas (22:8) nos dice que estos dos discípulos eran Pedro y Juan. Juan, con su discreción habitual, no dice nada acerca de quien hiciera los preparativos, pero, cuando todo estaba dispuesto para que se sentaran a la cena, viene a decir: Nos lavó los pies, y nos hizo aptos para gozar de ella, después, con la libertad que da el conocimiento de tal amor, recuesta su cabeza en el costado de Jesús.

Juan 13 ilustra la diferencia entre el sacerdocio y la abogacía de Cristo. El sacerdocio nos mantiene delante de Dios. La abogacía tiene que ver entre el Padre y los hijos. El sacerdocio tiene que ver con Dios, y me mantiene delante de Dios en todo el valor y la eficacia del sacrificio, en virtud del cual he sido traído delante de Dios. La abogacía se pone en acción cuando falla el sacerdocio. El sacerdocio es preventivo –la abogacía es restauradora, y aquí tenemos la diferencia. Todo ello en base del perfecto amor.

En este capítulo trece de Juan, Cristo se humilla en gracia, y propone lavar los pies de aquellos a los que ama. Pedro no podía pensar en Su Maestro humillándose hasta tal punto, por lo que le dice, ¡No me lavarás los pies jamás! (Juan 13:8). El Señor viene a decirle: No puedes tener ninguna comprensión, ni goce, hasta que me dejes hacer lo que yo quiera, y a mi corazón ir a ti como yo desee. ¡Si no te lavare, no tendrás parte conmigo! Entonces dice Pedro, ¡Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza! No, no se trata de esto. ¡El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio!, es la respuesta del amor. No quería tener ni un punto de suciedad en aquellos que Él ama. ¿No has oído decir nunca el viejo adagio, ¡El amor nunca ve una mancha en su objeto? Esto no significa que el amor sea ciego. No, el amor no es ciego, sino que es intensamente claro de visión, y no hay nada que lo sea más. Ve las manchas, y obra para eliminarlas. Es de lo más dulce pensar de Su amor en el lavamiento de nuestros pies.

Quizás hayas oído alguna vez decir, «Oí una palabra llena de amor, y que me fue de mucha ayuda, de parte de tal». ¿De dónde venía? Venía del Señor en la gloria, utilizando, por así decirlo, el lebrillo y el agua. El canal por el que viniera carece de importancia. No importa demasiado qué tipo de tubería sea, de plomo, o de ladrillo, o de otro material, con tal que llegue el agua a ti, con su poder limpiador y refrescante. Si consigues algo esta noche, ¿de dónde procede? De Su corazón, en gloria.

Quizás haya aquí alguno que se haya rebelado y apartado del camino. Es bien posible. ¿Y qué es lo que hace Él con los tales? Ve, y lee Jeremías 2-4 antes que te vayas a la cama esta noche, y verás qué es lo que hace. Israel le olvidó, pero Él nunca olvidó a Israel.

¡Ah!, puede que digas, ¡han pasado muchos meses desde que pensé mucho en Él, y son muchas las cosas amargas que han sucedido desde entonces! Sí, y Él sabe todo lo que ha sucedido. Cuando llegamos al capítulo 4 verás que el corazón es restaurado mediante la perfecta gracia. ¡Rebelde! Has sido retorcido, has andado descarriado, neciamente, y voluntariosamente, pero seas lo que seas, Él te ama. Ahora, ¿puedes mirarle de frente, y decir, ¡Tomaré mi propio camino¡? No, estoy seguro que no puedes hacer tal cosa. Dirás, ¡Si me ama de esta manera, me adheriré a él, y trataré de ser para él lo que él quisiera que yo fuera! Este es el camino. Que Dios te ayude.

Hay otro punto de gran importancia en Juan 13. La manera de ser inteligente y conocer la mente del Señor es estar cerca de él. Juan viene a decir mediante su acción, ¡Os mostraré el camino! Nadie, excepto Judas, sabía quién iba a traicionar al Señor, y cuando Él dijo, ¡De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar! Entonces los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba (Juan 13:21-22). ¡Cómo se parece esto a nosotros, cuando las cosas van mal, y estamos conscientes de que hay pecado en la asamblea! ¡Cómo nos miramos unos a otros! ¿Están las cosas muy frías, sin vida, allí donde vives, y os estáis mirando los unos a los otros? No lo hagáis. Nada hay como la Mesa del Señor para exponer dónde está cada uno. ¿Quieres venir a la Mesa del Señor? No tomes este serio paso a no ser que realmente quieras caminar con el Señor. Todo sale allí a la luz, allí queda todo expuesto ante todos. Las personas hablan superficialmente acerca de ¡qué cosa más bendita, venir a la Mesa del Señor! Es en realidad algo terrible, a no ser que realmente queráis estar por el Señor. Todo se expone allí, debido a que Él está ahí.

Después que sus discípulos se hubieran mirado unos a otros, sus conciencias empezaron a obrar, y empezaron a mirarse a sí mismos, diciendo cada uno, ¡¿Seré yo?! (Mateo 26:22; Mr. 14:19). Pero esto no suscitó ninguna respuesta. Pedro, aunque una persona muy cordial, no era demasiado inteligente. Anhelaba saber quién era el traidor, pero no sabía cómo hacer la pregunta de manera apropiada. ¿Por qué no le preguntó directamente al Señor quién iba a ser el que le traicionaría? Debido a que sentía y sabía, en la presencia del Señor, lo que tan a menudo nosotros hemos sentido, que había otro que estaba más cerca de Él que sí mismo. Pedro no se sentía en libertad. De manera que le pidió a otro que le preguntara. Y, ¿quién era este otro? ¡Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús! A este, pues, hizo señas Simón Pedro, para que preguntase quién era aquél de quien hablaba. Él entonces, recostado cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es? (Juan 13:23-25). La proximidad es el resultado del afecto, y la fuente del verdadero conocimiento.

Pedro no estaba tan próximo a los afectos divinos como lo estaba aquel que estaba recostado en Su pecho. No puede haber dudas de que se trataba de Juan, porque él se refiere uniformemente a sí mismo como «el discípulo al cual amaba Jesús» (Juan 19:26; 20:2; 21:7, 20, 24). ¿Podrías señalar en este auditorio esta noche al discípulo al que ama Jesús? «Oh», me dijo uno a quien le hice esta pregunta, «¿va Ud. a especificarlo de esta manera, o quizás cree que se trata de Ud. mismo?» «Sí, doy gracias a Dios que lo soy, y no quisiera perderlo por nada del mundo. Conozco el discípulo en Edimburgo a quien Jesús ama, cuando estoy allí, pero no le quitaría este privilegio a Ud. Cada uno puede conocer al discípulo al que ama Jesús. «A veces los hay que dicen, «¿No había algo peculiar en Juan?» Sí, que era un hombre sencillo, que creía en el amor que el Señor le tenía, se gozaba en él, vivía en él, y siempre estaba cerca de su fuente. Me parece como si le oyera decir, «Sé que me ama, y sé que desea que Su amor sea apreciado, y que nada le complace tanto como que yo esté cerca de Él, tan cerca de Él como sea posible. Él quería que yo recostara mi cabeza en Su seno, y así lo hice».

¿Sabéis cómo valoro a mis amigos? A mis amigos les gusta mi compañía. Juan actuó sobre este principio con respecto al Señor; y, amados amigos míos, diría yo –especialmente a los más jóvenes esta noche– «Cultivad la proximidad a Cristo». Cultivad en vuestras almas el sentimiento de que si os alejáis lo más mínimo de Su lado, Él os echa en falta, y quisiera volveros a ver.

Pero el ministerio de amor del bendito Señor no cesa con lo que Juan 13 revela. Seguirá para siempre, hasta el final. Pasemos ahora a Lucas 12. En aquel atractivo capítulo, que se ocupa de los temores y de las ansiedades (y no hay nada que cause más daño en la Iglesia de Dios y en el corazón), tenemos el tercer aspecto del ministerio de Cristo. ¿Cómo elimina Él el temor del hombre? Mediante un mayor temor, el temor de Dios –y elimina la ansiedad mediante el cuidado que Dios tiene por nosotros– y viene a decir, «Quedáis libres para poder pensar en Mí». Todo lo que hay aquí abajo falla (Lucas 12:33). La polilla, el orín, y el ladrón lo estropean todo. Si vamos al punto de vista femenino acerca de una casa, la polilla es su plaga; si lo miramos desde el punto de vista del hombre, es el orín lo que le preocupa. Si alguien dice, «Tengo lo que no puede ser atacado ni por polilla ni por orín», –esto es el mundo– vendrá el ladrón, y te lo robará, o te impedirá su goce.

¿Tienes un tesoro en el cielo? Quizás puedas decir, «He estado tratando hacer de Cristo mi tesoro». ¿Llegaste jamás a saber que Cristo tuvo un tesoro de gran precio aquí en la tierra? Si hubieras ido a Juan y le hubieras preguntado, «¿Quién es el tesoro de Cristo?» te hubiera respondido, «Lo sé, lo sé; no quiero darte su nombre, pero sé de quién se trata. Es el discípulo a quien Él ama». En el momento en que descubres que tiene un tesoro en la tierra, y que tú eres este tesoro, podrás verdaderamente decir, Él es mi tesoro en el cielo. Es la reciprocidad del amor. No puedes evitarlo.

Al entrar en ti el sentimiento de Su amor y de lo que Él ha sufrido por ti, tu corazón será totalmente capturado. Tu corazón, sin embargo, nunca quedará bien capturado hasta que descubras que eres Su tesoro, y entonces tú harás de Él el tuyo. No se precisará de ningún esfuerzo para ello. Y si Él viene a ser tu tesoro, ¿no te gustaría verle? Ciertamente, contestas tú. ¿Pero, cuándo quisieras que el Señor viniera? Esta noche. ¿Realmente ahora, de veras? ¿Estás dispuesto, y vigilante, esperando Su venida? ¿Listo para ¡abrirle de inmediato!?

Soy doctor y algunas veces voy a alguna casa, llamo, y a pesar de ello tengo que esperar un largo tiempo antes de entrar. Mis pacientes conocen mi llamada, porque por lo general les hago entender bastante bien que no tengo tiempo que perder y que deseo, sin perder el tiempo, entrar. Y a pesar de ello, se me hace esperar. ¿Por qué? ¿Acaso no han oído la llamada? Sí, pero se dedican a ordenar las cosas un poco, arreglando algo la habitación del paciente. ¿Tienes que «ordenar un poco las cosas» antes de que Él venga, o estás ya listo para Su venida en cualquier momento? ¿Podrías abrirle de inmediato?

Con los temores idos, las ansiedades quitadas, y con el corazón allí arriba, somos dejados a ser luces para Él en este oscuro mundo. Estaba yendo solo por un camino en Somerset hace unos pocos días, y al ver unas luciérnagas brillando en la oscuridad, dije, «Esto es lo que deberíamos ser –luciérnagas en la noche, brillando para Él». ¿Eres una luciérnaga en tu negocio, en tu casa, en tu vecindario –una luciérnaga celestial en esta tierra oscura, manchada por el pecado, esperando al Señor?

¿Estás esta noche esperando Su venida, anhelando darle la bienvenida? ¡Oh, sí!, dirás tú. Mantengo la venida del Señor. Deja que te haga una pregunta. ¿Te mantiene a ti la venida del Señor? Si es así, no solamente estarás esperando, sino también velando.

Señálese el versículo 37: «Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles». ¿Cuál es el significado de estas palabras, «y vendrá a servirles»? Cuando Él nos haya llevado a la gloria, Él nunca dejará de ser Aquel que nos ministra. Nos servirá para siempre. ¡Qué amor! Él ha asumido la humanidad a fin de podernos servir, y nunca dejará de ser un hombre. Así es como siempre le conoceremos en la gloria. ¡Qué Salvador!

«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo», esto fue parte de Su oración (Juan 17:24). Hay algo más profundo que la gloria –el amor que nos lleva allí. No estamos todavía en la gloria, pero estamos en el amor que nos lleva allí. Es por ello que la exhortación del Espíritu es «conservaos en el amor de Dios» (Judas 21). «A fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef. 3:17-19). Esta era la ferviente oración del apóstol por los santos. Que el Señor nos conceda conocer qué es lo que es permanecer en el goce de este amor, por causa de Su nombre. Amén.

6 - Espinos y abrojos; o la apostasía (Hebr. 6)

Este capítulo es uno de los tres pasajes del Nuevo Testamento que Satanás ha utilizado más incesantemente para torturar y angustiar a las almas de los hijos de Dios. Uno de los tres, digo, pues los otros dos son Juan 15 y Hebreos 10.

Este pasaje describe la condición del alma que ha apostatado y abandonado la verdad. No describe a un desobediente que se ha enfriado. Si eres hijo de Dios, lo eres para siempre, tanto si estás en buen estado como si tu estado es malo. Si estás en buen estado, gozas de comunión con Dios; si estás en un mal estado, apartado del Señor, has perdido el goce y la comunión, pero sigues siendo un hijo de Dios, bien que hijo desobediente y rebelde. Los que se describen en el capítulo que estamos considerando nunca nacieron en absoluto de Dios.

Quisiera que os dierais cuenta de que este capítulo forma aquí una especie de paréntesis, y que este paréntesis comienza en el capítulo 5:11, y qué es en el capítulo 7 que el autor reanuda su tema, «Porque este Melquisedec», etc. Por ello, se tiene que relacionar los cuatro últimos versículos del capítulo 5 con el capítulo 6, a fin de comprenderlo adecuadamente. El autor está escribiendo a judíos que profesaban el cristianismo. Aunque entre ellos había muchos verdaderos y fervientes cristianos, estaba dirigiéndose a aquellos que habían sido criados en la religión tradicional del judaísmo. Y ahora el cristianismo había hecho su entrada; y ¿qué es el cristianismo? El cristianismo no es formas externas, ni ceremonias, ni ordenanzas; sino el conocimiento del Espíritu de Dios –un Hombre viviente a la diestra de Dios– y la fe que se dirige a este Viviente –Cristo Jesús el Señor– hallando su todo tanto para el tiempo como para la eternidad en Él mediante el Espíritu Santo. Por ello, el cristianismo es un sistema celestial, porque tiene que ver con el cielo. El judaísmo era para la tierra; era un sistema terreno. Satanás siempre se complace en atar a la gente a la tierra; es en lo que se ocupa por ahora; él quisiera que nuestros corazones quedaran ocupados con cualquier otra cosa antes que con un Cristo viviente en la gloria de Dios. Por el contrario, el propósito del Espíritu Santo es el de atraer el corazón, y por ello los corazones de aquellos a los que está escribiendo, a este Hombre viviente, este Cristo de Dios en la gloria, y mediante ello desatarles de lo que era terreno y carnal.

El peligro para estos conversos del judaísmo era que, debido a la persecución, abandonasen un Cristo celestial, y que se volvieran de nuevo al ritual terreno que Dios había dejado a un lado. El judaísmo había recibido su golpe de muerte en la cruz de Cristo. Vino allí a su fin, y era ya cosa muerta a la vista de Dios. Y, ¿qué es lo que Dios hace? Envía a los emperadores Tito y a Trajano a barrer el cuerpo muerto, y a enterrarlo totalmente, eliminándolo de la escena. Ha pasado ya el día de las ceremonias externas, y el Espíritu de Dios está atrayendo los corazones del pueblo antiguo de Dios a la Persona de Cristo en la gloria. En el capítulo 5, se les reprocha que sean niños, cuando debieran ser adultos maduros. En 1 Corintios 3, donde Pablo está escribiendo a los griegos, de tendencias filosóficas, dice, «Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales» (1 Cor. 3:2, 3). Lo que dificultaba el crecimiento de los corintios era la filosofía, y lo que estorbaba a los hebreos era la religión tradicional; y vosotros mismos sabéis el poder que en la actualidad tiene la religión tradicional, y si Dios nos ha reunido alrededor de la Persona de Su Hijo, y a Su nombre, y nos ha mostrado que el deseo de Su corazón es en cuanto a la Iglesia de Dios, por lo menos en cierta medida, es solo Su gracia que lo ha hecho.

La vianda, o carne, alimento sólido, pertenece a las personas totalmente crecidas. Ahora, como veréis, contrasta el cristianismo, como algo espiritual y celestial, con el judaísmo, como sistema carnal y terreno. El judaísmo, aunque originalmente establecido por el mismo Dios, había llegado a esto, debido a que Cristo había venido y había sido rechazado; y por ello, todo lo que Él tenía que decir al hombre en la carne había llegado a su fin, y todo tenía que ser celestial ahora, relacionado con el Hombre a la diestra de Dios. Por lo tanto, un niño, en esta epístola, es uno que sigue estando asociado con aquello que simplemente atrae los sentidos, y que no está simple y solamente relacionado con un Cristo viviente donde Él está.

«Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección» (Hebr. 6:1). No tengo duda alguna de que la expresión «los rudimentos de la doctrina de Cristo» alude al judaísmo como divinamente establecido, y a Cristo como el Mesías, el cabeza y centro de todo. Pero el Mesías, el cabeza y centro, había sido muerto, y por ello el judaísmo había llegado a su fin para Dios, y es por ello que dice que tenemos que dejar lo que es terreno e ir adelante a la perfección, y por perfección significa, en Hebreos, a Cristo en la gloria celestial. «Perfecto» se utiliza en varias formas diferentes en las Escrituras, y se tiene que conocer el alcance del pasaje para comprender cómo se utiliza en cada contexto. Abraham, por ejemplo, recibió el testimonio de caminar delante de Dios y de ser perfecto, y su perfección se refería a que debía ser totalmente dependiente del Dios que le había llamado a ser peregrino. De nuevo, la perfección de Israel era que no debía tener nada que hacer con ídolos –y no fueron perfectos, pues cayeron en la idolatría. Nuestra perfección es una forma de ser siempre semejantes a nuestro Padre, siempre mostrando gracia; porque Él hace que Su sol se levante sobre los malos y sobre los buenos (Mateo 5). Después, en Filipenses 3 se menciona en dos ocasiones lo perfecto: Primero en el versículo 12, Pablo dice: «No que… ya sea perfecto», debido a que perfecto ahí significa ser como Cristo en la gloria, y Pablo dice: No estoy ahí todavía; pero unos cuantos versículos más abajo, en el versículo 15, dice, «Así que, todos los que somos perfectos», tratándose ahí de perfección en cuanto al objeto que se tiene delante, teniendo el alma levantada a Cristo donde Él está ahora en el cielo; sacados totalmente de la tierra, y relacionados con Él allí donde Él está, y caminando en conformidad con Él allí.

Todo lo que tenemos en los dos primeros versículos de Hebreos 6 era común al judaísmo, y muy bien conocido por el judío. Tiene que haber ¡arrepentimiento de obras muertas!, y es cierto que unos cuantos conocían ¡la fe en Dios! En cuanto a «bautismos», aquí yo veo que la palabra significa simplemente lavamientos, de los que sabemos había muchos en el ritual judío; los sacerdotes tenían que lavar sus manos y sus pies, las víctimas tenían que ser lavadas antes de ser ofrecidas, los contaminados tenían que lavar sus vestidos, así como sus propios cuerpos, etc. También hay la «imposición de manos», pues en el judaísmo había imposición de manos por parte de los sacerdotes, y la imposición de manos por parte del adorador sobre la cabeza de la víctima. La «resurrección de los muertos», también era una doctrina perfectamente conocida entre los judíos. La resurrección de entre los muertos era lo que los judíos desconocían, pues es una doctrina del cristianismo. En el judaísmo había una medida de luz; pero el velo no había sido rasgado, Cristo no había muerto, y al hombre no se le consideraba como totalmente arruinado. Pero ahora Cristo ha venido, ha ido a la muerte, y el corazón está unido a él donde está en la gloria celestial. Y lo siguiente que espera es el momento en el que él volverá y tomará de entre los muertos a su propio pueblo, siendo su resurrección la pauta y la certeza de la de ellos.

«Bien», dice el autor, «dejando ya los rudimentos de estas cosas», el «juicio eterno» también, porque cada judío creía también en ello, prosigamos pues a la perfección. Dice él, no debéis deteneros ahora en estas cosas, sino proseguid, y aprended que el juicio, el juicio eterno que merecíais, fue llevado por otro, y que habiendo sido llevado por Él, nunca podéis caer en él, habéis pasado al otro lado de la muerte y del juicio.

Los versículos 1 y 2 pertenecen por ello al judaísmo, y los versículos 4 y 5 tratan del cristianismo profeso. Digo cristianismo profeso, porque hay dos cosas ausentes, y que constituyen la misma esencia del cristianismo vital. Con esto quiero decir que no hay mención aquí de vida divina, ni hay mención de la posesión, como sello de Dios, del Espíritu Santo. Pero, dirás tú, ¿No fueron ¡una vez iluminados? ¿Qué es lo que esto significa? Ciertamente que esto debe significar convertidos. No, en absoluto. En Juan 1:9 se dice del Señor Jesús, ¡Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo! ¿Acaso es por ello convertido todo hombre? No; pero cada hombre que viene al mundo es traído al lugar donde la luz brilla. Pero, ¿quiere esto decir acaso que todo hombre se sirve de la luz, a pesar de que la luz esté aquí? Sabes que no es así. El sol brilla sobre esta tierra día tras día, y arroja su luz a su alrededor. ¿Están conscientes los ciegos de ello? No. ¿Y acaso por ello deja de brillar el sol? El ser iluminado es la llegada del hombre a la luz de las buenas nuevas del evangelio, sin por ello ser preciso que las reciba, ni el ser convertido por ellas. Esta persona no queda en tinieblas, sea que tome partido de la luz o no.

«Y gustaron del don celestial! (Hebr. 6:4). ¿Pero esto significará que son verdaderamente convertidos? No, no necesariamente. Puede que hayan sido conmovidos y tocados de una forma carnal. ¡Cuántos han venido a una predicación del evangelio, han oído de Cristo, han quedado profundamente impresionados por el momento, lo han considerado algo maravilloso, y han querido ser cristianos; ¡y se han ido sin la salvación, porque no ha habido obra en la conciencia de ellos! Como los oidores de la tierra pedregosa, los tales reciben la palabra con gozo, y la abandonan por una insignificante oposición. Y a pesar de ello, gustaron el gozo de ella, sintieron que era algo maravilloso que Dios pudiera amarles a ellos, y por un momento se conmovieron, pero nada más que esto. Abandonan el sitio donde fueron de esta manera impresionados, y lo abandonan después de haber gustado su gozo.

«Y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo» (Hebr. 6:4). ¿Qué significa «partícipe del Espíritu Santo?» El Espíritu Santo ha descendido después de la muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesucristo, y está en esta tierra morando en cada creyente; pero morando también en lo que profesa el nombre de Dios aquí abajo, esto es, la Casa de Dios; por ello, si yo me hallo en la esfera en la que Él está actuando, soy en este sentido un partícipe del Espíritu Santo. En los primeros días del cristianismo, cuando se está escribiendo esta carta, las personas se reunían al nombre del Señor, y con el Espíritu de Dios en medio de ellos; y estaban muy conscientes de la presencia del Espíritu Santo también en medio de ellos, y también de sus poderes milagrosos. Miremos por ejemplo al don de lenguas. El Espíritu Santo estaba sobre la tierra dando testimonio a los corazones del pueblo de Dios, y también al mundo; y estaba presente en tal poder, que un extraño que entrara a una reunión quedaba totalmente consciente de que Dios estaba allí. Había una atmósfera de amor así como de poder que no podía dejarse de sentir. Si entonces este extraño entraba y asumía allí su lugar, estaba con una asamblea de personas a las cuales el Espíritu Santo había unido, y era en este sentido un partícipe –un compañero– del Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo actuaba con poder, y un hombre estaba allí en el lugar donde Él actuaba, el tal era un partícipe de este poder –sentía su influencia.

«Gustaran de la buena palabra de Dios». Ni tan siquiera esto implica necesariamente una vida divina en el alma. Pregunto yo, ¿Acaso no puede una persona no conversa admirar las Escrituras? Sabéis que sí. Puede admirarlas, sentir su belleza y su profundidad, y con todo que su conciencia no sea afectada por ellas. Puede que la Palabra de Dios sea puesta a su alcance, y que vean su gran valor, pero dejarle tan muerto como antes; puede no haber sido vivificado por medio de ellas.

«Y los poderes del siglo venidero». «El mundo venidero» no es la eternidad, sino la futura tierra habitable, bajo el reinado milenario del Señor Jesucristo, durante cuyo tiempo el poder de Cristo será revelado, y el poder de Satanás será eliminado de esta escena, porque él mismo será atado en el gran abismo. Cuando llegue aquel día, y el Mesías esté reinando, los cojos andarán, los sordos oirán, los ciegos verán, y los enfermos serán sanados; pero hubo hermosos atisbos del poder de este reino venidero que se hicieron patentes en estos primeros días apostólicos. ¿No anduvo y saltó el cojo a la puerta del templo (Hec. 4), y el paralítico se levantó e hizo su cama? ¿Y acaso Dorcas, que había muerto, no volvió a la vida? ¿No leemos también de cómo el pueblo sacaba a sus enfermos en camas y camillas, a fin de que la sola sombra de Pedro pudiera caer sobre ellos, y que fueran curados? ¿Y también cómo sacaban pañuelos y delantales del cuerpo de Pablo para llevarlos a los enfermos, de manera que sus enfermedades salían de ellos, y que también demonios eran sacados? Estos son «los poderes del mundo venidero», y el Espíritu Santo dice que todo esto se puede conocer, y que con todo, la persona puede no estar convertida –no tener ni una chispa de vida divina en ella. Cuando los discípulos estaban echando fuera demonios, es indudable que el mismo Judas también los echaba; porque hallamos de 1 Corintios 13 que una persona puede tener la fe para mover montañas, y a pesar de todo no tener vida divina en absoluto; y es indudable que Judas creía en el poder de su Señor, aunque no había vida en su alma.

El versículo 6 dice que, si las personas que han disfrutado de estos privilegios y han sido traídos bajo este poder del Espíritu Santo lo abandonan, «Es imposible que… sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio». ¿Qué había hecho la nación? Había crucificado al Hijo de Dios. ¿Y qué estaban haciendo estos? Lo mismo que hicieran sus padres. Si abandonas el cristianismo, y desechas este Cristo celestial –Dios dice que ya no queda nada más– todos Sus recursos han sido empleados sin efecto alguno.

¿Por qué habla de que sea imposible renovarlos para arrepentimiento? Debido a que el arrepentimiento es siempre producido en el alma por la Palabra de Dios, y es el efecto del testimonio recibido del Espíritu de Dios. Dios no tiene ya más testimonio que dar. Cuando Dios envió a Su Hijo al mundo, ¿que hizo el hombre? Escupió sobre Él, y lo mató. ¿Y qué hizo Dios? ¿Sacó acaso la espada de juicio? No; Él lo levantó al cielo, y desde el cielo envió al Espíritu Santo para decir a los hombres: ¡No quisisteis tener a mi Hijo como un Cristo terreno! ¿Lo aceptaréis como un Cristo celestial? Si el hombre rechaza esto, –rechaza al Cristo en el cielo– Dios, por así decirlo, declara que no hay más medios para producir arrepentimiento hacia Él, y fe en el Señor Jesucristo. Como otro ha dicho Después de haber sido el objeto de esta influencia de la presencia del Espíritu Santo, después de haber gustado la revelación así hecha de la bondad de Dios, y experimentado las pruebas de Su poder, si alguien después abandonaba a Cristo, no quedaban otros medios para restaurar el alma, para llevarla al arrepentimiento. Los tesoros celestiales ya habían quedado agotados. Y habían sido desechados como carentes de valor. Se había rechazado la revelación plena de la gracia y del poder, después de haberlos conocido. ¿Y qué medios se podían utilizar ahora? Volver al judaísmo, y a los rudimentos de la doctrina de Cristo en Él, cuando la verdad había sido revelada, era imposible, y cuando la nueva luz había sido conocida y rechazada. En un caso como este había solamente la carne; no había nueva vida. Se estaban produciendo espinos y abrojos como antes. No había ningún verdadero cambio en el estado del hombre.

Cuando hemos comprendido que este pasaje es una comparación del poder del sistema espiritual con el judaísmo, y que habla de abandonar el sistema espiritual, después de haberlo conocido, la dificultad desaparece. No se supone la posesión de la vida, ni se toca esta cuestión. El pasaje habla no de vida, sino del Espíritu Santo como un poder en la actualidad presente en la cristiandad. ¡Gustar de la buena palabra de Dios!, es haber entendido cuán preciosa es la palabra, no el haber sido vivificado por medio de ella. Por ello, al hablar a los judíos cristianos, espera mejores cosas que acompañan a la salvación, por lo que todas las cosas anteriores podrían estar allí, y a pesar de todo sin salvación. No podría haber fruto. El tal presupone que hay vida. El autor, sin embargo, no aplica lo que ha estado escribiendo a los cristianos hebreos, porque, por pobre que fuera el estado de ellos, había habido frutos, pruebas de vida, que en sí muestran mucho poder; y prosigue su discurso dándoles aliento y motivos para la perseverancia.

«Se observará, así, que en este pasaje hay una comparación entre lo que se ha poseído antes y después que Cristo fuera glorificado, el estado y los privilegios de los profesos en estos dos períodos, sin cuestión alguna en cuanto a su conversión personal. Cuando el poder del Espíritu Santo se hallaba presente, y había una plena revelación de la gracia, si cualquiera abandonaba la Iglesia, caía de Cristo, y volvía de nuevo, no había medios para renovarles al arrepentimiento. El autor inspirado, por ello, no quería volver a echar otra vez el fundamento de las cosas anteriores con respecto a Cristo –cosas que ya habían envejecido– sino que quería seguir adelante para el provecho de aquellos que permanecían firmes en la fe».


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