Un hombre llamado Itai


person Autor: G.W. STEIDL 1

flag Tema: Personas - Antiguo Testamento


«¡Vive Jehová, y vive mi señor el rey, que dondequiera que estuviere mi señor el rey, ora para muerte, ora para vida, allí también estará tu siervo!» (2 Sam. 15:21).

Estas conmovedoras palabras fueron pronunciadas por un hombre llamado Itai. Había pocas razones obvias para su gran devoción al rey David. Era de Gat, una ciudad de los filisteos, que tradicionalmente eran enemigos de Israel; era la ciudad de la que procedía Goliat, el gigante al que David había matado unos años antes. En ese momento David ya no era un gran hombre: huía de Jerusalén a causa de la revuelta de su hijo Absalón.

El reinado de David parecía estar desmoronándose: su hijo Absalón, después de haber robado el corazón de los israelitas (v. 6), había organizado un golpe de estado exitoso. Incluso Ahitofel, el fiel consejero de David, había vinculado su futuro al de Absalón, la estrella naciente (v. 31). Por lo tanto, la popularidad de David estaba en su punto más bajo; la opinión general le era desfavorable. Por otro lado, Absalón se veía bien, era popular y atractivo; era el ídolo del momento. Puesto que David era rechazado por su propio pueblo, someterse a Absalón parecía apropiado. Itai conocía a David solo desde poco tiempo atrás; no era un amigo de toda la vida, pues solo el día anterior se había unido a él (v. 20).

David no lo forzó, ni lo animó a quedarse con él; al contrario, le advirtió de los peligros que correría al andar tras él; le dijo que, si se iba, él, David, no le guardaría rencor. Pero Itai respondió: «¡Dondequiera que estuviere mi señor el rey, ora para muerte, ora para vida, allí también estará tu siervo!».

Este hermoso testimonio nos recuerda a algunas personas que conocemos que están verdaderamente apegadas al Señor Jesucristo. Ellas también se dan cuenta de que una vez estuvieron lejos de Dios por sus malas acciones, pero que han sido reconciliados con Dios a través de la muerte del Señor Jesús en la cruz. Reconocen que Cristo no es realmente popular y que seguirlo siempre ha implicado rechazo, malentendidos y hasta persecución. Estas personas no han sido forzadas a servirle a Él. Más bien, es el amor del Señor Jesucristo el que ha ganado su confianza, devoción y lealtad. Su lema es: «Para mí el vivir es Cristo, y el morir, ganancia» (Fil. 1:21). ¿Hace usted parte de este grupo de creyentes «Itai» contemporáneos?

 

«Dijo entonces David a Itai: Anda pues, y pasa adelante. E Itai geteo pasó adelante con todos sus hombres, y toda la familia que le acompañaba» (2 Samuel 15:22).

El apego de Itai a David brilla con fuerza en esta escena oscura, como una antorcha encendida en la oscuridad. Nada puede desviarlo de su decisión de seguir al rey, su Señor (v. 21). La expresión de su total devoción a David nos recuerda las palabras de Pablo: «Para mí vivir es Cristo» (Fil. 1:21). Itai desprecia el peligro y el precio a pagar. No le importa lo que otros puedan pensar o hacer. Su corazón está unido a David y es un gran honor para él seguir al rechazado rey de Israel al exilio.

Por lo tanto, David ya no busca hacer que revierta su decisión; simplemente le dice: «¡Ande pues, y pasa!» La devoción de Itai es tan contagiosa que 600 hombres de Gat siguen a David con él (v. 18). Estos hombres, con todos sus hijos, se unen a él cuando ha arriesgado su vida. ¿Cuál de ellos conocía los peligros que enfrentaba al seguir a David? Itai pronto sería designado para dirigir un tercio del ejército de David (2 Sam. 18:2), mientras sus hombres se preparaban para la batalla decisiva contra las fuerzas de Absalón.

Los hombres de David, incluyendo a Itai, ganaron esa batalla, pero ese no es nuestro tema. Es la simple devoción de Itai, este hombre que estaba unido a David, que supo poner su vida a los pies del rey, a pesar de todos los obstáculos, y su ejemplo tan estimulante para los demás. ¡Oh, que haya más Itai en las filas del ejército de Jesucristo hoy!

G.W. Steidl


El corazón del Padre está satisfecho con la devoción mostrada hacia su Hijo. ¿Le hemos servido en la humillación? Entonces podemos estar seguros de que el Padre nos dará un lugar de honor por no tener miedo de compartir su oprobio ante el mundo. Un pobre e ignorante geteo tendrá este lugar; una pobre moabita también lo ocupará; ella tampoco dudó en seguir a Noemí, la abuela del rey fugitivo: «No te empeñes conmigo para que te deje, ni que me vuelva de en pos de ti: porque a dondequiera que tú fueres, iré yo… y tu Dios será mi Dios» (Rut 1:16).

H. Rossier


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