Índice general
Sobre el uso de los dones
Autor: Samuel PROD'HOM 16
1 - Los dones otorgados por el Señor a su Iglesia
El Señor ha concedido, desde el seno de la gloria, los dones necesarios a su Iglesia hasta su regreso: «Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, de varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños pequeños, zarandeados y llevados por todo viento de doctrina por la astucia de los hombres que con habilidad usan de artimañas para engañar; sino que, practicando la verdad con amor, vayamos creciendo en todo hasta él, que es la cabeza, Cristo; de quien todo el cuerpo, bien coordinado y unido mediante todo ligamento de apoyo, según la actividad de cada miembro, lleva a cabo el crecimiento del cuerpo para su edificación en amor» (Efe. 4:13-16).
2 - Eficacia de los dones
Quizá los lectores digan: “Si el Señor ha concedido los dones con el propósito descrito en estos pasajes, ¿cómo es que dan tan pocos resultados?”. En efecto, es muy triste comprobar que así es. Pero no hay que buscar la causa en lo que el Señor ha dado, sino más bien en el hecho de que los creyentes no se han sometido a su Palabra para ponerla en práctica. Un hombre podría vivir en la pobreza a pesar de poseer una gran fortuna, a la que no puede acceder. Todos los recursos divinos para una conducta individual y colectiva son tan abundantes como en los días más gloriosos de la Iglesia. Lo que le falta al cristiano es sacar provecho de ellos obedeciendo estrictamente a la Palabra. Los cristianos se quejan a menudo de que hoy en día hay menos dones que antes. Esto solo es cierto en apariencia, sobre todo si solo se cuentan como dones a los hermanos que visitan las asambleas. Sin duda, se admite generalmente, y con razón, que hoy todo ocurre en la debilidad, y que los dones están dispersos por la cristiandad; al no funcionar en su lugar, no pueden estar en manos del Señor como canales adecuados para comunicar su Palabra. Para estar preparados para toda buena obra, debemos apartarnos del mal y ajustarnos a las Escrituras, de las que se dice que es «útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16-17).
3 - Dones que perduran a través de los Escritos
Ahora bien, ¿se limitan los dones que el Señor ha enviado a los hombres desde que ascendió a la gloria a aquellos que vemos en acción en nuestros días? El capítulo 4 de la Epístola a los Efesios nos dice: «Ha dado a unos apóstoles; a otros profetas» (Efe. 4:11). Estos dones los seguimos poseyendo, y más que nunca, en los escritos que el Señor nos ha dado a través de ellos y que nos serán necesarios hasta el fin. El Señor se ha encargado de hacernos llegar sus escritos inspirados, que contienen la verdad infalible capaz de guiarnos hasta su venida. ¿Qué nos falta?, sino sacar de la Palabra sus enseñanzas como al principio, «perseveran en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hec. 2:42).
4 - Evangelistas, pastores y maestros
A estos 2 dones fundamentales, el Señor añade: «A otros evangelistas; y a otros pastores y maestros». Desde el comienzo de la Iglesia, y en todas las épocas desde entonces, ha habido evangelistas, pastores y maestros que, con mayor o menor luz dada por el Espíritu Santo, han dado a conocer la Palabra de Dios, en la que se encuentra esta enseñanza. Si alguien se presentaba en una asamblea como pastor o doctor y no traía la doctrina de Cristo, ni siquiera una hermana debía recibirlo (2 Juan 10).
5 - Verdades devueltas a la luz en el siglo 19
La historia de la Iglesia nos enseña que, por desgracia, la doctrina pronto fue falsificada, lo que condujo a la situación en la que se encontraba la cristiandad en el momento de la Reforma. Dios suscitó entonces a hombres dotados para volver a poner de relieve la enseñanza de los apóstoles, especialmente en lo que respecta a la justificación por la fe. Algunos evangelistas pudieron predicar la salvación por gracia, ¡y en la mayoría de los casos a costa de grandes sufrimientos! Esta labor tuvo magníficos resultados, pero no se mantuvo la pureza de la doctrina, y la situación llegó a tal punto que, a principios del siglo 19, fue necesario un avivamiento espiritual. Una vez más, el Señor concedió dones mediante los cuales las verdades de los apóstoles y profetas volvieron a salir a la luz, como nunca lo habían hecho desde el principio. En primer lugar, fue la justificación por la fe, tal y como la habían enseñado los Reformadores; luego, esos dones llevaron a los creyentes aún más lejos, dándoles a conocer lo que la Palabra enseñaba acerca de la Iglesia: en primer lugar, la presencia del Señor, suficiente para reunir en su nombre a 2 o 3; luego, la libre acción del Espíritu de Dios en la Asamblea y el ejercicio de los dones que el Señor ha puesto en ella; por último, las verdades relativas a la unidad del Cuerpo de Cristo, del que él es la Cabeza y del que cada creyente es miembro, y la forma en que es posible concretizar esa unidad en medio de la ruina mediante el partimiento del pan en la Mesa del Señor.
Añádase a esto la venida del Señor para arrebatar a la Iglesia, etc., pero también, en la vida práctica, una separación absoluta del ámbito religioso y del mundo. Estas verdades las conocemos, las poseemos; ¿qué nos falta, sino alimentarnos de ellas y ponerlas en práctica? El Señor no suscitará una vez más nuevos dones para repetir cosas ya reveladas. Debemos velar por no abandonarlas, sobre todo por no caer de nuevo en la indiferencia que caracterizó a la Iglesia tras la partida de los apóstoles y, posteriormente, tras la Reforma, indiferencia que aún hoy nos amenaza, cuando con toda razón nos alarma ver el abandono de las verdades que han sido sacadas a la luz, y mediante las cuales podemos luchar victoriosamente hasta la venida del Señor.
6 - Volver a la sana enseñanza del principio
Todos los apóstoles exhortaron a los santos a volver a las enseñanzas ya conocidas de las Escrituras, para protegerse de las novedades del espíritu humano, que no hacen más que oscurecer la verdad y devuelven el espíritu de los hombres a las tinieblas de las que salieron. El apóstol Juan exhorta a volver a lo que se enseñó desde el principio en cuanto a vosotros: «Lo que oísteis desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que desde el principio oísteis permanece en vosotros, vosotros también permaneceréis en el Hijo y en el Padre» (1 Juan 2:24). El apóstol Pedro dice: «Por lo cual cuidaré siempre de recordaros estas cosas, aunque las conocéis y estáis afianzados en la presente verdad. Pues lo tengo por justo, mientras yo esté en esta frágil tienda, estimularos recordándoos [estas cosas]… Y me esforzaré con empeño para que después de mi partida siempre os podáis acordar de estas cosas» (2 Pe. 1:12-15). El apóstol Pablo le dice a Timoteo: «Retén el modelo de las sanas palabras que oíste de mí, en fe y amor en Cristo Jesús» (2 Tim. 1:13). «Lo que oíste de mí ante muchos testigos, esto encomienda a hombres fieles, que estén capacitados para enseñar también a otros» (2 Tim. 2:2).
Estas cosas enseñadas por los apóstoles eran las verdades relativas a la Iglesia. Las palabras de estos 3 apóstoles las pronunciaron al final de su ministerio. Los 3 remiten a los creyentes a lo que ellos mismos enseñaron, sabiendo bien que todo lo que pudiera presentarse al margen de esa enseñanza sería erróneo. Podríamos citar también a Judas, quien exhorta a luchar «por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (v. 3). Poseemos la totalidad de estas Escrituras y, como hemos señalado, contamos además con las enseñanzas de los siervos suscitados por el Señor para volver a sacar a la luz aquello que, en las Escrituras, se había perdido de vista o había sido sustituido por las enseñanzas de los hombres. Por lo tanto, somos responsables, junto con toda la Iglesia, de conocer estas preciosas verdades y de ajustar a ellas nuestra conducta individual y colectiva.
7 - Todavía hay dones del Señor
¿Significa esto que el Señor ya no da a su Asamblea pastores y doctores, puesto que poseemos las enseñanzas de quienes nos han precedido? ¡De ninguna manera! Él los suscitará hasta el final del peregrinaje de la Asamblea, con vistas a la evangelización y para dar a conocer la Palabra. El Señor, sabiendo que necesitamos esos dones, ha provisto y seguirá proveyendo. Él mismo los formará y los llamará, no cuando ellos quieran ir, sino cuando él lo considere oportuno. Recordemos, sin embargo, lo que el Señor nos ha dado al suscitar a sus siervos, sobre todo en el siglo 19, cuando resonó el grito de medianoche: «¡He aquí el Esposo! ¡Salid a su encuentro!» (Mat. 25:6). Ahora bien, no se puede salir al encuentro del Esposo sin obedecer su Palabra.
Siempre es un gozo escuchar a un siervo que el Señor envía; pero su ministerio no debe bastarnos hasta la llegada de otro; al contrario, debe suscitar la necesidad de ocuparnos de la Palabra, y ello a través de los escritos de los que disponemos en abundancia. Se ha dicho con razón que un verdadero ministerio debe actuar de tal manera que el rebaño pueda prescindir de él. Esto ocurre siempre que las almas son conducidas a Cristo, y debe caracterizar a todo verdadero ministerio. Los que anuncian doctrinas perversas, en lugar de presentar a Cristo, siempre atraen a las almas hacia sí mismos (Hec. 20:30).
En lugar de quejarnos de la escasez de dones, deberíamos estar agradecidos de poseer tantos que nos instruyen en las verdades de la Palabra. Pidamos a Dios que nos conceda un mayor deseo de alimentarnos de ellas.
8 - Buscar lecturas verdaderamente buenas
En medio de tantas causas de debilidad que padecemos en este mundo agitado y superficial, hay una que resulta especialmente perniciosa por su sutileza, y que hace que el cristiano pierda el gusto y la capacidad de comprender los escritos relacionados con la Palabra. Me refiero a la abundancia de lecturas de todo tipo, y sobre todo a aquellas que el mundo, e incluso algunos cristianos, recomiendan como buenas lecturas. Sin duda son atractivas, pero ¿lo son para el nuevo hombre? ¿Nos enseñan algo del Señor, de su vida, de sus perfecciones? ¿Amplían el alcance de nuestro conocimiento de las Escrituras? ¿Nos llevan a juzgarnos a nosotros mismos al ponernos ante Dios? ¿Aportan a nuestras almas algo de Cristo, que seguirá siendo nuestra herencia eterna? Ciertas lecturas son necesarias para instruirnos, perfeccionarnos en el trabajo, darnos a conocer la vida de hombres de Dios fieles; esas lecturas pueden hacerse para el Señor, como todo lo que debemos hacer. Por otra parte, lo que no pueda hacerse para la gloria de Dios (1 Cor. 10:31) debe abandonarse, ya que pertenece al mundo del que somos ajenos.
9 - Aprovechar los recursos que nos ha dado el Señor
Aún estamos a tiempo de romper con toda conformidad con el mundo, que es la causa de la gran debilidad del testimonio individual y colectivo de los cristianos. Aprovechemos los recursos que el Señor nos ha dado; son completos. Tengamos ánimo, nos acercamos a la meta. Escuchemos estas palabras del apóstol: «Conociendo el tiempo, que ya es hora de despertarnos del sueño; porque ahora la salvación está más cerca que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día se acerca; desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz». Revistámonos, pues, del Señor Jesucristo, y no nos ocupemos de la carne para satisfacer sus deseos (Rom. 13:11-12, 14).