Los pozos cavados


person Autor: Samuel PROD'HOM 16


Traducido de « Le Messager Évangélique », año 1928, página 329

En la historia de los patriarcas se habla a menudo de pozos. Abraham cavó varios. Cavar un pozo evoca la idea de un esfuerzo que hay que realizar para obtener lo que no se encuentra en la superficie del suelo.

1 - El agua viva de un pozo, imagen de la Palabra de Dios que nos revela a Cristo

La revelación de los pensamientos de Dios vino del cielo; no se encuentra en las cosas de la tierra que pertenecen a un mundo en el que todo se opone a Dios. Hay que buscar las cosas de arriba y pensar en ellas (Col. 3:1). Pertenecen al ámbito de la fe y no se ven, pero la naturaleza divina que posee el cristiano le hace capaz de disfrutarlas; ama estas cosas, encuentra en ellas su verdadera felicidad, el único alimento adecuado para su nueva naturaleza; pero siempre lleva en su interior la vieja naturaleza que odia las cosas de Dios y que se opone instintivamente a todo lo que es conforme a Dios. Además, está el mundo y las cosas que hay en él, siempre dispuestas a interponerse para ocultar las cosas celestiales e impedir que el corazón se alimente de Cristo, centro de todas nuestras bendiciones. Por eso, bajo la acción del Espíritu de Dios, debemos hacer un esfuerzo continuo para liberarnos de la influencia de las cosas terrenales y ser fieles al Señor, permaneciendo fieles a su Palabra, en la que necesitamos profundizar cada vez más. A esto se refieren todas las exhortaciones que se nos dirigen en las Escrituras y de las que necesitamos continuamente hasta que lleguemos al cielo, donde ya no habrá obstáculos para el disfrute de las cosas que están arriba, ya que nosotros mismos estaremos allí.

2 - Los pozos cavados por Abraham y la acción de los filisteos

La vida de Abraham presenta muchas analogías con la vida cristiana, pues su llamado era un tipo del llamado celestial. Era tan forastero en Canaán como el cristiano en este mundo. Cavó muchos pozos, figura del esfuerzo necesario para hacer nuestras las bendiciones espirituales y celestiales.

De todos los pozos mencionados en el Génesis, hay uno que destaca y siempre llama nuestra atención, el «del Viviente-que-me-ve» (Gén. 16:7). Allí es donde Isaac encontraba el tema de sus meditaciones cuando le presentaron a Rebeca; y fue junto a ese pozo donde habitó con ella (Gén. 24:62; 25:11). ¿Acaso nuestro Esposo celestial no desea encontrarnos, a su llegada, en la misma actitud de Isaac, meditando sobre la revelación que Dios nos ha hecho de sí mismo en su Hijo amado?

En el pasaje citado al principio de estas líneas, leemos que los filisteos, habitantes de la tierra, enemigos del pueblo de Dios, descontentos con las bendiciones concedidas a Isaac, llenaron de tierra los pozos excavados en tiempos de Abraham. Una imagen fiel de lo que le ha sucedido a la Iglesia, que, al igual que los patriarcas, habita en tierra extranjera, en medio de los enemigos de Cristo. Solo posee recursos celestiales y, por consiguiente, no encuentra ninguno aquí.

3 - Los pozos tapados, imagen de la actividad del Enemigo en la Iglesia

En el momento de la formación de la Iglesia, el Espíritu Santo, a través del ministerio de los apóstoles, le reveló las cosas profundas de Dios: «Lo que ojo no vio, ni oído oyó, y no subió al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que lo aman» (1 Cor. 2:9), las bendiciones que pertenecen a la Iglesia, unida a Cristo en el cielo –las que se refieren a la tierra fueron descritas por los profetas del Antiguo Testamento. Era «el misterio de Cristo, que en otras generaciones no fue dado a conocer a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (Efe. 3:5). En posesión de estas gloriosas verdades, alimentándose abundantemente de las fuentes de una revelación tan maravillosa, la Iglesia se ha encaminado al encuentro de su Esposo celestial en una separación absoluta del mundo.

¡Por desgracia! Abandonada en medio de un mundo cuyo príncipe es Satanás, enemigo de Cristo y de los suyos, la Iglesia, al carecer de vigilancia, ha sufrido la influencia nefasta de la actividad diabólica del adversario, descontento al verla disfrutar de sus bendiciones. Ha abandonado las enseñanzas de la Palabra de verdad, sobre todo en lo que respecta a su posición celestial, prestando oído a las enseñanzas de los hombres, y de forma imperceptible, pero rápida, la verdad le fue velada.

Ha dejado que los pozos se llenaran de tierra y, al dejar de beber de esas aguas vivificantes y refrescantes, ha perdido su carácter celestial; se ha establecido allí donde se encuentra el trono de Satanás (Apoc. 2:13), conservando del cristianismo apenas las formas que pueden convenir al mundo. No nos referimos a los numerosos testigos que, durante siglos, guardaron la verdad de la salvación por la fe con gran piedad a través de persecuciones y sufrimientos inauditos, hasta la Reforma y desde entonces; aquí solo hablamos de lo que debería caracterizar a la Iglesia separada del mundo, consciente de su unión con Cristo, su Jefe celestial, y enseñada por él.

4 - Los pozos excavados de nuevo evocan la verdad sacada a la luz por siervos fieles

Por la gracia de Dios, los reformadores excavaron de nuevo el pozo de la verdad relativa a la justificación por la fe, que fue puesta de manifiesto públicamente. Pero, una vez más, esta verdad quedó en gran parte velada hasta principios del siglo pasado [1]. Leemos en Apocalipsis 3:3: «Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; observalo y arrepiéntete». Advertencia dirigida a Sardis, que representa el declive del protestantismo.

[1] NdT. Siglo 19.

Fue entonces cuando Dios intervino de manera maravillosa suscitando siervos fieles que, por así decirlo, volvieron a cavar los pozos que se habían taponado a lo largo de la historia de la Iglesia. Así, se proclamaron la salvación plena y la liberación mediante la fe en la obra de Cristo, así como las verdades relativas a la posición celestial de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo: la plena suficiencia del nombre de Jesús para reunir a los santos, según Mateo 18:20; la libre acción del Espíritu en la Asamblea; la Cena del Señor; la Mesa del Señor, donde se hace realidad la verdad de la unidad del Cuerpo de Cristo. El grito: «¡He aquí al Esposo! ¡Salid a su encuentro!» (Mat. 25:6), se oyó en la Iglesia adormecida. Los cristianos que se dejaron iluminar al responder a este llamado, como las vírgenes prudentes, salieron del estado en el que el sueño había sumido a la Iglesia, y marcharon al encuentro del Esposo, provistos de todas las preciosas verdades enseñadas en el principio.

5 - Velar por no dejar que Satanás tape los pozos

Por la gracia de Dios, aún hoy poseemos esos maravillosos pozos de verdades, abiertos de nuevo para que la Iglesia se sacie de ellos hasta el final de su peregrinación, ahora tan cercana. Por lo tanto, no tenemos que cavarlos, sino velar por que el enemigo no los llene con la tierra que proviene del corazón del hombre insumiso a la Palabra de Dios. Es en esto en lo que debe centrarse nuestra vigilancia, pues el enemigo busca adormecer los sentidos espirituales mediante las cosas de la tierra a las que damos demasiado valor. Se esfuerza por alimentar una mala conciencia que impide retener la verdad: y si no se mantiene una buena conciencia, se naufraga en la fe (1 Tim. 1:19). Es hábil para introducir gradualmente la conformidad con este siglo, lo que impide discernir «cuál es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios» (Rom. 12:2). Busca justificar el camino de los cristianos que no retienen la verdad en cuanto a la reunión, para animar a los hijos de Dios a caminar todos juntos, lo cual sería conforme a Dios si se hiciera en el terreno de la verdad.

La unidad del Cuerpo de Cristo, que se manifiesta en la Mesa del Señor, también se pierde de vista para muchos que pretenden que se hace en todas las reuniones de cristianos. Si fijamos la mirada en la Palabra, vemos hasta qué punto la verdad, tal y como fue sacada a la luz en el avivamiento espiritual del siglo pasado (ca. 1820 -1850) en Europa, ya está velada para muchos. Puede que permanezca en el ámbito del conocimiento durante un tiempo; pero si no produce efectos prácticos, carece de fruto y no hace más que aumentar la responsabilidad. Al comienzo del avivamiento, todos los cristianos disfrutaban de la felicidad de haber recuperado la presencia del Señor como centro de la reunión. Acudían con gozo al precioso llamado del Señor, según Mateo 18:20; disfrutar de su presencia era lo importante, al margen de cualquier acción. Hoy en día, ¿qué ha sido de esta preciosa verdad? Se oye decir que, si se hubiera sabido que tal o cual hermano no estaba allí, no se habría acudido a la reunión. O bien, se hace depender el disfrute de la acción de tal hermano. ¿Qué lugar se le da al Señor y a la bendición que emana de su presencia? Es cierto que se obtiene una bendición muy especial de la Palabra presentada bajo la acción del Espíritu, aunque solo sean 5 palabras; pero esta bendición se suma a la de la presencia del Señor y no la sustituye. La libre acción del Espíritu se ve obstaculizada cuando no se espera únicamente al Señor.

A menudo, la intervención de los hermanos solo tiene lugar para llenar el tiempo, y no se espera al Señor intercediendo en oración. Es precisamente esta falta de conciencia de la presencia del Señor y de la libre acción del Espíritu lo que ha generado el clericalismo en todas sus variantes dentro de la Iglesia. Por las mismas razones, falta libertad en el culto y en las reuniones de oración; sobre todo cuando los hermanos son numerosos. Parece que nos reunimos para escuchar la oración de unos pocos, siempre los mismos, más que para orar. En algunas asambleas, ¡hay hermanos y hermanas que parecen ignorar la existencia de las reuniones de oración! Todas estas carencias –y habría muchas otras que enumerar– ¿no nos indican acaso que estamos permitiendo que se eche tierra en los pozos que la gracia de Dios y la fidelidad del Señor hacia su Iglesia han vuelto a abrir para que podamos esperar el regreso de Cristo en el terreno de la verdad íntegra y de la fidelidad?

6 - Guardar la Palabra de Dios y vivirla

La única forma de guardar la verdad, como hemos dicho, es ponerla en práctica. Disponemos de todo lo necesario para ello: la Palabra y todos los escritos que nos ayudan a comprenderla. «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, para que por ella crezcáis para salvación» (1 Pe. 2:2). «La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros» (Col. 3:16), para que produzca todos sus efectos en nosotros a lo largo de toda nuestra vida.

En medio de la situación actual de la cristiandad, retengamos su Palabra, no reneguemos del nombre del Santo y del Verdadero, guardemos la Palabra de su paciencia, como los santos de Filadelfia en la época en que el declive ya se acentuaba: el Señor encontrará filadelfios cuando    venga; pero, pregunta solemne: ¿estaremos nosotros entre ellos? No nos preocupemos por saber si lo somos, pues eso sería ocuparnos de nosotros mismos, como Laodicea, y no del Señor; sino que procuremos llevar los rasgos de esta Iglesia, y será el Señor quien diga en su día si los ha encontrado en nosotros. Dejémonos penetrar por el significado: «Has guardado mi Palabra, y no has negado mi nombre» (Apoc. 3:8), y «porque has guardado y perseverado en mi palabra» (v. 10), y pongámoslo en práctica, al igual que: «Retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona» (v. 11). El tiempo pasa rápidamente. Si hace más de 20 siglos que el Señor dijo: «Vengo pronto» o “muy pronto”, ¡con mayor razón estamos cerca de su venida!

El tiempo huye, el día se acerca,

Que en nosotros todo muestre a Jesús;

Que él nos encuentre sin reproche,

Y publicando sus virtudes.