Índice general
Nuestros recursos
Autor: Samuel PROD'HOM 16
Traducido de « Le Messager Évangélique », año 1933, página 85
1 - Pablo prisionero y la ruina de la Iglesia: motivos de desánimo
Todo se había vuelto muy sombrío desde los días en que Pablo, como un sabio arquitecto, había establecido la Iglesia sobre su sólido fundamento, sobre el que aún se mantenía y se mantiene hoy, pues no puede estar sobre otro fundamento (1 Cor. 3:11). Pablo estaba prisionero del cruel Nerón, soportando un cautiverio mucho más duro que el primero. El edificio que había erigido con tanta dedicación y sabiduría comenzaba a resquebrajarse. Se enseñaban falsas doctrinas y Timoteo, dejado solo y relativamente joven, estaba expuesto al desánimo. En lo más profundo de su prisión, Pablo, que llevaba a la Iglesia en su corazón, así como a su querido hijo Timoteo, comprendía todo lo que estaba sucediendo. Si alguien hubiera tenido motivos para desanimarse al ver prosperar el mal que ha conducido a la ruina actual de la Iglesia, habría sido él; pero sabía con quién tenía que ver, conocía demasiado bien a su Señor, que lo había levantado para establecer su Iglesia sobre su fundamento inmutable, como para dejarse desanimar por las cosas visibles. Sabía que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella. Sabía que, si bien lo que el Señor había confiado al hombre se desmoronaba en sus manos, la verdad que algunos siervos habían abandonado permanecía, no obstante, intacta. La Palabra que él había anunciado no podía perder su poder. En definitiva, sabía que todo lo que había podido producir tal resultado en este mundo, por medio de su ministerio, permanecía absolutamente seguro e inmutable, pues todo procedía del Señor, vencedor de la muerte, exaltado a la diestra de Dios, desde donde había dado su Palabra divina y su Espíritu.
2 - Los recursos divinos para los tiempos difíciles
Por eso puede animar a su querido hijo Timoteo presentándole lo que permanece por encima de todo: los recursos divinos que estaban a su disposición y que están a la nuestra hoy, pues los 20 siglos que han transcurrido desde entonces no han alterado en absoluto todo lo que el Señor es y lo que él ha dado a su Iglesia en el principio.
3 - La promesa de la vida en Cristo Jesús
Pablo se denomina a sí mismo «apóstol de Cristo Jesús, por voluntad de Dios, según la promesa de vida que es en Cristo Jesús». ¿Acaso la situación de la Iglesia, tal y como era entonces y como es hoy, ha cambiado en algo la voluntad de Dios y la promesa de la vida que hay en Cristo Jesús desde antes de los siglos, y que se manifestó en él y fue proclamada por el Evangelio para el cual Pablo había sido establecido como apóstol y predicador? (v. 9-10). Por parte de Dios, nada ha cambiado y todo está a disposición de la fe.
4 - La fe en Dios y la oración
Por eso, Pablo comienza recordándole a Timoteo la fe sincera que había en él. Porque la fe es el medio por el cual se hacen realidad todos los recursos divinos, esa fe que es «la certidumbre de las cosas esperadas, la convicción de las realidades» (Hebr. 11:1). Pablo tenía esa fe, esa confianza en Dios, respecto a su querido hijo Timoteo; por eso elevaba ante Dios, noche y día, súplicas por él. Recordaba la fe sincera que había en él, no una fe profesional que, en realidad, poco tiene que ver con lo que debe ser su objeto. Esa fe había habitado en su abuela Loida y en su madre Eunice. Esas veneradas mujeres habían puesto a Timoteo, desde su más tierna infancia, en relación con Dios, objeto y fuente de la fe. Es un gran privilegio, un gran tesoro, la enseñanza asimilada por la fe desde la infancia, esas «Santas Escrituras, que pueden hacerte sabio para la salvación mediante la fe que es en Cristo Jesús» (cap. 3:15). Cuán importante es, en nuestros días, no apartarnos de la enseñanza de las Escrituras que hayamos recibido desde la infancia. La fe es el único medio por el que podemos hacer nuestras las promesas de Dios, aferrándonos a la Palabra inmutable, la única por la que debemos estar guiados, enseñados y animados en medio de la ruina de la Iglesia. Esta ruina se debe a que la fe no ha sido activa a la hora de guardar la Palabra inspirada de Dios, Palabra que es «útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra» (cap. 3:16-17); y esto en todos los tiempos.
5 - Los dones de gracia y los ministerios
Otra cosa que el apóstol deseaba para Timoteo era que reavivara el don de gracia de Dios que había en él, y que le había sido concedido mediante la imposición de las propias manos de Pablo (v. 6). Este don subsistía, permanecía intacto en Timoteo; pero era necesario reavivarlo. Un don no es una fuente independiente de quien lo ha recibido, capaz de brotar cual sea el estado de quien lo posee. Solo puede dar fruto si uno está bajo la dependencia del Señor y se nutre de su Palabra, cuya acción es la que debe mantenerlo y desarrollarlo. Si miramos a nosotros mismos, o en la debilidad con la que se manifiesta el don, o si no se ven los frutos de su ministerio, nos desanimamos fácilmente. Los tiempos de ruina son tiempos de cosas pequeñas, pero son importantes para Dios. No hay que juzgar el valor de nuestro servicio por los resultados visibles y menos aún por la satisfacción que podamos sentir al llevarlo a cabo. Hay que relacionarse con Aquel que ha dado el don y que quiere desarrollarlo, manteniendo a quien lo ha recibido en su dependencia y en el juicio de sí mismo, para que nada obstaculice la libre acción del Espíritu.
6 - El Espíritu Santo
Otro recurso para Timoteo, y para todos los que trabajan para el Señor, sea cual sea su servicio, se encuentra en el Espíritu, íntimamente ligado al don, sin el cual este no puede dar fruto. «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de sensatez» (v. 6). El temor proviene de fijarse en las circunstancias y en uno mismo; no se trata del temor de Dios. Uno es más valiente si todo va relativamente bien y si no está solo, como sin duda lo estaba Timoteo, al sentir la debilidad de su testimonio y ver la seguridad con la que los falsos doctores exponían sus doctrinas y tenían éxito. Pero la fuente de ese valor es pasajera, se encuentra en las cosas que se ven o se sienten.
7 - Cristo, exaltado en el cielo, concede los distintos dones para la edificación
Hay que mirar hacia arriba, hacia Aquel que ha concedido el don y, para ponerlo en valor, a la Palabra y al Espíritu, que es un Espíritu de poder, de amor y de consejo, o de sensatez. El poder es necesario para llevar a cabo la obra ante cualquier dificultad, pero el amor es el motivo que impulsa a actuar, motivo de toda actividad fecunda, que no tiene otro fin que el bien de aquellos a quienes nos dirigimos y la gloria de Dios; ese amor cuyas características se describen en 1 Corintios 13; amor que permite superar todo el esfuerzo que supone la labor a realizar; algo de lo que eran conscientes los tesalonicenses; su labor era la del amor. El Espíritu es también un Espíritu de consejo o de sensatez. Es necesario para actuar con sabiduría en todas las circunstancias, cualidad de la que se carece si el don está activo sin ser impulsado por el Espíritu de amor y sin el discernimiento que este produce, a fin de poner cada cosa en su sitio y actuar con acierto en cada caso.
8 - El Testimonio del Señor
Con recursos como aquellos hacia los que Pablo dirige el corazón de Timoteo, bien puede decirle: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino participa de las aflicciones por el Evangelio, según el poder de Dios» (v. 8). El Testimonio no es el de Timoteo, ni el nuestro; es el del Señor. Es el resultado, en la tierra, de su obra en la cruz. No se limita a la conversión de los pecadores, sino que abarca lo que el Señor ha hecho de esos pecadores salvados que constituyen su Iglesia. Ellos tienen toda la verdad de Dios para ajustar su caminar a ella. El Señor quiere que los resultados de su obra en la cruz se manifiesten en este mundo. Ese es su Testimonio. Lo da por medio de aquellos que se ajustan a su Palabra, y todos están obligados a ajustarse a ella. Para ello, despertó a su Iglesia en el siglo pasado [1]. Dará su testimonio hasta su regreso por medio de aquellos que escuchan su Palabra y se dejan instruir por ella. Si aquellos que han sido fieles en manifestar los rasgos del Testimonio del Señor dejaran de serlo, él encontraría a otros. Este Testimonio puede ser muy débil, sin apariencia, criticado, en el oprobio; pero no hay que avergonzarse de él. Timoteo vivía en la época en que el gran siervo del Señor estaba encarcelado tras haber establecido su testimonio. Esto podía parecer una prueba de su insignificancia y se podía pensar que, si realmente esta obra fuera de Dios, el gran heraldo que la había proclamado y establecido no estaría encadenado, y que los resultados serían prósperos. Pero tal juicio se basaría en las apariencias. Por el contrario, nada ha sido más glorioso en este mundo desde que fue creado, no según la apreciación de los hombres, sino según la de Dios.
[1] NdT.: El siglo 19.
9 - La gracia de Dios dada en Cristo y la misericordia divina
Timoteo debía asumir su parte de los sufrimientos que se derivaban del Evangelio, de esa buena nueva mediante la cual Dios dio a conocer sus pensamientos eternos de gracia y gloria. Para participar en ese sufrimiento, contaba con el poder de Dios, que cumplía sus designios eternos de amor, habiéndolos manifestado mediante la aparición de Cristo Jesús. Todo lo que caracterizaba el testimonio del Señor procedía de los designios eternos de Dios. Pablo le dice a Timoteo: «Participa de las aflicciones por el Evangelio, según el poder de Dios, quien nos salvó y nos llamó con santo llamamiento, no según nuestras obras, sino según su propio propósito y la gracia que nos dio en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero manifestada ahora por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a luz la vida y la incorruptibilidad por el evangelio; para el cual yo fui puesto como predicador, apóstol y maestro» (v. 8-11). Nunca ha habido en la tierra una manifestación tan grande del poder de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa según su gracia, la cual existía y nos había sido dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, antes de que se manifestara nada de las obras de Dios en la creación. Después de eso, se creó el mundo, se colocó al hombre en él, este desobedeció, se introdujo la muerte y todo se echó a perder.
La triste historia del hombre responsable se ha desarrollado a lo largo de 40 siglos. Pero he aquí a Aquel en quien se nos había concedido la gracia antes de los tiempos de los siglos, que aparece en medio de este escenario de muerte para hacer posible el cumplimiento de los designios de Dios. En el Señor se manifiesta la gracia para aquellos a quienes estaba destinada, que eran pobres pecadores sometidos al dominio de la muerte. Por ellos entró en la muerte, y mediante el triunfo que obtuvo sobre ella, la anuló e hizo resplandecer la vida y la incorrupción; la vida eterna para el alma y la incorrupción para el cuerpo. Dios nos enseña esto a través del Evangelio, que ha producido sus maravillosos efectos en el mundo, donde fue llevado por el apóstol Pablo, a quien Dios estableció como predicador, apóstol y doctor de las naciones. Nada más grande ni más glorioso se había proclamado en este mundo, y nada podrá proclamarse jamás.
Pero ¿cómo se manifiesta esto en la tierra? No hay nada que atraiga el corazón del hombre. Al contrario, esta proclamación de la gracia atrajo sobre el apóstol y sobre quienes la recibieron el odio implacable del hombre contra Dios, odio con el que el Señor se topó a lo largo de todo su ministerio. Su gran siervo fue encadenado por haber cumplido la obra que Dios le había confiado. Los resultados de su labor carecían de apariencia; a Timoteo se le dejó solo para mantener la verdad en medio de quienes la abandonaban, y casi todos los que habían trabajado con Pablo lo habían dejado solo en Roma, y él mismo acabaría cayendo bajo la espada de los verdugos de Nerón. Todo parecía oponerse al Evangelio.
10 - La confianza en Jesucristo, que es fiel
Pero la fe fija su mirada en Dios mismo, se apoya en sus pensamientos eternos, no se preocupa por las cosas visibles; se mueve en medio de ellas, pero con la certeza y el gozo de las cosas divinas de las que tenemos pleno conocimiento gracias a la revelación que Dios nos ha hecho, a la espera de su plena manifestación en la gloria. No son para la tierra, aunque sea en la tierra donde se cumplan; son para el cielo, de donde han descendido. Ahí es donde tenía fijas las miradas Pablo y hacia donde dirige las de Timoteo y las nuestras. Es allí donde verá los frutos de su trabajo. Por eso puede decirle a Timoteo: «Pero no me avergüenzo, porque sé a quién he creído, y estoy convencido que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día» (v. 12). Lo que equivale a decir: No he trabajado para lo terrenal; da igual que los resultados de mi obra parezcan tan insignificantes, da igual que esté en la cárcel, sé con quién tengo que ver. Sé en quién he creído. Conozco la fuente y los resultados de lo que se ha logrado. Si hoy el testimonio del Señor está en el oprobio, él mismo lo ha estado y lo sigue estando; llegará un día en que se manifestará en toda su gloria y en el que toda la obra que se ha hecho aquí en el oprobio y en el sufrimiento se verá gloriosamente. No he trabajado para brillar en este mundo, ni tampoco mi Señor. No he esperado a ver prosperar la obra que el Señor me ha encomendado para sentirme animado; se la he confiado toda hasta aquel día, en el que hallaré todos los frutos de mi trabajo, cuando todo lo que Dios ha decretado en sus designios eternos se cumpla y se manifieste para su gloria ante los ojos de todos y por la eternidad.
¡Qué fuerza y qué ánimo transmite ver las cosas tal y como son a los ojos de Dios! ¡Cuánto debió animarse Timoteo, y cuánto debemos animarnos también nosotros para mantenernos firmes en la verdad, al comprender la grandeza de lo que se nos ha revelado y de lo que poseemos! Todos veremos los resultados de la obra de Dios y de sus pensamientos eternos, para gloria del Señor Jesús, cuando él disfrute del fruto del trabajo de su alma y nos haga partícipes de su propia felicidad.
11 - La Palabra de Dios: palabras sanas transmitidas por Pablo
Mientras esperaba la gloria, Timoteo debía tener como modelo las palabras sanas que había oído de Pablo. «Retén el modelo de las sanas palabras que oíste de mí, en fe y amor en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros» (v. 13-14). Pablo había recibido del Señor toda la revelación relativa a la Iglesia. Timoteo no tenía en sus manos la Palabra escrita y completa como la tenemos hoy; pero había oído de boca de Pablo las palabras con las que este le había enseñado, palabras que él mismo había recibido del Señor (Hec. 26:16). Debía tener un modelo, o exposición, que le bastara para guiarle e instruirle en estas verdades tan gloriosas. Esas palabras eran fiables; eran la Palabra de Dios. Nos ha llegado, habiéndonos sido dada por inspiración, a través del mismo apóstol.
12 - Los efectos de esta Palabra cuando es guardada por el creyente
Al prestarle atención y ser obedientes, seremos guardados de todo error hasta el final. No es una Palabra que da el conocimiento de una doctrina árida, meramente intelectual; se caracteriza por la fe y el amor que hay en Cristo Jesús; él es el objeto de la fe y él comunica el amor del que emana su Palabra, expresión de los pensamientos de Dios, aquí en relación con su testimonio. El conocimiento de la Palabra sin amor enorgullece, dice Pablo en 1 Corintios 8:1, pero el amor edifica. El conocimiento sin amor se convierte en el centro del corazón, nos hace pensar en nosotros mismos, nos enaltece ante nuestros propios ojos, mientras que el amor nos aleja de nosotros mismos y nos une a Cristo y a los suyos.
13 - En la Segunda Epístola a Timoteo, todo está relacionado con Cristo Jesús
En esta Epístola se observa que todo está relacionado con Cristo Jesús. La vida (v. 1); la gracia (v. 9); la fe y el amor (v. 13); la gracia (cap.2:1); la vida piadosa (cap. 3:12); las Sagradas Escrituras, que pueden hacer sabio para la salvación mediante la fe que está en Cristo Jesús (3:15). Aquello que, según nuestro conocimiento, no produce los rasgos de Cristo Jesús, en quien lo tenemos todo, carece de valor. Así es como Timoteo pudo guardar el buen depósito de la verdad que había recibido por el poder del Espíritu Santo, que siempre dirige los pensamientos hacia la Persona del Señor y que habita en todo creyente.
14 - Del lado de Dios, los recursos son siempre seguros y suficientes
Así, todo es seguro, intacto y perfecto por parte de Dios; nada ha cambiado, a pesar del desorden en el que se encuentra la Iglesia y de la debilidad de quienes desean ser fieles; la fe, capta estas realidades divinas con certeza, las considera en su base y se nutre de ellas con una confianza inquebrantable en Dios y en su Palabra, lo que da lugar a un caminar seguro y firme. Así podemos seguir adelante con confianza. Quiera Dios que podamos aprovechar mejor todos nuestros recursos, para ser fieles al Señor en medio de la ruina actual ante la que nos humillamos; y, mientras esperamos su próximo regreso, no perdamos de vista su día, «ese día» que siempre estaba presente en la mente de Pablo; día que siempre se menciona en relación con la responsabilidad.
Un querido siervo del Señor llamaba a este capítulo “el capítulo de los recursos”. Nos alegra saber que, si fueron suficientes para Timoteo, también lo son para nosotros hasta que el Señor venga a arrebatarnos de este mundo.