Las 5 exhortaciones de 2 Corintios 13:11


person Autor: Paul FUZIER 21


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1953, página 202

0 - Prefacio

Cuando el apóstol escribió su Primera epístola, la situación de la iglesia de Corinto dejaba mucho que desear. Por mencionar solo los hechos principales: habían surgido disensiones, provocadas por el espíritu de partido; había un mal moral muy grave, conocido y tolerado; los corintios se reunían «no para lo mejor» y celebraban la Cena del Señor de manera indecorosa; los falsos doctores socavaban la autoridad del apóstol e incluso derribaban los cimientos de la fe cristiana al afirmar que no hay resurrección de los muertos (1:11-13; 5; 11:17-34; 15).

Por la gracia de Dios, esta Epístola produjo, en muchos aspectos, efectos beneficiosos y Tito, enviado por el apóstol –que no acudió personalmente a Corinto– pudo transmitir a Pablo noticias que supusieron para él un precioso consuelo (2 Cor. 7:6-16). El capítulo 7 de la Segunda Epístola nos muestra los resultados de esta obra de Dios en el seno de aquella asamblea: en él no vemos –y esto es muy notable– ningún intento de justificar su conducta pasada, sino, por el contrario, una verdadera humillación, una «tristeza que es según Dios» que «produce arrepentimiento para salvación, de la cual no hay que arrepentirse» (v. 10). El apóstol da testimonio de los frutos manifestados: «Porque, mirad lo que ha producido en vosotros [el hecho] de ser entristecidos según Dios, ¡qué diligencia, y defensa, e indignación, y temor, y añoranza, y celo, y vindicación! En todo habéis mostrado vuestra inocencia en este asunto» (cap. 7:11). La asamblea se había purificado del mal que había en su seno; lo había hecho en obediencia a las enseñanzas de la Primera Epístola y como fruto de una labor necesaria realizada en los corazones y las conciencias. La humillación no era solo de boquilla, sino que se traducía en hechos. Todo ello constituía la prueba de que, aunque aún hubiera motivos de reprensión, la reunión de los santos, en un mismo lugar, en Corinto, conservaba siempre el carácter de una asamblea de Dios. Era, sin duda, un ámbito donde se juzga el mal.

Que aún quedaran algunos puntos por resolver, eso se desprende de la Segunda Epístola, al final de la cual el apóstol se levanta contra los falsos apóstoles, «obreros fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo» (11:13-15), y denuncia «peleas, envidias, enfados, rivalidades, calumnias, murmuraciones, insolencias y desórdenes» (12:20-21). Es como una última advertencia lo que dirige, por lo que escribe: «Si vuelvo otra vez, no seré indulgente». Pero, como no querría verse obligado a recurrir a ese doloroso extremo añade, sin embargo: «Por eso os escribo estas cosas estando ausente, para no usar de severidad estando presente, según la autoridad que el Señor me ha dado, para edificación y no para destrucción» (13:2, 10), y concluye esta Epístola con las 5 exhortaciones en las que nos gustaría detenernos.

1 - «Regocijaos»

Si hubiéramos tenido que escribir la conclusión de esta Epístola, probablemente no habríamos exhortado a los corintios a alegrarse, sino más bien a humillarse y a llorar por sus miserias, mientras que el apóstol, divinamente inspirado, les dice: «Regocijaos». Esto no significaba, desde luego, que pudieran tomarse a la ligera todo lo que él acababa de exponerles en su carta; después de haber apelado en varias ocasiones a su conciencia de manera tan seria, Pablo no habría podido terminar su Epístola dándoles a entender que sus faltas eran algo insignificante de lo que ya no había que ocuparse, ¡para poder dedicarse por completo al gozo! La humillación era necesaria; lo que los corintios habían hecho respecto al mal tan grave que se había producido entre ellos, debían hacerlo también con respecto a todo aquello por lo que el apóstol aún se veía obligado a reprenderles en su Segunda Epístola.

Pero si el mal debe ser juzgado, y juzgado hasta la raíz, no conviene estar constantemente ocupado en ello. Cuanto más profundo y sincero sea el juicio del mal, antes se experimentará el gozo que sigue a la humillación y a la separación del pecado tras su confesión, y más real será. La humillación carece de sentido práctico si no va acompañada de la separación del mal que uno se ha visto obligado a confesar. Del mismo modo, la confesión del pecado solo tiene valor si se hace con humillación y se traduce en la separación del mal. Cuando se llevan a cabo estas cosas, ya no hay que ocuparse del mal y se saborea en el corazón el gozo de la comunión recuperada.

En una ocasión, relatada en el capítulo 8 del libro de Nehemías, el pueblo de Israel se reúne «como un solo hombre» y pide a Esdras «que trajera el libro de la ley de Moisés, que Jehová había mandado a Israel». Al estar reunidos allí «todos los que tenían inteligencia para entender», Esdras leyó «desde el amanecer hasta el mediodía». Y se añade: «todo el pueblo prestaba atención al libro de la Ley». ¡Cuánta hambre y sed tenían las almas de la Palabra, y qué poderosa acción ejercía, sobre los corazones y las conciencias, esa Palabra viva y eficaz! Todos tenían la profunda sensación de que su camino no había sido conforme a las enseñanzas del Libro Sagrado; por eso, con el corazón afligido y el espíritu contrito, temblando ante su Palabra, derramaban lágrimas de arrepentimiento: «todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley». La humillación, sin duda necesaria; el juicio de nuestros caminos a la luz de la Palabra, indispensable para caminar de una manera digna de Dios, no nos dan, sin embargo, la fuerza. Por eso, Nehemías dijo al pueblo: «No os aflijáis, pues el gozo de Jehová es vuestra fuerza» (v. 1 al 9). Una vez juzgado el mal, ya solo hay que ocuparse del bien, y así es como podemos disfrutar de la comunión con Aquel en cuya «presencia hay plenitud de gozo» (Sal. 16:11). ¡Solo en él está la fuerza que necesitamos!

Aquel que estuvo en este mundo, el hombre de los designios de Dios, el siervo perfecto del Jehová nunca persiguió más que el bien –en él no podía haber mal que juzgar– de modo que pudo decir, por boca del salmista: «A Jehová he puesto siempre delante de mí». Así, como hombre, comprendió plenamente que la fuerza está solo en Dios: «Porque está a mi diestra, no seré conmovido», junto con el gozo: «Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma» (Sal. 16:8-9).

El apóstol no desea que los corintios se detengan en la humillación y la confesión del pecado, sino que quiere que haya también una separación total del mal, de modo que puedan luego regocijarse. Podemos pensar que, en esta exhortación, considera, de hecho, ya realizada la profunda obra de conciencia a la que los había invitado; no duda de que, al igual que han seguido las enseñanzas contenidas en su Primera Epístola, también se ajustarían a las de la Segunda. Confía en que Dios haga en ellos esta obra y, sabiendo que su confianza no será defraudada, puede decirles: «Regocijaos».

La obra del Espíritu Santo en nosotros tiene siempre como objetivo final producir gozo. Dios, que es el «bendito Dios» (1 Tim. 1:11), quiere compartir con los suyos lo que a él mismo le caracteriza. Por lo tanto, es conforme a Dios que el creyente se regocije; es incluso su estado normal. El Espíritu Santo le exhorta a ello y obra en él para que sea capaz de ello: con este fin, es un Espíritu de reprensión cuando es necesario, para quitar lo que es un obstáculo para el gozo, de modo que Cristo, fuente y objeto del gozo del redimido, pueda ocupar libremente los corazones.

«¡Regocijaos en el Señor siempre! De nuevo os lo diré: ¡Regocijaos!» (Fil. 4:4). Si los filipenses necesitaban que se les invitara a regocijarse, era porque el desacuerdo surgido entre 2 hermanas de aquella asamblea constituía un obstáculo para su gozo; para eliminar ese obstáculo, el Espíritu Santo, a través de la pluma del apóstol, les dirige las exhortaciones tan a menudo recordadas al principio del capítulo 2 y del capítulo 4 y, a lo largo de toda la Epístola, les presenta a Cristo, Vida, Modelo, Meta, Fuerza y Gozo del creyente.

2 - «Buscad vuestra perfección»

Se ha señalado que aquí hay una imagen tomada de un objeto que debe funcionar correctamente, un reloj, por ejemplo. Este solo podrá funcionar si cada uno de los engranajes está en su sitio. Lo mismo ocurre en la Iglesia. ¿Cómo podría una iglesia estar en orden –condición esencial para la paz, la bendición y el gozo– si los hermanos y las hermanas no ocupan el lugar que el Señor les ha asignado por el bien del conjunto?

Querer ocupar un lugar que no es el nuestro supondrá un obstáculo para el buen funcionamiento de la Iglesia. El peligro es doble: o bien, intentar desempeñar un servicio que supera nuestra capacidad espiritual, una tarea para la que evidentemente no estamos cualificados; o, por el contrario, mostrar timidez o pereza espiritual y, por ello, no cumplir con lo que el Señor querría que hiciéramos por su Asamblea. En ambos casos, el funcionamiento de la Asamblea se ve perjudicado: en el primero, al ocupar su lugar, impediremos que un hermano o una hermana desempeñe el servicio que le correspondía y, en el segundo, como consecuencia de nuestra falta, quizá llevemos a un hermano o a una hermana a desempeñar una tarea que no era la suya.

¡Qué desorden había, a este respecto, en la asamblea de Corinto! Y cuán necesarias eran para ella las enseñanzas de los capítulos 12 al 14 de la Primera Epístola, así como todas las de la Segunda relativas al ministerio. ¿Acaso lo son menos para nosotros hoy en día? En la Segunda Epístola, el capítulo 12:20, nos muestra que, una vez más, entre los corintios había animosidades, intrigas, insinuaciones, orgullo desmesurado y desórdenes. Cada vez que ocurre esto, es imposible que la iglesia local funcione con normalidad. Es una pérdida para todos, un sufrimiento para la iglesia (y para todas las iglesias, pues somos un solo Cuerpo), ¡una deshonra para el Señor!

3 - «Consolaos»

Resulta muy notable, si tenemos en cuenta el objetivo de esta Epístola y las circunstancias en las que fue escrita, que comience y termine con palabras de consuelo y ánimo (1:3-7; 13:11).

Nos sentimos animados y consolados si tenemos la sensación de que Dios aprueba nuestro caminar. En medio de las mayores tribulaciones, el apóstol disfrutaba del consuelo del Padre de las misericordias, porque sabía que su camino era conforme a Dios; su conciencia estaba en paz.

La situación es muy diferente si nos sentimos culpables en nuestra conciencia, si hemos fallado y hemos deshonrado al Señor. Quizá intentemos justificarnos, pero, no nos engañemos, ¡no encontraremos en ello ningún ánimo ni consuelo! ¿Por qué, tan a menudo, nos invade el desánimo en circunstancias difíciles? Porque, en lugar de examinar nuestros caminos a la luz de la Palabra de Dios y ante Aquel ante cuyos ojos «todo está desnudo y descubierto» (Hebr. 4:13), carecemos de rectitud y nos esforzamos por ocultar lo que Dios, sin embargo, conoce tan bien y que deberíamos juzgar ante él.

Una vez hecho este juicio, las circunstancias por las que pasamos quizá sigan siendo igual de dolorosas y exigentes, pues es posible que el juicio de nuestros propios caminos se lleve a cabo sin que, por ello, una situación difícil se aclare de inmediato; pero, en lugar de sentirnos abrumados, nos sentiremos animados y consolados.

Aunque las circunstancias de la iglesia de Corinto seguían siendo para él motivo de dolor y aflicción, el apóstol se siente, sin embargo, consolado al enterarse de que Dios había obrado entre los corintios, obra de la que habla en el capítulo 7 de la Segunda Epístola. De modo que puede escribir: «Estoy lleno de consuelo, sobreabundo de gozo en medio de toda nuestra aflicción. Porque, incluso al llegar a Macedonia, nuestra carne no tuvo reposo, sino que de todas maneras estábamos afligidos; por fuera luchas, por dentro temores. Pero Dios, que consuela a los abatidos, nos consoló con la llegada de Tito, y no solo con su llegada, sino también por el consuelo con que fue consolado por vosotros: nos refirió vuestra añoranza, vuestro pesar y vuestro celo por mí; de manera que me alegré más» (v. 4-7; vean también el v. 13). Por lo tanto, es un consuelo para el corazón pensar que Dios obra en medio de una asamblea en la que es difícil juzgar, para producir en ella un «arrepentimiento para salvación, del que no hay que arrepentirse» (2 Cor. 7:10).

Cuando el apóstol escribe a los filipenses, les dice lo que podía hacerle completamente feliz al pensar en una asamblea donde hay dificultades: ver a los hermanos y hermanas «pensando lo mismo», «un mismo amor», «los mismos sentimientos» sin que nada se hiciera «por rivalidad o por vanagloria», sino «con humildad», considerando cada uno al otro «superior a sí mismo». «Si algún consuelo hay en Cristo», dice, «completad mi gozo» con esto (Fil. 2:1-8).

Dejemos actuar, en nosotros y en la asamblea, al Espíritu Santo, al divino Consolador, para que se cumpla lo que leemos: «Entonces la Iglesia tenía paz… siendo edificada; y andando en el temor del Señor, y con la asistencia del Espíritu Santo, se multiplicaba» (Hec. 9: 31).

4 - «Tened un mismo sentir»

¡Cuán útil era esta exhortación en una asamblea en la que el apóstol temía mucho encontrar «peleas, envidias, enfados, rivalidades, calumnias, murmuraciones, insolencias y desórdenes» (12:20). ¿Acaso no sigue siendo oportuna hoy en día?

Para pensar «lo mismo», «un mismo amor», es necesario pensar “en una sola y misma cosa”. Ese «pensamiento», el único que puede unir los corazones, es aquel «que también hubo en Cristo Jesús» (Fil. 2:1-8). Al imitar tal modelo, nos veremos llevados de forma natural a tener «un mismo sentimiento». ¡Ese es el secreto de la bendición en las asambleas! No lo olvidemos y que esto nos anime a pasar por alto muchas cosas a las que damos una importancia que no merecen. «Ruego a Evodia, y ruego a Síntique, que tengan un mismo sentir en el Señor» (Fil. 4:2). ¿Por qué estas 2 hermanas no tenían «un mismo sentir»? ¿Cuál era el motivo de su desacuerdo? Sin duda, a sus ojos era de suma importancia, ¡pero la Palabra no dice ni una sola palabra al respecto! ¡Lo que a nosotros nos parece tan importante que, por ello, llegamos incluso a perturbar la comunión y la paz de la asamblea, no tiene ninguna importancia a los ojos de Dios! El apóstol inspirado ni siquiera menciona la disputa que enfrentaba a estas 2 hermanas.

Si realmente pensamos en la gloria del Señor, si deseamos que se manifieste en nosotros y en la asamblea, evitaremos cuidadosamente todo aquello que pueda perturbar la paz y la comunión fraternal. Dejemos a un lado nuestros propios pensamientos, nuestros sentimientos personales, y esforcémonos por tener todos juntos «un mismo pensamiento», el del Señor, «un mismo sentir». Leamos y meditemos a menudo los 8 primeros versículos del capítulo 2 de la Epístola a los Filipenses y, con nuestros corazones ocupados en Cristo en el camino de humillación que él siguió, ¡seamos capaces de imitar a nuestro divino y perfecto Modelo!

«Tened todos un mismo sentimiento, compasivos, fraternales, misericordiosos y humildes; no devolviendo mal por mal, o maldición por maldición, sino, al contrario, bendiciendo» «Tened un mismo sentir entre vosotros» (1 Pe. 3:8 y 9; Rom. 12:16).

5 - «Vivid en paz»

Sin duda, no se trata de la paz a cualquier precio, a costa de todas las concesiones, pues hay que recordar que «la sabiduría de arriba es primeramente pura, luego pacífica» (Sant. 3:17). Pero, en ese mismo pasaje, el apóstol escribe: «Pero si tenéis en vuestros corazones celos amargos y rivalidad, no os jactéis, mintiendo contra la verdad. Esta no es la sabiduría que desciende de arriba, sino terrenal, natural, diabólica. Porque donde hay celos y rivalidad, allí hay confusión y toda práctica perversa» (Sant. 3:14-15; comp. con 2 Cor. 12:20). El creyente tiene la responsabilidad de manifestar los frutos de la sabiduría de lo alto: la pureza, en primer lugar, pero inmediatamente después, la paz.

«¿Quién es sabio e inteligente entre vosotros? Que, mediante una buena conducta, muestre sus obras con la dulzura de la sabiduría». Decirse “sabio e inteligente” cuando se tiene en el corazón «celos amargos y rivalidad» es gloriarse en contra de la verdad, ¡es una pretensión engañosa! La sabiduría y la inteligencia deben brillar en sus manifestaciones prácticas: las «obras» que se ven en “una buena conducta”, «con la dulzura de la sabiduría» (Sant. 3:13-18).

Vivir en paz no siempre depende de nosotros; puede suceder que, aunque deseemos ardientemente la paz, nos topemos con aquellos que están “a favor de la guerra” (vean Sal. 120:6-7). Pero en casos similares (y generalizamos la aplicación de estos 2 versículos del Salmo), ¿somos conscientes, ante Dios, de haber hecho todo lo que está en nuestro poder por la paz? Romanos 12:17-18 nos dice: «No devolváis a nadie mal por mal. Procurad lo honroso delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que depende de vosotros, vivid en paz con todos los hombres».

¡Hacer todo lo que dependa de nosotros para vivir en paz con todos los hombres y, en particular, en la asamblea! Saber olvidar las palabras un poco bruscas o incluso hirientes, hacer un esfuerzo por comprender a nuestros hermanos, por soportarlos si es necesario, dejar a un lado nuestros pensamientos personales, el punto de vista que hemos defendido obstinadamente, llegar tal vez incluso a dejarnos a nosotros mismos de lado, si es preciso, ¡con el fin de lograr la paz! ¡Cuánto se glorifica al Señor quien sabe actuar así!

Poner todas las cosas en manos de Aquel que es el único Sabio, ¡eso es sabiduría y eso conduce a la paz! Ciertamente, no queremos decir que no haya luchas santas que librar por la verdad –ya lo hemos recordado: «La sabiduría que desciende de arriba es primeramente pura»–, pero a veces tendemos a llamar así a luchas en las que solo están en juego intereses personales, rivalidades y disputas a menudo mezquinas. Cuando esto ocurre, no hemos hecho todo lo que estaba en nuestro poder para vivir en paz y, tal vez incluso, hemos hecho lo contrario. ¡Qué triste resultado para la asamblea! No puede haber bendición, ni gozo, ni edificación en una asamblea en guerra; al contrario, hay sufrimiento para todos, sobre todo para los pequeños, para los débiles, ¡para nuestros hijos! Pensemos en ellos, pensemos ante todo en el Señor, deshonrado por las disputas entre hermanos.

«Bienaventurados los que procuran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mat. 5:9). En una situación difícil, hacer las concesiones necesarias para que se mantenga o se restablezca la paz, aceptar todas las injusticias, todas las humillaciones, aunque sean injustificadas e inmerecidas, ¡qué privilegio! Sí, ¡bienaventurados los que traen la paz! En ello demuestran que son hijos de Dios: los frutos de la nueva naturaleza prueban su existencia y, por consiguiente, la relación vital con Dios.

De la puesta en práctica de las 5 exhortaciones de 2 Corintios 13:11 se deriva una bendición preciosa, la que concluye el versículo: «Y el Dios de amor y de paz estará con vosotros». No se trata solo de disfrutar del amor de Dios y de estar guardados en su paz, sino de la presencia con nosotros en el camino de Aquel a quien el apóstol otorga aquí este doble título: «Dios de amor y de paz».

Del mismo modo, el apóstol, al exhortar a los filipenses a que echen sobre Dios sus preocupaciones y se ocupen de las cosas verdaderas, venerables, justas, puras, amables y de buena fama, les asegura que, si hacen estas cosas, «el Dios de paz estará con ellos» (Fil. 4:8 y 9).

«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Cor. 13:14).