format_list_numbered Índice general

La verdad es que Dios quiere que todos los hombres se salven


person Autor: Jean-Claude KOUASSIT 1

flag Tema: Salvación, Evangelio


1. Introducción

1.1. Existencia, origen, destino –preguntas que no pueden ser eludidas

Independientemente de su posición social, su condición o su situación, todo hombre se ha preguntado al menos una vez sobre su existencia, su origen y su destino. Es cierto que puede huir de la realidad al no querer enfrentarse a ellos. Entonces puede dedicarse a una actividad: las religiones, las sectas; puede ocuparse de la ciencia, de la política, del arte, de los negocios, de la tradición, de los estudios, del trabajo… solo para escapar de la realidad. Pero la realidad es como una sombra que le sigue, como una red que lo envuelve, aunque intente por todos los medios deshacerse de ella. En su intento de escapar, a veces puede suponer, discutir, calmar su conciencia, fingir, aceptar, rechazar, calcular, alimentarse de vanas esperanzas, solo para huir de la realidad. También puede adoptar esta máxima: «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos» (1 Cor. 15:32).

Pero la realidad está ahí: aunque no quiera reconocerlo, el hombre necesita algo que no puede definir. Sabe que hay una carencia en su interior, un vacío que quiere llenar mediante los mayores placeres, abriendo su corazón a las fábulas, a los discursos persuasivos y a las filosofías.

1.2. Detenerse y escuchar lo que Dios dice

Queremos que nuestro lector se detenga en su larga caminata para mirar, para escuchar a una Persona viva, a Jesucristo, el Hijo de Dios.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios… En él había vida; y la vida era la luz de los hombres. La luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la apagaron» (Juan 1:4-5).

El hombre no supo, en Aquel que vino como amigo para iluminarlo, discernir a su Creador, aquel de quien vino, aquel de quien vive, aquel que da sentido a su vida. ¿Qué puede hacer ante tal situación? ¿Abandonar y dejar que todo se deteriore o detenerse un poco para escuchar lo que Dios dice para mostrarle el camino hacia él, para conocerlo?

Es bueno buscar conocer a Dios, recibir sus pensamientos para volver a él, nuestro Creador.

1.3. ¿Rechazar a Dios?

Pero aún sabiendo que existe, el hombre es capaz de una cosa terrible, a saber, que «la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19.) Tal es el hombre con su corazón incurable y su maldad sin nombre que ve la luz y prefiere las tinieblas a la luz. Esta es, además, una de las causas de su juicio.

Este rechazo de Dios y la hostilidad se reveló plenamente cuando el Señor Jesús se presentó como el Mesías prometido a su pueblo Israel. Ante este corazón desbordante de amor y de bondad, los judíos, seguidos por los que no lo eran, testificaron categóricamente su rechazo. Pero Dios ama al hombre a pesar de todo, se acerca a él, le tiende la mano, simpatiza con su dolor, comprende sus necesidades, le abre su corazón y venda sus heridas. Dios no está tan lejos como pensamos y Él «quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al pleno conocimiento de la verdad» (1 Tim. 2:4). Por lo tanto, «es paciente con vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento» (2 Pe. 3:9).

Es cierto que nos gusta vivir a tientas, en la confusión o en la duda. Pero hay una pregunta esencial que debemos hacernos. Job la expresa así: «¿Cómo puede el hombre ser justo para con Dios?» (Job 9:2). Hagámosla directamente a Dios. Y sabemos que «todo el que pide recibe; y el que busca, halla» (Mat. 7:8).

Tenemos la certeza de que el Evangelio es para todos aquellos que están preocupados en sus mentes por su destino eterno. Pero, ¿qué hombre razonable hay que no se pregunte sobre esto? Es muy a menudo después de hacerse estas preguntas, que uno busca una religión, una secta, una filosofía, una sociedad secreta, o desea permanecer como está en la incertidumbre, o abraza el ateísmo o la religión de los antiguos.

1.4. La solución: el Evangelio

Pero el Evangelio es la buena noticia de Dios. Es el mensaje de gracia que ilumina nuestro camino, da descanso a nuestras almas y abre el camino de la paz con Dios.

El mismo Dios nos habla. ¿Quién es más competente que Dios para mostrar el camino que lleva a Él? ¿Es el hombre, su inteligencia, su razonamiento, su filosofía o su enseñanza? ¿Es el diablo, su doctrina, sus agentes?

Solo Dios puede, solo Dios quiere intervenir. Es Dios quien salva; la salvación es su obra. Él es la fuente de ello y solo él puede responder a la pregunta de Job: «¿Cómo puede el hombre ser justo para con Dios?»

2. El hombre bajo la mirada de Dios

2.1. Dios lo ve todo

Las preguntas fundamentales que el hombre debe hacerse son las siguientes: ¿Cómo me ve Dios? ¿Qué piensa de mí? ¿Cuál es mi verdadera posición ante él?

A menudo buscamos escondernos de Dios, huir de la realidad, pero olvidamos que «no hay criatura que no esté manifiesta ante él; sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien tenemos que rendir cuentas» (Hebr. 4:13).

2.2. La creación, la caída

2.2.1. ¿Qué ocurrió?

Originalmente, el hombre fue creado sin pecado, inocente y en relación inmediata con Dios en un jardín de delicias llamado Edén. Se le dio dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre el ganado, sobre los reptiles y sobre toda la tierra. El hombre disfrutaba de todos los privilegios, era el amo de la creación, pero en una posición bendita de dependencia ante su Creador. Además, Dios, que lo conocía a fondo, declaró: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda… Y de la costilla que Jehová Dios había tomado del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (Gen. 2:18-22). Adán estaba entonces satisfecho y tenía una ayuda con quien podía comunicarse y comulgar. En este estado de inocencia, donde todo era bello y agradable, el hombre era responsable de obedecer el mandato de Dios: «De todo árbol del jardín podrás libremente comer; mas del árbol del conocimiento del bien y del mal, no comerás; porque en el día que comieres de él, de seguro morirás» (Gén. 2:16-17).

Pero el diablo, bajo la apariencia de la serpiente, sedujo a Eva poniendo en duda lo que Dios había dicho. «Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era una delicia para los ojos, y árbol deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido… y él comió» (Gén. 3:6).

Este acto era grave porque era desobedecer el mandamiento de Dios. Adán y Eva, por su propia voluntad, comieron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. No hubo presión, ni fuerza sobrenatural que los obligara a cometer tal acto. Por lo tanto, podían negarse a comer, podían decir no al diablo, pero deliberadamente eligieron desobedecer. Entonces «fueron abiertos los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos». Habiendo sucumbido a la tentación desobedeciendo, «el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del jardín» (Gén. 3:8). Tal es el hombre que de siempre no soporta la mirada de Dios, y para negarse a pensar en ello, muy a menudo prefiere negar Su existencia.

Pero es Dios quien creó al hombre, y aunque él es el ofendido, sigue siendo él quien da el primer paso. «Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás?» (Gen. 3:9). Esta es una pregunta que se ha hecho a través de los tiempos y está dirigida al hombre sin importar su lugar de escondite. ¿Y cuántas veces no se ha silenciado esta dulce voz, que llega a nosotros en nuestro atrincheramiento, y se escucha como resultado de la desobediencia?

2.2.2. La consecuencia de la desobediencia –la muerte y sus efectos

¿Cuál fue el verdadero alcance de esta desobediencia? Es que «por un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom. 5:12). La consecuencia práctica de la desobediencia de Adán se resume aquí. Es la introducción en el mundo del pecado y de la muerte. La tragedia, es que ahora todos los hombres están sujetos al poder de la muerte. Nada puede detener sus obras, ni siquiera el extraordinario progreso de la ciencia. Incluso si la muerte es a veces trivializada a causa del sufrimiento, respetada por su tiranía, sigue siendo la compañera inseparable y no querida del hombre. Peor aún, la muerte tiene un poder terrible, y reina con supremacía, como está escrito: «Por la transgresión de uno solo la muerte reinó» (Rom. 5:17). Es como una red que envuelve a la humanidad. Nadie puede escapar de ella. Está desprovista de toda piedad y compasión. Golpea, impone su ley y desprecia el llanto. Se ha convertido en «el rey de los espantos» (Job 18:14).

Debemos recordar humildemente que es culpa del hombre que ella tenga este poder.

2.2.3. Soy un pecador perdido

¿Cómo me ve Dios en este sombrío cuadro?

«Por medio de una sola transgresión vino la condenación a todos los hombres» (Rom. 5:18). Bajo la mirada de Dios, soy un hombre condenado a muerte. Estoy perdido, arruinado y pecador. La desobediencia de Adán me ha puesto en esa posición, y Dios me ve como tal: «Ciertamente no hay en la tierra hombre justo que haga bien y no peque» (Ecl. 7:20). Ningún razonamiento puede contradecir a Dios y a su Palabra: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8).

Amigo, sabe por lo tanto que Dios te ve como un pecador, comprende que el pecado es sobre todo un problema de naturaleza. La naturaleza humana fue marcada por el pecado por culpa de Adán, y esta naturaleza la recibí al entrar en este mundo por mi nacimiento. El rey David comprendió plenamente esta verdad, declarando: «He aquí, en iniquidad nací yo, y en pecado me concibió mi madre» (Sal. 51:5). He aquí un hombre que reconoce con fuerza y humildad su origen: en el pecado. ¡Esta verdad es para todos! Nadie puede escapar de ello. El pecado es como un gen malo que se transmite de padres a hijos desde Adán. Por lo tanto, todos somos pecadores de nacimiento.

2.3. Las razones de la ira de Dios –la culpa de todos

2.3.1. El testimonio de la Creación habla a todos

La primera causa que establece la culpa de todos los hombres, incluso de los paganos, hacia Dios es el testimonio parlante de la creación.

«La ira de Dios es revelada desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen con injusticia la verdad. Porque lo que se conoce de Dios les es manifiesto; porque Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y divinidad, desde la creación del mundo se hacen claramente visibles en las cosas creadas, y así no tienen excusa» (Rom. 1:18-20).

Cuando un hombre viene al mundo, tiene ante sus ojos un espectáculo maravilloso. La tierra produce verdor, los árboles frutales dan frutos según su especie. En lo alto de los cielos, los luminares iluminan la tierra para que todas las plantas que están allí reciban el calor y la luz que son indispensables para su florecimiento. Las aguas no están vacías. Hay vida en todas partes en la tierra como en el cielo. Los seres vivos se expresan cada uno según su especie. El cuadro es rico, los sonidos y colores están en su lugar. Todo es armonioso. Estamos en presencia de una inteligencia superior que ha llamado a todas estas cosas a la existencia, y las hace crecer con un propósito. ¡Nada se hace = se hizo al azar!

En medio de todo esto, el hombre es diferente de todas las demás criaturas vivientes: más débil que muchos animales, tiene una inteligencia; busca comprender todo lo que está delante de él. Fue creado a imagen de Dios (Gén. 1:27).

Entramos en este mundo y vemos y contemplamos la belleza de la creación. A través de ella, descubrimos a su Autor. El dedo de Dios está presente en todas partes, la creación es su obra.

Todas las perfecciones invisibles de Dios, su eterno poder, su divinidad, pueden verse a simple vista desde la creación del mundo. Si no puedo ver a Dios físicamente, lo veo a través de sus obras. La creación es, por lo tanto, un testimonio demasiado revelador para que se pueda negar la existencia de Dios. Por eso hasta el pagano es inexcusable y atrae sobre sí la ira de Dios, ira que se revela desde el cielo contra cualquiera que desprecie este testimonio de la verdad. ¿Cómo se puede negar la evidencia? No se puede pretender al ateísmo. La Escritura dice con razón que solo «el insensato dice en su corazón: ¡No hay Dios!» (Sal. 14:1).

2.3.2. El conocimiento de Dios apartado y reemplazado por los ídolos –Romanos 1:21-22

La segunda razón de la ira de Dios, es que los hombres han conocido a Dios desde el principio. ¿Pero qué han hecho con este conocimiento?

«Porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que se hicieron vanos en sus razonamientos, y su necio corazón se llenó de tinieblas. Pretendiendo ser sabios, se hicieron insensatos» (Rom. 1:21-22).

La lógica querría que ante el esplendor de las cosas creadas uno explote en alabanza ante Aquel que ha desplegado tanto poder y sabiduría. Pero los hombres sin inteligencia se han hundido en lo que no tiene sentido. No han glorificado a Aquel que era digno de ello, siguiendo sus oscuros pensamientos y razonamientos. La consecuencia de esta aberración es que se han vuelto locos. El hombre siempre ha tenido tendencia a representar a Dios; ha cambiado la gloria incorruptible de Dios en una imagen corruptible. El hombre ha preferido adorar a la criatura en vez del Creador. El profeta Isaías dijo que los adoradores de ídolos y sus creadores no tienen ni inteligencia ni comprensión. Prueba de ello es: «El artífice en madera extiende la regla; traza la imagen con almagre, le da forma con escoplo, y con el compás la traza, y la hace conforme a la figura de un hombre, según la hermosura de un ser humano, para que habite en un templo. Corta para sí cedros; toma el ciprés y la encina, y escoge para sí entre los árboles del bosque; planta un haya y la lluvia la nutre. Y así le sirve al hombre para arder; pues toma parte de ellos y se calienta; sí, la enciende y cuece pan; ¡sí, hace un dios y lo adora; hace una escultura y se postra ante ella! Parte de él la quema en el fuego; con parte de él come carne; adereza asado, y se sacia; también, se calienta, y dice: ¡Ah, me he calentado, he visto la lumbre! ¡Y de lo que sobra hace un dios! (escultura suya); se postra ante él, y lo adora, y le hace oración, y dice: ¡líbrame, porque tú eres mi dios! ¡No saben, ni quieren entender! porque Él ha cerrado sus ojos, para que no vean, y su corazón, para que no entiendan. Y nadie recapacita en su corazón, ni hay ciencia ni inteligencia para decir: Parte de él la quemé en el fuego, y también cocí pan sobre sus ascuas, asé carne, y me la he comido; ¿y de lo que sobra he de hacer una abominación? ¿delante del tronco de un árbol me he de postrar? ¡Se apacienta de ceniza, un corazón engañado le extravía, de modo que no pueda libertar a su alma, ni decir: ¿No hay acaso una mentira en mi mano derecha?» (Is. 44:13-20).

Todo esto es consecuencia del rechazo de Dios y para llenar este vacío el hombre tiende a adorar la madera, los ríos, las montañas, la luna, el sol… pero debemos darnos cuenta de que detrás de estos elementos físicos se esconden demonios, por eso el apóstol Pablo dice con certeza que un ídolo no es nada en sí mismo, pues «lo que sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios» (1 Cor. 10:20). Y Dios, sabiendo de esta tendencia maligna en el hombre, había advertido severamente a su pueblo Israel: «No harás para ti escultura, ni semejanza alguna de lo que esté arriba en el cielo, ni de lo que esté abajo en la tierra, ni de lo que esté en las aguas, debajo de la tierra: no te inclinarás a ellas ni les darás culto» (Éx. 20:4-5).

Incluso en el cristianismo actual, esta tendencia permanece. Así, bajo el disfraz del cristianismo, uno está listo para adorar a todos los santos, después de haberlos representado por medio de grabados o estatuas.

2.3.3. La corrupción y la degradación finales

En tercer lugar, la locura del hombre puede llevarlo a hacer cosas innobles:

«Por lo cual Dios los entregó, en las pasiones de sus corazones, a la impureza, para que sus cuerpos sean deshonrados entre ellos, que cambiaron la verdad de Dios en mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador, quien es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues incluso sus mujeres cambiaron el uso natural en lo que es contra naturaleza; de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, ardieron en sus pasiones uno hacia otro, cometiendo actos vergonzosos, varones con varones, y recibiendo en sí mismos la debida recompensa de su error» (Rom. 1:24-27).

La degradación del hombre ha aumentado hasta el punto de deshonrar su propio cuerpo. De hecho, muchos no han dudado en entregar sus cuerpos al diablo para su posesión. Olvidando que nuestro cuerpo debe ser respetado, algunos hombres han entregado sus propios cuerpos para ser dañados y contaminados en orgías sexuales, e incluso «sus mujeres cambiaron el uso natural en lo que es contra naturaleza; de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, ardieron en sus pasiones uno hacia otro, cometiendo actos vergonzosos, varones con varones» (Rom. 1:26-27). ¡Qué horrible! Y aquí es donde desgraciadamente se llega cuando no nos preocupamos por conocer a Dios. El sentido moral está oscurecido; la naturaleza maligna que heredamos se degrada aún más. Es la ruina total y la decadencia sin remedio. Todo esto provoca la ira de Dios que se revela desde el cielo.

El pasaje de Romanos 1:26-27 se aplica obviamente al estado trivializado del mundo actual –sin que ni siquiera hayan sesiones de orgías–, a la libertad sexual desenfrenada, que el hombre no encuentra en absoluto horrible, ya que «se complacen en los que las practican» (Rom. 1:32). Lo que es terrible –un endurecimiento terrible– es que el hombre persevera a pesar de las enfermedades desbordantes causadas por esta corrupción moral y el desarrollo paralelo de la maldad y la violencia, que señala Romanos 1:29. ¡Que nuestro lector sea consciente de esta situación y no endurezca más su corazón!

2.4. El hombre es totalmente responsable –el juicio de Dios justificado

2.4.1. El hombre es responsable

El hombre fue creado inteligente y responsable. Después de la caída, adquirió el conocimiento del bien y del mal, es decir, una conciencia que lo juzga. Sabe muy bien que hace lo que está mal: eso es ser pecador. Es consciente de los actos que comete y también sabe que el juicio de Dios es según la verdad, ya que «los que practican tales cosas son dignos de muerte» (Rom. 1:32). El hombre lo sabe, sin embargo, hace el mal para provocar a Dios. Y si no llega a realizar un acto innoble, por una razón u otra, aprueba en su corazón, a menudo incluso abiertamente, a quienes lo hacen.

2.4.2. No podemos escapar de ello

Dios está por encima de nosotros. Lo ve todo, lo sabe todo y nada se le escapa. Conoce maravillosamente toda la personalidad del hombre, sus tendencias, sus pensamientos secretos y su voluntad. Él sondea los lomos y conoce el corazón del hombre, que es engañoso por encima de todo (Jer. 17:9). Una de las cosas que debería avergonzarnos es que, a pesar de nuestro estado perverso, nos atrevemos a condenar y juzgar con desprecio a los que hacen el mal que nuestro corazón desea secretamente: «Por lo cual estás sin excusa, oh hombre, porque al juzgar a otro, a ti mismo te condenas; puesto que tú que juzgas practicas las mismas cosas» (Rom. 2:1).

Tal vez nadie nos vea cuando cometemos una infamia. Pero dejemos de fingir porque Dios es luz y lo ve todo. Y el que juzga se condena a sí mismo doblemente porque demuestra que conoce la diferencia entre el bien y el mal y que incluso con este conocimiento hace las mismas cosas. Dejemos a un lado nuestra máscara y acerquémonos a la luz para ver nuestra ruina y nuestra pobreza. Pongámonos bajo la mirada de Dios para descubrir la perversidad de nuestra naturaleza. Aceptemos que somos culpables, perdidos, porque hagamos lo que hagamos, no escaparemos del juicio de Dios que es según la verdad. Y es según la verdad que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres. Es según esta misma verdad que Él dará a cada hombre según sus obras concediendo «vida eterna a los que perseverando en hacer el bien buscan gloria, honra e incorruptibilidad; pero ira e indignación a los que son egoístas y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre toda alma humana que hace lo malo» (Rom. 2:7-9).

2.4.3. Cada uno interesado personalmente

Como cada uno tiene que dar cuenta personalmente a Dios, se trata aquí de un juicio individual. El hombre es totalmente responsable de los actos que comete. Nadie pagará en su lugar y, de todos modos, «está reservado a los hombres morir una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebr. 9:27).

2.4.4. No endurecerse

¿Qué sentido tiene endurecerse mientras se persevera en el mal? ¿Qué sentido tiene huir de la realidad calmando la conciencia bajo el pretexto de la propia justicia? ¿Qué sentido tiene usar “mi religión” como excusa para intentar apaciguar la ira de Dios? ¿Por qué no aceptar ahora el testimonio de Dios sobre tu propia vida?

2.5. El destino del judío –Romanos 2:17 al 3:2

2.5.1. El pueblo de Dios, pueblo privilegiado

¿Qué hay de los judíos? Israel es una nación privilegiada entre todos los demás pueblos de la tierra. «Les fueron confiados los oráculos de Dios» (Rom. 3:2). Los judíos eran poseedores de los santos mandamientos de Dios y promesas les fueron hechas, incluyendo la venida a la tierra del Mesías, Emanuel, Dios con nosotros. Dios, por lo tanto, tenía sus ojos puestos en este pueblo. Pero, teniendo todos estos privilegios, estaban llenos de un desmesurado orgullo, incluso hasta el punto de despreciar a otros pueblos. Se jactaban de poseer la ley y de conocer la voluntad de Dios. El judío se creía «guía de ciegos, luz para los que están en tinieblas, instructor de ignorantes, maestro de niños, teniendo en la ley la norma del conocimiento y de la verdad» (Rom. 2:19-20).

2.5.2. Tan culpable como los demás

Los judíos podían enseñar a otros. Pero en lugar de poner en práctica la Palabra, comenzaron a hacer lo contrario de lo que enseñaban: «Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, que proclamas no robar, ¿acaso no robas? Tú que dices que no se debe cometer adulterio, ¿no cometes tú adulterio? Tú que aborreces a los ídolos, ¿no robas de sus templos? Tú que te glorías en la ley, ¿deshonras a Dios transgrediendo la ley?» (Rom. 2:21-24). Sin la ley, el hombre se muestra pecador y perdido; bajo la ley es peor, porque teniendo conocimiento de la voluntad de Dios, la viola deliberadamente, demostrando así que el hombre es incapaz de obedecer la ley. Por lo tanto, el apóstol Pablo dice a sabiendas que «el pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Rom. 8:7). A través de todo lo anterior, se ve la ruina del hombre. Se demuestra su estado de pecado, ya sea que sea judío o gentil. A los ojos de Dios, que es el buscador de corazones, «no hay diferencia; puesto que todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Rom. 3:23).

2.5.3. Todos culpables, todos injustos

Pero entonces, ¿cómo el hombre podrá ser justo ante Dios? No puede serlo por la observancia escrupulosa de la ley, porque «por las obras de la ley nadie será justificado ante él; porque por la ley es el conocimiento del pecado» (Rom. 3:20). No podemos sino estar de acuerdo con la Escritura cuando dice: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda; no hay quien busque a Dios; todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno… porque ya hemos acusado tanto a judíos como a griegos, de estar todos bajo pecado» (Rom. 3:10-12, 9).

Esto es en esencia el fundamento de la relación del hombre responsable con Dios su Creador.

3. La necesidad de la justicia de Dios

3.1. Es inútil negarlo

Todo hombre debe encontrarse con Dios, aunque este hecho sea negado por todo tipo de filosofías o doctrinas. Pero Dios es santo por naturaleza y por lo tanto no tolera el pecado. La condena del pecador es segura, porque el pecado produce ira. ¿Es posible que Dios absuelva al pecador que merece ser condenado sin comprometer su santidad y la justicia que castiga el mal?

En otras palabras, ¿cómo sería justo justificando al pecador?

Además, la necesidad de justicia no es solo para evitar la condena final, sino también para saborear y dar testimonio de la verdadera justicia aquí en la tierra, y para saborear la paz y la verdadera bendición que vienen con ella.

3.2. La justificación por la fe en Jesús –Romanos 1:16-17; 3:22

3.2.1. Dios trae un remedio cuando no quedan recursos

Dios, viendo todo lo que el hombre ha hecho y sabiendo que tiene una naturaleza decaída, ya no espera nada bueno o correcto de él. Se acerca a nosotros y nos encuentra en una posición en la que no podemos movernos, estando muertos en nuestros pecados y habiendo perdido toda esperanza. En esta perspectiva, el alma sigue preocupada y espera su condena eterna. Pero Dios es compasivo y misericordioso, lento para la ira y rico en bondad. Nos ofrece una justicia, de la cual él es la fuente. Esta justicia de Dios deja al hombre a un lado porque es encontrado culpable. Es sorprendente que incluso los Profetas y la Ley dan testimonio de esta justicia de Dios. Esto nos lleva a reconocer que Dios está por encima de nosotros y que sus pensamientos son elevados. Como prueba, antes de que el hombre haya demostrado por experiencia que no hay nada bueno en él, y que es pecador por naturaleza, Dios lo sabía todo y ya había provisto la necesidad de justicia. Por lo tanto, cuando su ira se revela desde el cielo, la justicia también hace su aparición para hacer al hombre justo y agradable ante Dios.

3.2.2. Una justicia que justifica, no una justicia que condena

No es la justicia que condena, es la justicia positiva que Dios quiere dar al hombre. Emana del corazón de Dios y es una parte integral de la buena noticia de la salvación que hace anunciar a los hombres.

Esta justicia no aparece para juzgar y condenar, pero viene en gracia y amor para tranquilizar al hombre, para sacarlo de su estado de angustia y ansiedad, para tomarlo de la mano y llevarlo a la presencia misma de Dios, una presencia de la que fuimos desterrados. Dios, por lo tanto, hace una oferta que responde a la gran necesidad del hombre.

3.2.3. Una justicia para todos

Es grato notar que esta justicia es para todos, porque todos han pecado, y no hay ninguna distinción entre los judíos y los demás pueblos porque «todos somos como cosa inmunda; y como trapos asquerosos son todas nuestras justicias; y todos nosotros nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades, como el viento, nos han arrebatado» (Is. 64:6).

3.2.4. Aceptar lo que Dios ofrece

El hombre no ha sido capaz de complacer a Dios, de hacerse sí mismo una justicia; todo lo que puede hacer, es recurrir a aquel que es el único que puede dársela. En el momento en que el hombre es declarado pecador y culpable, Dios encuentra la manera de absolverlo. Declara justo al que cree en Jesús. Después de haber descubierto su desnudez e incapacidad, lo que el hombre debe hacer es simplemente aceptar lo que Dios le da.

3.3. Los medios para tener parte en ella –Romanos 3:24

3.3.1. La necesidad de alguien que quiera redimir

«Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Rom. 3:24).

La introducción del principio de redención (o expiación) en el acto por el cual Dios declara la justicia y absuelve a un culpable es significativa: la redención presupone que somos esclavos. Puesto que no podemos liberarnos; comprobada nuestra incapacidad a causa del pecado que nos habita y de la naturaleza malvada que sirve al pecado; puesto que Satanás nos tiene cautivos en su recinto, día y noche, pasando ante nosotros nuestras transgresiones, nuestras faltas, la muerte y su tiranía, necesitamos un «redentor» que pague el precio que corresponde a nuestra condición.

3.3.2. Una justicia gratuita

El que tiene esta capacidad es el Señor Jesucristo. Por lo tanto, es a través de la obra de Jesucristo que la justicia se nos otorga libremente; decimos libremente porque el hombre está completamente ausente en esta obra. No ha hecho nada para merecer esta justificación. La justificación se le da por pura gracia. El propósito y los planes de Dios son extremadamente maravillosos y van mucho más allá de la inteligencia humana. Dios no hace nada que esté en contradicción con Él. Él opera de acuerdo a su voluntad. Si la justicia se hubiera podido obtener a través de las obras de la ley, solo los judíos habrían podido tener acceso a esta justicia. Porque «sabemos que todo lo que dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley» (Rom. 3:19) y los que están bajo la ley son naturalmente los judíos. Por lo tanto, el resto de los hombres se habrían perdido irremediablemente ya que no poseen la ley. Por eso «porque Dios encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos» (Rom. 11:32).

3.3.3. Una justicia para todos

El alcance de esta misericordia se especifica aquí por el apóstol Pablo, la «justicia de Dios mediante la fe en Jesucristo, para todos los que creen» (Rom. 3:22).

Es hacia todos, propuesto a todos y esto muestra que Dios quiere que todos los hombres se salven. Ante este maravilloso pensamiento, solo podemos inclinarnos y decir con el apóstol Pablo: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?» (Rom. 11:33-34).

El Evangelio es verdaderamente la buena noticia de Dios que nos encuentra en nuestro estado desesperado y nos ofrece no una frágil e inútil justicia humana, sino una justicia divina que viene del corazón de Dios y que tiene grandes resultados. De ahora en adelante, cada ser humano puede tenerla porque es para todos y se da libremente.

3.3.4. Aceptar por la fe lo que Dios ofrece

Así que no lo despreciemos, sino al contrario, que nuestra fe se apodere de lo que Dios nos ofrece.

La peculiaridad de esta justicia es que se recibe por la fe y solo por la fe: es a disposición de todos los que creen.

3.4. Jesús, la víctima propiciatoria, la víctima excelente –Romanos 3:25-26

3.4.1. La víctima propiciatoria

Cristo Jesús, «a quien Dios puso como propiciatorio mediante la fe en su sangre, para manifestar su justicia (porque los pecados pasados habían sido pasados por alto durante la paciencia de Dios); para demostrar su justicia en el tiempo actual, para que él sea justo, justificando al que tiene fe en Jesús» (Rom. 3:25-26).

Con el fin de salvar al culpable por completo, Dios se proveyó de una víctima propiciatoria en la persona de Jesús que murió en la cruz. El propiciatorio es un lugar de encuentro entre el culpable y Dios, de forma que el hombre, que por su naturaleza pecaminosa había atraído la ira sobre sí mismo, pueda ahora tener acceso a la presencia de Dios que se le hace propicio.

Este gran favor se debe a la obra de Jesucristo que ha satisfecho plenamente la justicia divina a favor del hombre.

3.4.2. Cristo hecho pecado por nosotros

Al convertirse en nuestro sustituto, el Señor Jesús, que no conocía el pecado, fue hecho pecado, lo que nosotros éramos: pecado. El castigo que da la paz cayó sobre él. Comenzó a probar este horror en Getsemaní. Ante el sufrimiento que le esperaba, y del que ya se daba cuenta de toda la atrocidad, oró así: «Padre, si quieres, aleja esta copa de mí; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya… En su angustioso combate oraba con mayor fervor; y su sudor llegó a ser como grandes gotas de sangre que caían sobre la tierra» (Lucas 22:42-44).

No es necesario comentar este pasaje porque corremos el riesgo de alterar su contenido; y en cualquier caso la pluma nunca traducirá toda la agonía que el Señor experimentó en aquellos momentos de dolor, cuando la hora de las tinieblas se asomaba en el horizonte. Para entender mejor este pasaje, necesitamos entrar en lo que Cristo estaba pasando en ese momento y donde Lucas menciona que su sudor se convirtió en grandes gotas de sangre.

Jesús en toda su perfección y habiendo realizado plenamente todo lo que le esperaba, derramó su corazón ante su Padre, pidiéndole que esta copa se alejara de él si era posible. Aquel que era santo en todo su ser no podía desear ser hecho pecado. Pero, habiendo venido aquí para hacer la voluntad de su Padre, Jesús mantuvo su posición de dependencia, que era la perfección de su humanidad y su razón de vivir. Permanece obediente hasta la muerte sin importar el costo. Así: «Pero, no se haga mi voluntad, sino la tuya».

En la cruz donde fue crucificado, hizo suyas nuestras iniquidades: «Me han cercado males sin número: me han sobrecogido mis iniquidades, de manera que no puedo ver: se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza; por tanto, se me desfallece el corazón» (Sal. 40:12).

El Señor Jesús se identificó con nosotros. Nuestros pecados se convirtieron en sus pecados. Las aceptó como suyos y los llevó. Cuando dijo «mis iniquidades» fue hecho «pecado». A partir de entonces, en este acto de sustitución, cayó bajo la santidad de Dios. Dios no podía dejar de apartarse de él y abandonarlo a pesar de sus fuertes súplicas: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has desamparado? ¿por qué estás tan lejos de ayudarme, y de escuchar las palabras de mi gemido?» (Sal. 22:1).

Jesús estaba en este mismo momento bajo la ira de Dios. El inocente era, por el acto de sustitución, hecho culpable, y el profeta Isaías dijo: «Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento» (Is. 53:10).

Debajo de esta pesada carga e ira inquebrantable, Cristo dijo en el espíritu profético, «Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo la vara de su ira. Me ha conducido; pero me ha hecho andar en tinieblas, y no en luz.¡Sí, contra mí vuelve él la mano, y la torna a volver, todo el día! Ha hecho envejecer mi carne y mi piel; ha roto mis huesos. Ha edificadobaluartes contra mí, y me ha cercado de amarguras y de congojas. Me ha hecho habitar en tinieblas, como los muertos de largo tiempo. Me ha cercado en derredor, y no puedo salir; ha hecho pesada mi cadena. Más aún, cuando clamo y pido auxilio, él mismo excluye de su presencia mi oración. Cierra mi camino con piedra de cantería; hace torcidos mis senderos. Se ha hecho para conmigo como oso en acecho, y como león en sus escondrijos. Trastorna mis caminos, y me destroza; me ha hecho una desolación» (Lam. 3:1-11).

Jesús es el Cordero de Dios que tomó sobre sí el pecado de toda la humanidad y esta verdad se hace eficaz para el que cree. En estas tres oscuras horas de expiación, la comunión con su Padre fue interrumpida. Su alegría le fue arrebatada; todos le habían abandonado. No le quedaba nadie en quien apoyarse. La agonía estaba en su punto culminante, su fuerza lo había abandonado y el dolor físico había llegado a sus huesos. Además, experimentó la vergüenza y la ignominia, sobre todo porque estaba desnudo como un gusano: «Mas yo soy gusano, y no hombre, oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo» (Sal. 22:6).

3.4.3. El oprobio de los hombres, el despreciado por el pueblo

La tierra lo había juzgado indigno y el cielo estaba cerrado para él. Así que estaba suspendido, a merced de los líderes del pueblo, de los dignatarios, de las autoridades, en una palabra, de los grandes de este mundo: «Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado. Abren voraces sobre mí su boca, como león rampante y rugiente» (Sal. 22:12-13).

Jesús no solo fue sometido a la violencia por los que estaban en el poder, sino también por el resto del pueblo mezclado con los gentiles; por los soldados romanos y por los que estaban de paso por Jerusalén ese día: «Perros me han rodeado; una turba de malhechores me ha cercado; horadaron mis manos y mis pies» (Sal. 22:16).

Aquel que había caminado por Jerusalén y sus regiones está allí, golpeado, vilipendiado y despreciado. Sufre como sustituto, sufre como víctima expiatoria. Es la burla del pueblo y toda esta contradicción de los hombres contra él se nos presenta en un cuadro fundamentalmente oscuro.

Y «Ciertamente él ha llevado nuestros padecimientos, y con nuestros dolores él se cargó; mas nosotros le reputamos como herido, castigado de Dios y afligido. Pero fue traspasado por nuestras transgresiones, quebrantado fue por nuestras iniquidades, el castigo de nuestra paz cayó sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos. Nosotros todos, como ovejas, nos hemos extraviado; nos hemos apartado cada cual por su propio camino; y Jehová cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. Fue oprimido; pero él mismo se humilló, y no abre su boca: como cordero, es conducido al matadero; y como es muda la oveja delante de los que la esquilan, así él no abre su boca» (Is. 53:4-7).

Jesús fue la víctima perfecta que cumplió con los requisitos divinos. Aunque el cielo era de bronce, Dios vio a su Hijo clavado en una cruz como un malhechor común que merecía su castigo. Para hacer la voluntad de su Padre, el Señor Jesús cargó su cruz con dignidad y murió como sacrificio por el pecado. Estaba solo en este asunto; y cargó con nuestra iniquidad. Y fue Jehová mismo quien hizo caer sobre él la iniquidad de todos nosotros. ¡Qué horas aquellas en las que Jesús fue hecho pecado!

La contradicción de los hombres estaba en su punto culminante: «En pago de mi amor me son adversarios; mas yo me acojo a la oración. Y me devuelven mal por bien, y odio por mi amor» (Sal. 109:4-5). Una de las cosas más dolorosas de soportar es cuando el amor que se tiene por una persona es despreciado y escarnecido. Todo lo que deseamos es su propio bien y estamos dispuestos a hacer cualquier cosa por la felicidad de la otra persona, pero las cosas se vuelven insoportables cuando la otra persona no entiende, o peor aún, odia nuestro amor. Jesús sufrió más que nada porque nos amó con un amor total que no se puede explicar.

3.4.4. ¿Por qué sufrió tanto Jesús?

¿Por qué venir a sufrir así por los hombres, que a cambio no muestran nada más que odio y desprecio? ¿Por qué conocer la agonía hasta el punto de decir: «¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas se me han entrado hasta el alma! ¡Estoy hundido en cieno profundo, y no hallo donde asentar el pie! ¡he entrado en honduras de aguas, y la corriente me ha anegado! Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido: desfallecen mis ojos esperando a mi Dios. Más que los cabellos de mi cabeza son los que sin causa me aborrecen; fuertes son los que quieren destruirme, siendo mis enemigos sin por qué: ¡ahora tengo que devolver lo que no tomé!» (Sal. 69:1-4).

Solo podemos encontrar una respuesta: Creemos que Jesús quería, en primer lugar, mantener la gloria de Dios que no podía soportar el pecado, sin importar el precio, y en segundo lugar porque, desde toda eternidad, rebosaba de amor por su Padre. En la cruz dio la prueba de ello a toda costa, aunque tuviera que ser abandonado por Dios. La cruz dio a los ángeles, a los hombres y a los demonios la oportunidad de ver el amor del Hijo por el Padre (Juan 14:31). La cruz también permitió descubrir la perversidad del hombre, su naturaleza decaída e incurable. Pudimos conocer el terrible odio de Satanás a Dios y a los hombres, comprender la gloria de Dios, su alcance y finalmente ver el amor de Cristo por su Padre y por los hombres. Y el amor es tan fuerte como la muerte, por lo que «muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos lo pueden apagar» (Cant. 8:7). Murió en lugar del pecador, y a nuestro favor. Todos nuestros pecados fueron puestos en su cuenta, y así hizo a Dios accesible a todos. Él es la víctima propiciatoria que Dios quiso para todos, pero la obra de expiación en sí misma se hace real para el que cree así, «el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mat. 20:28).

3.4.5. ¿Por quién sufrió tanto Jesús?

Los «muchos» son naturalmente los que aceptan esta bendita obra. Que mi lector sepa que de ahora en adelante hay un mediador entre Dios y nosotros. Job no lo sabía cuando se justificaba ante Bildad, diciendo: «No hay entre nosotros árbitro, que ponga la mano entre ambos» (Job 9:33). Pero ahora sabemos que «hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús; el que se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Tim. 2:5-6). Reconocemos que Jesús es el perfecto Mediador capaz de poner su mano sobre nosotros y sobre Dios, de modo que estamos como tocados por Dios cuando Jesús nos toca. Dios puede ahora salvarnos por su gracia, recibirnos con amor y el amor de Dios no es inactivo sino activo. Por eso el apóstol Juan dice: «En esto fue manifestado el amor de Dios en nosotros, en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. 10 En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:9-10).

Dios está trabajando, y el hombre no puede hacer nada. Es él quien da a Jesús como víctima propiciatoria.

La razón es que «Ningunode ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su propio rescate; (porque la redención de su alma es costosa, y no se logrará jamás)» (Sal. 49:7-8).

Pero entonces, ¿quién era este hombre que podía dar a Dios el rescate que alcanzaba a la redención del alma? La Palabra nos muestra que Dios es Espíritu y santo por naturaleza. Castiga el mal porque su justicia y santidad lo requieren. El hombre debe entender que es manifestado culpable y arruinado y que debe encontrar a Dios en el esplendor de su santidad y en la realidad de su juicio. No podemos presentarnos ante Dios pensando que somos puros, porque al menos una vez en la vida hemos pecado y por lo tanto ya estamos descalificados para pretender ser justos. Por lo tanto, es inútil que hagamos tantas buenas obras como sea posible para complacer a Dios y esperar ser salvados, ya que un solo pecado provoca la ira y por lo tanto la condenación. Es inútil decir como el hombre de la calle: “No he matado ni robado ni cometido adulterio, ¿por qué Dios me va a castigar?” O ser como aquellos que quieren mejorar el mundo con todo su esfuerzo, estableciendo leyes para cumplirlas, respetando todos los tabúes, cumpliendo cuidadosamente los deberes religiosos. Es inútil querer impresionar a Dios: eres fundamentalmente malo, pecas todo el día, ya sea en pensamiento, en palabra o en acción.

Es cierto que uno puede arreglárselas para no cometer ningún acto grosero que pueda llamar la atención, pero la ira, los insultos, la concupiscencia, los motivos malsanos, los malos deseos, los malos pensamientos son pecados a los ojos de Dios. Podemos ser apreciados por los hombres y recibir su aprobación porque aparentemente no molestamos a nadie, pero Dios conoce el estado de nuestro corazón, y ante tal situación no podemos dejar de temblar y preguntarnos: “¿Quién podrá salvarme?”

Cada cual tiene que dar cuenta a Dios. El deseo del alma que quiere la paz con Dios no puede ser satisfecho por ninguna religión, filosofía o secta. ¿Preguntémonos seriamente quién puede salvarnos y hacer que nuestra alma no dude más, dejando su posición de turbación, de alteración, por la seguridad y el descanso? Que mi lector se dé cuenta de que el alma sufre, deseando estar en paz con su Creador. Podemos vivir como queramos, pero la realidad está ahí; el alma no está en paz, está perturbada por el pensamiento de encontrarse con Dios un día en el juicio. No desea encontrarse ante Dios en la duda, el miedo o la esperanza, sino en la seguridad. Es por todas estas razones que Jesús fue enviado por Dios porque era el único capaz de satisfacer a Sus demandas.

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3.4.6. Jesús, la víctima excelente

Solo él podía entender y compartir estas demandas y esta inmensa voluntad que Dios tenía de salvar al hombre culpable. En pleno acuerdo con su Padre, se presentó para cumplir esta voluntad, diciendo: «Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero un cuerpo me preparaste; no te agradaron los holocaustos, ni las ofrendas por el pecado; entonces dije: He aquí yo vengo, en el rollo del libro está escrito de mí, para hacer tu voluntad, oh Dios… Por esta voluntad hemos sido santificados, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez por todas» (Hebr. 10:5-7, 10).

Él era sin mancha y sin contaminación, el cordero conocido desde antes de la fundación del mundo. Su nacimiento fue milagroso: «Estando desposada su madre María con José, antes que se unieran, se halló que estaba encinta del Espíritu Santo» (Mat. 1:18).

Este nacimiento no fue del tipo natural que conocemos, porque si lo hubiera sido, nuestro adorable Señor habría tenido en Él el principio del pecado, una consecuencia de la desobediencia de Adán.

Si hubiera tenido que rendir cuentas a Dios como nosotros, habría sido descalificado para pagar nuestro rescate. Pero gloria a Dios; el profeta Isaías predijo mucho antes de su nacimiento que «la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Is. 7:14). Por lo tanto, Jesús es la única persona que, cuando entró en el mundo por nacimiento físico no tenía, desde su nacimiento, el principio mismo del pecado en él. Por lo tanto, es el perfecto mediador capaz de lograr la redención. Acerquémonos a él como víctima propiciatoria, aprobada por Dios. Él es nuestra justicia habiendo cumplido la justicia de Dios.

3.5. Los resultados de la justificación por la fe

«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1).

3.5.1. La justificación

El apóstol había dicho anteriormente que la ira de Dios se revelaba desde el cielo contra toda impiedad e iniquidad de los hombres. Dios estaba enojado con el hombre, y era imposible para el hombre escapar de la ira, tanto su culpabilidad era significativa sin la ley como bajo la ley. Dios, en su gran bondad, envió al tiempo marcado, es decir, al tiempo en que la condición del hombre demostró ser irremediable e incurable, al Hijo de sus delicias para morir por nosotros. Este acto de valor eterno tenía por objeto dar a Dios los medios para justificarnos; de modo que aún hoy Dios justifica a los impíos siendo él mismo justo.

3.5.2. La paz

La paz que se anuncia aquí como resultado práctico de la justificación por la fe es la que se da a quien ha conocido esta verdad. Esta paz no es la paz de Dios, sino la paz con Dios; Dios ya no me considera como un objeto para ser condenado y castigado en el fuego que nunca se apaga. Mi alma, por lo tanto, encuentra un profundo descanso porque ya no está preocupada, angustiada y confundida, sino que encuentra aceptación. Es dulce notar aquí, una vez más, que todo es de Dios. El hombre nada puede hacer en esto. Por eso esta paz es firme e inquebrantable. Y es precisamente esta paz, resultado de una obra divina, la que mi alma necesita para calmarla y darle seguridad.

3.5.3. El favor de Dios

Algunas personas quieren acercarse a Dios para aplacar su ira, y a fuerza de reflexión, caen en una vaga esperanza, o en la duda, o en el racionalismo, haciendo cálculos con muchos razonamientos.

Otros, a fuerza de sufrir el martirio que conoce el alma perturbada, levantan el puño contra Dios o simplemente se adhieren a una filosofía que niega a Dios. ¡Qué desperdicio! Sin embargo, basta con aceptar el testimonio de Dios de nuestra vida perdida y malvada, reconocer nuestra incapacidad de ser justos ante Dios, aceptar el remedio que Dios aporta a nuestra condición. Basta con comprender, por la fe, que nos reviste como con un manto de la perfecta justicia de su Hijo, para que entremos libremente, sin la más mínima conciencia de ser rechazados, en el favor de la misma presencia de Dios. Lector, ahora el camino está despejado, tienes acceso a un favor inmerecido. Dios ya no está oculto, sino que se revela como Dios Salvador.

Por lo tanto, somos vistos en Cristo con otro ojo, no con el ojo del Juez, sino con el ojo del Padre que ama y manifiesta su amor.

¡Qué hermoso resultado es el de la justificación por la fe! Nosotros, que manifestamos maldad, desobediencia, desprecio y hostilidad, somos llevados a una nueva posición ante Dios: es la restauración en su favor.

¡Qué refrescante es ver de cerca lo que hay en el corazón de Dios! Quiere tenernos cerca de él en la gloria donde ahora está el Hijo de su amor.

Dios es amor y su amor activo va a buscarnos en una posición en la que la palabra miserable nos conviene. Nos reviste con la justicia de su Hijo Jesucristo.

En efecto, ya se ha demostrado que el hombre no tiene justicia en sí mismo; por lo tanto, Dios le imputa esta justicia para que sea apto para su presencia, y así Dios lo ve sin falta, sus pecados habiendo sido borrados. En cuanto a su alcance, la justificación y sus resultados se ofrecen a todos, pues, «como por medio de una sola transgresión vino la condenación a todos los hombres, así también por medio de un solo acto de justicia vino justificación de vida a todos los hombres» (Rom. 5:18).

4. El nuevo nacimiento

4.1. Juan capítulo 3

4.1.1. El anuncio del reino –el mensaje rechazado

El prometido Mesías de Israel era en sí mismo la Salvación de Dios, la «luz para revelación a los gentiles» (Lucas 2:32).

Su misión era la liberación de Israel y la introducción del reinado milenario. Todas estas verdades habían sido predichas en los Salmos y por los profetas; todo buen israelita anhelaba ver el momento en que su Mesías sería manifestado. Pero el tiempo había pasado y muchos habían despreciado o incluso olvidado esa promesa. Sin embargo, unos pocos, a pesar de la indiferencia general, tenían grandes esperanzas. Entre ellos estaban Zacarías, Isabel, Ana y Simeón, todos ellos esperando el consuelo de Israel. Juan el Bautista había sido el precursor de este Mesías. Su nacimiento fue predicho y nació de una mujer que, en su condición original, era estéril y de edad avanzada. Se dice de este Juan el Bautista «porque será grande delante del Señor; y no beberá vino ni licor fermentado; y estará lleno del Espíritu Santo, aun desde el seno de su madre; y a muchos de los hijos de Israel les hará volver al Señor su Dios… ¡Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo! Porque irás delante del Señor para preparar sus caminos; para que su pueblo conozca la salvación en la remisión de sus pecados; por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con la que nos visitará un amanecer desde lo alto, para resplandecer sobre los que están sentados en tinieblas y en sombra de muerte; para dirigir nuestros pies en un camino de paz» (Lucas 1:15-16; 76-79).

Todo lo que se había dicho sobre él se hizo realidad en su vida práctica y pública. Su mensaje era fuerte y directo, sin tratar a nadie con indulgencia sino declarando la verdad. Este hombre era como una lámpara que brillaba y alrededor de la cual a Israel le gustaba reunirse, ya que Dios hacía tiempo que había dejado de hablar a su pueblo. Desde entonces, ver a un profeta levantarse en este tiempo de ruina traía alegría. Su mensaje se basaba en el Evangelio del reino. Debido a esto, los judíos debían arrepentirse y ser bautizados para esperar el reino que venía. Jesús, durante su ministerio público, demostró que el reino de Dios estaba cerca y listo para ser establecido; bastaba con que Israel discerniera en él al Mesías prometido, se arrepintiera y aceptara su testimonio; pero como sus obras eran malas, prefirieron las tinieblas a la luz. El mensaje del Señor Jesús fue rechazado, su palabra despreciada, y su vida se convirtió en una ocasión de caída para muchos.

4.1.2. Un nuevo mensaje: el nuevo nacimiento

En esta atmósfera de confusión e incredulidad general, el reino de Dios no podía ser establecido, ya que el rey fue rechazado. Como Dios había encerrado a todos los hombres judíos y gentiles en desobediencia, se anunció un nuevo mensaje: el mensaje del nuevo nacimiento que está dirigido a todos. De ahora en adelante, para el judío, ya no se entraba en el reino de Dios por derecho de nacimiento, sino por un nuevo nacimiento. Este nuevo orden de cosas iba más allá de las expectativas judías.

4.1.2.1. Nicodemo tenía una necesidad

Esto es lo que Jesús explicó a Nicodemo, en quien el Espíritu Santo produjo para su salvación una sed de conocimiento y la sensación de que no era nada a pesar de su posición como doctor de la Ley. Este hombre contrastaba con el resto del pueblo que creía en Jesús solo por sus milagros. Esta creencia causada por la curiosidad, por el interés material, no tenía ningún valor, y no los liberaba de su ceguera. Por eso Jesús no confiaba en ellos, pues sabía lo que había en el hombre, «Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, principal de los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que eres un maestro venido de Dios, porque nadie puede hacer los milagros que tú haces, a menos que Dios esté con él» (Juan 3:1-2).

Nicodemo tenía el sentimiento de su miseria, no solo creía en el nombre de Jesús, sino que quería saber un poco más. A pesar de que era doctor de Israel, todavía quería saber. Las necesidades de su alma eran fuertes, y como sabía que el mundo estaría en su contra, vino de noche. ¡Qué hermoso es cuando el Espíritu Santo obra en un hombre! Aunque las dificultades para llegar a Jesús parezcan ser un obstáculo insuperable por la posición social o religiosa, a causa de lo “que se dirá”, o incluso por el miedo a la persecución, el Espíritu sabrá abrir el camino porque quiere completar la obra que ha comenzado. Nicodemo se acerca a Jesús con palabras amables: «Rabí, sabemos que eres un maestro venido de Dios». Jesús sabía de la gran necesidad de Nicodemo y también sabía que el terreno en el que Nicodemo se acercaba a él era falso; así que, haciendo caso omiso de toda esta adulación, fue directo al grano presentando el nuevo orden de cosas con estas palabras: «En verdad, en verdad te digo: A menos que el hombre nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

4.1.2.2. La necesidad de ver

Nicodemo se había acercado a Jesús como un buen judío, por lo tanto, hijo por nacimiento del reino, y en este terreno quería ser enseñado; pero Jesús no estaba allí para enseñar a la carne y satisfacer su curiosidad. El reino de Dios estaba en medio de ellos, en su persona. Se necesitaba un nuevo nacimiento para verlo. Dios establecía algo nuevo que el hombre natural no era capaz de ver. Pero el reino de Dios estaba allí, y Jesús, respondiendo a los fariseos que le habían preguntado cuándo vendría el reino de Dios, dijo: «El reino de Dios no advierte su llegada. Ni dirán: Aquí está; o allí; porque el reino de Dios está entre vosotros» (Lucas 17:20-21).

Es triste que los judíos no lo hayan discernido. Estaban sentados en las tinieblas y solo veían en él al hijo del carpintero, el hombre que no había estudiado y que venía de Nazaret, la ciudad despreciada. Tenían dificultad para discernir que este Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, Emmanuel, Dios con nosotros.

4.1.2.3. El nuevo nacimiento: ¿de qué se trata?

Se necesitaba un nuevo nacimiento para discernir en Jesús al que introducía el reino de Dios. Pero Nicodemo se sorprendió por este lenguaje, que nada tenía que ver con sus conocimientos. Pregunta: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Podrá acaso entrar por segunda vez en el seno de su madre, y nacer? Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo, a menos que el hombre nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:4-6).

Estamos aquí ante una declaración formal del Señor Jesús; Él pone ante nosotros el contraste entre el nacimiento físico: lo que nace de la carne, y el nacimiento espiritual: lo que nace del Espíritu. «La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» (1 Cor. 15:50). Debe haber un nuevo nacimiento caracterizado por estos dos elementos: el agua, símbolo de la Palabra, y el Espíritu Santo. En otras palabras, para nacer de nuevo, condición necesaria para entrar en el reino de Dios, debemos escuchar la Palabra que presenta claramente nuestro estado miserable y nuestra ruina irremediable. Necesitamos escuchar a Dios en cuanto a la manera en que nos ve, saber cómo Dios aprecia nuestro estado y nuestras obras como hombres responsables. Nuestros oídos necesitan oír lo que Dios ha hecho para redimirnos, cómo ha considerado oportuno poner ante nosotros un propiciatorio para que podamos compartir su justicia. Esta Palabra, habiendo sido escuchada, el Espíritu Santo viene y la aplica a nuestros corazones para hacernos entender bien y hacernos aceptarla. Este proceso nos lleva a la vida nueva, al nacimiento por el Espíritu, el nuevo nacimiento.

El Espíritu Santo es por lo tanto la fuente del nuevo nacimiento. Estamos realmente en un nuevo orden de cosas y todo esto era extraño para Nicodemo, de ahí su pregunta: «¿Cómo puede ser esto?» (v. 9). Jesús se sorprende de que Nicodemo no pueda comprender este nuevo orden de cosas, porque todas estas verdades no eran tan extrañas. Dios habla, pero no prestamos atención y Nicodemo pensaba que se enfrentaba a un nuevo mensaje. Pero no era así, pues en Ezequiel 36 el profeta había profetizado que la entrada en el reino milenario solo vendría a través de la renovación interior, de ahí esta afirmación: «Y esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos, y guardéis mis derechos, y los pongáis por obra» (Ez. 36:25-27).

Nicodemo, que conocía bien la ley, debería haber entendido estas cosas: «¿Tú eres un maestro de Israel y no entiendes esto?» (Juan 3:10). Es triste comprobar que estos maestros eran ciegos, así que ¡qué decir del pueblo! Nuestro Señor Jesús realmente sufrió durante su tiempo en la tierra, porque cada día veía a los ciegos guiando a otros ciegos.

Nicodemo estaba preocupado por esta verdad, él que había estudiado y ciertamente enseñado a muchos. Enseñaba cosas que no conocía realmente, pero Jesús dijo: «Hablamos de lo que sabemos, y testificamos de lo que hemos visto, y no recibís nuestro testimonio» (Juan 3:11) El Señor Jesús lo sabía –no en parte, como nosotros, sino en profundidad. Hablaba con convicción de lo que había visto y oído. Solo él era competente para dar testimonio de lo que había visto y oído y, contradictoriamente, sus contemporáneos no recibían su testimonio.

4.1.2.4. La revelación de las cosas celestiales

Ante esta incredulidad, esta indiferencia y rechazo, dijo: «Si os he dicho cosas de la tierra y no creéis, ¿cómo creeréis si os digo cosas del cielo?» (v. 12).

Estas «cosas de la tierra» eran las que concernían a Israel y en gran parte al reino milenario del Mesías en la tierra. Pero no podían entender que la primera de estas cosas para entrar en este reino donde Cristo sería Rey era nacer de nuevo. ¿Cómo podrían entender algo de una esperanza celestial?

Queremos detenernos aquí para alabar a Dios que nos envió a su Hijo, el Hombre que vino del cielo para revelar sus pensamientos de gracia. De hecho, desde que Cristo vino, el cielo está como abierto para que entendamos y creamos en las «cosas del cielo». Este conocimiento de las cosas de arriba ha aumentado desde Pentecostés, después de la ascensión de Jesús al cielo. El Espíritu Santo vino a la tierra para hacernos saber que estamos unidos a Cristo en el cielo, disfrutando así de una parte celestial con él. Los profetas y apóstoles, especialmente Pablo, fueron los canales benditos para poner por escrito los pensamientos de Dios sobre las «cosas del cielo» que nos corresponden ahora.

Los misterios han sido dados a conocer y es bueno que el hombre escuche al Señor Jesús porque «Nadie ha subido al cielo, sino aquel que descendió del cielo; es decir, el Hijo del hombre que está en el cielo» (v. 13).

4.1.3. Los resultados de la acción de la Palabra y del Espíritu

Nuestra ruina tiene su origen en la naturaleza que poseemos por nacimiento físico y hemos demostrado más arriba que el hombre es incapaz de ser aceptable ante Dios, por lo que todos sus esfuerzos no son más que obras muertas. La solución que Dios anuncia para que el hombre pueda estar ante él, es la creación de una nueva naturaleza que participe de la naturaleza divina (1 Pe. 1:4).

Ahora entendemos por qué Nicodemo, aunque era un doctor de la ley, no entendía el lenguaje de Jesús. Jesús no mejora ni enseña a la carne. Lo deja de lado y da una nueva naturaleza. Por lo tanto, Dios da la vida como resultado de la acción de la Palabra proclamada y recibida por la poderosa operación del Espíritu Santo que juzga todo en el hombre. Le presenta su miseria, le hace ver su condición de pecador perdido. En lugar de los pensamientos perversos del hombre, introduce los pensamientos de Dios para que el hombre vea como Dios ve. Es el nuevo nacimiento que permite entrar en una nueva esfera que la carne no ve ni entiende. Esto es lo que Jesús le enseñaba a Nicodemo, mostrándole que Dios ya no tenía más que hacer con la vieja naturaleza. En adelante, la Palabra, simbolizada aquí por el agua, viene al hombre con su acción purificadora, suplantando los pensamientos perversos de la carne por los de Dios: el nacimiento por el agua hace así su aparición y el Espíritu aplica toda esta Palabra al corazón, convenciendo al hombre de aceptar el testimonio de Dios. Cuando se acepta este testimonio, el Espíritu Santo comunica la vida: es el nacimiento del Espíritu y lo que nace del Espíritu es espíritu.

El nuevo nacimiento, por lo tanto, es el hecho de nacer de arriba, de nacer de Dios, es el hecho de poseer la vida y una nueva naturaleza para estar ante Dios, para entender su lenguaje, para ser introducido en el reino del Hijo de su amor porque es sobre esta base que actúa con poder y fuerza y da toda clase de bendiciones.

El apóstol Juan dice en su epístola que «Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios» (1 Juan 5:1).

Sepamos, entonces, que lo que nos une a Dios sobre la base de la nueva posición del hombre bajo la grata mirada de Dios es la vida y una nueva naturaleza. Esta naturaleza es creada según Dios en perfecta justicia y santidad, que no peca, como lo aclara el apóstol Juan al decir: «Todo el que ha nacido de Dios no practica el pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto son manifiestos los hijos de Dios y los hijos del diablo: El que no practica la justicia, ni ama a su hermano, no es de Dios» (1 Juan 3:9-10).

El que ha nacido de Dios tiene dos naturalezas fundamentalmente opuestas en cuanto a su origen y sus caracteres. La vieja es recibida por el nacimiento. Recibimos la nueva a través del nuevo nacimiento, a través del arrepentimiento y de la fe en Aquel que se sacrificó para salvarnos. Creyendo que sin ella el hombre no puede estar en relación con Dios, deseamos sinceramente que quien lea estas páginas se arrepienta.

4.2. El arrepentimiento y la confesión de los pecados

El hombre natural quiere seguir su camino, desafortunadamente caminando sin freno ni ley. Y aunque a veces crea que hay un Dios en el cielo, quiere relacionarse con él y complacerlo, a su manera y según sus propios puntos de vista.

¡Que ese hombre se detenga a escuchar el Evangelio de Dios! Este Evangelio le dice que es un pecador, culpable, perdido, y que su destino es la condena eterna. Este Evangelio le dice que el camino que está siguiendo, aunque justo a sus ojos y cumpliendo sus aspiraciones, sin duda le llevará a la perdición. ¿Qué debe hacer este hombre en tal situación? Debe aceptar el testimonio de Dios. Este proceso doloroso y difícil de cambiar de pensamiento, de corazón y de espíritu se llama arrepentimiento. Requiere una nueva actitud, una nueva forma de ver y apreciar. Es cuestión de que el alma culpable se dé cuenta en lo más profundo de sí misma de su condena. En otras palabras, significa tomar el juicio de Dios y aplicarlo a uno mismo, a su condición de hombre perdido, a su estado irremediable de pecado.

De ahora en adelante, es ver mi obra, mi propia justicia, mis pretensiones, con la mirada de Dios. Es darme cuenta de que todo lo que he hecho hasta ahora para obtener la salvación es nulo ante Dios. Es finalmente decir, como lo hizo Job: «Me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:6).

Para que el hombre llegue a reconocer sus faltas, a reconocer que todo lo que ha construido para obtener la salvación es abominable ante Dios, se necesita una obra del Espíritu Santo. Porque solo él puede trabajar para convencer al hombre de que acepte el testimonio que Dios da de su vida. Es difícil de decir, pero debemos admitir que el hombre puede voluntariamente negarse a ser convencido por el Espíritu Santo. Oh hombre, «la bondad de Dios te conduce al arrepentimiento» (Rom. 2:4).

4.3. La fe en el Salvador y la confesión de Jesús como Señor

El hombre en el que el Espíritu Santo ha operado poderosamente para convencerlo de su condición perdida según la apreciación de Dios, no puede sino temblar y ser empujado hacia un Objeto externo a él, Objeto que Dios presenta a su alma. Dios no permanece inactivo ante la necesidad creada en un alma por el Espíritu Santo. Al contrario, presenta para saciar la sed de esta alma a: Jesucristo su Hijo amado, que es el objeto de sus delicias.

El apóstol Pablo dice: «Si confiesas con tu boca a Jesús como Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación. Porque la Escritura dice: «Todo el que cree en él, no será avergonzado». Porque no hay diferencia entre judío y griego, ya que el mismo es Señor de todos, rico para con todos los que le invocan; porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.» (Rom. 10:9-13).

Esta declaración formal se dirige a todos porque todos han pecado y por lo tanto están en la misma situación: culpables ante Dios. Ahora se le pide a este culpable que se da cuenta de que merece el justo juicio de Dios, que se dirija al Salvador, que crea en él y que lo confiese con su boca como Señor. Este título de «Señor» muestra su grandeza y su autoridad. También se añade: si «crees en tu corazón». Esta verdad es la piedra de toque, ya que la fe del corazón es diferente a todas las otras formas de creencia. A través de él, todos nuestros afectos se comprometen y se unen a este objeto fuera de nosotros. De mi corazón se ha apoderado esta Persona que se ha sacrificado para permitirme ser liberado del juicio, y ningún obstáculo, persecución o vergüenza puede impedirme ir a Él.

Se trata en realidad de creer en su corazón que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Hablar de resurrección implica que Jesús murió por mis pecados y la resurrección es la prueba irrefutable de que Dios ha aceptado su sacrificio y que ahora puede darnos la justicia que hemos buscado en vano. Es por eso que «con el corazón se cree para justicia» (Rom. 10:10).

Teniendo pues esta plena seguridad y esta profunda convicción, y mi corazón estando lleno de la persona viva de Aquel que me salvó, no puedo sino confesar públicamente a Jesucristo. A través de este acto doy una expresión viva de mi fe y de la profunda realidad que hay en mí.

Que cada alma del hombre que tiembla ante la idea de la eternidad sepa que «el que cree en él, no será avergonzado».

4.4. Perdonados y reconciliados con Dios

4.4.1. Las riquezas de la obra de Cristo en la cruz –la expiación por la sangre

Jamás se podrá hablar lo suficiente de la inmensidad y de la riqueza de la obra de Cristo en la cruz. La base de nuestra reconciliación y perdón se pusieron allí, de una vez por todas, en el sufrimiento y en el dolor.

¡Qué contraste con todos los sacrificios de la dispensación de la ley! Jesús, conociendo perfectamente a Dios su Padre, y sabiendo todo lo que era necesario para que se cumplieran los eternos consejos de la gracia, vino al mundo según los requisitos de estos consejos, para ofrecerse a sí mismo como sacrificio. Hizo la expiación completa ante Dios, habiendo entrado en el verdadero santuario en la presencia de Dios en virtud del valor de su propia sangre. Dios está plenamente satisfecho con esta obra y no necesita repetición. En el santuario celestial, todo es santificado por la preciosa sangre de Jesús. Entramos en la presencia de Dios allí con confianza por la sangre de Jesús. Y, aún más hermoso, debido a esa sangre, el propósito de Dios puede finalmente ser realizado porque en Jesús «Porque agradó al Padre que toda la plenitud habitara en él; y mediante él reconciliar todas las cosas consigo, sean cosas de la tierra, ya sean las de los cielos, haciendo la paz por medio de la sangre de su cruz. Y a vosotros, que en otro tiempo erais extranjeros y enemigos por vuestros pensamientos y malas obras, ahora os ha reconciliado en el cuerpo de su carne mediante la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprochables delante de él» (Col 1:19-22).

Una vez puestos los cimientos, Dios puede desplegar hacia nosotros toda la riqueza de su infinita y variada gracia. El pecador perdido puede acercarse y recibir justicia, perdón y reconciliación.

4.4.2. Un perdón total

Cristo, con su muerte, nos abre un camino a través de su sangre para ir a Dios. Nuestras obras y esfuerzos no contribuyen en nada aquí, todo es gracia y bendición. La obra de Cristo va mucho más allá de la tierra, va hasta el cielo para abolir el pecado ante Dios por su sacrificio. Es una obra perfectamente excelente, aprobada por Dios, capaz de purificar al pecador, reconciliarlo con Dios y concederle el pleno perdón para que pueda decir: «Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados. Bienaventurado el hombre á quien no imputa Jehová la iniquidad, y en cuyo espíritu no hay superchería» (Sal. 32:1-2).

No hay más incertidumbre o ansiedad porque el fundamento ha sido puesto y es sólido. El alma es feliz porque el pleno perdón le ha sido concedido por la obra expiatoria de Cristo. De ahora en adelante, se puede proclamar alto y claro que todo hombre puede obtener el perdón de sus pecados porque el sacrificio expiatorio ha sido plenamente aceptado porque ha sido ofrecido por el Cordero sin defecto y sin mancha. Destaquemos que es el hombre quien ha ofendido a Dios por sus muchas faltas y normalmente es el hombre quien tenía que morir porque la paga del pecado es la muerte. Entendemos por qué Jesús era verdaderamente hombre y verdaderamente Dios.

• Necesitábamos un mediador humano. Por eso leemos: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús; el que se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Tim. 2:5-6).

• Este mediador tenía que ser Dios para dar plena satisfacción a la justicia divina. Jesús era el único que podía cumplir con este criterio, era tanto hombre como Dios. Es el Verbo hecho carne, es Dios manifestado en carne.

4.4.3. Una obra terminada

La obra es perfecta y estamos invitados a creer en ella, en su valor y en su alcance. Por fin, el alma preocupada puede tener un descanso completo. Está en paz con Dios que «es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1:9).

Dios está plenamente satisfecho, su justicia está satisfecha. Satanás ya no puede acusarnos y señalar uno de nuestros pecados. Nos mira y está irritado, sin tener nada que decir. La ley que pretendía mostrar nuestra incapacidad es glorificada. El alma reconoce su culpa y se arroja confiadamente en las manos del Dios salvador. Confía plenamente en que es aceptada por Dios porque «nos colmó de favores en el Amado; en quien tenemos la redención por medio de su sangre, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia» (Efe. 1:6-7).

La verdad sobre este punto es muy importante y no queremos dejaros en la ambigüedad y la vaguedad, pero queremos que sepáis que la Escritura declara positivamente que la expiación es una obra acabada y que ahora constituye el carácter del estado cristiano. Por lo tanto, convengamos con el apóstol Pablo en dar «gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; quien nos liberó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor; en quien tenemos la redención, el perdón de nuestros pecados» (Col. 1:12-14).

Hoy en día, las personas se han alejado verdaderamente de esta bendita verdad, y muchos sufren porque no tienen la seguridad que la cuestión de sus pecados ha sido resuelta ante Dios a través de la obra expiatoria de Cristo. Sin embargo, desde los primeros días del cristianismo, los apóstoles proclamaban esta buena noticia.

En su primera predicación ante un gentil después de Pentecostés, el apóstol Pedro especifica ante Cornelio que Jesús «nos mandó predicar y testificar al pueblo que este es a quien Dios ha constituido Juez de vivos y muertos. De este testifican todos los profetas, que todo aquel que en él cree, recibe perdón de pecados en su nombre» (Hec. 10:42-43).

El apóstol Pablo continuó diciendo a su auditorio que a través de Jesús «se os predica perdón de pecados; y de todo lo que no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés, por él es justificado todo aquel que cree» (Hec. 13:38-39).

Los apóstoles clara y audazmente anunciaban la remisión de los pecados. Ellos mismos se beneficiaban de los resultados de esta obra. Aunque no todos somos evangelistas, estamos llamados a hacer la obra de un evangelista proclamando, de palabra o por escrito, el arrepentimiento y el perdón de los pecados a los que nos rodean. Es una tarea noble y de gran valor ante Dios, ya que abre el camino al ciego, da paz al hombre inquieto y tranquiliza al que duda. ¡Que lo hagamos con audacia y convicción, habiendo experimentado esta verdad nosotros mismos!

¡Qué grato es ser perdonado y reconciliado con Dios! De este modo, podremos cumplir el deseo de Dios tal como lo expresó Jesús: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca a los tales para que le adoren a él» (Juan 4:23).

4.4.4. La reconciliación

¿Cómo adora mi lector? ¿Está inquieto en presencia de Dios por el pecado que le pesa? Si es así, no es el verdadero adorador que el Padre busca. A nivel humano, sería difícil para nosotros estar en presencia de nuestro prójimo cuando nos sentimos incómodos con él por una u otra razón. Estando en su presencia, nos reprochamos algo, y nuestra conciencia nos reprende. No tenemos paz y el alma está por consiguiente irritada y preocupada. Aunque durante mucho tiempo juguemos a ser hipócritas ahogando la voz de la conciencia, tarde o temprano nos derrumbaremos, no pudiendo soportar más una situación así. Ponemos ante usted esta débil imagen para mostrar que un alma que no se encuentra a gusto en la presencia de Dios y que no es consciente de que sus pecados están perdonados y de que ella misma está reconciliada con Dios, aprobada por él, no puede de ninguna manera pretender estar entre los verdaderos adoradores que el Padre busca. Debo tener la convicción de que mis pecados están perdonados y que yo mismo estoy reconciliado con Dios, para poder adorar.

La base de nuestra paz habiendo sido asegurada por la obra expiatoria de Jesús, nuestra comunión con Dios es total. «Teniendo, pues, hermanos, plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo que él ha abierto para nosotros a través de la cortina, es decir, su propia carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, con corazones purificados de una mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura» (Hebr. 10:19-22).

4.5. Santificados y liberados del pecado –Posición y práctica

Hemos visto arriba que una de las consecuencias inmediatas del nuevo nacimiento es que el cristiano tiene una nueva naturaleza. La primera naturaleza es tan corrupta que no puede ser mejorada. Esta fue condenada a la cruz: «Nuestro viejo hombre ha sido crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Rom. 6:6). Es una lástima que algunos intenten sacarla de su posición de crucificada, para hacerla vivir mejorándola. Todo este intento es inútil y no sirve para nada, porque la vieja naturaleza no puede producir frutos dignos de arrepentimiento, frutos de santidad, y no puede ser enseñada porque «el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Cor. 2:14).

Por lo tanto, no podemos hablar de una santificación que tiene su origen en una naturaleza caída y rechazada, pero que está en nosotros durante nuestra breve estancia en la tierra. Por el contrario, «lo que desea la carne es contrario al Espíritu, y lo que desea el Espíritu es contrario a la carne; pues estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que deseáis» (Gál. 5:17).

El cristiano que comienza sus primeros pasos en la fe se sorprende a veces al ver que su estado carnal no ha cambiado en absoluto. Es el mismo que el del gentil, y hace la experiencia del hombre del que habla el apóstol Pablo, quien, para complacer a Dios, se puso bajo la ley: «Hallo, pues, esta ley, que queriendo yo hacer el bien, el mal está presente en mí. Porque me deleito en la ley de Dios, según el hombre interior; pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rom. 7:21-23).

Un cristiano así está ansioso en cuanto a su vida cristiana. Nada va bien y su conducta práctica demuestra lo contrario de su profesión. Aunque ha hecho todo lo posible por hacer el bien y agradar a Dios, debe decir como expresa el hombre de Romanos 7: «Pues lo que obro, no lo entiendo; porque lo que practico no es lo que quiero, sino lo que odio, eso hago… Porque sé que en mí (es decir, en mi carne) no habita el bien; pues el querer hacerlo está en mí (pero el obrar lo que es bueno, no). Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso practico» (v. 15, 18-19).

Estas palabras describen sin duda el estado práctico del cristiano sincero que, habiéndose puesto bajo la ley, quiere vivir una vida de santidad para complacer a Dios. Pero, por desgracia, no puede hacerlo. Teniendo la voluntad, no tiene la fuerza y hace lo contrario de lo que quiere hacer: el pecado lo domina. Experimenta que el pecado se hace cada vez más fuerte en él cuando se pone bajo la ley.

A este propósito el apóstol dice: «Pero no hubiera conocido el pecado si no hubiera sido por la ley; pues no habría conocido la codicia si la ley no dijera: «No codiciarás… Yo sin la ley vivía en otro tiempo; pero cuando vino el mandamiento, el pecado tomó vida, y yo morí. Y el mandamiento que era para vida, resultó ser para muerte» (Rom. 7:7, 9-10).

El pecado es por lo tanto fuerte cuando uno se pone bajo la ley para vivir la santidad práctica. No olvidemos que Dios dio la ley «para que toda boca sea cerrada, y todo el mundo sea culpable ante Dios» (Rom. 3:19) y además «De manera que la ley ha sido nuestro conductor hacia Cristo, para que por la fe fuésemos justificados. Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo el conductor; porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gál. 3:24-26). Sin embargo, la ley permanece. Es de origen divino, es santa, justa y buena. Sin embargo, ya no se aplica al cristiano, y por una buena razón: «Conociendo esto, que la ley no es para el justo, sino para los inicuos e insumisos, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cualquier otra cosa que se oponga a la sana doctrina, conforme al evangelio de la gloria del bendito Dios, que me fue confiado» (1 Tim. 1:9-11).

 

Uno de los dramas del cristianismo de hoy es que nos hemos alejado mucho de la simple enseñanza que los apóstoles y profetas dejaron por escrito, cada uno queriendo hacer lo que le plazca. Mucho más, se ha separado la conducta práctica de la sana doctrina. ¿Cómo podemos pedirle a un cristiano que se conduzca en santidad sin haber recibido primero la enseñanza que se encuentra en la Palabra sobre este tema? No podemos desviarnos de la Palabra y al mismo tiempo querer vivir una vida digna de Dios. Lo que el cristiano debe hacer es sentarse para ser enseñado como María fue enseñada a los pies de Jesús. El apóstol Pablo era consciente de esta necesidad, por eso dijo a los colosenses: «Por esto también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar a Dios y pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría e inteligencia espiritual; para que andéis como es digno del Señor, con el fin de agradarle en todo, dando fruto en toda buena obra, y creciendo por el conocimiento de Dios» (Col. 1:9-10).

Por lo tanto, es después de haber entendido la enseñanza sobre un tema determinado que puedo obedecer, marcando así mi aceptación de esa enseñanza. Lector, la medida es la Palabra de Dios, no nuestra propia satisfacción o la aprobación de otros. Podemos pensar que hacemos bien y ser aprobados por los demás, pero la Palabra puede contradecirnos y exponer todas nuestras malas intenciones y motivos equivocados. La Palabra penetra donde la mirada de los demás nunca llegará. No hay necesidad de echarse flores, porque lo que nos juzga es la Palabra de Dios. Para complacer a Dios, debemos vivir lo que sale de su boca, y lo que Dios quiere está escrito en la Biblia. Meditémosla con cuidado, pues cada uno tendrá que rendir cuenta a Dios por sí mismo. Veamos ahora lo que el apóstol Pablo dijo a los corintios: «Pero por él sois vosotros en Cristo Jesús; el cual nos fue hecho sabiduría por parte de Dios, y justicia, y santificación, y redención; para que, según está escrito: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Cor. 1:30-31). Esta declaración del apóstol quita todas nuestras pretensiones. Aquí nos damos cuenta de que no tenemos la santificación en nosotros mismos, sino que Jesús nos fue hecho santificación. Esto es lo que Jesús es para nosotros en virtud de su obra cumplida. Mi fe debe asirse y mantenerse firme en esta verdad, esperando que los efectos prácticos de la verdad se desarrollen poderosamente en mí. Aclaremos aquí que la nueva naturaleza no practica el pecado y nunca nos llevará por este camino.

La nueva naturaleza lleva en su interior las semillas de la santidad. Todo lo que quiere es que se le permita vivir sin obstáculos por parte de las acciones de la carne. No es guiada por la ley, sino que cumple la ley. Si la ley dice: «No matarás», la nueva naturaleza no será sacudida en absoluto porque el principio de asesinato no está en ella y no toca su mente; al contrario, encuentra placer en hacer toda la voluntad de Dios.

No es a la ligera que Jesús dijo en la cruz: «Cumplido está» (Juan 19:30). Debemos realmente avanzar en el conocimiento de lo que Cristo ha hecho por nosotros. En esa cruz, Jesús obtuvo una santificación perfecta para nosotros.

Es cierto que nuestra conducta práctica tiende a demostrar lo contrario, pero el hecho es que la santificación es parte de esta gran salvación. El apóstol Pablo nos pide, a causa de nuestra bendita unión con Cristo, que permanezcamos «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom. 6:11). Notemos que nuestra unión con Cristo es tan total que nos hacemos automáticamente partícipes de todo lo que Cristo es. ¡Qué grato es saber que Jesús fue hecho para nosotros, santificación! Que esta verdad eche raíces en nosotros. ¡Que nuestra fe la haga viva y eficaz! Entonces veremos que la santificación posicional es una realidad de manera que su manifestación práctica seguirá. Sepamos también que, en lo que respecta a la práctica, el Espíritu Santo opera por medio de la Palabra.

Los creyentes son «escogidos según el previo conocimiento de Dios Padre, en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo» (1 Pe. 1:2).

Jesús le pedía a su Padre: «Santifícalos en la verdad» (Juan 17:17). Pablo dijo a los corintios: «Pero por él sois vosotros en Cristo Jesús; el cual nos fue hecho sabiduría por parte de Dios, y justicia, y santificación, y redención» (1 Cor. 1:30).

El Espíritu Santo, conociendo perfectamente al Dios que vive en la luz y cuya santidad es lo que le caracteriza, obra en el creyente para que sea irreprochable, apoyándose en la obra perfecta de Cristo en la cruz que hace de nosotros santificados por posición. Estando en nosotros como resultado de esta misma obra, nos hace conscientes de nuestra identificación con Cristo. Estimula nuestros afectos para que Cristo se convierta en nuestro tesoro. Ahora «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mat. 6:21).

El Espíritu Santo da fuerza a la nueva naturaleza para que se desarrolle, para manifestar el fruto del Espíritu que es «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley» (Gál. 5:22-23).

Hemos sido apartados de manera absoluta «Porque con una sola ofrenda perfeccionó para siempre a los santificados» (Hebr. 10:14 ).

Esta es nuestra posición, y esta obra no debe volver a realizarse porque «Por esta voluntad hemos sido santificados, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez por todas» (Hebr. 10:10). Más bien, somos nosotros los que debemos progresar en el conocimiento de esta obra. Jesús nos quiere donde él está. El mundo no lo consideró digno; fue clavado en un madero, fuera de Jerusalén. Él no es del mundo, ni nosotros tampoco. Démonos cuenta ahora que somos puestos aparte. Si entendemos por la fe nuestra santificación absoluta en posición, nuestra santificación progresiva comienza. La Palabra es el poderoso medio que el Señor utiliza: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad» (Juan 17:17). No es solo la Palabra, sino también la sangre de Cristo la que limpia nuestra conciencia de las obras muertas: «La sangre de Jesús su hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7).

Para tener comunión con Dios, uno debe buscar la santidad. La Palabra distingue la santificación posicional de la santificación progresiva o práctica. Estas son dos cosas que no debemos mezclar. El objetivo del creyente es tender decididamente hacia la semejanza de Jesús. «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser: espíritu, alma y cuerpo, sea conservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5:23).

5. La vida eterna dada gratuitamente (Juan 3:14-15)

Dios sabía que el hombre no podía venir a él en su condición de pecador. Por lo tanto, era necesario que Dios mismo pudiera proporcionar el remedio, ya que era imposible que el hombre se hiciera justo produciendo algo que satisficiera los requisitos de Dios. Jesús, para mostrar el remedio de Dios para la salvación del hombre culpable, recuerda una escena bien conocida por todos los judíos, que había ocurrido durante la travesía del desierto.

Israel, el pueblo particularmente bendecido entre todos los pueblos de la tierra, ha provocado a menudo la ira de Dios por la idolatría y la incredulidad. El pueblo tenía una muy mala tendencia a murmurar. Despreciaban el buen cuidado de Dios hasta el punto de decir que la comida que Jehová les daba era miserable; así que «Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo» (Núm. 21:6). Aún así, apreciamos mucho la iniciativa del pueblo, que «el pueblo vino a Moisés, y dijeron: Pecado hemos por haber hablado contraJehová, y contra ti: ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes» (Núm. 21:7).

El pueblo reconocía en Moisés al legislador, el profeta enviado por Dios, y sabía que Dios podía escucharlo. Oh, si cada hombre pudiera venir a Jesús y reconocer que ha pecado contra Dios, Jesús le presentaría lo que Dios ha hecho para que no perezca. «Moisés oró por el pueblo. Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre la bandera: y será que cualquiera que fuere mordido y mirare á ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de metal, y la puso sobre la bandera, y fue, que cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía» (Núm. 21:8-9). No se pedía razonar, filosofar o suponer, sino creer en la palabra del Señor: El «que fuere mordido y mirare… vivirá», y obedecer. Lo importante aquí era confiar en lo que Dios había dicho, simplemente mirar el medio que dio para la curación.

Y el Señor Jesús declara: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, asimismo es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Juan 3:14-15).

¿Qué hombre puede decir que nunca ha sido mordido por la serpiente del pecado? Si no eres un extraterrestre y eres de la raza humana, entonces escucha lo que Dios propone para que puedas tener vida eterna. Solo Dios puede mostrarnos el camino hacia él. Jesús dijo que para tener vida eterna, debemos simplemente creer en Él, el Hijo del hombre que fue levantado en la cruz, hecho pecado por nosotros pecadores. Esto tuvo lugar en el momento señalado, y Cristo sufrió y murió por el pueblo en una cruz erigida en las afueras de Jerusalén en un lugar llamado Gólgota. Murió allí, elevado entre el cielo y la tierra, clavado en esa cruz y fue hecho maldición por nosotros; no solo por los judíos sino por toda la humanidad.

La serpiente que fue la fuente del pecado fue maldecida. Jesús, hecho pecado por nosotros, soportó por nosotros la maldición de Dios que habíamos merecido. Pero Cristo fue y sigue siendo el santo Hijo de Dios, y revela el motivo, la fuente del misterio de su muerte: «Porque Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).

El corazón de Dios se abre en esta declaración de Jesús. Vemos que él ama a todo el mundo compuesto de todo tipo de personas. Vemos también que la fuente de salvación ofrecida a todo hombre es que «Dios es amor» (1 Juan 4:9) y que lo demostró en que «siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:8). Esta salvación es gratuita. Para recibirla, debemos creer que Jesús murió por nuestros pecados en una cruz, que tomó el juicio de Dios sobre sí mismo por nosotros, y eso es suficiente. Pero aquellos que rechazan creer perecen. Rechazar creer en Dios es considerarlo mentiroso y pretender que podemos estar ante él como si fuéramos justos, sin pecado. Pero el que cree, reconoce que en sí mismo es culpable y está perdido, y que no puede de ninguna manera ser justo ante Dios. Simplemente acepta lo que Dios propone para ser reconciliado con él; así escapa a la condenación eterna y recibe la vida eterna.

El contenido de este mensaje era tan simple y vivo que destruía todas las pretensiones de los hombres de tal forma que se convirtió en un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles. Pero el apóstol Pablo predicaba a Cristo crucificado: «Porque ya que en la sabiduría de Dios, el mundo por su sabiduría no conoció a Dios, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Cor. 1:21).

Que mi lector se detenga en su locura y sepa que Jesús es el camino, la verdad y la vida, para que pueda decir como el apóstol Juan, después de ser tocado por la gracia de Dios: «Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Juan 5:20).

6. El Espíritu Santo

6.1. El Espíritu Santo enviado después de la glorificación de Cristo

Dios se ha dado a conocer a la humanidad a través de la presencia personal de Jesús en la tierra. Él es la imagen de Dios, la huella de su sustancia, de modo que verlo era ver a Dios (Col. 1:15; Hebr. 1:2-3). En Jesús, «habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9) y pudo decir: «Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre» (Juan 16:28). Con su muerte expiatoria seguida de su resurrección, podemos estar ante Dios sin ninguna conciencia de pecado. Con la redención cumplida, el Señor Jesús sube al cielo y envía el Espíritu Santo para que cada creyente nacido de nuevo pueda vivir la vida divina y experimentar la vida en abundancia. Qué abundancia de bendiciones nos trae así: «el que nos ungió, es Dios; que también nos selló, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor. 1:22).

6.2. El Espíritu glorifica a Cristo –El Espíritu de adopción

El Espíritu quiere guiarnos a toda la verdad, a cosas que nunca han entrado en nuestros corazones. «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará al conocimiento de toda la verdad; porque no hablará de sí mismo, sino de todo lo que oiga; y os anunciará las cosas venideras. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso os dije que tomará de lo mío y os lo anunciará» (Juan 16:13-15).

En primer lugar, el Espíritu Santo dentro de nosotros nos hace gritar «Abba, Padre» y sabemos que somos hijos de Dios. Entonces nos hace conscientes de que Cristo está en nosotros y nosotros en él. Finalmente, nos comunica el amor de Dios que es vertido en nuestros corazones (Rom. 5:5). Frente a todos estos privilegios, nuestra responsabilidad es no entristecerle, sino dejarle obrar en nosotros. No es nuestra responsabilidad orarle y tratar de verlo en nosotros –esto es misticismo– sino simplemente darnos cuenta de que es a través del Espíritu que podemos orar a Dios (Efe. 6:18) y tener acceso al Padre (Efe. 2:18).

6.3. El Espíritu habita en el creyente –Fuerza de la nueva vida

La nueva naturaleza necesita el poder que da el Espíritu Santo. Una vez más, el hombre nada tiene que ver con esto; es Dios quien obra; no es un medio para glorificarse; todo es gracia y don de Dios. Dios da el Espíritu Santo como poder para animar a la nueva naturaleza a actuar, y sabemos que su fruto nunca irá en contra de la voluntad de Dios porque «Todo el que ha nacido de Dios no practica el pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque ha nacido de Dios» (1 Juan 3:9).

Dios no solo da el Espíritu Santo como poder, sino que lo da para que habite en nosotros personalmente. Así, el apóstol Pablo hace reflexionar a los corintios que deshonraron a Dios y a sus cuerpos con estas palabras: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Habéis sido comprados por precio; por lo tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor. 6:19-20).

Dios nos ha adquirido a un gran costo; hace todo lo posible para que tengamos una comunión ininterrumpida con él. El Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo. No debemos olvidar que el Espíritu Santo estaba en el cielo esperando que la obra de la redención se terminara. A veces podía intervenir, esporádicamente, en la tierra y en los creyentes, pero para que Él habitara en los creyentes, la obra de la redención tenía que ser cumplida y el Señor Jesús glorificado (Juan 7:39). Antes de irse, tranquilizó a sus discípulos turbados: «Yo rogaré al Padre, y él os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre; es decir, el Espíritu de verdad, al que el mundo no puede recibir; porque no lo ve, ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis; porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; yo vengo a vosotros» (Juan 14:16-18).

El Espíritu Santo viene del cielo para morar en el que ha nacido de nuevo. Este Espíritu conoce el cielo que es el objeto de nuestras esperanzas. Nos hace tomar conscientemente el lugar donde nos pone la obra redentora de Jesús. Su presencia en el hombre regenerado le permite a este probar ya el mismo cielo. El creyente está como en el manantial, bebiendo esta agua divina que apaga su sed y le da el poder de ser feliz porque las grandes necesidades de su alma están satisfechas. Esto es lo que Jesús quiso enseñar a la mujer samaritana que, siendo conocida como una pecadora, vino al pozo de Sicar al mediodía para escapar de la mirada acusadora de sus conciudadanos. Esta mujer encuentra a Jesús que había venido en gracia en un momento en que Israel lo rechazaba. Jesús, rompiendo todas las barreras entre los judíos y los samaritanos, establece un vínculo de confianza con ella y le llama la atención sobre verdades profundas. A esta mujer que tenía sed de las cosas del mundo, Jesús le ofrece otra agua que apagará su sed para siempre: «Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que brota para vida eterna» (Juan 4:14).

Que quien lea estas páginas sepa que Jesús está listo hoy para dar agua a los sedientos, para dar descanso a los cansados y agobiados. ¡Cuántas veces nos habríamos ahorrado la pérdida de tiempo si hubiéramos entendido muy pronto que Jesús era el don de Dios que no deja a sus redimidos vagar por este mundo malvado! Él es «el Espíritu de Dios, para que conozcamos lo que nos ha sido dado gratuitamente por Dios» (1 Cor. 2:12). Sabemos que Jesús ha sido glorificado, y el Espíritu Santo es el testigo vivo de esto. Él estaba en el cielo cuando este hecho tuvo lugar, por lo que da la certeza a nuestro espíritu de que todo está cumplido: el perdón, la gracia, la reconciliación, el amor de Dios, la esperanza de la gloria, la nueva posición que tenemos en Cristo son verdades que el Espíritu Santo pone ante los ojos de la fe.

6.4. El Espíritu en el creyente: Sello, unción y arras (2 Cor. 1:21-22)

6.4.1. El Espíritu como sello

El sello de Dios, que no es un objeto material, ni una sensación, ni un poder, ni un ángel, sino el Espíritu mismo, es dado al creyente como una marca indeleble. El Señor en el cielo mira a la tierra y ve objetos estampados que brillan, siendo el Espíritu Santo la llama. Así, a pesar de la gran mezcla de la tierra habitada, el apóstol Pablo puede decir: «Pero el sólido fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Tim. 2:19). Esta es una palabra reconfortante en estos tiempos difíciles, cuando la mezcla es el sello de la gran casa, que desde el principio fue la Iglesia del Dios viviente llamada a ser el pilar y soporte de la verdad. Pero el Señor conoce a los suyos, y los que le pertenecen tienen en ellos el Espíritu de Dios como sello; prueba de que la obra está acabada y bien hecha. ¿Y quién es el empresario que pondría su sello en un documento inacabado? «En quien vosotros también, habiendo oído la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa; quien es las arras de nuestra herencia, para redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Efe. 1:13-14).

El Espíritu como sello es, por lo tanto, una marca de pertenencia a Dios. Pero esta marca de pertenencia no solo está destinada para ser visible de Dios. Los efectos del Espíritu Santo también deberían hacer ver realmente a los ojos de los hombres que el creyente es un hijo de Dios.

Para nuestra comprensión, debemos saber que la morada efectiva del Espíritu Santo en el creyente es lo que constituye el estado cristiano. Por lo tanto, es necesario que distingamos entre ser sellado y la operación del Espíritu Santo en nosotros que se vincula con nuestra experiencia. Así que no confundamos la posición en Cristo con la conducta práctica.

6.4.2. El Espíritu como unción

La unción es una capacidad para entender y de inteligencia (1 Juan 2:20). El apóstol Juan enseñaba a los niños pequeños, pero estos estaban asegurados que, gracias al Espíritu Santo, podían entender lo que venía de Dios. La prohibición, que durante mucho tiempo ha prevalecido, de la Biblia a la gente común bajo pretexto de que solo necesitaban la enseñanza de la iglesia, es por lo tanto infundada. La sugerencia de algunas sectas o círculos cristianos de que hay un conocimiento especial más allá de la Biblia también es falsa.

La unción es también un poder de acción o consagración (2 Cor. 2:21). En otro tiempo, en el Antiguo Testamento, la unción era aplicada a los leprosos sanados y limpiados (una imagen del creyente al que se le ha dado nueva vida), a los reyes, a los sacerdotes y a los profetas (una imagen de la nueva función del creyente como representante del Señor y como siervo del Señor (1 Pe. 2:5-9). Esto nos muestra que la acción del cristiano, para ser eficaz y de acuerdo a Dios, debe ser animada por el Espíritu Santo.

6.4.3. El Espíritu en el creyente como arras (lo que apreciamos de antemano del cielo)

Por otro lado, reconocemos que el hombre sellado actualmente nunca ha ido al cielo. Sin embargo, el Espíritu Santo que bajó del cielo y está ahora en él hace que las realidades celestiales estén vivas y presentes de tal manera que la tierra y sus asuntos ya no tienen ningún atractivo. Lo que está presente en el espíritu de este hombre sellado es la eternidad, Cristo en la gloria, su herencia, y también el regreso de Jesús que vendrá a llevarlo para que donde está, allí también esté él.

Mientras estaba en la tierra, dijo a sus discípulos cuando se fue: «No se turbe vuestro corazón; ¡creéis en Dios, creed también en mí! En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, yo os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Si voy y os preparo un lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:1-3).

El Espíritu Santo en nosotros, hace este lugar familiar. Hace que nuestros corazones estén llenos de todas las realidades celestiales. No ignoramos que el creyente ha sido preparado para la gloria de la que ya no está privado. Su posición es más elevada que la del inocente Adán. Esta gloria, la tiene en esperanza, pero el Espíritu Santo la hace presente. Con el Espíritu Santo en nosotros, ya vemos al Señor Jesús en la gloria, por eso «todos nosotros a cara descubierta, mirando como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18).

La gloria de Jesús está ante el creyente; simplemente se nos pide que la contemplemos y el Espíritu Santo en nosotros hace que nuestros corazones no estén ociosos, sino que prueben todas las bendiciones asociadas a esta gloria de modo que ya estamos inundados de ella. Así, Dios abre el cielo al creyente a través del Espíritu Santo que habita en él. Los privilegios ligados a la presencia efectiva del Espíritu Santo en el creyente son inmensos y no es bueno que esté en la imprecisión al respecto. El Espíritu Santo en él es las arras de la herencia, la prueba viviente y permanente de que el cielo es lo que él espera. La herencia, ya no la tiene solo en promesa, la tiene, la conoce, la saborea; es su porción constante y el Espíritu Santo actúa en este sentido.

7. ¿Salvados para qué? –Para servir y esperar del cielo al Señor Jesús.

Los tesalonicenses habían respondido al pensamiento de Dios para ellos. Vivían plenamente el propósito de Dios, de forma que el apóstol podía decirles: «Vosotros llegasteis a ser imitadores nuestros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de mucha aflicción, con el gozo del Espíritu Santo, hasta llegar a ser modelos para los creyentes de Macedonia y Acaya. Porque a partir de vosotros ha resonado la palabra del Señor, no solo en Macedonia y Acaya, sino que en todo lugar vuestra fe se ha divulgado, de modo que nosotros no tenemos necesidad de decir algo» (1 Tes. 1:6-8).

Después de haber sido convertidos, habían visto y oído a su siervo Pablo; habían recibido la misma salvación que el apóstol, no era difícil para ellos imitar a aquel que había sido un imitador de Jesucristo. Los tesalonicenses eran diferentes de sus contemporáneos; eran hombres puestos aparte, santificados para servir al Dios vivo y verdadero, en contraste con los falsos dioses e ídolos que habían adorado anteriormente. El cambio era total y se podía comprobar. No había mezcla y solo podían ser modelos para otros creyentes. Servían libremente al Dios que los había liberados y entraban en su presencia sin ningún temor porque se habían dado cuenta de la riqueza del sacrificio de Jesús del que eran beneficiarios. También tenían el conocimiento del Padre, nombre que Jesús reveló después de su resurrección cuando le dijo a María Magdalena: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, y a mi Dios y vuestro Dios» (Juan 20:17). Así que conocían el corazón del Padre que los amaba y que había hecho todo lo posible por su salvación.

Tenían plena conciencia de que habían sido convertidos a Dios al volverse «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar de los cielos a su Hijo, al que ha resucitado de entre los muertos, a Jesús quien nos libra de la ira venidera» (1 Tes. 1:9-10). La salvación que fue revelada a los tesalonicenses es la misma que la nuestra y el resultado debe ser el mismo. Estamos salvados para servir al Dios vivo y verdadero. La inactividad no forma parte de la vida cristiana, no somos pasivos cuando el Espíritu Santo está en nosotros.

El apóstol Santiago, con la mirada del hombre común, dice: «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta» (Sant. 2:26). En efecto, ¿cómo podría yo como hombre saber si tienes fe, si tus obras no muestran la realidad de la misma? Solo Dios escudriña los corazones, pero nosotros solo podemos decir con Santiago: «¿Cuál es el provecho, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras?» (Sant. 2:14). Estamos salvados para servir porque el Espíritu Santo en nosotros nos lleva a descubrir las cosas buenas que Dios ha preparado para que aquellos que él ama las practiquen. La fe produce obras para gloria del Padre.

Un segundo carácter también brillaba en la vida de los tesalonicenses; esperaban todos los días a Jesús del cielo, a quien Dios había resucitado de entre los muertos. El creyente debe darse cuenta de que Jesús vuelve para llevarse a los suyos «porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que quedamos, seremos arrebatados con ellos en las nubes para el encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4:16-17). Esta expectativa de los primeros cristianos debe caracterizar a nuestro cristianismo de hoy. El regreso de Jesús puede ser estudiado de muchas maneras; pero la vida diaria de los tesalonicenses muestra que el regreso de Jesús es una parte integral de la vida cristiana. Las cosas de la tierra ya no tienen atractivo y ya no confiamos en lo que el mundo admira. Esperar al Señor todos los días es un poderoso estímulo que nos lleva a la meta que Dios nos ha fijado salvándonos.

8. Conclusión

8.1. Un vacío a llenar

El verdadero problema del hombre después de la caída de Adán, es que se ha convertido en un ser que se da cuenta de que hay en él un vacío y profundos deseos, a menudo inexplicables, de ser satisfechos. Esto es algo que le roe y que quiere satisfacer a toda costa. Uno puede negar a Dios y su necesidad, sin embargo, el hecho es que uno se da cuenta de que algo falta. Y es muy a menudo para huir de la realidad que tendemos a entregarnos ciegamente a la actividad, a aceptar sin ninguna ambigüedad todo tipo de filosofías, de enseñanzas que enseñan la autorrealización. Para llenar el vacío, estamos dispuestos a adorar al diablo o a dar a un hombre la posición que Dios debería tener para guiarnos. O también, se está listo para ganar el mundo con el deseo tácito de hacerse sí mismo Dios. Quien no encuentra a Dios fuera de sí mismo, lo busca dentro de sí mismo. Pero una vida sin Dios no tiene sentido, es como un barco sin timón lanzado aquí y allá por vientos de proa en un mar embravecido. Y Dios conoce a fondo al hombre. Lo sondea y conoce sus grandes necesidades. Por eso ha dado a los hombres los medios para encontrarlo.

8.2. Dios ha dado los medios para darse a conocer

«Hizo de uno todas las naciones de los hombres, para que habitaran sobre toda la faz de la tierra, fijando sus tiempos señalados y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, por si pudieran tal vez hallarlo a tientas; aunque no está lejos de cada uno de nosotros» (Hec. 17:26-27). De hecho, Dios no está tan lejos. Todo a nuestro alrededor demuestra que él está ahí porque es «El Dios que hizo el mundo y todo cuanto hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra» (Hec. 17:24).

Sin embargo, Dios no se detuvo ahí para darse a conocer al hombre, pues «Dios, habiendo hablado a los padres muchas veces y de diversas maneras en otro tiempo por los profetas, al final de estos días nos ha hablado por el Hijo, a quien ha puesto como heredero de todo, por medio de quien también hizo el universo. El cual, siendo el resplandor de su gloria y la fiel imagen de su Ser, y sosteniendo todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo hecho la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hebr. 1:1-3).

Para revelarse al hombre, Dios se acercó a él en un cuerpo de hombre. Se manifestó en carne y habitó entre los hombres. Pero a pesar de todo, la naturaleza del hombre se mostró arruinada, rebelde, incontrolable, indisciplinada, hasta el final, y demostró que no podía soportar a Dios. Como prueba, lo odiaron sin causa habiendo conspirado contra él, resolvieron deliberadamente crucificarlo para silenciar la voz que claramente presentaba su condición. Pero, por cierto, ¿por qué esa actitud? Solo encontramos una respuesta expresada por el apóstol Juan, quien dijo: «La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19). En verdad, el hombre prefiere las tinieblas a la luz porque no quiere escuchar a Dios ni aceptar los medios que propone para reconciliarse con él.

8.3. No resistir a Dios que ofrece su salvación

Bueno, el hombre es inexcusable, es totalmente su culpa si rechaza los medios que Dios propone. Que sepa que el que rechaza a Dios como Salvador lo encontrará como Juez. Algunos pueden argumentar diciendo: “Nací en una familia donde nuestra religión no nos permite hacer esto”, pero aún recordamos lo que Jesús dijo a los judíos: «El reino de los cielos es tomado con violencia, y los violentos lo toman por la fuerza» (Mat. 11:12). La violencia mencionada aquí no es física, sino que se trataba para judío que había discernido en Jesús el Mesías de liberarse de todas las ataduras y salir del sistema judío para asir el Objeto que le había arrebatado el corazón. Esto no se hacía sin violencia ni sin sufrimiento. El escritor de la Epístola a los Hebreos les ordena: «Salgamos a él, fuera del campamento, llevando su oprobio» (Hebr. 13:13).

Para nosotros hoy, el campo que nos mantiene cautivos puede ser nuestra religión, nuestros lazos familiares, nuestras tradiciones, nuestros amigos… Sin embargo, debido al destino de nuestra alma, tenemos que salir del campo para ir a Jesús. Esto no se hará sin dificultad. Tenemos que reconocer que el hombre –tú o yo– es un ser difícil y orgulloso. Pero el Evangelio es «poder de Dios para salvación» (Rom. 1:16) que supera todo razonamiento y revela el amor de Dios por el pecador. Es bueno para el hombre que deje de resistirse. No hay vergüenza en rendirse a Dios. Es más bien una gloria decir: “Dios me ha derrotado”. El Dios que Jesús revela siempre ha querido tener hijos y una familia a su alrededor para hacerles descubrir la plenitud de su amor. Aún hoy, nos hace decir a través del apóstol Pablo que el Dios Salvador quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad. Por lo tanto, es el hombre que no quiere ser salvado.

Para algunos, su odio contra Dios proviene del hecho de que han visto a personas que se llaman a sí mismos cristianos, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, maestros, ancianos, diáconos, hacedores de milagros… cometer cosas abominables. Estos malos comportamientos ofenden a Dios y recibirán su juicio. El apóstol Pablo nos advierte que, en los últimos días, algunos hombres tendrán la forma de la piedad, pero habrán negado su poder (2 Tim. 3:5). ¿Es razón suficiente para dejar que el alma de uno perezca? «Cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios» (Rom. 14:12). Todo hombre es verdaderamente responsable ante Dios, y puesto que su alma es eterna, experimentará o bien la vida eterna o bien la pena eterna. A partir de ahora Dios pone la vida ante nosotros para que podamos elegirla. Y Juan nos recuerda «Que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida» (1 Juan 5:11-12).

8.4. La excelencia del Salvador

Pero entonces, ¿por qué el hombre rechaza la vida eligiendo la muerte? Dios le muestra el camino, le muestra los medios para llegar a él y sobre todo da un vibrante testimonio de su Hijo, su Don por excelencia. Dios se ha despojado dando a Jesús para que el hombre sea reconciliado con él. Tal vez mi lector quiera oír más sobre Jesús antes de que se decida. Pero la pluma nunca traducirá la excelencia de la persona de Jesús.

Él es quien glorificó perfectamente a Dios en la tierra y se ofreció a sí mismo a Dios, voluntariamente, sin coerción y sin ninguna presión. Su perfección se muestra cuando consideramos que él «no hizo pecado, ni fue hallado engaño en su boca; quien, siendo insultado, no respondía con insultos; cuando sufría, no amenazaba, sino que encomendaba su causa a aquel que juzga justamente. Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero, para que nosotros, muriendo a los pecados, vivamos a la justicia» (1 Pe. 2:22-24).

Jesús era la imagen del Dios invisible y el reflejo de su gloria. Jesús conocía al Padre perfectamente, habiendo estado con él desde toda la eternidad. Había podido decir: «Por esto el Padre me ama, por cuanto yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que la pongo de mí mismo. Tengo poder para darla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre» (Juan 10:17-18). Y otra vez: «me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón» (Sal. 40:8). ¿Cuántas veces no estuvo expuesto a los obstáculos y dificultades que tendían a romper ese impulso? Fue tentado en todas las cosas excepto por el pecado, pero –¡gloria a Dios!– todas estas tentaciones, estos obstáculos, estas trampas, los asaltos del enemigo y la animosidad humana solo hicieron brillar la excelencia de su persona, tanto por dentro como por fuera. Así como el lapidario que, después de haber hecho pasar su piedra preciosa por toda clase de pruebas, la expone con satisfacción a la contemplación de los admiradores, así vemos al Señor Jesús salir victorioso de toda clase de pruebas. Su pensamiento no iba más allá de su palabra; lo que nos muestra que, el interior y el exterior de Cristo eran idénticos, es decir, puros. No dejó escapar ni una palabra que no reflejara su pensamiento. Por el contrario, sus motivos, sus intenciones, sus afectos, sus actos y sus palabras estaban en línea con sus pensamientos, todos ellos derivados de Dios. Así pudo decir a los judíos que se asombraban de su enseñanza: «Mi enseñanza no es mía, sino de aquel que me envió» (Juan 7:16). Los que le escuchaban «se asombraban de su enseñanza; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no a la manera de los escribas» (Marcos 1:22). En otra ocasión, «una mujer en medio de la multitud levantó la voz y le dijo: ¡Bienaventurado el vientre que te trajo, y los pechos que mamaste! Pero él respondió: Antes, bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y se guían por ella» (Lucas 11:27-28).

8.5. Dios ha hecho tanto por nosotros –Lucas 15

Nuestro Señor Jesús caminó resueltamente ante Dios en completa obediencia, en total dependencia y en profunda devoción. Esta obediencia lo llevó a la muerte de la cruz para salvar al hombre perdido. Nos amó hasta la muerte. ¿Hay una prueba de amor más grande que esta? Uno debe ser verdaderamente insensible para no rendirse al amor de Jesús. Dios abrió las puertas de su casa dando a su Hijo. Vayamos a Él tomando el camino que nos ha presentado. Las puertas eternas están abiertas y una morada espera a los que creen.

8.5.1. La oveja perdida

Por el momento, las tres Personas divinas están en acción para que el culpable sea absuelto, el rebelde aceptado, el inicuo perdonado y el pecador justificado. Cada una de las tres Personas divinas está buscando al hombre perdido, como el Señor ha mostrado en las tres parábolas de Lucas 15: Vemos a Jesús en este hombre que, habiendo perdido una oveja entre las cien, deja las noventa y nueve en el desierto para ir tras la perdida hasta encontrarla. Pero cuando la encuentra, no la insulta, ni la golpea, ni la amenaza, ni la tira de las orejas para llevarla por la fuerza a su redil. Sino que «la pone sobre sus hombros, gozoso. Cuando llega a casa, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja, que se había perdido» (Lucas 15:5-6). ¡Qué manera! Todo es alegría y amor.

8.5.2. La dracma perdida

Además, vemos el Espíritu Santo representado en esta mujer que, habiendo perdido una dracma de las diez que posee, deja toda otra actividad y va en busca de ella. Sabe que la dracma es una moneda que no hará ningún ruido para señalarse a sí misma. La dracma no tiene vida y por lo tanto no puede moverse. Esta mujer no se sienta y dice: “Está bien, las otras nueve son suficientes para mí”. Pero ella enciende una lámpara para ver la dracma escondida en la oscuridad. Si eso no es suficiente, barre la casa y busca con cuidado y diligencia hasta que la encuentra. Y «cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que perdí» (Lucas 15:9).

8.5.3. El hijo pródigo

Por fin vemos al Padre en este hombre que tuvo dos hijos. «Un hombre tenía dos hijos; el menor dijo al padre: Padre, dame la parte que me corresponde de tus bienes. Y él les repartió sus bienes. No muchos días después, juntando todo, el hijo menor se marchó a un país lejano; y allí dilapidó su fortuna, viviendo licenciosamente. Cuando lo había gastado todo, hubo gran hambre en aquel país y él comenzó a pasar necesidad. Entonces se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país, quien lo envió a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba saciar su apetito con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Entonces, recapacitando, se dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí me muero de hambre!» (Lucas 15:11-17). ¡Qué hijo tan indigno es este! Se parece extrañamente al hombre pecador que, estando en relación con Dios por el aliento de vida, decide no reconocer más a Dios como su Creador y Padre. El pensamiento de independencia, de voluntad propia, de obstinación y de egoísmo lo invade y decide irse a un país lejano, símbolo del mundo: es la separación. Allí disipa todas sus posesiones, es decir, todo lo que Dios le dio naturalmente como hombre. En ese mundo en el que Dios está ausente, se deja ir a sí mismo y da rienda suelta a su carne: es la vida de libertinaje, la sensualidad que lleva a la destrucción física y espiritual. Pero, ¿qué puede dar el mundo a alguien que tiene sed? Pronto se da cuenta de que lo que fue objeto de su alegría es solo un elixir. Conoce la hambruna, el alma que sufre de falta de alimento. Al darse cuenta de su soledad y carencia, se pone al servicio del diablo; ciudadano del país que, sin conocer sus verdaderas necesidades, le envía a sus campos a cuidar de los cerdos. La humillación está en su punto más bajo, el pecado es lo que le rodea; el hijo indigno solo se hunde. El que era hijo de un padre rico que dormía en una hermosa casa y tenía siervos, ahora desciende al fondo de la escala social, con los cerdos. Termina no teniendo nada que comer, envidiando incluso las vainas, la comida de los cerdos que ni siquiera podía comer. El diablo no es amigo del hombre y no lo ama.

Los que se han confiado en él saben de ello. El hijo indigno recuerda la casa de su padre donde todo es en abundancia. Entra en sí mismo: es el despertar de la conciencia. Hace un firme propósito y se dice a sí mismo: «Me levantaré, e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Se levantó y fue a su padre» (Lucas 15:18-20). Cuando el hijo llegó a la altura de su padre, le dijo lo que había preparado en su corazón (v. 18-19), pero vemos que su padre no le dejo terminar su confesión, puesto que lo acogía, no como un jornalero, sino como su propio hijo amado (véase v. 21).

El hijo indigno da media vuelta: es la conversión, luego se arrepiente y después confiesa sus faltas guardando en su memoria el mensaje que le dirá a su padre. Pero falta algo: no conoce el corazón de su padre, sus intenciones, su bondad y su forma de acoger a los que se alejan de él. Y debido a esta falta de conocimiento, solo espera que su padre lo trate como uno de sus mercenarios. Pero «estando todavía lejos, su padre lo vio y se conmovió. Corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente» (Lucas 15:20).

¿Qué habríamos hecho en su lugar? Lo habríamos tratado como un sinvergüenza y luego lo habríamos repudiado porque lo habríamos considerado indigno de llevar nuestro nombre. Pero el padre era diferente; se conmovió con compasión, corrió a su encuentro, se arrojó a su cuello, despreció sus olores, su suciedad y sus viejos vestidos. El padre olvidó que podía ensuciarse y lo cubrió con besos. ¡Qué manera! Después de que el hijo indigno confesó sus pecados, «el padre dijo a sus siervos: Sacad ahora mismo la mejor ropa y vestidlo; ponedle una sortija en su dedo y sandalias en sus pies; traed el becerro cebado, matadlo, comamos y alegrémonos; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado» (Lucas 15:22-24).

Dios quiere que todos los hombres se salven. Está listo para dar el manto de la justicia a cualquiera que se arrepienta. No hay necesidad de dejar para mañana la gracia que se te da hoy. Que mi lector sepa que «hay gozo en presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15:10).


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