Inédito Nuevo

Cristo y su amor, su solicitud y propósito para su Iglesia

Efesios 5:22-33


person Autor: William John HOCKING 19

flag Temas: Su actividad celestial actual: Pastor, Sumo Sacerdote, Abogado, Modelo, Alimento Los cuidados y la solicitud del Señor para su Iglesia


1 - La Iglesia pertenece a Cristo y Dios tiene un propósito para Cristo

En estos versículos 25 al 27 de Efesios 5, encontramos la relación especial de la Iglesia con Cristo –lo que era originalmente, lo que es ahora y lo que será cuando se cumpla el propósito de Dios para ella. Y vemos de inmediato, en estos versículos, que se atribuye un carácter muy notable y especial a la Iglesia, en cuanto que está mostrada como siendo la posesión peculiar del propio Cristo.

Y si consideramos estos versículos a la luz de toda la Epístola, resultan aún más notables, pues la Epístola a los Efesios habla de la Iglesia como aquello por medio de lo cual Dios desplegará su gloria en relación con el futuro gobierno de todo el universo. El mundo actual es una cosa arruinada en cuanto al hombre, y Dios sabía desde el principio que sería así; pero su propósito primordial era que el mundo, y todo lo relacionado con él, tanto en la esfera celestial como en la terrenal, resplandeciera finalmente de Su gloria y honrara Su nombre eterno. Su propósito era que el mundo, y todo lo que hay en él, fuese asociado finalmente con su Hijo; su propósito era poner a Cristo a la cabeza de todas las cosas, como vemos en el capítulo 1. Esto fue predestinado antes de que el mundo fuera. Todo fue planeado por Dios. El fracaso del hombre del que tanto se habla en las Escrituras no fue una sorpresa para Dios. Tenía su misterio, su secreto, y era que finalmente Cristo reinara en justicia sobre todas las cosas, y que Dios sea todo en todos.

2 - La Iglesia llamada a la gloria celestial

Pero había algo aún más asombroso, por así decirlo. No nos sorprende que Dios conozca todas las cosas, que el fin esté tan fácil y constantemente ante él como el principio; pero el asombro aumenta cuando la Epístola nos informa de que al mismo tiempo que Cristo estará en ese lugar de gloria suprema, cuando todas las cosas estén acabadas, tendrá una Esposa, asociada en esa gloria. Y esa asociada en su reinado, en su gobierno y en su gloria, será –no Israel, no el pueblo terrenal, no un pueblo mundano en absoluto– sino la Iglesia de Cristo, compuesta por aquellos que son llamados fuera de este mundo de pecadores; porque eso es lo que significa la palabra «Iglesia». Son llamados fuera por Dios, para su Hijo.

Así vemos que, desde el principio, Dios tuvo la intención, directamente después de que su Hijo fuera crucificado y rechazado como rey de Israel, de llamar a los que iban a estar asociados con Cristo en su gloria celestial, y formar la Iglesia. Los llamó incluso de entre los propios judíos, ese pueblo malvado, cuyas manos estaban rojas (considerado en su responsabilidad), con la sangre de su Mesías. Los llamó de entre los gentiles, que habían participado con los judíos en la crucifixión del Señor Jesús. En su gracia, hizo de ellos los primeros que eran «partícipes de los sufrimientos de Cristo» (1 Pe. 4:13), para que pronto pudieran estar con Cristo en la gloria y compartir Su gloria.

Puesto que este elevado y celestial llamamiento se expone en las Escrituras, debemos apreciar el conocimiento del mismo. Si alguien conoce el contenido del testamento de su padre, que con el tiempo lo pondrá en posesión de vastas propiedades y una posición poderosa en este mundo, este conocimiento debería influir en su conducta actual. Debe ser un estímulo para él mientras espera entrar en esa posición; y así la revelación del futuro de la Iglesia se nos hace ahora para alentar nuestros corazones en medio de nuestros sufrimientos por el conocimiento de esa revelación. ¿Lo consideramos de esta manera? ¿Buscamos comprender cuál es el propósito de Dios para nosotros cuando terminen nuestros días de peregrinación?

Esta Epístola, de la que acabamos de leer una pequeñísima parte, es bastante explícita sobre el destino futuro de la Iglesia. Pero estos pocos versículos contienen algunos pensamientos sobre los que me gustaría ahora llamar su atención. No me refiero a la exhortación a esposas y maridos. Eso tiene su lugar, y tendrá su mayor efecto en las esposas y maridos si comprenden claramente la verdad relativa a Cristo y a la Iglesia.

3 - El amor en el pasado eterno

En el versículo 25, el apóstol dice: «Cristo amó a la Iglesia y sí mismo se entregó por ella». Si usted examina con atención este pasaje, verá que contiene una verdad que a veces se nos escapa porque lo leemos deprisa, sin pensarlo detenidamente: «Cristo amó a la Iglesia». Por supuesto que amaba a la Iglesia, y aceptamos plenamente su gran amor por la Iglesia; pero ¿cuándo amó a la Iglesia? Cristo amó a la Iglesia antes de entregarse por ella, así que tenemos que remontar muy atrás. Debemos volver antes del Calvario. Debemos ir antes del pesebre de Belén. Debemos ir más allá del registro más antiguo de la historia de la Tierra. Debemos volver al volumen de este libro donde dice: «He aquí, vengo… hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:7-8). La Iglesia estaba entonces ante sus pensamientos eternos. Fue entonces cuando vio la Iglesia, cuando la amó. Antes que existiéramos, los afectos divinos del Señor Jesús, grandes y profundos, ya estaban centrados en la Iglesia: «Cristo amó a la Iglesia».

Así que fue el amor a la Iglesia, y también, por supuesto, su amor al Padre, lo que le hizo descender. Vio el tesoro en el campo, y vendió todo para adquirirlo. Vio la perla de gran precio y lo dio todo para conseguirla. Pero el propósito del amor comenzó cuando él la vio, y ¿cuándo vio Cristo a la Iglesia? Ah, mucho, mucho antes que existiéramos, el corazón de Cristo, los ojos de Cristo estaban sobre nosotros, y su amor estaba sobre su Iglesia. ¡Oh, que nuestros corazones puedan apreciar la inmensidad de lo que se revela a nuestros pensamientos en este versículo!

«Cristo amó a la Iglesia», y si la amó hace tanto tiempo, si la amó cuando murió por ella, ¿no la ama todavía, a pesar de su condición quebrantada e infiel? ¿Y a pesar del triste espectáculo en la tierra de la Iglesia plagada de divisiones, disensiones y contiendas, con la ira y el furor prevaleciendo donde deberían reinar el amor y la concordia? Los afectos de Cristo no cambian; y por lo tanto podemos regocijarnos en el amor inalterable de Cristo por su Iglesia frente a todo, a todas las faltas, a todos los pecados, ligados a la Iglesia en su posición en este mundo. El amor de Cristo sigue siendo el mismo.

Este amor eterno de Cristo nos hace comprender un poco más claramente lo que pensaba nuestro Señor cuando oyó la confesión de Pedro: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!». Él respondió: «Sobre esta Roca edificaré mi Iglesia» (Mat. 16:16, 18). Esta era su Iglesia. La tenía allí delante como suya. La construcción continuó durante siglos, y continuará hasta que se coloque la última piedra viva en el edificio. Pero él, el gran Arquitecto, el que tenía su plan ante sí, su propósito en su mente, vio a toda la Iglesia completa en su belleza cuando dijo: «Edificaré mi Iglesia». Sabía que Israel se apartaría de él; que los judíos se levantarían contra él y lo crucificarían; pero él declaró: «Edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Su Iglesia será presentada como perfecta y completa en el día de la gloria.

El amor a la Iglesia fue, pues, el motivo que prevaleció en el corazón de Cristo, cuando se entregó por ella. Ahora vea usted lo que implica esta afirmación. El Señor Jesucristo no expone aquí, como a través del apóstol, el valor de su sacrificio, es decir, de la expiación que hizo, de la propiciación por nuestros pecados que llevó a cabo en la cruz. Este no es el pensamiento principal de este versículo, aunque está incluido, sino que se trata de que él mismo se entregó, renunciando a todo lo que él era. Él mismo se entregó para adquirir la Iglesia. Se entregó por ella. A medida que el Señor Jesús se acercaba a la hora que tenía por delante, él, y todo lo que había en él, estaba involucrado en lo que iba a hacer para la liberación de su Iglesia. No entregó simplemente su vida, aunque eso es cierto. Él dio su vida, pero debemos aprender que sí mismo se ofreció por completo.

Y no fue un simple hombre quien hizo esto; no fue un Abraham o un Isaac; no fue Job o Isaías quien se entregó; sino que fue el Hijo de Dios. La verdad se expresa individualmente en la Epístola a los Gálatas: «El Hijo de Dios, el cual me amó», es decir, la persona individual, «y sí mismo se dio por mí» (Gál. 2:20). Aquí, la gran entrega es cierta para cada uno de nosotros. Podemos aplicarnos este hecho a nosotros mismos individualmente, pero ampliemos nuestro horizonte y pensemos en toda la Iglesia, pues «Cristo amó a la Iglesia y sí mismo se entregó por ella» (Efe. 5:25).

El Señor conoce a cada uno de los suyos; y es un pensamiento asombroso que nuestro Señor Jesucristo, en aquellas horas oscuras de sufrimiento en la cruz, tuviera a cada uno de sus redimidos ante su alma. Una gran carga de culpa fue puesta sobre él, pero esa carga total estaba como compuesta de muchas cargas pequeñas, la carga de mi culpa, la carga de su culpa. Cada uno de nosotros estaba representado allí, y el Señor sufrió por cada uno individualmente. Pero también está la verdad que tenemos aquí: toda la suma y la sustancia de los que componen su Iglesia estaban ante él cuando el Hijo de Dios e Hijo del hombre se entregó por la Iglesia. Este es el enorme e incomprensible precio que el Señor Jesucristo pagó por su Iglesia. Así pues, cuando pensemos en el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, expresado sobre todo en su muerte, tengamos ante el corazón estas verdades: se entregó por mí, y se entregó por toda la Iglesia. Todos los que componen la Iglesia fueron redimidos del mismo modo y por el mismo sacrificio de amor.

Este es, pues, el acontecimiento pasado del que es cuestión en relación con la Iglesia. Miramos hacia atrás, y podemos contemplar, por la fe, el amor de Cristo, recordando que él mismo se entregó por su Iglesia.

En el versículo 26, tenemos el propósito de Cristo en este abandono en sacrificio. Tenía un propósito. No dice que se entregó para liberar a los santos de las justas consecuencias de sus pecados. Eso es cierto, por supuesto. No dice que murió para que tuvieran vida eterna. Esto es perfectamente cierto, y lo encontramos expresado en otras partes de la Escritura; pero encontramos aquí el gran propósito del Señor en relación con la Iglesia en el tiempo presente.

4 - La santificación de la Iglesia

Lo primero que se menciona es la santificación, «para santificarla» (v. 26). ¿Qué significa la santificación? Parece querer decir aquí que el propósito del Señor, al entregarse por la Iglesia, era separarla de su entorno natural y convertirla en algo exclusivamente para él. Si un vaso era apto para ser utilizado en el tabernáculo de Jehová, se convertía en una cosa santificada. Entonces adquiría un carácter sagrado. Era algo reservado para el uso de la santa morada de Jehová.

El rey pagano Belsasar desafió a Dios y sacó los vasos pertenecientes a Su santuario, que su padre o abuelo había llevado de Jerusalén a Babilonia; y los exhibió en su mesa de banquete (Dan. 5). Él y sus señores bebieron de estos vasos sagrados en honor de sus dioses hechos de oro, plata, madera e hierro, profanando los vasos de Jehová. Era un uso impropio y profano; los vasos estaban santificados y pertenecían a Jehová. Y apenas los labios de Belsasar y sus mil señores abandonaron las copas en que bebieron, se vio escrito en las paredes del palacio su inmediato juicio.

Dios había intervenido en Babilonia, guardando celosamente estos vasos santificados. Eran solo cosas materiales, pero ilustraban el gran hecho de nuestro versículo, que el propósito de Cristo con respecto a la Iglesia era santificarla, apartarla de los judíos y de los gentiles para Su propio uso y propio testimonio en este mundo. También será cierto, creo, que en la gloria la Iglesia tendrá su lugar propio y exclusivo. Ella no será absorbida entre los redimidos del Antiguo Testamento, pero su santificación especial para el Señor Jesucristo, aparte de los otros santos celestiales, será vista en la gloria. La Iglesia siempre tendrá su lugar especial. Volveremos sobre esta verdad más adelante.

Pero recordemos que aquí y ahora la Iglesia, incluidos todos sus miembros –si usted es miembro del Cuerpo de Cristo, de usted se trata–, está santificada, y que el propósito de Cristo al entregarse por la Iglesia era poner por completo aparte, del mundo y de todos, lo que le pertenece. Si alguien se aparta de la posición de la Iglesia para entrar en el judaísmo, crucifica de nuevo al Hijo de Dios y lo expone al oprobio. Esta es una negación deliberada de la santificación por la sangre del pacto, el lugar separado que Cristo obtuvo para la Iglesia por su muerte expiatoria (Hebr. 10:29).

Así pues, este objetivo de santificación nos afecta a todos de manera práctica. No podemos tener nada que ver con el mundo, ni con los gentiles ni con el judaísmo. Cualquier forma de antagonismo con Dios, Cristo y la Palabra de Dios, debe ser rechazada con horror a causa del lugar que Cristo nos ha dado. Hemos sido hechos santos, y debemos mantener esa santidad, porque él es santo, y su propósito es santificarnos. Este es el carácter, el carácter santo, dado a la Iglesia por su llamado. El «santo llamamiento» también se menciona en otro lugar (2 Tim. 1:9).

5 - La purificación de la Iglesia

Pero algo más sigue, y es la purificación de la Iglesia. Fíjese en el orden: la santificación viene antes que la purificación. Esto enseña que Cristo nos llama a sí mismo y nos hace suyos antes de empezar a ocuparse de nosotros. El Señor sabe muy bien lo que somos por naturaleza: somos lo contrario de la santidad. Estamos envilecidos por nuestra naturaleza y nuestras prácticas, pero el Señor todavía nos marca como suyos, y estamos santificados. Y entonces comienza a ocuparse de nosotros para hacernos aptos para el lugar que él nos ha dado.

Un hombre rico y benevolente puede ir a los barrios bajos y elegir a un pobre niño harapiento para adoptarlo. Dice: “Por mi propio placer, quiero hacer de este chico marginado el heredero de mi fortuna”. Así que elige a este muchacho para sí mismo, en sus harapos y suciedad, y en todas las asociaciones profanas en las que fue criado, con la deformación dada a sus facultades mentales y morales por las circunstancias. El benefactor sabía todo esto, pero tomó esta decisión: “Me llevaré a este chico para mí”. Y lo toma en mano. ¿Lo deja tal y como está? ¿Puede llevar a este muchacho a su casa, y presentarlo como su propio hijo en el estado en que se encuentra? Tiene que purificarlo. Debe educarlo. Debe liberarlo de todos sus viejos hábitos y asociaciones. Debe llevarlo a un estado tal que pueda hacer honor a la posición que él le ha dado.

Lo mismo ocurre con los pecadores, tanto gentiles como judíos, a quienes el Señor ha llamado a su Iglesia. Los apartó para sí mismo. Tomó a Saulo, el perseguidor, el blasfemo, el que lo odiaba desde lo más profundo de su alma, y lo llamó a sí, pero lo purificó. Este odio a Cristo se transformó en el más profundo amor a Cristo. En lugar de perseguir a los que pertenecían a Cristo, les sirvió y dio su propia vida para servirlos. Se produjo un cambio. Se quitaron todas las cosas viejas y se sustituyeron por algo nuevo. Esta fue la obra de Cristo. Así actuó con un miembro de su Cuerpo, y así actúa con todos los miembros, «purificándolos», como dice, «con el lavamiento de agua por la Palabra» (v. 26).

Ahora usted verá que en el versículo no hay ninguna referencia a la sangre de Cristo. Sin embargo, es «la sangre de Jesús su Hijo [de Dios], nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7); eso es muy cierto. Pero eso no es lo que se enseña aquí. Se trata de la purificación progresiva que se está haciendo ahora. El Señor Jesús, mi querido amigo, le tiene en su mano. Él quiere educarle; quiere conducirle en sus caminos, caminos que están de acuerdo con sus propios pensamientos y voluntad. Hay cosas en usted, en sus palabras, pensamientos, caminos y asociaciones, que no le son agradables; no están de acuerdo con sus pensamientos, y él quiere purificarle de ellas. ¿Y cómo lo hará? Lo hace mediante su Palabra. «Ya estáis limpios por medio de la palabra que os he dicho», dijo el Señor a sus discípulos (Juan 15:3). Los había estado instruyendo durante muchos meses, inculcándoles el amor de Dios y las cosas propias del reino de los cielos; y en esa medida, estaban limpios por «el lavamiento de agua por la Palabra».

Pero entonces, esta purificación es un proceso que todavía está en curso; y esto nos muestra la importancia de referirse continuamente a la Palabra de la Escritura. El Señor Jesucristo se sirve de su Palabra escrita para mostrarnos en qué nos equivocamos, para tocar nuestras conciencias y remover nuestros afectos. Recuerde el caso, tantas veces mencionado, de Pedro que negó al Señor. Sin embargo, el Señor le había dicho de antemano que lo negaría. Pero, aunque su palabra cayó en el oído de Pedro, se le fue de la mente, porque no pensó que tal pecado sería posible en su caso; de hecho, Pedro lo hizo. Dijo que no negaría al Señor; pero el Señor dijo lo que era verdad. Conocía a Pedro mejor que Pedro a sí mismo. Y entonces Pedro negó al Señor con juramentos e imprecaciones, tal como el Señor había dicho. Entonces, la tercera vez, el Señor «miró a Pedro», y el resultado de la mirada del Señor sobre Pedro fue que «recordó Pedro la palabra del Señor… y saliendo de allí, lloró amargamente» (Lucas 22:61-62). La Palabra purificó el corazón de Pedro. La Palabra le demostró que no era un apóstol fiable. Era una persona inapta; era indigno de ser discípulo de alguien como el Señor Jesús. No era digno de su amor, no era digno de su confianza. Un hombre que podía blasfemar el nombre de su Maestro, y hacerlo repetidamente, ¿para qué servía en el grupo de los apóstoles? ¡Oh, qué terribles pensamientos y autoacusaciones pasaron por la mente y la conciencia de Pedro mientras salía llorando amargamente!

Así que el Señor purificó su corazón; pero no había completado su obra con él, pues después de su resurrección, el Señor Jesús, a orillas del lago de Galilea, aludió de nuevo a este vergonzoso fracaso, según consta en el último capítulo de Juan. El Señor habló a Simón Pedro con gran ternura, pero aun así su Palabra todavía lo purificaba. Le dijo: “Simón, ¿me amas? ¿De verdad me quieres? ¿Me amas con todo tu corazón?” Y Pedro tuvo que mirar en su corazón para ver si su amor era verdadero o no, y cuando miró en su corazón, le volvió a él como un relámpago: “¿Qué he hecho en esta noche de traición? Le he negado con maldiciones e imprecaciones. ¿Es verdad que le amo?” Y finalmente, Pedro se vio obligado a decir: «¡Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero!» (Juan 21:17). No puedo decir mucho de mi amor por ti; pero tú que lo sabes todo, sabes que en mi corazón te amo, te amo de verdad. Y así el Señor, antes de su ascensión, purificó a Pedro mediante el lavamiento de agua por la Palabra.

¿Piensa usted que esta historia se escribió solo para registrar las acciones de Pedro, para que supiéramos la verdad sobre Pedro? También es la verdad aplicable a cada uno de nosotros. Somos capaces de hacer lo que hizo Pedro y, si no tenemos cuidado, podemos hacer lo mismo o peor. Podemos vernos en circunstancias similares, y cuando nos llega la prueba, fracasamos. Podemos decir lo que no es verdad, y hablar palabras vergonzosas contra el Señor Jesús. Pero el Señor está lleno de gracia, y usará su Palabra para limpiarnos y restaurarnos, como hizo en el caso de Simón Pedro.

Pero ya veis lo importante que es tener la Palabra del Señor en la memoria. Pedro la tenía en su mente, aunque no estaba en sus pensamientos. Sin embargo, volvió a él cuando el Señor lo miró. Por eso, debe procurar implantar la Palabra de Dios en su memoria. Debe leerla y hacerla suya, y entonces el Señor podrá utilizarla en su gran obra de su purificación como parte de la Iglesia, mediante el lavamiento de agua por la Palabra.

6 - Cristo se presenta la Iglesia a sí mismo

Ahora, en el siguiente versículo, llegamos al destino futuro de la Iglesia: «Para presentarse a sí mismo la iglesia gloriosa» (Efe. 5:27) o una Iglesia en gloria. Seamos muy claros con esta palabra. ¿Qué quiere decir el Señor, por Su Espíritu, con la Iglesia en este versículo? ¿Son todos los que fueron bautizados en un solo Cuerpo el día de Pentecostés? ¿Solo esos? ¿Solo los que vivían en la época apostólica? ¿Se aplica solo a los que viven hoy? No, significa toda la Iglesia desde el día de Pentecostés hasta que el Señor Jesucristo venga por sus santos. A veces se hace referencia a los que están en la tierra en un momento dado como el Cuerpo de Cristo, pero aquí es toda la Iglesia la que está considerada como los que formarán la Iglesia en la gloria. El Señor los tenía a todos en mente como su posesión adquirida.

Debemos recordar, por lo tanto, que este versículo no encontrará su pleno y final cumplimiento hasta que el Señor venga y traslade a toda la Iglesia de esta tierra, dormida o despierta, a la Casa del Padre en lo alto. Entonces se la presentará a sí mismo como Iglesia en gloria. Este será el momento en que el Señor Jesucristo habrá traído a toda la Iglesia a sí mismo, y ante sí mismo. Entonces ella estará en un estado de perfección absoluta, y aparecerá tal como Cristo la creó para sí mismo. Ella será su obra personal, sin defecto ni pecado.

Tenemos una figura de esta perfección y unión en el segundo capítulo del Génesis, en el caso de Adán y Eva. Sabemos que Dios examinó la tierra recién creada y todos los animales se presentaron ante Adán para recibir un nombre, y entre todos ellos, no encontró ningún ayudante que encajara con Adán; ninguno era adecuado para el lugar dado a Adán. Este había sido puesto en el mundo para gobernarlo para Dios; la creación inferior fue puesta bajo su autoridad, pero en el propósito de Dios no era bueno que el hombre estuviera solo. Era necesario que tuviera un socio. Y de las criaturas vivientes que Dios había producido, no había ninguna que, en la estimación de Dios, fuera digna de tomar su lugar con Adán. Por lo tanto, Dios decidió que él le daría una esposa a Adán. Así que hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, y de la costilla de Adán edificó = formó/hizo a Eva, la mujer, en toda su perfección y belleza primitivas, pues el pecado aún no había entrado en el mundo. Cuando Adán despertó de su sueño, tenía ante sí a su esposa, en toda su hermosura y gloria, sin imperfección alguna, absolutamente recién salida de las manos de Dios mismo, edificada de tal modo por la omnisciente sabiduría de Dios que correspondía y se adaptaba perfectamente a su esposo, Adán, y era el digno objeto de sus afectos.

Ahora encontramos aquí una alusión a este incidente. La creación particular de Eva es una figura de la Iglesia, que está edificada para Cristo, y es el resultado de su paso por el sueño profundo de la muerte. Y en la gloria de su resurrección, encuentra a la Iglesia a su lado en la gloria, y se la presenta como una Iglesia gloriosa, una ayuda que le corresponde, que se sentará con él en su trono y reinará con él. Entonces los mundos maravillados mirarán a la esposa de Cristo y exaltarán Su nombre debido a la belleza y gloria de Cristo que se verá en la Iglesia.

Esta es la perspectiva de futuro. Este es el ideal que se presenta a nuestro bendito Señor que ama y santifica a la Iglesia. Esto es lo que él tiene en su mente, y es con este propósito que él alimenta y cuida a su Iglesia, y espera, a través de los años y de los siglos, que llegue el tiempo de Dios, para presentarse a la Iglesia a sí mismo en gloria. «Que no tenga mancha», dice, “sin defecto” de ningún tipo, sin corazón desleal, sin afecto refrenado de ningún tipo; sin mancha por dentro; también sin «arruga» o deformidad externa de ningún tipo (v. 27); nada habrá en o sobre la Iglesia salvo lo que sea coherente con la gloria de Cristo. Así, cuando Cristo, en su absoluta perfección de amor, mire a su esposa, verá todo lo que satisface su ojo.

7 - Sin manchas ni arrugas

«Que no tenga mancha, ni arruga, ni nada semejante». ¡Qué cuadro glorioso, querido amigo, del resultado final del modelado divino que silenciosamente se lleva a cabo en este mundo! Solo podemos, por fe, apoderarnos de tales palabras, y dejar que penetren en nuestros pensamientos sin analizarlas. Sin embargo, nos dan una idea muy distinta de la realidad de las cosas de la que solemos tener cuando nos reunimos, una veintena o más, para el partimiento del pan. Todos somos muy débiles, todos tenemos defectos, todos somos susceptibles de cometer errores, y ninguno de nosotros tiene nada de lo que enorgullecerse; y pensamos: “¡Qué mala compañía somos!” Y eso es cierto; pero cuando leemos versículos como estos, vemos que una obra del Señor está en marcha con nosotros. Nos damos cuenta de que en todo el mundo no solo existe la obra del Evangelio llamando a hombres y mujeres pecadores a la Iglesia, sino también la obra activa del Señor Jesucristo santificando, purificando, alimentando, cuidando a la Iglesia, cuidando a todos los que le pertenecen y evitando que se alejen cada vez más de él.

Esta obra del Señor continúa activamente. Cristo hace su obra, aunque nosotros no hagamos nuestra parte. No hacemos lo que deberíamos hacer. Cuando tomamos un servicio en nuestras manos para nuestro Señor, lo hacemos de una manera muy imperfecta e indigna. No cabe duda de nuestra ineficacia. Pero mientras nosotros somos siervos ineficaces, el Señor Jesucristo es el Siervo perfecto. Por eso, cuando nos deprimimos por los fallos del servicio humano, podemos arrodillarnos y dar gracias a Dios porque la gran obra que importa la está llevando a cabo el Señor Jesucristo, y porque él la llevará a cabo hasta el final. La completará en gloria, y pronto llegará el día de su presentación.

El pensamiento bendito para todos nosotros es que estaremos allí en ese día de triunfo y victoria. Todos nosotros, los que conocemos a nuestro Señor, los que somos miembros de Cristo ahora, todos estaremos allí en ese momento en ese día de gloria. Veremos a Cristo en su gloria, y Cristo verá su gloria en nosotros. Él verá la obra que ha hecho. Verá a los que él ha apartado, a los que estaban negros con la mancha de sus propios pecados, brillando en la gloria resplandeciente que él les habrá dado. «La gloria que me has dado, yo les he dado» (Juan 17:22); él cumplirá esta palabra a su Padre; y nosotros estaremos allí sin mancha. Seremos santos y sin mancha. Si usted mira el capítulo 1, de la Epístola a los Efesios, también encontrará (v. 4) estas palabras «santos» e «irreprochables» aplicadas a nosotros personalmente. Es parte del propósito de Cristo tener ante él a los que son santos y sin mancha, individual y colectivamente; y los que serán más preciosos para él en esta vasta compañía de redimidos, serán los que forman la Iglesia.

8 - Los santos del Antiguo Testamento y la Iglesia

Algunos han pensado que, por hablar del lugar excepcional que se concede a la Iglesia, desvalorizamos a los santos del Antiguo Testamento y nos erigimos en mejores que Abraham, David e Isaías; pero esta idea es totalmente errónea. Independientemente del orgullo religioso que podamos tener hoy –y podemos tenerlo, porque la mayoría de nosotros tenemos un poco de lado fariseo que sale de vez en cuando– no habrá orgullo allí. Una estrella puede diferir de otra en su gloria, pero no hay orgullo entre las estrellas, porque solo ocupan el lugar que Dios les ha dado en el firmamento. Así, tendremos el lugar que Dios nos da en sus propósitos y que Cristo nos da por su amor y su obra por nosotros. Y entonces tendremos un corazón absolutamente lleno de alabanza y adoración a él, por la gloria que nos habrá dado. Si pudiera entrar un pensamiento de orgullo, habría una mancha, una arruga; pero se nos dice que no habrá ni mancha ni arruga.

No, el lugar excepcional de la Iglesia es el que Dios le ha asignado en su plan eterno; y la razón de esta distinción radica en el carácter especial de la Iglesia en cuanto que cree en Cristo en el momento de su rechazo. Israel pronto será bendecido, pero será en la tierra en el día de la gloria de Cristo, cuando sea manifestado en gloria a este mundo. Los santos del Antiguo Testamento creyeron en Cristo antes de que él viniera, pero la gran característica de la Iglesia es que la Iglesia lo ama, mientras que el Señor Jesús sigue siendo rechazado por su propio pueblo, mientras que el mundo entero le muestra odio, mientras que nada es más odioso para un hombre mundano que el nombre de Cristo. Ponemos a Cristo en primer lugar, nos arrodillamos ante él, lo adoramos, lo veneramos, lo recordamos en su muerte, lo servimos día tras día; incluso cuando comemos y bebemos, lo hacemos en su nombre; Jesucristo lo es todo para nosotros. Y porque la Iglesia cree en Cristo y sufre con Cristo en el día de su rechazo, Dios, en sus justos propósitos y caminos, da a la Iglesia el lugar excepcional de la asociación nupcial con Cristo en la gloria.

Esta doctrina es verdadera, pues la encontramos en las Escrituras. Por lo tanto, debería tener su justo efecto sobre nosotros, y tanto si lo comprendemos plenamente como si no, sin duda podemos ver que la Iglesia tiene un futuro grandioso y glorioso. Es, por tanto, un futuro glorioso para usted y para todos los que le rodean. Si esto es cierto, entonces una gran responsabilidad recae sobre usted en cuanto a cómo debe ser en este mundo. Si esta será pronto su posición en la gloria celestial, ¿qué clase de persona debería ser usted ahora para Cristo Jesús? Si él le amó y se entregó por usted, como lo hizo por su Iglesia, ¿a qué ha renunciado usted por él? ¿Qué abandona usted por él día tras día? ¿Qué clase de retorno está buscando por su amor?

El Señor no ha dejado estas cosas en secreto, en absoluto, solo para revelarlas cuando nos lleve a la Casa del Padre. Él tendrá muchos secretos que contarnos cuando lleguemos allí, pero estos, nos los ha contado ahora, mientras estamos en este mundo. Lo ha hecho para que, usted y yo, le seamos más devotos mientras esperamos su regreso. Quiera él que, en todos nuestros corazones, este sea el resultado de sus preciosas revelaciones, por amor de su nombre.


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