Los comienzos

Génesis 1 al 14


person Autor: William Wooldridge FEREDAY 9


1 - Génesis 1 al 4

El primer libro de las Escrituras es considerado por muchos como una serie de fábulas y alegorías, que quizá contengan algunas lecciones espirituales, pero que no merecen ser tomadas en serio como relato de hechos históricos. Ni que decir tiene que las lecciones espirituales solo son percibidas débilmente por aquellos en los que prevalece esta incredulidad.

Los comentarios que ahora ofrecemos al lector se basan en la creencia de que Moisés escribió el libro del Génesis bajo inspiración divina, presentándonos la historia de los primeros veinticinco siglos de la familia humana. ¿En qué otro lugar podemos encontrar una historia fidedigna que cubra este largo período y que al mismo tiempo evoque algunos de los grandes principios divinos que Dios quiere que su pueblo comprenda?

1.1 - El primer hombre

El Génesis, como su nombre indica, es el libro de los «comienzos». No solo ofrece el relato de Dios sobre el origen de los cielos, la tierra y sus diversos habitantes, sino que muestra la aparición de todos los principios que se han desarrollado en la historia posterior de la raza humana. Rechazar el libro del Génesis es socavar en la base todos los fundamentos del verdadero conocimiento.

«El primer hombre»: esta frase puede hacer sonreír a algunos de los sabios de este siglo. ¿Podemos saber algo de él? ¿No está perdido en la niebla de la antigüedad? El alma temerosa de Dios no deja que tales preguntas la detengan, pues es el Espíritu divino quien habla del «primer hombre Adán» (1 Cor. 15:45) y en Génesis 1:2 se nos dan todos los detalles necesarios sobre él. Esto es suficiente para la fe. Demuestre la existencia de un hombre antes de Adán o de otro hombre al mismo tiempo que él, y toda la estructura de las Escrituras se desmorona. La Palabra de Dios es claramente la historia de dos hombres: el primero y el «segundo». El primero introdujo la maldad y el pecado, el segundo, que lo superó, ha asegurado desde entonces la bendición eterna a todos los que se asocian con Él sobre la base de la gracia.

Adán puede ser visto de dos maneras:

  • como una creación de Dios;
  • como tipo del segundo Hombre, el Señor Jesús.

1.1.1 - Adán, una creación de Dios

«Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gén. 1:27): este versículo prohíbe claramente la idea de que el hombre sea simplemente la evolución de algún ser de orden inferior. El Espíritu utiliza la palabra «crear» tres veces en este versículo, como para subrayar que es una creación separada e independiente de Dios. No fue en el primer día, sino en el último, cuando el hombre llegó a existir. Su morada había sido preparada a la perfección antes de que él fuera formado para ocuparla y gobernarla. Cuando llegó el momento de presentar al hombre, el proceso divino fue completamente diferente al de los días anteriores. Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Gén. 1:26). Los peces, las aves y el ganado salieron de las aguas y de la tierra por orden divina, pero el hombre no. Las palabras «Hagamos al hombre» sugieren una concertación divina. La gravedad y la majestuosidad de estas palabras exigen nuestra respetuosa atención.

¿Qué debemos entender por estas palabras, «imagen» y «semejanza»? Ciertamente, ninguno de estos términos se refiere al cuerpo físico del hombre. En resumen, la «imagen» representa; la «semejanza» se asemeja.

Una imagen no se corresponde necesariamente con la cosa o persona que se supone que representa. La moneda que se le mostró al Señor en Mateo 22:20 puede que no tuviera ninguna «semejanza» con el César, pero ciertamente llevaba una «imagen» de él. Hecho a la «imagen» de Dios, el hombre está colocado en este mundo para representarlo ante las criaturas inferiores en el dominio y la bendición, por lo que este término tiene algo que ver con la posición del hombre.

«Semejanza» se refiere a su ser moral, como alguien capaz de entablar relaciones o afrontar responsabilidades.

Ni la «imagen» ni la «semejanza» de Dios se perdieron con la caída (Gén. 9:6; Sant. 3:9). Es por la imagen de Dios en el hombre que el pecado de asesinato es tan grave. Matar a alguien que representa a Dios es un crimen de la máxima gravedad.

1.1.2 - «Espíritu, alma y cuerpo»

En Génesis 2:7 se señalan dos etapas en la creación del hombre: «Y Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un alma viviente». Así que el cuerpo se formó primero, pero este pasaje enseña claramente que la vida no es inherente al cuerpo. Se necesitaba algo más para que hubiera vida. Esto nos recuerda las palabras de nuestro Señor a sus discípulos: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero que no pueden matar el alma» (Mat. 10:28). La constitución del hombre se describe en 1 Tesalonicenses 5:23: «Espíritu, alma y cuerpo…». Obsérvese el orden, tantas veces citado al revés por los cristianos; Dios siempre empieza por lo más alto (comp. Éx. 25 y Lev. 1). El espíritu es la sede de la voluntad y la inteligencia (1 Cor. 2:11); el alma, la de las pasiones y las emociones (aunque estas palabras se usan a menudo en el sentido de mera personalidad, como en Ez. 18:4 para el alma o en 1 Pe. 3:20 para el espíritu); el cuerpo es el recipiente exterior y visible a través del cual se manifiestan el espíritu y el alma.

A diferencia del segundo Hombre, que en su maravillosa gracia nació como un niño y crecía «en sabiduría, en estatura» (Lucas 2:52), Adán salió de la mano divina en pleno vigor en el momento en que respiró. Además, no era un salvaje que tuviera que pasar por etapas difíciles; estaba revestido de inteligencia desde el principio, capaz de recibir y comprender las comunicaciones de su Creador (Gén. 1:28), capaz también de dar nombres a seres de órdenes inferiores (Gén. 2:19-20). El salvajismo que se observó más tarde en la mayor parte de la familia humana vino por el pecado, y especialmente como resultado de la idolatría. Romanos 1:18-32 lo deja claro.

Mucha gente tiene la vaga noción de que Adán, si no hubiera pecado, habría vivido aquí en la tierra un cierto número de años, y luego habría ido al cielo. Lo contrario está más cerca de la verdad. Adán fue creado para la tierra y debería haber permanecido allí, haciendo la voluntad de Dios y disfrutando de su cercanía. El pecado estropeó la tierra; pero la gracia infinita de Dios, que nunca falla, ha proporcionado una bendición más excelente para los pecadores que creen: la felicidad eterna con Cristo en el cielo.

1.1.3 - Adán, un tipo del segundo Hombre

«Adán… quien es tipo del que iba a venir» (Rom. 5:14). En 1 Corintios 15, el Señor Jesús es llamado tanto «el último Adán» como «el segundo hombre» (v. 45, 47). Como segundo Hombre, sustituye al primero, glorificando a Dios allí donde el hombre fracasó tan miserablemente; como último Adán, resume en su bendita Persona todo el pensamiento divino sobre el hombre, por lo que no puede haber nada más, pues no hay progreso en Él. Como «último Adán», es, además, un Espíritu vivificador, que da vida a los demás, en contraste con el primer hombre, Adán, que no era más que lo que Dios había hecho de él: un alma viviente.

Adán es también un tipo de Cristo en sus diversas primacías. Primero su primacía sobre la creación. Los peces del mar, las aves del cielo y todo ser viviente que se mueve sobre la tierra fueron puestos bajo su mano. Cuando más tarde se le otorgó el poder a Nabucodonosor, se le añadieron los hombres, pero se omitió el mar (Dan. 2:37-38). Un dominio inmensamente mayor está reservado para el segundo Hombre. El propósito de Dios es «poner todas las cosas bajo sus pies» y establecerlo a la cabeza de toda la gloria, tanto en el cielo como en la tierra. La primacía de Adán sobre la creación se manifestó antes de que apareciera Eva en escena. El Señor Dios trajo a Adán todos los animales y aves para ver qué nombre les pondría, «y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Gén. 2:19). Nombrar es una expresión de señorío. Vemos este acto de autoridad ejercido por Faraón en la historia de José, por Nabucodonosor en la historia de Daniel y sus tres amigos, y por el Señor Jesús en su encuentro con Simón. La primacía de Cristo sobre la creación, aunque compartida con la Iglesia, es algo que está por encima y al margen de cualquier relación de este tipo; fluye del hecho maravilloso de que «en él fueron creadas todas las cosas» (Col. 1:16).

Adán es también una figura de Cristo como cabeza de la raza. «En Adán» y «en Cristo» describen las dos familias en la Escritura. En cada caso, todos comparten la posición de su cabeza. Adán no era padre de familia antes de su desobediencia; y toda su descendencia está con él bajo la condenación y la muerte. Cristo se convirtió en la cabeza de una raza nueva y celestial en la resurrección; todos los que se identifican con él están eternamente ante Dios en su aceptación y bajo su bendición. Todo lo que Dios hizo cierto, respecto a ese bendito Hombre que, en contraste con Adán, se hizo obediente hasta la muerte, es igualmente cierto respecto a todos aquellos a quienes la gracia ha establecido «en Él». En la mente divina se ha producido un traspaso de Adán a Cristo; ¿pero somos conscientes de ello en nuestras almas?

1.1.4 - Cristo y la Iglesia

Unas palabras ahora sobre la primacía de Adán sobre la mujer. El primer tipo de la Biblia nos habla de Cristo y de la Iglesia. Cuando dio un nombre a cada ser vivo, el primer hombre debió darse cuenta de su soledad. Todos iban delante de él, cada uno con su pareja, pero «para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Gén. 2:20). Sin embargo, el Señor Dios había dicho: «No es bueno que el hombre esté solo» (v. 18). ¿Cómo se iba a responder a esto? La mujer se formó. «Y el Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, y este se durmió» (v. 21a). Maravillosa imagen del sueño más profundo de la muerte que iba a experimentar nuestro Señor. «Tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (v. 21b-22). Del mismo modo, la Iglesia es el resultado directo de la muerte del Señor Jesucristo. La primera mención de sus sufrimientos se encuentra en Mateo 16:21, justo después de sus maravillosas palabras a Pedro: «Sobre esta Roca edificaré mi iglesia».

Obsérvese que el hueso no fue tomado de la cabeza del hombre, ni de sus pies, sino de su costado. No era el propósito del Creador formar para él uno igual a sí mismo en todos los detalles, y mucho menos crear para él un esclavo. Este hueso fue tomado de su costado, indicando el lugar de la mujer en relación con el hombre; siempre cerca de él como su compañera y consejera, el objeto de su amor.

Encontramos un contraste con Cristo en Génesis 2:22. El Señor Dios presenta a Eva a Adán; en Efesios 5:27 Cristo presenta la asamblea a sí mismo. ¿Por qué esta diferencia? La respuesta es muy sencilla: Cristo es Dios.

1.2 - El primer falso adorador

Dado que el Génesis es, como hemos dicho, el libro de los «comienzos», Caín y su hermano deben ser vistos como hombres representativos de un linaje. Hoy en día hay muchos entre nosotros que se ajustan a lo primero, si tan solo tuviéramos ojos para reconocerlos. Son los fariseos y publicanos del Antiguo Testamento. Caín es el padre de todos los que se acercan a Dios sobre la base de sus propias obras; Abel, de los que, por fe, se acercan a Él sobre la base de la muerte de otro en su lugar.

Veamos primero a Caín. Desde nuestros primeros días se ha presentado a nuestras mentes como un objeto de infamia; como uno de los hombres más malvados de la tierra en esos primeros días. Es de suponer que si a muchos se les preguntara por qué Caín es tan generalmente considerado con abominación, responderían: «Porque mató a su hermano». Pero la Escritura presenta su caso de manera algo diferente. «¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas» (1 Juan 3:12). Así que había algo detrás del asesinato de Abel, que Dios llama «mal». Un examen más detallado del asunto muestra que el pecado contra su hermano fue precedido por pecados contra Dios. No se especifican y, por desgracia, suelen considerarse a la ligera.

No queremos acusar deliberadamente a Caín injustamente. No era un mendigo. Él era «labrador de la tierra» (Gén. 4:2). Para ser un agricultor de éxito, un hombre debe ser al menos diligente. Y Caín reconoció a Dios, a diferencia de muchas personas de hoy en día que no dan lugar en sus vidas al Creador. ¡Diligente y religioso! La presencia de una persona así sería muy deseable en muchas iglesias modernas. Sin embargo, la conducta de Caín es severamente reprobada en varios pasajes de la Escritura.

1.2.1 - La culpa es de Caín

Su defecto supremo fue el carácter de la ofrenda que trajo. «Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín» (Hebr. 11:4). Caín era de la misma escuela que Naamán, que comienza diciendo: «He aquí yo decía para mí…» (2 Reyes 5:11). Los hombres no deben seguir sus propios pensamientos en las cosas de Dios, sino que, con toda humildad, deben tratar de aprender y obedecer su voluntad revelada.

«Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová» (Gén. 4:3). Algunos pueden señalar que el Señor mismo prescribirá unos puñados de harina fina para una ofrenda por el pecado en Levítico 5:11. ¡Esta fue Su provisión de gracia ante la indigencia del adorador! Una parte de la harina fina que se traía se quemaba «sobre el altar», «sobre los sacrificios encendidos al Señor». Esta ofrenda estaba así divinamente ligada a los sacrificios que hablan de la muerte. La ofrenda de Caín no tenía la fragancia de la pobreza, sino el olor del orgullo. No mostró ningún reconocimiento de su condición caída; ningún reconocimiento del pecado y la culpa; Caín se acerca a su Creador como si todo estuviera bien; cuando en realidad, entre el hombre y Dios, todo estaba tristemente mal. El trabajador diligente había producido «el fruto de la tierra» y sentía que Dios debía complacerse en recibir el tributo del trabajo de sus manos.

Se ha dicho con frecuencia que la religión del hombre está siempre estigmatizada por la palabra «hacer» mientras que la religión de Dios está estigmatizada por la palabra «hecho». Esto es cierto en el caso de Caín y de todos sus descendientes: «Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sometido a la justicia de Dios» (Rom. 10:3). La religión del hombre lleva a su perdición. El hijo mayor de la parábola de Lucas 15 hace alarde de sus virtudes ante los oídos de su padre: «Hace tantos años que te sirvo sin transgredir tus preceptos» (v. 29). Tal discurso no sugiere ninguna culpa, sino que muestra una completa falta de comprensión de la necesidad de la gracia.

1.2.2 - «El camino de Caín»

Este camino es señalado en Judas (v. 11) como una de las características del cristianismo en los últimos días. Es la negación de la necesidad de la expiación; es la religión sin la sangre. «¡Ay de ellos!», dice el Espíritu de Dios. Dios, habiendo sacrificado a su amado Hijo para la salvación de los pecadores, nunca tolerará que los hombres lo desprecien. Cuando su paciencia haya llegado a su límite, se levantará con su poder y derramará las copas de su ira sobre sus enemigos. Antes de ese momento, el representante final de la raza de Caín –el Anticristo– habrá aparecido en escena para ser objeto de un juicio sin apelación.

1.3 - El primer mártir

Abel contrastaba en todos los sentidos con su hermano. Uno era agricultor, el otro pastor. Esta es una pregunta interesante: ¿Por qué Abel pastoreaba el ganado menor? El alimento animal no se suponía antes del diluvio (Gén. 9:3); «Toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla» era el alimento prescrito para el hombre en su creación (Gén. 1:29). ¿Por qué, entonces, Abel tenía que cuidar el ganado? ¿No fue para poder ofrecer sacrificios?

1.3.1 - Caín y Abel no eran ignorantes

Algunos preguntarán: ¿Cómo sabía Abel que un cordero sería una ofrenda aceptable a los ojos de Dios? En este sentido, podemos estar seguros de que los conocimientos que él poseía, también los tenía su hermano. «Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín» (Hebr. 11:4), y la fe se basa siempre en alguna revelación de Dios. No necesitamos buscar mucho en el caso de Abel. ¿Acaso no había hablado Jehová Dios a sus padres sobre la simiente de la mujer que debía quebrar la cabeza de la serpiente (Gén. 3:15)? ¿No había sufrido el propio Jesucristo para la realización de su maravillosa obra? ¿No había vestido Jehová Dios a Adán y a su mujer con ropas de pieles, antes de enviarlos para siempre fuera del Jardín de Edén? ¿Es ir demasiado lejos suponer que los padres instruyeron a sus hijos en estos grandes principios? Es obvio que tanto Adán como Eva recibieron el testimonio de Dios en sus corazones. ¿Por qué, si no, llamó Adán a su mujer Eva?, sino «por cuanto ella era madre de todos los vivientes» (Gén. 3:20), cuando todavía no era madre de nadie. Hablar de «vida» en el momento mismo de su expulsión de Edén, ¿qué es esto sino una manifestación de fe? Al nacer Caín, Eva declaró: «Por voluntad de Jehová he adquirido varón» (4:1). ¿No sugiere esto que la palabra de Génesis 3:15 resonaba en sus oídos, y que en su corazón esperaba que su hijo fuera el Libertador prometido? Puede que se equivocara en cuanto a la persona y el momento, pero sus palabras tenían, sin embargo, la fragancia de la fe.

Concluimos, por tanto, que tanto Caín como Abel sabían cómo acercarse a Dios. Ambos habían sido instruidos en que el hombre, siendo ahora una criatura caída, no podía tener nada que ver con Dios sino a partir de la muerte. Pero uno de ellos, como muchos otros desde entonces, rechazó tan humillante posición; mientras que el otro la aceptó con fe infantil.

Obsérvese que fueron corderos los que trajo Abel, el símbolo mismo de la mansedumbre y la sumisión (Is. 53:7). Ningún animal salvaje podía ser un tipo de Aquel cuyo deleite era hacer la voluntad del Padre. A diferencia de los frutos de la tierra presentados por Caín, la ofrenda de Abel no fue en absoluto un esfuerzo humano; los corderos fueron proporcionados por Dios directamente, que el adorador se apropió por fe. También fueron primogénitos, evocando en nuestros corazones a Aquel que es el primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8:29).

1.3.2 - La grasa, no la sangre

También es notable que la sangre, que desempeñaba un papel tan esencial en el orden de los sacrificios de Israel, no se mencione en relación con la ofrenda de Abel, ni en ningún otro lugar del libro del Génesis en relación con las presentadas a Dios. No se destaca la sangre, sino la grasa. La razón es la siguiente. Era una cuestión, no tanto de remisión, pero de aceptación. No se traía el cordero por un pecado específico, sino como medio para acercarse a Dios. La grasa representa la excelencia. El que no tenía ninguna excelencia en sí mismo, se identificó con el sacrificio «más excelente» que el de Caín. Dios lo aceptó, y al que lo ofrecía. «Atestiguando Dios respecto a sus dones»: Abel recibió el testimonio de ser «justo», no inocente, cabe señalar, sino «justo» (Hebr. 11:4). Llegó a ser «heredero de la justicia que es según la fe», como se dice de Noé (v. 7). «Abel el justo» es su título en Mateo 23:35.

1.3.3 - Un doble tipo de Cristo en esta escena

La ofrenda de Abel en el altar evocó para Dios el sacrificio del Calvario (Gén. 4:4); el propio Abel, en lo que sigue, fue un tipo de Cristo como testigo martirizado de la verdad (v. 8).

Caín continuó a la vez en el camino del asesinato y de la mentira, los dos caracteres de Satanás (Juan 8:44). El pecado contra Dios en el asunto de la ofrenda llevó rápidamente al pecado contra su vecino cercano. Nada despierta tanto el odio de los hombres como ver cómo se acusa a su religión. Por esta razón, Moisés insistió ante Faraón en que Israel pusiera una distancia de tres días de viaje entre ellos y Egipto antes de poder ofrecer sacrificios al Señor (Éx. 8:26-27).

Abel fue asesinado por una razón religiosa. Su asesinato fue el primero de los crímenes religiosos con los que se ha manchado la historia de esta tierra, y la mancha es más profunda que en cualquier otro lugar de la cristiandad. Muchos de los mejores del trigo de Dios han sido destruidos de esta manera en la tierra (Mat. 13:29).

Si Abel es un tipo de Cristo como el «testigo» condenado a muerte, Caín representa a los judíos que lo mataron, aunque no solo los judíos, sino todo el mundo estuvo involucrado en este horrible crimen (Hec. 4:27). Caín no debía ser asesinado. Por eso «Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara» (Gén. 4:15). Del mismo modo, los judíos, dispersos entre las naciones que constituyen para ellos tantas ciudades de refugio, son preservados por Dios que tiene en vista otro tiempo mejor. Se complace en colocarlos bajo la condición de homicidas involuntarios y no de asesinos (Núm. 35). La historia del pueblo judío es también la historia del hombre en general. Volverá a su herencia y será reconocido por Dios una vez más. También entonces se introducirá la bendición universal por 1.000 años.

Por su sacrificio, «Abel… incluso muerto… aún habla» (Hebr. 11:4). Es el testimonio constante de Dios: Los hombres solo pueden acercarse a él que sobre la base de la muerte de Cristo y la plena aceptación de su sacrificio. Nunca los hombres han estado menos dispuestos a prestar atención a este testimonio que hoy. El camino de Caín es amado, seguido, e incluso predicado, hasta la ruina eterna del alma.

1.4 - La primera ciudad

Pasar de un jardín a una ciudad fue un gran paso dado por el hombre; de hecho, se produjo una revolución en los asuntos humanos. Es ciertamente significativo que este acontecimiento haya tenido lugar en relación con el linaje de Caín. El camino que nos ha llevado a ella es de lo más interesante. Está registrado en Génesis 4.

Cuando Caín se alejó de la presencia de Dios tras el asesinato de su hermano Abel, se instaló en la tierra de Nod, al este del Edén. Nod significa «vagabundo», lo que describía exactamente la nueva situación de Caín. Es el tipo constante de Israel, pero no solo de Israel, pues todos los que son responsables ante Dios de la muerte del Señor Jesús son, como resultado, fugitivos y errantes en una esfera que de otro modo estaría llena de bendiciones para ellos. En este lugar de destierro, Caín engendró un hijo, al que dio el nombre de Enoc, que significa «consagrado». Su forma de vivir y de pensar pronto se hizo evidente, pues el padre construyó una ciudad y la llamó con el nombre de su hijo. Enoc fue así consagrado al mundo, quedando su nombre indeleblemente inscrito en esa escena marcada por la obra de su padre. Con solo pasar una página de nuestra Biblia, nos encontramos con otro Enoc, esta vez del linaje de Set, y de él leemos: «Desapareció, porque le llevó Dios» (Gén. 5:24). Uno se consagró así al mundo, y el otro a Dios. Le fue dado apropiarse del cielo como su porción permanente.

1.4.1 - Las diversas actividades de los hombres

Jabal fue el padre de los que habitan en tiendas y tienen ganado; Jubal de todos los que manejan el arpa y la flauta, y Tubal-caín fue el primer trabajador del bronce y del hierro. Parece que la familia de Caín, habiendo perdido a Dios, quería ahora disfrutar de todo lo que era posible poseer en el mundo de aquella época. La ciudad de Enoc pronto resonó con las notas de música, así como con el diligente trabajo del herrero. La comodidad y el placer así conseguidos le dieron su carácter. Se convirtió, como dirían los hombres, en un centro de luz y de ciencia, así como en el gran almacén comercial de la familia humana. Pero Dios, ningún lugar tenía en ella; era una ciudad de la que él no era ni el arquitecto ni el creador.

1.4.2 - Graves manifestaciones del mal

No solo los negocios y el placer caracterizaron a la ciudad y a la familia de Caín, sino que pronto se manifestaron cosas mucho más graves. Así, vemos a Lamec tomando dos mujeres y luego le oímos decir, en lenguaje poético, cómo había matado a hombres. Aquí claramente se manifiestan la corrupción y la violencia, las dos formas conocidas del mal en la humanidad (Gén. 6:11).

Toda la historia de las ciudades del hombre se cuenta en estos breves esbozos dados por el Espíritu de Dios. Las grandes concentraciones de hombres, por muy convenientes y cómodas que sean, están necesariamente llenas de toda forma de mal, siendo el hombre una criatura caída. Lo excelente y noble que se encuentra en las ciudades de esta tierra queda totalmente eclipsado por la espantosa maldad que le da al conjunto su carácter. Todas las corrientes de la iniquidad humana se reúnen en el fétido depósito de la ciudad “según el hombre”, y cuanto más grande es la ciudad, más fétido es el depósito.

El relato histórico que Moisés traza en Génesis 4, es de gran valor porque muestra el comienzo del «mundo» tal y como lo conocemos ahora. Su historia religiosa, social y comercial se ilustra en los pocos incidentes escritos divinamente en este capítulo. No es de extrañar, pues, que el apóstol diga: «Todo lo que hay en el mundo: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no procede del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:16).

1.4.3 - Una ciudad para el hombre en el pensamiento de Dios

Sin embargo, desde el principio, Dios diseñó una ciudad para el hombre. Privado de la armonía que reinaba en el mundo de Adán, Abraham y otros después de él esperaban «la ciudad que tiene [los] cimientos; cuyo arquitecto y hacedor es Dios» (Hebr. 11:10). Esta ciudad no está aquí en la tierra, sino en el cielo, «la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial» (Hebr. 12:22). Allí prevalecen la santidad y la paz, así como la comunión que sugiere el pensamiento de la ciudad, fruto del amor redentor. Según su voluntad, Dios pronto llevará los pies de todo su amado pueblo a este centro sagrado. Las ciudades de la tierra, con todos sus monumentos erigidos a la gloria del hombre, serán destruidos cuando Dios se levante para “sacudir la tierra”, mientras que la ciudad de Dios permanecerá para siempre. ¡Bendito es el hombre que tendrá su parte en ella!

El linaje de Caín se interrumpe bruscamente con Tubal-caín. Su nombre significa «de Caín». Una vez completadas las siete generaciones, llegamos a otro Caín. El Espíritu de Dios no añade nada más; un sello de inmoralidad marca todo este malvado linaje.

Génesis 4 se termina con el nacimiento de otro hijo de Adán. Eva lo llamó Set («asignado»), diciendo: «Porque Dios (dijo ella) me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín» (v. 25). Set ocupa así el lugar de los muertos y nos evoca a un Cristo resucitado. Toda la bendición se centra en Él y a partir de entonces se abre un mundo nuevo de resurrección, luz y amor para aquellos a los que la gracia llama y separa de la escena condenada del primer hombre. Que vivamos allí en espíritu mientras caminamos aquí en la tierra.

2 - Génesis 5 al 14

2.1 - El primer profeta

Génesis 5 es uno de los capítulos más solemnes de las Escrituras. Es un capítulo de la muerte. Ocho veces leemos de uno u otro que «murió». La ruina de todas las cosas la tierra, como consecuencia del pecado, es puesta así claramente ante nosotros. Sorprendentemente, justo en medio de este lúgubre catálogo de hombres que mueren, leemos de uno de ellos que no murió.

2.1.1 - «Desapareció, porque le llevó Dios» (Gén. 5:24)

El hombre así distinguido por la gracia de Dios fue Enoc, el primer profeta. Unas palabras sobre este término, tan a menudo malinterpretado: un profeta era a menudo alguien que predecía acontecimientos futuros. Parece que esta noción común es demasiado limitada. Varios pasajes en los que aparece la palabra «profeta» son completamente inexplicables según esta definición. Sobre Abraham, el Señor dijo a Abimelec: «Es profeta» (Gén. 20:7); el mismo término se utiliza para todos los patriarcas en el Salmo 105:15. Sin embargo, generalmente no se les dio el poder de predecir el futuro. Cuando Moisés se resistió a Jehová para ir ante Faraón, se le dijo: Aarón… «hablará por ti al pueblo»; y de nuevo: «Tu hermano Aarón será tu profeta» (Éx. 4:16; 7:1). Aquí encontramos el pensamiento divino. El profeta era el que hablaba de parte de Dios al pueblo.

La mujer de Samaria le dijo al Señor Jesús: «Señor, percibo que eres profeta» (Juan 4:19). Le había hablado tan claramente de parte de Dios, y le había desnudado tanto el corazón que no pudo decir otra cosa al Salvador. Pero, aunque un profeta no necesariamente hablaba de los acontecimientos venideros, veremos que Enoc habló de cosas que no se habían cumplido plenamente en su época.

Tres pasajes de la Escritura nos hablan de Enoc: Génesis 5:22-24 parece enfatizar su andar; Judas 14-15, su testimonio; Hebreos 11:5, su arrebato.

2.1.2 - El camino de Enoc

«Caminó Enoc con Dios»; esto se repite dos veces (v. 22, 24). Para caminar con Dios el hombre debe nacer de nuevo, pues la carne es absolutamente incapaz de entrar en lo divino. Ningún lenguaje es más contundente que el de Romanos 8:7-8: «El pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios». Satanás nunca se ha opuesto tanto a esta humillante verdad como hoy. De alguna manera, las mentes de los hombres están llenas de la idea de que hay algo bueno en la carne. La Escritura dice lo contrario. A una persona tan religiosa como Nicodemo, el Hijo de Dios le dijo formalmente que un hombre no puede ver ni entrar en el reino de Dios sin el nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu (Juan 3).

Parece ser sugerido en Génesis 5:22 que la manifestación de la nueva vida en Enoc coincidió con el nacimiento de su hijo Matusalén. Es fácil ver cómo pudo ocurrir esto. Los nacimientos y las muertes son igualmente acontecimientos familiares solemnes, aptos para que el Espíritu de Dios dirija el corazón hacia las cosas eternas. Leemos: «Vivió Enoc 65 años, y engendró a Matusalén. Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, 300 años, y engendró hijos e hijas» (Gén. 5:21-22).

«Caminar con» implica la comunión. Si Ud. me ve caminando por la calle conversando con alguien, pensará que disfruto de su compañía. Con su pueblo, Dios valora esta actitud más que cualquier otra cosa. La de María de Betania brilla en el tiempo en que el Señor estuvo en la tierra. ¿Acaso el servicio afectuoso de Marta no tenía valor para él? Ciertamente lo valoraba; pero más valoraba el de María, satisfecha de sentarse a sus pies y escuchar su palabra. Enoc es el primer hombre del que se dice expresamente que «agradó a Dios». Mientras otros estaban ocupados haciéndose un nombre, construyendo sus ciudades o perfeccionando sus habilidades, Enoc «caminaba con Dios». La presencia de Dios y la comunión con él eran más importantes para su corazón que cualquier cosa que un mundo marcado por el pecado pudiera dar. ¿Y nosotros? Deberíamos conocer a Dios mejor de lo que Enoc pudo hacer. Mediante la venida de su Hijo único al mundo para realizar la obra de la redención, Dios se ha manifestado ahora plenamente. El nombre del Padre ha sido revelado. Nuestros privilegios son infinitamente mayores que todo lo que podía conocer Enoc. ¿Son nuestros corazones tan sensibles al placer de Dios como el suyo?

«Caminar» también habla de progreso. El que decide caminar en una dirección determinada termina su viaje en un lugar más allá del que partió. ¿Qué progresos hacemos en nuestras almas? Muchos de nosotros conocemos a Dios desde hace muchos años. ¿Hacia qué meta hemos progresado? “Deseo progresar espiritualmente, decimos; pero ¿qué puedo hacer al respecto”?

¿Qué leemos? ¿Con qué llenamos nuestra mente? La literatura que disfrutamos hace mucho para formarnos. ¿Qué tipo de historias encontramos en nuestras bibliotecas o en nuestras estanterías? Todo lo que es inútil, y a veces positivamente pernicioso, es suficiente en sí mismo para explicar la tan lamentada falta de progreso. A fortiori podemos hacer las mismas observaciones sobre lo que escuchamos y miramos.

Y luego, ¿qué hacemos con nuestro tiempo libre? “Dime cómo pasas las vacaciones y te diré qué clase de cristiano eres”, se ha dicho. ¿Son nuestras vacaciones un tiempo en el que dedicamos más tiempo del que es posible en el ajetreo ordinario de la vida a atender las cosas eternas, o es, por el contrario, un tiempo en el que descuidamos más de lo habitual la oración, la meditación de la Palabra de Dios y los privilegios de la comunión cristiana? ¿Es un momento en el que ponemos la carne y sus deseos en lo más alto de nuestra agenda? Consideremos estas preguntas; pueden ayudarnos a ver porqué nuestro progreso en las cosas de Dios es tan miserable.

Enoc, «antes del traslado obtuvo testimonio de haber agradado a Dios» (Hebr. 11:5). ¿Y por qué no hemos de ser también muy sensibles a la aprobación divina? «Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos para con Dios» (1 Juan 3:21). ¡Cuántos de nosotros avanzamos con un corazón que, por desgracia, nos condena!

2.1.3 - El testimonio y la profecía de Enoc

El hombre que caminó con Dios tenía que dar el testimonio profético que se le había confiado. Lo encontramos en Judas 14-15: «De estos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, que vino el Señor con sus santas miríadas, para hacer juicio contra todos, y convencer a todos los impíos de todas las obras impías que impíamente hicieron, y de todas las palabras duras que los impíos pecadores hablaron contra él». El hombre que tiene en alta estima la comunión con Dios puede esperar que él le revele su pensamiento, pues Dios ama comunicar sus pensamientos a los suyos.

Aunque se cumplió parcialmente en la época del diluvio, la profecía de Enoc espera el día del Señor. Toda profecía, de hecho, converge en ese día. Sería un error buscar un cumplimiento exhaustivo de los acontecimientos de una profecía que ya han tenido lugar en la actualidad.

Es importante observar el uso que el Espíritu de Dios hace de las palabras de Enoc. No las aplica al mundo, sino a la iglesia profesa. El tema de esta breve epístola es la introducción, el desarrollo y el juicio del mal en la cristiandad. Los «impíos» entre ellos significa hombres malvados entre los cristianos. ¡Cuántos hombres hoy en día, oralmente o por escrito, dicen cosas «duras» contra Él! La divinidad esencial y la humanidad intachable del Salvador son tratadas a la ligera, su misma veracidad es negada, y todos sus milagros son negados. Cuando la paciencia de Dios llegue a su límite, el golpe final de Dios caerá inexorablemente sobre estos falsos maestros incrédulos.

El propio testigo se sintió conmovido por su testimonio y su alma sintió el peso del mismo. Por eso llamó a su hijo Matusalén, que significa «después de su muerte, será enviado» (Gén. 5:22). ¿Se ven afectadas nuestras almas por el propio testimonio que estamos llamados a dar? A menudo hablamos del juicio inminente del mundo, y también del «vómito» de la iglesia profesa. ¿Hasta qué punto nuestras vidas se ven realmente afectadas por lo que decimos? Seguramente una santa separación de toda forma de maldad y una sobriedad piadosa nos caracterizaría más si realmente fuera así.

La paciencia de Dios parece responder a la fe de Enoc con el nombre de su hijo. El juicio de los impíos fue ciertamente retenido hasta que Matusalén abandonó la escena, aunque su vida se prolongó más que la de cualquier otro hombre que haya pisado la tierra. ¡Qué Dios es el nuestro en paciencia y gracia!

2.1.4 - El arrebato de Enoc

«Por la fe, Enoc fue trasladado para que no viese la muerte; y no fue hallado, porque lo trasladó Dios» (Hebr. 11:5). «Desapareció porque le llevó Dios» (Gén. 5:24). No podemos dejar de contrastar su papel con el de Noé, otro anunciador del juicio venidero. Este último no fue sacado de la escena, sino que, como objeto de misericordia, fue preservado a través del juicio y luego establecido en la tierra purificada; Enoc fue tomado antes de que cayera el juicio. Noé representa al remanente piadoso de Judá en los últimos días; Enoc representa a los que hoy creen en el Señor Jesús. Nuestra esperanza personal es nuestro arrebato para encontrarnos con el Señor. ¡Oh, qué bendita es esa perspectiva! No morir, sino ser arrebatados para encontrarnos con el Señor en el aire: esa es nuestra verdadera expectativa. En 1 Tesalonicenses 4, la analogía entre nosotros y Enoc se presenta de manera sorprendente; el versículo 17 se refiere a la primera parte de Hebreos 11:5; el versículo 1 se relaciona con la segunda parte de ese mismo versículo. Seremos arrebatados en breve; que nuestras vidas sean transformadas mientras esperamos una realización tan completa y gloriosa.

2.2 - El primer predicador

La profesión más natural del mundo es la de agricultor; la menos común es la de predicador. Si los hombres hubieran perseverado en el camino de la inocencia, habrían seguido cultivando la tierra sin dificultad (Gén. 2:15). Por otro lado, si el pecado nunca hubiera entrado en el mundo, las advertencias del predicador nunca habrían sonado. A la cabeza de la larga lista de predicadores que han testificado entre los hombres se encuentra Noé; es el primer hombre al que el Espíritu de Dios da expresamente este título (2 Pe. 2:5).

A veces los siervos de Dios tienen el privilegio de predicar cosas benditas a los hombres. En 1 Timoteo 2:3-4, Pablo exhorta a hacer súplicas por todos los hombres, pues, añade, esto es bueno y aceptable a los ojos de nuestro Dios salvador, que quiere que todos los hombres sean salvos. El apóstol fue llamado a evangelizar, es decir, dar a conocer la buena nueva. Por otro lado, los predicadores de Dios pueden tener una gran responsabilidad. Jonás en Nínive y Noé entre los hombres antes del diluvio son ejemplos.

2.2.1 - El estado del mundo en la época de Noé

Noé nació 1.056 años después de la creación de Adán. Durante este largo periodo, los hombres no tenían Biblia ni magistrado que les pidiera cuentas de su conducta. Era formalmente la edad de la conciencia. Pero, ¿qué estado de cosas se desarrolló entonces? «Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón» (Gén. 6:5-6). Este era el estado del mundo antes del diluvio. ¿Han mejorado las cosas desde entonces? Escuchemos lo que dice David unos 1500 años después del diluvio: «El Señor ha mirado desde el cielo a los hijos de los hombres, para ver si hay alguno que entienda, que busque a Dios: todos se han desviado, todos juntos se han corrompido; no hay quien haga el bien, ni uno solo» (Sal. 14:2-3). Este lenguaje no sugiere ninguna mejora posible. ¿Y qué pasa con el mundo actual? El mundo es ahora responsable ante Dios por la muerte de su Hijo, y por lo tanto está bajo su juicio (Juan 12:31). ¡Una posición terrible! ¿Cuándo caerá el castigo divino? Solo Dios lo sabe.

¿Cuándo dio Noé su testimonio? Hay cierta analogía entre aquella época y la actual. El Señor mismo lo señala en Lucas 17:26-27: «Como sucedió en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, se casaban, se daban en matrimonio, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos». Noé vivió al final de una dispensación, cuando las nubes de tormenta del juicio divino se acumulaban por todas partes. También nuestra parte se sitúa al final de una dispensación en la que una vez más el juicio de Dios se prepara para descender sobre un mundo lleno de maldad. Los hombres son tan despreocupados e indiferentes ahora como en aquellos tiempos.

2.2.2 - Noé, predicador de justicia

Está escrito: «Noé halló gracia ante los ojos de Jehová». Y entonces: «con Dios caminó Noé» (Gén. 6:8-9). Siempre es el orden de Dios. Ningún hombre puede caminar con Dios hasta que haya probado la gracia de Dios para sí mismo. «Noé, varón justo; era perfecto en sus generaciones»; «perfecto» no significa “sin pecado”, su triste fracaso tras abandonar el arca es prueba suficiente (Gén. 9:21); sin embargo, era un hombre recto, que buscaba caminar ante Dios con integridad.

El mensaje de Noé se parecía más al de Juan el Bautista que al de Pablo. Se caracterizó, no por la gracia, sino por la justicia. De Noé está escrito que fue un «pregonero de la justicia» (2 Pe. 2:5), y de Juan el Bautista el Salvador dijo: «Vino Juan a vosotros en camino de justicia» (Mat. 21:32). El juicio se acercaba, y el solemne papel de Noé era anunciarlo. ¿Quizás los hombres se volverían a Dios con arrepentimiento? Desgraciadamente, solo encontró desobediencia en todas partes mientras «la paciencia de Dios esperaba» (1 Pe. 3:20).

2.2.3 - La salvación anunciada por el predicador

Todo vino de Dios: Él diseñó el arca y se la dio a Noé. La tormenta podía arreciar por encima y alrededor, pero el arca nunca se sumergió. «Flotaba el arca sobre la superficie de las aguas» (Gén. 7:18). Un tipo de Aquel que soportó la tormenta de la ira de Dios por todo su pueblo. La grandeza de su persona le dio la capacidad de hacer una obra tan maravillosa.

Nadie más en el cielo o en la tierra podía ofrecer lo que la justicia requería.

Observe cómo Hebreos 11:7 habla de Noé y su liberación: «Por la fe Noé, advertido por Dios acerca de lo que aún no se veía, con reverente temor preparó un arca para la salvación de su casa; por esa arca condenó al mundo, y vino a ser heredero de la justicia que es según la fe». Nuestra propia posición se ilustra aquí. Hemos oído el anuncio divino del juicio venidero, y aunque todavía no se ve, hemos creído humildemente en su palabra, y hemos huido a Cristo en busca de un refugio seguro. Los hombres se burlan ahora de la mera idea de que Dios interrumpa el curso del mundo y lo trate según su sabiduría; sin embargo, cuando el sexto sello sea abierto por el Cordero (Apoc. 6:12-17), y que los hombres verán que todas las cosas se tambalean ante ellos, clamarán a los montes y a las rocas: «Caed sobre nosotros y escondednos del rostro del que está sentado en el trono, y de la ira del Cordero; porque ha llegado el gran día de su ira, y ¿quién podrá mantenerse en pie?»

Cuando el arca se completó en la obediencia de la fe, la invitación divina fue dada a Noé: «Entra tú y toda tu casa en el arca… Y Jehová le cerró la puerta» (Gén. 7:1, 16). Nadie puede abrir la puerta cuando a Dios le place cerrarla. Así, todos los habitantes de esta nave se encontraron con la seguridad divina, única en su especie. Cuando se agotó el juicio divino, leemos: «Y reposó el arca en el mes séptimo, a los diecisiete días del mes, sobre los montes de Ararat» (Gén. 8:4). Desde luego, no hay ninguna coincidencia. El séptimo mes se convirtió en el primer mes del Éxodo (Éx. 12:2); en consecuencia, el arca descansó tres días después del día señalado para el sacrificio del cordero pascual, el mismo día de la resurrección. El regreso triunfal del Señor de entre los muertos es una prueba pública de que la ira de Dios sobre los pecados de su pueblo ha seguido su curso, y que el descanso y la paz se han establecido para siempre.

2.3 - El primer peregrino

Un peregrino es un hombre en viaje. Tras haber visto –o haber oído hablar– de algo más deseable en otro lugar, abandona su entorno actual y se dirige hacia él. Renuncia al presente por el futuro. Abram fue el primer hombre llamado divinamente a tomar ese camino; todo creyente de hoy es, en la mente de Dios, un peregrino y extranjero en este mundo (1 Pe. 2:11). ¿En qué medida lo estamos en la práctica? Cada corazón debe responder a esta pregunta por sí mismo.

La peregrinación es una de las consecuencias del pecado. Adán, en su inocencia, no oyó ninguna llamada de esta especie: «Sígueme». Continuar donde Dios lo había colocado, y no abandonar nunca su primer estado, era en verdad su deber y responsabilidad. Pero el pecado lo puso todo patas arriba. El hombre, al ser expulsado del jardín, surgió «el mundo». Sus inicios se describen en Génesis 4:16-26. Entre Dios y «el mundo» no hay nada en común. Todo en el sistema del hombre se opone a la naturaleza divina.

Nadie fue llamado a una clara separación antes del día de Abram; hasta ese día, sin embargo, todo hombre de fe había sentido profundamente en su corazón y en su mente que debía caminar desprendido de todo el sistema impío que lo rodeaba. En tiempos de Abram, el llamado divino sonó por una razón: «Vete de tu tierra…» (cap. 12). Después del diluvio se manifestó una nueva forma de maldad entre los hombres: la idolatría. Quizás su forma más antigua se describe en Job 31:26-28. Josué 24:2 muestra que los de la familia de Abraham no eran mejores que los demás. La idolatría es un abandono formal de Dios por la adoración del demonio (1 Cor. 10:20). Romanos 1:18-25 muestra lo que le ocurrió al mundo a causa de este terrible pecado. Recuerda que tanto Noé como Sem estaban vivos en ese momento: uno murió dos años antes de que naciera Abram, el otro vivió hasta que Abram tuvo 150 años. Pero su testimonio aparentemente no tuvo efecto. Satanás, al convertir así la mente de los hombres en idolatría, se apoderó de toda la situación y Dios fue rechazado del mundo.

2.3.1 - El propósito divino de separar a Abram

Fue en este momento cuando Abram fue llamado. ¿Cuál era el propósito divino al separar a este hombre para el Señor? ¿Simplemente para hacerle un bien? En efecto, fue bendecido como individuo: «Te bendeciré y engrandeceré tu nombre». Pero había un pensamiento mayor en la mente de Dios. Quería hacer de él un canal a través del cual pudiera bendecir al mundo. De ahí las palabras: «Serás bendición… y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Gén. 12:2-3).

Tenemos en los capítulos 10 y 11 el esquema del mundo tal como lo conocemos ahora, dividido entre las naciones de los tres hijos de Noé; y en Génesis 12 encontramos al hombre y el principio por el que Dios podría operar. ¡Qué gracia!

Tomemos ahora Hechos 7:1-2, donde se describe de forma muy conmovedora la llamada de Abram. «El Dios de gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando él en Mesopotamia, antes de que habitase en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y deja a tus parientes, y ve a la tierra que yo te mostraré». Llegó el momento en que Dios – «el Dios de la gloria»– se dio a conocer a un pobre idólatra, y ganó su corazón para siempre. No fue una nueva religión lo que aprendió Abram, ni la incorporación a un nuevo círculo de pensamiento, sino que llegó a conocer a una Persona. El resultado fue que, como los tesalonicenses más tarde, se apartó de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero.

¿Se le ha revelado el Dios de la gloria, querido lector? Resucitó a su Hijo de entre los muertos y le hizo sentarse a su derecha en el cielo. Toda la gloria de Dios brilla ahora en su rostro (2 Cor. 4:6), o, en otras palabras, todo lo que Dios es ha encontrado expresión en el hombre Cristo Jesús. ¿Lo conoce? ¿Está su corazón lleno de gozo por lo que ha encontrado en él? Si es así, y solo si es así, está preparado para emprender el camino del peregrino. Un cristiano pudo dar este testimonio al final de su vida:

Este es el tesoro que he encontrado en su amor,
Eso me convirtió en un peregrino aquí en la tierra.

Nadie puede renunciar verdaderamente si no ha recibido primero. Compara las palabras del Señor a Abram en Génesis 12:2: «Engrandeceré tu nombre», con la ambiciosa obra de los hombres en el capítulo 11:4: «Hagámonos un nombre». Los proyectos que hacen los hombres, ya sea la torre de Babel o cualquier otra cosa, así como los nombres de quienes los planean y trabajan en ellos, perecen con el mundo al que pertenecen; mientras que el que se identifica con los intereses divinos obtiene un nombre que permanece para siempre. Dejemos que Dios engrandezca nuestro nombre en lugar de buscar algo de gloria para nosotros en esta tierra.

La obediencia de Abram fue solo parcial al principio, ya que toda la familia salió de Ur de los Caldeos bajo el liderazgo de su padre Taré; de hecho, parece que fue él quien dirigió el camino: «Tomó Taré a Abram su hijo» (Gén. 11:31). Al respecto, las palabras de reproche no nos convienen bien. ¡Cuántas veces hemos juzgado con reprobación los errores de los que nos han precedido, cuando nuestro corazón ha sido tan poco «escudriñado» por nuestra parte! El fallo de Pedro al mirar al viento y a las olas en lugar de a Jesús, y las quejas de Marta sobre María son ejemplos conocidos. Sin embargo, Pedro salió de la barca confiando en el poder de una sola palabra del Salvador: Marta, en cambio, sirvió lo mejor que pudo y, aun con todo su corazón, su error fue anteponer el servicio a la comunión (Mat. 14:29; Lucas 10:40). ¿Cuántas palabras del Señor necesitaríamos para poder dejar la seguridad de un barco y bajar a caminar sobre las aguas en ira? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a servir como lo hizo Marta?

2.3.2 - El comentario de Hebreos 11

Mucho después, el Espíritu habla de los días de peregrinación: «Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir a un lugar que iba a recibir por herencia; y salió sin saber adónde iba» (Hebr. 11:8). ¡Qué empresa tan peligrosa! Si alguien hubiera preguntado al patriarca, que en ese momento estaba preparando sus camellos, a dónde iba, ¡ni siquiera habría podido decirle si iba al norte, al sur, al este o al oeste! A los ojos de sus vecinos materialistas, fue un gran necio como Noé cuando construyó su extraordinaria barca sin ninguna señal externa y visible de que esa embarcación pudiera ser necesaria. Pero el hombre de fe siempre es un tonto a los ojos del mundo.

Van ha hacer un alto que duró tanto como Taré vivió. Los propios nombres tienen un gran significado: Taré significa “retraso”, y Harán “agotado, a seco”. Ay, cuántos obstáculos deben superar los que aspiran a seguir plenamente al Señor, los más graves provienen con mayor frecuencia de su círculo familiar. Una familia inconversa, o una familia cristiana pero mundana, es a menudo un triste peso sobre nuestras almas. Pero la bendición completa es desconocida hasta que la obediencia sea completa. «Taré» debe ser la confesión de quien conoce la meta del viaje del peregrino y, sin embargo, duda en perseguirla. El salmista dice: «Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos» (Sal. 119:60). «Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón… En guardarlos hay grande galardón» (Sal. 19:8, 11).

2.3.3 - Abram prosigue su camino

Una vez muerto Taré, Abram reanuda su viaje con Sarai y con Lot. «Salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron» (Gén. 12:5). Cuando llegaron a la llanura de More, cerca de Siquem, Abram comenzó por construir un altar. En ese momento, Jehová se le aparece y renueva su promesa: «A tu descendencia daré esta tierra» (v. 7). Se trata de la primera manifestación divina de la que se tiene noticia desde que Abram salió de Ur de los Caldeos. Ilustra las palabras del Señor a sus discípulos en Juan 14:21: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él». La obediencia siempre trae la luz y la alegría de la presencia del Señor como recompensa para el alma.

Abram se caracterizó en Canaán por su altar y su tienda porque «esperaba la ciudad que tiene [los] cimientos; cuyo arquitecto y hacedor es Dios» (Hebr. 11:10). Las ciudades del hombre no tenían ningún atractivo para su corazón. Babilonia y Nínive ya habían levantado la cabeza con orgullo, y las ciudades de Egipto, cuyas ruinas son una de las maravillas de nuestro tiempo, ya existían entonces. Pero Abram está con Dios al margen de todas estas cosas. A la espera de una ciudad y un país celestiales, su fe se elevó por encima de su vocación, pues Dios no le había revelado nada de eso, como se nos informa en Génesis. Para nosotros es diferente. Tan alta y maravillosa es la vocación a la que hemos sido llamados que la fe no puede menos que desear alcanzar su meta (Efe. 1:18; 4:1). ¿Y cuántos de nosotros entendemos realmente cuál es la llamada de Dios?

Compare ahora dos pasajes de Hebreos: 2:11 y 11:16. En el primero leemos: «Jesús… no se avergüenza de llamarlos hermanos»; en el segundo, «Dios no se avergüenza de ellos, ni de ser llamado Dios suyo». En el capítulo 2, es la gracia la que habla; en el capítulo 11, el gobierno. De todos los cristianos sin excepción es cierto que Cristo «no se avergüenza de llamarlos hermanos»; pero no es necesariamente cierto de todos que «Dios no se avergüenza de ser llamado Dios suyo». Nunca asoció su nombre con Lot, ni siquiera con Abdías. ¿Por qué no? Porque ninguno de ellos quería ocupar un lugar de separación con él. Hermanos, examinemos nuestros corazones sobre este tema. Vivimos en una época mundana, y por todos lados deploramos el rechazo tácito de muchos creyentes a aceptar la parte del peregrino. Dios solo puede utilizarnos en la medida en que caminemos en la separación moral del mundo. Cuando bajó a Egipto, Abram trajo problemas, no bendiciones, sobre esa tierra; cuando los israelitas se mezclaron con las naciones, sintieron la mano de Dios en el juicio sobre ellos mismos y sobre todas las demás naciones también.

¿Cuál ha sido el camino de la Iglesia? Que el Señor en su gracia levante siervos y siervas que estén decididos a caminar en el Espíritu al margen de las cosas de este mundo, esperando con ferviente deseo a su Hijo del cielo.

2.4 - El primer sacerdote

No hay una institución formal del sacerdocio hasta el día de Moisés. Porque, hasta entonces, no había “ningún pueblo” en relación con Dios. Hubo personas creyentes desde el principio, pero fue en Israel donde se estableció por primera vez el principio de un «pueblo» en una relación especial con Jehová. El sacerdocio, una vez confiado a Aarón y a su familia, estaba destinado a ayudar y apoyar a un pueblo colocado en una posición maravillosa. Muchos de los detalles relacionados con el alto cargo de Aarón nos hablan de Cristo y de su actual ministerio en gracia a favor de sus santos.

Pero mucho antes de Aarón, cuando su padre Leví «aún estaba en los lomos» de Abram (Hebr. 7:10), Melquisedec es presentado ante nosotros en la Escritura como «sacerdote del Dios Altísimo» (Gén. 14:18). Cristo fue tipificado en Melquisedec tan ciertamente como en Aarón. Pero la diferencia entre los sacerdocios es muy marcada. El de Aarón era esencialmente un ministerio de intercesión basado en sacrificios y ofrendas de incienso. Tuvo que lidiar con sangre e incienso. En cambio, no oímos hablar de ningún sacrificio ofrecido por Melquisedec, ni de incienso quemado en el altar de Dios. Su servicio era esencialmente un ministerio de bendición. Bendijo a Abram en nombre de Dios, y en nombre de Abram bendijo al Altísimo.

2.4.1 - ¿Quién era Melquisedec?

Sobre él, las especulaciones de los hombres son variadas. Se ha sugerido que era un ángel, el patriarca Sem, e incluso el propio Hijo de Dios. Tales suposiciones son tan inútiles como insensatas. La omisión de su genealogía tenía la intención divina de que fuera el tipo más elocuente en las Escrituras de Aquel de quien se dice que no tuvo «comienzo de días, ni fin de vida» (Hebr. 7:3). Pero Melquisedec era de hecho un hombre como cualquier otro.

En Génesis 14 tenemos una imagen notable de lo que ocurrirá al final de la era actual. El Cristo de Dios –Rey y Sacerdote en una sola persona– se manifestará desde el cielo con la bendición en sus manos para Israel y la tierra. Establecerá la supremacía divina –«el Dios Altísimo»– así como los derechos divinos sobre todo el universo –«creador de los cielos y de la tierra»–, verdades tan discutidas. Su nombre «significa, en primer lugar, rey de justicia; y, además, rey de Salem, esto es, rey de paz» (Hebr. 7:2), la justicia y la paz caracterizarán su reinado: «Oh Dios, da tus juicios al rey, y tu justicia al hijo del rey… Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna» (Sal. 72:1, 7). «He aquí que para justicia reinará un rey… Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre» (Is. 32:1, 17).

2.4.2 - La aplicación actual de la escena de Génesis 14

Los cristianos ya disfrutan por la fe de lo que Israel y la tierra deben esperar hasta que aparezca Cristo.

Dos reyes salieron al encuentro de Abram tras la victoria sobre Quedorlaomer y sus aliados: Bera, rey de Sodoma, y Melquisedec, rey de Salem. En su sabiduría, Dios permite que Melquisedec actúe primero. Trajo «pan y vino» (Gén. 14:18). ¿Qué significan estos dones para nosotros los cristianos? ¿No evocan en nuestros corazones el recuerdo de la muerte del Señor? ¿Qué puede ser más fortalecedor para el hombre de fe que recordar con claridad la maravillosa obra del Calvario? Con demasiada frecuencia pensamos en la muerte de Cristo simplemente porque nos trajo la salvación y el refugio de la ira venidera, y nos olvidamos de que también nos sacó por completo de la presente era de maldad. El gozo y la felicidad que el Sacerdote vivo querría otorgar a nuestras almas no pueden ser comprendidos mientras nuestros corazones se aferren a esta escena condenada por la presencia del pecado. Todo el objeto del ministerio presente de Cristo, obrando por medio del Espíritu Santo en nosotros, es conducirnos moralmente incluso ahora al otro mundo del que él es la luz y la gloria.

«Bendito sea Abram» (v. 19). Escuchad al Rey Sacerdote y escribid vuestro propio nombre en lugar del de Abram. ¿Quién es el Dios del que descienden todas las bendiciones? Es el «Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra». Por lo tanto, es más alto que el más alto, y más rico que el más rico. ¡Y él es nuestro Dios! Nuestros corazones están satisfechos y son llevados más cerca del Señor. Nuestro afecto por él se estimula pensando en él.

Luego, en nombre de Abram, Melquisedec bendice a Dios por la victoria que le ha sido concedida: «Bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano» (v. 20). Detengámonos aquí y hagámonos la pregunta: “¿Tiene el Señor en el cielo el gozo de dar gracias por las victorias que hemos conseguido? ¿Nuestras vidas se caracterizan por las victorias o las derrotas? ¿Somos como Abram, vencedores del mundo, o como Lot, derrotados por el mundo?”

2.4.3 - La reacción de Abram

Abram ha entendido perfectamente lo que acaba de escuchar. Cuando el rey de Sodoma ofrece a Abram el botín, le responde: «He alzado mi mano a Jehová Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta una correa de calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abram» (Gén. 14:22-23). ¿Se limitó a repetir la fraseología de Melquisedec al hablar de Dios de esta manera? ¡Qué fácil es repetir fórmulas simples, palabras o frases cuyo significado y valor desconocemos! ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de la letra de los himnos que cantamos?

Abram actúa. ¿Y nosotros? El botín recuperado de cinco ciudades puede haber sido mucho, pero el hombre de fe no le atribuye valor. ¿El secreto? Había visto a Melquisedec. Pablo llama a todas sus ganancias religiosas «estiércol» de las que podría haberse enorgullecido legítimamente (Fil. 3:8); ¿cómo nombraría entonces las locuras del mundo? El hijo pródigo, al final de su viaje, había llegado a desear «saciar su apetito con las algarrobas que comían los cerdos» (Lucas 15:16). ¿Seremos, aunque sea en menor medida, como aquel muchacho al que nadie le daba nada?

Cuántas veces, como creyentes, nos sentiríamos inclinados a pensar en un acto u otro: “¡Realmente no veo el daño en esto!” Probablemente hablan como lo sienten. Pero, ¿cómo es que no pueden ver? Tal vez las palabras del Señor en Apocalipsis 3:18 proporcionen una explicación: «Te aconsejo que compres… colirio, para ungirte los ojos, para que veas». Una Biblia “descuidada” explica la falta de discernimiento de muchos. El ojo que ve a Cristo arriba en el poder del Espíritu de Dios, el oído que escucha su ministerio celestial como el del verdadero Melquisedec, están protegidos contra todas las artimañas de la carne y del diablo. La victoria moral lograda por Abram en las cercanías de Sodoma fue mucho mayor en el relato divino que la victoria material lograda en las cercanías de Damasco. Hay que temer más a Satanás cuando sonríe que cuando se vuelve amenazante.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada de lo creado fue hecho. En Él había vida; y la vida era la luz de los hombres. La luz resplandece en medio de las tinieblas…» (Juan 1:1-5).


arrow_upward Arriba