Los caminos de Dios en el libro de los Hechos


person Autor: William Wooldridge FEREDAY 9

(Fuente autorizada: graciayverdad.net – artículo corregido)


De la revista «The Bible Treasury» Vol. N° 1, pags. 41, 58, 74.

1 - El llamamiento de los judíos

Hechos 2

Es importante, para una buena comprensión de los modos de obrar de Dios en el cristianismo, tener una percepción clara de la enseñanza contenida en el libro de los Hechos de los Apóstoles. En ese libro tenemos los tres grandes hechos particularmente presentados ante nosotros:

1) el descenso del Espíritu Santo, según la promesa del Señor Jesús;

2) la formación de la iglesia de Dios –el Cuerpo de Cristo, y la Casa de Dios; y

3) la difusión del Evangelio de Cristo por todas partes.

Pero hay una diferencia en la acción divina que hacemos bien en mencionar. Es una observación cierta que al estudiar las Escrituras aprendemos más buscando diferencias que buscando similitudes. Muchos se ocupan, generalmente, en buscar pasajes similares en la Palabra, suponiendo que es el mejor modo de adquirir un conocimiento de la verdad; pero, sin menospreciar este método, nuestras almas aprenden muchísimo al observar cuidadosamente las muchas diferencias que están allí, recurriendo al Espíritu Santo acerca de ellas. En el libro de los Hechos tenemos al Espíritu tratando respectivamente con judíos, samaritanos y gentiles, variando un tanto su método en cada relación. Son estas importantes variaciones lo que nos proponemos considerar ahora.

Hechos 2 nos muestra la venida del Espíritu Santo. El Señor Jesús, antes de dejar a los suyos, prometió el precioso don a sus discípulos (Juan 14 al 16). En Hechos 1 tenemos al Señor, después de su resurrección, quedándose un tiempo con los suyos antes de ir al Padre; colocando ante ellos, en cierto modo, su nueva posición (no hablándoles aún acerca de la unión con él como un Cuerpo), y hablándoles, de manera general, de las cosas pertenecientes al reino de Dios. Ellos debían esperar en Jerusalén la promesa del Padre; él les declara: «vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días». En el capítulo 2 la promesa es vista cumplida: el bautismo del Espíritu tiene lugar.

Ahora bien, esto era algo completamente nuevo: los santos de Dios nunca antes habían experimentado algo semejante. Desde el principio mismo han existido aquellos que, por gracia, han nacido del Espíritu; pero el don del Espíritu, sellando creyentes individuales y bautizando a todos en un solo Cuerpo, es una clase de bendición completamente nueva fundamentada en la redención. Estando ahora consumada esa obra poderosa mediante la cual Dios ha sido vindicado y glorificado, y estando el divino limpiador de pecados en su asiento en lo alto, Dios puede prodigar de manera justa todo don sobre todos los que creen en su Hijo amado. Y, como uno puede decir, Jesús recibió el Espíritu Santo dos veces; primero en el Jordán para él mismo, después en su regreso a la gloria para sus santos. En el Jordán el Padre expresó el deleite de su corazón en él como el hombre perfecto en la tierra: «y descendió sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como paloma» (Lucas 3:22); de modo que él pudo decir después de sí mismo: «sobre este el Padre, Dios, han puesto su sello» (Juan 6:27). Pero cuando resucitó y ascendió, Pedro pudo declarar: «Siendo exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, él ha derramado esto que veis y oís» (Hec. 2:33).

Pero la forma en que el Espíritu vino fue muy diferente en los dos casos. Sobre el Señor vino «como paloma»; la forma en relación con los discípulos fue «lenguas como de fuego» (Hec. 2:3). ¿Por qué la diferencia? Él vino sobre el Señor Jesús en una forma adaptada al carácter de aquel Bendito a quien estaba sellando. Cristo fue aquel manso y humilde, que no apagaba el pábilo que humeaba, ni quebraba la caña cascada. ¿Qué emblema de mansedumbre más adaptado que una paloma? En cuanto a los discípulos, ellos iban a ser testigos como el Señor les dijo; por eso las lenguas. Se trató de lenguas repartidas, porque el testimonio no iba a limitarse a los judíos, como en el día de Mateo 10 –aunque fue primero para ellos, como pronto veremos– sino que iba a expandirse también a los gentiles: «para todos los que están lejos; para todos cuantos llame el Señor» (Hec. 2:39). Las lenguas fueron de fuego, el símbolo usual de la santidad divina en juicio; porque el testimonio de Dios, si bien trae bendición, no obstante, juzga todo lo que está ante ella, inclemente para con todo lo que es del hombre caído.

Pero que nadie suponga que por tener forma ardiente se trata del bautismo de fuego del que habla Juan el Bautista en Mateo 3. Juan dijo de Cristo, «él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mat. 3:11). Sin duda el Señor alude a estas palabras en Hechos 1:5: «Juan, en verdad, bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo, dentro de pocos días»; pero con la notable omisión de «y fuego». Si Mateo 3 es examinado, se verá que el bautismo de fuego es juicio –«[Él] quemará la paja en fuego inextinguible» (v. 12). Esto no es aún; por la longánima paciencia de Dios el bautismo del Espíritu es un hecho cumplido; el bautismo de fuego espera otro día.

El primer gran resultado de la venida del Espíritu fue un testimonio sorprendente para los judíos: «al judío primeramente», «comenzando por Jerusalén» (Rom. 1:16; Lucas 24:47). Era la fiesta de Pentecostés, y muchos estaban en Jerusalén venidos de sitios remotos y cercanos. Para total sorpresa de ellos, hombres incultos e ignorantes comenzaron a hablar en lenguas (idiomas, dialectos), y a declarar las obras maravillosas de Dios. Esto fue claramente la mano de Dios. Los hombres no habían aprendido los lenguajes; aun así, Partos, Medos, Elamitas, etc., los oían hablar en las lenguas en los que ellos habían nacido. Las lenguas sirven de señal para los que no creen (1 Cor. 14:22). Dios superó así la confusión que se produjo en Babel. El día no había llegado para su eliminación; pero Dios haría que hombres de todas las lenguas oyeran las buenas nuevas de su gracia. Las opiniones en cuanto al prodigio fueron diversas. Algunos parecieron pensativos y dijeron: «¿Qué quiere decir esto?» Otros, burlándose, dijeron: «¡Llenos están de vino nuevo!» (Hec. 2:12, 13).

Entonces Pedro se puso en pie con los once. ¡Qué gracia que Pedro, de todos los apóstoles, fuera empleado así! Soy consciente de que el Señor le había dicho: «Te daré las llaves del reino de los cielos» (Mat. 16:13-20); y que él está allí abriendo la puerta a los judíos, así como en Hechos 10 a los gentiles. Sin embargo, ¡qué gracia abundante es que él tuviese que ser el primero en predicar en el nombre de Jesús resucitado! Fue la predicación de un reincidente restaurado. De tal manera había obrado la gracia que él pudo acusar tranquilamente a la nación judía de negar y crucificar al Mesías. Ellos pudieron haber replicado que él también lo había negado. Pero Pedro había confesado su pecado y había sido perdonado; y su conciencia estaba limpia y feliz delante de Dios.

Notemos su predicación.  Él explica el notable suceso del día. Repudia la insinuación de embriaguez, recordándoles la hora temprana del día, y presenta la profecía de Joel. ¿No había hablado el profeta de un derramamiento del Espíritu en los postreros días? Entonces, ¿por qué necesitaban ellos estar sorprendidos ante lo que había ocurrido? No fue que la predicción de Joel recibió en aquel momento su cumplimiento completo; porque el Espíritu aún no había sido derramado sobre toda carne, ni tampoco había habido prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra; sino que dicha profecía tuvo un cumplimiento incipiente en aquel entonces –un derramamiento del Espíritu había tenido lugar.

El estilo de Pedro al predicar a Cristo es perceptiblemente diferente del de Pablo. Pablo comienza con Cristo como estando glorificado, mostrando los maravillosos resultados de su muerte y de su resurrección en la luz de la gloria con los consejos de Dios cumpliéndose ahora en el terreno de ello. Pedro, por el contrario, habla de Jesús como Uno a quien los judíos habían conocido entre ellos, distinguido por Dios por milagros y prodigios y señales; pero a quien ellos habían crucificado y matado, mostrando también que Dios le había resucitado y le había puesto a su propia diestra. Él había sido entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios. Los judíos y sus gobernantes, no conociéndole a él ni las voces de los profetas que leían cada día, las habían cumplido al condenarle (Hec. 13:27). Pero Dios le resucitó, y David había hablado de ello en los Salmos, tal como Pedro procede a mostrar. Fue el momento cuando Pedro y sus compañeros necesitaron que se les mostrara a Cristo en los Salmos (Lucas 24:27). Él cita ahora varios y los imprime en las conciencias de sus oyentes. El Salmo 16 es el primer testimonio (quizás con una cláusula del Sal. 21:4 en Hec. 2:28). ¿De quién había hablado David? «No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Hec. 2:27).

¿Hablaba el salmista de sí mismo? No, él estaba tanto muerto como sepultado, y su sepulcro era conocido por todos los judíos; él no había conocido aún la resurrección, ni ciertamente la exaltación por la diestra de Dios. Pero, «siendo profeta y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que uno de sus descendientes se sentaría sobre su trono, previéndolo, habló acerca de la resurrección del Mesías, que no sería dejado en el Hades, ni su carne vería corrupción» (Hec. 2:30-31). Esto incluye una alusión al Salmo 132, a lo cual se añade la palabra culminante del Salmo 110:1. La conclusión solemne de todo fue que, al crucificado, Dios le había hecho Señor y Cristo.

¡Qué posición para la nación judía! Convictos de la más profunda enemistad contra Dios, de la absoluta ceguera en cuanto a las Escrituras, de la traición y el homicidio de su Mesías. La terrible verdad convenció a muchos –«Al oír esto, se sintieron compungidos de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: ¡Hermanos! ¿qué tenemos que hacer?» Noten ahora cuidadosamente la respuesta: «¡Arrepentíos, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo!» Hec. 2:37, 38). ¿Por qué esta orden? ¿Por qué se hace más énfasis en el arrepentimiento que en la fe? ¿Y Por qué el bautismo debió preceder al perdón de pecados y al don del Espíritu? Especialmente cuando un orden diferente va a ser observado en el caso de los gentiles en Hechos 10. La respuesta va a ser hallada en la peculiaridad de las circunstancias. Estos judíos orgullosos eran convictos del rechazo y homicidio del Mesías. Dios haría que esto fuese sentido profundamente (por consiguiente, el arrepentimiento es enfatizado) y los haría someterse al bautismo en el nombre a aquel que ellos habían despreciado antes que la bendición pudiera ser de ellos. ¿Diría alguien que este es el orden usual? Esto es excepcional y extraordinario; y vemos en ello la sabiduría perfecta de los modos de obrar de Dios.

Pedro les aseguró que la promesa era para ellos y para sus hijos, y para todos los que estaban lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamara (incluyendo gentiles); y los exhortó a salvarse de la generación perversa que estaba a punto de ser visitada con juicio (véase también Hec. 2:47).

Los que habían recibido su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil almas [1]. Así comenzó Dios su nueva cosa en la tierra, la Iglesia de Dios.

[1] No es poco notable que el primer trato de Dios bajo la ley resultara en 3.000 muertos; aquí, su primer trato después del descenso del Espíritu trae a 3.000 a la bendición (véase Éx. 32:28).

La compañía expectante recibió el bautismo del Espíritu, y llegó a ser así el Cuerpo de Cristo, aunque ellos aún no conocían nada acerca de la doctrina de él. Los 3.000 fueron introducidos por el don del Espíritu en el mismo lugar bienaventurado. Ninguna porción semejante había sido disfrutada por los santos, por muy favorecidos que ellos fueron, antes de ese día. La Iglesia no existió en los tiempos del Antiguo Testamento, excepto en los consejos de Dios. Cristo tuvo que tomar su asiento en lo alto como la Cabeza glorificada, y el Espíritu tuvo que descender, antes que tal cosa pudiera existir en la tierra.

Pero ella existe ahora, y las almas que están ante nosotros fueron traídas a ella en aquel día memorable. «Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hec. 2:42). La ocupación continua es buena. Pablo tuvo que decir a algunos: «Corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecieseis a la verdad?» (Gál. 5:7). No fue así en Jerusalén en el día de Pentecostés. Hay aquí cuatro cosas que hay que tener en cuenta:

1) «La doctrina de los apóstoles». ¿Qué otra cosa, querían ellos o queremos nosotros? La doctrina apostólica es el estándar y la prueba de la verdad, tal como Juan declara: «Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos escucha; el que no es de Dios, no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error» (1 Juan 4:6). ¿Estamos preparados para traer todos nuestros modos de obrar y la enseñanza que aceptamos a esta prueba? La tradición es de poco valor, por muy antigua y por muy ampliamente recibida que ella sea; solamente lo que era (o existía) «desde el principio» tiene una reclamación sobre nuestras almas.

2) «La comunión». ¡Qué misericordia es que no somos llamados a caminar solos! En un mundo hostil, ¡qué alivio para el corazón es que Dios nos haya dado la comunión de los santos! ¿Lo valoramos suficientemente? Ningún santo es autosuficiente; todos nosotros necesitamos lo que Dios tiene para nosotros por medio de nuestros hermanos. Pero nuestra comunión debe ser santa. Es mucho mejor caminar solo que poner en entredicho el nombre del Señor. En un caso tal, su gracia se hará suficiente para el alma, tal como muchos pueden testificar; pero esa no es la senda cristiana habitual, sino la comunión.

3) «El partimiento del pan». Esto tenía claramente un lugar mayor en el cristianismo de esos días que en la actualidad. Si bien ellos asistían constantemente al Templo, ellos partían el pan «en las casas» (Hec. 2:46) en (al lo menos) el primer día de la semana (Hec. 20). El amor era demasiado nuevo como para satisfacerse con una conmemoración mensual o trimestral de Cristo. En nuestro día, el nombre mismo está casi perdido, por no decir nada de la realidad. ¿Cuáles son los sonidos a nuestro alrededor? Uno nos habla de la misa, otro del sacramento; pero, ¿escuchamos a menudo los títulos de Dios: «el partimiento del pan», y «la Cena del Señor»?

4) «Las oraciones». Ellos sentían la necesidad de su posición en medio de los enemigos, y valoraban la oración común. Cuando los apóstoles fueron puestos en libertad (Hec. 4), ellos buscaron de inmediato «a los suyos», y juntos se entregaron a la oración. ¿Sentimos esta necesidad? Es triste ver santos, que asisten regularmente a la mesa del Señor, ser indiferentes a la reunión de oración. ¿Qué se puede decir de nuestra condición de alma?

Es verdaderamente un hermoso retrato el que el Espíritu Santo trae aquí ante nosotros; primer amor, ardiente fe y celo sincero por la gloria del Señor ausente. Pero hasta aquí todos en la Iglesia eran judíos; otros iban a ser llamados, tal como los capítulos sucesivos mostrarán.

2 - El llamamiento de los samaritanos

Hechos 8

Hemos tenido ante nosotros el descenso del Espíritu Santo, y el bautismo de los santos expectantes, constituyéndolos en la Iglesia –el Cuerpo de Cristo, y la Casa de Dios. Vimos también que por medio de la predicación del evangelio 3.000 judíos fueron traídos al nuevo círculo de bendición. Los capítulos que siguen a continuación (Hec. 3 - 7) muestran constantes promesas a la nación. Pedro les prometió, de parte de Dios que, si ellos se arrepentían, sus pecados serían borrados y tiempos de refrigerio vendrían de la presencia del Señor (o de la presencia de Jehová), y Él les enviaría a Jesús de regreso (Hec. 3:19-20). El tratamiento otorgado por ellos a Esteban fue el punto culminante del rechazo de ellos al testimonio (Hec. 7). Lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon, enviando un mensajero en pos del Señor (por así decirlo) diciendo: «No queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14).

Vemos en este capítulo 8 del libro de los Hechos la obra de Dios extendiéndose y alcanzando a los samaritanos. Esto fue muy en consonancia con la palabra del Señor en Hechos 1:8, aunque los doce no tuvieron el honor de hacerlo. La furia del enemigo fue la causa inmediata de esta difusión del Evangelio. En el tiempo de la muerte de Esteban, «Y hubo en aquel día una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén; y todos fueron dispersados por las regiones de Judea y Samaria, menos los apóstoles» (Hec. 8:1). Resulta extraño que, a los doce, los cuales eran la vitrina del testimonio, y por consiguiente objetos especiales de la vejación del enemigo, se les hubiera permitido permanecer. Es también una pregunta razonable si ellos no deberían haber ido a otra parte con el Evangelio. A ellos el Señor les había dicho: «seréis mis testigos, no solo en Jerusalén sino también en toda Judea, Samaria y hasta en los últimos confines de la tierra» (Hec. 1:8). Y mucho antes, él había establecido el principio general: «Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra» (Mat. 10:23); un principio claramente llevado a cabo más tarde por Pablo y sus compañeros, incluso hasta llegar a sacudirse el polvo de sus pies (Hec. 14:6; 17:10-14; 13:14-51). Sin embargo, Dios en su sabiduría hizo un uso importante de la presencia de ellos en Jerusalén, como veremos en breve, al provocar la persecución de la Iglesia. El enemigo, como tantas veces antes y después, se extralimitó a sí mismo. Ello solo llevó a la difusión de la verdad, porque «los que fueron dispersados iban por todas partes anunciando las buenas noticias de la Palabra» (Hec. 8:4). Satanás nunca tuvo la intención de que sucediera esto. Su objetivo fue suprimir el testimonio, no difundirlo.

Nosotros vemos un estado similar en Filipenses 1. Satanás había tenido éxito en lograr que encarcelaran a Pablo, lo que a primera vista fue una verdadera calamidad. Pero ¡vean cómo Dios obró por medio de ello! El apóstol pudo hablar de Cristo en lugares donde él no podía haber ido de manera usual; y, además, muchos hermanos en el Señor que tal vez callaban en su presencia, se atrevieron en su ausencia a predicar la Palabra sin temor.

El versículo 4 del capítulo que estamos considerando (Hec. 8) ha ocasionado una apreciable cantidad de discusión en días antiguos y modernos. Para algunos es una dificultad el hecho de que los santos, como una clase general de personas, sea representada como «anunciando… la palabra» (Hec. 8:4). Que este sea un versículo no trivial para la Iglesia oficial es dado fácilmente por seguro; pero es la verdad de Dios, y si las ideas tradicionales no nublaran la mente, todos los que llevan el nombre del Señor lo entenderían. El simple hecho es que todos ellos expusieron lo que sabían del Señor Jesús. Todo cristiano es responsable de hacer esto, en la medida en que Dios dé gracia y oportunidad, aunque no se niega el hecho de que hay dones especiales dados por Cristo, como evangelistas, etc. (Efe. 4:7-8). Pero para estos dones especiales no hay espacio para el hombre; es el Señor ascendido quien da, los siervos son responsables solamente ante él, y la Iglesia es solamente la receptora de la bendición.

Entre los dispersados, uno que predicaba es mencionado de manera particular por el Espíritu. «Felipe, bajando a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo» (Hec. 8:5). Este obrero fue uno de los siete que fueron apartados para distribuir la generosidad de la iglesia en Jerusalén.

No existe relación alguna entre el cargo de diácono y el don de evangelista, excepto de manera general: «Porque los que bien ha servido, obtienen para sí una buena madurez, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús» (1 Tim. 3:13). La noción moderna de un diácono designado para “leer santas escrituras y homilías en la iglesia”, etc., y “para predicar si el obispo lo admite” en contraste con un sacerdote ordenado para perdonar pecados, y para ser un dispensador de los santos sacramentos, no tuvieron existencia alguna en los sencillos días apostólicos. Como diácono, Felipe fue escogido por la asamblea, y designado por los apóstoles; como evangelista (lo cual el Espíritu en otra parte declara expresamente que él fue), él había recibido su don de parte de Cristo, y ni la Iglesia ni los apóstoles tuvieron nada que decir o hacer al respecto (Hec. 21:8; Efe. 4:11). No siendo ya necesarios sus servicios como diácono (habiendo sido dispersados los santos de Jerusalén), él es visto ejerciendo su don en dependencia del Señor.

Observen que a los samaritanos él predicaba a Cristo (Hec. 8:5). Comparen con Hechos 8:34 donde el mismo Felipe es visto tratando con el eunuco, «le predicó la buena nueva de Jesús» (Hec. 8:34-35). ¿Por qué la diferencia? Sencillamente por esto. Los samaritanos, aunque eran una raza extranjera, por siglos habían asumido el terreno judío. Tenían su templo en el monte Gerizim. Tenían las escrituras judías, hablaban de «nuestro padre Jacob», y se apropiaban de la esperanza judía –la venida del Mesías. [2] (Juan 4:12, 25).

[2] Para gran molestia de los judíos, los cuales aborrecían y no tenían trato alguno con los samaritanos.

Por consiguiente, Felipe los llevó al mismo terreno de ellos, y les anunció a Cristo (al Mesías). La predicación estuvo acompañada por muchas señales, tales como la expulsión de espíritus inmundos, etc., «así que había gran gozo en aquella ciudad» (Hec. 8:6-8). Un hombre en particular se vio cautivado. Simón el mago (de quien la tradición tiene muchísimo que hablar, en gran parte, sin duda), había tenido durante años una gran influencia sobre las mentes de los samaritanos, «pretendiendo ser un gran personaje», y se había ganado el título de ser «el poder de Dios llamado Grande» (Hec. 8:9-10). Una gran cantidad de personas creyeron el testimonio de Felipe y fueron bautizadas, Simón entre ellos, asombrado por los milagros y señales que eran hechos. ¡Lamentablemente! fueron estos los que lo impactaron y no la Palabra de Dios. Vean el contraste con Sergio Paulo en Hechos 13:12. La fe fundamentada en milagros de nada vale. El Señor, cuando estuvo aquí, no confió en tales personas (Juan 2:23-25). Los milagros pueden atraer y convencer el intelecto (y confirmar la fe donde ella existe): solamente la Palabra de Dios puede poner de manifiesto el corazón y la conciencia. Esto es lo que nunca supo el desdichado Simón.

Pero las noticias de la obra llegaron a Jerusalén; y cuando los apóstoles oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, ellos les enviaron a Pedro y Juan. ¿Acaso se molestó Felipe y consideró una intrusión la venida de hombres cuyo lugar en la iglesia era mayor que el suyo propio? No, la obra era una, ya fuera en Jerusalén o en Samaria, todos estaban igualmente interesados. Además, el poder del Espíritu se sentía muy intensamente a todo alrededor como para dejar espacio para tales mezquinos pensamientos. Y Dios tuvo un motivo especial para enviar a Pedro y a Juan en aquel momento. Los nuevos convertidos no habían recibido el Espíritu Santo, el gran don característico del cristianismo, sino que simplemente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Los apóstoles oraron por ellos, les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo (Hec. 8:13-17). ¿Por qué este orden? ¿Por qué los samaritanos no recibieron el Espíritu cuando creyeron, tal como los gentiles más tarde en Hechos 10? En esto nosotros podemos ver la sabiduría de Dios. Samaria y Jerusalén habían sido por siglos centro religiosos antagonistas; y si Dios hubiera tratado con los samaritanos exactamente como con los judíos, ¿quién puede decir que la rivalidad no podría haber revivido en el futuro bajo un nombre cristiano? ¿Acaso nunca hemos conocido tal cosa en el cristianismo? ¿Quién no conoce el gran celo en los tempranos días entre las grandes sedes de la cristiandad, particularmente entre Roma y Constantinopla, cuyo resultado final fue una ruptura total entre Occidente y Oriente? Dios no dejaría ninguna puerta abierta para esto en el día de Felipe. Por eso ellos tuvieron que esperar la venida de los apóstoles desde Jerusalén, antes que el don del Espíritu pudiera ser de ellos. Así unió Dios la obra y preservó la unidad. Los santos en la tierra, sean judíos, samaritanos o gentiles, son un solo Cuerpo, unido a la única Cabeza en la gloria por un solo Espíritu enviado desde lo alto. La independencia de cualquier tipo se aparta del pensamiento de Dios.

Todo esto sacó a relucir lo que había en el corazón de Simón. «Al ver Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se recibía el Espíritu, les ofreció dinero, diciendo: Dadme a mí también ese poder, para que a cualquiera sobre quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo. Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has creído que con dinero se obtiene el don de Dios. No tienes parte ni herencia en este asunto; porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de tu maldad, y ruega al Señor que, si es posible, te perdone el pensamiento de tu corazón; porque veo que estás en hiel de amargura y bajo la influencia de la iniquidad» (Hec. 8:18-23). Él delató su absoluta ignorancia de Dios. Dios se había revelado a sí mismo como un dador: porque más bienaventurado es dar que recibir. Él ha dado a su Hijo, y en él la vida eterna a nosotros. También el Espíritu es un don, fundamentado en la obra de Jesús. Pero Simón no sabía nada de todo esto. El poder fue lo que lo atrajo, y el ansiaba poder. Lo que él buscó fue la gloria personal, no la gloria divina. Además, cuando Pedro le ordenó que se arrepintiera y orara a Dios, él dijo: «Rogad vosotros por mí al Señor». ¿Dónde estuvo la confianza en Dios para sí mismo? El Señor era desconocido para él; ¡quizás un intermediario humano podía actuar en su nombre! Miles de almas han pensado así desde entonces. En este punto solemne, la Escritura lo deja, y no nos dice nada más.

Los apóstoles regresaron a casa, evangelizando en su viaje muchas aldeas de los samaritanos.

3 - El llamamiento de los gentiles

Hechos 10

Había llegado ahora el momento, en los modos de obrar de Dios, para la presentación del Evangelio de una manera formal a los gentiles; y Pedro, a pesar de sus fuertes simpatías y prejuicios, iba a ser el medio que iba a tener el honor de hacerlo. Esto estuvo muy de acuerdo con la Palabra del Señor a él en Mateo 16 –«Te daré las llaves del reino de los cielos». Estas palabras no indican ningún tipo de singular excelencia (ni siquiera de un carácter personal, muchísimo menos de un carácter sucesorio para siempre); pero fue un privilegio y un honor conferido al apóstol. Él había abierto la puerta a los judíos en el día de Pentecostés y 3.000 habían entrado; él iba a abrirla ahora a los gentiles. Él mismo había aludido a este día en Hechos 2 (a pesar de lo poco que ahondó en ello), diciendo a los judíos: «Porque la promesa es para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para todos a cuantos llame el Señor Dios nuestro» (v. 39). Y hablando de lo mismo en un día posterior, él recordó a los hermanos: «Vosotros sabéis que desde el principio Dios me eligió entre vosotros, para que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del evangelio y creyeran» (Hec. 15:7). Dios no haría que el momento se aplazara más. Acababa de ser llamado el apóstol que iba a ser el instrumento escogido por Dios para anunciar su nombre delante de los gentiles (Hec. 9:15); por lo tanto, fue apropiado que la puerta de la fe fuera abierta ahora a los tales. El primer individuo llamado fue un personaje notable. «Cornelio, centurión de la compañía llamada Italiana, hombre piadoso y temeroso de Dios, con toda su casa, que daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios continuamente» [3] (Hec. 10). Fue probablemente algo raro que se hablara de esta manera de un oficial romano en una guarnición.

[3] Cornelio puede no haber oído hablar del sermón del Monte, pero su justicia práctica estuvo muy de acuerdo con lo que está establecido allí. El versículo 1 en Mateo 6 habla de «justicia» en general, presentando los versículos siguientes, como partes de ella, el dar limosnas, la oración y el ayuno (véase Hec. 10:30-31).

Leemos en uno de los Evangelios, que amó a la nación judía y les edificó una sinagoga (Lucas 7:5); pero, habitualmente, el carácter de los tales era diferente en todos los aspectos. En vez de dar limosnas a los conquistados, fue más bien costumbre oprimir y exigir lo más posible. Pero debemos profundizar aquí un poco más. No todo fue mera benevolencia en Cornelio, sino el fruto de un hombre a quien el Espíritu le había dado vida. Cornelio no era salvo todavía, porque aún no se le había presentado a Cristo como Salvador; pero indudablemente él había nacido de Dios. En el caso de Zaqueo yo pienso que hay una diferencia. Él habló meramente de dar la mitad de sus bienes a los pobres, y de restituir cuadruplicado a alguno que él hubiera defraudado (Lucas 19:8). Esto fue cortesía y diligencia; pero Cornelio fue mucho más allá. ¿Acaso una persona no convertida teme a Dios y ora a él siempre? Ciertamente no. Tal fruto no es producido por el árbol corrupto del viejo hombre. «¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?» (Mat. 7:16-18). Este gentil piadoso estaba en realidad donde estuvieron los santos del Antiguo Testamento, nacidos de Dios, confiando en él, pero no conociendo la redención consumada por medio de un Cristo muerto y resucitado, ni habiendo recibido el don del Espíritu Santo.

Nosotros debemos diferenciar siempre entre la obra vivificadora del Espíritu y el sello del Espíritu. Lo primero fue verdad en el primer caso. Desde que la gracia introdujo una esperanza para el pecador han existido aquellos en quienes el Espíritu de Dios ha obrado produciendo vida nueva y fe en Dios; pero el don del Espíritu a los creyentes es algo completamente nuevo, y no fue cierto hasta que Cristo resucitó de los muertos y subió a lo alto.

La verdad en cuanto a Cornelio es puesta de manifiesto aún más claramente a medida que avanzamos por nuestro capítulo. «Este vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, a un ángel de Dios que entraba donde él estaba y le decía: Cornelio. Él, mirándolo fijamente y atemorizado, contestó: ¿Qué quieres, Señor? Y él le dijo: Tus oraciones y limosnas han subido como memorial ante Dios» (Hec. 10:3-4). ¡Qué claro es todo esto! ¿Cuándo las oraciones y las limosnas de un hombre impío subieron alguna vez «como memorial ante Dios»? Esas son «obras muertas», si bien no tan ofensivas como las «malas obras».

Entonces, a este interesante gentil el Evangelio de Cristo le iba a ser declarado. El ángel le mandó que enviase a buscar a Pedro, el cual estaba en Jope, alojando con Simón curtidor. Su obediencia fue inmediata, siendo su corazón sencillo delante de Dios; y dos de sus criados, y un devoto soldado fueron enviados.

Mientras tanto, en Jope el mismo Dios que obró con Cornelio en Cesarea obró con el apóstol, preparándolo misericordiosamente para lo que le esperaba. Pedro es mostrado orando en la azotea (recordándonos Hec. 6:4).

Sobreviniéndole un éxtasis, él vio el cielo abierto y un objeto semejante a un gran lienzo que descendía, bajado a la tierra por las cuatro puntas lleno de toda clase de cuadrúpedos, de reptiles de la tierra y aves del cielo. Una voz le ordenó matar y comer. Él objetó: «De ninguna manera Señor, no; porque nunca he comido cosa inmunda o impura» (10:14).

La respuesta fue dada: «Lo que Dios purificó, no lo llames tú impuro». Para hacer que todo fuera más enfático, esto fue hecho tres veces, y «luego el mantel fue recogido en el cielo». Así esperó Dios misericordiosamente ante los escrúpulos de su siervo, y lo instruyó en cuanto a la nueva obra de gracia que estaba ahora por delante. Las distinciones carnales ya no eran válidas, gentiles incircuncisos iban a ser traídos y bendecidos en un terreno común con los creyentes Israelitas.

La pared intermedia de separación había sido derribada, por muy lento que pudieran ser los de la circuncisión para comprenderlo. Mientras Pedro ponderaba la visión, los criados del centurión llegaron, y el Espíritu le ordenó que fuera con ellos, sin dudar de nada. Él tuvo la precaución de llevar con él ciertos hermanos de Jope como testigos y para silenciar después a los objetores. Cornelio le habría adorado, pero Pedro lo levantó diciendo: «Levántate, yo también soy hombre». Comparen esto con la indignación de Pablo y Bernabé cuando los hombres de Listra quisieron ofrecerles sacrificio (Hec. 14:13-14), y las palabras del ángel en Apocalipsis a quien Juan estuvo dispuesto a adorar (Apoc. 22:9). Estos siervos conocían su lugar, y lo que se le debía al Señor.

En Cornelio se ha de observar una considerable y encantadora sencillez en todo momento. Hubo un sencillo seguimiento del Señor paso a paso en todas las cosas, y cuando él recibió a Pedro en su hogar, dijo: «Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en presencia de Dios, para oír todo lo que el Señor te ha mandado decirnos». No hubo ninguna reticencia, y ningún deseo de suprimir alguna parte del consejo de Dios. ¡Qué contraste con este día actual en que hay «comezón por oír»! (2 Tim. 4:3). Pedro por fin percibió que Dios no hace acepción de personas, sino que en cada nación el que le teme y obra justicia, le es acepto. Esto no va más allá de la admisión del hecho de que la bendición es para los gentiles tan verdaderamente como para los judíos; la verdad del un solo Cuerpo no había sido aún declarada. Pablo fue el administrador de esta verdad al cual le fue dada esta honra. A él le fue concedido revelar la unión celestial de todos los santos con la resucitada y exaltada Cabeza por medio del Espíritu Santo. Pedro no fue más allá de admitir a los gentiles a un lugar igual al de los judíos: «Dios les concedió también a ellos el mismo don que a nosotros» (Hec. 11:17).

Su predicación es característica. Él habla, como siempre, del Señor como uno que había andado por todas partes entre los judíos, habiendo sido ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder. Él anduvo haciendo bienes, siendo Pedro y sus compañeros testigos, no obstante, le dieron muerte colgándole en un madero, pero fue levantado por Dios al tercer día y manifestado a testigos escogidos. Todos estos fueron hechos públicos y notorios (él pudo decir a su audiencia: «Vosotros conocéis» Hec. 10:37); pero Cornelio y sus parientes y amigos más íntimos nunca antes habían oído hablar de que en aquel bendito existiera un interés por ellos. Ellos conocían su senda entre los judíos, y su presentación a los mismos; ¡pero ellos eran gentiles! Ellos se enteran ahora de que él es un Salvador para todos –para «todo aquel que en él cree». Él es el designado Juez de vivos y muertos; pero, ¿es eso todo? «De este testifican todos los profetas, que todo aquel que en él cree, recibe perdón de pecados en su nombre» (Hec. 10:43).

¡Qué mensaje de Dios para hombres necesitados! Este mensaje solemne y bienaventurado trabajó inmediatamente con esta primera compañía gentil que lo oyó. Generalmente las audiencias estaban divididas después de un discurso; como en Hechos 28:24: «Algunos quedaban convencidos de lo que se decía, y otros no creían». Pero no hubo aquí tal división. «Mientras Pedro estaba aún hablando estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el mensaje» (Hec. 10:44). Aunque no está declarado, está implícito que todos creyeron el testimonio. El Espíritu es dado solamente a creyentes, tal como leemos: «Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efe. 1:13). Los compañeros de Pedro «Los creyentes de la circuncisión que habían venido con Pedro quedaron asombrados de que sobre los gentiles también se derramara el don del Espíritu Santo» (Hec. 10:45). ¿Por qué iban a quedar admirados o atónitos?  ¿Por qué fueron tan lentos para elevarse a los pensamientos de Dios? Pedro dijo después: «Dios les concedió también a ellos el mismo don que a nosotros» (Hec. 11:17). La mera posición carnal ha desaparecido, las distinciones no tienen lugar alguno en el cristianismo, la salvación está disponible para el ser humano, sean ellos judíos o gentiles: «No hay diferencia» (Rom. 10:12). El don fue acompañado por señales, porque estos nuevos creyentes comenzaron a hablar en lenguas y a magnificar a Dios.

¿Qué impedía ahora su recepción formal entre los cristianos? ¿Quién podía estorbar a Dios? Por consiguiente, Pedro pregunta: «¿Puede alguien negar el agua del bautismo a estos, quienes han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? Y mandó que fuesen bautizados en el nombre de Jesucristo» (Hec. 10:44-48). En ninguna parte de la Escritura se menciona el bautismo como siendo un mandato (excepto para el evangelista), sino como un privilegio concedido a todos los que son de Cristo (comp. con Hec. 8:35-39).

El bautismo es un signo de muerte –muerte con Cristo– una figura de la salvación y del lavamiento de los pecados. En los días apostólicos, cuando las cosas eran hechas conforme a Dios, esta era la primera acción del creyente. Tal como se ha comentado anteriormente, el orden varía aquí notablemente del de los capítulos 2 y 8.

En Hechos 2 los judíos llenos de remordimiento debieron ser bautizados en el nombre de Jesucristo antes de que pudieran tener el perdón de pecados, y el don del Espíritu.

En Hechos 8 los samaritanos fueron bautizados por Felipe, pero tuvieron que esperar el sello del Espíritu hasta que los apóstoles descendieron. En el primer caso Dios humillaría hasta el polvo a los orgullosos rechazadores de su Hijo; en el segundo caso, Dios preservaría la unidad.

Aquí en Cesarea (Hec. 10) ninguna de las dos consideraciones tuvo lugar, por consiguiente, el Espíritu Santo cayó sobre ellos inmediatamente. Ellos oyeron acerca del perdón de pecados a través de la fe en el nombre de Jesús, recibieron el testimonio, y entonces recibieron el Espíritu de Dios. Esto es lo que podemos esperar. Que el evangelio solo sea sencillo y pleno, y Dios no fallará en su parte bienaventurada. Que a su nombre sea toda alabanza.


arrow_upward Arriba