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Nuevo

El Espíritu Santo

Su presencia y poder en el creyente y en la Iglesia


person Autor: Sylvain FAYARD 1

flag Tema: Espíritu Santo

(Fuente: creced.ch)


1 - Introducción

«Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré… Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:7, 13-14).

Hoy en día, muchos cristianos aspiran a una vida con abundantes experiencias espirituales. Ante el temor de cualquier forma de costumbre, buscan el frescor, la acción, la simplicidad, con cierto infantilismo de corazón. Este deseo de realidad, de autenticidad, es totalmente loable. El apóstol Juan escribía: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3:18).

No obstante, no debemos buscar las experiencias espirituales por sí mismas, por más atractivas que puedan parecer. Es al Señor a quien debemos buscar para glorificarlo en nuestra vida, guardando su Palabra. Solo cuando acudamos a Jesús por la fe, seremos llenos del Espíritu Santo. Entonces experimentaremos su presencia y poder en nuestras vidas. Nuestro espíritu será fortalecido, nuestra fe consolidada, nuestro corazón lleno de fervor. De lo más profundo de nuestra alma «ríos de agua viva» saldrán (Juan 7:38), para bendición de los que nos rodean.

Lo que nos ilumina para discernir lo que viene del Espíritu Santo, es haber entendido el sentido de su misión. Su ministerio siempre está centrado en la persona del Señor Jesús (1 Juan 4:2). El Espíritu Santo glorifica a Cristo. Particularmente lo hace por medio de las Escrituras. Nos conduce a comprender su sentido y a ponerlas en práctica. Hay un lazo directo e íntimo entre la obediencia a la Palabra y el andar por el Espíritu.

Quizá seamos más sensibles a los dones del Espíritu Santo que a su presencia. No olvidemos que es el Espíritu Santo. Lo veremos en las páginas que siguen: No es tan solo una influencia ni un mero poder. Es una persona divina, digna de nuestro mayor respeto. Es un huésped sensible que podemos desgraciadamente contristar e incluso apagar. Es el Consolador [1] que sostiene a cada creyente, lo consuela, lo conduce por un mundo opuesto a Dios. Su presencia personal en los creyentes y en la iglesia es el gran evento del período cristiano. Cuando los creyentes se reúnen como iglesia (1 Cor. 11:18), el Espíritu da todo lo que se necesita para la edificación y el crecimiento del conjunto y de cada uno.

[1] El Señor habla del Espíritu como de “otro Consolador”. En el original, la palabra “Consolador” (o Paracletos) (Juan 14:16) está en masculino (una persona) y no en neutro (un poder). El Espíritu es designado “otro” con respecto a Jesús.

Las páginas que siguen son una exposición relativamente breve de estos temas tan ricos. En la primera parte se presenta la enseñanza de la Biblia referente a la persona del Espíritu Santo, luego su obra en el creyente, en la Iglesia y, por último, en relación con la Palabra de Dios. En el apéndice, se propondrán elementos de respuestas a preguntas hechas con frecuencia, y una breve lista de algunos nombres y símbolos del Espíritu Santo en la Biblia.

2 - La persona del Espíritu Santo

2.1 - El Espíritu en el Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento afirma que Dios es uno, en contraste con los múltiples dioses falsos que adoraban las naciones paganas. Se reveló primero a los patriarcas como el Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Luego, se dio a conocer a su pueblo como Jehová (Yahweh), el gran «Yo soy». Tanto a unos como a otros se reveló como el único Dios.

Dios es único pero ello no es contradictorio con el hecho glorioso de que hay una pluralidad en él. Esta verdad está velada en el Antiguo Testamento, pero sugerida en varios textos (Números 6:24-26; Isaías 6:3; 61:1; 63:9-10). En particular, algunos versículos dejan entender una distinción entre Dios y su Espíritu (Isaías 48:16; Hageo 2:5; Zacarías 4:6).

2.1.1 - El Espíritu, poder y vida

«Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca» (aliento o espíritu; véase Job 26:13); (Sal. 33:6).

«Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra» (Sal. 104:30).

La palabra «espíritu», en hebreo «ruach» [2], al principio significaba «aliento, viento», al igual que la palabra «espíritu» en griego («pneuma»). La imagen del aliento evoca lo que es invisible, pero real y activo (Juan 3:8). La idea del aliento se vincula además con la de vida, pues la señal de que una persona vive, es que respira.

[2] La palabra “espíritu” también traduce a veces el término hebreo “neshamah” que literalmente designa una apacible respiración.

El viento recuerda el poder, y a veces también la violencia. En Éxodo 10:19, se trata de un fortísimo viento que Dios hizo soplar. En Éxodo 15:8, este mismo hecho es recordado con la expresión «el soplo de su aliento». En Isaías 30:28, el aliento de Dios es comparado a un «torrente que inunda».

Así, el Espíritu Santo se vincula con el misterioso e invisible poder de Dios, tal como se manifiesta en el viento (Éxodo 10:13, 19), y en el «hálito» de vida (Salmo 104:29-30).

El Espíritu está activo con respecto a la creación, pero también con el origen de toda vida y la mantiene. «Si él… recogiese así su espíritu y su aliento, toda carne perecería juntamente, y el hombre volvería al polvo» (Job 34:14-15). Como en la visión de Ezequiel 37, solo cuando el «Espíritu» (o el Soplo) actúa, los muertos cobran vida y llegan a ser un ejército grande en extremo (v. 9-10). No puede haber vida, ni física ni espiritual, sin la acción del Espíritu Santo.

2.1.2 - El Espíritu entre los hombres

«El Espíritu de Dios vino sobre Zacarías hijo del sacerdote Joiada; y puesto en pie, donde estaba más alto que el pueblo, les dijo: Así ha dicho Dios: ¿Por qué quebrantáis los mandamientos de Jehová? No os vendrá bien por ello; porque por haber dejado a Jehová, él también os abandonará» (2 Cró. 24:20).

La obra del Espíritu no se limita a dar y mantener la vida. Él también actúa para dar a los hombres un conocimiento intuitivo de Dios: «El soplo del Omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8). Él es «quien… detiene», el que pone freno al mal (2 Tes. 2:7). Actúa en la conciencia de los hombres para llevarlos al arrepentimiento.

Además, por el Espíritu Santo cualquier creyente está en relación con Dios. Esta acción primordial del Espíritu está claramente revelada en el Nuevo Testamento, pero ya se entreveía en el Antiguo, anunciado por los profetas. Ezequiel habla del día en el que Dios purificará a su pueblo de toda iniquidad. Le dará corazón nuevo y espíritu nuevo (Ez. 36:26-27). Nicodemo, un maestro de la ley, debería haber sabido que, para ver el reino de Dios, era necesario nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Juan 3:3, 5).

El Espíritu Santo califica a los creyentes para la obra que Dios les manda a realizar. Le da a Moisés la fuerza para llevar «la carga» de todo el pueblo; llena a Bezaleel de sabiduría e inteligencia; equipa a Josué para que esté a la cabeza del pueblo, etc. (Núm. 11:11; Éx. 35:31; Deut. 34:9). Él viene sobre los jueces para darles un poder y una intrepidez extraordinarias (Jueces 14:6).

El Espíritu Santo inspira a los profetas para ser de esta manera portavoces de Dios. Viene sobre ellos para darles las palabras que deben transmitir. También les da la fuerza para expresar el mensaje (Ez. 11:5; 2 Cró. 24:20). Las palabras que los profetas pronuncian no son el resultado de sus reflexiones personales, o de su propia interpretación de la situación, sino que son el fruto de la inspiración del Espíritu Santo en ellos.

2.1.3 - El Espíritu de santidad

«Ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su Santo Espíritu» (Is. 63:10).

El Espíritu de Dios comunica sensibilidad y fuerza para vivir «sobria, justa y piadosamente» (Tito 2:12). Su acción en el creyente reviste a este de fuerza moral, de sabiduría y de dignidad.

Guarda al creyente del mal: «Todo el tiempo que mi alma esté en mí, y haya hálito de Dios en mis narices, mis labios no hablarán iniquidad, ni mi lengua pronunciará engaño» (Job 27:3-4). Después de su pecado, David ora para que Dios no le retire su santo Espíritu (Sal. 51:11). Nuestros pecados contristan al Espíritu. Él es el Espíritu de Dios quien, con bondad, busca instruirnos y hacer que volvamos al camino (Neh. 9:20).

Encontramos esta acción del Espíritu en los profetas. Les da un claro discernimiento de lo que deben denunciar, y les infunde el valor necesario para dar un mensaje a menudo impopular, puesto que se dirige a las conciencias: «Mas yo estoy lleno de poder del Espíritu de Jehová, y de juicio y de fuerza, para denunciar a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado» (Miq. 3:8).

2.2 - El Espíritu en el Nuevo Testamento

2.2.1 - Una revelación más completa

«Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Juan 14:16-17).

Varios profetas del Antiguo Testamento habían anunciado una nueva acción, mayor, más profunda del Espíritu de Dios (Is. 44:3; Ez. 36:26; Joel 2:28). Isaías la relaciona con la venida del Mesías (Is. 11:1-3) quien iba a abrir un nuevo día en el cual el Espíritu sería derramado sobre todo el pueblo de Dios (Is. 59:21). Es lo que también dice Juan Bautista, el último profeta enviado a Israel: «Él (el Mesías) os bautizará con Espíritu Santo» (Marcos 1:8).

En efecto, era necesaria la venida del Hijo de Dios, su muerte, su resurrección y su elevación a la gloria para que el Espíritu Santo sea claramente conocido en su persona y en su misión. Así, el conocimiento del Espíritu Santo está directamente relacionado con el del Señor Jesús. Él es «el Espíritu de Jesús», «el Espíritu de Jesucristo», «el Espíritu de Cristo», «el Espíritu de su Hijo» (Hec. 16:7, V.M.; Fil. 1:19; Rom. 8:9; Gál. 4:6).

2.2.2 - El Espíritu, una persona divina

«El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (Apoc. 2:7).

Muchos cristianos piensan en el Espíritu como una fuente de fuerza, un poder divino, pero no como un ser personal [3]. Es verdad que la palabra «Espíritu» evoca menos a una persona que la palabra «Padre» o «Hijo». El Espíritu, por ejemplo, no se encarnó como el Hijo. Su actividad es ante todo interior y secreta.

[3] Al principio, la palabra “persona” fue empleada con respecto a las personas divinas de la Trinidad. Una persona es un ser que se sitúa en el mundo de los seres, un ser que dice: «yo», un ser relacional. El hombre creado a la imagen de Dios es una persona. Al decir que el Espíritu es una persona, no queremos de ninguna manera rebajarlo al nivel de una persona humana o de un individuo, sino que queremos decir que posee todos los atributos de la persona: autonomía, voluntad, palabra, conciencia de sí mismo, sentimientos, etc.

No obstante, el Espíritu Santo ya se ve, entre líneas, como una persona en ciertos textos del Antiguo Testamento (Ez. 3:24; Is. 40:13; 63:10; etc.). Se lo ve de forma más clara en el Nuevo Testamento. Para estar convencidos, basta con leer el libro de los Hechos de los Apóstoles. Con frecuencia leemos que «el Espíritu dijo» (Hec. 8:29; 10:19; 11:12; 13:2; 20:23; véase también 1 Tim. 4:1…), que él conduce, escoge, envía, da testimonio, pone, etc. (Hec. 13:4; 16:6; 20:28). Todas estas acciones son propias de una persona. Podemos, desgraciadamente, mentirle (Hec. 5:3), pero también escuchar su palabra y obedecerle (Hec. 10:19-21).

Las últimas palabras del Señor (Juan 14 a 16) y las epístolas de los apóstoles también atribuyen al Espíritu Santo hechos que son propios de una persona. Él da testimonio (Juan 15:26; Romanos 8:16), enseña (Juan 14:26; 16:13-15), conoce (1 Corintios 2:11), reparte como él quiere (1 Corintios 12:11), puede ser contristado (Efesios 4:30).

Puesto que el Espíritu es una persona (y no solo un poder), ¡yo no puedo disponer de él! Antes bien, debo someterme a él. Él es libre de obrar como quiera. Debo tener cuidado de no contristarlo, dejarme conducir por él y obrar por su poder (Romanos 15:13).

2.2.3 - La divinidad del Espíritu Santo

«Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios» (Hec. 5:3-4).

En Isaías 6:9 leemos: «Dijo (el Señor): Anda, y di a este pueblo…». Y en Hechos 28:25-26, se dice: «Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles…». Así, las palabras del Señor a Isaías son atribuidas al Espíritu Santo en los Hechos. De la misma manera, Jeremías atribuye una profecía al Señor (Jer. 31:33-34), y el autor de la epístola a los Hebreos cita esta profecía como un testimonio anunciado por el Espíritu (Hebr. 10:15-17). Pedro habla de haber mentido al Espíritu Santo y en el versículo siguiente prosigue diciendo que se ha mentido a Dios (Hec. 5:3-4).

El Espíritu Santo posee todos los atributos divinos. Es santo, eterno, omnipresente (Hebr. 9:14; Sal. 139:7). Lo sabe todo; «todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1 Cor. 2:10). Es todopoderoso (Zac. 4:6), da vida (Juan 6:63). En resumen, el Espíritu Santo realiza todas las obras de Dios.

Otro testimonio dado a su divinidad es la expresión «templo del Espíritu Santo». El apóstol Pablo dice: «¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo…?» (1 Cor. 6:19). Un templo señala la habitación de Dios.

Por fin, varios versículos asocian claramente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo (Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14; 1 Cor. 12:4-6; Efe. 3:14-17; 4:4-6).

2.2.4 - El Espíritu Santo y la Trinidad

«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Cor. 13:14).

La palabra «Trinidad» (o «Tri-unidad») no se encuentra en la Biblia. No obstante, este término expresa, de una manera clara, lo que se nos revela en el Nuevo Testamento respecto de Dios. Efectivamente, el Nuevo Testamento presenta a Dios como el único Dios. Y al mismo tiempo, es cuestión del Padre que es Dios, del Hijo que es Dios, y del Espíritu Santo que es Dios (1 Cor. 15:24; Tito 2:13; Hec. 5:3-4).

Jesús dijo a sus discípulos: «Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mat. 28:19). Él no dice: «en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo y en el nombre del Espíritu Santo», sino solamente dice «en el nombre…». Puesto que hay solo un Nombre, el nombre único, el nombre del único Dios verdadero, el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Algunos versículos del Antiguo Testamento presentan una triple bendición (Núm. 6:24-27), o una triple alabanza (Is. 6:3). Otros versículos unen a Dios, a su Espíritu y al Mesías (Is. 61:1; 63:9-10). Al Señor, Dios, Todopoderoso, los cuatro seres vivientes no cesaban de decir: «Santo, santo, santo» (Apoc. 4:8). Todas esas menciones triples son una alusión al misterio de la Deidad.

El cristiano no cree en tres dioses. Cree en el único Dios que existe y que es revelado en tres personas. “No puedo pensar en Uno sin estar inmediatamente rodeado por el resplandor de los Tres. Y no puedo distinguir Tres sin ser traído de inmediato a la noción de Uno” (Gregorio de Nisa).

La diferencia entre las personas divinas no se sitúa en términos de naturaleza, sino de relaciones. Considerado en sí mismo, Cristo es llamado Dios; pero respecto al Padre, es llamado Hijo. De la misma manera el Espíritu es Dios (Hec. 5:3-4), pero respecto al Padre y al Hijo, es llamado el Espíritu Santo. El Espíritu es dado por el Padre, como respuesta a la oración de Jesús (Juan 14:16). Es enviado por el Padre, en el nombre del Hijo (Juan 14:26), y enviado por el Hijo, procedente del Padre (15:26). El Espíritu procede del Padre (Juan 15:26), pero procede del Hijo puesto que todo lo que es del Padre es igualmente del Hijo (Juan 16:15; 17:10). Es llamado «el Espíritu de vuestro Padre», «el Espíritu de Cristo» (Mat. 10:20; Efe. 3:14, 16; 1 Pe. 1:11; Rom. 8:9).

Así, Dios es uno en su esencia, vivo en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, quienes obran juntos en perfecta armonía. «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo» (1 Cor. 12:4-6).

2.3 - El Espíritu en la vida de Jesús

El capítulo 2 del Levítico evoca la santa humanidad del Señor Jesús por medio de la imagen de la ofrenda vegetal. Esta ofrenda estaba hecha de flor de harina (imagen de la humanidad de Jesús), con aceite (imagen del Espíritu Santo). Las tortas estaban amasadas con aceite: Jesús nació del Espíritu Santo. También eran untadas con aceite: el Espíritu Santo vino sobre Cristo al principio de su ministerio público. Por fin, el aceite era derramado sobre la ofrenda partida: «Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios» (Hebr. 9:14).

2.3.1 - El nacimiento de Jesús

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).

Jesús nació de María por el poder del Espíritu Santo. En su naturaleza humana es santo. Es llamado Hijo de Dios, no solo en su relación eterna de Hijo del Padre, sino también como hombre nacido en la tierra.

2.3.2 - Su bautismo

«Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Lucas 3:21-22).

Al bautizarlo Juan, el Padre distingue cuidadosa y gloriosamente a Jesús. Lo designa como su Hijo amado. Y el Espíritu Santo viene sobre él. Pudo «descender» solo sobre el hombre santo y puro, el hombre Cristo Jesús.

El Espíritu Santo no viene para formar la relación de Jesús con el Padre. Desciende sobre Jesús como testigo de una relación existente. Su venida cumple aquello de lo que hablaba la unción de aceite sobre la ofrenda vegetal sin levadura (Lev. 2:4). El Espíritu ungió a Jesús para inaugurar su servicio en la tierra, y ser la fuerza y el sustento del Hombre perfecto (Hec. 10:38).

El Espíritu que desciende sobre Jesús para permanecer sobre él cumple lo que fue anunciado por el profeta Isaías: «Reposará sobre él (el Mesías) el Espíritu de Jehová» (Is. 11:2). Esto fue la prueba irrefutable para Juan Bautista de que Jesús era ciertamente el Mesías prometido (Juan 1:32-33).

2.3.3 - La tentación en el desierto

«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo» (Mat. 4:1).

Adán había sido vencido por la serpiente antigua en el huerto de Edén. Jesús afrontó al diablo en el desierto, y lo venció. Lo consiguió permaneciendo confiado en su Dios, dependiente del Espíritu, fundamentado en la Palabra. El Espíritu condujo a Jesús para que se enfrentara con el enemigo y, por medio de la Escritura –la espada del Espíritu–, Jesús venció a Satanás. La Escritura estaba en los íntimos afectos de Jesús, el hombre perfecto, quien consiguió la victoria. Así pues, conducido por el Espíritu Santo, Jesús fue puesto a prueba y manifestado perfecto.

2.3.4 - Su servicio público

«Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor» (Lucas 4:14).

«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lucas 4:18). Al mencionar al Espíritu Santo, el Señor Jesús comenzó su predicación pública. Todo lo que hizo durante su servicio en la tierra, lo hizo por el Espíritu de Dios. En el poder del Espíritu, Jesús venció al enemigo, sanó a los leprosos, devolvió la vista a los ciegos, predicó el reino de Dios (Hec. 10:38).

Esta primera predicación del Señor Jesús en Nazaret contiene en germen todos los grandes temas de su servicio público. En él se cumplen todas las promesas divinas de salvación y de liberación. Por eso, no reconocer la acción del Espíritu en él, y atribuir a los demonios la autoridad que él manifestaba y los milagros que hacía, era entonces en la tierra cometer el pecado tan grave de blasfemia contra el Espíritu (Mat. 12:28; Marcos 3:22-30) [4].

[4] La blasfemia contra el Espíritu designa el hecho de atribuir a los demonios el poder divino del Espíritu manifestado en Jesús. Era un pecado que no tenía perdón en la tierra, ni bajo la ley, ni cuando el Señor Jesús reine (Mat. 12:32).

2.3.5 - Su muerte y su resurrección

«Cristo… mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios» (Hebr. 9:14).

«Nuestro Señor Jesucristo… que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos» (Rom. 1:3-4).

En Juan 10, leemos que Jesús iba a poner su vida libremente, de sí mismo. Al mismo tiempo, había recibido ese mandamiento de su Padre. Su muerte era la copa que el Padre le había dado (Juan 18:11). Este sacrificio de sí mismo, ofrenda perfecta, Jesús lo hizo «mediante el Espíritu eterno».

Hijo eternal, de Dios imagen pura,
Sublime amor del seno paternal;
Señor Jesús, el cielo a Ti se postra;
¡Loor a tu nombre, nombre sin igual!

3 - El Espíritu y el creyente

3.1 - Nacer del Espíritu y recibirlo

Como ya lo vimos, el Espíritu Santo siempre ha obrado en el mundo, pero durante la época cristiana está presente de una manera nueva y sin precedentes. Algunos profetas lo habían dicho de antemano (por ejemplo: Joel 2:28). El mismo Jesús lo anunció (Juan 14:16), y envió el Espíritu, el día de Pentecostés, para formar y morar en la Iglesia (Hec. 2).

Pero antes de hablar de la Iglesia hablaremos de la obra del Espíritu de Dios en nosotros los que creemos.

3.1.1 - Nacer del Espíritu

«Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:5-8).

Antes de poner su Espíritu en el creyente, Dios da a este último un corazón y espíritu nuevos (Ez. 36:26), porque el Espíritu Santo no puede habitar en un hombre mancillado por el pecado. Ese don de un corazón nuevo se llama nacer de nuevo. Es la primera de las acciones del Espíritu en aquel que despierta a la fe y cree en el Señor Jesús.

Aquel que cree, recibe una vida nueva: Dios nos salvó «por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:5). Dicho de otra manera, es una nueva naturaleza [5]. El creyente es hecho participante de la naturaleza divina (2 Pe. 1:4; 1 Juan 5:1). Ama a Dios (Rom. 8:28), se deleita en la ley de Dios (Rom. 7:22). Encuentra su felicidad oyendo hablar de Jesús, ama a los hijos de Dios (1 Juan 3:14). Todos éstos son rasgos de esta nueva naturaleza que Dios le ha dado.

[5] La naturaleza designa el conjunto de los caracteres innJohn.3.6atos que poseemos al nacer. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6).

Mediante la Palabra de Dios, el Espíritu produce el nuevo nacimiento (Sant. 1:18; 1 Pe. 1:23) en el corazón del creyente, su «hombre interior» (Rom. 7:22). Así existe un lazo íntimo entre la fe que recibe la Palabra de Dios y el nacimiento mediante el Espíritu. Aquel que cree en el unigénito Hijo de Dios tiene vida eterna (Juan 3:16), y esta vida proviene de arriba, del Espíritu.

En Juan 20, está escrito: Jesús «sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). De la misma manera que Dios había soplado en Adán «aliento de vida» en la primera creación (Gén. 2:7), Jesús sopla en sus discípulos para comunicarles su vida de resurrección que caracteriza la nueva creación. Es una resurrección espiritual, y por eso dice: «Recibid el Espíritu Santo»; es el que hace entrar a los cristianos en la nueva creación (1 Cor. 15:45; 2 Cor. 5:17, V.M. nota).

Así, el Espíritu Santo:

  • al pecador que cree en el Señor Jesús (la nueva vida),
  • lo introduce en la nueva creación (la vida de resurrección),
  • le comunica un poder de vida (la vida en abundancia).
3.1.2 - Recibir el Espíritu

«A fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu» (Gál. 3:14).

Después de darle vida (Juan 6:63), el Espíritu Santo viene a morar en el creyente (Rom. 8:11), y eso para siempre (Juan 14:16-17). Es el «otro Consolador»* [6], que toma entre manos la causa del creyente como si fuese suya propia, que viene a socorrerlo, lo guarda, lo sostiene, lo consuela, lo fortalece y le testimonia de las realidades celestiales.

[6] Las expresiones seguidas de un asterisco (*) serán desarrolladas en el apéndice al final del artículo.

Es presentado como un sello* (Efe. 1:13; 4:30), las arras de la herencia* (Efe. 1:14), el don [7] de Dios (Hec. 2:38), la promesa del Padre (Hec. 1:4), la unción* del Santo (1 Juan 2:20), aquel que mora en el creyente (Rom. 8:9-11; Juan 14:17; 2 Tim. 1:14).

[7] No hay que confundir el don del Espíritu Santo (el Espíritu viene a morar en el creyente y en la Iglesia) con los dones del Espíritu (los dones sobrenaturales que el Espíritu distribuye a los creyentes).

Ser creyente es, pues, ser nacido de nuevo y haber recibido el Espíritu Santo. Pablo escribe: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8:9).

3.2 - La vida cristiana es enteramente animada por el Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos acompaña, a nosotros los creyentes, durante toda nuestra vida. Mora y obra en nuestro corazón. Es el poder de la vida nueva que tenemos en Cristo, poder que se desarrolla en libertad, en santidad, en amor, en gozo, en paz, en vida…

3.2.1 - Espíritu y libertad

La libertad cristiana que Cristo ganó para nosotros, no se disocia de la presencia del Espíritu Santo. «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Cor. 3:17).

Andar por el Espíritu

«Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gál. 5:25).

Estamos invitados a andar en amor, en luz (Efe. 5:2; 1 Juan 1:7), como hijos de luz (Efe. 5:8). Todo esto podemos cumplirlo cuando andamos por el Espíritu. No se trata de aplicar reglas, sino de esperar en el Señor para recibir, a cada paso, la fuerza de su Espíritu. La ley se imponía desde el exterior, el Espíritu obra desde el interior de nuestro ser y da la fuerza de rechazar el mal y de cumplir el bien. Andar por el Espíritu es el secreto para no estar más esclavizado a los deseos de nuestra vieja naturaleza caída (Gál. 5:16).

Por la fe realizamos este andar por el Espíritu, quien nos da el discernimiento y el poder para cumplir la voluntad del Señor, y entonces somos conducidos por él.

Ser guiado por el Espíritu

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rom. 8:14).

Para efectuar una excursión de alta montaña necesitamos un guía que nos conduzca, nos muestre el camino, nos advierta de los peligros, etc. Pues bien, el Espíritu Santo es nuestro Guía en nuestra vida cristiana. Nos conduce* para discernir y cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida de cada día. Los primeros cristianos experimentaron claramente esta dirección del Espíritu (Hec. 8:29, 39; 10:19; 11:12; 13:2; 16:6; 21:4). Aunque hoy en día las cosas estén más veladas, debemos procurar ser dirigidos por el Espíritu de Dios.

El Espíritu no nos guía por impulsos irracionales o ciegos (contrariamente a los espíritus maléficos que toman posesión de sus víctimas), sino por deseos, sugerencias, pensamientos que siempre están en acuerdo con la Escritura. Esta permanece como la primera y última referencia para nuestra conducta.

El Espíritu nos conduce, pero no toma el lugar de nosotros. Por ejemplo: los apóstoles y los ancianos escribieron: «Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros» (Hec. 15:28). Él obra uniéndose a nuestro espíritu, no contra él o fuera de él (Rom. 8:16, 26). Por eso, el cristiano conducido por el Espíritu de Dios es siempre responsable y está consciente de lo que hace (1 Cor. 14:32).

El incrédulo es conducido por sus propios pensamientos y, desgraciadamente, a veces por las potestades demoníacas que lo dominan. El cristiano es dirigido por el Espíritu de Dios que lo libera. Ser conducidos por el Espíritu es no solo algo propio de los hijos de Dios sino también su responsabilidad.

La ley del Espíritu de vida

«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

Digámoslo bien. No por nuestras propias fuerzas podemos realizar este andar y esta conducta por el Espíritu. Es a causa de la ley (el poder) del Espíritu de vida.

Hay una estrecha relación entre la cruz y el Espíritu. En efecto, como aún tenemos en nosotros la carne, es decir nuestra vieja naturaleza caída, necesitamos hacer morir sus manifestaciones, los miembros. Por fe aprendemos que, por su muerte en la cruz, el Señor Jesús nos ha librado de la esclavitud del pecado que nos dominaba (Rom. 6:6) y de la condenación de la ley (Rom. 8:1). Estamos puestos en una nueva condición de libertad. Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo. Y es el Espíritu quien nos hace entrar, de manera práctica y experimental, en la victoria que el Señor Jesús logró para nosotros en la cruz. En efecto, por medio de él podemos hacer morir las acciones carnales y así vivir (Rom. 8:13; Gál. 5:16).

Así somos libres porque el Espíritu nos da la fuerza interior de superar el mal y hacer el bien. Entonces la vida de Jesús se manifiesta en nuestro cuerpo mortal (2 Cor. 4:10). ¡Es muy concreto! Si es la carne la que nos anima, cuando hablamos, cuando actuamos, ¡manifestamos la muerte! Pero si es el Espíritu Santo el que nos guía, nuestras palabras y nuestras acciones manifestarán la vida, la vida de Jesús.

El Espíritu Santo libera de esfuerzos propios y da una nueva belleza, compuesta de santidad y de gracia, «adorno de gracia» (Prov. 1:9). El Espíritu Santo jamás rebaja al creyente, ni lo limita en sus facultades, conduciéndolo a un nivel animal. Al contrario, lo ennoblece y le confiere una plena madurez. Le da una naturaleza de expresión que viene de Dios, en una vida de sacrificio que es según el amor de Jesús.

«Nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tes. 2:13-14).

En la Biblia, la palabra «santificación» sugiere a la vez el hecho de estar separado del mal para Dios y de pertenecerle. El Espíritu Santo nos santifica cuando viene a morar en nosotros. Luego, durante toda nuestra vida nos hace crecer en la santificación práctica, dándonos la victoria sobre el pecado, pero también liberándonos de nuestro «yo» para glorificar siempre más al Señor.

El Espíritu nos une a un Cristo celestial

«El que se une al Señor, un espíritu es con él» (1 Cor. 6:17).

«Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18).

La santificación dimana del hecho de que estamos unidos a Cristo. El Espíritu nos pone aparte para Cristo. Moralmente, nos saca del mundo para atarnos al Señor Jesús, el hombre glorificado en el cielo. Cristo es llamado el celestial, los cristianos son llamados los celestiales (1 Corintios 15:48). Su llamamiento es celestial (Hebr. 3:1). Su ciudadanía está en los cielos (Fil. 3:20).

Estamos asociados a todo aquello de lo que Cristo –el hombre resucitado– es heredero. El Espíritu Santo que proviene del cielo ya nos ha sido dado; él es las arras* de nuestra heredad celestial. Hace crecer en nosotros afectos, deseos, pensamientos para el cielo en donde Cristo es el centro y la gloria. Así, es el potente lazo y el testigo de nuestra unión con Cristo, una unión de vida y de heredad.

El Espíritu Santo pone la mirada de nuestra fe en «las cosas que no se ven» (2 Cor. 4:18). Lo hace por medio de las Escrituras (volveremos a este tema). Nos despega de este mundo para llenarnos del mundo venidero. Por Él encontramos nuestras delicias en la perspectiva de la heredad y en el hecho de ser semejantes a Cristo quien es «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom. 8:29).

Cuando respondemos a nuestro llamamiento celestial, verdaderamente podemos ser testigos de Cristo, el Celestial. Esta visión celestial nos permitirá aceptar las pruebas. Estas, en la mano de Dios, sirven para hacer brillar la vida de Jesús en nosotros. Este camino doloroso de despojo de nosotros mismos se revela finalmente formando parte del camino de la vida. ¡Que el Señor Jesús nos anime a buscarlo en nuestras pruebas! El apóstol Pablo podía escribir: «Estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Cor. 4:11).

Nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo

«¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor. 6:19-20).

Un templo designa un lugar consagrado a Dios, un lugar donde Dios mora. Pues bien, para nosotros que creemos en el Señor Jesús, nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo [8], el lugar de su presencia. El Espíritu Santo no viene de vez en cuando a nosotros, sino que está presente continuamente. Así nuestro cuerpo está consagrado a Dios, como nuestra alma y nuestro espíritu. Cuando somos conscientes de esta realidad, esto influye positivamente para nuestra santificación práctica.

[8] Los cristianos forman juntos la Iglesia (o Asamblea), la cual es también el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16).

Somos exhortados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo, y no a pesar de nuestro cuerpo. Por medio de nuestro cuerpo, en todos nuestros miembros, nos encontramos presentes y actuando en el mundo… Por nuestras manos (nuestras acciones), por nuestros pies (nuestro andar), por nuestra lengua (nuestras palabras), podemos glorificar a Dios, siendo animados por su Espíritu y guardados en la pureza.

Nuestro cuerpo, creado por Dios y redimido por el Señor Jesús, está destinado a la gloria de su resurrección, precisamente porque el Espíritu Santo mora en él (Romanos 8:11).

No contristéis al Espíritu Santo de Dios

«No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Efe. 4:30).

El Espíritu Santo, como lo hemos visto, es un Espíritu de santidad. Los pecados lo ofenden. No solo las faltas que condena la moralidad de los hombres, sino los pecados interiores. ¡No dejemos que el orgullo, el rencor, el resentimiento, la crítica, el espíritu de condenación nos invadan! Estemos atentos a la voz del Espíritu en nosotros, quien nos alerta respecto de estas cosas si lo escuchamos. Si cedemos, pues, si decimos al Señor Jesús: «Señor, es verdad, he pecado…», el Espíritu Santo nos conducirá en nuestros pensamientos a la cruz, nos consolará, y nos llenará.

«Tenemos por nuestro fruto la santificación» (Rom. 6:22). El fruto, señal de la nueva vida, puede desarrollarse solo en un clima de santidad. Si queremos conocer el poder de vida del Espíritu, debemos seguir la santidad (Hebr. 12:14). Hay muchas cosas que quizá no sean malas en sí mismas, pero ellas nos alejan de Cristo, cierran nuestros corazones a su amor y a la compasión. Cultivemos una conciencia sensible, iluminada por la Palabra. ¡Estemos atentos a todo lo que nos endurece y contrista al Espíritu Santo de Dios!

3.2.3 - Espíritu y amor

El Espíritu de adopción

«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Rom. 8:15).

El Espíritu Santo también es un Espíritu de libertad porque nos da coraje y confianza para acercarnos a Dios y decirle: «Padre». Él viene a nosotros, los cristianos, como el Espíritu de adopción. Establece nuestra nueva relación de hijos de Dios y nos hace conscientes de ello (Rom. 8:16). Inculca en nosotros certezas, certeza del amor de Dios, de su misericordia, de su perdón. Hace nacer en nosotros el gozo de pertenecerle (1 Tes. 1:6).

Éramos «por naturaleza hijos de ira» (Efe. 2:3), ahora somos hijos de Dios. Éramos esclavos del pecado, ahora somos los hijos y las hijas de Dios (2 Cor. 6:18). Cuando somos conducidos por el Espíritu de Dios, llevamos el carácter de nuestro Padre (Rom. 8:14).

El Espíritu nos lleva en verdad a llamar a Jesús Señor (1 Cor. 12:3) para la sola gloria del Padre, y renueva nuestra libertad filial. Por el Espíritu decimos: «¡Abba, Padre!» (cariñoso Padre). Este nombre de Padre, que pronunciamos ante Dios, es realmente el clamor del Espíritu.

El amor es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Rom. 5:5).

El Espíritu Santo otorga numerosos dones, pero el más excelente es el del amor (1 Cor. 12:31). Este amor, su amor, Dios lo ha derramado en nuestros corazones por su Espíritu. Inunda y vivifica nuestros corazones resecos, como torrentes de agua que sumergen suelos quemados por el sol. «Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos; y brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas» (Is. 44:3-4).

Tal amor asciende a Dios en agradecimiento y adoración. Desecha de nosotros el temor y nos da la energía para luchar mediante la oración, para servir y amar a nuestros hermanos e incluso a nuestros enemigos. Se derrama hacia aquellos que nos rodean mediante hechos concretos de bondad y de abnegación.

Así, el amor que Dios nos pide manifestar hacia nuestro entorno, es en realidad el amor que él nos da. Cristo nos ha liberado para que podamos servir por amor (Gál. 5:13-14). Entonces, bien podemos preguntarnos cada uno: ¿En qué medida se puede ver el amor de Dios en mi vida? Si no tengo amor, nada soy (1 Cor. 13:2). Es «el amor del Espíritu» (Rom. 15:30). Necesitamos ser fortalecidos por el Espíritu en el hombre interior para ser arraigados y cimentados en amor (Efe. 3:16-17).

3.2.4 - Espíritu y vida

«El espíritu vive a causa de la justicia» (Rom. 8:10).

Varios pasajes subrayan la unidad entre el Espíritu Santo y la nueva vida del creyente hasta casi identificarlos. «El ocuparse del espíritu es vida y paz» (Rom. 8:6). Ahí tenemos un criterio muy importante para saber si es el Espíritu quien nos conduce o nuestro «yo». ¿Manifestamos la vida de Jesús o las obras de la carne? La diferencia es evidente (Gál. 5:16-23).

La comunión del Espíritu Santo

«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Cor. 13:14).

«Él (el Espíritu de verdad) me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:14).

Antes del nuevo nacimiento, estábamos muertos en delitos y pecados, es decir sin relación con Dios. Ahora, nos ha dado un corazón y un espíritu nuevos, una nueva naturaleza, y ha puesto su Espíritu dentro de nosotros (Ez. 36:26-27). Ha derramado su amor en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha dado. Así podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad, amarlo, servirlo primero en nuestro espíritu (Juan 4:23; Rom. 1:9).

En efecto, en nuestro corazón, en nuestro espíritu, nos acercamos a Dios como a nuestro Padre para dirigirnos a él en oración y adorarle. Podemos hacerlo porque ha enviado su Espíritu a nuestros corazones (Gál. 4:6). Para nosotros, cristianos, acercarnos a Dios no es primero acercarnos exteriormente, sino interiormente, espiritualmente. Esto es comunión.

Es el Espíritu quien nos hace disfrutar la comunión con el Padre y con el Señor Jesús. Por medio de Él, el Padre y el Hijo vienen al creyente y hacen su morada con él (Juan 14:23). Es la comunión del Espíritu [9], pues es él quien la hace sensible en el corazón. Ella se expresa por el amor, el gozo, la paz, la santidad… Esta comunión del Espíritu se extiende entre los rescatados del Señor Jesús, pues todos ellos tienen al mismo Padre, al mismo Señor, al mismo Consolador.

[9] La comunión del Espíritu Santo es la que él mismo produce.

Por el Espíritu podemos conocer a Jesús de una manera más profunda que cuando él estaba en la tierra, porque por fe habita en nuestros corazones (Efe. 3:17). El Señor Jesús dijo a sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Juan 16:7).

De nuestro interior correrán ríos de agua viva

«Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado» (Juan 7:37-39).

La presencia del Espíritu en nosotros no solo tiene efectos interiores. También tiene frutos visibles: los hechos que corresponden a lo que pasa en nuestro corazón. La libertad interior se traduce por una apertura a los demás. La santificación no es moralismo, sino el fruto de una consagración de corazón. El amor se manifiesta por la bondad, la paciencia, la abnegación. El gozo y la paz del corazón son hechos manifiestos por un resplandor que favorece el desarrollo de la vida. El Espíritu Santo expresa nuestra humanidad tal como Dios la desea. Es todo un equilibrio de cualidades, de virtudes, de variadas armonías (2 Tim. 1:7) en una confiada y amada dependencia del Señor Jesús.

El Espíritu Santo es el poder de vida que brota de nuestro corazón y se exterioriza en hechos. Así hay un movimiento del interior (nuestro espíritu, nuestro corazón) hacia el exterior (nuestras palabras, nuestros hechos), porque el Espíritu que mora en nosotros «anima», inspira a nuestro espíritu para que obre según Dios. Es lo que sugiere la visión del profeta Ezequiel. Las aguas que salen del santuario proporcionan la bendición de la vida: «Junto al río, en la ribera, a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas nunca caerán, ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario; y su fruto será para comer, y su hoja para medicina» (Ez. 47:12).

Sí, cuando venimos a Jesús, encontramos la abundante vida que él prometió. Nuestra sed es saciada por el poder del Espíritu Santo que obra en nuestro corazón. Esta agua que recibimos del Señor Jesús, esta vida que se desarrolla por el hecho de estar en comunión con él, produce efectos visibles. Llegamos a ser, por nuestra unión a Jesús glorificado, un canal de bendición para los demás. “El cristiano saciado de Cristo, de quien el amor, la gracia y todas las perfecciones hacen vibrar las cuerdas más sensibles de sus afectos renovados, puede comunicar a otros lo que a él le ha servido de refrigerio” (S. Prod'hom).

4 - El Espíritu Santo y la Iglesia

4.1 - La Iglesia

Toda la obra de Cristo tiene vínculos y consecuencias para los creyentes individualmente y para la Iglesia colectivamente. Podemos decir lo mismo de las operaciones del Espíritu Santo:

• Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros y por la Iglesia (Efe. 5:2, 25).

• Fuimos rescatados con la sangre de Cristo; Dios adquirió a la Iglesia al precio de la sangre de su propio Hijo (1 Pe. 1:18-19; Hec. 20:28; V.M.).

• Los creyentes nacieron «de agua y del Espíritu», y la Iglesia fue formada por el bautismo del Espíritu Santo en Pentecostés (Juan 3:5; Hec. 2; 11:16).

• Fuimos sellados personalmente con el Espíritu Santo. Colectivamente, fuimos bautizados por un solo Espíritu en un cuerpo (Efe. 1:13; 1 Cor. 12:13).

• El Espíritu Santo mora en cada creyente y en la Iglesia (2 Tim. 1:14; 1 Cor. 3:16).

• El Espíritu Santo es el vínculo vital entre Cristo glorificado y cada uno de los suyos; Él lo es entre Cristo, Cabeza del cuerpo, y la Iglesia, cuerpo de Cristo en la tierra.

• Los dones del Espíritu son confiados a personas, pero Dios los «puso… en la iglesia» (1 Cor. 12:4-11, 28; Efe. 4:11-12).

• Oramos en el Espíritu y «el Espíritu y la Esposa dicen: Ven» (Judas 20; Apoc. 22:17).

Limitar la obra del Espíritu a lo que él realiza en el creyente sería una gran equivocación. Él también obra en relación con la Iglesia de Dios [10]. «Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1 Cor. 12:13). La unidad de la Iglesia es la de un organismo vivo. El Señor Jesús es el centro y la fuente, y el Espíritu Santo es el poder.

[10] En el original, la palabra “ekklesia” traducida por “iglesia” señala el conjunto de todos los creyentes, nacidos de nuevo, sellados con el Espíritu Santo ya conjuntamente, o en una localidad (Mateo 16:18; 18:17; Hechos 5:11; 20:28; 1 Corintios 1:2…).

4.1.1 - La Iglesia universal

«Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1 Cor. 12:13).

«…Siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:20-22).

Los creyentes del Antiguo Testamento tenían la vida divina, pero no estaban sellados con el Espíritu Santo y no fueron «bautizados» conjuntamente «por un solo Espíritu». Antes de la ascensión de Cristo a la gloria y de la venida del Espíritu Santo a la tierra, la Iglesia no existía. El mismo Señor Jesús, antes de morir, anunció su formación diciendo: «Edificaré mi iglesia» (Mat. 16:18). Cumplió esta promesa en el día de Pentecostés (Hec. 2) después de haber resucitado y ascendido al cielo de donde envió al Espíritu Santo.

Ese día, todos los creyentes fueron juntamente bautizados por un solo Espíritu en un solo cuerpo. La Iglesia no es, pues, el resultado de fuerzas o acuerdos humanos, sino el fruto directo de la venida del Espíritu Santo. Su origen es divino. Su formación es atribuida a las tres personas de la Deidad: a Cristo (Mat. 16:18), al Padre (Hec. 20:28, según el original griego), y al Espíritu Santo (1 Cor. 12:13). Por eso la Iglesia no puede ser reducida a una institución, ni a una agrupación de personas que piensan lo mismo. Es un organismo vivo, formado por todos aquellos que han sido redimidos en virtud de la sangre de Cristo, nacidos de Dios, sellados con el Espíritu Santo. Es celestial, moralmente separada del mundo [11], pues es formada por el Espíritu Santo, cuya presencia aquí abajo establece la condenación de este mundo (Juan 14:17; 16:8-11).

[11] La palabra “ekklesia” señalaba al principio al conjunto de aquellos que eran “llamados fuera de”.

Cuando todos los que componen la Iglesia hayan sido salvados, el Espíritu habrá cumplido la misión para la cual fue enviado a este mundo, y entonces se irá. Lo hará con toda la Iglesia, es decir con todos los creyentes que ha sellado, con quienes estén vivos en ese momento y con los que hayan dormido en Jesús (Juan 14:16). Este evento se producirá cuando el Señor venga para llevarse a los suyos (1 Tes. 4:16-17). Eso no significa que después el Espíritu Santo no obrará más en este mundo. Continuará sus actividades divinas hasta el estado eterno donde Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— será todo en todos (1 Cor. 15:28).

En la Escritura encontramos varias expresiones que indican lo que es la Iglesia. Se habla del cuerpo de Cristo, de la casa (o morada) de Dios, de la esposa de Cristo, de la santa ciudad (Apoc. 21:2).

La morada de Dios (Efe. 2:22): La Iglesia es un edificio espiritual, la casa o morada de Dios en el Espíritu. El Espíritu mora en cada hijo de Dios, pero también mora en la Iglesia. Puesto que ella es la casa de Dios, la Iglesia debe manifestar los caracteres de su divino propietario. Es así un lugar de santidad (Sal. 93:5), de vida (133:3), de misericordia (36:7-8), de poder y alegría (1 Cró. 16:27; Sal. 43:4; Is. 56:7), de gloria (Sal. 29:9)… Puede mostrar esos caracteres porque es la morada de Dios en el Espíritu. La presencia de Dios es para su pueblo fuente de santidad, de vida, de gozo, de paz…

El cuerpo de Cristo (Efe. 1:23): Todos los creyentes, sellados con el Espíritu Santo, están unidos por él a Cristo Jesús, el hombre glorificado en el cielo. Constituyen su cuerpo. La noción del cuerpo subraya esta unidad de la Iglesia, que está por encima de los países, de las clases sociales, e incluso de los lazos naturales. Esta unidad resulta de la acción del Espíritu para formar la Iglesia. «Un cuerpo, y un Espíritu» (Efesios 4:4). El cuerpo de Cristo no es una simple comparación, sino una realidad divina (1:23 y Col. 1:24). También es verdad respecto de la esposa (Efe. 5:23-32 y Apoc. 19:7; 21:9).

La esposa de Cristo (Apoc. 19:7): Este aspecto de la Iglesia subraya el amor de Cristo por ella. «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efe. 5:25). En cambio, el Espíritu forma los afectos de la Iglesia por Cristo. Los cristianos están «desposados» a Cristo (2 Cor. 11:2). El Espíritu obra para que crezca en cada uno de los redimidos el amor y el respeto por el Señor Jesús. Es lo que evoca figurativamente el siervo que conduce a Rebeca hacia su esposo (Gén. 24). Y vemos en la última página de la Biblia que el Espíritu se asocia a la Esposa para formar en ella, y expresar al Señor, el deseo de su venida (Apoc. 22:17).

4.1.2 - Las iglesias locales

«Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo» (Hec. 9:31).

«A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1 Cor. 1:2).

En la Biblia encontramos a la Iglesia y a las iglesias. ¿Qué relación hay entre ambas? La Iglesia (en singular) abarca a todos los cristianos nacidos de nuevo y sellados con el Espíritu. La iglesia local, por otro lado, se compone de todos los creyentes que viven en una misma ciudad en un momento dado. En el tiempo de los apóstoles, no había varias iglesias en una misma localidad, aun cuando los creyentes se reuniesen en diversos lugares. Pablo escribe a la iglesia de Dios que está en Corinto, a las iglesias de Galacia, etc. Los creyentes que estaban en Corinto o en Galacia, no podían reunirse regularmente en Jerusalén. Había, pues, iglesias en diversos lugares, cada una reconocida como la iglesia de Dios en ese lugar.

Al principio del cristianismo, no había, pues, iglesias independientes unas de otras: católica, ortodoxa, reformada, bautista, pentecostal, etc. Las «iglesias», se ha dicho, han suplantado a la Iglesia de Dios. En lugar de ser un testimonio a la unidad de la Iglesia, ellas son más bien un triste testimonio a sus propias divisiones. Esta parcelación niega, en la práctica, la obra del Espíritu para con todos los cristianos.

4.1.3 - Congregados en el nombre del Señor Jesús

«Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20).

Esta dispersión de los cristianos en múltiples congregaciones cristianas es un tema de tristeza y de humillación. Pero podemos contar con la promesa del Señor Jesús de estar presente allí donde, aunque no sean más de dos o tres, estén reunidos en su nombre. Estar congregados alrededor de Cristo, con aquellos que invocan al Señor de corazón limpio (2 Tim. 2:22), es la manera de reunirse que corresponde a lo que es la Iglesia y que subsiste cuando los creyentes están dispersos. Ahí, Jesús es el Centro y el único Jefe; ahí, su palabra es creída y obedecida, y ahí también su Espíritu tiene libertad para obrar. Entonces, para el desarrollo de las reuniones, lo que quiera el Espíritu –quien es soberano– dar, será para bendición de aquellos que estén así reunidos. Quizá será sin apariencia, pero con la conciencia de la unidad del cuerpo de Cristo[12].

[12] En una ciudad, los cristianos que se congregan como iglesia no son la iglesia local del lugar. No pueden olvidar que muchos de sus hermanos en la fe no se reúnen con ellos. No obstante, son llamados a dar testimonio de la realidad de la Iglesia, casa de Dios, cuerpo y esposa de Cristo, y, sin pretensión, y quizá con mucha debilidad, a vivir y a mostrar lo que ella es.

Las iglesias que se reúnen en el nombre del Señor pueden y deben reconocerse como tales. El Espíritu Santo sabrá ponerlas en mutua relación. Primero, para que juntos den testimonio a la unidad de la Iglesia. Luego para que se beneficien de los dones, del gozo y de la comunión del Espíritu (2 Cor. 13:14; Fil. 2:1) y para que sean solícitas «en guardar la unidad del Espíritu» (Efe. 4:3). Cristo será glorificado. Entendemos que tales congregaciones no son independientes unas de otras puesto que hay un solo cuerpo.

4.2 - Los dones espirituales

«El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efe. 4:10-13).

4.2.1 - La finalidad de los dones

En el Nuevo Testamento, encontramos varias veces la palabra: «don» para señalar los dones del Espíritu [13]. Esta expresión es la traducción de la palabra griega «charisma» (que en español dio origen al término: «carisma»). Procedente de la misma raíz que «charis» (que significa: «gracia»). El origen del don es un fruto de la gracia divina. Es una aptitud, una capacidad que el Señor da por medio de su Espíritu. Los dones son diferentes, pero cada creyente ha recibido al menos uno.

Un don natural no es suficiente para cumplir la obra de Dios porque las cosas espirituales se explican con palabras espirituales. Pablo escribió: «Las cosas que nos han sido dadas gratuitamente por Dios. Las cuales cosas también hablamos, no con palabras que enseña la sabiduría humana, sino que enseña el Espíritu Santo, explicando cosas espirituales con palabras espirituales» (1 Cor. 2:12-13; V.M.). Un don natural puede ser útil, pero también un obstáculo. Pablo escribió a los corintios: «Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia» (1 Cor. 1:27-29).

Si, por ejemplo, en una reunión cristiana alguien no obrase por el Espíritu, por muy brillante o atractiva que fuese su predicación, esta no edificará, puesto que ella no proporciona lo que viene de Cristo.

Es el Señor Jesús quien da los dones y es su Espíritu quien distribuye sus actividades. El Señor no atribuye un don a un creyente como señal de que este último es creyente o que ha recibido el Espíritu. Lo da para edificación de la Iglesia (12:7; 14:12). Los dones no son dados para nuestro uso personal, sino para el bien de los demás, «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efe. 4:12). «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros» (1 Pe. 4:10) [14].

[14] Aquel que ha recibido un don de Cristo no tiene necesidad de ser «consagrado» u «ordenado»; y ningún hombre tiene el poder de conferir tal don.

4.2.2 - La diversidad de los dones

«Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho» (1 Cor. 12:4-7).

Pablo explica lo que son los dones a partir de la imagen del cuerpo humano y sus miembros. El cuerpo es único, pero tiene varios miembros. Son diferentes pero todos indispensables, puesto que cada uno de ellos desempeña una función que completa la de los otros. Del mismo modo, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y cada creyente es uno de sus miembros. Cada uno ha recibido el propio don correspondiente a su función en la Iglesia de Dios.

El Nuevo Testamento contiene varias listas de dones espirituales (1 Cor. 12:8-10; Rom. 12:6-8; 1 Pe. 4:11; Efe. 4:11). Estas no son estrictamente idénticas de una epístola a la otra; no son, pues, absolutas sino que guardan relación con la enseñanza de cada epístola.

Podemos agrupar los diferentes dones en tres familias: los dones de palabra, los dones de servicio y los dones de señales. Los dones de palabra abarcan el apostolado, la profecía, el conocimiento, la sabiduría, la enseñanza, la exhortación y la evangelización. Estos dones son complementarios. Por ejemplo, si el maestro da el sentido de la Escritura, el profeta hace resaltar su actualidad. Los dones de servicio incluyen especialmente la ayuda espiritual, la distribución de ayudas materiales, la fe, el discernimiento. Por último los dones de señales abarcan el don de sanidad, el de lenguas* [15], y el de interpretación de lenguas.

[15] Las expresiones seguidas de un asterisco (*) serán desarrolladas en el apéndice al final del artículo.

La diversidad de dones testifica de la riqueza de la gracia de Dios. Los dones no deben estar en competencia puesto que es el mismo Espíritu quien los distribuye. Sirven para tender a «la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios» (Efe. 4:13). Su variedad recalca la belleza de la unidad de la Iglesia.

4.2.3 - El ejercicio de los dones espirituales

«No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio. Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos» (1 Tim. 4:14-15).

¿Cómo discernir el don que hemos recibido? Esta pregunta se relaciona con la de la dirección por el Espíritu, que ya hemos mencionado. Recordemos que el don ha sido dado para cumplir el servicio que el Señor espera de nosotros. Si buscamos, por la oración y la lectura de su Palabra, el servicio que el Señor quiere para nosotros, él nos lo mostrará. Y nos dará lo que es necesario para ese servicio. También nos hará conscientes de nuestra responsabilidad para con él y de nuestra pequeñez (Lucas 17:10; 1 Cor. 9:16).

La presencia de un don no es forzosamente una señal de gran espiritualidad. A los corintios no les faltaba ningún don espiritual, pero todavía eran carnales. Sin embargo, esto no quiere decir que podamos despreciar los dones –sería despreciar al Señor que los da–, ni ser negligentes para ejercer su don (Mat. 25:14-30). Recibamos la exhortación dirigida a Arquipo: «Mira que cumplas el ministerio que recibiste en el Señor» (Col. 4:17).

Somos exhortados a procurar dones espirituales pensando en la edificación de la Iglesia (1 Cor. 14:12). Es Cristo quien da por medio de su Espíritu, pero debemos procurar los dones del Espíritu, no descuidarlos, y también avivarlos (2 Tim. 1:6).

Para verdaderamente edificar, el ejercicio de un don debe ser el fruto de una real comunión con el Señor Jesús. Este don es entonces la expresión de la vida de Jesús en el creyente, la manifestación de su amor; si no es así no será de ningún provecho (1 Cor. 13:1-3). El mayor aporte del Espíritu, es «el amor de Dios… derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Rom. 5:5). Los dones cesarán, pero el amor permanecerá por la eternidad. El amor está particularmente enlazado con el Espíritu. Pablo apela al amor del Espíritu para exhortar a los cristianos de Roma a orar por él (Rom. 15:30).

4.3 - La acción del Espíritu en las reuniones de iglesia

«Todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1 Cor. 12:11).

Por importante que fuere la cuestión de los dones del Espíritu Santo, ella no debe hacernos perder de vista que el Espíritu es Dios. Reparte como él quiere. Dependemos de él.

El Señor Jesús está en medio de los suyos reunidos a su nombre [16]. Ahí está por su Espíritu. No solo el Espíritu mora en cada creyente, sino que también mora en la Iglesia. Su presencia en la Iglesia caracteriza la época cristiana. Por eso debe guiarnos, inspirar toda nuestra vida colectiva.

[16] «En Mateo 18:20 donde Él promete su presencia en medio de los suyos congregados en su nombre, el Señor no habla del Espíritu. Se trata de su propia autoridad —el Señor—, de su nombre y de su presencia personal. Sin ninguna duda, todo esto es realizado bajo la dirección del Espíritu Santo, pero no somos reunidos en el nombre del Espíritu Santo ni alrededor de él. Si pensáramos sólo en la presencia del Espíritu Santo, perderíamos la verdad de la presencia personal del Señor Jesús en la iglesia. Pero, en cambio, no se puede realizar la verdad de la presencia personal del Señor Jesús como Cabeza, sin tener la presencia y la acción del Espíritu como aquel que administra de parte del Señor, y entonces tenemos todo» (según W. Trotter).

4.3.1 - El Espíritu, fuente de toda acción en la iglesia congregada

«Por el Espíritu de Dios damos culto » (Fil. 3:3; según el original griego).

«Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén» (1 Pe. 4:11).

“No puede haber actividad según Dios en la Iglesia sin el Espíritu Santo” (A. Gibert). La Iglesia adora y ora a su Señor, como también al Padre, en Espíritu (Fil. 3:3; Efe. 6:18). Cuando ella está congregada, las oraciones son más que expresiones individuales, ellas son expresiones del conjunto. El culto no es una yuxtaposición de alabanzas personales, sino una armoniosa composición producida por el Espíritu Santo.

Las acciones en la iglesia reunida deben provenir del Espíritu, jamás de nuestra propia iniciativa. Obra por un hermano proponiendo un cántico, por otro orando, por un tercero presentando la Palabra, etc. Su acción siempre es armoniosa, edificante, penetrante. Ella alcanza nuestra conciencia, aviva nuestros corazones, fortalece nuestra fe.

Por el Espíritu, el Señor Jesús edifica su Iglesia. Atribuye dones a sus siervos y los emplea para eso, pero la acción de ellos edificará verdaderamente solo si es animada por el Espíritu Santo. Una predicación dada por el Espíritu estará impregnada de una vitalidad, de un poder, de un aliento que sobrepasa de lejos todo lo que los hombres pueden hacer. Porque el Espíritu nos pone en contacto con Dios. Solo él puede explicarnos las cosas espirituales (1 Cor. 2:13; V.M.).

4.3.2 - La libertad del Espíritu

«No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal» (1 Tes. 5:19-22).

La presencia del Espíritu en la Iglesia es fuente de libertad, de poder (1 Cor. 14:26, 31). Para llevarla a la práctica, hace falta que sea el Espíritu quien nos anime, que sea libre de obrar en nuestro corazón y en las reuniones. El Espíritu nos hace entrar en la libertad abriéndonos al amor de Dios, conduciéndonos a someternos a Cristo y revistiéndonos de poder. Es verdad tanto en el aspecto personal como colectivo.

Sin embargo, la libertad del Espíritu no significa que podamos decir o hacer en la iglesia todo lo que nos sube al corazón. Para que haya libertad, hace falta que cualquier acción, palabra o pensamiento, emane de Cristo, que es la fuente, y que sea conducido por el Espíritu Santo. En efecto, la libertad que produce el Espíritu resulta de la libertad que él tiene para obrar. Cuando la iglesia está reunida, debemos estar atentos a cómo nos comportamos en presencia de este huésped divino. Y esto no solo en los hechos externos, sino también en nuestros pensamientos, en nuestros sentimientos.

No vayamos a pensar que lo que apaga al Espíritu concierne solo a las acciones públicas que no provienen de él. Si nos callamos cuando el Espíritu nos pide orar, lo contristamos. Si tenemos algún resentimiento hacia tal o cual hermano, si murmuramos, si criticamos, podemos incluso apagarlo. El Espíritu Santo ve lo que se pasa en todos nuestros corazones. Cada uno, hermano o hermana, contribuye a la atmósfera de las reuniones, cada uno puede ser una ayuda o un estorbo. Por eso, cada uno debe velar y orar para ser guardado de cualquier acción, actitud, pensamiento, sentimiento que frene la libertad del Espíritu Santo en la iglesia reunida.

4.3.3 - Señales de la dirección del Espíritu Santo en la iglesia reunida

Sería muy pretencioso querer codificar la acción del Espíritu. Él es Dios. No obstante, por el hecho de emplear canales humanos para obrar, nos da, por medio de la Escritura, cierto número de criterios.

Ya hemos visto algunos puntos respecto a la dirección del Espíritu en el aspecto personal. Igualmente son valederos para la dirección del Espíritu en la iglesia. Lo importante es nuestra actitud interior, que debe estar constituida de disponibilidad, de humildad y de confianza. Lo que debe animarnos en la iglesia es el amor (1 Cor. 13); lo que debe guiarnos es el bien del conjunto. «Hágase todo para edificación» (14:26).

El Espíritu Santo nos dirige llenándonos de los pensamientos de Dios, tal como son revelados en su Palabra escrita. Por eso él obra a menudo por medio de aquellos que se «nutren» de la Escritura. Sin embargo, el conocimiento de la Escritura no basta. Hace falta ser dependiente del Señor para discernir lo que conviene decir, el texto a meditar, etc. Para esa elección, todos los hermanos y hermanas deberían orar y esperar en el Señor a fin de que su Espíritu dirija a aquel o a aquellos que se expresan, como también a aquellos que escuchan. “El Espíritu Santo está en la Iglesia para glorificar a Cristo. ¿No quisiéramos dejarle la libertad de su acción, sin la cual es vano esperar orden y conveniencia, edificación y testimonio, gozo y paz?” (A. Gibert).

En primer lugar, corresponde a cada hermano comprender si el Señor lo llama a intervenir en la iglesia reunida. Cuando ha hablado, corresponde a los hermanos y hermanas examinar y retener lo bueno. Generalmente debe someterse a su apreciación. Pero ¡qué temor debe llenar el corazón de aquellos que deberán mostrar a un hermano que sus palabras no están de acuerdo con la Palabra de Dios! Para discernir si el mensaje produce una verdadera edificación, una edificación que tendrá sus resultados a lo largo del tiempo, debemos sopesarlo según las Escrituras, y no según el efecto que produce en nuestros sentimientos.

5 - El Espíritu Santo y la Palabra

«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor. 2:9-11).

Dios es invisible (Col. 1:15), inaccesible para el hombre librado a sus propios recursos (Job 11:7). Se hace conocer al creyente por medio de la revelación [17]. Particularmente, Dios se revela por medio de las Escrituras, la Biblia de la cual el Espíritu Santo es el autor, aquel que la inspiró y que la interpreta, aquel que le da el sentido.

[17] Habitualmente se distingue la revelación por la naturaleza (Romanos 1:20; Salmos 19:1), la revelación en Cristo (Juan 1:18; Hebreos 1:3) y la revelación escrita (Éxodo 17:14; 24:4; Deuteronomio 28:58; Josué 1:8-9; 1 Samuel 10:25; Jeremías 51:60; Daniel 7:1; Romanos 16:26; 2 Pedro 3:16; Apocalipsis 1:3).

5.1 - La inspiración y la autoridad de las Escrituras

«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16-17).

«Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pe. 1:21).

La palabra «inspiración» empleada con respecto a las Escrituras tiene un significado mucho más profundo y específico que el que comúnmente se le asigna. En 2 Timoteo 3:16, la palabra «inspirada» significa literalmente «soplada por Dios». La inspiración de las Escrituras señala la acción del Espíritu Santo de Dios que condujo a hombres creyentes a escribir la Palabra de Dios. Lo que escribieron provino de Dios. Eran sus portavoces. El Espíritu de Dios no solo llenó a los escribientes bíblicos, sino que también les dio las palabras y las expresiones que debían escribir (2 Sam. 23:2). Él es el Autor de las Escrituras.

Así pues, no solo los pensamientos de la Biblia fueron inspirados, sino también las palabras y las expresiones [18] (Éx. 34:27; Mat. 5:18; etc.). Pablo escribió: «Hablamos, no con palabras que enseña la sabiduría humana, sino que enseña el Espíritu, explicando cosas espirituales con palabras espirituales» (1 Cor. 2:13, V.M.).

[18] En los escritos originales (las traducciones no son inspiradas).

Dios, al inspirar a los escritores de los libros de la Biblia, los empleó con sus temperamentos, sus vidas, sus culturas. Estos hombres, tan diferentes entre sí, produjeron un libro único puesto que fueron inspirados por el Espíritu de Dios. La Biblia, pues, es tan profundamente humana como perfectamente divina.

Puesto que ella es la Palabra de Dios, debe tener autoridad sobre el creyente. Puede decir, siguiendo a su Señor: «Escrito está» (Lucas 4:4). “La autoridad de la Palabra es la autoridad de Dios en su Palabra. La obediencia a la Palabra es la obediencia a Dios” (J.N. Darby).

5.2 - La interpretación de las Escrituras

5.2.1 - El Espíritu Santo hace entender la Palabra de Dios

«No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento…» (Efe. 1:16-18).

El Espíritu Santo es el Espíritu de verdad (Juan 16:13), aquel que la comunica y la revela. Solo nuestro espíritu sabe lo que se pasa en nosotros, de la misma manera solo el Espíritu de Dios puede revelar las cosas profundas de Dios. Por eso, su acción es indispensable para que entendamos las Escrituras.

Sin eso, nuestra comprensión de la Biblia es superficial. Para que la Biblia toque nuestras conciencias y penetre nuestros corazones, hace falta que el Espíritu de Dios obre en nosotros. Cuando leemos la Biblia, el Espíritu ilumina el sentido profundo de la Palabra y da testimonio en nuestro corazón de que ella es verdadera (Rom. 8:16). La Palabra tiene su propio poder y la autoridad que a todos se impone (Hec. 20:32). Si alguien la rechaza, resiste al Espíritu Santo (7:51).

5.2.2 - ¿Cómo leer la Biblia?

«La recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes» (1 Tes. 2:13).

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).

La actitud fundamental para leer la Escritura es la fe, una fe que acoge, que recibe la Palabra de Dios. Hace falta, pues, un espíritu de fe (Hebr. 11:3; Lucas 24:25), de obediencia (Juan 8:31), de oración (Mat. 7:7), de humildad (11:25). Dios se revela a los humildes, a los de limpio corazón (5:8).

Ante la Escritura, estamos en presencia de un texto inspirado por Dios, un texto que, para ser útil, debe ser comprendido. Debemos abordarlo con respeto, en el temor de Dios. Solo por el Espíritu podemos entender el sentido espiritual de la Escritura. Pero eso no nos dispensa de una lectura cuidadosa e inteligente de la Escritura. El Señor no solo abre nuestro corazón (Hechos 16:14), sino que también nos abre el entendimiento (Lucas 24:45). Pablo escribía a los corintios: «Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo» (1 Cor. 10:15). Esta reflexión disciplinada y cuidadosa es necesaria.

Busquemos en primer lugar aclarar el sentido esencial del pasaje antes de extraer las aplicaciones. Es preciso ver a quién se dirige, cuál es el contexto histórico y también considerar el estilo (poético, simbólico, profético, etc.). Se deben tener en cuenta los diferentes períodos bíblicos (o dispensaciones). Por ejemplo, en nuestra época, que es la de la gracia, el cristiano no tiene que guardar el día de reposo (sábado), o hacerse circuncidar como debían hacerlo los creyentes judíos bajo la ley (Hec. 15).

No quiere decir que el Antiguo Testamento no tenga ninguna utilidad para el cristiano. ¡Muy al contrario! Pablo, respecto de los relatos del Antiguo Testamento, escribe: «Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:11-12). Las Escrituras siempre tienen un alcance moral. Ellas nos son dadas no solo para enriquecer nuestro conocimiento, sino para ganar nuestro corazón, tocar nuestra conciencia y ser puestas en práctica.

Así, al leer la Biblia debemos estar atentos no solo a lo que dice el texto, sino también a lo que nos dice a nosotros. Debemos dejarnos sondear por la Palabra. Ella es la espada del Espíritu, más cortante que toda espada de dos filos (Efe. 6:17; Hebr. 4:12).

Quizá el punto esencial para entender la Biblia, es comprender que ella encuentra en Cristo su unidad y su perfecta realización (Rom. 10:4; Juan 5:39). Así, hay una profunda unidad entre las dos partes de la Biblia. “El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo está revelado en el Nuevo” (San Agustín). Particularmente, el Antiguo Testamento es profuso en figuras que anuncian, de manera velada pero muy bella, al Señor Jesús.

Quienes creemos que la Biblia es verdaderamente la Palabra escrita de Dios, ¿no deberíamos hacer todos los esfuerzos para leerla, meditarla, comprenderla y vivirla? «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley» (Sal. 119:18). Tengamos siempre presente que la lectura de la Biblia debe conducirnos a Cristo. Leyendo la Palabra, nos abrimos a su presencia. Él viene a nosotros y nos habla a través de nuestra lectura. «Estoy presente a tu lado, por mi Palabra en la Escritura», escribió Blaise Pascal, en referencia al Señor Jesús.

5.2.3 - Recibir juntos la Palabra de Dios

«La casa de Dios… es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad» (1 Tim. 3:15).

La Palabra de Dios se dirige personalmente a cada uno, pero no somos, cada uno, el único destinatario. Ella tiene también un alcance colectivo. Los primeros creyentes «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hec. 2:42). Hay una comprensión colectiva de la Escritura, que conduce a una comunión más profunda entre los cristianos.

El Señor Jesús da la luz a los suyos reunidos a su alrededor. Entonces, un determinado versículo se ilumina de una nueva manera, se impone a nuestro corazón y a nuestra conciencia. Su presencia abre nuestro corazón a la verdad y nos protege contra el error, mientras tanto estemos atentos a no contristar a su Espíritu. Nada puede reemplazar la enseñanza dada en la iglesia reunida al nombre del Señor, allí donde el Señor Jesús, por su Espíritu, da el alimento apropiado para las necesidades espirituales de todos aquellos que escuchan, necesidades que solo él conoce.

Además, la iglesia es la «columna y baluarte de la verdad». Es la columna sobre la cual la verdad se presenta a los ojos de todos. Y es también el baluarte (o sostén) de la verdad, pues “la Iglesia es lo que mantiene la verdad en la tierra. Cuando ella haya sido trasladada, los hombres serán librados a un poder engañoso” (J.N. Darby).

En la iglesia reunida se ejercen los dones, dones de maestro, pero también de profeta y de pastor. A lo largo de la historia de la Iglesia, los cristianos han sido dotados para la edificación de la Iglesia (1 Cor. 14:12). Debemos estar atentos a lo que han dicho o escrito –sin eso nunca seremos adultos en la fe– pero examinando las Escrituras para ver si lo que dicen es verdad (Hec. 17:11), porque sola la Biblia es inspirada, y por eso exenta de error. Por lo cual, cualquier explicación en cuanto a ella debe ser pasada por su tamiz.

5.3 - La predicación de las Escrituras

«Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder» (1 Cor. 2:4).

5.3.1 - Predicar en el poder del Espíritu

«Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tim. 4:2).

Predica «la Palabra», escribió Pablo a Timoteo. Esta necesidad de la predicación es más que nunca de actualidad en nuestra época en la que tantas voces extrañas se hacen oír. Predicar la Palabra, es proclamarla con el poder del Espíritu. Las Escrituras constantemente subrayan el estrecho lazo entre el Espíritu y la proclamación de la Palabra de Dios. «El Espíritu de Jehová ha hablado por mí» (2 Sam. 23:2). «Les testificaste con tu Espíritu por medio de tus profetas» (Neh. 9:30). «Vino sobre mí el Espíritu de Jehová, y me dijo: Di: Así ha dicho Jehová: Así habéis hablado, oh casa de Israel, y las cosas que suben a vuestro espíritu, yo las he entendido» (Ez. 11:5). De la misma manera en el Nuevo Testamento: «Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios» (Hec. 4:31). «Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros» (1 Tes. 1:5).

Por eso, el que predica la Palabra, así como los que la escuchan, deben estar atentos a no contristar al Espíritu Santo sino más bien a estar llenos de él: el predicador para hablar como oráculo de Dios, los auditores para examinar lo que se dice y recibir el mensaje de parte de Dios.

Es esencial que la vida del predicador esté de acuerdo con su mensaje. ¡Qué importante, pues, es dejarse penetrar por la Palabra de Dios, que es la espada del Espíritu, y perseverar en la oración! (Hec. 6:4). ¡Qué importante es ser humilde y dependiente del Señor! Entonces sus palabras serán para los que las escuchan una agua refrescante y un pan que sacia.

Al mismo tiempo, el poder de la predicación frecuentemente viene acompañado de debilidad (1 Cor. 2:3). Se necesita despojarse a sí mismo para que la excelencia sea de Cristo y no de nosotros (2 Cor. 4:7). El predicador es como Juan Bautista, es la voz del que clama (Is. 40:3). La voz, el sonido, se desvanecen, pero la palabra permanece. La voz es externa, pero solo el Espíritu puede hacer penetrar la Palabra en nuestro corazón y alcanzar nuestro espíritu.

Una de las señales de una predicación de la Palabra revestida del poder del Espíritu es un acentuado sentimiento de seriedad, de respeto y de tranquilidad (Hebr. 12:28). Sin gritos ni excitación, pero una sostenida atención. Cada uno de aquellos a quienes Dios habla así –ya sea que se encuentre solo o en medio de una gran asistencia–, se siente interpelado. Es como si hubiese olvidado al predicador para encontrarse en la presencia del mismo Dios. Entonces desea poner en práctica la Palabra oída, lo cual es la finalidad de cualquier predicación.

5.3.2 - Predicar a Cristo

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).

Las Escrituras son el medio por excelencia por el cual el Espíritu Santo glorifica al Señor Jesús. Leer la Biblia solo como un libro de moral o de historia, sería errar el blanco. “Hay que leer las Escrituras para encontrar a Cristo. Aquel que se desvíe de este propósito nunca adquirirá el conocimiento de la verdad, aun si se dedicara toda su vida a aprender” (Juan Calvino).

Sí, toda la Biblia nos habla de Cristo. Es aquel «de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas» (Juan 1:45). Cuando Jesús alcanzó a dos discípulos en el camino de Emaús, hizo «arder» su corazón declarándoles «en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27, 32). Estos últimos eran «tardos de corazón» porque no habían comprendido el mensaje central del Antiguo Testamento que anunciaba la venida y los sufrimientos del Mesías.

«Toda la Escritura apunta a Cristo. Él, el Hijo del Dios vivo, es el verdadero núcleo de la Santa Escritura. Por eso, la interpretación de la Escritura no debe aislar ciertos pasajes, o entenderlos independientemente, de su centro, Cristo” (Martín Lutero).

No nos encontramos solos en esta búsqueda de Cristo en las Escrituras, puesto que el Espíritu Santo nos asiste. Por medio de ellas, él toma de lo que es de Cristo y nos lo hace saber (Juan 16:14). También nos pone en vivo contacto con Jesús, y con el Padre. «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida», dijo Jesús (6:63). El Espíritu nos hace probar y conocer la Biblia como el Verbo (Palabra) de vida (1 Juan 1:1) porque, por él, Jesús se manifiesta a aquel que cree, como Salvador y Señor, como aquel que es la vida eterna.

5.4 - Poner en práctica las Escrituras

5.4.1 - Una obediencia de corazón

«Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Sant. 1:22).

«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina» (Mat. 7:24-27).

Vistas de lejos, no hay diferencia entre las dos casas de las que habla Jesús. Pero en el día de la tempestad, la primera resiste, mientras que la segunda se derrumba y queda en una ruina irreparable.

Para edificar nuestra vida sobre la roca, no basta escuchar la Palabra de Dios, hace falta también hacer lo que está escrito. Podemos llevar una vida aparentemente cristiana, pero si no ponemos en práctica lo que nos dice Dios por su Palabra, en el día de la tempestad, nuestra vida como testigo del Señor se derrumbará.

No se trata de caer en un legalismo desecante que nos alejaría de Dios y cerraría nuestro corazón a los demás. Cumplir la voluntad de Dios no puede reducirse al respeto exterior de reglas, por más justas que sean. Hace falta una sumisión de corazón (Rom. 6:17), una obediencia a la fe (16:26). Todos nuestros pensamientos deben ser sometidos a la obediencia a Cristo (2 Cor. 10:5).

Para obedecer, verdaderamente necesitamos dejarnos sondear por la Palabra. Ella toca lo más profundo que hay en nosotros, pues alcanza nuestra voluntad [19].

[19] La obediencia nos libera de dos peligros: a) El primero es el de la autonomía. Sutilmente, bajo pretexto de libertad o por temor al legalismo, no nos sentimos obligados a obedecer la voluntad revelada de Dios. B) El segundo es el de la subjetividad, la tendencia a conducirse según las propias opiniones y sentimientos, sin tener cuenta de lo que Dios dice. Se cree que uno es guiado por el Espíritu mientras que, en realidad, sigue sus propios pensamientos.

Por eso, para seguir verdaderamente a Jesús, es preciso tomar nuestra cruz, renunciar a ser el amo de nuestra propia vida. Esto no quiere decir que el creyente ya no tiene voluntad personal o que deba ser pasivo. El Señor dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí» (Mat. 16:24). Daniel «propuso en su corazón no contaminarse» (Dan. 1:8). La gran diferencia es que la voluntad del creyente ya no saca sus fuerzas de su ser carnal sino del poder del Espíritu. Ya no decide en función de sus propios pensamientos sino según la Palabra de Dios.

5.4.2 - Una obediencia en el poder del Espíritu

«No por esfuerzo, ni con poder, sino por mi Espíritu» (Zac. 4:6; V.M.).

La obediencia de corazón puede ser efectiva solo por el poder del Espíritu Santo en nosotros. Por nuestras propias fuerzas es imposible poner en práctica la Palabra de Dios como Dios quiere que lo sea. Jesús nos dice: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Para satisfacer a Dios, nuestra obediencia puede ser solo el fruto de la gracia divina. Es el Espíritu Santo quien debe ser la fuerza de nuestra vida. Ya el salmista podía exclamar: «Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón» (Sal. 119:32).

En lugar de querer obrar por nosotros mismos, aprendamos a confiar siempre más en la gracia de Dios quien por su Espíritu «en nosotros produce así el querer como el hacer» (Fil. 2:13).

5.5 - Jamás separar al Espíritu de la Palabra

«Las palabras que pacté con vosotros… y mi Espíritu permanece en medio de vosotros; ¡no temáis!» (Hag. 2:5; V.M.).

«Tu palabra es verdad» (Juan 17:17).

«El Espíritu es la verdad» (1 Juan 5:6).

Tengamos cuidado de no separar jamás al Espíritu de la Palabra. Es el Espíritu Santo quien nos hace comprender el sentido espiritual de la Escritura para que ella alcance nuestro corazón y llegue a nuestra conciencia. Es él quien nos conduce y nos da la fuerza para ponerla en práctica. Al mismo tiempo, necesitamos someter nuestro espíritu y nuestro corazón a la autoridad de la Escritura. Pretender ser guiado directamente por el Espíritu Santo y ya no necesitar la Palabra es en extremo peligroso. Pues «desde el momento en que el Espíritu es separado de la Palabra, la puerta está abierta a toda clase de engaños y de fantasías» (Juan Calvino).

6 - Conclusión: el propósito y el fruto del Espíritu Santo

«Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:14).

De todas formas, el Espíritu Santo anuncia a Cristo por medio de la Palabra.

Pablo, por el Espíritu, trabajaba para que «Cristo sea formado» en los creyentes (Gál. 4:19), para que sean «por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús» (Efe. 4:21). Eran «carta de Cristo… escrita… con el Espíritu del Dios vivo» (2 Cor. 3:3).

Este trabajo del Espíritu de Dios produce fruto. Estos efectos que se ven en la vida de los creyentes son caracteres de Cristo. «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gál. 5:22-23). El fruto del Espíritu es la expresión de la nueva vida que tenemos en el Señor Jesús.

Para producir ese fruto, a fin de que nuestra nueva vida se exprese, necesitamos vivir por fe, la fe en el Hijo de Dios, como también contemplarlo en las Escrituras. «Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18).

Nos pareceremos a Cristo, no combatiendo aquello que quiere avasallarnos, sino mirando constantemente hacia Jesús. Una única mirada de fe hacia el Señor nos salva, pero es la constante contemplación del Señor por la fe lo que nos santifica.

Esta contemplación no es de naturaleza mística, es un encuentro por medio de las Escrituras. Contemplamos al Señor en su Palabra escrita, y somos transformados por su Espíritu. Viviendo lo que la Palabra nos pide, la gloria moral del Señor Jesús se refleja en nosotros.

Los incrédulos que nos rodean no pueden aprender a conocer a Jesús en la Biblia si no la leen. Descubren algunos rasgos de él a través de nuestra vida. Cuando Pablo escribía: Vosotros «sois carta de Cristo», escribía a la iglesia de Corinto. Debemos reflejar a Cristo tanto individual como colectivamente. Cada iglesia local es una carta de Cristo. ¡Que cada carta pueda leerse siempre mejor!

7 - Anexo

7.1 - ¿Cómo recibimos el Espíritu?

«¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:13). Al leer estas palabras del Señor Jesús a sus discípulos, podríamos pensar que debemos orar para recibir el Espíritu Santo. Hay que entender que la época de los discípulos era un período de transición. «Aún no había venido el Espíritu Santo» (Juan 7:39). En la época actual, el Espíritu viene a morar en aquel que cree en el Señor Jesús, y lo sella. Por eso las epístolas nunca nos animan a orar para recibir el Espíritu Santo. Al contrario, somos exhortados a andar por el Espíritu y a estar llenos de él.

Para recibir al Espíritu, no es, pues, cuestión de orar. Tampoco se trata de hacer obras ni de aspirar, por ejemplo, a cierto nivel de santidad. Simplemente hace falta recibir la Palabra de Dios, lo que el apóstol llama «el oír con fe» (Gál. 3:2). ¿A quién, pues, hay que creer? Al Señor Jesús: «Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efe.1:13).

Sabemos que hemos recibido el Espíritu porque Dios nos lo dice: «Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Gál. 4:6). La morada del Espíritu Santo en nosotros produce efectos en nuestra vida. Es el Espíritu, lo hemos visto, quien nos da la certeza de ser salvos, la libertad de orar a Dios como Padre… Esta presencia del Espíritu en nosotros también cambia nuestras motivaciones, nuestros deseos y, por consiguiente, nuestro comportamiento y nuestros actos.

Pero no debemos confirmar una promesa de Dios por sus efectos en nosotros. Por ejemplo: la falta de certeza o la dificultad para orar al Padre con frecuencia provienen de una falta de conocimiento de lo que Dios nos declara en su Palabra. Al escuchar y al creer la Palabra seremos fortalecidos interiormente por el Espíritu.

7.2 - ¿Cuál es la diferencia entre ser bautizado con el Espíritu Santo y ser lleno del Espíritu Santo?

7.2.1 - Ser lleno del Espíritu Santo

A lo largo de toda la Biblia, encontramos varias veces la expresión: «lleno del Espíritu». Hay que distinguir los versículos en los que esta plenitud se refiere a una acción puntual del Espíritu en el creyente, de los versículos que señalan lo que debería ser nuestra condición habitual. Puesto que el Espíritu mora en nosotros, deberíamos estar llenos de él.

El primer grupo de versículos se asemeja a la expresión que aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento: «sobre el cual vino el Espíritu» (por ejemplo: 2 Crón. 20:14). En momentos particulares, el Espíritu llena al creyente y le da sabiduría, audacia, poder, como lo vemos en Pedro cuando fue interrogado por los jefes del pueblo (Hec. 4:8), en Esteban justo antes de su martirio (7:55), en Pablo cuando reprendió a Elimas (13:9). Elisabet y Zacarías fueron llenos del Espíritu Santo antes de anunciar la palabra de Dios (Lucas 1:41, 67). En Pentecostés, los discípulos fueron llenos del Espíritu y hablaban otras lenguas (Hec. 2:4). Poco después, amenazados, invocaron a Dios, Dios les respondió y fueron llenos del Espíritu Santo y, según se nos dice, «hablaban con denuedo la palabra de Dios» (4:31).

El segundo grupo de versículos señala más bien un estado perdurable, el que debería caracterizar a los creyentes. Los criterios de la elección de los hermanos que debían servir a las mesas eran:

  • tener un buen testimonio,
  • ser llenos de sabiduría,
  • ser llenos de fe y del Espíritu Santo (Hec. 6:3, 5).

Como Bernabé, enviado por la iglesia de Jerusalén a los cristianos de Antioquía, «era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe» (11:24). Encontramos también este rasgo en los discípulos de Antioquía de Pisidia, «llenos de gozo y del Espíritu Santo» (13:52). Con este grupo de versículos se relaciona la exhortación de Pablo: «Sed llenos del Espíritu» (Efe. 5:18). La plenitud es un estado en el que deberíamos encontrarnos continuamente [20].

[20] Ser lleno del Espíritu no quiere decir perder la templanza o el dominio propio. Este es parte del fruto del Espíritu (Gál. 5:23). Ser lleno del Espíritu está puesto en contraste con el hecho de embriagarse. Esto supone una sobriedad en la bebida, pero también, más extensamente, en todo lo que excita los pensamientos, las sensaciones, los sentimientos, ya sea cuando se está solo o en grupo. Y, con seguridad, en todo lo que excita la naturaleza carnal.

Ser lleno del Espíritu significa estar bajo su plena influencia, lleno de todo lo que él inspira. Es preciso que él sea el que nos anime, el que inspire nuestros pensamientos, el que guíe nuestros actos, etc. Dejémoslo penetrar todo nuestro ser, irrigar nuestros más íntimos pensamientos, santificar nuestros más secretos afectos. Entonces toda nuestra persona, como también nuestros pensamientos y nuestro comportamiento, serán transformados. Seremos conducidos a la alabanza, al testimonio, al servicio. Ello entonces hará surgir en nosotros y por nosotros la nueva vida, la vida de Jesús.

7.2.2 - Ser bautizado con el Espíritu Santo

Si bien somos exhortados a «ser llenos del Espíritu» (literalmente: «sed continuamente llenos en el Espíritu»), nunca lo somos a «ser bautizados con el Espíritu». ¿Por qué? Simplemente porque el bautismo con el Espíritu Santo corresponde al don inicial del Espíritu Santo para formar la Iglesia (Hec. 2; 11:16).

Es importante notar que el bautismo con el Espíritu Santo siempre es colectivo, y guarda relación con la Iglesia. En Hechos 2, corresponde al nacimiento de la Iglesia. En Hechos 11, a la entrada de los gentiles en la Iglesia. En 1 Corintios 12:13, está escrito: «Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres». Cuando alguien se vuelve hacia el Señor Jesús, naciendo de nuevo, el Espíritu Santo, entonces, lo sella. Este nuevo creyente viene así a formar parte del cuerpo de Cristo. Es añadido a la iglesia (Hec. 2:47; Efe. 1:13), para participar del bautismo con el Espíritu, el cual tuvo lugar colectivamente una vez para siempre en Pentecostés.

Algunos cristianos emplean la expresión «bautizados con el Espíritu» para señalar una experiencia distinta, en general posterior al don del Espíritu, y que se manifestaría mediante el fenómeno de hablar en lenguas. Pero el bautismo con el Espíritu concierne a todos los creyentes, mientras que hablar en otras lenguas, era un don que no era distribuido a todos (aun cuando a veces haya podido acompañar al recibimiento del Espíritu Santo). No se nos invita a una segunda experiencia llamada bautismo con el Espíritu o derramamiento del Espíritu, sino más bien a andar por el Espíritu y a ser llenos de él.

7.3 - ¿Cómo nos conduce el Señor Jesús?

El Señor Jesús es el buen Pastor que cuida a los suyos, los alimenta y los guía. Lo hace de distintas maneras. Emplea las circunstancias de la vida (Sal. 32:8-9), las advertencias de creyentes piadosos (Prov. 13:10), la Escritura (Prov. 6:23) y el Espíritu Santo (Hec. 8:29). Estas formas diferentes no se excluyen una a la otra, sino que se refuerzan.

El Señor nos conduce enseñándonos a discernir la voluntad de Dios. Hay un estado moral, disposiciones internas que favorecen este discernimiento: la piedad, el temor de Dios, la rectitud, la humildad, una buena conciencia, una voluntad sometida… (Hebr. 13:18; Salmo 25:10, 12; Sal. 112:4; 1 Tim. 1:19).

Para discernir su voluntad, Dios nos ha dado la inteligencia, es decir la capacidad de entender sus pensamientos (Rom. 12:2; Efe. 5:17; Col. 1:9-10). «No seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor» (Efe. 5:17).

Sin pretender dar todas las explicaciones, añadiremos algunas indicaciones prácticas sobre este tema de la dirección del Espíritu:

a) La base para ser guiados por el Espíritu consiste en apoyarnos en la Escritura: esta debe ser el fundamento y la luz de toda nuestra vida cotidiana. «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Sal. 119:105). Por medio de ella, Dios nos da las directivas esenciales para nuestra vida.

La Biblia no es un código de leyes que se aplica en cada situación para saber lo que conviene hacer. No nos da la respuesta a todos los problemas que encontramos. En todas las orientaciones de nuestra vida [21] , la Palabra de Dios nos enseña y nos conducirá «por sendas de justicia» (Sal. 23:3). Para decidir, el Espíritu Santo entonces nos ayudará a estar atentos a sus deseos (Sant. 4:5), a sus sugerencias (Hec. 8:29), a su pensamiento (Rom. 8:6).

[21] Por ejemplo: ¿Cuál es mi vocación? ¿El matrimonio o el celibato? ¿Con quién he de casarme? ¿Qué profesión he de elegir? ¿Dónde debo vivir?, etc.

b) Podemos equivocarnos y tomar nuestros propios pensamientos por lo que el Señor nos pide. Por eso debemos guardar cierta distancia respecto a nuestras elecciones, estar dispuestos a cuestionarnos a nosotros mismos. Aferrarnos a nuestra propia sabiduría, incluso si los propósitos son excelentes en sí mismos, es un obstáculo a la comprensión de la voluntad de Dios.

c) El Espíritu Santo jamás nos conduce a situaciones confusas, a zonas de incertidumbre, a medias verdades. Es el Espíritu de verdad (Juan 14:17). Ya sea que él reconforte, que confiera poder o que dirija, siempre permanece fiel a su naturaleza de santidad. Es necesario que cultivemos una conciencia sensible. Tolerar el pecado en nuestra vida nos priva de discernimiento espiritual (Oseas 4:11).

d) Para ser conducidos por el Espíritu, es importante aceptar las circunstancias, en una actitud de fe y de sumisión al Señor Jesús. «Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús» (1 Tes. 5:18).

e) Al contrario, sería engañarnos a nosotros mismos si decimos que buscamos la voluntad del Señor cuando ya hemos elegido (Jer. 42:20).

f) Toda vez que sigamos una sugerencia del Espíritu, será fecunda, y producirá frutos: el amor, el gozo, la paz, la humildad, etc. Es cierto que en un primer momento ella puede perturbarnos, pero en la medida que persistamos en ella, nos establecerá poco a poco en la paz. Este ambiente de paz es muy importante para discernir la dirección del Espíritu. Si nuestro ser interior está agitado, seremos sordos a la acción del Espíritu. El exceso de ruido, no en el sentido físico, sino en el sentido de ese incesante remolino de pensamientos y quizá de palabras, no hace más que alimentar nuestras preocupaciones, nuestros temores, nuestras insatisfacciones. Para ser receptivos a lo que el Espíritu nos sugiere, necesitamos hacer silencio en nosotros, meditar, orar. Porque por la oración, aprendemos a discernir la voluntad de Dios y a someternos (Mat. 6:10).

g) Cuando el Espíritu nos guía, imprime en nosotros una humildad verdadera. Nos conduce a hacer el bien con gozo, y sin orgullo puesto que todo viene de la gracia de Dios.

7.4 - Hablar en lenguas

«Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis. Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios. Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia» (1 Cor. 14:1-4).

7.4.1 - Sus menciones

Cinco textos del Nuevo Testamento mencionan el don de hablar en lenguas. Es anunciado en Marcos 16:17. Está presente en el nacimiento de la Iglesia en Jerusalén (Hec. 2), luego, cuando se expande en Samaria (Hec. 10) y a todas las naciones (Hec. 19). Por fin, el apóstol Pablo habla de esto en la primera epístola a los Corintios (cap. 12 a 14).

En Marcos y en los Hechos, está claro que el hablar en lenguas señala el hecho de hablar una lengua extranjera. Los creyentes se expresaban en una lengua que no habían aprendido, pero que se hablaba en otros países del mundo. Este don era una señal de que el Espíritu Santo era derramado «sobre toda carne» (Hec. 2:17) y que sobrepasaba las barreras de los pueblos. La naciente Iglesia poseía así un testimonio concreto de que la salvación se extendía a todos y que no estaba reservada únicamente a los judíos.

En 1 Corintios, hablar en lenguas ¿corresponde al hecho de hablar otra lengua humana o bien se trata de un lenguaje extático [22]. La respuesta no es sencilla. No obstante, he aquí las razones por las cuales pensamos más en lenguas o idiomas que existen, o que han existido, en el mundo:

a) En los relatos bíblicos, cada vez que los hombres o los ángeles hablan, su palabra es inteligible.

b) La epístola a los Corintios fue escrita poco después de la época descrita al principio de los Hechos. Si el hablar en lenguas era de otra naturaleza, ¿no lo habría señalado Pablo?

c) A falta de toda indicación contraria, es preciso acordar al don de lenguas descrito en 1 Corintios 14, el significado que tiene en Hechos 2.

d) Una última razón es el alcance del hablar en lenguas. Al principio de los tiempos de la Iglesia, hablar en lenguas era una señal concreta de que la gracia de Dios ya no se limitaba solo a Israel sino que se extendía a todos los pueblos (Efe. 2:14).

[22] El lenguaje extático no es propio de los cristianos, se encontraba ya en la antigüedad pagana y se encuentra a lo largo de los siglos en muchas religiones o filosofías.

7.4.2 - Su propósito

Según lo que escribe el apóstol Pablo, el objetivo primario de este don no es la edificación de los creyentes, sino la revelación del poder de Dios en los suyos ante los incrédulos. Este don estaba destinado primero a conmover al pueblo de Israel, «este pueblo» (1 Cor. 14:21). Incluso los cristianos de origen judío tenían dificultad para aceptar el hecho de que la gracia de Dios dé a los gentiles el mismo lugar que a ellos (Hec. 11:18). Sin embargo, este don podía ser útil a la edificación de la iglesia si el mensaje era traducido.

Los corintios, al parecer, hacían uso y abuso del hablar en lenguas. El apóstol no les prohíbe el uso, sino que los invita a algo superior, los invita a profetizar. Este último don es en efecto mayor porque el profeta edifica, exhorta, consuela a la iglesia, lo que no puede hacer el que habla en lenguas. “Los pensamientos de Dios son presentados por el ministerio profético de una manera tan notable que el corazón y la conciencia quedan expuestos ante Su luz. Por eso es tanto más necesario que el siervo se encuentre en una estrecha comunión con Dios para que pueda comunicar Sus pensamientos. El hecho de hablar como si saliera de delante de Dios, como si, en cierto modo, fuese Su boca misma, confiere al servicio su grandeza y lo hace tan deseable. El resultado será siempre la edificación, la exhortación o el aliento y el consuelo” (A. Remmers).

«El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica» (1 Cor. 14:4). Se cita a veces este versículo para alentar la práctica de hablar en lenguas en privado. Ahora bien, el contexto del capítulo es una sólida invitación a la edificación de los demás. Además, en el versículo 13, Pablo exhorta a aquel que habla en lenguas a orar a fin de estar a la altura de poder traducir; si no es el caso, su inteligencia es sin fruto. “Por el Espíritu, el creyente entra en relación con Dios, y por su inteligencia debe siempre expresarse. Si alguien oraba o cantaba un himno en lenguas, su entendimiento espiritual (su «espíritu») estaba activo, pero puesto que no podía comprender sus propias palabras, su entendimiento de las cosas espirituales no se acrecentaba. No, dijo Pablo, quiero orar y cantar alabanzas no solo con el espíritu, sino también con el entendimiento (1 Cor. 14:15)” (A. Remmers) [23].

[23] Varios comentaristas bíblicos estiman que el don de hablar en lenguas bíblicas desapareció cuando el canon del Nuevo Testamento quedó completo. Al principio del cristianismo, Dios acreditaba su palabra por medio de señales y milagros (Hebr. 2:4). Parece ser que desde el final del primer siglo han desaparecido.

7.5 - ¿Orar al Espíritu Santo u orar por el Espíritu Santo?

«El que se une al Señor, un espíritu es con él» (1 Cor. 6:17).

«Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia» (Efe. 6:18).

«Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna» (Judas 20-21).

En toda la Biblia no encontramos una sola oración dirigida al Espíritu. En cambio, se nos exhorta a orar por el Espíritu. Él «nos ayuda en nuestra debilidad» (Rom. 8:26), y nos guía en nuestras peticiones a fin de que sean según la voluntad de Dios y para Su gloria. Fortalece nuestros espíritus y los llena de manera que rebosen de alabanzas (Efe. 3:16).

Orar por el Espíritu, es expresar peticiones, estando atentos a la presencia y al pensamiento del Espíritu. Él imprime en nuestra alma una confianza afectiva, un coraje apacible, para acercarnos al Padre. Dios es por nosotros a causa del Señor Jesús. Por eso oramos al Padre en el nombre del Señor Jesús (Juan 14:14) y lo hacemos por el Espíritu.

Cuando entramos en la presencia de Dios, deberíamos mirar a él para que su Espíritu obre en nuestros corazones, los haga arder, y los eleve en oración. Entonces podemos orar libremente, de manera directa, ferviente, potente.

Entonces oramos con el espíritu, con el corazón (1 Cor. 14:15; Marcos 7:6). Se trata de expresar necesidades reales y percibidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros, incluso pueden esconder una reticencia a ser sinceros ante Dios. Pero venimos a él con todo lo que somos, con todo lo que vivimos y que él conoce.

«Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Cor. 14:15). Orar con la inteligencia implica como mínimo que comprendamos las palabras que decimos. Cuando oramos, no debemos hacer callar nuestra inteligencia que Dios nos ha dado (Dan. 1:17), sino ponerla al servicio del Señor para comprender, con la ayuda de su Espíritu, su pensamiento y su voluntad.

Un aspecto de la oración es el de una lucha cristiana (Rom. 15:30). La oración es una lucha para que la voluntad de Dios se cumpla (Col. 4:12). Lucha en el Evangelio (Fil. 4:3), lucha por la fe que una vez fue enseñada (Judas 3), a veces también lucha por la liberación de personas que están bajo la influencia de poderes demoníacos (Marcos 9:29).

7.6 - Los atributos del Espíritu Santo

Las Escrituras presentan al Espíritu Santo como el Espíritu de Dios, el Espíritu de Jehová, el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu de su Hijo, el Espíritu Santo, el Santo Espíritu, el Espíritu de vuestro Padre. También dicen que él es el Espíritu de verdad, de santidad, de vida, de adopción, de gracia, el Espíritu eterno, el glorioso Espíritu de Dios. En Isaías 11, es llamado espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de poder, de conocimiento y de temor de Jehová. Encontramos estos caracteres del Espíritu Santo en algunos versículos del Nuevo Testamento: espíritu de sabiduría y de revelación en su conocimiento, espíritu de poder, de amor y de dominio propio, espíritu de mansedumbre [24]… Todos estos versículos nos dicen algo del inefable misterio del Espíritu de Dios.

Además, la Escritura emplea varios nombres para presentar al Espíritu Santo:

7.6.1 - El soplo de Dios

«El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4).

«Habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20:22).

Como lo hemos visto al principio de estas páginas, la palabra «espíritu» puede traducirse literalmente por «soplo», ya sea en el original hebreo o griego. La mención del soplo está vinculada a veces al juicio (Is. 40:7), más frecuentemente a la vida (Job 33:4). Ella señala nuestra total dependencia del Espíritu de Dios. Si el hombre no respira, muere. En cuanto al aspecto espiritual, vivimos por el Espíritu (Gál. 5:25). Si el Espíritu ya no puede más obrar en mí, mi vida cristiana se debilita. Cuando creó al hombre, Dios sopló en él aliento de vida, y Adán fue un ser viviente (Gén. 2:7). En el crepúsculo del día de su resurrección, el Señor Jesús sopló en sus discípulos. Por este acto, les comunicó su Espíritu, como poder de una nueva vida, su vida de resurrección. Así fueron vivificados espiritualmente con él (Efe. 2:5). Pero solo en Pentecostés el Espíritu Santo vino como persona divina para bautizar a los discípulos en un solo cuerpo y así formar la naciente Iglesia (Hec. 2).

7.6.2 - El don de Dios

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hec. 2:38).

La venida del Espíritu Santo en el creyente es frecuentemente presentada en el Nuevo Testamento como un don de Dios (Juan 4:10; Hec. 2:38; Rom. 5:5; 1 Juan 3:24). Esta evocación del don recuerda toda la riqueza de la gracia de Dios, su superabundante generosidad.

En Juan 4, el Señor Jesús presenta este don del Espíritu como agua viva que apaga para siempre la sed de nuestro ser, sed de vida, sed de amor… Está escrito que el Espíritu vive (Rom. 8:10) [25] . El Espíritu es el poder de la nueva vida que recibimos al creer en Jesús.

[25] El don del Espíritu Santo no es exactamente el don de la vida eterna (1 Juan 5:11), si bien ambos están estrechamente enlazados (Efesios 1:13-14).

Es muy importante comprender que el don inicial del Espíritu es por la fe (Gál. 3:2). En la vida práctica, lo repetimos, cuando acudimos a Jesús somos llenos del Espíritu. Entonces nuestra sed espiritual es satisfecha y podemos ser de bendición para otros.

7.6.3 - El sello del Espíritu

«Habiendo creído en él (en Cristo), fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Efe. 1:13-14).

El uso del sello era corriente en la época del Nuevo Testamento. Era la estampilla o la firma hecha con un sello sobre un objeto (o una persona) para atestar a quien pertenecía. Puesto sobre un documento, el sello constituía un derecho de propiedad y la autenticidad del documento.

Del mismo modo el sello del Espíritu Santo es el título de propiedad del Señor. La presencia del Espíritu en el creyente atestigua que este último no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a Cristo (1 Cor. 3:22-23; 6:19). Este hecho tiene muchas implicaciones para la santificación. El sello del Espíritu es una protección, una salvaguardia. En el Cantar de los Cantares, el amado (quien es una figura del Señor) puede decir a su amada (imagen de los creyentes): «Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía; fuente cerrada, fuente sellada» (4:12). El gozo del redimido consiste en guardarse puro para el Señor.

El sello del Espíritu es también la garantía de seguridad, lo que no podía hacer un sello humano (2 Cor. 1:21-22). Nada ni nadie puede arrebatar a un creyente, por débil que fuere, de la mano del Hijo y de la mano del Padre (Juan 10:28-29). Este vínculo indestructible entre el creyente y el Señor, es justamente el Espíritu Santo. El sello del Espíritu es pues la señal de la seguridad eterna del creyente en las manos del Padre. De este sello fluye la certidumbre interior que el Espíritu da al creyente, de ser un hijo de Dios (Rom. 8:16).

Finalmente, el sello habla de una obra cumplida. Un sello puesto sobre un documento prueba que está completo. Lo mismo es respecto de nuestra salvación. Cuando hemos creído el Evangelio de nuestra salvación, hemos sido sellados con el Espíritu Santo atestiguando que la obra necesaria para nuestra salvación es perfecta y ha sido consumada. La salvación del espíritu y del alma es una realidad presente, la salvación del cuerpo una esperanza cierta.

7.6.4 - Las arras de nuestra herencia

«Quisiéramos ser… revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu» (2 Cor. 5:4-5).

Si el sello atesta que el creyente pertenece al Señor, las arras atestan que la heredad pertenece al creyente, aun cuando todavía no la posea en su totalidad. Las arras nos dan la certidumbre de la heredad.

Cuando recibimos las arras, quiere decir que ya tenemos una parte de la heredad. No recibimos una parte del Espíritu, sino el Espíritu sin medida (Juan 3:34). Él mismo es las arras, la prueba y una parte, de lo que será nuestra heredad (Efe. 1:10-12). Podemos, y deberíamos, gozar de las riquezas de la gloria de esta heredad en los creyentes, pero la posesión de esta heredad es todavía futura.

En 2 Corintios 5, Pablo habla de nuestros nuevos cuerpos. Todavía estamos en nuestros cuerpos de debilidad, pero nuestro Salvador «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya» (Fil. 3:21). Cuando venga, recibiremos un cuerpo nuevo, un edificio de parte de Dios, y «una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos» (2 Cor. 5:1). Hoy, gemimos en nuestro cuerpo, pero tenemos la certidumbre de que un día tendremos cuerpos nuevos; nuestros cuerpos mortales serán vivificados porque tenemos las arras del Espíritu Santo (Rom. 8:11).

7.6.5 - La unción

«La unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros» (1 Juan 2:27).

Respecto del creyente, las epístolas nombran tres veces al Espíritu como una unción (2 Cor. 1:21-22; 1 Juan 2:20, 27). Este término nos lleva al aceite de la unción, que es uno de los símbolos del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento. El profeta, el sacerdote, el rey eran designados e investidos en su misión con la unción de aceite. Ahora, por el Espíritu los creyentes pueden entender y anunciar la Palabra de Dios (1 Cor. 2:14), como también adorar a Dios (Fil. 3:3; V.M.). La unción tiene el sentido de una consagración para un servicio.

La unción también evoca la inteligencia y la mansedumbre (1 Juan 2:20; Gál. 5:23). El apóstol Juan escribe: «Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas» (1 Juan 2:20). Esto no quiere decir que desde el momento en que nacemos de nuevo lo comprendemos todo. Hay un crecimiento en la inteligencia de los pensamientos de Dios, pero creyendo en Jesús y habiendo recibido el Espíritu, hemos recibido la capacidad de comprenderlos, de conocer los diferentes aspectos cuando éstos nos son presentados. Somos capaces de reconocer la voz del buen Pastor y de diferenciarla de las voces de los extraños. Esta capacidad de discernimiento es vital en nuestros días en los que tantas voces extrañas se hacen oír.

Por la unción, tenemos el conocimiento; por el sello tenemos la certeza, y teniendo las arras en nuestros corazones, gozamos con anticipación de la bendición conocida, en vista de la cual somos sellados.

7.6.6 - El Consolador

«Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Juan 14:16-17).

La palabra griega «Paracleto», traducida aquí por Consolador, aparece cuatro veces en las últimas pláticas del Señor en las que nombra al Espíritu (Juan 14 a 16), y una vez en la epístola de Juan, en la cual la atribuye a Jesús. Aquí se traduce por abogado (1 Juan 2:1). Esta palabra, con abundancia de sentidos, señala a alguien que sostiene la causa de una persona, la ayuda y la asiste. Si bien el Señor Jesús es el Paracleto de los creyentes ante el Padre, si bien intercede constantemente por cada uno de sus redimidos, el Espíritu Santo es el otro Paracleto que está al lado de los creyentes, pero también en ellos. Lo hace con el fin de sostenerlos, guiarlos, aconsejarlos en un mundo que les es hostil. Atestigua para ellos las realidades celestiales.

Consolar: La acción del Espíritu consolador a favor de los creyentes es pues muy extensa. Primero, está al lado de los creyentes, los defiende, los sostiene, los consuela, los hace fuertes. Está presente cerca de los creyentes, pero también en ellos, y esto para siempre. Por medio de él, el Padre y el Hijo hacen su morada en los que guardan la palabra del Padre.

El Espíritu Santo es Dios. Su presencia en el creyente y en la Iglesia es una inmensa bendición. Vemos un bello ejemplo de esta acción consoladora del Espíritu en la Iglesia en Hechos 9:31: «Las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo».

Enseñar (Juan 14:26; 16:13-15): El Espíritu hace entender el sentido y el alcance de las palabras de Jesús. Guía a toda la verdad. Para eso, ilumina en profundidad todo lo que Jesús ha dicho, y que con frecuencia quedaba velado para los discípulos. También comunica a los creyentes lo que oye de Jesús glorificado, y lo que extrae de él.

Dar testimonio (Juan 15:26; 16:8-11): El Espíritu enviado a los creyentes da testimonio en sus corazones a favor de Jesús. Da testimonio con nuestro espíritu, escribe Pablo (Rom. 8:16). Por la acción secreta e íntima del Espíritu de verdad, tenemos la certeza absoluta de que lo que Dios dice en su Palabra es verdad. De ahí fluye nuestro testimonio para con los hombres.

El Espíritu convence «al mundo de pecado, de justicia y de juicio» (Juan 16:8). El Espíritu Santo obra respecto al mundo mediante los cristianos, particularmente para exponer lo que pasó en el Gólgota. Es así como Dios ofrece la salvación a todos. El Espíritu Santo está en los creyentes, y no en el mundo. Este hecho establece que el mundo está perdido porque ha rechazado la revelación de Dios por Jesús (Juan 1:5; 15:18-25).

La venida del Espíritu Santo también da testimonio de la justicia de Dios en el hecho de que la gloria del Señor Jesús, en su persona y en su obra, es manifiesta por la resurrección y por su elevación a la diestra de Dios el Padre. Estos eventos muestran la victoria suprema de Dios sobre las tinieblas del mundo caído.

7.7 - Símbolos y figuras del Espíritu Santo

En la Escritura, el Espíritu Santo está asociado a varios símbolos o figuras que muestran diversos aspectos de su gloria.

7.7.1 - La paloma

«He aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él» (Mat. 3:16).

La paloma es el emblema de la pureza y de la dulzura. Después del diluvio, la paloma que Noé había soltado no había hallado donde sentar la planta de su pie, y volvió al arca (Gén. 8:9). El Espíritu Santo vino sobre Jesús durante su bautismo bajo la forma de una paloma. Él pudo venir solo sobre el hombre santo y puro, el hombre Cristo Jesús.

La imagen de la paloma evoca pues la pureza y la sensibilidad del Espíritu. Debemos velar para no contristarlo (Efe. 4:30). Los ojos de la amada del Cantar de los Cantares son como palomas (Cant. 1:15).

7.7.2 - Lenguas… como de fuego

«Se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo» (Hec. 2:3-4).

En Babel, Dios había confundido el lenguaje de los hombres (Gén. 11:7). Las lenguas nacieron como señal del juicio de Dios contra los hombres rebeldes. En Jerusalén, en contraste, el día de Pentecostés, las lenguas aparecieron como señal de la gracia de Dios que sobrepasa los límites de su pueblo terrenal e iba a llegar a todos los pueblos en su propia lengua (Hechos 2).

Por su Espíritu, Dios iba a formar un pueblo nuevo, la Iglesia procedente «de todo linaje y lengua y pueblo y nación» (Apoc. 5:9). Dios iba a ser alabado por creyentes de todas las lenguas.

Cuando el Espíritu Santo vino sobre el Señor Jesús, lo hizo como paloma, símbolo de dulzura. Esto correspondía al carácter del ministerio de gracia del Señor Jesús (véase Mat. 12:19-20). Sobre los discípulos, la venida del Espíritu fue acompañada de «un estruendo como de un viento recio» –señal de su poder– y de «lenguas repartidas, como de fuego» –señal del juicio. El Espíritu iba a convencer «al mundo de pecado, de justicia y de juicio» (Juan 16:8-11). Esta acción del Espíritu se relaciona con el poder penetrante de la Palabra de Dios que «discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebr. 4:12).

7.7.3 - El viento

«El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8).

Las lenguas originales de la Biblia emplean la misma palabra tanto para «viento» como para «espíritu». El viento evoca la obra potente y misteriosa del Espíritu de Dios (Éx. 15:10; Juan 3:8).

Potente: Como lo hemos visto, Dios obra por el poder del Espíritu. El Espíritu da la capacidad de entender y de recibir los pensamientos de Dios (1 Cor. 2:4), vivifica (2 Cor. 3:6), da la fuerza a los creyentes para el servicio de Dios (Miq. 3:8). Ha bautizado a los creyentes en un cuerpo (1 Cor. 12:13), hace llevar fruto para la gloria de Dios (Gál. 5:22), etc.

Misteriosa: Varios versículos señalan este aspecto misterioso de la obra de Dios. Su acción nos supera. Entonces no se trata de ser pasivos, sino de tomar nuestro lugar ante Dios, con reverencia y temor; y también con confianza para ser activos apoyándonos en su gracia, esperando el socorro de su Espíritu. «Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas. Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno» (Ecles. 11:5-6).

7.7.4 - El aceite

«¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras» (Sal. 133:1-2).

El aceite está especialmente vinculado con la unción, que es uno de los atributos del Espíritu. El aceite de la unción se hacía con cuatro plantas aromáticas añadidas al aceite (Éx. 30:22-24). Esta composición evoca la acción del Espíritu que toma de lo que es de Cristo y nos lo comunica (Juan 16:14). Toma el carácter y la vida de Cristo para aplicarlos al creyente. Este aceite no podía ser imitado. Dios no puede aceptar otra cosa que la manifestación de la vida de Jesús.

Todo lo que había sido ungido con aceite era santificado (Éx. 40:9-13). Del mismo modo el Espíritu Santo santifica al creyente, y lo pone aparte para Dios (1 Cor. 6:11; Rom. 15:16; 2 Tes. 2:13; 1 Pe. 1:2). Aquí corresponde a la imagen del sello.

El aceite también es un símbolo del Espíritu de unidad (Sal. 133:1-2). Es el Espíritu quien produce la unidad según Dios (1 Cor. 12:13) y debemos ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu (Efe. 4:3).

Por fin, el aceite servía para alumbrar la lámpara (Éx. 27:20; Mat. 25:8). Es el Espíritu quien nos guía y nos hace entender la Escritura.

7.7.5 - Agua viva

«El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él» (Juan 7:38-39).

«Me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apoc. 22:1).

El agua es condición y símbolo de vida (Gén. 21:16-20; Éx. 15:24; etc.). La falta de agua conduce a la muerte. La vida, en el pleno significado de este término, implica más que el hecho de existir. Ella significa la plenitud de todo nuestro ser, que se realiza cuando estamos en relación con Dios. Por eso el agua es a veces una figura de la revelación de Dios. Aquel que encuentra su delicia en la ley de Dios es como árbol plantado junto a corrientes de aguas (Sal. 1:3; Prov. 13:14).

Si comparamos el agua viva en Juan 4:10 con los ríos de agua viva en Juan 7:38, comprendemos que se trata del Espíritu Santo. El Espíritu hace entender la Escritura que nos comunica el amor de Dios y la vida de Cristo.

Es muy notable que, para apagar nuestra sed, no seamos invitados a acudir al Espíritu sino a Jesús; y ello también es cierto para gozar del reposo y conocer la luz (Mat. 11:28; Juan 8:12). Por su Espíritu obrando en nuestros corazones, el Señor Jesús apaga nuestra sed, apacigua nuestro corazón, ilumina nuestro espíritu. El agua viva es así el símbolo del Espíritu como poder de vida que refresca y santifica (Lev. 14:49-53).

El río de agua de vida que sale del trono de Dios y del Cordero señala el hecho glorioso que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

7.7.6 - Un fuego

«Delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios» (Apoc. 4:5).

En la Escritura, el fuego está vinculado con el juicio de Dios. El Espíritu Santo está presentado como lámparas de fuego (Apoc. 4:5). Esto señala la santidad divina, absoluta, de la cual el Espíritu es el garante. Es el Santo. En Hechos 2, los discípulos vieron «lenguas repartidas, como de fuego». No de fuego, pues habrían sido consumidos, sino como de fuego, lo que recordaba la absoluta santidad del Espíritu de Dios.

En 1 Tesalonicenses 5:19, somos exhortados a no apagar al Espíritu. Esta llama del Espíritu no es, en este versículo, señal de juicio sino de calor y de consuelo. «No debemos entristecerlo por medio de nuestro andar, ni apagarlo en sus dones».


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