La vida de José


person Autor: Anton DE-JAGER 1

flag Tema: José

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


1 - La gracia — El Fuerte de Jacob

¿Quién puede escudriñar tu gracia, tu amor y tu fidelidad?

Cuando Jacob llegó al final de su agitada carrera, la historia completa de su vida fue traída nuevamente a su memoria con todo detalle. Abrazó con la mirada todas las dificultades y necesidades de que fue partícipe (Gén. 48 - 49). Durante su vida, demostró que era verdaderamente un «Jacob» («el que suplanta», nota Gén. 25:26), pero su Dios se compadeció de él y manifestó que quería ser el «Dios de Jacob» (Sal. 146:5).

A pesar de sus debilidades y de que anduvo por sus propios caminos, depositó toda su esperanza y confianza en su Dios, quien nunca lo abandonó. Dios fue para él «el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día». Muchas malas acciones empañaron la vida de Jacob, pero el Ángel siempre lo libró (Gén. 48:15-16).

Dios lo encontró en Peniel, y Jacob pudo testificar: Yo (es decir, un «Jacob» o «uno que suplanta») «vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma» (32:24-30). ¡Qué revelación del poder de la gracia divina! Fue un fugitivo a causa de sus propias faltas, pero Dios le hizo una séptupla promesa. Lo guardó de Labán, de Esaú y de los habitantes de Siquem. Lo fortaleció en las más penosas y difíciles circunstancias de su vida. Su amada Raquel murió; sin embargo, en ese sombrío día ella llamó el nombre de su hijo Benoni (hijo de mi tristeza) mientras que Jacob recibió la gracia de proclamar con el poder de la fe: «Benjamín» (hijo de la mano derecha; 35:18). Luego, en su lecho de muerte, al bendecir a José, llamó a Dios: «el Fuerte de Jacob» (49:24); no el Fuerte de Israel, pues cuando hablaba sobre el Fuerte pensaba en el poder de la gracia tan poderosa que convirtió a Jacob en Israel, de modo que no pudo hallar otro nombre mejor que «el Fuerte de Jacob».

Más tarde, en el Salmo 132, se habla dos veces del Fuerte de Jacob (v. 2, 5). Este salmo muestra el regreso del arca al lugar de su morada. David la puso en Sion, y Dios respondió a los ruegos de su siervo. De qué manera conmovedora resaltó en ese momento la gracia de Dios manifestada con poder. Del lado del pueblo, todo parecía perdido. «Icabod» («¡traspasada es la gloria de Israel!»), eso era lo que caracterizaba toda la situación (1 Sam. 4:19-22).

Sin embargo, fue en esa misma situación que «el Fuerte de Jacob» intervino con el poder de su gracia. El amor de Dios superaba todas las esperanzas del pueblo. La satisfacción de Dios es el fundamento de lo que Él cumple en su gracia. Más de lo que la fe en Dios puede desear, Él quiere darlo por gracia (compárese Sal. 132:8 con v. 14-15; v. 9 con v. 16; v. 10 con v. 17-18).

Isaías también menciona algunas veces al «Fuerte de Jacob», en los capítulos 49:26 y 60:16. En el capítulo 1:24, Dios es llamado «el Fuerte de Israel», donde se trata de la restauración del pueblo que solamente será posible a través del juicio, por el camino del verdadero arrepentimiento. El Fuerte de Israel salvará a su pueblo, pero no a expensas de su honor. No obstante, todo será de pura gracia, tal como nos lo demuestran maravillosamente otras porciones de Isaías. Fuerte será el dominador, el tirano, el que mantendrá presa a Sion, pero esta será liberada y su enemigo aplastado. Sion no tendrá ningún derecho a recibir ayuda, pero tendrá a Dios, el Salvador, el Libertador. El Fuerte de Jacob la salvará. Todo será de gracia, que obra con poder.

En efecto, qué gracia poderosa vemos en todo ello: en la historia de Jacob, en el regreso del arca a Sion y en el restablecimiento final del pueblo de Jacob. Este precioso pensamiento está incluido en el nombre del «Fuerte de Jacob». El Dios de gracia manifestará su poder ante todos. «Conocerás que yo Jehová soy… el Fuerte de Jacob», se dice al pueblo de Israel en Isaías 60:16. En el capítulo 49:26 leemos: Lo «conocerá todo hombre».

El poder de la gracia lo vemos también en la historia de José, quien a pesar de todo era un hombre igual que nosotros. Era hijo de Jacob y de Raquel. Muchas veces, Jacob procuró refugio y auxilio humanos, Raquel buscó la protección en un ídolo, pero Dios tuvo compasión de él y se acordó de Raquel en gracia. Del nacimiento de José leemos: «Se acordó Dios de Raquel, y la oyó Dios, y le concedió hijos (Gén. 30:22). Así, el origen de José testifica de la gracia y solo de ella. Y, de este modo, el comienzo de la historia de José nos habla, a través de su nacimiento, del poder de la gracia que el «Fuerte de Jacob» se complacía en revelar. Esta poderosa gracia formó y fortaleció a José, permaneciendo con él hasta el fin. El «Fuerte de Jacob» también fue el Fuerte de José.

2 - Su juventud — El arco de José

Cuando Jacob bendijo a José en su lecho de muerte, habló de él como de un arquero cuyo «arco se mantuvo poderoso» (Gén. 49:23-24). Recordó los caminos peligrosos por los cuales José anduvo, así como sus triunfos en cada combate, y cómo su arco se mantuvo poderoso y sus brazos vigorosos en toda dificultad y prueba.

Para José, la lucha comenzó antes de que tuviera diecisiete años. Desde entonces, debía compartir el trabajo con sus hermanos: apacentar las ovejas de su padre (37:2). Hasta esta edad vivió en la tienda de su padre. Trece años de lucha, de afrenta, de tentación y de sufrimientos fueron luego su parte (41:46). Sin embargo, durante todos estos años, permaneció fiel ante Dios y ante los hombres. Salió triunfante de donde muchísimos hubieran tropezado. Con su arco, mantuvo a distancia a cada enemigo, o los hizo caer. Resulta que Jacob dijo: «Le causaron amargura, le asaetearon, y le aborrecieron los arqueros; mas su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte de Jacob (por el nombre del Pastor, la Roca de Israel)» (49:23-24). Entonces, de esta manera Jacob vio a José, con un poderoso arco y manos fortalecidos. Pero, tal era el poder del Fuerte de Jacob. Las manos del Fuerte de Jacob reposaban en los brazos de José, fortaleciendo sus manos en el combate para triunfar, incluso en los mayores peligros.

Diferentes partes de las Escrituras describen la espada y el arco en un sentido espiritual. La espada es un arma que se utiliza en la batalla cuerpo a cuerpo. Así, pues, la espada del Espíritu es la Palabra de Dios (Efe. 6:17). Cuando el enemigo nos ataca, poseemos un arma poderosa en la Palabra de Dios, que podemos utilizar en comunión con el Espíritu de Dios para derrotarlo. De esta misma manera el Señor Jesús actuó al ser tentado por Satanás en el desierto (Mat. 4:1-10).

Sin embargo, el arco servía para mantener al enemigo a distancia y para herirlo. Se requerían dos cosas para el buen manejo del arco: fuerza e inteligencia; la fuerza para poder tensar bien el arco, y la sabiduría para medir la distancia con buen ojo y apuntar con precisión para dar en el blanco. ¿Qué conseguiríamos si solo tuviéramos fuerza y no sabiduría, o viceversa?

El arco de José permaneció tenso. Durante años tuvo la fuerza y la sabiduría para apuntar con precisión y alcanzar con exactitud el blanco deseado, lo cual dio lugar a sus triunfos en cada combate. Pero, ¿de quién recibió José este arco, esta fuerza y esta sabiduría, cuando él, un joven de diecisiete años, apareció por primera vez en público? La respuesta es que recibió todo ello en los años de quietud y soledad que pasó con su padre, cuando todavía vivía Isaac, aquel hombre de oración, pacífico, sosegado y meditativo. Jacob también experimentó el poder de la gracia de Dios en su agitada vida.

El joven José, cuyo corazón había sido abierto por Dios, escuchó con atención lo que le hicieron saber su padre y su abuelo. Al igual que siglos más tarde el joven Timoteo escuchó a su madre y a su abuela. Aquí oímos hablar a varones de Dios llenos de experiencia, y José recibió de ellos el conocimiento de los pensamientos de Dios. Con el ejemplo de ellos, aprendió a levantar las manos hacia Él. Aunque las Escrituras no mencionan ninguna oración de José, las palabras de Jacob en su lecho de muerte nos hacen entender que su vida transcurrió en presencia de Dios, en una continua dependencia. Además, su historia lo demuestra.

Aunque solo el Señor pudo decir, en el sentido pleno de la palabra: «mas yo oraba» (Sal. 109:4), quiso decir que toda su vida fue una oración. De igual modo se deduce que la vida de José fue una vida de oración.

Al comenzar su servicio, José ya poseía el poderoso arco, pero también, y hasta el final, la sabiduría y la fuerza para utilizarlo convenientemente. Sin embargo, esta sabiduría y fuerza no la recibimos de nosotros mismos. Las manos del Fuerte de Jacob fortalecieron los brazos de José, porque sus manos eran utilizadas para la oración. La fuerza de José era la que Dios da, y aquella que José deseaba recibir del Fuerte de Jacob en la conciencia de su debilidad. En el poder de la gracia de Dios, José podía vencer. Estaba bien provisto, fuerte en su Dios, y así continuó hasta el fin.

La Escritura nos muestra aún a un joven que fue un hábil arquero, Jonatán (1 Sam. 18:1-4), y referente a él nos gustaría hacer un par de observaciones a fin de guardar una estrecha relación con el tema del arco. Jonatán era un héroe y, por su nacimiento, fue llamado a reinar. Pero cuando vio la victoria de David sobre Goliat, y le escuchó hablar, su alma se apegó a la de David. Renunció a todas las señales de dignidad por él y las puso a los pies de David. Entre esos objetos, también estaban su espada y su arco. En efecto, desde entonces el arco de Jonatán iba a ser utilizado para bendición del pueblo, y esto todo el tiempo que anduvo en comunión con el ungido de Dios, el vencedor de Goliat. Jonatán también utilizó el arco con mucha sabiduría, particularmente para hacer saber a David que el tiempo de la persecución había llegado para él. Luego, Jonatán hizo traer el arco y las saetas a la ciudad, lo que representó una conmovedora separación, y dejó que David siguiera solo en el camino de la persecución, gozando él, en cambio, de la tranquilidad en su propia casa en la ciudad (1 Sam. 20:35-42).

Más tarde, Jonatán vino una vez más a David, a Hores, siendo necesario para ello el valor y el poder de Dios. Pero, luego regresó a casa (23:16-18). El poder de Dios habría podido capacitarlo para participar en los sufrimientos de David, pero no lo quiso. Pasado algún tiempo, cayó en la última batalla y derrota vergonzosa del ejército de Saúl contra los filisteos. Los arqueros de los enemigos se acercaron hacia la familia real, pero, ¿qué pudo hacer Jonatán con su arco cuando no permanecía junto a David? Estaba totalmente desprovisto de fuerzas, y cayó. Los filisteos lo despojaron de sus armas con afrenta y colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sán (1 Sam. 31).

Antes de este tiempo, los arqueros del linaje de Saúl comprendieron afortunadamente a última hora que, aun estando ellos bien preparados para la batalla, solo podían utilizar su poder al lado de David, de modo que abandonaron el ejército de Saúl para unirse a David en Siclag (1 Crón. 12:1-3).

Cuando David recibió noticias acerca de la muerte de Saúl y Jonatán, compuso una endecha triste –el cántico «del Arco» (2 Sam. 1:18, V.M.)–, y quiso que todos los hombres de Judá la aprendieran. Todos debían estar plenamente convencidos de que incluso héroes como Saúl y Jonatán tenían que ser derrotados si no se luchaba la batalla con la ayuda de Dios (2 Sam. 1:17-27).

Jóvenes creyentes, tomen bien a pecho estas cosas. También a ustedes les espera la lucha. Pero Dios quiere darles un arco. Quiere comunicarles el conocimiento de Sus pensamientos y de Su Palabra. Con este fin, quiere también utilizar a los mayores que han pasado por la escuela de la experiencia. ¡Escúchenlos! El joven rey Uzías buscó a Dios y se hizo instruir por Zacarías, entendido en visiones de Dios. Y cuando lo buscó, prosperó (2 Crón. 26:5). Provistos de la Palabra de Dios, tienen un arco en la lucha contra Satanás, contra las pruebas y tantos peligros. Pero estén bien convencidos de que el arco debe utilizarse en comunión con Dios. En nosotros mismos no hay ninguna fuerza, pero el Señor quiere ser nuestra fuerza. Si tenemos nuestras manos en actitud de oración, entonces descansarán en nuestros brazos las manos del Fuerte de Jacob, y esto nos convertirá en fuerte en la batalla.

2.1 - El nazareo entre sus hermanos

Para Jacob, José era el «que fue apartado de entre sus hermanos» (Gén. 49:26). Mientras que los demás hijos de Jacob seguían su perverso camino y hallaban sus deleites en el pecado, lejos de las tiendas de su padre, José pasaba sus horas tranquilamente al lado de su padre, teniendo en cuenta las lecciones importantes que le enseñaba. Cuando sufría por la impiedad de sus otros hijos, José fue para él motivo de gozo y consolación. Pero llegó la hora en la que José debía apacentar el ganado de su padre con sus hermanos y con los hijos de las otras mujeres de su padre (37:2). Estaba diariamente en compañía de aquellos hombres impíos y asistía a sus malas acciones. Lejos de hallar placer en aquellas cosas, tenía la firme voluntad de alejarse del mal. Se hallaba en un periodo difícil de su vida y, cada día, rechazaba la tentación apartándose del mal. Sin duda que sus hermanos lo incitaban al mal, porque los que hacen tales cosas, se complacen con los que las practican (Rom. 1:32). Pero José mantenía al enemigo a distancia con su arco y con el poder de Dios. Esa fue su salvaguardia.

En esto, José es para todos los jóvenes un ejemplo a seguir. Cuán fácilmente están inclinados, por curiosidad, a querer observar el mal en lugar de huir de él, de aborrecerlo y de seguir lo bueno (Rom. 12:9). Muchas veces, no quieren practicar el pecado en absoluto, sino que se engañan cuando desean formar sus propias ideas, pensando que sería interesante saber de esto un poco más. Este es, sobre todo, el peligro que encontramos, por ejemplo, en los libros. Así nos exponemos a grandes peligros, y muchos, al no ser vigilantes, cayeron.

Jóvenes amigos, mantengan al enemigo a distancia. Mediante su Palabra, Dios quiere darles un arco. Practiquen con él y utilícenlo con oración, poniendo su esperanza en Dios. Entonces serán fuertes. Es posible que se encuentren trabajando en algún lugar que entraña peligro –una fábrica, un taller, una tienda o una oficina–, y que se hallen diariamente confrontados con las manifestaciones del pecado. Tal vez escuchen palabras inconvenientes y vean cosas malas. Piensen, pues, que el Fuerte de Jacob que guardó a José de sus hermanos y al joven Daniel con sus amigos en la perversa ciudad de Babilonia, también puede y quiere guardarles a ustedes dondequiera que estén trabajando. Pero, para ello se necesita un corazón recto en comunión con el Señor. El poder de Jesús, el buen Pastor, sobrepasa el poder del enemigo.

Los hermanos de José eran muy fuertes en el mal. Ellos también eran arqueros, causaron gran amargura a José y «conspiraron contra él para matarle» (Gén. 37:18). Sin embargo, José permaneció fiel a todos sus ataques de envidia y de burla. Especialmente esta última constituye un arma muy poderosa en las manos del enemigo, pero José venció.

En todas sus pruebas, tanto la tienda como el corazón de su padre permanecieron abiertos para él. En medio de la lucha, José tuvo la oportunidad de volver a Jacob. Entonces habló con su padre de los malos rumores que se oían acerca de sus hermanos. No se trataba de una denuncia cobarde de la cual hubiera buscado su propia gloria, ya que su carácter era demasiado noble para eso. Nada en la historia de su vida nos da motivos para pensar en ello, sino que las malas acciones de sus hermanos eran manifiestas ante los cananeos, y el nombre de Dios era calumniado por esos malos rumores. Esto constituía para José un continuo motivo de tristeza.

Además, tenía que ir a fin de comprobar por sí mismo este estado de cosas, oír malas palabras y soportar amarguras y envidias. Le era necesario retirarse de nuevo a la tienda de su padre, donde, lejos del odio de sus hermanos, encontraba un refugio de amor. Allí había un corazón que le comprendía y que se compadecía de él. En el aislamiento tranquilo, podía expresarse con toda libertad, y encontrar consuelo y consejo. Allí oraba y recibía nuevas fuerzas para la lucha. Allí, José bebía del arroyo (Sal. 110:7), y fortalecido continuaba su difícil camino.

Quién podría decir cuántos de los que cedieron en la lucha contra el pecado habrían podido evitar caer si se hubiesen confiado a sus padres, a alguien de mayor edad, a un amigo o amiga temerosos de Dios. Las charlas entre jóvenes, de las cuales estos a menudo participan, referente a lo que ven u oyen en sus círculos de trabajo, generalmente no son nada bueno. Más vale acercarse a aquellos que andan con Dios y hablar con ellos de lo que uno tiene en el corazón, de los peligros que diariamente se presentan, y escuchar luego los consejos afectuosos acercándose juntos al trono de la gracia, diciendo: «allí nace entonces la fuerza».

¿Nos damos cuenta, nosotros padres y creyentes de mayor edad, que los jóvenes que deben moverse en el mundo tienen necesidades? Nosotros que ya tenemos hijos mayores, ¿supimos granjearnos su confianza de tal manera que ellos vengan a nosotros con sus dificultades? A veces pasan por momentos difíciles. No vacilemos en orar por ellos y con ellos. Sepamos escucharlos con paciencia y tener cuidado con las palabras imprudentes que hagan que perdamos su confianza.

Y vosotros, queridos jóvenes, que debéis cumplir vuestro trabajo en medio de un mundo impío, conocemos las tentaciones que os rodean, sus luchas y dificultades. Pero también sabemos que felizmente pueden atravesar todo con el Señor. También es muy útil que, de vez en cuando, confíen sus dificultades a otros que los aman y los aprecian, para así buscar juntos el rostro del Fuerte de Jacob. ¡Hagan como José y serán guardados!

2.2 - La túnica y los sueños

José era para Jacob el hijo de su vejez (Gén. 37:3). No era mucho más joven que sus hermanos, pero era el único que, en los días de la vejez de Jacob y de tantos sufrimientos, le era de gran apoyo y consuelo. Mientras que los demás hijos se apartaron de él, cada uno por su propio camino, José comprendió a Jacob porque andaba según la voluntad y los pensamientos de su padre. Aunque malos rumores circulaban sobre los otros hermanos, los cuales eran motivos de difamación a los cananeos, José caminaba con Dios en medio de sus hermanos. De este hijo no podían decir nada contra él. Mientras que Jacob amaba a cada uno de sus hijos (de tal manera que, más tarde, preocupado por ellos, les envió al amado José; Gén. 37:13-14), amaba a José particularmente; porque este le daba motivos para amarlo, mientras que los otros no. Por esta razón, pudo dar a José una demostración de su especial amor: «una túnica de diversos colores». Se puede decir que este hermoso vestido era un testimonio de la buena apreciación que tenía Jacob de la conducta de José. Era un testimonio entre sus hermanos y, al mismo tiempo, entre los habitantes de Canaán. Si se preguntara por qué este hijo tenía una túnica tan preciosa, la respuesta sería que él no se había mezclado con las malas obras de sus hermanos. De este modo, Jacob dio testimonio, entre los paganos, de las malas acciones de sus hijos y también de la buena conducta de José.

Semejante testimonio de parte del padre tendría que haber hablado a la conciencia de los hermanos. Pero se taponaron los oídos, aborrecieron a José a causa del amor con que el padre lo amaba (v. 4), y no pudieron hablarle pacíficamente. A su amable saludo de paz, respondieron con el odio. Pero, ¿qué podía hacer Jacob? Darles una túnica significaría unirse a ellos en el mal.

Jacob pudo dar a José esta túnica. Dios pudo revelarse también a él por su fiel conducta (v. 5). «La comunión íntima de Jehová es con los que le temen» (Sal. 25:14). También, entre los creyentes, Dios comunica Sus caminos solo a aquellos que andan en fidelidad. Al pueblo de Israel, Dios le hizo conocer Sus obras, a Moisés Sus caminos (Sal. 103:7). Si no hay temor de Dios, que no se pregunte con seriedad cuáles son su voluntad y sus pensamientos, no puede, pues, revelarnos Sus secretos.

El que es fiel en lo poco, entonces Él puede confiarle más. José comenzó a ser fiel en las cosas pequeñas que debía llevar a cabo como pastor en su vida diaria. Cumplía su trabajo con Dios a pesar de la enemistad de sus hermanos. Por esa razón, Jacob le dio una túnica, y Dios le reveló Sus designios, y luego le confió aún más.

Más tarde, Samuel sirvió a Dios con sencillez en presencia de Elí (1 Sam. 3:1). También se hallaba entre hombres impíos, los hijos de Elí; pero, por medio de su madre aprendió a conocer a Dios y a elevar su corazón a él en oración. Lo que hacía, no lo hacía con un espíritu de independencia, sino escuchando al viejo Elí, quien, si bien tenía sus defectos y era un padre débil para con sus hijos, amaba la morada de Dios y le servía. Samuel llevaba a cabo allí su servicio con humildad, por eso Dios podía revelarse a él, y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Dios.

Esto es muy importante también para los jóvenes que están entre nosotros. A veces, tienen el deseo de servir al Señor en público; eso en sí mismo es bueno. También pueden leer y escudriñar mucho las Escrituras, mostrando diligencia. Lejos de menospreciar estas cosas, queremos subrayar que, en primer lugar, se necesita caminar con fidelidad ante el Señor y donde Él nos ha puesto. Algunos desean dejar cuanto antes su trabajo para dedicarse al servicio del Señor, pero el andar como un nazareo para Dios en las cosas diarias de la vida es un testimonio importante para Él. De una conducta así en el temor de Dios se desprende poder. Otros tienen palabras de aliento unidas a un buen testimonio en su andar. El Señor se manifestará a la persona en la cual habita Su temor. Y cuando él prepara a un creyente para un ministerio público, se lo mostrará a su debido tiempo, poniendo en claro que él lo ha llamado y capacitado para un servicio especial.

Cuando Dios reveló en sueños el futuro a José, y le concedió el primer lugar entre su generación, este comunicó a sus hermanos con toda fidelidad las verdades que le habían sido anunciadas. A pesar de que el primer sueño suscitó su odio, tampoco les ocultó el segundo. La verdad de Dios se expresó mediante sus sueños, aunque ello provocara una mayor ira de parte de los hermanos de José. En efecto, Dios tenía algo que decirles en cuanto a José, pero también rechazaron este testimonio.

No obstante, ninguno pudo ser el primero entre ellos. No lo pudo ser Rubén, porque por su pecado había perdido «sus derechos de primogenitura» (1 Crón. 5:1); tampoco los demás, por no haber pedido consejo a Dios. Solo José podía ser el primero. Pero sus hermanos lo odiaron y le tenían envidia (Gén. 37:11). Manifestando esto, parece que llegaron a entender que Dios les hablaba. Ninguno de entre ellos tuvo tales sueños, pero sus corazones se llenaron de amargo celo cuando José les contaba los suyos. Los sueños eran de Dios. La manera en que se los contó fue sencilla, fiel y de forma natural, pero eso tampoco lo podían soportar. Estas palabras hicieron aumentar su odio hasta lo sumo. Hasta Jacob también le reprendió, pero «meditaba en esto» (37:10-11), guardando al mismo tiempo este asunto en su corazón. Comprendió que Dios le había hablado y decidió tranquilamente esperar el cumplimiento de esos sueños.

La fe actúa de esta manera, guardando el testimonio de Dios en el corazón, aunque esté ligado a la expresión de la flaqueza de la naturaleza humana.

2.3 - Vendido

Cuando los hijos de Jacob apacentaban el ganado de su padre en Siquem, este estaba preocupado por ellos (Gén. 37:13). Allí habían ocurrido muchas cosas que justificaban su inquietud (34:30). ¡Cuán fácilmente podrían vengar allí su único dolor! El amor que nunca busca ganancia, sino que, por el contrario, siempre da, obraba en Jacob. Y, por ese amor, el amado José fue enviado a sus hermanos hostiles. ¿Serían afectados en sus conciencias por esta muestra de amor? Si quedaba algo de sensibilidad en su conciencia, esta venida habría tenido algún valor.

Cuando José fue llamado por su padre para cumplir esta difícil tarea, su respuesta fue espontánea: «Heme aquí» (37:13). En todo fue el hijo obediente, preparado para cumplir la voluntad de su padre a cualquier precio. Quería servirle por amor. Así como el padre amaba a sus hijos impíos, así también José, aunque despreciado por ellos, los amó, queriendo ir a ellos según el deseo de su padre. Así pues, como hijo obediente, dejó la tienda de su padre en Hebrón para ir a Siquem. En Hebrón gozaba de la comunión con su padre; en Siquem se encontraría con sus malvados hermanos. Quizás les afectaría ese amor que se les iba a mostrar. No los halló en Siquem. Sin embargo, no regresó a Hebrón. Fácilmente hubiera podido aprovechar este pretexto para no llevar a cabo esta difícil tarea. Pero no, buscó a aquellos que no querían saber nada de él. Con dedicación, cumplió la voluntad de su padre. El amor que le impulsaba era un amor que busca.

Cuando José supo que sus hermanos estaban en Dotán, fue allí y los encontró (37:17). Vieron desde lejos que se aproximaba, y tuvieron tiempo suficiente para reflexionar sobre lo que significaba la llegada de José. Pero, en lugar de reconocer el amor que, sin duda, se desprendía de ello, conspiraron contra él para matarlo y estudiaron la forma de cumplir sus malos propósitos. Su odio se convirtió en burla. No solamente se burlaron de José, sino también de las verdades que Dios reveló a través de los sueños de José (v. 19-20). Iban a matar al soñador, y, ¿qué resultaría de sus sueños? No solo conspiraron contra él, sino también contra Dios, quien había dado los sueños. Por eso rodearon a José con palabras de odio y pelearon contra él sin motivo. En pago de su amor le fueron adversarios, devolviéndole mal por bien y odio por amor (Sal. 109:3-5).

No obstante, Rubén intentó liberar a José de sus manos (Gén. 37:22). Era el primogénito y quizás sentía algo de su gran responsabilidad, pero no se atrevió a salir abiertamente en su defensa. No poseía fuerza espiritual para ello, pero logró que echaran a José en la cisterna, solo para descubrir más tarde con tristeza que José había desaparecido. Sin embargo, no sintió tanta preocupación por José, sino por sí mismo. Si su padre quisiera pedirle cuentas, ¿qué respondería? (v. 29-30). Luego, dio su acuerdo al terrible plan de sus hermanos para engañar de manera horrorosa a su anciano padre (v. 31-32). Durante muchos años, sería testigo del profundo y continuo sufrimiento de su padre (v. 33-35).

Rubén ocupaba un excelente lugar. Era el primogénito, el principio de la fuerza de Jacob; era «principal en dignidad, principal en poder» (49:3-4). Se tenían de él grandes esperanzas. Como la fuerza del arroyo que se desborda por las precipitaciones de las aguas y crece su ímpetu, así fue el principio de Rubén. Pero cuando la lluvia cesa, baja el arroyo en poco tiempo y pronto se seca. De igual modo ocurrió con Rubén, como el rápido descenso de las aguas. No pudo ser el más excelente, ya que un mal moral consumó sus fuerzas y ocasionó su profunda caída (35:22). Jamás pudo recobrar una posición de importancia. No obstante, parece que tenía cierta benignidad, también cuando sus hermanos quisieron matar a José, y más tarde cuando quiso hacerse fiador de Benjamín (42:37). Pero su benignidad no pudo persuadir a su padre ni devolverle la confianza que había perdido.

Rubén no utilizó el arco para mantener el mal a distancia en la comunión con Dios, sino que se rindió al enemigo y a continuación la caída fatal llegó. El mal moral debilita el poder necesario para el crecimiento y el andar. «Los deseos carnales… batallan contra el alma» (1 Pe. 2:11).

Jóvenes lectores, guárdense del mal moral. «¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?» (Prov. 6:27-28). O quizás si alguien tiene malos pensamientos y se libra de una caída, ¿no sufrirá cada vez más daño? Los creyentes que no vigilan en esto nunca alcanzarán un desarrollo espiritual. Sin duda hubo varios que al principio prometían mucho, pero después se debilitaron y nunca más recuperaron sus fuerzas. Estén, pues todos muy atentos, sobre todo en estos tiempos de tanta degeneración moral, ya que los peligros son enormes. Consigan un arco y busquen el poder de Dios. Ahuyenten al mal tan lejos como puedan, y solo entonces tendrán seguridad.

Los hermanos tomaron a José, le quitaron su túnica y lo echaron en la cisterna. Vieron la angustia de su alma cuando les suplicaba librarlo, pero no lo escucharon. Después de esto, se sentaron tranquilamente a comer pan, sin afligirse «por el quebrantamiento de José» (Gén. 42:21; 37:25; Amós 6:6). Luego, vieron a una compañía de mercaderes ismaelitas. Estos «hombres fieros» eran las personas adecuadas para la venta de José (Gén. 37:25; 16:12). Estos no tenían ningún lazo con nadie. Judá fue el que propuso venderlo a aquellos mercaderes. Claro, tenía aún alguna sensibilidad. José era su hermano, su propia carne; ¿para qué debería dejarlo morir en el pozo? (37:26-27). ¿No era más adecuado deshacerse de él de esta manera? Además, esto les traería algún beneficio. Es así como el hombre se engaña a sí mismo, peca y actúa a veces con deseo de lucro y con «cierta reputación de sabiduría en culto voluntario» (Col. 2:23).

José fue vendido por veinte piezas de plata, el precio valorado por sus hermanos. El precio de un esclavo adulto era de treinta piezas de plata (Éx. 21:32; véase Zac. 11:12-13). Para un joven de diecisiete años, veinte piezas era un precio normal. Es así como los hermanos del amado del padre, el hijo obediente, apreciaron su valor. Ciertamente para una persona como José, era «un hermoso precio».

Más tarde, cuando Rubén no sabía cómo podrían justificarse, idearon el horroroso plan de tomar la túnica de colores, señal de la estima de Jacob a José, y de empaparla en la sangre de un cabrito, a fin de engañar a su anciano padre, y hacerle creer que su hijo había sido destrozado por una fiera del campo. Su comportamiento fue semejante a fieras salvajes, como «leones rapaces y rugientes», y como «fuertes toros de Basán» (véase Sal. 22:12-13).

Cuando Jacob se sentó con la túnica rasgada, con el corazón destrozado y un profundo dolor, todos sus hijos acudieron y se sentaron a su lado para consolarlo. En tal situación, no se sabe qué era más horroroso: su cruel impiedad o su osada hipocresía, pero ambas salieron a la luz cuando rechazaron a José.

¡Qué lleno de maldad está el corazón del hombre, y qué claro se ve en la historia de José! Sin embargo, Dios también seguía su camino para con Jacob. Este último ya había cosechado los frutos de su propio campo. Lo que él sembró, eso también segó (Gál. 6:7). Entonces, Dios lo condujo por caminos que le parecían incomprensibles, caminos en los cuales quería enseñarle a poner todo en Sus manos y a descansar enteramente en Su misericordia (Gén. 43:14). Pero cuando Dios alcanzara su propósito con Jacob, y este, caminando de nuevo con Dios, conociera todo lo que sus hijos habían hecho, y todos los detalles de la venta de José, tuvo una idea más clara que nunca de la profunda perversidad de sus propios hechos. En cierta ocasión, tuvieron que ser degollados dos cabritos para poder engañar a Isaac (27:9), y la sangre de un cabrito fue necesaria para teñir la túnica de José y engañar de este modo a Jacob.

Al darse cuenta de lo profundamente perverso que era y al conocer su pecado mejor que antes, entonces comprendió en profundidad la poderosa e infinita gracia manifestada para con él por el Fuerte de Jacob. Su corazón siempre se llenó más de agradecimiento al contemplar esta gracia sin límites.

Llegará un día cuando, para nosotros que conocemos al Señor, seremos «manifestados ante el tribunal de Cristo» (2 Cor. 5:10, V.M.), donde veremos el mal que cometimos en toda la profundidad de su mancha y en su entera realidad. Además, el recuerdo de las dificultades incomprensibles que atravesamos durante nuestra vida nos será provechoso. Hora grave y de gran solemnidad será esa ocasión. Pero esa revelación entonces nos permitirá apreciar el poder de la gracia en toda su amplitud y en toda su gloria, poder por el cual todos nuestros pecados fueron borrados para siempre por el Fuerte de Jacob.

3 - Esclavo en Egipto — Dios estaba con él

Una vez en Egipto, José fue comprado por Potifar, capitán de la guardia de Faraón. Después de que sus hermanos lo raptaron de la casa de su padre, vino a ser esclavo en un país extranjero (Gén. 39:1).

Al parecer, José debía tener numerosos motivos para estar descontento y poco deseoso de cumplir su trabajo en casa de Potifar. Sin embargo, era un joven creyente que estaba convencido de que Dios guiaba el camino de los suyos. Esto alegraba su corazón, aunque pareciera que todo le era contrario. En su esclavitud forzosa, cumplía su trabajo con toda fidelidad como si fuera para Dios. Caminaba con Dios y, por eso, Dios estaba con él.

El profeta Azarías, por el Espíritu de Dios, pronunció una advertencia al rey Asa y a su pueblo: «Jehová estará con vosotros, si vosotros estuviereis con él; y si le buscareis, será hallado de vosotros; mas si le dejareis, él también os dejará» (2 Crón. 15:2).

El Espíritu Santo dio testimonio en cuanto a José: «Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que Jehová estaba con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano. Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía» (Gén. 39:2-4). ¡Qué ejemplo tan maravilloso ofrece José para los jóvenes! Sin murmurar ni contradecir, cumplió todo lo que Dios ponía en su camino. Demostrando su entera fidelidad, adornó la confesión del verdadero Dios en un país idólatra y pervertido. En su estado de servidumbre, no pensó primeramente en lo que agradaba a Potifar, sino que miró a su Dios, sirviéndolo ante todo. Así halló gracia delante de Dios y de los hombres.

Pablo exhortó a los filipenses a hacer «todo sin murmuraciones y contiendas». Dijo a los «siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones; no defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador». Dijo también a los colosenses: «Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís» (Fil. 2:14; Tito 2:9-10; Col. 3:23-24). Cuando andamos con el Señor, Dios está con nosotros. No puede ir con nosotros en un mal camino. En presencia del mal, Dios manifiesta su oposición. Por lo tanto, es de mucha importancia que, como José, busquemos al Señor y contemos con él para todo. Entonces Él testificará de nosotros como lo hizo con José: «Dios estaba con él» (Hec. 7:9). Así, Dios no nos olvida en nuestras pruebas, sino que quiere lograr su fin con nosotros. A veces, nos lleva por senderos difíciles por su Nombre para bendición de otros (Sal. 105:17). Entonces, el tiempo vendrá sin tardar cuando recibamos de Él recompensa, posiblemente ya en la tierra, pero con toda seguridad allá en la gloria.

Cuando Potifar vio que Dios estaba con José y que le servía con fidelidad, halló gracia en sus ojos. Y como José buscaba todo lo que agradaba a Dios, prosperó en su favor. Dios pudo utilizarlo para la gloriosa obra a la cual lo había llamado. Muchas veces, los jóvenes piensan que están listos para cumplir una u otra obra para la cual Dios llamó a otros. Pero se olvidan de tener en cuenta que Dios desea, en primer lugar, fidelidad en el lugar donde Él los puso, y solo cuando esta fidelidad es una realidad práctica, Él puede llamarles para hacer cosas más importantes.

Con José, eso sucedió de una manera notable. Potifar le fue confiando cada vez más cosas. Después de haber llevado a cabo las tareas más insignificantes, recibió el trabajo de todo lo que tenía en su casa, llegando a ser más tarde mayordomo. Luego, Potifar entregó en sus manos todo lo que tenía, y con él no se preocupaba de cosa alguna, porque confiaba en él completamente. La gloriosa consecuencia fue que, a causa de José, Dios bendijo la casa de Potifar. Leemos: «La bendición de Jehová estaba sobre todo lo que tenía, así en casa como en el campo» (Gén. 39:5-6). Para todos aquellos que estaban en relación con José, había allí mucho que aprender. Su camino fue difícil y pesado, pero no se opuso a la voluntad de Dios. Sometió su propia voluntad a la de Dios.

A veces, Dios permite que jefes injustos sean colocados por encima de sus hijos. Que nadie piense que Dios no tendrá en cuenta la injusticia; al contrario, la juzgará. Pero el creyente no tiene que dejarse influenciar, sino que es llamado a ser obediente y fiel: «Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente… Pues para esto fuisteis llamados» (1 Pe. 2:18-21).

Servir a un amo bueno y honesto no cuesta; pero es difícil someterse al amo injusto. Solo es posible cuando uno comprenda que no sirve al hombre, sino a Dios. El cristiano debe aprender a dejar su propio «yo» sobre el altar y mostrarse «fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador» (Tito 2:9-10).

3.1 - El hombre valiente que huye

Cuando José fue elevado a esta alta posición en casa de Potifar, –donde le habían sido confiados todos los bienes de su amo–, el enemigo le presentó una gran tentación. Todas las pruebas que tuvo que experimentar fueron pequeñas en comparación con esta terrible tentación. No fue una prueba de una hora ni de un día, sino de día tras día, en los cuales la serpiente se presentaba ante él con astuta seducción. ¿Estaría el arco de José bien tensado? La lucha tenía lugar, el mal le acometía a cada momento, pero gracias a Dios José permaneció firme. Las manos del Fuerte de Jacob lo fortalecieron. Por sus propias fuerzas no hubiera podido resistir, pero encontró poder en la presencia de Dios. En tranquila soledad tuvo plena comunión con su Dios. Por eso, Dios estaba con él en su lucha.

José permaneció fiel. ¡Qué bueno fue Potifar y qué inquebrantable confianza depositó en él! ¿Era posible que José abusara de esta confianza? Pero Dios, para él, tenía mucha más importancia que Potifar. ¿Se atrevería a intentar algún mal contra Potifar? Lo peor de todo era que José pecaría contra Dios. Todos abandonaron a José; solo Dios quedó a su lado.

Este asunto no era solo entre él y Potifar, sino entre él y Dios. Habría pecado si hubiese escuchado a la mujer de Potifar, y habría pecado también contra Dios. Quería permanecer fiel a su Dios a toda costa. Pero la tentación persistió, y el diablo procuró seducirlo con todo lo que tenía a su alcance. ¿Qué era la mujer de Potifar, si no un instrumento en las manos de Satanás para hacer caer a José? José tenía que caer. Sus hermanos dijeron: «Veremos qué será de sus sueños» (Gén. 37:20). El espíritu con que hablaron era el espíritu del diablo, que siempre intenta impedir el cumplimiento de lo que Dios dijo. Entonces, halló un instrumento adecuado: esta mujer llegó por fin tan lejos con sus deseos que tomó la ropa del recto José. La única salida para él fue huir.

Quedamos sin palabras ante tal situación, no solo al mirar el instrumento de tal perversidad, sino al maravillarnos ante la manera en que José fue guardado. Era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. No era como el Señor, perfecto en todo, quien pudo decir: «Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí» (Juan 14:30). José tuvo que huir rápidamente; esta era su única salvaguardia. Los hechos de José brillaron en el resplandor de la pureza y la castidad. Pero conocía su corazón y sabía que existía el riesgo de que la concupiscencia que había también en él se despertara si la prueba persistía, y que el pecado y la muerte fuesen las consecuencias (Sant. 1:15). Por eso, un momento de extravío hubiera sido funesto para él. La mujer seductora había tomado su ropa y pensaba así retenerlo en su poder. Sin embargo, José prefirió la vergüenza y la burla de los hombres a renegar de la voluntad de Dios y a estar manchado ante Él. La mujer podía apoderarse de su ropa, pero gracias a Dios, no de su honra.

¡Qué grande era José, como un hombre valiente en su huida! Caminaba con Dios. Un andar con Dios es un andar en la separación del mal, pero al mismo tiempo aprendemos a conocer nuestras flaquezas y debilidades. El andar en la luz nos hace descubrir cada vez mejor lo que somos, de tal modo que nos hace también darnos cuenta de la perversidad de nuestra vieja naturaleza. Debemos aprender a no confiar en nosotros y a buscar más nuestra fuerza en Dios. La oración: «no nos metas en tentación» (Mat. 6:13), es una oración que debería estar siempre más en nuestro corazón. Y si Dios permite que la tentación nos llegue, nuestra salvación está en la huida.

Con qué facilidad puede formarse en nosotros el pensamiento de que el mal se halla por todas partes alrededor de nosotros. También podemos pensar que la tentación no nos hará ningún daño. Cuando José estaba obligado a permanecer en la proximidad de este peligro, Dios lo guardó, pero al final pudo librarse únicamente huyendo. La historia de Holanda nos habla también de un hombre valiente que huyó, Federico Guillermo, el «gran elector» de Brandeburgo, un valeroso héroe. Siendo ya un mozo de quince años, bien desarrollado de cuerpo y espíritu, fue enviado por su padre a Holanda para su formación. Allí había una cultura, comerciantes e industriales en plena prosperidad, así como un gran tránsito interior a lo largo de muchos canales y caminos. Grandes buques traían a sus puertos los productos de todos los países. El estatúder Federico Enrique era el estratega más hábil de su tiempo. Entonces tenía que ver y aprender mucho para el futuro príncipe de Brandeburgo.

Pero también podía aprender el mal. En La Haya, un gran número de jóvenes afortunados derrochaban su dinero llevando una vida alegre y disoluta. Formaron una «asociación de amigos de medianoche», e invitaron igualmente al joven príncipe Federico Guillermo para participar en una de sus fiestas durante la cual procuraron inducirlo a la disolución. Pero cuando una noche se le presentó la tentación, el príncipe huyó y se fue inmediatamente de La Haya. Temió el poder de la seducción y desconfió de sí mismo.

La Palabra de Dios dice: «Huye también de las pasiones juveniles» (2 Tim. 2:22), y otra vez de manera especial: «Huid de la fornicación» (1 Cor. 6:18). Dios, entonces, no nos pide que luchemos contra estos deseos, sino que huyamos de ellos. ¿A dónde debemos huir puesto que estos deseos los llevamos en nosotros mismos y en nuestros pensamientos? Debemos huir hacia el Señor Jesús.

Hagamos frente a la vergüenza y a la burla, que son enemistad contra Dios, y permanezcamos separados del mundo. ¡Huyamos del peligro, en el cual el enemigo nos tiende una trampa, peligro en los hechos, en las palabras, en las formas y en las ropas! Huyamos de esas expresiones deshonestas e impropias. Aunque el mundo nos considere como estrechos de miras y algunos de nuestros amigos nos den la espalda, no nos preocupemos; estamos en el camino de Dios. No nos dejemos influenciar por las opiniones de otros. En estos tiempos hay muchísimo mal moral en el mundo, mucha frivolidad. Basta mirar la manera de vestirse de muchos hoy día.

El mundo rechaza la «ropa decorosa, con pudor y modestia» (1 Tim. 2:9-10; 1 Pe. 3:3-4). Sin embargo, muchos hijos de Dios siguen los caminos del mundo en estas cosas. Se arguye querer ser libres y no sujetarse a estrictas ordenanzas, pero se olvidan de que, si no escuchan lo que la Palabra dice, no es otra cosa que desobedecer a Dios, y desobedecer a Dios es pecar contra Dios. ¿Desea usted pecar contra Dios?

No se necesita que el mal llegue a su extremo como en el caso de José, sino que en todas las cosas debemos escuchar la Palabra de Dios y decir «no» al mundo.

No menospreciemos el peligro que existe para nosotros, pues el pecado habita en nuestra carne. ¿No haríamos huir de nosotros todo aquello que nos incite a engendrar pasiones? ¿No temeríamos toda esa literatura que perjudicará nuestro espíritu? Desgraciadamente, se encuentran entre las familias de creyentes revistas y catálogos que no deberían hallarse; revistas que a veces contienen imágenes capaces de despertar los malos deseos. Pero, se dirá: “yo solo tengo esta revista en casa a causa de las lindas fotografías en cuanto a la naturaleza; y lo que concierne al resto, no me interesa”. O “lo único que me interesa es el arte, y no me dejo influenciar por imágenes dañinas”. Pero no es así, no somos insensibles. El apóstol Pablo dijo: «Todas las cosas son puras para los puros», pero continúa diciendo: «para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas» (Tito 1:15). En cuanto a nosotros que conocemos al Señor, también sabemos que llevamos esta contaminación en nosotros. Por lo tanto, debemos velar y huir de todo lo que pueda inducirnos al mal moral.

Sobre todo, para ustedes, jóvenes creyentes, más vale perder todo que exponerse a los peligros de los cuales deberían huir.

3.2 - Contado con los pecadores

Cuando José huyó, sus ropas habían quedado atrás. Sabía muy bien que dejar sus ropas así en las manos de una mujer, dispuesta a todo, podía traer serias consecuencias para él. No obstante, José huyó, porque deseaba permanecer fiel a su Dios. Prefería morir antes que desobedecer la voluntad de Dios. Y la mujer, que por sus deseos se convirtió en un instrumento en las manos de Satanás, no descansó hasta que hubiese culpado a José. A través de ella se manifestaron los deleites temporales del pecado, el engaño, la mentira y la violencia, y en esto sirvió perfectamente a su amo, el diablo. Ella es una figura del mundo, entregada completamente al servicio de Satanás en el rechazo de Cristo. Por eso, él es llamado «el príncipe de este mundo» (Juan 12:31).

Por todas partes, el mundo rodea a los hijos de Dios y hace todo lo posible para ganarlos. Su fingido amor no es otra cosa que la fuerte corriente de un remolino de agua que arrastra hacia su centro todo lo que se pone a su alcance, aspirándolo irremediablemente. En realidad, el mundo aborrece a todos aquellos que rehúsan servirle, y cuando se ve rechazado y se huye de él, se gira violentamente contra ellos. No obstante, podemos escapar de «la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» únicamente huyendo (2 Pe. 1:4). Velemos, pues, contra los peligros del mundo (1 Juan 2:15-17).

José fue encarcelado con los presos del rey, como si hubiese sido un peligro para la autoridad y el pueblo. Fue «contado entre los que descienden al sepulcro» (Gén. 39:20; 40:15; Sal. 88:4). Fue considerado semejante a los peores criminales, sin permitir que ningún dolor le fuese escatimado. «Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona» (Sal. 105:18). Allí estaba en profundas tinieblas, con gran dolor lejos de sus amigos y conocidos. Estas tinieblas formaban parte de los caminos de Dios. Pero allí también estaba su Dios y, por la fe en el Fuerte de Jacob, aprendió a permanecer tranquilo y confiado. De este hombre tranquilo, rechazado y doliente dimanaba un poderoso testimonio.

Desde entonces, Dios podía estar con José y le consoló a través de su bondad, haciéndole hallar gracia en los ojos del jefe de la cárcel (Gén. 39:21). Este llegó a comprender que ninguno de los presos era como José y, cuando lo tomó para su servicio, depositó todas las cosas en sus manos. El jefe de la cárcel sabía que todos los otros presos eran culpables, pero, por la ilimitada confianza que le dio, dio testimonio de que este hombre era justo (v. 23).

Finalmente, hasta el capitán de la guardia puso su confianza en José (40:4). Cuando los dos siervos de Faraón pecaron contra su amo y fueron encarcelados, el capitán puso a José a guardarlos y cuidarlos (v. 3-4). Y Potifar era este jefe (compárese con 39:1, 4) ¿No era de él que «José halló gracia en sus ojos»? ¿Por qué no lo dejaba libre? Quería salvar el honor de su casa ante los hombres y no perder la amistad con el mundo.

Cuando José cuidaba a esos dos oficiales presos manifestó con ellos toda su bondad (v. 5-8). Al ver los sufrimientos de los otros, José mostró vivo interés por todos aquellos con los cuales Dios lo puso en contacto. Cuando esos presos estaban abatidos, se interesó por su miseria y preguntó cuál era la causa. Olvidando sus propios sufrimientos, abría su corazón a las necesidades de los demás.

Con mucha atención, quiso con perseverancia ayudarlos con el socorro de Dios. Se manifestó como un amigo de los que estaban en aflicción, aunque fueran presos. Así, fue contado por los hombres con los pecadores; se inclinó a las necesidades de esos presos. Con qué claridad resplandecía el afectuoso corazón de José en la oscura cárcel. Este afecto fue perfectamente manifestado en la persona de Cristo que, si bien fue despreciado y más tarde contado con los pecadores, se dedicó en esta tierra a todos los afligidos sin buscar recompensa. Tuvo gran interés en el destino de los culpables, y siempre su oído y su corazón estuvieron atentos para ellos. Más tarde trataremos este asunto. Ahora queremos insistir en el hecho de que, si José mostró tanto interés y afecto por las necesidades y temores de todos aquellos que Dios trajo para que tuviera contacto con ellos, nosotros, teniendo ante nuestros ojos el ejemplo de Aquel que fue tanto mayor que José, debemos esforzarnos en contribuir a las necesidades de los que nos rodean. Procuremos interesarnos en ellos, primeramente, en las necesidades espirituales, pero no olvidemos tampoco las necesidades materiales y otras a nuestro alrededor. Estemos siempre preparados para tender una mano compasiva (Gál. 6:9-10).

José, que fue llamado para servir en la cárcel, sirvió a todos aquellos que le fueron confiados. Su trabajo siempre lo consideró como un trabajo para Dios. Por eso, cualquiera que haya sido el trabajo, siempre lo realizó con la misma fidelidad, cuando servía a su padre, a Potifar o en la cárcel. En su trabajo en la cárcel, su camino siempre fue descendente, pero a medida que el camino se hacía cada vez más oscuro, crecía también la gloria. En poco tiempo José ganó la confianza de los dos oficiales presos de Faraón (Gén. 40:9, 16). Cuando se interesó por sus preocupaciones, le contaron sus sueños. José sabía que Dios podía revelar el contenido de los sueños, pero sabía también que Dios quería utilizarlo para ese fin (v. 8). A causa de su proximidad con Dios pudo tener esta convicción. Entonces les declaró el significado de los sueños, y después de tres días, el día del nacimiento de Faraón, para el copero fue olor de vida para vida, y para el panadero fue olor de muerte para muerte (v. 20-22; 2 Cor. 2:16).

Pero, al mismo tiempo, vemos en esta historia que José no era infalible. Solo Cristo es el «autor y consumador de la fe» (Hebr. 12:2), y, por lo tanto, también nuestro Conductor. José era débil. Primero rogó a sus hermanos que fueran compasivos con él; luego, no comprendió el modo por el que Jacob bendijo a Manasés y a Efraín. Esto le causó disgusto. En este pasaje que nos ocupa, acudió al copero para que interviniera a favor de su libertad, intercediendo por él ante Faraón, y procuró obtener su compasión. «Acuérdate, pues, de mí cuando tengas ese bien, y te ruego que uses conmigo de misericordia», dijo al copero (Gén. 42:21; 48:17; 40:14-15).

Pero José tuvo que aprender que la misericordia de los hombres es «como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece» (Oseas 6:4). El copero lo olvidó (Gén. 40:23). José esperó día tras día en vano, hasta que transcurrieron dos años. La liberación del copero fue en primer lugar como una estrella de esperanza en la oscura noche de la prueba. Pero la estrella fue una estrella fugaz que desapareció con la amarga desilusión cuando descubrió la falta de agradecimiento del hombre. Esta estrella podía desaparecer dejando atrás gran oscuridad, pero la Palabra de Dios quedó firme. «El dicho de Jehová le probó» (Sal. 105:19). Dios le había hablado, y la determinación de oír era firme de parte de Dios (Gén. 41:32). Esto permitió a José comprender lo que Dios tenía en vista para él a través de todas estas amargas decepciones, y aprendió a fortalecerse en Dios. Todos lo abandonaron, solo Dios quedó con él. El Fuerte de Jacob podía liberarlo de la cárcel, y el «cómo», José lo dejó a Dios. Su futuro, su camino y su vida, los encomendó a las poderosas manos de Dios, las cuales estaban sobre sus débiles brazos y daban fuerza a su fe. Cuando el invisible enemigo lo quiso enfrentar y hacerle caer, diciendo: «¿Dónde está tu Dios?», con su arco obtuvo la victoria para luego erigirse como vencedor y responder: «Salvación mía y Dios mío» (Sal. 42:10-11). El «dicho de Jehová lo probó» y José sometió todas las cosas a la voluntad de Dios. Y cuando su oración fue ¡hágase tu voluntad! Dios logró su propósito y su Palabra pudo cumplirse (Sal. 105:19). Los padecimientos de José llegaron a su fin y la gloria ya le estaba preparada.

José aprendió así, a través de amargas desilusiones, a perseverar y a confiar en Dios, para que cuando fuera llamado al trono, esperara tranquilamente nueve años a fin de reunirse nuevamente con su querido padre. El tiempo de Dios vino a ser su tiempo, los caminos de Dios sus caminos y la voluntad de Dios su voluntad.

Amados, esta es una importante lección que Dios quiere enseñarnos. Por eso, a menudo debemos experimentar toda clase de sufrimientos y dificultades. A veces nos toca vivir amargas desilusiones. Sin embargo, si aprendemos esta lección, la prueba de nuestra fe será «hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 Pe. 1:7). La prueba vale la pena a causa de su salida.

4 - Gobernador en Egipto — En el trono

Cuanto llegó «la hora que se cumplió la palabra» de Dios, Dios libró a José de todas sus tribulaciones (Sal. 105:19; Hec. 7:10). Hizo tener a Faraón sueños y que nadie de entre los sabios de Egipto pudiera interpretar (Gén. 41:1-8). No obstante, las imágenes de los sueños eran típicos de Egipto: el Nilo era la causa, la vaca el símbolo y las espigas la consecuencia de la fertilidad. Estas imágenes eran conocidas para los egipcios.

Pero Dios quitó el discernimiento a los ancianos: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos» (Job 12:20; 1 Cor. 1:19, 21). Al rechazar a José, se podía decir que sus sueños no podrían cumplirse. Sin embargo, este camino sirvió para elevar a José. Cuando no quiso servir a la mujer de Potifar en sus deseos pecaminosos, ni inclinarse ante ella, y por eso fue echado a la cárcel, Dios se sirvió de estas circunstancias para que todos sean sometidos a José. De tal manera, todos deberían inclinarse ante él, también aquellos que buscaron su perdición. Aquí vemos el poder y la sabiduría de Dios (1 Cor. 1:24). No obstante, Dios utilizó a Faraón para que el copero se acordara de José (Gén. 41:9). Ese acontecimiento de la cárcel tenía así lugar en los caminos de Dios para la salvación de su siervo. Hasta aquí, José había visto correctamente, pero su liberación vino en el momento determinado por Dios y de una manera diferente de la que él hubiera podido pensar. Que el copero olvidara a José, sirvió de nuevo para purificarlo. Dios, en su providencia, preparó de antemano los instrumentos que deseaba utilizar a su tiempo.

Nosotros también debemos andar a veces por senderos oscuros. Con temor suplicamos ser liberados de las dificultades y nos mortificamos al querer dar respuesta al «¿cómo?» Pero la liberación de Dios ya está determinada de antemano. Cuando llega su tiempo para con nosotros y somos liberados, entonces quedamos maravillados. Y solamente al final de los caminos de Dios, en la gloria, descubriremos las grandes y maravillosas soluciones.

El Fuerte de Jacob obró para que José fuera sacado de la cárcel, traído afeitado y vestido delante de Faraón (v. 14). Allí se encontró el que había sido rechazado por sus hermanos, el rechazado del mundo, el pobre preso, ante la presencia del soberano de los pueblos. ¡Qué revelación de poder! Fue como una resurrección de entre los muertos.

La esperanza de todos, desde el rey hasta el siervo, fue depositada en él. Solo al traer la respuesta, José pudo permitir que la luz brillase en medio de las tinieblas, y no solo llevaba la luz, sino que de ello dependía también el mantenimiento de la vida. Todas las miradas se dirigían a él, pero él conocía plenamente su dependencia de Dios. Después de las palabras del poderoso monarca: «He oído decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos», siguió inmediatamente la poderosa respuesta, en su elevada sencillez: «No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón» (v. 15-16). Por medio de José, este príncipe que era considerado como un hijo de dioses, oyó un quíntuplo testimonio de parte del Dios todopoderoso (v. 16, 25, 28, 32). No se trataba de una decisión de los dioses; no venía del dios Ra, ni del dios sol, sino de Dios, quien es Jehová. Todo estaba sometido a Su decisión, ya sea que se tratara de los ríos, de las vacas o de las espigas. Lo que Él determinó, también lo cumplió. Nada ni nadie podía interrumpir Su decisión. Dios la dio a conocer a Faraón por intermedio de sueños, y lo que hizo fue para bendición de Faraón. Pero aun la salvación de Faraón estaba en las manos del único Dios. ¡Qué poderoso testimonio fue manifestado en el palacio del gran rey!

Allí estaba José con un arco poderoso y brazos fuertes. Sus brazos estaban fuertes, porque sus ojos estaban puestos en Dios, y toda su esperanza estaba depositada en Él. Se daba cuenta, y lo expresó claramente, de que el socorro estaba fuera de él y se encontraba solo en Dios. Este testimonio llevó fruto. Luego, Faraón habló dos veces de Dios. Reconoció que el Espíritu de Dios hablaba por boca de José, y solo Dios podía darle semejante sabiduría (41:38-39). José dio el significado de los sueños a Faraón. Reveló misterios y trajo el buen consejo (v. 25-36). Ninguno entre los sabios de Egipto pudo dar la solución, pero por medio de José estuvo «el consejo y el buen juicio» (Prov. 8:14).

Ello fue así porque estuvo encargado de dirigir el país y fue establecido como gobernador de todo Egipto (Gén.41:41-45). Recibió el anillo de Faraón y, por su intermedio, el poder en Egipto. Fue vestido de lino finísimo y se le puso un collar de oro en su cuello. Recibió todas estas señales que demostraron su dignidad real. A la orden de Faraón, todas las cosas en Egipto fueron sometidas a José. Solo Faraón en el trono permanecía como superior. Está claro que cuando todas las cosas le fueron sometidas a José, se exceptuaba aquel que sujetó a él todas las cosas (1 Cor. 15:27).

José fue por padre de Faraón (Gén. 45:8). Sin él, Faraón no tomaba decisión alguna. José era el señor sobre toda su casa, y todos tenían que obedecerle. Dicho de otro modo, fuera de él nadie podía levantar pie o mano. Además, hizo que José subiera en su segundo carro y que ante él se doblara toda rodilla.

José recibió también un nombre nuevo: Zafnat-panea, con su doble significado: «Descubridor de lo oculto; Salvador del mundo» (41:45; nota V.M.).

Todos los poderes le fueron sometidos. Podía reprimir a los grandes como él quisiese (Sal. 105:22). No obstante, su placer no consistía en castigar, sino en salvar. No leemos que él castigara siquiera a aquellos que trataron de destruirlo. En José había perdón, y su sabiduría fue reconocida por todos.

4.1 - «Id a José»

José tomó las medidas necesarias para recoger bastante durante el período de gran abundancia, en previsión de los años malos de hambre (Gén. 41:47-49). La quinta parte de la cosecha debía ser entregada a Faraón y todas estas provisiones eran guardadas por José (v. 34). Así, los egipcios vivían despreocupados. Durante toda esa abundancia no debían preocuparse del futuro, aun siendo claramente anunciado por Dios. José se dedicaba a esto. En todo aquello que José hacía, veían los días malos que se acercaban. Después de la parte que tenían que ceder, todavía les quedaba más de lo necesario para prepararse para los malos tiempos. Pero no tuvieron provisiones cuando llegaron los años del hambre (v. 55). Por este motivo pronto empezaron a carecer de alimento. Les ocurrió como a tantos otros antes de ellos: querían vivir para el placer, comer y beber, pero no escuchar los llamamientos de advertencia y de amor de Dios (Prov. 1:24-27). Por tal motivo, su condenación fue más que merecida.

José tuvo cuidado de que, en el tiempo de abundancia, nada se perdiera, y reunió todo el alimento que pudo (Gén. 41:48). De no haber estado José, los egipcios no se hubieran preocupado por el futuro, y las consecuencias hubiesen sido hambre, muerte y la ruina de todo el país y el pueblo. Por eso, más tarde José compraría todo su dinero y sus bienes, y hasta sus propios cuerpos a cambio del trigo que les daba (47:13-20).

Aceptaron por ley de desprenderse de la quinta parte de la cosecha para Faraón por la tierra y la simiente que recibieron. Cuando los años del hambre llegaron, el pueblo no tenía nada de reserva. Entonces clamaron a Faraón por pan, pero Faraón les respondió: «Id a José, y haced lo que él os dijere» (41:55). Ningún otro nombre vino sobre los labios de Faraón, ni en todo Egipto ni en sus alrededores, sino el nombre de José. Este fue el único salvador en el tiempo de angustia. Seguir clamando a Faraón de nada servía, aunque fuera suplicando con todas sus fuerzas, tampoco llevar ofrendas a los templos, en favor de los pobres o de cualquier objeto. El hecho de guardar las leyes del país con todo temor y exactitud tampoco podía liberar al pueblo. La única solución era acudir a José y escuchar sus palabras, pues aquellos que se acercaban a él debían darse a él enteramente. Tenían que ir a José para obedecerle y creer el testimonio de Faraón que decía que no tenían que hacer nada por sí mismos. Alguien se ocupó en ellos, y al acudir a José, querer hacer lo que decía era dar pruebas de obediencia y de fe para salvación.

Vinieron a José y recibieron pan, pero así se convirtieron en la propiedad de Faraón con todo lo que poseían, hasta sus propios cuerpos. Esto no era duro, sino bueno para ellos. Habían demostrado que eran incapaces de cuidarse a sí mismos. Hechos entonces siervos de Faraón, José se comprometió en cuidarlos si volviera a venir otra vez un tiempo de hambre. Los egipcios reconocieron con agradecimiento que su salvación venía de José. «La vida nos has dado; hallemos gracia en ojos de nuestro señor, y seamos siervos de Faraón» (47:23-25). Así hablaron cuando José les dio la simiente pidiéndoles en cambio la quinta parte de su cosecha.

José indicó a cada uno de ellos hasta su lugar en el país (v. 21). Allá, cada uno ejercía la vocación a la que fue llamado, hacer el trabajo en la tierra de Faraón para su servicio. Y aun, en este servicio, no deseaban otra cosa, sino solo caer en gracia al gobernador de Egipto. José no les hizo servir con dureza; sus mandamientos no eran gravosos. Aunque fueran siervos de Faraón, las cuatro quintas partes de sus ingresos eran para ellos y, en esta tierra fructífera de Egipto, había suficiente lugar para su sustento.

Un solo nombre fue pronunciado a los egipcios cuando clamaron a Faraón por pan, el del salvador de su vida, el nombre del «hebreo, siervo» (41:12) una vez despreciado, pero entonces un José elevado. De la misma manera hoy en día, un solo Nombre es dado a todo hombre debajo del cielo en que podemos ser salvos (Hec. 4:12). No hay otro nombre, sino solo el nombre del Señor Jesús, quien en esta tierra fue despreciado y crucificado, pero ahora proclamado por Dios el Salvador de los pecadores. Fuera de él todo está condenado a la muerte y a la perdición. Él dice: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás» (Juan 6:35). Todos los que claman a Dios en la angustia de su alma, reciben solo una respuesta: «Ve al Señor Jesús» (véase Mat. 11:28). Y todo aquel que va al Señor Jesús y que confía en Él, es comprado por él para Dios, espíritu, alma y cuerpo.

Todo lo que poseen y lo que son, le pertenece a Él, para dedicarse en lo sucesivo a su servicio. En efecto, todos los que le pertenecen deben servirle, cada uno en la vocación para la cual ha sido llamado. Nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestro dinero y nuestros bienes han de ser dedicados a Dios. Y cuando el corazón esté suficientemente lleno de la gracia de nuestro Señor Jesucristo, sus mandamientos no serán gravosos (1 Juan 5:3). El servicio puede entonces cumplirse en un amor agradecido.

4.2 - José y Asenat

Cuando José fue coronado de gloria y de honra por Faraón, y todos le tributaron honores como salvador del mundo, recibió también de Faraón a Asenat, hija de Potifera, como esposa (Gén. 41:45). Pero, aunque Faraón le dio esta mujer, sin duda podemos suponer que un hombre como José deseaba tener una mujer de Dios. Por el hecho de que aprendió a esperar todo de parte de Dios y a no recibir nada que no fuera de Sus manos, seguramente aceptó también a Asenat de parte de Dios. Por eso, Faraón se la dio como el deseo de su propio corazón. Y José supo seguramente que el corazón de Asenat estaba dirigido al Dios viviente. Todo el honor y la gloria que José poseía no satisfacían enteramente su corazón. Se hubiera encontrado solo aun siendo sometidas a él todas las cosas de Egipto. Sin embargo, Asenat fue la ayuda que necesitaba. José vio en ella su propia imagen, era una ayuda idónea para él. Asenat era la plenitud de José, quien llenaba todas las cosas en Egipto (comp. con Efe. 1:23), sin que nadie pudiera mover un pie ni levantar una mano. La unión de José y Asenat estaría realmente conforme a las palabras: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gén. 2:24).

Desde entonces, ella estaba ligada a él, y él se sentía unido con ella. Nada ni nadie podía ocupar su lugar, ningún padre, ningún hermano ni ningún otro tesoro de Egipto. Ella era la mayor posesión, compartía todo su amor, un entero y único amor. Era un amor totalmente diferente del que José había mostrado a su padre, a Benjamín o a cualquier otra persona; amaba a Asenat. Su vida matrimonial fue ricamente bendecida, no porque recibiera gran número de hijos como Jacob, sino porque fue una vida de pareja rica en el gozo del amor. Cuando tuvo a su primer hijo, dijo: «Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre» (Gén. 41:51).

¿No anhelaba ya su corazón ver a su padre? O ¿no se acordaba ya de todas sus penas y dificultades? No obstante, su deseo de ver a Jacob fue claramente demostrado más tarde. Y el recuerdo de sus penas, lo expresó en el nacimiento de su segundo hijo, porque dijo: «Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción». Dios le dio una doble bendición, pero Egipto siguió siendo para él el país de su aflicción. Pero, lo que recibía de Asenat producía en su corazón una enorme compensación frente al hecho de no vivir en casa de su padre. José había sufrido mucho, participó de mucho dolor, pero a través de los caminos de prueba por los cuales Dios le había conducido. Asenat había venido a ser su parte presente.

Una tal posesión valía la pena haber pasado por todos estos sufrimientos. Cuando Asenat le dio a su hijo Manasés, su alegría fue mayor que todas sus pruebas. Fue plenamente respondido a su amor en la persona de Manasés. De esta manera, Dios le recompensó después de tanta lucha. ¡Qué precioso testimonio fue la vida matrimonial de José ante el verdadero Dios, viviendo juntos una vida limpia y llena de amor en un país que desde siempre era conocido por su idolatría e inmundicia!

Del mismo modo, un matrimonio cristiano es un testimonio para Dios en medio de este mundo impío, y una fuente de gozo para aquellos que Dios ha colocado así juntos. Por eso, al dar este paso tan importante en la vida, conviene mirar primero a Dios mediante la oración. El camino que conduce al casamiento debe ser el buen camino; si no es así, no puede esperarse un matrimonio bendito. Si a través del matrimonio consideramos que Dios es quien nos ha dado el uno al otro y que esto dirige nuestra vida juntos, habrá entonces un verdadero amor y una verdadera estimación recíprocos. Esto será en testimonio ante Dios y un gozo para nuestros corazones.

5 - José, juez y salvador, vive — La conciencia despierta

Después de muchos años, comenzó el tiempo en que Dios volvió a tomar el hilo de la historia de los hermanos de José. Veinte años habían pasado desde que José fue vendido, cuando llegó el tiempo del hambre. Entretanto, la Biblia no dice nada de los hermanos de José, salvo de Judá. Este último fue el que propuso la venta de José. Era un calculador, por eso dejó a sus hermanos y buscó sus placeres en medio de los gentiles (Gén. 38). Al parecer, llegó a alcanzar su propósito, porque recibió nobleza (Hira) y riquezas (Súa).

Pero Dios vino a su encuentro, y la decepción y la pena fueron su porción. Entre las naciones buscó la palmera (Tamar) para su linaje, pero en lugar de tranquilidad llegaron la muerte y la perdición. Luego, quedó sumido en un profundo mal moral. Sin duda era él quien hubiera merecido ser quemado. Después de esto, Judá retrocedió, movido por la vergüenza, y llegó a tener una vida tranquila y honesta. Pero su historia entre los cananeos es como una mancha sombría, triste y abominable. Entonces ocurrió como si viéramos brillar (Fares) el poder de la gracia del Fuerte de Jacob y aparecer el alba (Zara) de un nuevo día después de la oscura noche de pecado y de culpa. Nos conmueve esa poderosa gracia al hallar el nombre de Tamar en el libro de la genealogía de Jesucristo (Mat. 1:3).

Pero antes que pudiera aparecer la alegre luz de la gracia de Dios sobre José y sus hermanos, debían pasar por el oscuro camino de la prueba, para que la conciencia se despertara y el corazón se quebrantara. No era suficiente que se convirtieran en hombres honrados. Se necesitaba un verdadero arrepentimiento y confesión de la culpa. Y cuando Dios los puso en contacto con José, este actuó con sabiduría para con ellos. Aparentemente con dureza, pero con un verdadero amor procuró darles la verdadera felicidad y santidad. José actuó como Dios lo hará un día con Israel: «Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros y, por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo (el mal debe ser juzgado); bienaventurados todos los que confían en él» (Is. 30:18). Cuando es necesario, Dios hace llegar la disciplina hasta el último extremo, de modo que todo desaparezca sin quedar nada de la caída, excepto su gracia plenamente suficiente.

José obró en completa conformidad con los pensamientos y caminos de Dios. No buscó su propia gloria al ejercer el castigo. No quiso un rápido reencuentro con su querido padre y con Benjamín. Tampoco buscó el interés temporal de su descendencia. No, lo que él tenía ante sus ojos era, en primer lugar, el bien de sus almas. Debían ser llevados a la luz de Dios a fin de que la gracia pudiera actuar para con ellos.

El amor de Dios fue la base de todos sus hechos. Con sabiduría divina avanzaba hacia el blanco deseado. Hasta cuando José los trataba aparentemente con dureza, pensaba en ellos con misericordia (Jer. 31:20). Pero debió contenerse delante de ellos para mostrar su misericordia en el momento oportuno (Is. 63:15). Se contuvo en su presencia, pero lloró en secreto (Gén. 42:23; 43:30). Actuó así hasta el momento preciso, pero ni un minuto más. Su ardiente corazón no hubiera podido soportarlo por más tiempo (45:1-2).

Volvamos al principio de la historia. El hambre llegó también a Canaán, y la casa de Jacob comenzó a padecer necesidad. Muchos fueron a Egipto en busca de pan, sin embargo, los hijos de Jacob no se movían. Jacob no comprendía esta vacilación de parte de sus hijos y les preguntó: «¿Por qué os estáis mirando?» Sí, ¿por qué? Cuando la necesidad los obligó a pensar en Egipto, el único lugar donde podían adquirir trigo, comenzaron a venirles los recuerdos de la historia de José de veinte años atrás. Podían responder a la pregunta de su padre, pero no pensaron entonces en llevarla a cabo. Se habían vuelto piadosos, pero sin confesar sus culpas.

Por fin, los hermanos de José decidieron salir para Egipto. Pero Benjamín no los acompañó, porque Jacob dijo: «No sea que le acontezca algún desastre» (42:4). Además, pensaba en José; y los hermanos, al escuchar esto, probablemente pensaron también en él. Habían buscado su ruina, y ahora iban por el mismo camino obligado por el que anduvo José veinte años atrás. Ellos también se vieron forzados a ir, pero por el hambre. En el transcurso del viaje tuvieron tiempo para pensar en esto y, una vez en Egipto, su conciencia probablemente les habló fuertemente: ¿Vivía José aún? ¿Estaba todavía en Egipto? ¿Era posible que se encontraran de repente con él? Se hacían miles de preguntas en sus conciencias pesadas.

Y cuando no lo esperaban se hallaron en presencia de José. Pero qué diferencia en la actitud, los vestidos, el intérprete entre ellos; todo ello les imposibilitaba reconocerlo (v. 7-9). José los reconoció y pensó en sus sueños: se inclinaron postrándose en tierra ante él. De este modo comenzaron a cumplirse sus sueños, pero esto no era lo que el corazón de José deseaba. No, iba a utilizar el poder que le había dado Faraón, a fin de que fuera como medio en las manos de Dios, en verdadera bendición para sus hermanos. Pero debía saber si sus corazones habían sido quebrantados. De no ser así, esto debía producirse antes de que pudiera darse a conocer a ellos. Por esta razón, se contuvo y actuó con ellos con sabiduría. El camino de sus hermanos recayó sobre sus propias cabezas, lo cual les era necesario (Ez. 9:10). Y las duras palabras que fueron pronunciadas contra ellos debieron traer a la memoria las ásperas palabras que ellos habían utilizado para con José (Gén. 42:7). Lo que había sido rechazado de la memoria de los hermanos de José, Dios lo traía de nuevo, pues «Dios hace volver lo que había pasado» (Ecl. 3:15, V.M.).

José los trató como si fueran espías, y respondieron asegurando que no lo eran, sino que eran hombres honrados (Gén. 42:10-13). Eran doce hermanos, el menor se quedó con su padre y el otro ya no existía. Sí, pero se trataba entonces de este último. ¿Por qué no apareció más el otro hermano? ¿Y cómo podían llamarse hombres honrados cuando hablaban de él? A este que ya no estaba, lo habían tratado como si hubiera venido a espiarlos. No obstante, José no vino a ellos para llevar sus quejas ante su padre, sino para preocuparse del bienestar de ellos. En cambio, ellos lo trataron como espía. Cuando vieron a José llegar de lejos, se apresuraron para actuar con él con astucia y con violencia. Consiguieron la oportunidad de llevar a cabo su hostil plan, y ahora ellos mismos se hallaron como espías en la cárcel (v. 14-17). Cuando pasaron tres días en la cárcel no sospechaban que nueve de ellos permanecerían atrás, y uno tendría que ir en busca de Benjamín.

En otro tiempo, los nueve hermanos vendieron a José, mientras que uno planificaba devolver a José a su padre. Pero esto no lo consiguió. ¿Lograría este, que entonces sería enviado, conmover a Jacob para que enviase a Egipto al hijo de su diestra? De esa llegada dependía la vida de los hermanos de José. Después de tres días, fueron otra vez llevados en presencia de José (v. 18-19). Y en un país idólatra oyeron de la boca de José: «Yo temo a Dios». Entre ellos hubo también un hermano que temía a Dios, pero les molestaba y se deshicieron de él. La segunda propuesta de José fue totalmente diferente. Seguro que pensó en la gran tristeza de su padre cuando viera regresar a uno solo. Por eso mandó que quedara uno en Egipto y que los otros fueran en busca de Benjamín. Simeón fue tomado prisionero a la vista de ellos (v. 24).

Cuando José fue vendido, Simeón, el mayor del grupo, tenía la responsabilidad de primogénito, la cual le hacía aumentar su culpabilidad. Entonces vieron cómo por culpa de ellos José fue llevado a Egipto.

Aunque esto ya había pasado veinte años atrás, los gritos de súplica de su joven hermano todavía resonaban en sus oídos. Y vieron la angustia de su alma como si aquel terrible acontecimiento se produjera delante de sus ojos (v. 21-22). Comenzaron a sentirse culpables; pecaron al derramar la sangre inocente y la sangre de José les era demandada. «Ciertamente el que bate la leche sacará mantequilla» (Prov. 30:33). Y aquellos que, con un alma atormentada, presionados por un viejo pecado, fueron a Egipto para comprar alimentos, regresaron con una conciencia despierta. Cuando, al abrir sus sacos, hallaron el dinero que habían dado para comprar el trigo, comprendieron que Dios intervenía en su vida a través de lo que les sucedía. Espantados dijeron: «¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?» (Gén. 42:28). En otro tiempo, prefirieron el dinero antes que a José, ahora tenían el dinero en la boca de sus costales. Pero esto les recordaba en sus conciencias de una manera terrible las veinte piezas de plata de entonces.

Llenos de inquietud e infelices regresaron a Jacob. ¿Era para confesar sus culpas…? No, a pesar de que sus conciencias estaban despiertas, tan lejos aún no habían llegado, incluso cuando oyeron la afligida queja de Jacob: «Me habéis privado de mis hijos» (v. 36). Estas últimas palabras debieron atravesar sus corazones como un puñal. Pero permanecieron silenciosos. Intentaron por todos los medios a su alcance persuadir a su padre de su sinceridad. Aquel hombre, el señor de aquel país, habló con dureza. Sin embargo, le aseguraron que ellos eran hombres sinceros. ¿Qué podrían hacer si no les creyera?

Cuando Jacob dijo: «¿Por qué me hicisteis tanto mal?» (43:6), intentaron todo lo posible para convencerlo de que no le habían perjudicado en nada. En efecto, en este momento no. Sin embargo, ese «por qué» debió hablarles de lo que habían hecho veinte años atrás. En aquel tiempo, actuaron mal para con su padre, y esto sin motivo. Pero, estaban allí y hacían aún todo lo posible para encubrir su pecado.

Pobres hombres, cuánto lucharon contra Dios y contra sus conciencias hasta el final, hasta que el Fuerte de Jacob se mostrara más fuerte que ellos, hasta que sus corazones fuesen quebrantados, para después hallar la curación en Su rica y soberana gracia.

5.1 - El corazón quebrantado

Cuando Judá se hizo fiador de Benjamín, Jacob aceptó que fuese con él. A su propuesta, tomaron un presente y el doble del dinero para el trigo (Gén. 43:8-12). Pero cuán diferente hablaba Jacob ahora que cuando envió el presente a Esaú. Entonces dijo: «Apaciguaré su ira con el presente» (32:20) y ahora: «El Dios Omnipotente os dé misericordia delante de aquel varón, y os suelte al otro vuestro hermano, y a este Benjamín. Y si he de ser privado de mis hijos, séalo» (43:14). Jacob había aprendido a confiar totalmente en la misericordia de Dios. En todas las cosas, siempre fue inclinado a obrar por sí mismo, pero ahora confiaba todas las cosas en Dios. También dejó ir al hijo de su diestra a fin de que su mano se apoyara solamente en Dios. Entonces, el Fuerte de Jacob era todo para él. No poseía nada más.

Dios llegó hasta ese extremo con Jacob y, con el sentimiento de su completa debilidad, apoyándose en la misericordia del Dios Todopoderoso, lo hallamos ante nuestros ojos como un príncipe de Dios. Los hermanos fueron por segunda vez a Egipto, llevando consigo un presente compuesto de cosas valiosas, como las que transportaban los comerciantes ismaelitas que llevaron a José a Egipto (37:25; 43:11).

¿Tendría esto algún significado para ellos? Todas las cosas debían ayudar a bien para volver a traer a sus memorias todos los detalles de aquella historia. Una vez que llegaron a Egipto, se presentaron ante José, quien dio orden de que los llevaran a su casa para comer con él (43:16). Cuando fueron introducidos en casa de José, otra vez se les llenó el corazón de gran temor (v. 18). Esto les aconteció por su mala conciencia, porque habían prendido a José para venderlo como esclavo. Ahora pensaban que a ellos también les ocurriría lo mismo. Llenos de temor, se acercaron al mayordomo de la casa para intentar mostrarle su honradez (v. 19-23). Estas palabras, que conmovían el corazón de José, los alentaron y les hablaron de su Dios y del Dios de sus padres. Pero, ¿podría esto consolarlos verdaderamente? Ellos mismos habían reconocido la mano de Dios en todas estas cosas, y esto los ponía más preocupados. Cuán amargos son los resultados del pecado. ¡Qué terrible es tener una conciencia cargada! Pobres hombres que preferían arrastrar esa carga sobre ellos a presentarse desnudos y abiertos ante Dios. No obstante, es allí, cerca de Dios, donde se halla la salvación, el perdón y la paz.

Cuando José llegó a su casa, sus hermanos le trajeron el presente y se inclinaron ante él. Les preguntó cómo se encontraba su padre y mostró un particular interés por Benjamín. Con toda amabilidad dijo: «Dios tenga misericordia de ti, hijo mío» (v. 26-30). José mismo sintió que, en comunión con sus hermanos, esa misericordia les era muy necesaria. Se le encendieron sus entrañas y hubiera querido estrechar a Benjamín entre sus brazos, pero se contuvo. Aún no podía hacerlo. Por eso lloró de nuevo a escondidas de ellos.

Luego, sus hermanos comieron con él. Sin embargo, debieron sorprenderse de la notable actitud del señor de la casa, pues los hizo sentar a la mesa según sus edades. Parecía conocerlos. Benjamín recibió cinco veces más que los otros. Atónitos, se miraban el uno al otro (v. 32-34). Este príncipe, que por su clase pertenecía a los sacerdotes, ¿entendería secretos? En su casa estaba la copa de los sacerdotes egipcios, la señal de su posición. Pero si este señor los conocía de la manera que fuese, ¿qué pasaría si conociera toda su historia?

Uno a quien Dios le manifestó los secretos y le comunicó el futuro estuvo en otro tiempo en la tienda de su padre, pero en aquel momento no pensaban en eso, aunque estaban sorprendidos y en su nueva disposición de espíritu daban el primer lugar a Benjamín. Sus corazones aún no estaban quebrantados, a pesar de todo lo que habían sufrido. Les parecía que todas las cosas se habían vuelto a su favor, que no corrían peligro de muerte ni ningún riesgo de perder la libertad. Tranquilamente podían sentarse a la mesa real. En cierta ocasión, comieron y bebieron junto a una cisterna donde fue puesto José.

Aunque toda esta historia hubiera debido recordarles a José y su gran culpa, no obstante, comieron y bebieron hasta que fueron completamente saciados. Sin embargo, no estaban aún quebrantados, porque necesitaban todavía el último y más difícil golpe. Con toda tranquilidad, salieron al día siguiente (44:3), en un estado de ánimo diferente del que tenían cuando llegaron. Tenían una paz que provenía de circunstancias aparentemente agradables y de un sentimiento de felicidad. Pero no era la paz de la conciencia que es libre de la carga del pecado para recibir el perdón. Por lo tanto, esa tranquilidad debía dejar lugar a una tristeza y a un angustiado espíritu, a fin de recibir después gloria, óleo de gozo y manto de alegría (Is. 61:3).

Mientras se alejaban, vieron que se les aproximaba el mayordomo de la casa de José, que les había hablado de su Dios y del Dios de su padre. Pero, ¿por qué les había hablado de esta manera? ¿No habían traído el doble de dinero para pagar el trigo y no habían mostrado que eran hombres honestos? Después que el mayordomo les habló acusándolos, pensaron entre ellos: ¿Recogían mal por bien y obraron con tanto error, de manera que hubieran robado una copa para así enriquecerse con plata u oro? Aquel en quien se hallara la copa debía morir, y todos los demás volverían a Egipto para ser siervos. El mayordomo estuvo conforme con ese acuerdo, pero alivió su sentencia: aquel en cuyo costal se hallare la copa debería ser el siervo, y los otros serían sin culpa (Gén. 44:4-10).

Entonces comenzó la búsqueda. El mayordomo de José comenzó por el mayor, y en la boca de su costal halló el doble de dinero; y así pasó con los otros nueve. En otro tiempo, se repartieron veinte monedas de plata y cada uno recibió una doble porción. Ahora se trataba de la copa, y cuando se abrió el costal de Benjamín, allí la hallaron (v. 11-17). Ahora ¿qué se debía hacer? ¿Tendrían que llevar a Benjamín como siervo a Egipto y ellos volver a Jacob? No, todos volvieron a Egipto. El último golpe se había jugado y el corazón estaba quebrantado. Dios había descubierto su iniquidad. El hecho de vender a José, los hizo mil veces más culpables que robar esa copa. Con sus vestidos rasgados, se volvieron a José y se encontraron con él. No solamente se inclinaron como la vez anterior (42:6), sino que como verdaderos culpables se postraron en tierra delante de José (44:14). No se justificarían ante su presencia, aunque él, que podía descubrir secretos, podía saber que la copa no fue robada. Pero la iniquidad que Dios había descubierto en los hermanos de José hizo que se postraran en tierra. ¿Todos merecían la pena de ser siervos y de quedarse en Egipto? No, fue la respuesta, «el varón en cuyo poder fue hallada la copa, él será mi siervo; vosotros id en paz a vuestro padre». Así ocurrió cuando José fue vendido: el asunto fue cubierto por la túnica teñida con la sangre, y los hermanos de José se marcharon en paz a su padre (37:31-35).

Semejantes palabras debían entonces partirles el corazón. Merecido, merecido, justamente merecido, gritaban sus conciencias. Ahora veían claramente en el espejo de la verdad la imagen de su pasado en toda su perversidad. Esta vez, no se hallaban más rostro a tierra como hombres piadosos, sino como pecadores en el polvo y en un silencio angustiado, hasta que Judá se levantara y tomara la palabra. No era digno de hablar; la ira de José podía encenderse contra él y el poder de Faraón hacerlo desaparecer. Pero su esperanza se apoyaba en la seguridad de que ellos serían protegidos porque ¿no preguntó ese señor de Egipto, con un interés lleno de cariño, por su anciano padre? ¿No los escucharía por amor a su padre? Su corazón rebosaba de arrepentimiento y de dolor, lleno de profundo amor para con su padre.

Sus palabras rompieron como una fuerte corriente de aguas a través del silencio. Conmovidos por su ternura y no por su justicia, hicieron un llamamiento al corazón de José. Mencionando siempre el nombre de su padre, Judá terminó su defensa llena de amor con estas palabras: «Ahora, pues, cuando vuelva yo a tu siervo mi padre, si el joven no va conmigo, como su vida está ligada a la vida de él, sucederá que cuando no vea al joven, morirá; y tus siervos harán descender las canas de tu siervo nuestro padre con dolor al Seol. Como tu siervo salió por fiador del joven con mi padre, diciendo: Si no te lo vuelvo a traer, entonces yo seré culpable ante mi padre para siempre; te ruego, por tanto, que quede ahora tu siervo en lugar del joven por siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos. Porque ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven? No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre» (44:30-34).

5.2 - En los brazos de José

«No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo, y clamó: Haced salir de mi presencia a todos» (Gén. 45:1). El amor con el cual había obrado con tanta sabiduría, y el poder por el cual tuvo dominio de sí mismo tanto tiempo, logró su objetivo en sus hermanos. La prueba de su cambio de actitud era plenamente notoria y los corazones de ellos estaban quebrantados. Ahora no se necesitaba que José se contuviera más, y su amor fluía libremente y con fuerza. Pero este mismo amor exigía que salieran todos los extraños. El amor, que aparentemente puede ser duro, es sin embargo tierno y sensible. Lo que siguió no podía ser visto por extraños.

Cuando se hizo salir a todos –sin temor, pues, de que José y sus hermanos fuesen espiados–, pudieron verse cara a cara, y José se puso a llorar de alegría, diciendo no más en lengua egipcia, sino en su propia lengua: «Yo soy José; ¿vive aún mi padre?» (v. 2-3). Cuán ardientemente había esperado este momento. Ahora su amor podía expresarse hacia ellos como una corriente de agua, como un río que sumergía todo el pasado y que llevaba a sus hermanos a los brazos de José. Esta repentina revelación les sorprendió tanto que el espanto paralizó sus lenguas y sus pies. El sentimiento de su culpabilidad era todavía más profundo. En otro tiempo, habían rechazado a este José, pero este José así elevado por Dios y revestido de poder, podía juzgarlos. No obstante, quiso con todo amor rebajarse hasta ellos. Con ese mismo amor les dijo: «Acercaos ahora a mí». Y cuando se acercaron a él, oyeron de nuevo: «Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto». «Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación» (v. 4-9). Dios utilizó el delito de los hermanos de José para el cumplimiento de Sus designios para con ellos.

José, pues, al expresar su amor, hizo desaparecer todo temor de los corazones de sus hermanos y les hizo hallar el descanso en lo que Dios había cumplido por ellos y a través de él. Cuatro veces, José les habló de Dios, de la revelación de Su amor y de Sus cuidados para con ellos. Y el afecto personal de José pudo curar sus corazones quebrantados. Eran como hijos perdidos, pero que habían vuelto reconociendo sus culpas. Entonces José se rebajó hacia ellos y les dio el beso de reconciliación y de amor. Después sus hermanos hablaron con él (v. 15).

Las primeras palabras dirigidas a José debieron ser palabras balbucientes de agradecimiento por el perdón recibido. Fueron momentos particulares para ellos, en los cuales la gracia del Fuerte de Jacob, que había quebrado los corazones altivos y duros, derramó un maravilloso consuelo y la curación. Luego, los hermanos, enviados por José y en cumplimiento también de las órdenes de Faraón, volvieron a la tierra de Canaán (v. 17-20) con carros, víveres, mudas de vestidos y lo mejor de Egipto. Todos estos dones y tesoros fueron dados por José. Pero el mayor de los tesoros lo llevaban en el corazón: el perdón de sus culpas. Estaban profundamente avergonzados al pensar en su pasado, y de qué manera la vergüenza los haría sonrojar, cuando se inclinaran ante su padre para confesarle su gran culpa. Iban a contarle todas las palabras de José (v. 27). Nada esconderían. De ahora en adelante no darían la imagen de ser honestos, sino que confesarían abiertamente que habían pecado y pervertido lo recto, y Dios les había perdonado; Dios redimió sus almas para que no pasasen al sepulcro (Job 33:27-28).

En efecto, cuando aún éramos enemigos y rechazamos a José, figura del Señor, Dios lo envió delante de nosotros para darnos la vida (comp. con Rom. 5:8). «José vive aún»; estas fueron sus primeras palabras que dirigieron a su padre cuando llegaron (Gén. 45:26). Resonaron como grito de alegría en sus labios. Habían odiado a José y amenazado su vida, pero ahora su vida era su gozo. Le amaban porque habían visto que él los amó primero. Y su vida, que fue levantada del pozo por Dios, fue para ellos su vida y su salvación. José vivía y gobernaba. Sí, también para ellos solo José merecía este lugar de honor. La buena noticia de que José estaba en vida llevó a Jacob del valle de sombra de muerte a la cima soleada de la gracia del Fuerte de Jacob. Cuando esta gloriosa verdad invadió a Jacob, recibió como una nueva vida y nuevas fuerzas. «Israel» (el nuevo nombre de Jacob; véase 32:28), que luchó con Dios, respondió: «Basta; José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera» (45:28). El milagro de los sueños, como la estrella de la esperanza guardada en el corazón durante la noche de muerte y duelo –es decir durante la ausencia de José– (37:11), hizo desaparecer de repente todas las oscuras nubes. En el poder de un nuevo día, Jacob salió al encuentro de José con todo lo que tenía. Iba como aquel que había aprendido a caminar en todas las cosas con Dios. Por eso, no pasó las fronteras del país sin antes haber buscado el rostro de Dios y recibir la seguridad de su aprobación y fidelidad (46:1-4). Poco tiempo después cayó en los brazos de José. Allá lo habían llevado las manos del Fuerte de Jacob, y esas mismas manos lo condujeron todavía por diecisiete años (47:28).

Jacob recibió más que todo lo que había pedido o pensado. Vio toda la fidelidad y los cuidados de Dios para con su descendencia durante los cinco años de hambre que siguieron. Luego, vivió doce años, una plenitud de tiempo, en la tranquilidad en medio de los suyos. Más tarde, confrontado con la muerte, se inclinó y «adoró apoyado sobre el extremo de su bordón» (v. 31; Hebr. 11:21). Abrazó las promesas de Dios en esta tierra hasta en los últimos momentos de su vida; pero su corazón anhelaba la patria celestial. Su esperanza era la ciudad preparada por Dios (Hebr. 11:13, 16). Y cuando el sol de su vida caía, la salvación de Dios con sus rayos como los de la mañana eterna alumbró su lecho de muerte con pleno esplendor: «Tu salvación esperé, oh Jehová» (Gén. 49:18). Cuando se cumplió su última misión, «encogió sus pies en la cama, y expiró» (49:33). Así tranquilamente se acabó su vida. Entonces, el extranjero en la tierra llegó a casa.

Una importante pregunta se nos plantea: ¿Está despierta nuestra conciencia y está quebrantado nuestro corazón? Cuando esto se produce, surgen los pecados olvidados, pecados de los cuales nos habíamos alejado desde hace mucho tiempo. Algunos, en sus años de juventud, siguieron su camino a la ligera, haciéndose más tarde personas honestas. Sin embargo, esto no hizo que el mal desapareciera. Incluso los pecados de la juventud, Dios los tiene registrados y, por su Palabra y su Espíritu, quiere que todas las cosas hablen de nuevo al corazón y a la conciencia, para que se produzca un verdadero reconocimiento de la falta y el juicio de sí mismo.

¿No hemos experimentado muchas veces en nuestro corazón la acción del Espíritu? Era el amor de Dios que nos buscaba. Quizás pasamos por circunstancias a través de las cuales nos fueron recordadas faltas que desde hace mucho tiempo fueron olvidadas. Era el amor de Dios que nos buscaba. Tal vez nos han alcanzado cosas difíciles que nos obligaron a meditar seriamente. Era su amor por nosotros. Acerquémonos a Dios para todo lo que nos concierne: el pecador con su culpa, y el creyente, con todo lo que no juzgó y que Dios le recuerda. Seremos recibidos con los brazos abiertos. «Acercaos ahora a mí» dice la palabra de amor (Gén. 45:4). Dios quiere, sobre todo, darnos el conocimiento de Su reconciliación, de su amor que perdona. Y en los brazos del Señor Jesús tenemos seguridad. Estos brazos nos llevan a través de toda lucha y dificultad a la gloria eterna. Estos fuertes y tiernos brazos no desmayan jamás. Descansando en estos brazos eternos podemos ser agradecidos.

5.3 - La fidelidad y los cuidados de José

José dio a sus hermanos la seguridad de su amor y de su perdón. Luego iba a cuidar de ellos. Habló de ellos a Faraón e hizo traer a toda la casa de su padre a Egipto (46:31-34). ¡Con qué amor fue al encuentro de su padre! Y los hermanos que habían recibido gracia recibieron también gloria (Sal. 84:11). Una parte de ellos fue presentada a Faraón. Les fue ofrecido lo mejor de la tierra, y José cuidó de ellos y alimentó a todos con pan hasta a los nietos. Así aun los pequeños fueron objeto de su cuidado. Y cuando hubieron pasado los años del hambre, Israel habitó en paz en la tierra de Gosén (Gén. 47:2, 12, 27).

«Estarás cerca de mí» dijo José (45:10). Estar cerca de él ciertamente estaba bien. Incluso después de la muerte de Jacob, José no cambió en nada. Sin embargo, los hermanos comenzaron a dudar. La ansiedad los invadió. Pensaban de nuevo en el mal que cometieron y no hallaban paz en el amor de José ni en las palabras que cierto día les había dicho. Pensaban que, si José los trataba de ese modo, se debía a la voluntad de su padre, y que ahora cambiaría dándoles el justo castigo (50:15-17). Ellos mismos todavía no sabían lo que era gozar del gran favor, ni comprendían tampoco que el verdadero amor no busca el amor de los otros, sino que halla precisamente su cumplimiento en su revelación a los culpables. Y como ellos pensaban que ahora debían obtener el favor de José, mandaron a él defensores suplicando perdón.

Luego, vinieron ellos mismos y se postraron delante de él, como en el principio. ¿Cómo lo hallaron? ¿Había cambiado en algo para con ellos? No, se puede ver claramente que permanecía siendo el mismo que hacía diecisiete años. «Y José lloró mientras hablaban» (50:17). Esta era la séptima vez que lloraba, según lo que dice la Escritura. Lloró por afecto porque descubrió en sus hermanos una conciencia despierta; lloró cuando vio a Benjamín y a todos sus hermanos; lloró cuando se manifestó a sus hermanos, al abrazar a su padre y al morir este. Las lágrimas de José fueron lágrimas de gozo, de duelo y de dolor. Pero ahora estaba muy afligido de que sus hermanos todavía pudieran dudar de su fidelidad para con ellos (42:24; 43:30; 45:2, 14-15; 50:1, 17).

Sin embargo, ningún reproche salió de sus labios; al contrario, los alentó porque conocía la debilidad de sus corazones. Les dijo: «No temáis». Y luego: «No tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos» (50:19, 21). De aquí se desprende que el pensamiento de José en su amor fiel no variaría, sino que, al contrario, lo emplearía siempre para con ellos y hasta para con sus hijos. «Así los consoló, y les habló al corazón» (v. 21).

Cuando Jacob bendijo a José, le llamó el pastor, la roca de Israel (49:24). Así fue José. Era para la preservación de la vida de su generación. Primeramente, como roca; Israel pudo sobrevivir unido a él en los duros tiempos del hambre. Dios se sirvió de él para su salvación. La historia de su existencia fue, en fin, la historia de José. Por eso, cuando la Escritura dice: «Esta es la historia de la familia de Jacob», también menciona la historia de José (37:2).

La supervivencia de toda la generación estaba fundada en José. Él también era el pastor, no porque apacentó el ganado un tiempo, sino por los cuidados que tuvo por su parentela. Pensó en todo y en todos. Conocía la necesidad de la boca del niño; no solamente tuvo gran interés por los niños de su familia, sino que también pensaba en los niños de los egipcios (47:12, 24).

Ciertamente un hombre que hablaba de esa manera era un auténtico pastor, un pastor atento. Pero más todavía, muchísimo más que José es nuestro Señor Jesucristo. Él es la Piedra angular de la Iglesia. De todos los que lo conocen, es el buen y fiel Pastor. Todos los que se han acercado a él como a una Piedra viva están unidos a él indisolublemente. Nada puede separarlos de él (Efe. 2:20; Juan 10:11, 14; 1 Pe. 2:4).

Sin embargo, no solo es la Piedra, es también el Pastor; y en sus cuidados como pastor piensa en todo y en todos. Lleva a los corderos en sus brazos y pastorea suavemente a las recién paridas (Is. 40:11). ¡Con qué ternura piensa en los pequeñitos! Es su amigo. Un día los tomó en sus brazos, puso sus manos sobre ellos y los bendijo (Marcos 10:16). Hoy todavía Jesús es el mismo; es inmutable. «Es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebr. 13:8). Su amor y su fidelidad no pueden mermar.

Sin embargo, a veces ocurre que dudamos de su amor y del perdón de todas nuestras faltas. Entonces volvemos a empezar como al principio y caemos a tierra, como si debiésemos ser perdonados de nuevo. En algunos, esto se repite sin fin, como si fuera necesaria esta repetición. Pero esto no agrada al Señor, sino que entristece su corazón. Recibe a todo aquel que viene a Él, y esta persona viene a ser su propiedad para siempre. Pase lo que pase, el Señor no cambia. Lleva a cada uno de los suyos con gran paciencia, aun cuando duden de su amor. Esto no quiere decir que una duda tal no le entristezca, porque no es para honra de su nombre. El Señor es glorificado por el creyente que descansa en Su inmutable amor.

6 - Morir en la fe — Un ataúd en Egipto

Con qué poder nos habla el principio de la Biblia. El Creador tuvo solo que hablar y ya fue hecho, solo tuvo que mandar y al momento existió (véase Sal. 33:9). Con qué esplendor aparecieron todas las cosas por su palabra poderosa. Cuando seis veces fue dicho: «Y vio Dios que… era bueno», la séptima vez dijo: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Gén. 1:4, 10, 12, 18, 21, 25, 31). Así Dios puso al hombre en medio de esta magnífica tierra preparada para él. ¡Pero con qué rapidez cambió todo! El hombre se apartó de Dios y sometió todas las cosas a vanidad (Rom. 8:20). La muerte y la corrupción aparecieron en la creación. Y el primer libro de la Biblia, que comienza con los poderosos hechos de la creación de Dios, donde se hacen visibles su eterno poder y deidad (Rom. 1:20), termina con un ataúd en Egipto (Gén. 50:26).

Qué sorprendente contraste entre el principio y el final de Génesis. Al principio, hay una hermosa creación, donde todo habla de vida y de alegría, donde las estrellas del alba alababan y todos los hijos de Dios se regocijaban (Job 38:7). Al final, hay un ataúd, y dentro de él la ruina de la bella obra de edificación de Dios en su creación: el producto de sus propias manos.

Al final, un profundo desorden demuestra el fruto del trabajo del hombre. Por él entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y «la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom. 5:12). De este ataúd con su contenido sale un mensaje de corrupción, pero, al mismo tiempo, testifica de lo que el Fuerte de Jacob puede realizar en medio de las consecuencias destructoras del pecado en el corazón del hombre perdido: esto es, la poderosa gracia de Dios.

En este ataúd, pusieron y llevaron el cuerpo de José. Así lo ordenó él (Gén. 50:25). José creía firmemente en la promesa dada por Dios a Abraham, a Isaac y a Jacob. Cuando su padre llegaba al final de sus días, vio en Jacob con toda claridad la fe en la promesa de Dios (48:21). Entonces se encontraba José en la mitad de su vida. Aunque algunas decenas de años hayan transcurrido, las palabras que escuchó en esta ocasión permanecieron en él. Y al despedirse de sus hermanos, habló con el mismo espíritu que el de su padre (50:24). Quiso ser enterrado en el país de la promesa, el futuro país de Israel. El hombre que se nos describe como el arquero con brazo fuerte tiene el deseo de reposar en su heredad que le fue dada por Jacob. Por cien monedas de plata Jacob compró aquel campo (33:19). Seguro que el enemigo lo hubiera sustraído de sus manos, pero con el arco y la espada de Jacob, esta tierra debía ser reconquistada (48:22). Para un héroe como José, era digna semejante herencia, y él puso el precio. El arquero fue enterrado en un campo que testificaba del poder del arco.

Cuando llegó el fin de José, al morir hizo mención de la partida de los hijos de Israel e impartió una orden en cuanto a sus huesos. Cuando sus hermanos le juraron hacer lo que él pedía, ningún otro deseo más le quedaba sobre esta tierra. Después de muchos años, cuando el pueblo de Israel abandonó Egipto, los huesos de José fueron llevados con ellos durante todo el tiempo que duró la peregrinación por el desierto, para después ser enterrados en la heredad que Jacob compró (Josué 24:32; Juan 4:5). Así se cumplió la promesa de Dios y el deseo de José. La fe en la palabra de Dios jamás es decepcionada.

José era un hombre rico y poderoso. En su casa halló bendición y prosperidad. Con Asenat, sus hijos y toda su descendencia, Dios le recompensó por toda su pena y dolor. Sus hermanos le amaron y le honraron. Los tesoros de Egipto fueron su porción; nada le faltó sobre esta tierra. No obstante, Egipto siempre fue para él el país de la opresión, y fue un extranjero en la tierra de Cam (Sal. 105:23). Todo lo que poseía en Egipto no le trajo ninguna satisfacción, sino que la promesa de Dios fue lo que llenó su corazón. La miró de lejos y la saludó confesando que era extranjero y peregrino sobre esta tierra (Hebr.11:13). Y el príncipe (José) que podía mandar que le fuera edificada una tumba que pudiera despertar la admiración del hombre, no quiso un monumento semejante, sino que deseó el reposo en el país de la promesa.

En sus últimos momentos, José no tuvo ningún pensamiento acerca de lo que hizo o de lo que fue, ni para asegurarse de que se le hiciera un honroso y magnífico entierro, con un glorioso recuerdo. Esto no fue lo que iluminó sus últimos momentos, sino la promesa y fidelidad de Dios. En ninguna otra parte, la fe de José brilla tan intensamente como al anochecer de la muerte. Así nos despedimos de José, como un extranjero en la tierra.

En Hebreos 11, José tiene su lugar entre los héroes de la fe, los que son como «tan grande nube de testigos» en derredor de nosotros (11:22; 12:1). También nos enseña, por su manera de andar y su conducta al final de su vida, a retener lo que tenemos y a recibir la promesa por la fe y la paciencia.

Como cristianos tenemos una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pe. 1:3). Como nuestro precursor, Jesús entró en el lugar santísimo donde podemos seguirle (Hebr. 6:20). Allá se encuentra nuestra ciudadanía, pues somos miembros de la familia de Dios (Efe. 2:19).

El Señor mismo vendrá, según su propia Palabra, para llevarnos y estar con él para siempre. Y llevando en nuestros corazones esta bienaventurada y viva esperanza, podemos andar como extranjeros aquí abajo. Así podemos permanecer en separación del mundo, aun cuando esto ocasione la privación de bendiciones terrenales. Entonces solamente, nuestros corazones serán verdaderamente felices. Muchos de los que esperaban la venida del Señor ya han marchado; ahora esperan en la gloria, con todos aquellos que «duermen en Él», Su gloriosa venida. Pero nos exhortan a retener lo que tenemos, esperando Su venida.

«Dios ciertamente os visitará», fueron las últimas palabras de José antes de morir. «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo» (Juan 14:3), prometió el Señor antes de regresar al Padre. «He aquí, yo vengo pronto», nos ha dicho el Señor desde el cielo. Que todos podamos decir: «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apoc. 3:11; 22:12, 20).

¡Que la gracia del Señor Jesucristo permanezca con todos nosotros!


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